Archivos de categoría para: Arte y Letras

Nana del mal tiempo

 

 

Que se calle la guerra

que mi niño duerme

y no quiero que el ruido

me lo despierte.

y no quiero que el ruido

sea su muerte.

Que se calle la guerra,

los estallidos,

que mi niño duerme,

que esta dormido,

y nada en el sueño

podría herirlo.

Que se calle la guerra,

de muerte aullidos,

que mi niño duerme,

que esta dormido,

la sonrisa en la cara,

el chupete asido.

Que se calle la guerra

que me lo ha quitado,

que mi niño ha muerto

que me lo ha matado

otro pobre niño,

un pobre soldado.

Que se calle la guerra

porque turba el sueño

de mi niño muerto,

de mi bien pequeño.

-Mi niño,

muerto.

Mi niño,

rojo

De sangre,

rojo

Mi niño,

muerto.-

Ssssssssssssssshhhhhhhhhhhhhhh

Que se calle la guerra,

que se esta callando

porque no quedan niños.

Estan soñando.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Alzheimer… esa enfermedad que elimina “sus” recuerdos

Eran las 6:00h de un día cualquiera, de un mes cualquiera. Como siempre, el despertador la había removido de la cama y como una autómata se dirigía a la cocina, ponía la cafetera, enchufaba la radio, la Ser, y ahí era el momento en que se ponía al día de lo que pasaba en aquel mundo exterior al que ella salía en su periodo vacacional, en Septiembre, porque como ella me contaba que, “estaba todo más tranquilo y era más barato”. Acto seguido, ducha y arreglos personales porque, hoy tocaba subir a planta, a llevar la ropa de esterilización de su servicio, y allí había familiares esperando la suavidad y el olor de las sábanas y pijamas limpios que, aunque estaba lavada a una temperatura elevadísima, al final huele a lo que huele, a hospital.

Todo normal. Baja las escaleras, se encamina a coger el autobús que la llevará a su centro de trabajo, cierra la puerta y echa dos cerrojos…. no vaya a ser que mi madre le de por salir a estas hora. Sí, sí porque “su madre” andaba un poco desorientada”. Y así, todos los días de sus casi treinta años de trabajo.

Pero aquel día, de aquel mes, la rutina se había dado la vuelta, y lo que parecía ser un itinerario conocido se trastocó súbitamente en un laberinto de calles desconocidas para ella, difíciles de sortear. De repente, una llamada del hospital: “Hola, ¿eres la hija de Ofelia?“, “sí ¿qué pasa?”. “Tu madre no ha llegado al trabajo, ¿le ha pasado algo, está enferma?”. “No, ha salido como todos los días a la misma hora”.

Rápidamente se mueven los resortes de la memoria. ”A Mamá se le está notando cosas raras , coge las llaves en la mano, va mal vestida, se repite contando cosas del pasado más lejano, no sabe vestirse, utiliza mal los cubiertos, echa sal a la comida”… “Calla, calla, qué dices, si yo estoy con ella todos los días, y sí, alguna cosilla rara hace, pero hija,no es para tanto!!!

El monstruo ya había abierto sus fauces y se estaba tragando muchos de sus recuerdos. “¿Mamá, cuántos hijos tienes?,… “uyyy creo que cinco” (éramos cuatro); “¿y cuántos hermanos?”; “¿y tus padres cómo se llamaban?… todo eso se había desvanecido. Su mente había reconstruído otra vida muy diferente de la que tuvo. Niña esperadísima en una familia de cuato miembros, número uno de una oposición de telefónica, guapa a rabiar, pero apareció en su vida el señorito, de gran prestancia y título nobiliario y tuvo que dejar todo para convertirse en ama de casa y madre de familia numerosa .

“El monstruo ya había abierto sus fauces y se estaba tragando muchos de sus recuerdos”

Estoy convencida que aquí empezó un poco el desencanto de haber tenido que prescindir de una existencia un tanto independiente, para el momento que se vivía, años 50, e ingresar en un laberinto de proporciones desconocidas: padres, tíos, primos e hijos. Todos a su cargo. Más tarde emigrante en Bélgica porque, donde vivía, en las comarcas mineras de Asturias se había producido la llamada ”huelgona” del 62, y había que comer. Todo ello lo somatizó en su interior y nunca se quejó, porque debió de pensar que era ella la única que podía sacar adelante a su familia. Y allí se fue, sin conocer el idioma, ni las costumbres ni nada que le fuera familiar. Paso a paso se fue reinventando y consiguió superar unas pruebas de auxiliar de enfermería y posteriormente acceder al puesto de trabajo en el hospital.

Pero la vida la iba a regalar una última prueba que era el tener que convivir con un inquilino difícil de llevar, que tendría que doblegarse a su voluntad y que la transportaría a los primeros estadios de la infancia.

Quién le iba a decir a ella que otro hospital sería el encargado de dirigirla de consulta en consulta y de pasillo a pasillo, para determinar su dolencia, Alzheimer. El diagnóstico pesó como una losa sobre todos nosotros. “¿Qué haremos, cómo vamos a afrontar esta prueba?”. Preguntas que fuimos respondiendo a medida que ella tenía las alteraciones comunes de esa dolencia.

Padeció y sufrimos 27 años de Alzheimer, pasamos por todos los estadios de la enfermedad: risas, llantos, insomnio… pero con todos esos recuerdos sin memoria, oirla cantar Asturias patria querida, nos gratificaba porque era una manera de querer resistir su origen al olvido.

In memoriam de Ofelia, mi madre.

© Margarita Vázquez de Prada Rodríguez

 

Amantes en el río

Era en verano, era una tarde, tarde de estío. Lo sé porque el agua, en el río, se ofrecía con voz arrancada de las piedras de la orilla, con canto de agua vertida cascada a cascada. Lo sé porque el sol se deshilachaba en rayos de luz que el follaje aislaba y conducía hasta la tierra cubierta de hojas húmedas, amontonadas.

Era en verano y se bañaban en aquel entorno que ningún otro compartía. Solo el sol, solo el monte, solo el río contemplaban los cuerpos cubiertos con nada. Y un halo de vaho que los envolvía. Vaho de piel y calentura. Vaho de agua y de miradas. En el aire ningún ruido, el zumbido de un insecto, el canto de un pájaro en su nido, la risa cantarina de un hada que oculta en la espesura espiaba.

Era una tarde. Oblicuas las luminarias tejidas entre las ramas, oblicuas las miradas con que el sol se buscaba en el reflejo de su belleza sobre las aguas, que corriendo, que fluyendo, se la llevaban.

Dos cuerpos que no se ocultaban. Entraba uno y el otro lo acompañaba. Salía uno y el otro lo esperaba. Jugaban. Se buscaban. Se acariciaban sin que la caricia rozara. Al escondite sin ocultarse. A abrazarse con la mirada. A desearse sin cruzar palabras. Volaban los besos que no se daban. La pasión quemaba dentro del agua que refrescaba.

Era en verano, en invierno hubiera sido noche cerrada, cuando el sol mullía el horizonte para hacer su cama. Era tarde tardía, noche iluminada, cuando la pasión pudo más que el viento, más que el lugar en calma, más que la templanza ardiente que las gotas templadas les procuraban. Era tarde incierta, noche madrugada, cuando los cuerpos, rendidos de tanta espera, azuzados por tanta llama, se rendían y se entregaban, se enroscaban, se vertían, jadeaban.  Y sin apurar el tiempo, sin que el tiempo pasara, comenzaban de nuevo, y de nuevo se amaban.

Era verano, aún lo era. Era noche de luna alta. El sol dormía. El monte encendía estrellas que lo alumbraran, los árboles las sostenían, el agua, a tientas, se deslizaba por el camino que las orillas, medio dormidas, le susurraban. Los amantes abrazados, se alejaban, prendidos en besos, en suspiros y aún sin separarse ya se anhelaban.

 

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

A mi abuelo Demetrio

 

 

Hoy mi abuelo ha cogido su último tren; como en el famoso western ha sido a las 3 y 10, pero el destino no ha sido a Yuma, sino a la estación de la Eternidad. Desde ella seguirá guiando los trenes de la vida y disfrutando de los paseos por los senderos del alma. Se sentará en un banco debajo de un árbol y recordará los paisajes y pasajes de su vida disfrutando de un café amargo y de una copa de coñac, y sabrá que el tiempo ha de ser pausado y tranquilo siempre, saboreando cada sorbo con calma. El mañana es eterno, no hay prisa. Mientras tanto hay que caminar como tú solías hacer, sólo cambia el escenario, ahora son las praderas eternas de los cielos por las que te toca transitar, pero no lo vas a hacer solo, de eso estoy seguro. Coge la mano de quien te la ofrezca y camina seguro. El sol está alto y la Luz ilumina el sendero que tienes delante. Un beso muy fuerte yayo. Buen viaje.

 

Todo el equipo de MAGAZINE PLAZABIERTA.COM quiere trasladar su más hondo pesar a nuestro redactor Abrahan Domínguez y a toda su familia por tan importante pérdida.

Abraham Domínguez

Soñador de nacimiento y buscador por vocación. Profesor universitario, ensayista y artista plástico por definición, mi tarea educativa y mi obra artística buscan el romanticismo perdido de otro tiempo, donde la creatividad y el ingenio dominaban el mundo.

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Cada vez me cuesta más recordar el espacio de tus costillas donde solía condensar el aire. El cristal de tu piel, el papel. Mis dedos, la pluma dactilar de los mensajes ciegos en horizontal.

La mejor manera de vernos siempre fue bajar la luz y subir la música.

Y es que no hay nada más longevo que el último momento de la gota antes del suicidio. La forma perfecta antes de la explosión. Luego viene la arena del tiempo. Tu recuerdo en barbecho, la sequía, y la semilla de aquella gota de la que brota el óxido. Fruta podrida que alimenta aquellos huecos intercostales donde las falanges solían rayar mensajes de madrugada, ¿te acuerdas?

Nacho Ciencafés

Salmantino en Madrid. La mitad escribiendo. Cambiando la vida a cañonazos, pero siempre desde castillos en el aire.

El arte surgido del dolor (2ª parte)

 La pintora mejicana que se creó a sí misma
El accidente sufrido provocó un inesperado y rotundo giro en la vida de Frida. De repente quedó despojada de la abundancia de proyectos de futuro. Inicialmente se apoderó de ella un desesperado sentimiento de aislamiento. -“No estoy enferma, estoy rota”- solía decir. El dolor era desgarrador pero reaccionó con un frenético amor al presente, se volvió impetuosa y empezó a pintar con determinación. Un año después, en 1.926, concluía el cuadro titulado: Autorretrato con traje de terciopelo.

Necesitaba una opinión experta y tomó una decisión. Cogió alguna de sus pinturas y se plantó delante de Diego Rivera, en el Ministerio de Educación, donde estaba pintando un fresco. Le preguntó a bocajarro. -¿Puedo enseñarte mis pinturas?-. Ante la respuesta afirmativa del sorprendido artista, ella le dijo entre otras cosas -Sólo quiero que me digas si merece la pena que me dedique a pintar-. Diego se quedó atónito al contemplar los lienzos. Días después la visitó en Coyoacán para ver el resto de su trabajo. Ya estaba separado de Lupe. Entonces dio comienzo la relación amorosa con el pintor revolucionario, secretario general del Partido Comunista de México, hasta que la pidió en matrimonio y ella aceptó, celebrándose la boda el 21 de agosto de 1.929.

La fama de Diego Rivera era internacional. Recibió ofertas irrechazables de capitalistas como Rockefeller o Ford. Fueron a San Francisco, donde estuvieron viviendo varios meses entre los “gringos” mientras pintaba el mural, después a Detroit. En el Museo de Arte Moderno de Nueva York se expusieron sus obras, el acontecimiento generó gran expectación y obtuvo un rotundo éxito. Frida recibió un telegrama diciendo que su madre estaba grave. Angustiada inició un largo viaje en tren a Coyoacán en compañía de su amiga Lucienne Bloch.

 

Frida y Diego Rivera

 

Aunque se resistía a regresar terminó reuniéndose con su marido en Nueva York. En esta ciudad encontró un ambiente más favorable, más abierto. Eran famosos, la alta sociedad neoyorquina se disputaba su presencia invitándoles continuamente a eventos y recepciones. El atractivo de Frida no pasó desapercibido. Llamaban la atención sus ojos profundos, expresivos, los adornos precolombinos, las galas de nativa tehuana de alegres colores e impresionantes estampados, todo ello acrecentaba el interés de célebres fotógrafos. Diego Rivera tenía una pasión, la pintura, y una debilidad, las mujeres. Frida se enfrentaba a sus continuas veleidades. Entretanto regresaron a México y se instalaron en su nueva vivienda.

Sufrió otro aborto, la pelvis montada pieza a pieza tras el trágico accidente no podía albergar ningún embarazo. Su hermana Cristina y sus dos sobrinos se trasladaron a su casa para cuidarla. Un día aciago descubrió con horror la aventura que Diego mantenía con su hermana más querida. El dolor de la traición le resultó tan insoportable que se marchó a un apartamento sola. Después viajó a Nueva York donde recibió ofertas para exponer su obra. En una recepción conoció al escultor japonés Isamu Noguchi, un hombre extremadamente atractivo. Más tarde la acompañó hasta la casa azul de Coyoacán, pero apareció Diego pistola en mano obligándole a marcharse e intentando reconciliarse con su mujer. Los dedos gangrenados de un pie la obligaron a pasar, una vez más, por el quirófano. Durante la convalecencia pintó una de sus obras más emblemáticas, el árbol genealógico titulado, Mis abuelos, mis padres y yo.

León Trotski

Trotsky huyó de Rusia con su esposa amenazado de muerte por Stalin. El presidente Cárdenas les concedió asilo político y los Rivera les ofrecieron alojamiento. El maduro revolucionario cayó rendido ante la belleza apasionada de la mexicana, viviendo un breve romance. Semanas después el matrimonio ruso se trasladó de lugar para evitar ser desprestigiado ante los suyos. Entre 1.938-1.939, Frida pintó más cuadros que nunca, sus temas eran, el amor, el dolor y la muerte, como los de Leonora Carrington, Eileen Agar y otras pintoras surrealistas. El actor Edward G. Robinson visitó el estudio de Rivera, impresionado por las pinturas de Frida compró cuatro cuadros, pagando diez mil dólares por cada uno, ante la perplejidad de su autora.

En Nueva York se celebró una exposición de las obras de Frida. Tuvo un enorme éxito. También en la exposición de París alcanzó un excepcional reconocimiento. Pintores de la talla de Ernst o Miró contemplaron embelesados las pinceladas geniales de sus cuadros. Kandinsky se sintió profundamente conmovido. Picasso la elogió públicamente. En una carta le diría a su amigo Rivera -Ni Derain, ni tú, ni yo somos capaces de pintar una cabeza como lo hace Frida Khalo-. El prestigioso Museo del Louvre compró uno de sus autorretratos, El marco. En aquel escenario, una terrible noticia la dejó impactada. Gran Bretaña y Francia reconocían el régimen fascista de Francisco Franco. -¿Cómo es posible?-se preguntó. Ahora en la vieja Europa gozan de reconocimiento internacional nada menos que tres peligrosos dictadores fascistas, Hitler, Mussolini y Franco-.

Regresó feliz a Nueva York, desde allí retornó definitivamente a Coyoacán. A Trotsky le asesinó Ramón Mercader por la espalda con un piolet. De origen catalán estaba al servicio de Stalin y actuó en solitario. Frida fue detenida unos días por el hecho de haberle conocido en París. Este episodio le provocó una fuerte depresión y a consecuencia de ello padeció intensos dolores de espalda. Pretendían operarla nuevamente. Al enterarse Diego la mandó a buscar para que el doctor Eloesser la tratara, con medicamentos logró mejorar. El 8 de diciembre de 1.940 Diego y Frida se volvieron a casar. Un año después su padre falleció. El alma de Frida se resquebrajó sintiendo el mayor dolor de su vida. Con un inmenso vacío en el corazón le llegó una oferta para dar clases en la Escuela de Pintura y Escultura. No era académica pero enseñó a sus alumnos algo esencial, a despertar sus sentidos percibiendo los colores, la naturaleza, los animales, a seguir su instinto. Un grupo reducido de alumnos llamados “Los Fridos” se convirtieron en famosos pintores.

 

“No era académica pero enseñó a sus alumnos algo esencial, a despertar sus sentidos percibiendo los colores, la naturaleza, los animales, a seguir su instinto. Un grupo reducido de alumnos llamados “Los Fridos” se convirtieron en famosos pintores.”

En los últimos años de su vida estuvo sometida a infinidad de operaciones, en 1.950 le practicaron varias en la columna vertebral. Probó corsés de acero, de yeso y padeció la amputación de la pierna enferma que la condenó permanentemente a una silla de ruedas. En 1.951 pintó un retrato en recuerdo de su padre. Debido a una bronconeumonía Frida Khalo murió en 1.954, después de asistir días antes a una manifestación por Guatemala. En 1.984 su obra se declaró Patrimonio Nacional.

Una de sus habituales frases era, “Nunca he pintado sueños, he pintado siempre mi realidad”

Fuentes consultas. Biografía de Hayden Herrera. Lectura de Linde Salber. La película dirigida por Julie Taymor inspirada en su vida obtuvo seis nominaciones a los Oscar del año 2.002.

El arte surgido del dolor (1ª parte)

 
Montserrat Prieto

Solo soy alguien que nunca dejará de soñar con un mundo mejor. Que hace del aprendizaje una constante de su vida. Amante y defensora de la salud medioambiental, de los Derechos Humanos y de la Justicia. Escritora de cuentos y relatos

El arte surgido del dolor (1ª parte)

La pintora mejicana que se creó a sí misma
Los ágiles dedos se deslizaban por las teclas del piano y una melodía sugestiva, delicada, vibraba llenando los espacios de la casa pintada de azul, allá en Coyoacán, México. Guillermo Khalo se relajaba al final de cada jornada tocando sus partituras musicales favoritas antes de sentarse a la mesa para cenar. Era un hombre sensible a la vez que tenaz. De origen germano-húngaro, Wilhelm Khalo, emigró a México después de fallecer su madre. Transformó su nombre alemán en el de Guillermo. Contrajo matrimonio, tuvo dos hijas y perdió a su esposa en el segundo parto. Después conoció a Matilde Calderón, ferviente católica de ascendencia india y española, con la que se casó. Tuvieron cuatro hijas, siendo la tercera Magdalena Carmen Frida Khalo Calderón, nacida el 6 de julio de 1.907.

En 1.910-1.911 la vida burguesa de los Khalo se vio seriamente afectada a consecuencia de la Revolución Mexicana. Con el tiempo Frida guiada por la reverencia que le inspiraba el levantamiento de los legendarios Emiliano Zapata y Pancho Villa, iniciada el 7 de julio de 1.910, declararía ésta fecha como la de su nacimiento.

 

Frida con sus hermanas

Creció alegremente bajo la amorosa protección de sus hermanas mayores hasta que un día, cuando iba a cumplir seis años, enfermó de poliomielitis. Los esmerados cuidados se intensificaron. Le recomendaron hacer mucho ejercicio. Guillermo le compró una bicicleta y la instó a practicar otros deportes para fortalecerse. Lograron que volviese a caminar pero no pudieron evitar que una pierna fuese más delgada que la otra, ni que la ignorancia alentara a otros niños a aguijonearla con despiadadas burlas al verla pasar: ‘Frida, pata de palo, Frida, pata de palo’.


Se volvió más introvertida. En sus momentos de soledad echaba vaho sobre la vidriera de la ventana y dibujaba una puerta que imaginariamente atravesaba, encontrándose con una réplica de sí misma, aparecía otra Frida más animosa, valiente y alegre, que la comprendía y consolaba. La dedicación, persistencia y ternura de su padre contribuyeron a dotarla de la confianza necesaria. Cuando visitaban los parques se dedicaba a coger insectos o plantas exóticas cercanas a la orilla del río para observarlos en el microscopio de su casa, mientras, Guillermo pintaba sus acuarelas. La curiosidad dirigía sus pasos al estudio fotográfico de su padre donde pasaba horas junto a él. Fascinada por aquel arte aprendió a manejar los pinceles, la cámara, a revelar fotografías e incluso le ayudaba a retocarlas. Sin saberlo sentaba la base para el futuro desarrollo de la artista que llevaba en su interior.

Un ambicioso proyecto educativo comenzó a llevarse a cabo con la llegada de Vasconcelos al gobierno. Frida ya era una adolescente de espíritu inquieto que había desarrollado una belleza singular y se alejaba del patrón que su madre mantenía, comportarse en público de forma recatada, asistir a los oficios, confesarse y realizar trabajos manuales en grupo. Otras madres burguesas comentaban cuando pasaba pedaleando en su bicicleta: ¡Ahí va esa niña fea! Ella tenía otras aspiraciones, simpatizaba con las teorías marxistas y quería estudiar medicina. Su padre la matriculó en la Escuela Nacional Preparatoria. Aprobó un exigente examen y pasó a ser una de las 35 chicas entre los 2.000 muchachos que asistían a la Preparatoria. Formó parte de un grupo de jóvenes revoltosos e irreverentes que se liberaban de toda autoridad, llamados Los “cachuchas” debido a las gorras que usaban. Los profesores que ellos consideraban incompetentes en sus materias se convirtieron en sus víctimas preferidas. Alejandro Gómez Arias lideraba el grupo, se trataba de un joven brillante de aspecto seductor que se hizo novio de Frida.

El famoso pintor mexicano Diego Rivera iba a pintar un mural en la pared del auditorio de su escuela junto a Orozco y Siqueiros, que titularían La creación, encargado por el ministro Vasconcelos. La expectación era máxima.

“El famoso pintor mexicano Diego Rivera iba a pintar un mural en la pared del auditorio de su escuela junto a Orozco y Siqueiros, que titularían La creación,”

Una compañera de Frida cuando vio aparecer a Rivera, un hombre de una altura considerable, de excesiva corpulencia, calzando sus enormes pies en unos gruesos zapatones, vestido con una ropa deslucida, asomando bajo el sombrero texano de anchas alas unos ojos saltones, colgando del raído pantalón una pistola y unas cartucheras, llegó a exclamar entre una mezcla de asombro y decepción: ¿Ese es Diego Rivera? Puede que sea el mejor pintor mexicano pero es un panzón sucio y feísimo. En cambio Frida le pidió permiso para estar presente mientras pintaba el mural. Permaneció sentada durante horas observando el trazo de sus pinceles bajo la atenta y desconfiada mirada de Lupe, la segunda mujer del artista.

“La creación” por Diego Rivera

 

 

 


El 17 de septiembre de 1.925 era un día desapacible, lluvioso. Alejandro y Frida viajaban en un autobús conducido temerariamente por un hombre joven, los pasajeros enojados le recriminaron pero ya era demasiado tarde para evitarlo, aterrados vieron cómo un tranvía se abalanzaba sobre el vehículo derribándolo y haciéndolo volcar sobre sí mismo. El brutal impacto lanzó a Alejandro debajo del tranvía, saliendo milagrosamente ileso. Una barra de metal que hacía de pasamanos se desprendió y se incrustó como una espada en la pelvis de Frida produciéndole múltiples lesiones. Alguien con deseos de ayudar la cogió en brazos y la depositó en la barra de un café cercano, apoyó con fuerza sobre el vientre y tiró de la barra, la sirena de la ambulancia quedó amortiguada por el pavoroso grito que brotó de la garganta de la joven.

Frida pintando postrada en la cama

 Creció alegremente bajo la amorosa protección de sus hermanas mayores hasta que un día, cuando iba a cumplir seis años, enfermó de poliomielitis. Los esmerados cuidados se intensificaron. Le recomendaron hacer mucho ejercicio. Guillermo le compró una bicicleta y la instó a practicar otros deportes para fortalecerse. Lograron que volviese a caminar pero no pudieron evitar que una pierna fuese más delgada que la otra, ni que la ignorancia alentara a otros niños a aguijonearla con despiadadas burlas al verla pasar: ‘Frida, pata de palo, Frida, pata de palo’.

 

La historia parecía repetirse. Estuvo confinada en la cama durante nueve meses. Convencido del talento artístico que poseía, su padre le hizo una especie de atril, le llevó lienzos, pinturas, colocó un espejo en el baldaquino de la cama para facilitarle la visión y diciéndole: “Friducha, tienes una mano libre” la animó a pintar. Así fue como emergió el arte de Frida Khalo. En un ejemplo claro de fuerza y superación, mecida siempre por el amor de su familia, casi un año después, la incipiente artista comenzó a dar nuevamente sus primeros pasos.

Mañana podrán leer la segunda parte, NO TE LA PIERDAS.

Montserrat Prieto

Solo soy alguien que nunca dejará de soñar con un mundo mejor. Que hace del aprendizaje una constante de su vida. Amante y defensora de la salud medioambiental, de los Derechos Humanos y de la Justicia. Escritora de cuentos y relatos

Tu yugular

Las maletas a medio hacer, casi crudas, frías. Algunas motas de polvo se han escondido entre esquinas doblegadas de un rincón olvidado. Tengo miedo de mirar atrás y no querer marchar. Pocos son los aviones con falta de sueño. Valiente reto el querer cambiar el espacio-tiempo. Sólo un golpe que abra una grieta en el reloj podría cambiarlo todo.

Está nerviosa, la he atrapado entre las ventanas correderas sin querer. Golpea hiperactiva los cristales de un prisma que tiñe el cielo de Madrid con puntos suspensivos que hacen que la noche se apresure. Como si quisiera que llegara el momento de la decadencia, de encías rojas apretadas, de sueños despiertos sin bragas a velocidades aceleradas, de baños en hora punta. De risas con prisa. Avisa cuando salgas. Manos ocupadas, dos o tres pulpos en un garaje.

Necesito un paracaídas para una altura de medio metro, se ha hecho el vacío en la calle de San Joaquín y todos están imantados al suelo. Gravedad congelada y ningún amante como en Pompeya.

Sigo esperando la era del deshielo.

Y la catapulta en el trastero. Y la dinamita aguada. El gatillo oxidado y el arma encasquillada. Arco sin diana, Guillermo sin manzana. Burroughs con mala suerte jugando con la muerte.

Nacho Ciencafés

Salmantino en Madrid. La mitad escribiendo. Cambiando la vida a cañonazos, pero siempre desde castillos en el aire.

La sombra de un payaso

Llevo buscando durante todo el día  la inspiración para contarles algo, pero por más que me estrujo mi cabeza lo único que consigo es escribir dos líneas, como ahora, y de pronto, todo se vuelve negro,  nada surge en mi cabeza, sólo la desidia de un fin de semana tirado en el sofá viendo películas sin final para no pensar en nada.

Un buen amigo me dijo un día que la mejor fuente de inspiración es escribir sobre lo que a uno mismo le gustaría leer, saber o conocer. Pero nada, el paisaje de mi cerebro esta yelmo, sin pizca de vida. Sino fuera porque mi tenacidad me hace seguir pensando en algo que escribir, diría que hoy tengo el encefalograma plano.

Pienso en cosas impactantes, en las últimas noticias, en lo más visto y sobre lo que más se habla en las redes sociales. Empiezo a tirar del hilo, pero nada, vuelvo a darme contra ese muro que no me deja ver la vida hoy. Intento tirarlo, pero no puedo.

No quiero caer en el pesimismo e intento dejarlo, cerrar el ordenador esperando a que las musas vuelvan, pero hoy han pasado de mi, quizá porque mi cabeza necesita descansar de esta vida que a veces me cansa, me extenúa por la rapidez con la que suceden las cosas, por la simplicidad con la que todo se juzga, por los radicalismos de moda, por la opinión sin fundamento, porque se pasa de lo blanco a lo negro, sin que, ni siquiera nos percatemos de la enorme cantidad de colores y de matices que hay entre uno y otro.

Me pregunto si vivir tan deprisa beneficia al ser humano, no como individuo, que también, sino como ser sociable. Es tan trepidante la vida que ni siquiera nos percatamos de quienes nos rodean sino es para satisfacer nuestro propio ego, nuestra necesidad social de sentirnos acompañados porque nos da miedo estar solos, escuchar la voz de nuestra conciencia, los latidos de vida, pero sobre todo de amor, de nuestro corazón, de reflexionar si el camino que estamos andando es el correcto porque nos da miedo salir de nuestra zona de confort.

Sigo pensando en que escribir, sin darme cuenta que ya lo estoy haciendo, quizá porque lo que veo no me gusta, y aunque lo estoy plasmando en palabras siento que se borran nada más escribirlas, convirtiéndose lo que quiero que sea una línea argumental  en residuos de palabras sin sentido.

No pretendo juzgar a nadie, ni siquiera a mi mismo, porque si me juzgo quizá no llegue a buen puerto, porque el psicoanálisis no me gusta, porque me cansa sentenciar la vida propia y ajena: porque todo está clasificado, metido en cajas que si las abres quizá en la mayoría de ellas salga el apestoso olor de lo que con el tiempo se pudre.

Al final, empiezo a ver luz. Empiezo a vislumbrar algo en el fondo de mi cabeza, intento precipitarme hacia ella para que no desaparezca, para que no se desvirtúe en la negritud de mi abulia. De repente, como el que llega al final del túnel,  lo que antes era oscuridad absoluta ahora es una intensa luz blanca, radiante, pero que me impide ver con claridad lo que se oculta en el centro de mi pequeño universo.

La precipitación se transforma en una moviola a cámara lenta, una moviola que no es la primera vez que me ofrece la misma imagen, un payaso sentado sobre la lápida rota de una tumba de un cementerio en ruinas. Intento ver sus tristes facciones ocultas bajo la pintura de su maquillaje circense. Me acerco más a él intentando combatir la luz que me deslumbra y cuando estoy a penas a un palmo de su cara la intento tocar sintiendo en la yema de mis dedos el frio del espejo donde se esconde esa imagen.

Feliciano Morales

Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

Hombre y gaviota

La vi pasar bajo mi atalaya, más leve que el aire, volando sin apenas agitar las alas, jinete del aire recreado, encandilado, dominado. Tal era su pericia que su envidiable facilidad incitó a mi mente a intentar el salto y a horcajadas, aposentado sobre su lomo plumoso, volar mis fantasías como jinetes de novelas leídas, como caballero de monturas mitológicas, como Ícaro de alas prestadas cerniendo el paisaje.

Las fantasías nunca se limitan y soberbia la mía en ese instante, en un más difícil todavía, realizó un segundo salto aún más imposible, zambulléndose mi  mente ebria de sensaciones en la suya, haciéndose ambas al momento idénticas, simbióticas. Y me vi, me sentí, gaviota volando bajo la ventana de aquel embobado ser que me contemplaba arrobado, vagamente familiar su figura, apenas reconocible desde mis alturas que claramente anhelaba.

Con una picuda sonrisa, no cómplice ni desdeñosa, varié la posición de mis alas y me dejé caer a velocidad creciente hacia un cada vez más próximo mar. Planeé apenas el tiempo necesario para atisbar una sombra veloz y plateada que anunciaba la presencia del sustento. Me dejé caer poniendo todo mi peso en el empeño, el pico al frente, las alas recogidas. El aire a mi alrededor apenas lograba retenerme y la sensación del aire hendido por mi cuerpo me hizo aullar íntimamente de júbilo incontenible. Luego el agua, fría, densa, y de nuevo el aire. La captura intentando zafarse de mi pico fue solo el premio material que acompañaba a la alegría feroz de cazador satisfecho.

Remonté el vuelo una, dos, tres veces, anticipando el festín que debía de defender de las otras que me rodeaban.

La perdí de vista al alzarse del agua perseguida por otras menos afortunadas. Giró en el aire, se elevó una, dos, tres veces y se ocultó en su vuelo tras la fachada de una casa cercana. Me alejé de la ventana agotada tras la pesca.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Desde aquí

 

Desde aquí se pueden ver puntos voladores en el cielo. 

Todos habláis de trenes que van y vienen, trenes que se pierden, que se van, trenes que veis pasar.

Yo veo aviones a diario. Pasan cerca de las estrellas de las que tanto escribís, de la lejanía inalcanzable, de lo insuperable.

Decidme si podéis coger esos aviones que yo veo pasar, despegar y aterrizar. Ni siquiera los podéis ver. Los pies sobre la tierra, la cabeza debajo de la tierra. ¿La oís palpitar? 

Aquí no hay pasillo ni puertas de emergencia. Tampoco cinturones. 

Desde aquí pilotamos el cohete hacia la luna con un golpe fuerte y seco de nariz. Desde aquí hay un salto seguro a pintar el mejor cuadro borgoñés sobre el áspero asfalto empapado de colillas de Madrid. Acariciad el vagón. La caída no será la misma.

Los trenes se cogen, los aviones se doman.

Nacho Ciencafés

Salmantino en Madrid. La mitad escribiendo. Cambiando la vida a cañonazos, pero siempre desde castillos en el aire.

El destino en un día

 Amanece tras la montaña y al fondo del mar anochece. En la ladera del monte hay una fuente de agua clara y corriente que va haciendo río en su avance, barro en la tierra, hueco en la piedra, y al unirse a más fuentes, cauce que crece. En su camino se remansa a veces, otras salta, o se despeña, se enrosca su curso y cuando no puede avanzar retrocede, sin perder de vista la mar que se mece, que lo llama desde la orilla con su vaivén permanente,  con su sonido batiente, al tiempo que  enseña su seno y lo ofrece. Yo nací junto a la fuente, y he seguido el curso entero, caminante siempre al frente,  y aunque me haya alejado para conocer otros ríos, otros montes, otras fuentes, aunque haya vivido otros mares y caminado otros caminos y conocido a otras gentes, sé que muera donde muera, cuando me alcance la muerte, mi lecho final, mi mar, mi referente, estarán en esa orilla mirando al sol poniente que vieron por primera vez mis ojos junto a la fuente, abiertos cuando el sol amanece, cerrados, casi al tiempo, cuando el sol, ya cansado, apaga la luz y anochece.

 

 

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

El último viaje de Ingrid

 

Sus ojos grandes dejaban ver una mirada fría, pétrea, ácida, muy lejos del calor poscoital, puramente fisiológico que desprendía ahora su cuerpo.

Sus insinuosas curvas, sus pechos turgentes y grandes, ya cansados de soportar tanta indignidad. Sus labios ya no eran el refugio carnoso que buscaban ávidos sus amantes del pasado, un pasado limpio, fresco, en su tierra natal, donde el frío sólo se templaba por el paso milagroso del sol que le daba cierta tregua.

Aquella penuria que ahora añoraba había dado paso a su negra vida. Aquel frío gélido de su niñez se había convertido en un sol radiante, tanto ardía que ahora se le quemaba hasta el alma.

Todas las tardes despertaba, resucitaba sin llegar a vivir, a medias, dejando parte de su alma durmiendo para no sentir.

En ese estado meditabundo, sonámbulo, sin conciencia, sin éxtasis ni nirvana. Así, descendía a los infiernos envuelta en unas pocas gasas, las justas para poder después de despojarla volver a curar su alma.

Muda, sin habla se tendía sobre almohadas, sin contestar, temerosa, ya sin expectación. Sus labios se separan, su respiración se acelera, todavía sentía la débil resistencia de su alma, pero ya sus rodillas comenzaban a levantarse sobre el lecho, mientras el invitado avanzaba entre sus muslos y con su arma reforzada se hundía en sus entrañas.

Un día se atrevió a salir de su celda. Navegó por los gélidos mares de su infancia, mientras sofocaba el bochornoso calor de su vientre… ¡Tan lejos estaba!… ¿y si no vuelvo, y si me quedo en casa?.

Se enfrió su cuerpo pero calentó su alma, cambio sus gasas por la mortaja, pero ahora estaba libre de su trampa.

© Amparo Perianes

 

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Amparo Perianes

Escribidora de las pasiones. Me gusta más el fondo que el envoltorio de las personas. Filóloga inglesa.

La muñeca de trapo

Nerea antes de existir ya tenía vida. A su llegada, Nerea ya llenaba los huecos de las pipetas vacías del laboratorio empírico de la vida. Sus ojos grandes  todo lo observaban.

Nerea creció feliz hasta que un día se rompió la torre de cristal desde donde veía la vida. Sus pensamientos como un líquido caustico dejaban huella en su alma. Pasó de ser libre como el mar y el viento a estar presa en su propia existencia. Sus partículas se extinguían a medida que la vida pasaba buscando soluciones terapéuticas a esa metamorfosis corrosiva de su mente y de su cuerpo, soportando el dolor inhumano de su piel  en carne viva.

Nerea era valiente, decidida, y mientras curaba sus heridas quedaban en su recuerdo cada una de las cicatrices que iban dejando, resurgiendo como un ave fénix de sus propias cenizas.

Tan fuerte y resolutiva era Nerea que, a veces, su energía era absorbida por quienes la rodeaban y buscaban en ella el sustento de su vidas, que ella conocía mejor que nadie; hasta que un día se agotó la luz que guiaba sus pasos  del esfuerzo en proteger a quienes  amaba para que no sufrieran. Nerea se había transformado en una muñeca de trapo. Sus ojos ahora inertes y sin brillo cambiaron su semblante. Ya no era visionaria.

Nerea ya no podía curarse, necesitaba ayuda porque su cuerpo, ahora de trapo, se había transformando en una loneta desgarrada por el sol. Sus brazos caídos pegados a su agónico cuerpo, como si fuesen de plomo, le impedían abrazar la vida. Ya no tenía la ternura del abrazo, ni la suavidad exquisita que requiere una tierna caricia. Sus piernas ya no eran los pilares que la sostenían.

El hilo del trapo que fruncía su vida se deshacía. Ya no hablaba, sólo un lamento de vez en cuando que los demás no oían. Tanto se había desgastado su cuerpo que Nerea se extinguía.

Amparo Perianes

 

 

Amparo Perianes

Escribidora de las pasiones. Me gusta más el fondo que el envoltorio de las personas. Filóloga inglesa.

Jugando con el mar

Voy bordeando la orilla jugando con el mar al pilla, pilla, y se enfada a ratos porque no me alcanza formando gotas que el viento arrebata, ola sobre la roca, espuma y danza, y jugando las trae y me las lanza.

Sigo con mi paseo, ola tras ola, suena su canto que es poderoso. Aun así me asomo, lo llamo, casi me dejo alcanzar y corro, yo divertido, el burlado, y eso lo pone aún más furioso.

Arranca las algas del fondo, golpea la roca y la espuma, al batir la orilla, va cogiendo color de mantequilla, barco de mar que solo flota, color de furia y de pesadilla.

La niebla va llegando, la han reclamado las olas que se encrespan y el viento airado, y en su llegada va confundiendo las gotas que trae su seno y las que el aire guarda con mimo y celo, gotas cogidas al vuelo, gotas de mar salpicado. Las unas saben húmedo, las otras saben salado.

Es hora de recogerse, la luz se esconde. Es hora de guarecerse que el mar responde a la ceguera con osadía de olas que traspasan las fronteras con que la luz ceñía la costa al mar en su porfía. Las gotas de niebla van siendo lluvia. La luz del sol ya no se aprecia, pero el entorno relampaguea con luz tonante, radiante, que amenaza rayo en el horizonte que se hace más profundo según la niebla se aleja buscando al día.

El viento ya no es brisa, la luz a ratos, el mar embravecido grita mi nombre, desde el portal de casa aún se oye, desde la ventana lo veo entre sus olas pintado en ocres de atardecer tardío que el agua refleja y luego esconde. He corrido más que tú, pienso, y no se si entiende que el juego se acaba, al caer la noche.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

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