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A mi abuelo Demetrio

 

 

Hoy mi abuelo ha cogido su último tren; como en el famoso western ha sido a las 3 y 10, pero el destino no ha sido a Yuma, sino a la estación de la Eternidad. Desde ella seguirá guiando los trenes de la vida y disfrutando de los paseos por los senderos del alma. Se sentará en un banco debajo de un árbol y recordará los paisajes y pasajes de su vida disfrutando de un café amargo y de una copa de coñac, y sabrá que el tiempo ha de ser pausado y tranquilo siempre, saboreando cada sorbo con calma. El mañana es eterno, no hay prisa. Mientras tanto hay que caminar como tú solías hacer, sólo cambia el escenario, ahora son las praderas eternas de los cielos por las que te toca transitar, pero no lo vas a hacer solo, de eso estoy seguro. Coge la mano de quien te la ofrezca y camina seguro. El sol está alto y la Luz ilumina el sendero que tienes delante. Un beso muy fuerte yayo. Buen viaje.

 

Todo el equipo de MAGAZINE PLAZABIERTA.COM quiere trasladar su más hondo pesar a nuestro redactor Abrahan Domínguez y a toda su familia por tan importante pérdida.

Abraham Domínguez

Soñador de nacimiento y buscador por vocación. Profesor universitario, ensayista y artista plástico por definición, mi tarea educativa y mi obra artística buscan el romanticismo perdido de otro tiempo, donde la creatividad y el ingenio dominaban el mundo.

Back to…

 

Cada vez me cuesta más recordar el espacio de tus costillas donde solía condensar el aire. El cristal de tu piel, el papel. Mis dedos, la pluma dactilar de los mensajes ciegos en horizontal.

La mejor manera de vernos siempre fue bajar la luz y subir la música.

Y es que no hay nada más longevo que el último momento de la gota antes del suicidio. La forma perfecta antes de la explosión. Luego viene la arena del tiempo. Tu recuerdo en barbecho, la sequía, y la semilla de aquella gota de la que brota el óxido. Fruta podrida que alimenta aquellos huecos intercostales donde las falanges solían rayar mensajes de madrugada, ¿te acuerdas?

Nacho Ciencafés

Salmantino en Madrid. La mitad escribiendo. Cambiando la vida a cañonazos, pero siempre desde castillos en el aire.

Tu yugular

Las maletas a medio hacer, casi crudas, frías. Algunas motas de polvo se han escondido entre esquinas doblegadas de un rincón olvidado. Tengo miedo de mirar atrás y no querer marchar. Pocos son los aviones con falta de sueño. Valiente reto el querer cambiar el espacio-tiempo. Sólo un golpe que abra una grieta en el reloj podría cambiarlo todo.

Está nerviosa, la he atrapado entre las ventanas correderas sin querer. Golpea hiperactiva los cristales de un prisma que tiñe el cielo de Madrid con puntos suspensivos que hacen que la noche se apresure. Como si quisiera que llegara el momento de la decadencia, de encías rojas apretadas, de sueños despiertos sin bragas a velocidades aceleradas, de baños en hora punta. De risas con prisa. Avisa cuando salgas. Manos ocupadas, dos o tres pulpos en un garaje.

Necesito un paracaídas para una altura de medio metro, se ha hecho el vacío en la calle de San Joaquín y todos están imantados al suelo. Gravedad congelada y ningún amante como en Pompeya.

Sigo esperando la era del deshielo.

Y la catapulta en el trastero. Y la dinamita aguada. El gatillo oxidado y el arma encasquillada. Arco sin diana, Guillermo sin manzana. Burroughs con mala suerte jugando con la muerte.

Nacho Ciencafés

Salmantino en Madrid. La mitad escribiendo. Cambiando la vida a cañonazos, pero siempre desde castillos en el aire.

La sombra de un payaso

Llevo buscando durante todo el día  la inspiración para contarles algo, pero por más que me estrujo mi cabeza lo único que consigo es escribir dos líneas, como ahora, y de pronto, todo se vuelve negro,  nada surge en mi cabeza, sólo la desidia de un fin de semana tirado en el sofá viendo películas sin final para no pensar en nada.

Un buen amigo me dijo un día que la mejor fuente de inspiración es escribir sobre lo que a uno mismo le gustaría leer, saber o conocer. Pero nada, el paisaje de mi cerebro esta yelmo, sin pizca de vida. Sino fuera porque mi tenacidad me hace seguir pensando en algo que escribir, diría que hoy tengo el encefalograma plano.

Pienso en cosas impactantes, en las últimas noticias, en lo más visto y sobre lo que más se habla en las redes sociales. Empiezo a tirar del hilo, pero nada, vuelvo a darme contra ese muro que no me deja ver la vida hoy. Intento tirarlo, pero no puedo.

No quiero caer en el pesimismo e intento dejarlo, cerrar el ordenador esperando a que las musas vuelvan, pero hoy han pasado de mi, quizá porque mi cabeza necesita descansar de esta vida que a veces me cansa, me extenúa por la rapidez con la que suceden las cosas, por la simplicidad con la que todo se juzga, por los radicalismos de moda, por la opinión sin fundamento, porque se pasa de lo blanco a lo negro, sin que, ni siquiera nos percatemos de la enorme cantidad de colores y de matices que hay entre uno y otro.

Me pregunto si vivir tan deprisa beneficia al ser humano, no como individuo, que también, sino como ser sociable. Es tan trepidante la vida que ni siquiera nos percatamos de quienes nos rodean sino es para satisfacer nuestro propio ego, nuestra necesidad social de sentirnos acompañados porque nos da miedo estar solos, escuchar la voz de nuestra conciencia, los latidos de vida, pero sobre todo de amor, de nuestro corazón, de reflexionar si el camino que estamos andando es el correcto porque nos da miedo salir de nuestra zona de confort.

Sigo pensando en que escribir, sin darme cuenta que ya lo estoy haciendo, quizá porque lo que veo no me gusta, y aunque lo estoy plasmando en palabras siento que se borran nada más escribirlas, convirtiéndose lo que quiero que sea una línea argumental  en residuos de palabras sin sentido.

No pretendo juzgar a nadie, ni siquiera a mi mismo, porque si me juzgo quizá no llegue a buen puerto, porque el psicoanálisis no me gusta, porque me cansa sentenciar la vida propia y ajena: porque todo está clasificado, metido en cajas que si las abres quizá en la mayoría de ellas salga el apestoso olor de lo que con el tiempo se pudre.

Al final, empiezo a ver luz. Empiezo a vislumbrar algo en el fondo de mi cabeza, intento precipitarme hacia ella para que no desaparezca, para que no se desvirtúe en la negritud de mi abulia. De repente, como el que llega al final del túnel,  lo que antes era oscuridad absoluta ahora es una intensa luz blanca, radiante, pero que me impide ver con claridad lo que se oculta en el centro de mi pequeño universo.

La precipitación se transforma en una moviola a cámara lenta, una moviola que no es la primera vez que me ofrece la misma imagen, un payaso sentado sobre la lápida rota de una tumba de un cementerio en ruinas. Intento ver sus tristes facciones ocultas bajo la pintura de su maquillaje circense. Me acerco más a él intentando combatir la luz que me deslumbra y cuando estoy a penas a un palmo de su cara la intento tocar sintiendo en la yema de mis dedos el frio del espejo donde se esconde esa imagen.

Feliciano Morales

Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

Hombre y gaviota

La vi pasar bajo mi atalaya, más leve que el aire, volando sin apenas agitar las alas, jinete del aire recreado, encandilado, dominado. Tal era su pericia que su envidiable facilidad incitó a mi mente a intentar el salto y a horcajadas, aposentado sobre su lomo plumoso, volar mis fantasías como jinetes de novelas leídas, como caballero de monturas mitológicas, como Ícaro de alas prestadas cerniendo el paisaje.

Las fantasías nunca se limitan y soberbia la mía en ese instante, en un más difícil todavía, realizó un segundo salto aún más imposible, zambulléndose mi  mente ebria de sensaciones en la suya, haciéndose ambas al momento idénticas, simbióticas. Y me vi, me sentí, gaviota volando bajo la ventana de aquel embobado ser que me contemplaba arrobado, vagamente familiar su figura, apenas reconocible desde mis alturas que claramente anhelaba.

Con una picuda sonrisa, no cómplice ni desdeñosa, varié la posición de mis alas y me dejé caer a velocidad creciente hacia un cada vez más próximo mar. Planeé apenas el tiempo necesario para atisbar una sombra veloz y plateada que anunciaba la presencia del sustento. Me dejé caer poniendo todo mi peso en el empeño, el pico al frente, las alas recogidas. El aire a mi alrededor apenas lograba retenerme y la sensación del aire hendido por mi cuerpo me hizo aullar íntimamente de júbilo incontenible. Luego el agua, fría, densa, y de nuevo el aire. La captura intentando zafarse de mi pico fue solo el premio material que acompañaba a la alegría feroz de cazador satisfecho.

Remonté el vuelo una, dos, tres veces, anticipando el festín que debía de defender de las otras que me rodeaban.

La perdí de vista al alzarse del agua perseguida por otras menos afortunadas. Giró en el aire, se elevó una, dos, tres veces y se ocultó en su vuelo tras la fachada de una casa cercana. Me alejé de la ventana agotada tras la pesca.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Desde aquí

 

Desde aquí se pueden ver puntos voladores en el cielo. 

Todos habláis de trenes que van y vienen, trenes que se pierden, que se van, trenes que veis pasar.

Yo veo aviones a diario. Pasan cerca de las estrellas de las que tanto escribís, de la lejanía inalcanzable, de lo insuperable.

Decidme si podéis coger esos aviones que yo veo pasar, despegar y aterrizar. Ni siquiera los podéis ver. Los pies sobre la tierra, la cabeza debajo de la tierra. ¿La oís palpitar? 

Aquí no hay pasillo ni puertas de emergencia. Tampoco cinturones. 

Desde aquí pilotamos el cohete hacia la luna con un golpe fuerte y seco de nariz. Desde aquí hay un salto seguro a pintar el mejor cuadro borgoñés sobre el áspero asfalto empapado de colillas de Madrid. Acariciad el vagón. La caída no será la misma.

Los trenes se cogen, los aviones se doman.

Nacho Ciencafés

Salmantino en Madrid. La mitad escribiendo. Cambiando la vida a cañonazos, pero siempre desde castillos en el aire.

El destino en un día

 Amanece tras la montaña y al fondo del mar anochece. En la ladera del monte hay una fuente de agua clara y corriente que va haciendo río en su avance, barro en la tierra, hueco en la piedra, y al unirse a más fuentes, cauce que crece. En su camino se remansa a veces, otras salta, o se despeña, se enrosca su curso y cuando no puede avanzar retrocede, sin perder de vista la mar que se mece, que lo llama desde la orilla con su vaivén permanente,  con su sonido batiente, al tiempo que  enseña su seno y lo ofrece. Yo nací junto a la fuente, y he seguido el curso entero, caminante siempre al frente,  y aunque me haya alejado para conocer otros ríos, otros montes, otras fuentes, aunque haya vivido otros mares y caminado otros caminos y conocido a otras gentes, sé que muera donde muera, cuando me alcance la muerte, mi lecho final, mi mar, mi referente, estarán en esa orilla mirando al sol poniente que vieron por primera vez mis ojos junto a la fuente, abiertos cuando el sol amanece, cerrados, casi al tiempo, cuando el sol, ya cansado, apaga la luz y anochece.

 

 

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

El último viaje de Ingrid

 

Sus ojos grandes dejaban ver una mirada fría, pétrea, ácida, muy lejos del calor poscoital, puramente fisiológico que desprendía ahora su cuerpo.

Sus insinuosas curvas, sus pechos turgentes y grandes, ya cansados de soportar tanta indignidad. Sus labios ya no eran el refugio carnoso que buscaban ávidos sus amantes del pasado, un pasado limpio, fresco, en su tierra natal, donde el frío sólo se templaba por el paso milagroso del sol que le daba cierta tregua.

Aquella penuria que ahora añoraba había dado paso a su negra vida. Aquel frío gélido de su niñez se había convertido en un sol radiante, tanto ardía que ahora se le quemaba hasta el alma.

Todas las tardes despertaba, resucitaba sin llegar a vivir, a medias, dejando parte de su alma durmiendo para no sentir.

En ese estado meditabundo, sonámbulo, sin conciencia, sin éxtasis ni nirvana. Así, descendía a los infiernos envuelta en unas pocas gasas, las justas para poder después de despojarla volver a curar su alma.

Muda, sin habla se tendía sobre almohadas, sin contestar, temerosa, ya sin expectación. Sus labios se separan, su respiración se acelera, todavía sentía la débil resistencia de su alma, pero ya sus rodillas comenzaban a levantarse sobre el lecho, mientras el invitado avanzaba entre sus muslos y con su arma reforzada se hundía en sus entrañas.

Un día se atrevió a salir de su celda. Navegó por los gélidos mares de su infancia, mientras sofocaba el bochornoso calor de su vientre… ¡Tan lejos estaba!… ¿y si no vuelvo, y si me quedo en casa?.

Se enfrió su cuerpo pero calentó su alma, cambio sus gasas por la mortaja, pero ahora estaba libre de su trampa.

© Amparo Perianes

 

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Amparo Perianes

Escribidora de las pasiones. Me gusta más el fondo que el envoltorio de las personas. Filóloga inglesa.

Jugando con el mar

Voy bordeando la orilla jugando con el mar al pilla, pilla, y se enfada a ratos porque no me alcanza formando gotas que el viento arrebata, ola sobre la roca, espuma y danza, y jugando las trae y me las lanza.

Sigo con mi paseo, ola tras ola, suena su canto que es poderoso. Aun así me asomo, lo llamo, casi me dejo alcanzar y corro, yo divertido, el burlado, y eso lo pone aún más furioso.

Arranca las algas del fondo, golpea la roca y la espuma, al batir la orilla, va cogiendo color de mantequilla, barco de mar que solo flota, color de furia y de pesadilla.

La niebla va llegando, la han reclamado las olas que se encrespan y el viento airado, y en su llegada va confundiendo las gotas que trae su seno y las que el aire guarda con mimo y celo, gotas cogidas al vuelo, gotas de mar salpicado. Las unas saben húmedo, las otras saben salado.

Es hora de recogerse, la luz se esconde. Es hora de guarecerse que el mar responde a la ceguera con osadía de olas que traspasan las fronteras con que la luz ceñía la costa al mar en su porfía. Las gotas de niebla van siendo lluvia. La luz del sol ya no se aprecia, pero el entorno relampaguea con luz tonante, radiante, que amenaza rayo en el horizonte que se hace más profundo según la niebla se aleja buscando al día.

El viento ya no es brisa, la luz a ratos, el mar embravecido grita mi nombre, desde el portal de casa aún se oye, desde la ventana lo veo entre sus olas pintado en ocres de atardecer tardío que el agua refleja y luego esconde. He corrido más que tú, pienso, y no se si entiende que el juego se acaba, al caer la noche.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Momentos por Vivir

 

Hay momentos por vivir

Sin medida y sin tino,

Sin pararte en si el destino

Será blanco, negro o gris.

 

Hay momentos por vivir

Que no buscan la memoria,

La trascendencia, la historia,

Ni siquiera pervivir.

 

Hay momentos por vivir

En los que hay que lanzarse al vacío

Para evitar el hastío

En que vives sin sentir.

 

Hay momentos por vivir

De no pararse en razones,

De volcar los corazones

Para lograr ser feliz.

 

Hay momentos por vivir

En qué la vida no te espera,

En qué dudar te deja fuera,

En qué no vale decidir.

 

Hay momentos por vivir

En qué la vida es abismo

Y que exigen de ti mismo

El querer sobrevivir.

 

Hay momentos por vivir

En qué hay que apurar el instante

Sin llegar a preocuparte

De seguir o conseguir.

 

Hay momentos por vivir

Como  se bebe una copa,

Llenando con ansia la boca

Hasta el mismísimo fin.

 

Hay momentos por vivir

Sin reparar en errores

Sin pararse en los temores

Haciendo de ese momento un fin.

 

Hay momentos por vivir

Que sin llegar a ser son vida,

Son vivencia presentida,

Y son ansia de sentir.

 

Hay momentos por vivir

Que son ajenos al tiempo

Encarnados en sentimiento

Y actúan como elixir.

 

Hay momentos por vivir.

Siempre quedan momentos

Risas, miedos, lamentos,

Palabras que se han de decir

 

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Quiero decirte

© Ilustración de Oda Sales
Quiero decirte, con palabras que me entiendas, con sentimiento medido, tantas cosas que en espera ha guardado mi boca, ha paladeado mi lengua, se han asomado a mis ojos curiosas por conocer a quien deben sus existencia. Tantas cosas tantas veces pensadas, tantas refrenadas con la excusa de que no era el momento, que no era.
Quiero decirte, ahora, ya por fin, con palabras medidas, con sentimiento vivo, cosas viejas, cosas nuevas, cosas que no tienen tiempo, ni sonido, ni siquiera.
Quiero decirte, hoy lo que ayer me he callado, lo que no ha encontrado su momento, lo que no lo ha tenido, lo que aún lo espera.
Quiero decirte, porque aún las tengo dentro, las palabras pensadas sin llegar a ser nunca pronunciadas, porque empujan, porque tienen vocación de ser oídas, porque tengo necesidad de volcarlas fuera.
Quiero decirte, como tantas veces, y con las palabras entregar el alma. Volcar lo más íntimo, lo oculto, lo ocultado y lo que nunca viste porque no has mirado o porque tus ojos no buscaban lo que te ofrecía mi entrega.
Quiero decirte, aunque tal vez ya sea tarde, con mis palabras más serenas, con mis palabras más claras y sinceras, que nunca será lo que no ha sido, pero queda por ser lo que nuestro deseo de vivirlo quiera.
Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Linda y Charles

 

Linda, una obrera como muchas otras, salió una mañana dispuesta a hacer su tarea diaria, como muchos de los demás días de su vida. Fue al trabajo, era casi una jornada de sol a sol. Quién diría que la pobre Linda aguantaría toda esa cantidad de trabajo… Era paciente, constante, obediente, trabajadora, conformista. ¡Era la obrera perfecta!

Acababa su trabajo y hacía los recados que su hogar demandaba antes de volver a él después de su jornada de trabajo. No tenía ninguna expresión de queja para los suyos al llegar a su casa. Ninguna expresión de cansancio irrumpía en los diálogos que ocurrían entre la familia. Toda ella era bondad, ya no solo para los suyos, también con cualquiera que acudiera a ella de forma respetuosa y amable. Era alguien a quien una gran mayoría de las personalidades de su alrededor denominarían como «buena». Linda era buena.

Charles, un ciudadano perezoso y un desastroso trabajador. Alguien sin casi escrúpulo. No tenía ningún amigo de verdad, pero no le importaba. Tampoco le importaba lo que dijera o hiciera el resto. Aunque eso fuera beneficioso para uno mismo. Charles prefería no dar un palo al agua, prefería pasar el tiempo sin hacer mucho más que existir, por decir algo. No había formado una familia propia, ni siquiera se había ido de casa de sus padres. Realmente nunca se lo había planteado. Vivía bien allí, vivía cómodo, sin preocupaciones. Se portaba mal en su hogar familiar, era irrespetuoso, era un sinvergüenza, era alguien realmente despreciable.

Un día, por la calle, Linda y Charles se cruzaron. Linda se dirigía a su jornada diaria y Charles a dar un paseo. El cielo se oscureció de repente y cayó aplastando a Linda y a Charles, y a todo lo que ellos eran.

Esta es la historia de Linda y Charles, dos hormigas aplastadas por un humano que, simplemente, pasaba por allí.

 

Diego Carrera Martín

Proyecto de deshumano. No sé si libre, pero pensador. Practicante de la resignación. Misántropo. Estudiante de filosofía.

Arte Digital

A mediados de la segunda década del siglo XXI la tendencia creciente a la creación virtual del arte llevó a la práctica extinción de los creadores humanos como tales. Actores, músicos, pintores, escritores, arquitectos… todos los creadores vieron suplantada la chispa de la creación individual por la sistemática búsqueda de la razón matemática de la novedad que podía llevar a cabo cualquier ordenador convenientemente programado.

Si bien este furor no duró más de veinte años, es verdad que llevó a la práctica extinción de los actores y los músicos, es decir de todos aquellos cuyo arte era la recreación, ya que los programas fueron especialmente excepcionales en esos aspectos. Crear un actor virtual, o un músico, estaba al alcance de cualquier empresa de efectos especiales e interpretaban con absoluta fidelidad aquello que inicialmente el director, y posteriormente el productor o promotor, deseaban.

Esta situación pasó por dos periodos diferentes:

En el año 2012 nace la primera productora íntegramente digital dedicada al cine. Digitals Stars, presenta a sus mil doscientos actores virtuales que serán protagonistas, secundarios y figurantes de todas sus producciones. Hay actores con todas las características físicas y raciales más destacables y permiten en los momentos necesarios crear híbridos que se acomoden perfectamente a una situación interpretativa particular. Su primera producción, una versión de una conocida película de los años 80 del siglo XX, arrasa en las taquillas y es tal el éxito comercial, y económico ya que los actores virtuales no cobran,  que inmediatamente surgen nuevas productoras. Al cabo de tres años las películas convencionales no tiene cabida en el circuito comercial. Solo el teatro mantiene a un reducido elenco de actores en activo. Solo el teatro y solo en ciertas ciudades de ciertos países. El perfeccionamiento de la proyección holográfica y las técnicas de sonido van arrinconando todas las posibilidades.

Si bien el negocio funciona perfectamente a nivel económico los estudiosos del mercado empiezan a apreciar una crítica creciente en cuanto a la monotonía de la capacidad interpretativa de estos actores individuales y, a nivel todavía experimental, empiezan a buscarse nuevas soluciones. Son especialmente reseñables la de Edgard P. Harrys que intenta que los actores virtuales sean réplicas perfeccionadas de actores reales y que acaba en un fracaso económico y la de Inhuman Artists que intenta inventar actores no humanos para representar obras típicamente humanas. Se da una nueva visión, extremadamente exótica, de las historias y se hace imposible la comparación con la capacidad interpretativa de los actores humanos. Tras unos éxitos iniciales pronto la gente le vuelve la espalda a la novedad.

Es el declive paralelo de la música, que debido al arrinconamiento de los músicos y  a la mayor interrelación creador-intérprete, y a una imposibilidad de controlar un mercado que tecnológicamente es cada vez más independiente de la comercialización tradicional se ve abocada a la practica desaparición de las grandes empresas musicales, el que encuentra la salida de la crisis aprovechando la situación profesional de los intérpretes y las nueva tecnologías.

Es el año 2019 y Digiman Songs Company digitaliza a todos los grandes intérpretes de la historia y ofrece una suma sustanciosa a todos aquellos contemporáneos que estén dispuestos a ceder sus derechos de imagen y autor vitalicios a cambio de una cantidad que de alguna forma garantiza una vida pasable y la posibilidad de promoción futura en función de la utilización de los archivos.

cine digital

Cuando a finales de 2020 Digiman presenta su primer trabajo y las líneas maestras de su actuación algunos críticos se entregan a la euforia y el triunfalismo. “Nada, nadie a lo largo de la Historia ha podido concebir un proyecto creativo como el que hoy nos ha sido presentado. Digiman no solo es un nuevo capítulo en la historia del arte, Digiman es el comienzo del Arte”, llega a escribir un famoso crítico en una no menos famosa publicación diaria.

Las claves de Digiman:

–       No existe un artista tipo, todos los artistas son una mezcla de las distintas características de varios. Ejemplo: un violinista tendrá la tensión de arco del brazo de un individuo, la muñeca de otro, la mano derecha de un tercero y la mano izquierda de un cuarto, el oído de otro más y así características individuales de tantos intérpretes como sean necesarios hasta completar un violinista completo.

–         Cada cliente podrá configurar su propio intérprete o grupo y la música que desea escuchar.

–    En los conciertos y recitales estos artistas tendrán un aspecto físico holográfico normal pero sus características interpretativas variarán en cada evento.

–      Al final de una gira o serie de actuaciones se grabará un disco con dos versiones: una la grabación del mejor concierto, otra la grabación del mismo programa por la versión interpretativa que mejor haya resultado.

–    Digiman versionará, por su sistema y según su criterio, las composiciones novedosas de los artistas contratados por ella.

–       Ninguno de los artistas contratados podrá grabar, interpretar, versionar o participar en conciertos sin el permiso explícito de Digiman SC.

El éxito es clamoroso y las alabanzas se multiplican ante la capacidad de llevar las posibilidades de versiones hasta el infinito. Este mismo éxito lleva a la industria del cine inicialmente y finalmente a la del teatro a caer en las mismas redes.

En el año 2022 Digiman Songs se convierte en Digiman Arts & Artists e incorpora al sistema a todas las artes escénicas y al año siguiente las plásticas.

Año 2028. El Imperio Digiman oculta a duras penas la laxitud creativa y el adocenamiento evidente del espectador, por no hablar del desplome lento pero estrepitoso del componente económico. Digiman vive de los patrocinios y las colaboraciones, pero incluso estos capítulos empiezan a mermar.

En este ambiente decadente y anodino se produce lo que años más tarde se conoció como el caso Timo Slock o el síndrome de Aquello, o mal de Slock.

Timo Slock, de origen nórdico, músico sin grandes méritos en el capítulo interpretativo era sin embargo, y a pesar del desconocimiento público, autor de un par de composiciones de éxito de Digiman. Se le podría considerar como un funcionario acomodado y razonablemente feliz cuando se convirtió en el primer caso que llevaría al fin del digitalismo.

El 19 de noviembre del 2028 un empleado de Digiman recibe una llamada de un cliente solicitando la reparación de un soporte que se ha borrado inexplicablemente. Al intentar hacer un duplicado el empleado advierte que los archivos correspondientes a Timo Slock estaban vacíos. Existían los índices pero no accedían a ninguna información, ni en los originales ni en las múltiples copias de seguridad que la empresa había guardado previsoramente a lo largo de su historia.

Se decide digitalizar de nuevo al personaje cuando los técnicos se encuentran que hace dos días que Timo Slock ha entrado en estado catatónico sin que los médicos tengan ningún tipo de explicación.

Se ordena una revisión exhaustiva de los archivos y se comprueba que existen tres casos más idénticos, un actor y dos pintores. Por supuesto los datos de esta investigación y los de las posteriores fueron celosamente ocultados hasta que el número de casos hizo imposible la preservación del secreto.

En el año 2031 una alta instancia judicial ordena, como medida preventiva, la destrucción de los archivos de digitalización personal de Digiman y una moratoria de seis meses para el resto, sujeta a la evolución de los casos tras esta primera medida. El síndrome de Aquello o mal de Slock, así llamado porque jamás se ha encontrado una explicación médica o científica para lo acontecido, se detuvo. No hubo más casos que los cerca de setecientos que por entonces se habían constatado. Ninguno de los afectados se recuperó nunca. Los archivos sujetos a moratoria se salvaron, gracias a lo cual hoy en día aún podemos disfrutar de algunas de aquellas joyas de su momento.

En el año 2031 una alta instancia judicial ordena, como medida preventiva, la destrucción de los archivos de digitalización personal de Digiman y una moratoria de seis meses para el resto, sujeta a la evolución de los casos tras esta primera medida. 

El comienzo del post-digitalismo ha llevado a un insospechado florecimiento de la creación y la interpretación, pero en medio de la euforia hemos olvidado, hemos enterrado en la parte más remota y oculta de nuestra memoria, que aunque Aquello no está activo en este momento no sabemos que podría desencadenarlo de nuevo. Yo reclamo desde esta tribuna los fondos y recursos, el interés social y científico, necesarios para descubrirlo y prevenirlo o extinguirlo definitivamente.

Madrid, 19 de noviembre del 2047

 

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Ser sin haber sido

Entre el anhelo, la añoranza y el olvido las vastas extensiones de la memoria configuran día a día la experiencia vital que me ayuda en el camino. Ponen ante mí los recuerdos de momentos ya vividos que me guían, que me avisan, que me trazan consecuencias de otros semejantes aunque antiguos. Alterada por el tiempo la memoria se maneja como un cuento al que le faltan páginas que aun habiendo leído han debido de caer en el olvido, buenas algunas, la mayoría amargas.

Pero en todo ese mapa, en ese hilo conductor de las vivencias ensartadas por el tiempo transcurrido, resaltan con especial brillo los recuerdos de los momentos en el limbo, los recuerdos de lo que no habiendo sido fué hasta un cierto momento y me dejó atisbar otra vida, otro ritmo, otro tiempo al que asomarme y, notario, levantar acta de lo que acontece en esa otra memoria, en ese otro hilo en el que la vida fabricada en la imaginación llega a ser sin haber sido.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Recuerda

Recuerda, en la pronunciación de la r se contenía toda la rabia del mensaje. Recuerda, parecía más un gesto, una acción intimidatoria, que una simple palabra. Inténtalo, parecía pasar de la agresión a la súplica, de la desesperación a la desesperanza. Pero el recuerdo no acudía, perdido en nebulosas de ensoñaciones, en personajes cuya ausencia suplantaba la presencia de los que tenía al lado, seguía aferrado a la irrealidad que irradiaba hacia la realidad ajena, hacia la necesidad cotidiana, que él ya no sentía, de aferrarse a la realidad compartida. Recuerda, la r ya vibraba mucho menos, apenas, haciéndose eco de la lejanía insuperable que hacía que la palabra no fuera más que un sonido, un deseo inasequible de cercanía y reconocimiento.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

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