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Paseo por un bosque gallego

Foto:  By Amparo Perianes

Es apenas un aroma, una brisa que riendo con risa de castaño longevo me visita cuando me adentro en el paseo umbrío de un bosquecillo gallego, cuando mis pasos, pausados, calzados con botas de siglo y medio, me aproximan al perfume que se oculta tras el velo con que céfiro lo va envolviendo, como en un celofán de brisas rematado por un lazo trenzado de ensueños.

Y cuando travieso se escapa, otra vez, mientras mi olfato sabueso esta intentando  aprehenderlo, el bosque, que está en el juego, se sacude en carcajadas de pinos, de castaños, de salgueiros, que divertidos, partícipes del devaneo, me rozan dulces con sus ramas para que juegue con ellos

Y las gotas del orballo que saltan desde sus hojas hasta el ropaje en el que voy envuelto, y a mi piel, y a mi pelo, y se ocultan entre risas en mi espalda, en mi pecho, aprovechando la cueva que les ofrece mi cuello, con el leve escalofrío, la caricia, que provocan mientras recorren mi cuerpo me invitan a disfrutar de su vida, a perderme entre sus ramas, a saber esconderme del tiempo y como un árbol más dejarme mecer en el viento, bañarme con el rocío y alimentarme del suelo

Quien pudiera transmutarse y vestido con los verdes que la bruma va reponiendo en sus tonos verdaderos, enraizarse en el monte, vestirse de árbol viejo y con un leve suspiro, con un mínimo anhelo, cambiar mi alma de hombre y quedarme para siempre como uno más entre ellos.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Paseando con mi padre

Paseando con mi padre, motor en su silla de ruedas, se me vino el tiempo,  inopinadamente, trastocado, revuelto, solapado, como solo el mismo tiempo sabe hacerlo, y en un instante, en un siglo, en un revuelo, fui  yo mismo paseándolo, fui yo mismo paseando a mi hijo en su silla, de pequeño, fui mi hijo paseándome en algún tiempo futuro, fui mi padre empujando un cochecito conmigo dentro en algún tiempo pretérito. Y sin llegar a aprehenderlo, sin llegar ni siquiera a fijar algún recuerdo el tiempo volvió a su línea y mi padre y yo –tal vez mi hijo también- seguimos con nuestros paseos, cada uno en su tiempo, cada uno en su puesto.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Hoy lloro

Hoy lloro con desconsuelo, con llanto sordo y convulsivo. Hoy lloro porque la pena me atenaza y llorar es la única salida. Hoy lloro por los niños que mueren de madurez, por las magias que dejan ver su truco, por la sordidez de una sociedad con los valores retorcidos, inane, inerte, inerme ante el continuo empuje de un modelo infrahumano. Hoy lloro con la pena intacta porque aún soy capaz de saber por qué lloro. Hoy lloro porque no sé si mañana mi llanto tendrá argumento por la permanente dejación de la inocencia. Hoy lloro porque llorar aplaca el llanto aunque no cicatrice las heridas. Hoy lloro porque el mundo se empeña en dejar atrás, de lado, escondido, lo único que puede salvarlo de sí mismo, la inocencia del niño, la ilusión de la magia, la fe en su propio camino.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

La bailarina de Alejandria. © Nieves Laguna

Ostracon de la bailarina contorsionista del Museo Egipcio de Turín

Estaba casada, algunas veces con éxito, otras no tanto, con el escribano del faraón y era una de sus bailarinas. Hacía mucho tiempo que ya no sentía pasión ni por su marido, ni por su vida, ni por nada que la rodeara; se había acostumbrado a la cotidianeidad de los quehaceres maritales y sus obligaciones con el faraón. Se había convertido en la odalisca de éste y en su principal arma de seducción para los tratados internos con otras delegaciones de Egipto e incluso con sus pueblos fronterizos.

Tanto el escribano como su esposa iban con el faraón a cualquier reunión de estado, acto oficial o incluso religioso, del cual su marido daba cuenta de todo lo sucedido escribiendo con el cálamo de un avestruz en los papiros envejecidos. Ella se encargaba, siempre sola, de deleitar, embelesar y amenizar con su estilizada y cautivadora danza a los políticos, mandatarios, invitados y al propio faraón en las noches largas y calurosas del vasto imperio egipcio; de ésta manera el hijo de Ra, siempre conseguía sus propósitos. Otras, era obligada a prestar su cuerpo, que no su alma, a algún comerciante que no transigía en firmar los contratos con el faraón si no era acostándose con la bailarina de Alejandría que se había vuelto tan insensible y tan fría como el mármol que adornaba las estancias de los palacios gubernamentales.

De complexión atlética, ella parecía un junco mecido por la calima del Nilo en tardes calurosas, su piel era satinada y de un color cobrizo oscuro que la daba aún más el aspecto de ser algo intangible e inalcanzable, como la obsidiana tallada por las manos magistrales del escultor.

Según el movimiento de sus caderas, sus brazos, su pecho, su vientre o piernas, se dejaban ver destellos dorados del sol del Sáhara en cada uno de sus movimientos. Su pelo era negro brillante, y con reflejos azulados del mar de su Alejandría natal, tan querida y tan lejana, y siempre lo llevaba suelto.

Por todo adorno, unos brazaletes en sus antebrazos, herencia de su abuela y unas pulseras con cuentas de azabache en los tobillos. La cadera rodeada por una cadena de plata, trabajada con exquisito gusto por el hermano de su padre, del que colgaban dijes de lapislázuli y regalada en su décimo años de cosecha.

Este abandono de la vida que la rodeaba no era excusa para la dejadez de su cuerpo. Como hembra del Nilo, era femenina, coqueta y presumida. Los ojos eternamente enmarcados por polvo khol negro que hacían su mirada aún más penetrante y misterios. Le gustaba cuidar su figura, su espesa cabellera y cuando no bailaba para el faraón, se colocaba una flor blanca que nacía de un árbol del jardín del harem que había mandado traer la madre del faraón de la lejana India. El olor del frangnipali era dulce y a su vez amaderado, suave, pero intenso, era un descanso para los sentidos el aroma de aquella flor, tan increíblemente mágico.

Una noche de celebraciones, en el palacio del mandatario de Nubia, ella tropezó inexplicablemente mientras bailaba. Cuando terminó su danza el faraón la miró con un gesto de total desagrado y ella se retiró a la habitación que siempre tenía reservada para sus cambios de vestuario y su descanso durante las largas noches de negociaciones y festejos. Se puso una de sus flores en el pelo como intentando evadirse y tratando de no pensar en la represalia que sabía que iba a tener por parte de su dueño en cuanto terminara la efeméride. Absorta en sus pensamientos, no percibió la presencia del aguador con su aguamanil que estaba detrás de ella aspirando profundamente el olor de la frágil flor que se había colocado en el cabello. Sigiloso como sólo ellos sabían ser, entró en la sala momentos antes y vio a la joven de semblante triste echada entre los futones adamascados con los ojos cerrados. Cautivado por su exótica belleza se arrodilló a su lado y quedó al momento hechizado por la calma con la que ésta respiraba. Intentando encontrar una nueva postura, ella abrió los ojos y vio al sirviente tan cerca que se sobresaltó por completo y se puso en pie.

– Tranquila no te asustes. Soy Shian Ka’an, el aguador, no pretendía inquietarte.

Pero ya era tarde porque en los breves segundos que transcurrieron cuando el joven pronunciaba esas palabras, mientras sus ojos del color del ámbar la miraban, se dio cuenta de que ya nada volvería a ser igual por ese sentido especial que tienen sólo algunas mujeres. Se había sentido atraída por su mirada, por su voz, por su olor.

– Me llamo Kefar Nahum. Soy la bailarina del faraón de Egipto y deberías haber llamado antes de entrar, ¿no te han enseñado normas de cortesía en éste pueblo de tierras estériles? No deberías estar aquí, está prohibido por mi señor que yo cruce palabra alguna con un sirviente.

Oído esto, el aguador bajó la cabeza haciendo un gesto de comprensión y se retiró de la habitación. Unos instantes después Kefar Nahum fue llamada al salón para volver a bailar. Cuando regresó de su baile se encontró con una flor de loto flotando en una jofaina, justo donde ella había reposado su cabeza unos momentos antes. De repente se sintió sorprendida y agitada, un escalofrío le recorrió el cuerpo desde la punta de los pies hasta la nuca erizándole el pelo. Esa noche el sueño terminó por ganar la batalla.

Antes de que el sol asomara tras las dunas del este, al otro lado del río, ella despertó y encontró en un escabel un tarrito que contenía aceite de sándalo y una nota: “Te espero en la puerta del templo cuando el sol esté tocando la línea del horizonte en su amanecer. Usa el aceite y ven.”

Ella no sabía, no pensaba, no lograba apaciguar su corazón, que por momentos parecía latir descompasado. Se puso el aceite por todo su cuerpo, se vistió con el kalisaris de lino y salió de la habitación hacia donde le decía la nota, esperando que fuera el sirviente y sólo el sirviente quien la esperaba por que por alguna razón que no alcanzaba a atisbar se sentía atraída por él.

Llegó a la puerta del templo justo cuando el sol terminaba de salir por el horizonte y allí estaba, era Shian Ka’an, como ella había deseado.

– Cierra los ojos, dame tus manos y deja que te guie por favor.

Accedió sin preguntar nada, estaba hipnotizada, intrigada y excitada. Notó que las manos de su guía la subían en una catanga y que él se sentaba a su lado. El trayecto, que no por su longitud se le hizo eterno, llegó a su fin. Shian Kka’an la descalzó antes de bajar y ella, aún con los ojos cerrados pisó la arena caliente del desierto.

– No abras aún los ojos, hasta que no te lo diga.
– Pero…
– ¡Ssshhh! (la hizo callar poniendo el dedo índice sobre sus labios). Ya casi hemos llegado.

En pocos pasos entraron en una jaima que el aguador había levantado en el desierto a orillas del Nilo. Ella dejándose guiar por ese sentimiento que le recorría el cuerpo, sin saber por qué, estaba tan atónita que no podía pensar, y de repente percibió el aroma del incienso de vainilla, de dátiles frescos, da agua fría, de canela… y cuando estaba intentando asimilar todos esos olores una voz le susurró al oído.

– Ya puedes abrir los ojos.

Ella así lo hizo y se vio en el centro de la tienda rodeada de sedas, de linos, de alfombras, de aceites, de inciensos, de frutas, de frutos secos, y con él.

Shian Ka’an la desvistió y la puso una chilaba abotonada de arriba abajo. Con cada botón que iba abrochando su aguador el deseo se acrecentaba en ella. Cuando el joven terminó con los botones, la tumbó sobre los cojines y empezó a darle de comer, despacio, acariciando con cada dátil los labios de ella.

No se lo podía creer, estaba dejándose llevar, estaba haciendo algo tan prohibitivo que no quería dejar de hacerlo, y se sentía conquistada y provocativa. Dejó que Shian Ka’an le diera de comer, le quitara de nuevo la chilaba botón por botón, descubriendo cada centímetro de su oscura piel y se dejó frotar con aceites exóticos traídos de lejanos países. Cuando el aguador terminó, le puso un caftán y se la llevó a la orilla del río donde subieron en una falukah que dejaron flotar a la deriva. Disfrutaron el resto del día uno del otro, abandonándose al goce de los sentidos, amándose, dándose de comer mutuamente, bañándose en el Nilo, sin pensar en las consecuencias.

– ¿Ke significa Kefar Nahum?
– Tierra de Consuelo. ¿Y Shian Ka’an?

– Dónde Nace el Cielo.

Pasaron los días y ella se levantaba cada mañana húmeda y excitada por saber que su joven la estaría observando desde algún lugar.

Bailaba para los comensales y anhelaba cada noche cuando él, con su acostumbrado sigilo, llegaba hasta su estancia para saciar toda su sed.

Pero una mañana los festejos terminaron y el faraón con su escriba, su séquito y su bailarina tuvieron que regresar. Kefar Nahum pidió que le sirvieran un poco de agua en su habitación antes de salir para Tebas. Shian Ka’an apareció turbado por la noticia de su partida. Ella se arrancó un dije de la cadena de su cadera y se lo dio.

– Dónde Nace el Cielo encontré Tierra de Consuelo, nunca amaré a otra mujer.

A los pocos días de llegar a Tebas, Kefan Nahum fue llamada ante el faraón. Vestida para bailar, se sorprendió cuando en la sala sólo se encontraban su marido y el hijo de Ra. Cuando estuvo frente a él, éste hizo un gesto y un par de guardias tiraron el cuerpo sin vida del aguador delante de ella. No tardó en comprender que había sido ajusticiado por el verdugo del alto mandatario nubio al enterarse de su relación.

– Vete de Tebas. Serás repudiada por todos. Ya no tengo esposa. No sé quién eres (le increpó su marido).

Kefar Nahum, miró al faraón que le hizo una leve insinuación con las manos para que ella misma sin ayuda de nadie se llevara a su amante y no volviera más. La bailarina ayudada por dos criados que se apenaron de ella, se llevó el cuerpo de Shian Ka’an fuera de palacio, lo subió en una carreta y puso rumbo a su ciudad natal. Tras dos días de viaje, sin comer, ni beber, llegó a Alejandría, paró en un acantilado cerca del faro y sacando fuerzas de flaqueza, abrazó al aguador y vio su dije colgado de su cuello.

– Tierra de Consuelo descubrió Donde Nace el Cielo. Nunca amaré a otro hombre. (Dijo poniéndose una flor de frangnipali en el cabello suelto)

Y sin pensarlo, como un exorcismo romántico, miró al abismo que se abría ante ellos, respiró profundamente y dio un paso adelante. Mientras caían tuvo la certeza de que nunca fue amada, porque su marido ni siquiera la veía. Sólo amó y fue amada en tierras nubias.

Encontraron pocos días después dos cuerpos varados en la playa, el del aguador de Nubia, y el de la bailarina de Alejandría.

© Nieves Laguna

Dulcinea ©Nacho Sánchez Tabernero

Dulcinea tiene unas converse de tacón alto, sus gemelos son regaliz de caramelo que se estira y dilata a cada paso que desliza sobre el suelo, sus muslos han sido y son premio de ebrias cacerías donde patinan sobre el hielo de su piel peleles.
Dulcinea lleva flequillo y fuma a su estilo los pitillos, los únicos que han saboreado su agrio carmín a cambio de vida.
Dulcinea es el pedestal de papel que mantienen todos los Robin de su bosque y de los bosques de los alrededores cuyas flechas nunca acertarían su blanco amor
Dulcinea tiene lentejuelas tatuadas en su cuerpo que saludan como un flash a cada movimiento, regando en arco los iris ajenos que la contemplan a cámara lenta y la graban para tener sexo de coctelera con ella
Dulcinea no se ve en el espejo porque hay besos rojos embadurnando el cristal y se dibuja eses en su rostro de diosa pordiosera, abre la puerta dejando la luz encendida y baila en blanco y negro el “you never can tell” de chuck berry por el pasillo acariciando ambos lados de la pared dejando una figura en forma de cruz y un humo que penetra tanto que la sientes.
Dulcinea para el tiempo y tiembla sola en invierno, se refugia en el cajón de la lejía y bebe de la cañería cuando nadie le ve.
Lo peor de todo es que los tristes seguiremos siendo nosotros.

Futuro.- ©Nacho Sánchez Tabernero

Aprieto mi cráneo, cierro los ojos intentando recordar su nombre.

Me acuerdo del lugar, me estiro en el sofá y allí están, todos los libros, que son pocos, que tengo y veo en el lomo negro su nombre en blanco.

Cortázar y su idea del “futuro”.

Tan él.

Tantos todos en apenas dos líneas.

Tantos palos de polos construidos para tocar un micro cielo a mano de todos.

Tantos todos.

Y sólo uno.

 

Insomnio

Despierto sobresaltado una noche más. Las 3 de la mañana y parece como si el sudor frío que recorre mi espalda se moviera al compás del segundero del reloj de la mesita.
El aliento entrecortado y esa extraña sensación en la nuca.
Y así, noche tras noche, durante más de tres meses.

Mis ojeras empiezan a verse tan oscuras como las sombras de mi dormitorio.
Sombras desde donde noto como si ella me observase.
Ella, siempre ella.

A veces juro que puedo sentir su sonrisa. Sus ojos, chispeantes de júbilo.
Sus cabellos resbalando sobre mi rostro. Sus dedos ágiles jugando con los míos.
Su aterciopelada voz susurrándome “ven”.

Y después despierto.
Siempre solo, en una cama fría donde falta su calor.
Donde, aunque durante semanas me negué a cambiar las sábanas, su aroma ha desaparecido.

La falta de sueño amenaza con robar la cordura de una mente que comienza a nublar los recuerdos. Recuerdos cada vez más grises y nubosos, con franjas pintadas del gris borroso del humo de los cigarrillos.
No quiero olvidarla.

No puedo olvidarla, porque entonces la soledad será insoportable.
Sin su recuerdo, tan sólo quedaré yo, acompañado por mis remordimientos.
Remordimientos por haberla perdido. Remordimientos por cada una de las veces que ella dice “ven”, con la promesa de acabar con mi soledad, con mi desasosiego, y yo nunca voy.

A veces juro que puedo verla, más allá de esos rincones oscuros de mi mente que juegan a mostrarme cosas que no son. O quizá sí sean, y ella está ahí, tendiéndome su mano, guiándome hasta su regazo.

Diciéndome que me perdona. Que no fue culpa mía. Que me espera.
Y la veo salir de entre las sombras, oscura y radiante, cálida y gélida como sólo puede ser ella.
Diciéndome que no tema. Que ya pasó todo.

Y esta vez la acompaño, dejando que guíe mi mano hasta mi muñeca, para hacer que mi soledad y culpa desaparezcan tras un río carmesí.
Y al fin duermo, bajo el manto de paz y sosiego que sólo ella podía darme.
Ella, siempre ella

Carolina Zarco
Técnico en Desarrollo de Aplicaciones Informáticas y en Gestión de Empresas.
Apasionada por el arte y las letras.

“Género fluido”. La historia de un transexual.

historia de un transexual

Pablo Vergara Pérez, nacido en Barcelona en 1979 y criado en Motril, es activista trans, emprendedor y escritor.  Durante el verano de 2008 se reconoció a sí mismo como hombre transexual y fue en ese momento en el que inició su blog Género fluido: aprendiendo a vivir de otra forma, en el que iba contando sus pensamientos, experiencias y sentimientos a medida que avanzaba en su proceso de transición social de género.

A día de hoy su blog continúa activo  y se ha convertido en uno de los blogs de temática trans más longevos en lengua hispana. El día 13 de octubre publica en exclusiva para Kindle su primer libro, con el mismo título que el blog original, en el que recopila los diarios de sus vivencias como hombre transexual.

El libro que acabas de publicar es una recopilación del diario personal que escribiste durante tu transición de género ¿Qué se siente al publicar algo tan íntimo? ¿Te dio miedo cuando decidiste contar tu historia?

La verdad es que algo de miedo sí sentí. Y vértigo. Como activista, y como emprendedor, soy una persona transexual visible, pero en mi libro cuento muchas cosas muy íntimas. Hablo de mis sentimientos, de mis pensamientos, de las cosas que me hacen vibrar, reír, llorar, o de las que me hacen temblar de rabia. Hablo de cómo los problemas me han hecho luchar, crecer como persona y crear un cambio real a mí alrededor, pero también hablo de los abusos que he sufrido, y de cómo muchas veces no he podido hacer nada más que callarme y pasar por el aro. Mientras repasaba mis diarios me preguntaba “¿de verdad vas a publicar esto?”, y tenía que hacer un esfuerzo para seguir con ello, porque reconocer los triunfos propios es muy fácil, pero hablar de los fracasos, las debilidades y los errores es mucho más duro.

La otra cuestión que me preocupaba es que en mi libro, al tratarse de una autobiografía, no hay personajes. Las otras personas de las que hablo son seres humanos de carne y hueso. Mis amigos, mi familia… Me preocupaba mucho cómo podría esto afectarles a ellos, y de hecho he ido pidiendo permiso a la mayoría de las personas que menciono antes de publicar sus nombres. Algunas de ellas me lo han dado, y para las que no lo han hecho he utilizado nombres inventados.

“reconocer los triunfos propios es muy fácil, pero hablar de los fracasos, las debilidades y los errores es mucho más duro”.
El libro: "Genero Fluido"

El libro: “Genero Fluido”

 

También mencionas a varios funcionarios públicos con su nombre y apellido, y no precisamente para hablar bien de ellos. Estamos en los tiempos de la Ley Mordaza y los recortes en la libertad de expresión ¿Piensas que alguno de ellos podría llegar a denunciarte?

Es una cuestión sobre la que he meditado en muchas ocasiones. Empecé el trabajo de recopilación de mis diarios hace tres años, cuando la mal llamada Ley de Seguridad Ciudadana todavía estaba en trámite, y cuando se aprobó empecé a preocuparme, no sólo por el futuro de mi libro, sino por los textos que ya estaban publicados en el blog. Ahora llevo más de dos años viviendo en Escocia y el blog se encuentra alojado en un servidor que se encuentra físicamente en Londres, así que si me quieren denunciar… les deseo buena suerte con ello.

De todas formas, aunque estuviese en España, lo habría publicado exactamente como está. No hay mucha gente que esté en posición de hablar públicamente y en primera persona de los abusos que sufrimos las personas trans ante la Administración pública y, especialmente, en los servicios de salud. A nadie le interesa darnos voz, o lo que tengamos que decir. Yo, después de ocho años y mucho esfuerzo, tengo la oportunidad de denunciar en primera persona a las personas que tanto sufrimiento están causándonos, y desde la seguridad de encontrarme en el extranjero. Si la desaprovechara, no me lo perdonaría nunca.

¿Qué diferencias has notado en el trato a la gente trans fuera de España? ¿Crees que las cosas han cambiado en España desde el año 2008?

Realmente no puedo opinar sobre las diferencias entre España y Reino Unido, porque yo llegué a este país con mi tratamiento prescrito y mi DNI cambiado. Pero sí sé que, al igual que en España, hay distintas normas en cada región, y que las leyes en Escocia son más favorables para las personas trans que las normas en Inglaterra o Gales. Además, la gente es más respetuosa en general, y se esfuerza en no molestar, en no ser impertinentes, y en ser muy respetuosos con la intimidad de los demás. No hacen preguntas ni aunque se mueran de ganas. Tienen una cultura más de vive y deja vivir, con sus cosas buenas y sus cosas malas…

También tengo que decir que aunque el sistema sanitario español es mucho mejor que el británico, en el caso de las personas trans la atención sanitaria llega mucho antes aquí (las esperas en Reino Unido, suelen ser de unos meses, no de unos años) y con mucho menos sufrimiento psicológico por parte de los pacientes.

En cuanto a la situación en España, ha cambiado bastante en apariencia, y muy poco en el fondo. En los últimos años se han aprobado muchas leyes que protegen nuestros derechos, y están empezando a suponer una mejora real en la vida de muchas personas trans. Sin embargo, estas mejoras se deben más a la buena voluntad de aquellas personas que con estas leyes se han visto con las manos libres para empezar a darnos un buen trato que a la rectificación de aquellas que han venido realizando prácticas abusivas. De hecho, ante los abusos, las leyes anti discriminación y por los derechos de las personas trans están demostrando ser muy poco eficaces, por desgracia. Además, todo esto se debe leer en el contexto de una crisis que está afectando a todas las estructuras sociales de España, cuya sociedad se está radicalizando y polarizando a pasos agigantados. Así que, por una parte, tenemos que la gente de ciertos sectores de la sociedad se ha vuelto mucho más abierta hacia las personas trans (siempre que no se les note lo trans), mientras que otros sectores expresan un rechazo creciente y estamos asistiendo a un repunte en la violencia que va desde la agresiones verbales a las palizas, y que están ocurriendo en todo tipo de entornos, desde las calles de Madrid hasta el patio de los colegios.

¿Crees que la transición física, con el desgaste que conlleva (operaciones, pastillas) merece la pena o que sería innecesaria si las personas trans sin apariencia cis tuvieran una total aceptación?

Pienso que realmente no se puede hablar en general del sentir trans. Las vivencias de cada persona son radicalmente diferentes, y dependen de muchos factores… no todos externos.

Se suele decir que las personas trans modificamos nuestros caracteres sexuales para tener una mejor aceptación social y que la gente nos reconozca como pertenecientes a nuestro género. Eso es cierto en algunos casos, pero no se puede olvidar que las personas trans también tenemos ojos para mirarnos a nosotras mismas, y que conseguir que nuestra imagen encaje con la imagen que cada cual tiene de sí mismo es vital para la autoestima, y, sobre todo, para sentirse bien dentro de la propia piel. Somos muchos los que buscamos reconocernos en el espejo o en las fotos mucho antes de empezar a pensar siquiera en cómo nos ven los demás. No es algo tan raro. La necesidad de gustarse a uno mismo es algo compartido por la mayor parte de la humanidad.

Finalizada la entrevista, nos sentimos atraídos cada vez más por este ser humano, más humano quizá por su gran valentía y sensibilidad, al que damos un fuerte abrazo de despedida, con el mayor deseo por nuestra parte de una vida cargada de éxitos y triunfo en la lucha por la despatologización de quienes, como él, deciden el cambio de sexo, aspectos que describe en su nuevo libro que sale a la luz hoy mismo, y que se puede reservar en preventa, resultado de tres años de trabajo recopilando y aclarando esos diarios  a los que se refiere en esta entrevista, para construir un relato honesto y vívido de su transición, de cuya lectura hemos salido emocionados.

Asimismo, estamos seguros que éste no será el único encuentro con Pablo, sino un hasta luego, por lo mucho que todavía puede ofrecer a la sociedad en general por su activismo trans. Gracias Pablo, y aquí tienes tu casa por si necesitas que te acompañemos en tu lucha o porque quieras contarnos cualquier vivencia que contribuya a que esta sociedad sea cada vez más tolerante y humana.

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autor de Género Fluido

Feliciano Morales Martín
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

Romance de La Luna. Recuerdo a Lorca

La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira mira.
El niño la está mirando.

En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.

Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.

Niño déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.

Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño déjame, no pises,
mi blancor almidonado.

El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.

Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.

¡Cómo canta la zumaya,
ay como canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con el niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
el aire la está velando.

 Federico García Lorca

 

Entre el 17 y el 19 de agosto de 1936, el poeta andaluz más universal es fusilado en algún lugar cercano a la fuente Grande, junto al barranco de Viznar (Granada), convirtiéndose en mártir de la causa republicana.

Las ideas progresistas de Lorca y su condición de homosexual y hombre de letras hacían de él una víctima propiciatoria. En plena Guerra Civil nuestro poeta universal no era sino un rojo más.

 

https://www.youtube.com/watch?v=6u_1mjcvaF8

Letras. Comienzo de curso

Entró dejando el rastro de miradas tras su paso. No era más guapa que otras, ni más alta, ni tan siquiera más interesante. En ella se combinaban una serie de factores que la hacían inolvidable.

Podría ser el aire altivo, el pelo que besaba la espalda, como  generoso manto negro, o los ojos, que hablaban antes de que lo hicieran sus labios. El caso es que su entrada, fue recibida por Cuto Malaparte como un impacto. Como cuando, años más tarde, le aporreaban la cara con el puño en el ring, hasta que el árbitro,  o el entrenador, tiraba la toalla y detenían el escarnio. En el reloj que estaba encima del encerado, presidiendo, junto al retrato de un tipo bufo que llamaban Caudillo, se marcaban las diez menos cuarto, cuando entró en la clase , de un plomizo quince de Septiembre, la nueva.

El año, lo olvidó Cuto Malaparte. No olvidó, en cambio,  por años que pasaran, esa hora, ni la fecha en que quedó prendado del encanto de Laura Urquijo . Años después, cuando la recogió en la calle, con el aire triste de un cuerpo explotado, la mirada de quien ha visto mucho, reconoció, a pesar del presente, a la joven, que una tarde de un otoño intuido, atravesó la puerta, caminando pastueño, para comenzar un curso que selló su futuro.

María Toca Cañedo

Relato. El mal pastor.

Érase una vez que se era, un pastor con su rebaño.

Un hermoso rebaño de ovejas, de lana suave y perlada, perfecta para que el pastor pudiera tejerse jerséis, bufandas y otras bonitas prendas. Y no era el único bien que producían, también le proporcionaban leche en abundancia, con la cual hacía unos riquísimos quesos.

El pastor era feliz con su rebaño, no así su rebaño para con él. Eran ovejas de rostros lánguidos y enjutos, tristes y ojerosos.  Pastaban cómo autómatas, esperando a que el pastor llegara para cortarles sus preciadas melenas y estrujar sus ubres.

– No conocemos otra cosa -.
– Es lo que hay -.
– No nos queda más remedio -.

Así  balaban su conformismo. Les daba igual pasar frío sin sus pelajes en invierno o no poder alimentar a los jóvenes borregos sin su leche. Y al pastor tampoco.

A él no le importaba que sus ovejas se sintieran desnudas, privadas de lo que era suyo de forma natural mientras él tuviera sus buenos abrigos y mantas para afrontar el invierno y su buen queso para llenar la panza.

¡Pero ay de cuando las ovejas no le daban su sustento!

Entonces llegaba el momento que las ovejas más temían. El granero pasaba a ser cada vez más pequeño, teniendo que dormir muchas de ellas fuera, a la intemperie, totalmente a merced de los lobos. El pienso y el agua, reducidos. Para las ovejas más ancianas ni siquiera llegaba el pienso para todo el día.

Total, son viejas. Son prescindibles – le oían decir al pastor.

Otras muchas enfermaban, pero no había medicina para ellas. Las más valientes decidían huir de la granja, afrontando el miedo a lo desconocido, siendo su número mayor cada día que pasaba.

Un día, pasó por las cercanías un joven pastor que no tenía rebaño. Al ver a todas aquellas ovejas desaliñadas, hambrientas, enfermas y tristes, les ofreció un trato.

– Prometo daros pienso y agua en abundancia, un techo bajo el que cobijaros los días de lluvia, velar por vuestra salud y cuidaros en la medida de lo posible a cambio de que vosotras con vuestra lana y vuestra leche me ayudéis a hacer una buena granja dónde podamos vivir -.

Las ovejas miraron al desconocido pastor con recelo. Parecía un buen trato, pero ya habían oído muchas veces a su pastor prometerles cosas similares. Siempre decía que si todo iba bien, ampliaría la granja, que compraría mejor pienso o que ya no les quitaría tanta de su lana, pero nunca cumplía sus promesas.

– ¿Y si nos engaña cómo nuestro pastor? –
– ¿Y si después nos quita más lana que él?-
– ¿Y si acabamos en una granja mucho peor? –
– Ni hablar. Mejor malo conocido que bueno por conocer –

Así balaron su negativa y el joven pastor tuvo que marchar, apenado, dejándolas con sus miedos e inseguridades. Cobardes y conformistas, incapaces de cambiar sus rumbos.

 

 

Carolina Zarco
Técnico en Desarrollo de Aplicaciones Informáticas y en Gestión de Empresas.
Apasionada por el arte y las letras.

“El mar se quedó con su alma”

 

Peludo es un osito, un juguete, el más fiel compañero de Ibrahim.

Ibrahim era un niño, sirio, que tenía a su mejor amigo en Peludo.

Peludo vive ahora en un apartamento de Berlin, junto a los padres

y algunos otros familiares de Ibrahim.

 

A Ibrahim lo enterraron en algún lugar perdido de Grecia. El mar

se quedó con su alma.

Peludo no se enteró de nada, estaba dormido en el fondo de una

vieja maleta.

 

Ahora, en ese frío apartamento de Berlin, espera junto a la venta-

na ver aparecer a su amigo.

Escucha como la madre de Ibrahim, le dice al padre entre sollozos:

“Nunca debimos fiarnos de aquel turco, sólo quería nuestro dinero,

no ayudarnos a cruzar hacía ese paraíso occidental que no existe”.

 

FRANCISCO GUILLÉN
Nacido en Barcelona hace 61 años, Ex Directivo de Multinacional, Jubilado.
Socialdemocracia Liberal, o algo así….

El silencio me ahoga

El silencio me ahoga

como si fuera garra prendida en la garganta,

el silencio me mata

como daga hundida en pecho que no implora.

El silencio, asesina,

como mano mercenaria que no tiene piedad.

Paso a tu lado;

hay veces que choco mi cuerpo, contra ti,

camino bien despacio,

buscando tu mirada

pero tú, no me ves.

No escuchas que suplico

ser visible, estar vivo,

que me mires, me toques,

me escuches, me sientas…

Pero tú, no me ves.

Caminas con la prisa

que te impide sentir

que junto a ti caminan

seres silentes, con miradas oscuras,

con las manos hundidas

en gabanes de sombras.

Pero tú no me ves,

porque corres en pos de un incierto futuro,

que pudiera ser…es posible,

mi presente, perdido.

Pero tú no lo ves.

 

 

Para el proyecto #VidasQueCuentan

 

A los papás.

Julia era una niña afortunada aunque no era consciente de ello. Para ella, era normal levantarse y encontrar el desayuno preparado todas las mañanas, marchar a clase y ser despedida con un beso, llegar del colegio y ser recibida con un cariñoso abrazo o dormir bien arropada con un cuento de piratas. Todo ello era normal y ningún niño merece menos que eso.

También había momentos quizá no malos, pero sí menos buenos. Cómo cuando la regañaban por subir demasiado alto a los árboles o por jugar demasiado cerca de la carretera. O cómo cuando había coliflor para comer. Hoy era precisamente eso lo que encontraría al llegar a casa, lo sabía por el olor pestilente que percibía de la cocina pero no iba a permitir que eso le arruinase el día.

Hoy se había prometido a sí misma que sería un día feliz en el que sólo habría sonrisas y si para ello tenía que aguantarse algún puchero, lo haría. Daría su mejor esfuerzo por que nada estropease aquel día tan importante y por eso, pese a que aquel olor desagradable la acompañó hasta al autobús, se despidió con una enorme sonrisa pintada en el rostro.

En el colegio hoy también debía dar su mejor esfuerzo. La profesora de Plástica les había prometido que harían una preciosa sorpresa para un día tan especial como aquel. Toda la clase estaba ilusionada, todos sin excepción querían llegar a casa y sorprender a sus padres, ver sus caras al recibir su sorpresa y hacerles saber que eran los mejores padres del mundo y cuanto les querían. Pese a que a veces fueran regañones o hicieran coliflor para comer.

La mañana pasó rauda mientras Julia amasaba arcilla, la aplastaba con sus manitas y dibujaba delicados detalles con un trozo de palillo. Estaba ansiosa porque ésta secase para así poder pintarla de vívidos colores. No le importaban ni las preguntas incómodas de los demás niños ni las frases que la profesora dijo que debían poner. “Al mejor padre del mundo” y “Feliz día, Papá” no se ajustaban a lo que ella quería, pero no importaba. Decidió que ella misma inventaría su propia frase.

Todo el trabajo mereció la pena al llegar a casa. Ahí estaban como siempre los abrazos, las sonrisas y los “¿Qué tal ha ido el día, princesa?” y ahora ya no pesaban ni las uñas manchadas de arcilla ni los comentarios a hurtadillas de los otros niños.

“Julia es rara”
“¿Por qué no lo hace como nosotros?”
“¿Por qué no escribe lo que dijo la profesora?”
“¿Por qué lo hace más grande?”
“¿Por qué…?”

Porque Raúl y Manuel eran dos padres afortunados y eran conscientes de ello. Tenían una hija preciosa que iluminaba sus vidas desde el día en que pudieron traerla a casa. Podían cada mañana prepararle el desayuno, verla partir al colegio despidiéndola con un beso y recibir un cariñoso abrazo al llegar a casa o arroparla y contarle su cuento de piratas preferido antes de dormir. Y hoy les había hecho un precioso plato de arcilla, pintando con sus pequeñas manos “A mis papás, los más buenos del mundo”.

Todo ello era normal y ningún padre merece menos que eso.

 

 

Carolina Zarco
Técnico en Desarrollo de Aplicaciones Informáticas y en Gestión de Empresas.
Apasionada por el arte y las letras.

Descubrimiento©

El día que Arsenio Román vio el mar, se le estrellaron los ojos contra una marea nublada de nubes de sal, que nunca olvidó, mientras dejó que sus pulmones se impregnaran de la húmeda certeza que el viento iba en su contra. Se le despeinó el tupé mientras contemplaba ese prado grande, matizado de verde esmeralda con salpicones de plata, mientras a lo lejos se alejaba la niña de sus ojos, en pos de un sueño.

Ella, Martita, la niña de sus ojos,  quiso venir, con ahínco, con ensañamiento. Lo repitió sin freno, hasta conseguirlo: “Arsenio, quiero ver el mar…anda, que no lo conozco”.  Él, cedió, no sabía bien el motivo, quizá los ensoñadores ojos de Martita tuvieron algo que ver, o los mohines que hacía con la boquita, mientras suplicaba.

Llegaron tres días atrás. La mirada de Martita se abovinaba entre los córchales de la costa, se dejaba ir tras la marea plateada, con una ensoñación que le derretía el alma. Desde el principio Arsenio, pensó que no fue buena idea. Hoy, cuando debían hacer las maletas,  se confirmaron sus miedos: las palabras de Martita, pronunciadas abocinando la boquita mullida y golosa, le sacaron del letargo sumiso, para expulsarle de un paraíso cercano.

-Yo no me  voy Arsenio-

-¿Cómo dices Martita?- dijo, apolismado, introduciendo la ropa en la maleta.

-Que me quedo. Me he enamorado- dijo ella, desde la puerta.

-¡Martita, no  digas tonterías!-

-Arsenio, me quedo con el otro. ¡Que no me voy!, no insistas-

-Pero, Martita, a ver, ¿qué has tomado, hija mía?-

-Arsenio. He conocido a un hombre en estos días .Nos hemos visto de lejos. Él columbraba en las rocas, mientras yo paseaba. Nos hemos mirado largamente, Arsenio. Contemplado con la misma mirada, su soledad y mi nada. He comprendido que no te amo, Arsenio. No me caso, porque ni tan siquiera, te tengo simpatía-

Seguía apoyada en  la puerta, con prisa por irse y acabar cuanto antes,  mientras  él, la miraba con ojos alunados, llenos de preguntas.

El tren renqueaba mientras la raya azulada y espesa se diluía en el horizonte. A lo lejos, Arsenio, creyó distinguir un cuerpo que a otro se abrazaba, mientras el viento barría con premura la desconchada carretera que corría paralela a las vías. Con los ojos entornados de rabia y unas fugaces lágrimas, comprobó que era Martita, abrazada a la figura enhiesta de una estatua labrada en bronce y amalgamada de moho y musgo, del marinero errante.

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