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El silencio me ahoga

El silencio me ahoga

como si fuera garra prendida en la garganta,

el silencio me mata

como daga hundida en pecho que no implora.

El silencio, asesina,

como mano mercenaria que no tiene piedad.

Paso a tu lado;

hay veces que choco mi cuerpo, contra ti,

camino bien despacio,

buscando tu mirada

pero tú, no me ves.

No escuchas que suplico

ser visible, estar vivo,

que me mires, me toques,

me escuches, me sientas…

Pero tú, no me ves.

Caminas con la prisa

que te impide sentir

que junto a ti caminan

seres silentes, con miradas oscuras,

con las manos hundidas

en gabanes de sombras.

Pero tú no me ves,

porque corres en pos de un incierto futuro,

que pudiera ser…es posible,

mi presente, perdido.

Pero tú no lo ves.

 

 

Para el proyecto #VidasQueCuentan

 

A los papás.

Julia era una niña afortunada aunque no era consciente de ello. Para ella, era normal levantarse y encontrar el desayuno preparado todas las mañanas, marchar a clase y ser despedida con un beso, llegar del colegio y ser recibida con un cariñoso abrazo o dormir bien arropada con un cuento de piratas. Todo ello era normal y ningún niño merece menos que eso.

También había momentos quizá no malos, pero sí menos buenos. Cómo cuando la regañaban por subir demasiado alto a los árboles o por jugar demasiado cerca de la carretera. O cómo cuando había coliflor para comer. Hoy era precisamente eso lo que encontraría al llegar a casa, lo sabía por el olor pestilente que percibía de la cocina pero no iba a permitir que eso le arruinase el día.

Hoy se había prometido a sí misma que sería un día feliz en el que sólo habría sonrisas y si para ello tenía que aguantarse algún puchero, lo haría. Daría su mejor esfuerzo por que nada estropease aquel día tan importante y por eso, pese a que aquel olor desagradable la acompañó hasta al autobús, se despidió con una enorme sonrisa pintada en el rostro.

En el colegio hoy también debía dar su mejor esfuerzo. La profesora de Plástica les había prometido que harían una preciosa sorpresa para un día tan especial como aquel. Toda la clase estaba ilusionada, todos sin excepción querían llegar a casa y sorprender a sus padres, ver sus caras al recibir su sorpresa y hacerles saber que eran los mejores padres del mundo y cuanto les querían. Pese a que a veces fueran regañones o hicieran coliflor para comer.

La mañana pasó rauda mientras Julia amasaba arcilla, la aplastaba con sus manitas y dibujaba delicados detalles con un trozo de palillo. Estaba ansiosa porque ésta secase para así poder pintarla de vívidos colores. No le importaban ni las preguntas incómodas de los demás niños ni las frases que la profesora dijo que debían poner. “Al mejor padre del mundo” y “Feliz día, Papá” no se ajustaban a lo que ella quería, pero no importaba. Decidió que ella misma inventaría su propia frase.

Todo el trabajo mereció la pena al llegar a casa. Ahí estaban como siempre los abrazos, las sonrisas y los “¿Qué tal ha ido el día, princesa?” y ahora ya no pesaban ni las uñas manchadas de arcilla ni los comentarios a hurtadillas de los otros niños.

“Julia es rara”
“¿Por qué no lo hace como nosotros?”
“¿Por qué no escribe lo que dijo la profesora?”
“¿Por qué lo hace más grande?”
“¿Por qué…?”

Porque Raúl y Manuel eran dos padres afortunados y eran conscientes de ello. Tenían una hija preciosa que iluminaba sus vidas desde el día en que pudieron traerla a casa. Podían cada mañana prepararle el desayuno, verla partir al colegio despidiéndola con un beso y recibir un cariñoso abrazo al llegar a casa o arroparla y contarle su cuento de piratas preferido antes de dormir. Y hoy les había hecho un precioso plato de arcilla, pintando con sus pequeñas manos “A mis papás, los más buenos del mundo”.

Todo ello era normal y ningún padre merece menos que eso.

 

 

Descubrimiento©

El día que Arsenio Román vio el mar, se le estrellaron los ojos contra una marea nublada de nubes de sal, que nunca olvidó, mientras dejó que sus pulmones se impregnaran de la húmeda certeza que el viento iba en su contra. Se le despeinó el tupé mientras contemplaba ese prado grande, matizado de verde esmeralda con salpicones de plata, mientras a lo lejos se alejaba la niña de sus ojos, en pos de un sueño.

Ella, Martita, la niña de sus ojos,  quiso venir, con ahínco, con ensañamiento. Lo repitió sin freno, hasta conseguirlo: “Arsenio, quiero ver el mar…anda, que no lo conozco”.  Él, cedió, no sabía bien el motivo, quizá los ensoñadores ojos de Martita tuvieron algo que ver, o los mohines que hacía con la boquita, mientras suplicaba.

Llegaron tres días atrás. La mirada de Martita se abovinaba entre los córchales de la costa, se dejaba ir tras la marea plateada, con una ensoñación que le derretía el alma. Desde el principio Arsenio, pensó que no fue buena idea. Hoy, cuando debían hacer las maletas,  se confirmaron sus miedos: las palabras de Martita, pronunciadas abocinando la boquita mullida y golosa, le sacaron del letargo sumiso, para expulsarle de un paraíso cercano.

-Yo no me  voy Arsenio-

-¿Cómo dices Martita?- dijo, apolismado, introduciendo la ropa en la maleta.

-Que me quedo. Me he enamorado- dijo ella, desde la puerta.

-¡Martita, no  digas tonterías!-

-Arsenio, me quedo con el otro. ¡Que no me voy!, no insistas-

-Pero, Martita, a ver, ¿qué has tomado, hija mía?-

-Arsenio. He conocido a un hombre en estos días .Nos hemos visto de lejos. Él columbraba en las rocas, mientras yo paseaba. Nos hemos mirado largamente, Arsenio. Contemplado con la misma mirada, su soledad y mi nada. He comprendido que no te amo, Arsenio. No me caso, porque ni tan siquiera, te tengo simpatía-

Seguía apoyada en  la puerta, con prisa por irse y acabar cuanto antes,  mientras  él, la miraba con ojos alunados, llenos de preguntas.

El tren renqueaba mientras la raya azulada y espesa se diluía en el horizonte. A lo lejos, Arsenio, creyó distinguir un cuerpo que a otro se abrazaba, mientras el viento barría con premura la desconchada carretera que corría paralela a las vías. Con los ojos entornados de rabia y unas fugaces lágrimas, comprobó que era Martita, abrazada a la figura enhiesta de una estatua labrada en bronce y amalgamada de moho y musgo, del marinero errante.

NARRATIVA. Idénticas

7:00 a.m., suena el despertador.

Hoy me cuesta la vida misma salir de la cama, pero tengo que prepararle el desayuno a María o no llegará a tiempo al colegio. Bajo las piernas, noto el suelo frío bajo las plantas de los pies. Parece que su efecto me vigoriza. Voy hasta el baño. Me miro al espejo. Veo una mujer que aparenta más años de los que tiene, con el tinte color rojo número 7 empezando ya a deslucirse. ¡Y vaya ojeras! No debería quedarme hasta tan tarde estudiando, pero no me queda otra. Lo hago por María, para darle una vida mejor. Bueno, y por Fran. Hay que ver lo bueno que es conmigo, todo lo que me ayuda. Nunca protesta. Pero sé que no le gusta mi actual empleo. Empleo, por llamarlo de algún modo. Los exámenes de acceso son a finales de mes y tengo que conseguir aprobarlos. No, no tengo que conseguirlo. Voy a conseguirlo. Siempre he sido una chica lista, o eso decían mis profesores en el instituto. Estudiaré enfermería y conseguiré un buen puesto en algún hospital o clínica. Pero de momento, toca preparar el desayuno, llevar a María al colegio y salir a trabajar. Hoy no conseguiré tanto dinero, no puedo estar tantas horas. Le prometí a María que la llevaría a casa de su amiga a las 18:00. Ya la oigo trotar por el pasillo desde su habitación. A Fran hoy le ha salido una chapuza en el barrio y no llegará hasta la hora de comer. Al menos podrá recoger a la niña y ocuparse de que coma a su hora mientras yo trabajo. Mientras María desayuna sus cereales viendo los dibujos, aprovecho para meter en el bolso un vestido y unos tacones. Comienzo a maquillarme frente al espejo. Rímel, sombra de ojos, polvos compactos, barra de labios. Las pinturas de guerra del día a día.

Después de dejar a la niña en el colegio, de saludar a las demás madres y no sentirme a mí misma como una extraña, llega el momento de ponerme la máscara. Saco el vestido y los tacones del bolso y voy en el coche hacia mi zona habitual. Ahí ya nos conocemos todas y no hay percances. Me sitúo cerca del portal en el que siempre me pongo y espero. Muestro mi mejor sonrisa a todo aquel que mira durante más de un segundo. Nunca se sabe quiénes pueden ser clientes o no. Sigo esperando. La crisis se ha cebado con todos los sectores y este no ha sido menos. Al fin se acerca el primer cliente. Es Ignacio, un habitual. Es limpio y educado. No todos son así. Algunos son verdaderamente repugnantes. Nos encaminamos hacia el hotelito que hace esquina y pido lo de siempre. Ignacio paga. Subimos a la pequeña habitación y hago lo que tengo que hacer. De momento no me queda más remedio si quiero pagar las facturas. Con los trabajos puntuales que le salen a Fran no nos alcanza. Pero eso cambiará. Aprobaré los exámenes, estudiaré por las noches y conseguiré un buen empleo. Cuando salgo del hotel, llega otro cliente. Parece que está siendo buena mañana. Podré comprarle unas zapatillas nuevas a María. Las que tiene están demasiado viejas y en invierno se le mojarán los pies. Otro cliente más. Huele a humo de cigarrillos, orujo y naftalina. Cierro los ojos y me concentro en hacer mi trabajo. Repaso mentalmente la lista de la compra. A la vuelta tengo que comprar cereales, María se los ha acabado esta mañana. Y yogures. A Fran le gusta desayunar yogures. Que ganas tengo de llegar a casa. De darme una buena ducha. Hoy puede que hasta llene la bañera. Ha sido una buena mañana y por despilfarrar un poco de agua caliente un día no pasa nada. Fran seguro que lo entenderá. Siempre lo entiende todo. Incluso con María, a pesar de que no sea hija suya. Tengo que ser fuerte. Por ellos dos. Pero sobre todo por mí misma. Porque sé que puedo serlo. Porque estoy orgullosa de serlo.

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