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No sé

Alquitran

Nacho Ciencafés

Salmantino en Madrid. La mitad escribiendo. Cambiando la vida a cañonazos, pero siempre desde castillos en el aire.

Ideario 9.2.18

 

Gota

 

Me dan miedo los cambios de sentido de mis pensamientos en su perdido rumbo. Que no se diga lo que se piensa y que se tenga que pensar tanto lo que se dice.

Me da pánico que no se permita hablar a las sensaciones. Que el fuego ahogue toda su combustión dentro, sin haberse dejado ver.

Me angustia no equivocarme. Que todo sea tan plano. Que todo esté hecho con los mismos patrones ya caducados.

Me bloquea la falta de preguntas. Las férreas creencias de quien no se cuestiona, de quien no se critica.

Me fascinan las cosas por descubrir. Las miradas que se atropellan y las palabras que se lleva el viento. También las que se quedan en el papel.

Me divierte el frenetismo de este no parar. La inmediatez de las cosas. La pérdida de valores, la falta de paciencia. La desaparición del espacio y el tiempo que deja paso al «ahora, donde sea».
Me aburre exactamente lo mismo.

Me entristece el paso del tiempo. Dar explicaciones. Esperar en los semáforos, en las colas y en el médico. Llevar cosas de un lado para otro. Mirar al suelo y dar patadas a las piedras. La sensación de que todo está por hacer y la ilusión del «progreso». El saber lo que está por venir, aunque no lo sepa. Lo efímero de las emociones y lo inefable, también. La falta de opciones. Las cartas de los restaurantes. La pulcritud del que cree que existe. El ego y el egoísmo. La importancia en exceso y por defecto. Las fantasías que no están en blanco sobre negro. El cielo sin nubes. No la soledad. Sí la falta de valor para asumir. Los pies calzados. Las duchas diarias. El precio y no el valor. Los valores con precio. La falta de curiosidad. La necesidad de apariencia. La falta de buenos consejos y de transprencia. La falta de honestidad. Y el miedo.

Diego Carrera Martín

Proyecto de deshumano. No sé si libre, pero pensador. Practicante de la resignación. Misántropo. Estudiante de filosofía.

Algo se nos está pasando (inyectado de cafeína)

 

 

 

 

Inyectado de cafeína meditaba acerca del futuro. De cómo, con el paso del tiempo, unos se vuelven más comprensivos y otros más testarudos.
El tiempo, la oxidación de sus células, era el único elemento que transportaba con éxito sus ideas de un extremo a otro, siempre con esa paciente comprensión que sólo él ofrece, sin esperar nada a cambio.

Salvo nuestro propio tiempo.

A ese reloj de arena le quedaban ya pocas playas.

Era una mañana casi abierta, el pulso del barrio comenzaba a bombear con ritmo los quehaceres de sus glóbulos rojos.

Es una pena que se nos pasen tantos detalles.

La terraza de la plaza era un desierto de palmeras de tela, solamente salvaba esa constante de tempo exacto aquel oasis con forma femenina y zumo de naranja.

El mendigo de la calle pez, vecino recién llegado, buscaba nada y contaba los pasos restantes cabizbajo hacia cualquier mirada cómplice que le alimentara con una conversación que nunca llegaba.

Se nos está olvidando dar de comer al corazón.
Tenemos el estómago demasiado lleno haciendo la digestión.

Inyectado de cafeína, caminaba por la calle buscando un detalle que le trajera el mar a Madrid. Buscaba una mirada que nadie le regalaba.

Porque una mirada con marea no se encuentra en cualquier playa.

Nacho Ciencafés

Salmantino en Madrid. La mitad escribiendo. Cambiando la vida a cañonazos, pero siempre desde castillos en el aire.

Progreso

Diego Carrera Martín

Proyecto de deshumano. No sé si libre, pero pensador. Practicante de la resignación. Misántropo. Estudiante de filosofía.

Duelo

 

 

 

He buscado las palabras con denuedo, con ahínco las lágrimas que faltan, he llamado al dolor que aún espero y en la espera me encuentro sin amparo. No sé qué esperar ni si esperarlo. No se sé que sentir ni si lo siento. No sé, al fin, nada del duelo y en el duelo me encuentro, aunque sea en un duelo sin lamentos. No encuentro barreras que lo frenen, ni encuentro cauces que lo expresen. No encuentro llanto, desgarro, sufrimiento, solo un dolor aún lejano. Me observo con cuidado, como ajeno, esperando, ¿por qué?, un dolor que me lacere, un recuerdo en carne viva, descarnado, un sentimiento de pérdida, llagado. Y solo encuentro por doquier esta tristeza, este rememorar aún pasivo, esta añoranza que no se ha concretado, esta sensación de vendrá que no ha llegado.

He buscado las palabras con denuedo, con el mismo denuedo que busqué en mi interior el sentimiento. Ni el uno ni las otras son lo que espero y no sé si esperar, o esperanzado, comprender que comprendo en mi interior lo que mi mente comprender no ha logrado.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Accidente cardio vascular

Fue un accidente, nuestros cuerpos retorcidos entre las sábanas. Pelea de saliva y dientes, me miras y me dices que nos volveremos a ver, sabes que me mientes y cierras la puerta dejando un camino de perfume hecho nudos con el ambiente bajo cero de dos polos hechos trizas de hielo en el dormitorio.
 
Mañana esta casa tan lejana, tan ajena será un estanque de peces muertos.
Nacho Ciencafés

Salmantino en Madrid. La mitad escribiendo. Cambiando la vida a cañonazos, pero siempre desde castillos en el aire.

Ya sé que sabes

De alguna forma que no consigo explicar, ni explicarme, sé que lo sabes. Es difícil entender como lo sé, es complicado inferir que lo sabes, pero ciertos cambios en ti lo indican.

Mamá ha muerto, el otro día. En trece días se nos fue sin darnos oportunidad a retenerla, a distraer a la muerte que la había señalado. Y tú, tan ajeno a este mundo, tan aparentemente desconectado, has querido mandarnos las señales para que supiéramos que desde algún sitio, de alguna manera, sigues lo que sucede.

Es verdad que el otro día, cuando te llevamos a tu biznieta para que la conocieras ni siquiera la miraste. Ni siquiera pareciste consciente de que estaba a tu lado. Es verdad que en tu permanente aislamiento actual no has preguntado por la ausencia de mamá, de “esa señora”, como la llamabas, ya hace tiempo, cuando aún te salían las palabras. Es verdad que cuando te miramos y nos miras tus ojos no reflejan emoción, reconocimiento, comunicación. Todo eso es verdad, papá, pero ahora, sin embargo, suceden cosas que nos llevan a pensar que, a pesar de tu lejanía, queda un hilo por el que accedes a los sucesos de este mundo tan apartado del tuyo.

No nos has preguntado por mamá, no has verbalizado la pregunta, pero desde que ella se marchó, desde que salió de casa para no volver, tu comportamiento cambió. Había una inquietud que no habíamos notado antes. Parecía que notabas que te faltaba alguien, la usencia de la voz que te reconvenía o te animaba a comer, o te hablaba aunque no obtuviera respuesta, o se imaginaba tu respuesta para seguir la conversación. Y expresabas ese cambio en el entorno con un cambio en tu comportamiento. Si, ya sé, eso no significa que fueras consciente, claro, o sí, sabemos tan poco de la mente.

 

“No nos has preguntado por mamá, no has verbalizado la pregunta, pero desde que ella se marchó, desde que salió de casa para no volver, tu comportamiento cambió. Había una inquietud que no habíamos notado antes.”

Por supuesto, papá, que no te llevamos a visitar a mamá en el hospital, ¡qué barbaridad¡ ¿Cómo íbamos a llevarte? ¿Para qué? Pero ahí estás, desde dos días después de su muerte, en la habitación enfrente de la que ella ocupó hasta dejarnos, que esta noche al volver a tú habitación estuve a punto, lo que hace la costumbre, de meterme en la que fue la suya, haciendo una suerte de visita forzada. Claro que no lo has hecho a propósito ¿en qué cabeza cabe?, que no te has puesto enfermo para poder visitar el sitio en el que mamá vivió sus últimos momentos, o si, sabemos tan poco de nosotros mismos.

Claro, papá, claro, ya sé que en tú proceso nada tiene que ver que vuestra compañía haya durado más de sesenta años, que últimamente, un últimamente de más de veinte años, no os hayais separado una distancia superior a cien metros. Que desde que ella tuvo la lesión que le impedía andar con normalidad tú fueras ese bastón, ese sostén, que ella requería para ir a cualquier lado. Es evidente que una cosa nada tiene ver con la otra, o sí, porque si sabemos poco de la mente, nada sabemos del alma, e incluso llegamos a negarla.

No sé por qué tengo la intuición de que en ese mundo desconocido tuyo no rigen la distancia ni el tiempo, que la leyes físicas no están en vigor y las limitaciones de los cuerpos que nos transportan quedan obsoletas. Tal vez por eso mismo estoy convencido de que sabes perfectamente, iba a decir que has escuchado pero sería inexacto, las palabras que sobre mamá dije en el funeral en Orense.

Pero, a pesar de todo, papá, no me resisto a adjuntarlas a esta carta. Ya sé que no me vas a decir que sí, ni que no, que no te vas a dar por enterado de ninguna forma, pero permíteme que esta tarde, mientras esté junto a tu cama, cuando me aprietes la mano, interprete que te han gustado.

Tal vez en ese mundo intermedio, ajeno aunque cercano, inaccesible para nosotros aunque insertado en el nuestro, puedas tener algún acceso a los que se fueron, a mamá por ejemplo. Si es así dile que la queremos y que ya la echamos de menos. Te pongo a continuación las palabras de mamá. Un beso, papá, un beso, que no quiero que me quede ninguno sin ofrecértelo.

Panegírico
“La muerte no importa.
Estoy simplemente en la habitación contigua.
Yo soy yo, tú eres tú. Seguimos siendo lo que éramos los unos por los otros.
Dadme el nombre que siempre me disteis.
Hablad de mí como siempre lo habéis hecho.
No empleéis un tono distinto o un aire solemne o triste. Seguid riéndoos con lo que nos reíamos juntos.
Rezad, sonreíd, pensad en mí, rezad por mí.
Que mi nombre sea pronunciado como siempre lo fue, sin énfasis, sin sombra. La vida significa todo lo que siempre ha significado.
Es lo que siempre ha sido.
El hilo no se rompe. ¿Por qué estaría fuera de vuestros pensamientos, simplemente porque estoy fuera de vuestra vista?
Os espero.
No estoy lejos, justo en el camino contiguo.
Veis, todo está tranquilo”

 

Sirva este poema de Henri Scott Holland, esta reflexión, para transmitiros lo más importante de mis palabras, el inmenso agradecimiento por vuestra presencia, por vuestra compañía, por vuestro consuelo. Tanto mi hermana como yo o el resto de la familia agradecemos en el alma a los que aquí estáis, o a los que ya han estado durante este proceso, vuestra cercanía.

Es habitual en estas ocasiones hacer un panegírico de las grandes virtudes de la persona que se ha ido, pero si yo hiciera eso el poema inicial no tendría sentido, ni ninguno de vosotros que la conocíais y la compartisteis con nosotros la reconoceríais en ellas.

Mamá era una persona normal, una persona más, llena de virtudes perfectamente equilibradas con un sinnúmero de defectos que la hacían ser ella misma y ninguna otra. Pero si tuviera que definirla con tres características estas serían: Generosa, divertida y dueña de su realidad.

 “Pero si tuviera que definirla con tres características estas serían: Generosa, divertida y dueña de su realidad.”

Muchos de vosotros, y muchos otros que ya se fueron, han sabido de su generosidad, de su casa siempre abierta, siempre llena de transeúntes, siempre presta a la acogida. De su necesidad, que hacía virtud, de estar rodeada de gente que iba y venía. Parada obligatoria de todo orensano que residiera en Madrid, que viajara hacia otro punto de España o al extranjero. En casa siempre había una cama, un plato de comida o un rato de charla esperando al que llamara a la puerta, y el timbre no solía descansar.

Divertida. Con ese estilo tan peculiar para  contar las cosas, incluso las dramáticas, de tal forma que provocaba la risa de los que la escuchábamos. Era difícil compartir con ella un velatorio, una enfermedad, sin acabar riéndose, incluso a veces inconvenientemente, a carcajadas. En eso salía a los Ferreiro, a mi abuela Chelo, al tío Toñito. Hasta tal punto que sus últimas palabras conscientes fueron para preguntar por su biznieta y después hacer un chascarrillo último sobre su situación en ese momento. Ya no le oí más palabras. Solo quedó el silencio de su respiración dificultosa, algún gesto de asentimiento o denegación y finalmente nada.

Pero sobre todas sus características la de la necesidad de controlarlo todo era quizás la más fuerte, la más evidente. Lo controlaba, o pretendía, tanto todo que siempre existían a su alrededor dos realidades, la suya, que predominaba, y la de todos los demás. Cuando después de muchos años de cojera y dolores conseguimos mediante engaños que un traumatólogo nos diera su veredicto solo sirvió para que nosotros supiéramos que era lo que realmente le pasaba, que por supuesto no coincidía con lo que ella estaba dispuesta a reconocer que le pasaba, y que adquiriéramos la clara percepción de que los médicos poco saben de salud consueliana. ¿Sabrían los médicos? Cuando a consecuencia de ese diagnóstico el médico le dijo que lo suyo era fácil de operar y ganaría considerablemente en movilidad nos dijo: “Ya me lo dijo fulanito (siempre había un fulanito o fulanita que le había dicho lo que le convenía oir), Chelo, tú cabeza o piernas, y yo he elegido cabeza”

Estoy convencido de que mamá, Chelo, Chelito o Cheliño para casi todos vosotros, Consuelo para el tío Julio y para mí, tenía tal control sobre su situación que la muerte, para poder llevársela, tuvo que acceder a sus condiciones y las tuvo que cumplir hasta el final. Siempre dijo que ella no quería ir a ningún médico porque le iban a descubrir cierta enfermedad y ella se negaba a tenerla. Y la muerte tuvo que cumplirlo, murió sin que nadie le dijera que tenía esa enfermedad que delante de ella no se podía ni nombrar. Siempre dijo que ella quería morir, sin saber lo que tenía y sin sufrimiento. Y así murió, aferrada a su propia realidad y plácidamente. Agarrada a mi mano, sin un gesto, sin un temblor, sin un suspiro. Se apagó. Ambas cumplieron su parte, la muerte con su mejor cara y ella dejándose ir en el momento en que se cumplieron las condiciones.

Echaremos mi hermana y yo, como no, de menos sus manías, sus narraciones, sus regañinas que acababan convirtiéndose en discusiones. Echaré de menos estar, de vez en cuando, unos días sin hablarle, o su cocina, o su desesperante irrealidad. Echaremos todos, y os incluyo a todos vosotros, las charlas, su peculiar forma de ver las cosas, su bienvenida siempre presta, su risa. Por eso estáis hoy aquí, a nuestro lado, porque todos vosotros habéis sido parte de su vida, parte muy importante de su vida, y, aunque a lo largo de todos estos años siempre hubo quién pretendiera dañarla, siempre tuvo alrededor muchos más que consiguieron que se sintiera querida. Vosotros. Todos vosotros

Gracias. Gracias por haber estado con ella y gracias por estar hoy aquí. Nuestro recuerdo y cariño hará que siga viva para todos.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Historia de un ‘Skinhead’

 

 

Un día más en sus míseras vidas. Y otra noche más aguardando atenazados. Wolfgang, su madre y sus hermanos permanecían en silencio en sus camas paralizados por el amargo sabor del terror. El ruidoso arrastrar que hacían unos pies algo vacilantes al aproximarse, incrementado por la llave que intentaba encajar en la cerradura, hacía presagiar la tormenta que se avecinaba. La puerta se abrió y una ligera ventolera dispersó por los rincones de la humilde vivienda el pestilente y penetrante olor a alcohol. Un familiar vozarrón, atiplado y gangoso, vociferó desde el umbral. Wolfgang sintió cómo el menudo cuerpo de su hermano pequeño, apretujado contra él, temblaba de espanto. Una oleada de infinita ira le invadió, no tenía la fuerza suficiente para enfrentar la violencia de aquel brutal hombre que, como aquella noche, abusaba impunemente de su madre o de una de sus hermanas. Mañana, posiblemente, serían ellos los que se llevarían otra tunda que les volvería  a dejar molidos de verdugones, a lo que ya deberían estar acostumbrados. Y así durante años.

La patética vida de aquella familia era ignorada. Wolfgang ya no trataba de sofocar los gritos de dolor cuando era agredido por el fornido de su padre. No importaba, nadie quería escuchar los dramáticos lamentos provocados por la embriaguez de un progenitor que maltrataba a sus hijos y a quien se atreviera a enfrentársele. Las persianas de las ventanas cercanas se bajaban aun más. ¿Y el Estado qué hace? -se preguntaba el joven- ¿Por qué no nos protege?. Se presentó en el Departamento de Protección de Menores. Necesitaban pruebas. ¿Pruebas? ¿Acaso su cuerpo magullado y tatuado de hematomas no bastaba? Las lágrimas anegaron sus ojos. ¿Qué Estado era aquel que nada podía hacer para terminar con el suplicio que soportaban cada día?

Se refugió todavía más en su grupo de amigos. La sensación de pertenencia suplía el vacío paterno, le aportaba seguridad y una superioridad que excitaba su adrenalina. Abandonó los estudios y buscó un trabajo, después de todo lo que necesitaba era ganar un jornal.  Motte, antiguo miembro de las fuerzas de choque del Tercer Reich y padre de su amigo Dolf, les comprendía y les permitía reunirse en el búnker de su propiedad. Escuchaban música, bebían cerveza, se divertían. De las paredes del sótano colgaban cadenas de bicicletas, de motos, bates de béisbol, una gran bandera ilustrada con una esvástica y otros símbolos nazis. A cambio, escuchaban de vez en cuando las arengas del viejo Motte. Hablaba de los extranjeros, culpaba a los jays (turcos), a los negros o los refugiados de robarles el trabajo y debilitar la economía. Había que expulsarles y restituir el orden de las cosas. Alemania pertenecía a los alemanes. Era un auténtico republikaner, trabajaba con otro grupo, los ultraderechistas. Pretendían incorporarles en sus filas pero a ellos no les apetecía ser tan disciplinados y devotos, se conformaban con ser Oi-skins y darles algo de ‘marcha’ a los turcos.

Wolfgang decidió raparse la cabeza como los demás, se vistió con pantalón y cazadora negros a juego con sus ojos, entonces la manada comenzó a llamarle ‘Lobo Negro’. Una noche Andy y él fueron sorprendidos por varios turcos. Enzarzados en una desigual pelea le arrojaron al suelo, le metieron un pañuelo en la boca y le colocaron una navaja en la garganta. No veía a su amigo por ninguna parte, de pronto apareció con refuerzos, más cabezas rapadas desfilaron ante sus ojos presentando batalla. Los turcos, a los que habían declarado una guerra sin cuartel, huyeron.

Resentido todavía por la agresión su ánimo creció ante la siguiente batida. Necesitaban divertirse, alguna bronca, unos cadenazos y algún que otro navajazo. Provistos de aquellas herramientas más una botella de whisky y cantando una de sus canciones preferidas -‘Es un skin y un fascista, cabeza rapada y racista. No tiene moral ni corazón, odio y violencia son toda su razón. La guerra y la violencia son su bandera, y si eres su enemigo, no quedarás sin castigo’-, se lanzaron frenéticos a la búsqueda. De frente se acercaba un turco. Arremetió con un golpe de cadena que éste consiguió evitar. Insistió. Los demás se unieron, le derribaron. En el suelo, indefenso, el hombre sangraba. Wolfgang dijo –ya está bien, esto ya no es una broma-Fried y Jon le propinaron patadas hasta que dejó de quejarse. Había que hacer algo para obligarles a dejar su país -explicó Fried-. Andy quedó rezagado, sin participar, protestaba –me parece que nos hemos pasado, una persona es una persona-. Intentó protegerle, le recordaba a su hermano pequeño. Le advirtió que en la tribu debía callar. ¿Qué le pasaba? Sabía que era el único con un padre distinguido, un importante abogado, le quería y se preocupaba por él. Tenía suerte. Le envidiaba -manifestó Wolf-. Su amigo argumentó –Pero es socialista, sólo por eso soy de derechas-.

Un día se lo encontraron y le presentó. Les invitó a cenar en casa. Durante la cena escuchó atentamente a su hijo, éste leía un discurso extraído del libro ‘Mi lucha’ de Hitler, enseñanzas del viejo Motte. El desconcierto se apoderó de Wolf, poco antes Andy había expresado claramente su opinión: –Hitler, sólo pretendía impedir que aprendamos a pensar-. ¿Qué sentido tenía? El padre se mostró inquieto y les previno, ¿cómo podían creer aquella sarta de disparates, leer aquel libro como un mantra, y permitir que manipulasen sus mentes? Lo dejó claro, no era socialista si no miembro del Partido Social Demócrata. Le agradaba aquel hombre, las mismas delicadas facciones de su hijo, era amable, legal, y se podía hablar con él.

Un día, Wolfgang, pudo enfrentarse a su embrutecido padre poniendo punto y final a las interminables palizas. Su hermana se suicidó. Y su pobre madre confiaba en él. Le aconsejó estudiar, era inteligente y podía ser alguien. Entonces le enseñó el periódico. La noticia de un turco gravemente apaleado ocupaba la primera página. Otra portada posterior informó de su muerte. Se llamaba Özan Ugür. –Él se lo buscó- dirían los de la tribu. Limpiaron a fondo el búnker. Cuando la policía se presentó allí no encontró rastro que les incriminase. Motte ya disponía de un nuevo búnker. Se reunieron con el grupo de los ultras. Impresionaba verles, organizados y obedientes, saludando con el brazo muy erguido y pronunciando formalmente un rotundo ‘Hail Hitler’. El padre de Dolf llevó material del Holocausto y lo desparramó sobre la mesa, exclamó indignado, –Todo eso es pura invención. Mentiras. Los judíos lo inventaron para obtener pagos de reparación. Esa gente no se integraba-.

 

“Se reunieron con el grupo de los ultras. Impresionaba verles, organizados y obedientes, saludando con el brazo muy erguido y pronunciando formalmente un rotundo ‘Hail Hitler’.”

 

Andy vivía en el búnker, apenas se filtraba la luz a través de unos ventanucos, y soportaba todas las reuniones. Acabó enfermando. Wolf temió lo peor y decidió llamar al padre, para no levantar sospechas cargó con él y le llevó en un taxi hasta su casa como habían acordado. Tenía pulmonía. El médico, amigo de la familia, aseguró que aquel joven le había salvado la vida. Andy se recuperó y regresó junto a la manada, con la perspectiva de volver a vivir con su padre.

Scheuerer era otro antiguo nazi, amigo de Motte, disponía de una tienda donde había toda clase de material. Para celebrar el aniversario de la muerte de Rudolp Hess y rendirle homenaje se desplazaron cerca de su tumba. Le consideraban leal al régimen. Pronunciaron arengas y se atiborraron de bebida. Al finalizar se dirigieron a un albergue repleto de refugiados. Alguien arrojó un cóctel molotov al interior y las llamas prendieron con rapidez. La gente enloquecida y en pijama abrió las puertas e intentó salir al exterior. Los ultras les empujaban para hacerles entrar de nuevo. Una madre gritaba desesperada mirando hacia el piso superior. En aquellos momentos de confusión, gritos, sirenas acercándose, gente corriendo, Wolfgang logró atisbar una silueta que penetraba en el edificio y desaparecía entre las llamas. Pasó algún minuto sobrecogedor hasta que Andy apareció en una ventana llevando un bebé en los brazos. Los bomberos acercaron la escalera, bajaron al bebé y después a él. Wolf imaginó espantado los grandes titulares: ‘un skin arriesga la vida para salvar a un bebé refugiado’. Se sobresaltó. Si los demás le habían visto le matarían. Le buscó angustiado, oyó gemidos y se dirigió a la entrada del bosque, detrás de un árbol alcanzó a ver a otro skin con un bate en la mano a punto de caer sobre su amigo que yacía en el suelo ensangrentado. Un policía llegó y le redujo pero ya era demasiado tarde para Andy. Les detuvieron a todos.

Eligió como su abogado defensor al padre de Andy. Quería contar la verdad. -Tómate tu tiempo, cuando estés preparado lo haces- le dijo. -Y cuando salgas de aquí vienes a verme- añadió.

Tras los barrotes de hierro el agraciado rostro de su amigo parecía acompañarle y sus palabras se imponían a todas las arengas y discursos, resonando fuertemente en sus oídos: -¿Por qué somos tan salvajes y primitivos? Una persona es una persona

Andy era bueno. En último momento volvió a sus raíces y recuperó sus valores e hizo que un dicho judío adquiriese sentido: –Quien salva una vida, salva al mundo entero

*Estos hechos ocurrieron cerca de Stuttgart en agosto de 1.992. Relato basado en la vida de Wolfgang Schwarzer. El libro escrito bajo el seudónimo Marie Hagemann y titulado ‘Lobo Negro, Skin’. La escritora que investigó y entrevistó a Schwarzer mantuvo el anonimato por motivos obvios. Se publicó en 1.993.

 

Montserrat Prieto

Solo soy alguien que nunca dejará de soñar con un mundo mejor. Que hace del aprendizaje una constante de su vida. Amante y defensora de la salud medioambiental, de los Derechos Humanos y de la Justicia. Escritora de cuentos y relatos

Una nueva estrella en el cielo

 

Nueva Estrella

 

Hoy llora nuestro compañero por la perdida de su madre, hoy se le desgarra el alma por la sombría pena que inunda su existencia. Hoy y mañana necesitará el consuelo que no encuentra. Amigo, ese Gran Arquitecto que creo la vida la tiene en su seno.

Se marchitó la rosa, la perdiste entre tus manos, pero Él ya tiene su alma, y una estrella brilla por ella en el cielo. Amigo, tienes mi hombro para llorar y mi mano para que la agarres si lo necesitas, pero tú eres valiente, capaz de sobrellevar este vacío que siempre estará en tu alma, porque tú sabes que su espíritu siempre estará a tu lado.

 

 

 

Desde plazabierta.com lamentamos tan importante pérdida de nuestro compañero Rafael, al que transmitimos todo nuestro afecto y apoyo.

 

 

Hoy lloro

Hoyllorando
Hoy lloro con desconsuelo, con llanto sordo y convulsivo. Hoy lloro porque la pena me atenaza y llorar es la única salida. Hoy lloro por los niños que mueren de madurez, por las magias que dejan ver su truco, por la sordidez de una sociedad con los valores retorcidos, inane, inerte, inerme ante el continuo empuje de un modelo infrahumano. Hoy lloro con la pena intacta porque aún soy capaz de saber por qué lloro. Hoy lloro porque no sé si mañana mi llanto tendrá argumento por la permanente dejación de la inocencia. Hoy lloro porque llorar aplaca el llanto aunque no cicatrice las heridas. Hoy lloro porque el mundo se empeña en dejar atrás, de lado, escondido, lo único que puede salvarlo de sí mismo, la inocencia del niño, la ilusión de la magia, la fe en su propio camino.
Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Navidad en la aldea

Luna Llena Navidad

 

También en la aldea de Luisito era Navidad. No había luces que lo pregonaran, ni grandes almacenes que iluminaran las calles de tierra, ni siquiera suficientes habitantes para hacer una cena colectiva. La aldea nunca había pasado de tener cien habitantes en sus tiempos de esplendor. Ahora tenía tres, la abuela, el abuelo y Luisito.

Pero Luisito sabía que era Navidad, aunque no lo dijeran los calendarios, aunque el ordenador no lo recordara cada vez que se encendía, aunque el móvil no sonara cada pocos segundos con un nuevo mensaje. Luisito lo sabía porque esa noche, un año después, volvería a hablar con sus padres. Nunca, ni una sola nochebuena sus padres habían dejado de llamarlo desde aquel día, hacía ya unos años, en los que los vio despegar rumbo a su nuevo hogar en Marte.

Si, esa noche era Navidad, el día que esperaba con anhelo todo el año, el día en que la felicidad se mezclaba con las lágrimas de añoranza. Luego, después de hablar con sus padres, como todos los años, aguardaría con ilusión a la mañana del día seis para rebuscar entre los regalos el más ansiado, un billete para reunirse con ellos.

Pero bueno, lo importante, es que esta noche es nochebuena y mañana…  mañana dios dirá.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Frío

 

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Dos pozos negros brillantes, llenos del misterio que la oscuridad sugiere. Un bostezo delante del espejo, me miro en tus ojos y apagas la luz. Lo llaman Big Bang. Yo prefiero darle tu nombre.

Una jabalina voladora que se estira como recién levantada. Cóncavo y convexo, cóncavo y convexo, al fin y al cabo tan sólo somos besos de esos que no se dan las estrellas en la pantalla, que nos andamos por las ramas cuando lo que en realidad queremos es irnos a la cama. 

Tu cuerpo, celeste. Medicina para la peste. Puedes pasarte por mi esquina, te daré amor cueste lo que cueste. Soy puta de un solo cliente. Te invito a entrar en mi mente, tengo mil laberintos llenos de serpientes diferentes, de todos los colores salvo el de tu lápiz de labios.

 Voy a coserme los párpados con la cremallera de tu sonrisa, pegado a esta cornisa sumisa de la brisa que te traiga de vuelta.

Nacho Ciencafés

Salmantino en Madrid. La mitad escribiendo. Cambiando la vida a cañonazos, pero siempre desde castillos en el aire.

 You’re beautiful

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En el último capítulo de la segunda temporada de Stranger Things, Mike le dice dulcemente a Eleven “You’re beautiful”, como si desconociese el sentido de esa frase, como si no estuviese seguro de lo que estaba diciendo, no por no sentir, sino por no haber utilizado esa estructura sujeto, verbo y complemento directo antes. Como si supiese que lo que estaba diciendo no era correcto, como si fuese mentira, como si algo fallase. 

Y mientras todos se besaban y bailaban yo les hacía el spoiler de sus vidas, oteando desde el otro lado entre truenos rojizos y nubes negras, con mis patas clavadas alrededor del Hawkins Middle School.

No vais a llegar a la universidad.

La puta experiencia. Pros and drawbacks.

Anyway, lo que quería decir era que la frase “You’re beautiful” (estás preciosa, guapa, bonita) limita mucho el sentido de la frase porque el verbo (to be), que significa ser, estar, y algunas gramáticas dicen que hasta parecer, aquí es traducido, inteligentemente, como estás, y no como eres. Todo es contexto.

No eres guapa, estás guapa. Mañana se te pasará. Como una borrachera de esas que te obligan a acostarte con un tipo/a feísimo/a.

Tú estás guapa con pelos en las piernas y piernas en los pelos, con ojeras (mucho más), con mala hostia, con comida entre dientes, con tropiezos entre gentes, con pijama separando la costura de tus bragas del puente de tus nalgas, con todo y sin nada.

Por lo tanto no estás.

Eres.

Nacho Ciencafés

Salmantino en Madrid. La mitad escribiendo. Cambiando la vida a cañonazos, pero siempre desde castillos en el aire.

Pasamontañas rosa

 

Escribía con espinas y borraba con pétalos, cenizas rosadas como el carmín que desgasta el frío en sus mejillas. El corazón apenas titilaba el impulso necesario para no desfallecer entre cigarro y cigarro, aquella chispa inocua que no se graduó como destello, efímeros ambos, gravilla de campo santo antes del primer lloro.

Escribía desde el fondo de su coraza, pozo donde lamía las raíces con la punta de su lengua viperina, sólo de aspecto, era indefensivamente inofensivo. El blanco perfecto de su propia ira.

Solía volver la vista a menudo, pero aquel día se dio cuenta, una vez más, de que todo el camino vital recorrido no era más que un gran surco de cal viva agonizando por un final sin huesos que roer.

Es demasiado pronto para dejar de escribir – pensaba.

Somnoliento, otoño engatillando a la primera hoja suicida. Marrón efecto dominó, metralla seca y aviones sin importancia violando nubes paridas de tubos de escape. 

Si salir es ésto, que me devuelvan a mi jaula – bebió del vaso una vez más del millón de veces que bebió.

Si los suspiros escribieran, no haría falta hablar. ¿Mirarnos a los ojos? Él era un cobarde, por eso prefería la prosa. Como un buen robo, el robo perfecto. Será quirúrgico, entramos, pillamos la pasta y salimos. Sin violencia.

Pero el crimen perfecto no existe, y en la huida siempre quedan caminos ensangrentados, de cal viva o muerta.

Nacho Ciencafés

Salmantino en Madrid. La mitad escribiendo. Cambiando la vida a cañonazos, pero siempre desde castillos en el aire.

Cómo comprender la libertad

 

Tengo trabajo. Estudio en la universidad. Milito en un partido. Salgo con mi grupo de amigos. Compro. Juego. Converso. Escribo en una página. Mantengo mis redes sociales actualizadas. Me visto. Me peino. Cumplo contratos. Voy a clase todos los días. Veo la televisión. Tengo pareja. Aparento y no dejo de aparentar

 

Asumo votar como un derecho y, aunque ninguno me convenza, voto. Salgo, aunque ni siquiera me guste el plan, y dude de que mis amigos lo sean. Estudio, aunque no sé muy bien para qué. Comparto en mis redes sociales, aunque no haya disfrutado de un solo momento en todo el día. Me quiero vestir diferente al resto, aunque sea imposible. Trabajo, aunque me gustaría no estar explotado. Comparto mi vida con alguien, aunque confunda el amor con cientos de cosas.

 

Me formo en competencia. Aprendo idiomas. Viajo. Engroso mi experiencia. Completo mi currículum. Y no tengo ni un hueco en la agenda.

 

Somos un sistema de relaciones que nos definen y a las que definimos mientras nos dedicamos a lo «nuestro». No queda nada que surja de una individualidad genuina. El poder se crea en nuestra más interna asunción del mismo. Es ese momento en el que el poder se hace inamovible.

 

Así comprendió Hegel al individuo.

 

Entonces, ¿qué es por lo que más nos dejamos dominar? La sociedad nos impone allá donde la ley no llega. Y lo consigue.

 

¿Cómo vamos a comprender la libertad?

Diego Carrera Martín

Proyecto de deshumano. No sé si libre, pero pensador. Practicante de la resignación. Misántropo. Estudiante de filosofía.

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