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 You’re beautiful

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En el último capítulo de la segunda temporada de Stranger Things, Mike le dice dulcemente a Eleven “You’re beautiful”, como si desconociese el sentido de esa frase, como si no estuviese seguro de lo que estaba diciendo, no por no sentir, sino por no haber utilizado esa estructura sujeto, verbo y complemento directo antes. Como si supiese que lo que estaba diciendo no era correcto, como si fuese mentira, como si algo fallase. 

Y mientras todos se besaban y bailaban yo les hacía el spoiler de sus vidas, oteando desde el otro lado entre truenos rojizos y nubes negras, con mis patas clavadas alrededor del Hawkins Middle School.

No vais a llegar a la universidad.

La puta experiencia. Pros and drawbacks.

Anyway, lo que quería decir era que la frase “You’re beautiful” (estás preciosa, guapa, bonita) limita mucho el sentido de la frase porque el verbo (to be), que significa ser, estar, y algunas gramáticas dicen que hasta parecer, aquí es traducido, inteligentemente, como estás, y no como eres. Todo es contexto.

No eres guapa, estás guapa. Mañana se te pasará. Como una borrachera de esas que te obligan a acostarte con un tipo/a feísimo/a.

Tú estás guapa con pelos en las piernas y piernas en los pelos, con ojeras (mucho más), con mala hostia, con comida entre dientes, con tropiezos entre gentes, con pijama separando la costura de tus bragas del puente de tus nalgas, con todo y sin nada.

Por lo tanto no estás.

Eres.

Nacho Ciencafés

Salmantino en Madrid. La mitad escribiendo. Cambiando la vida a cañonazos, pero siempre desde castillos en el aire.

Pasamontañas rosa

 

Escribía con espinas y borraba con pétalos, cenizas rosadas como el carmín que desgasta el frío en sus mejillas. El corazón apenas titilaba el impulso necesario para no desfallecer entre cigarro y cigarro, aquella chispa inocua que no se graduó como destello, efímeros ambos, gravilla de campo santo antes del primer lloro.

Escribía desde el fondo de su coraza, pozo donde lamía las raíces con la punta de su lengua viperina, sólo de aspecto, era indefensivamente inofensivo. El blanco perfecto de su propia ira.

Solía volver la vista a menudo, pero aquel día se dio cuenta, una vez más, de que todo el camino vital recorrido no era más que un gran surco de cal viva agonizando por un final sin huesos que roer.

Es demasiado pronto para dejar de escribir – pensaba.

Somnoliento, otoño engatillando a la primera hoja suicida. Marrón efecto dominó, metralla seca y aviones sin importancia violando nubes paridas de tubos de escape. 

Si salir es ésto, que me devuelvan a mi jaula – bebió del vaso una vez más del millón de veces que bebió.

Si los suspiros escribieran, no haría falta hablar. ¿Mirarnos a los ojos? Él era un cobarde, por eso prefería la prosa. Como un buen robo, el robo perfecto. Será quirúrgico, entramos, pillamos la pasta y salimos. Sin violencia.

Pero el crimen perfecto no existe, y en la huida siempre quedan caminos ensangrentados, de cal viva o muerta.

Nacho Ciencafés

Salmantino en Madrid. La mitad escribiendo. Cambiando la vida a cañonazos, pero siempre desde castillos en el aire.

Cómo comprender la libertad

 

Tengo trabajo. Estudio en la universidad. Milito en un partido. Salgo con mi grupo de amigos. Compro. Juego. Converso. Escribo en una página. Mantengo mis redes sociales actualizadas. Me visto. Me peino. Cumplo contratos. Voy a clase todos los días. Veo la televisión. Tengo pareja. Aparento y no dejo de aparentar

 

Asumo votar como un derecho y, aunque ninguno me convenza, voto. Salgo, aunque ni siquiera me guste el plan, y dude de que mis amigos lo sean. Estudio, aunque no sé muy bien para qué. Comparto en mis redes sociales, aunque no haya disfrutado de un solo momento en todo el día. Me quiero vestir diferente al resto, aunque sea imposible. Trabajo, aunque me gustaría no estar explotado. Comparto mi vida con alguien, aunque confunda el amor con cientos de cosas.

 

Me formo en competencia. Aprendo idiomas. Viajo. Engroso mi experiencia. Completo mi currículum. Y no tengo ni un hueco en la agenda.

 

Somos un sistema de relaciones que nos definen y a las que definimos mientras nos dedicamos a lo «nuestro». No queda nada que surja de una individualidad genuina. El poder se crea en nuestra más interna asunción del mismo. Es ese momento en el que el poder se hace inamovible.

 

Así comprendió Hegel al individuo.

 

Entonces, ¿qué es por lo que más nos dejamos dominar? La sociedad nos impone allá donde la ley no llega. Y lo consigue.

 

¿Cómo vamos a comprender la libertad?

Diego Carrera Martín

Proyecto de deshumano. No sé si libre, pero pensador. Practicante de la resignación. Misántropo. Estudiante de filosofía.

La Ventana

 

 

 

Preguntan si se ha cerrado la ventana,

si su cierre ha sido permanente.

Me duelen la pregunta, la respuesta,

y quiero pensar que no sea cierto

Ninguna ventana que se haya abierto

se puede cerrar eternamente.

Se podrá cerrar con los postigos

E impedir a la luz que la atraviese

Se podrá cerrar con muros lamentables

Para evitar que nadie la contemple

Que se queden al otro lado los paisajes

Las miradas de antiguos personajes

Ávidos de vistas diferentes.

Pero mientras su hueco se abra en la memoria,

En los recuerdos de aquellos que asomados

Pudieron contemplar arrebatados

El transcurrir de la vida y de la historia

La ventana seguirá viva y transparente.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Aún Me Quedará Siempre

 

 

Aún me quedará siempre por escribir otro verso, por plasmar en palabras ese otro pensamiento nacido el último segundo recorrrido y consciente.

Aún me quedará siempre, cuando me haya ido, poder explicaros con palabras la sensación del camino, del umbral, como es, como ha transcurrido.

Aún me quedará siempre, cuando las palabras me abandonen, la sensación de que tenía que haber escrito palabras que se ha guardado el olvido.

Aún me quedará siempre explicarles a todos los que han estado a mi lado, conmigo, en mi felicidad y en mi duelo, cuanto los he querido.

Aún me quedará siempre el deseo de admirar por última vez aquel paisaje que solo se hacía versos al resonar en lo profundo de mi mismo.

Aún me quedará siempre, para siempre, el ansia insaciable de vivir por saber lo que contiene el futuro, por apurar con delectación el presente, por recordar con dulce añoranza lo vivido.

Aún, con la vida por delante, sin tiempo cierto,

Me quedará, no sé cuánto, no sé cuándo, ignorante de mi propio destino,

Siempre, con la eternidad a mi alcance, ser consciente de ser, de que seré y de haber sido.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

La Batalla

 

 

 

Cuantos muertos más ha de cobrarse la batalla antes de decantarse y dejar en los hombres su patética memoria. De dejar en el perdedor la amargura de sentirse humillado, lacerado tratado injustamente por el destino y por los dioses, de dejar en el vencedor la equívoca sensación de poder reclamar, imponer, su verdad por su victoria

La sangre que empapa ya la arcilla, las conciencias, las espadas, vertida sin desmayo por los cuerpos, por las armas, por los dioses sedientos e insaciables, manchará por generaciones a las tierras y a los hombres, a la razón y a la memoria.


No importa con cuantos mantos temporales intente cubrir su vergüenza la montaña donde los muertos se acumulan. No importan los libros que la ensalcen, ni con cuantas florituras se cuenten las hazañas. En realidad no importa ni siquiera el dolor de las heridas, las vidas perdidas, la infamia que provocó la matanza. ¿Podrá el vencedor pasados los años, los siglos, los tiempos venideros, reclamar la razón de su victoria? ¿Podrá en algún momento el vencido olvidar su necesidad de una revancha, de una venganza, de otra derrota?


Lo único importante, el único legado que ha de persistir en la memoria es: ¿Cómo fuimos capaces? Y para eso no habrá respuestas inocentes, no habrá héroes que lo mantengan, no habrá discursos que borren la nefanda, la inhumana, la lacerante memoria del primer muerto, la insufrible imagen de los campos anegados por la sangre, los desgarradores gritos de victoria, los escalofriantes lamentos de agonía, el silencio vengativo de los perdedores.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Prometo no volver

 

Miro las pisadas de mi suela a cada paso,

nadie me mira, nadie me hace caso.

 

Entro en casa sucio y vacío,

he robado un billete hacia el precipicio de mis vicios,

 

Siento si te abraso porque soy un volcán en erupción,

se acerca mi período de extinción.

 

Parón del corazón.

Siento si rompo todo lo que toco,

soy como las olas, desgasto poco a poco.

 

Sólo quiero que sepas que mis besos fueron verdaderos,

tiernos de acero.

 

Siento que todo ésto nos aplastara,

fue la lava.

Nacho Ciencafés

Salmantino en Madrid. La mitad escribiendo. Cambiando la vida a cañonazos, pero siempre desde castillos en el aire.

Reflexiones para el 1 de Noviembre

 

 

 

Impalpable

Puede que mi alma sangre lo que mi cuerpo no es capaz de verter, que llore con las lágrimas que en mis ojos se han secado y padezca el dolor que me habría desmayado. Puede que mi alma sufra todo aquello que el cuerpo no pueda soportar en su endeblez impaciente. Puede ser porque algo me duele, lo sé, lo siento, y no consigo encontrar el punto exacto del sufrimiento. Me duele el dolor de la injusticia y no lo palpo, me duele el dolor del abandono y no lo encuentro, me duele la miseria y no la siento, me duele la mentira permanente y sigo viviendo. Puede ser, pudiera, que mi alma esté muriendo sin que mi cuerpo lo sepa.

Tránsito

Alguna luna será la última en que mis ojos se recreen, alguno de sus rayos enredado con mi alma marcará el camino que ha de conducirme a nuevas realidades. Lo recorreré con el miedo que la insegura seguridad de perdurar en la existencia me proporciona, con el vértigo infinito que traspasar los abismos de un instante nos depara.

Espero que en ese momento, volviendo la cara que tal vez no tenga, pueda contemplar en mi interior, que tal vez no exista, la infinita, la eterna realidad de una única existencia. Quiero creer que será entonces, aunque sea por un instante, efimeramente, cuando pueda comprender, abarcar, existir y sentirme eterno. Y, plenamente satisfecho, nacer a la vida sin demora.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Paseo dominical

ilustraciones de Oda Sales
“Que veinte años no son nada,
qué febril la mirada”

 

Gris. Es como si las fachadas de Madrid miraran al suelo, girasoles sin fuerza motor.

Un anciano sale a la puerta de un pequeño bar y abre su pitillera a mi paso. Su cara es rosada. Lo enciende y le pierdo de vista. Las calles han perdido glóbulos rojos, ya no huele a café y sólo hay murmullo en las plazas centrales donde las terrazas imantan a los restos del fin de semana. Ya casi no hay nada que hacer salvo esconder la soledad con un paseo sin destino, dejando colillas de pan para marcar el camino por el que no volveré.

 

Un par de norteamericanos me saludan amablemente, tiene una etiqueta negra con sus nombres labrados en blanco, van elegantemente ordenados. Me dan una tarjeta y me dicen que parezco una persona que ama a su familia. Hace más de 65 millones de años nos volaron la puta cabeza. Me dan la mano y nos despedimos cordialmente. Sólo tengo en mente acordarme de que al llegar a casa tengo que lavármelas antes de masturbarme.

Todos terminamos siempre cerrando la puerta.

Pero siempre termina entrando algo de aire.

Nacho Ciencafés

Salmantino en Madrid. La mitad escribiendo. Cambiando la vida a cañonazos, pero siempre desde castillos en el aire.

El verbo preveer, análisis de una realidad irreal

Y luego nos quejamos. Sí, en plural, en este país todos nos quejamos de algo y, en un alarde sin precedentes de unanimidad de opinión, todos nos quejamos de los políticos que tenemos. Un poco como, adaptando el dicho, cada uno con sus quejas y los políticos en las de todos.

Y ante esta tesitura, la de la unanimidad, solo existen dos opciones: o tenemos unos políticos ineptos, corruptos, insensibles y sordos, o aquí hay algo que falla y ellos son tan víctimas como nosotros.

Así que como la opinión generalizada ya hace años que se ha decidido por la primera opción yo, en mi incansable búsqueda de la otra verdad, he decidido investigar con el rigor que me caracteriza las posibles pruebas de que la segunda opción sea la verdadera.


Y ya puesto a la faena me he encontrado con la prueba definitiva de que los políticos no son los culpables de su propia ineptitud, no, la culpa es de la Real Academia de la Lengua, y en último caso del idioma, posiblemente, y ya remontando de verdad, incluso del latín que siendo como es la fuente principal del nuestro nos incapacitó para resolver algunos temas.


Por partes. Todos sabíamos lo que podía pasar con el problema catalán, todos sabíamos lo que podía pasar con los eucaliptos, todos sabíamos lo que iba a pasar con el brexit, todos podíamos prever las consecuencias de determinados sucesos, ¿Y los políticos?, los políticos también, preveían, pero ahí se quedaron, en preverlo y sin proveer las medidas necesarias, las acciones fundamentales para evitar las consecuencias, todos hicieron el Don Tancredo de los videntes.

¿Es que nuestros políticos, esos esforzados y sacrificados seres humanos, son unos incapaces? Sí, definitivamente sí, pero lo son porque el lenguaje no los provee de una herramienta que les impida inhibirse, que los aboque a la resolución de los problemas y no solo a su deseperada previsión y enumeración.


 

“¿Es que nuestros políticos, esos esforzados y sacrificados seres humanos, son unos incapaces? Sí, definitivamente sí,”

Así que fruto de este sesudo y clarividente estudio propongo la creación del verbo “preveer”. Un híbrido de los verbos prever y proveer que asegurará que todo aquel que prevea un problema pueda en la misma acción verbal proveer los medios necesarios para su evolución indeseada.


Mediante este verbo todo el que prevea proveerá. Es decir, y utilizando el nuevo verbo, “preveerá”. Y yo ya he previsto que nadie me va a hacer ni caso y he decidido proveerme de unas vacaciones que me permitan recuperarme de mi agotamiento intelectual. Esta todo “preveisto”.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Little black submarines

 

Una canción por cada chica que conocí
y
en todos sus labios sólo los tuyos.

Nacho Ciencafés

Salmantino en Madrid. La mitad escribiendo. Cambiando la vida a cañonazos, pero siempre desde castillos en el aire.

Historias y leyendas charras

Miniatura medieval. (F.I.)

 María “La Brava”
Zambullida en el tumultuoso apogeo de la Edad Media, allá por el año 1.454, la capital charra hechizaba a cuantos viajeros se acercaban a ella. Las torres catedralicias se erguían solemnes sobre la cresta de la atalaya. Imperturbables en el tiempo exhibían orgullosas la belleza de su arquitectura y atrevidas bañábanse coquetas en las orillas del río Tormes, quien a su paso por el lugar realzaba, en días soleados, el esplendor que irradiaban en el espejo de sus aguas.

 

Catedral Vieja Torre del Gallo

En aquella época, la piedra dorada de las canteras de Villamayor, materia prima de la Catedral dedicada a Santa María de la Sede o Catedral Vieja, reflejaba el poder que sustentaba la tierra charra, enseñando el rostro más benévolo y hermoso de una ciudad en la que subyacían las pendencias enquistadas de algunas de sus más ilustres familias.

Encontrábase el majestuoso templo episcopal a escasa distancia de la plaza del Corrillo de la Hierba, territorio considerado como “la tierra de nadie” porque ningún habitante atreviáse a traspasar la línea que dividía el concejo en dos bandos.

 


Las contiendas permanentes de los miembros de la alta nobleza tenían aterrorizados a los lugareños, mercaderes, artesanos, labriegos o criados, vivían todos abrumados bajo el yugo de las querellas enfrentadas entre sus señores. En sus ansias por hacerse con la hegemonía de los concejos, la acumulación de propiedades, títulos nobiliarios, poder y privilegios manteníanse estos aristócratas con las espadas bien dispuestas y afiladas. Arracimándose junto a las más importantes iglesias levantaron sus palacios y solariegas viviendas familias de renombrado linaje, Maldonado, Nieto, Enríquez, Monroy, Manzano, Arias, Acebedo, Solís, Gil y Lozano.

En la placita de la iglesia de Santo Tomé de los Caballeros, la actual Plaza de los Bandos, la propiedad de Don Enrique Enríquez de Sevilla, bisnieto del infante Don Enrique, y de su esposa Doña María Rodríguez de Monroy nacida en el palacio de las Dos Torres en Plasencia, hija de Hernán Pérez de Monroy y de Isabel de Almaraz, mostraba en la entrada un amplio portalón enmarcado en un arco de medio punto y sobre el balcón un decorado escudo heráldico con los apellidos de Maldonado, Enríquez y Monroy. Disfrutaban de señorío desde 1.442 en Villalba de los Llanos y del mayorazgo otorgado por el rey Juan II de Castilla en 1.454. Desafortunadamente quedose viuda Doña María todavía joven al cargo de sus cuatro hijos, Pedro, Luis, María y Aldonza, por quienes profesaba un profundo amor.

Los alrededores de la iglesia de San Benito, en la actual calle de la Compañía, acogían a las señoriales casas de otros insignes caballeros, ocupando la familia Manzano el lugar más relevante. Las desavenencias de ambos bandos dieron lugar a que aconteciera uno de los sucesos más trágicos y sangrientos de la historia de la ciudad de Salamanca.

Un funesto día de 1.465 sobrevino la tragedia tras competir en un inocente juego de pelota los hermanos Manzano frente a Don Pedro Enríquez y alzarse éste con la victoria. Don Gómez dejándose arrastrar por la envidia y el rencor le increpó encolerizado. Enzarzándose en una frenética lucha los hermanos ayudados por uno de sus criados dieron muerte al joven Don Pedro. Advirtiéndoles el sirviente de las futuras represalias del mayor de los Enríquez, tenido por audaz y valiente, idearon un maquiavélico plan. Mandáronle llamar con engaños, con la intención de sorprenderle emboscáronle en una callejuela con las espadas desenvainadas y abalanzándose inesperadamente sobre él arrebatáronle la vida sin más.

En la plazuela de San Benito la familia Manzano, al conocer los hechos, enviaron apresuradamente a sus hijos Gómez y Alonso hacia tierras portuguesas, haciéndoles acompañar por algunos de sus más leales vasallos hasta que se calmasen los ánimos.

Casa de María La Brava

 

En la placita de Santo Tomé se escuchó el estallido de una intensa algarada. La espantosa noticia desató la ira y el llanto de los temerosos y agitados moradores de aquel bando. Los cuerpos de los amados hijos de Doña María yacían sin vida delante de sus incrédulos ojos.



De inmediato quiso salir en busca de los asesinos más la conmocionada familia le suplicó que preparase las exequias de los jóvenes, a cuyos requerimientos ordenó enterrarlos en la iglesia de Santo Tomé. Mandó a su capataz enjaezar los caballos y reunir una cuadrilla de jinetes experimentados, partieron hacia su señorío en Villalba de los Llanos difundiendo entre los habitantes que se retiraba a llorar la irreparable pérdida. Confiaba en su capataz, era un hombre leal, valiente, aguerrido, un franco descendiente de los repobladores de los tiempos de Raimundo de Borgoña, quien adelantándose en solitario fue en busca del rastro dejado por los Manzano, adentrándose para ello en Portugal.

Regresó al cabo de los días con noticias fiables y el intrépido grupo emprendió viaje. Capitaneados con determinación por Doña María, vestida con ligera armadura y portando sobre el cinto del costado la espada de su hijo mayor, heredada de su padre, cabalgaron por rugosos y polvorientos caminos vecinales, a fin de no ser detectados por los espías de sus adversarios. Hallábanse Gómez y Alonso en una posada de la villa de Viseu, viviendo con relajo despilfarrando los reales, dedicados a la buena vida y mujeres, protegidos por asalariados caballeros. Advertida Doña María, organizó con sus veinte hombres el asalto, unos vigilarían las salidas evitando que alguno de ellos escapase y los otros derribarían los portones de la posada. Esperaron a la anochecida, acercándose sigilosos procedieron según lo habían acordado. Doña María luchó valientemente durante la contienda.

Viéndose los hermanos sorprendidos quedaron aterrados al comprobar quien comandaba el grupo. Echáronse al suelo lloriqueando a sus pies, suplicando clemencia, un gesto cobarde que no tuvo eco en el corazón devastado de aquella madre. Parece ser que ella misma les dio muerte con la espada de su hijo y esposo, después ordenó que les decapitasen, pues les consideraba mucho peor que si fueran animales, y ensartaran sus cabezas en una pica. Regresaron a Salamanca galopando sin apenas descanso. Llegaron a la plaza de Santo Tomé. Doña María agradeció con un gesto el esfuerzo del agotado caballo, desmontó, cogió las picas y dirigiéndose a la iglesia caminó hasta el lugar donde descansaban sus hijos, arrojó las cabezas de los Manzano sobre sus tumbas diciendo: “Hijos míos, he aquí a vuestros asesinos, descansad ahora en paz”.

Lejos de apaciguarse los impetuosos ánimos tras el terrible acontecimiento recrudeciéronse los odios enconados y durante varios años continuaron las luchas entre los dos bandos. Doña María Rodríguez de Monroy protagonizó una gesta memorable a los ojos de los habitantes de la ciudad y alrededores al vengar el asesinato de sus hijos. El suceso dejó impreso en la mente y en los corazones de los lugareños la sensación de habérseles hecho justicia, quienes la ensalzaron y admiraron por su extremado coraje, transmitiéndose la historia de padres a hijos. Doña María pasó a ser conocida con el sobrenombre de “María La Brava”. Murió pocos años después, siendo enterrada en la iglesia de su señorío en Villalba de los Llanos junto a su esposo.

En aquel inagotable conflicto que enfrentaba el deseo insaciable de unos y otros, medió fray Juan de Sahagún, consiguiendo en 1.474 la firma de la paz por ambos bandos en la Casa de la Concordia, sita en la calle de San Pablo donde un rótulo en latín aún se puede leer: “Ira odium generat, concordia nutrit amoren”. “La ira engendra el odio, la concordia alimenta el amor”.

Montserrat Prieto

Solo soy alguien que nunca dejará de soñar con un mundo mejor. Que hace del aprendizaje una constante de su vida. Amante y defensora de la salud medioambiental, de los Derechos Humanos y de la Justicia. Escritora de cuentos y relatos

Nana del mal tiempo

 

 

Que se calle la guerra

que mi niño duerme

y no quiero que el ruido

me lo despierte.

y no quiero que el ruido

sea su muerte.

Que se calle la guerra,

los estallidos,

que mi niño duerme,

que esta dormido,

y nada en el sueño

podría herirlo.

Que se calle la guerra,

de muerte aullidos,

que mi niño duerme,

que esta dormido,

la sonrisa en la cara,

el chupete asido.

Que se calle la guerra

que me lo ha quitado,

que mi niño ha muerto

que me lo ha matado

otro pobre niño,

un pobre soldado.

Que se calle la guerra

porque turba el sueño

de mi niño muerto,

de mi bien pequeño.

-Mi niño,

muerto.

Mi niño,

rojo

De sangre,

rojo

Mi niño,

muerto.-

Ssssssssssssssshhhhhhhhhhhhhhh

Que se calle la guerra,

que se esta callando

porque no quedan niños.

Estan soñando.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Alzheimer… esa enfermedad que elimina “sus” recuerdos

Eran las 6:00h de un día cualquiera, de un mes cualquiera. Como siempre, el despertador la había removido de la cama y como una autómata se dirigía a la cocina, ponía la cafetera, enchufaba la radio, la Ser, y ahí era el momento en que se ponía al día de lo que pasaba en aquel mundo exterior al que ella salía en su periodo vacacional, en Septiembre, porque como ella me contaba que, “estaba todo más tranquilo y era más barato”. Acto seguido, ducha y arreglos personales porque, hoy tocaba subir a planta, a llevar la ropa de esterilización de su servicio, y allí había familiares esperando la suavidad y el olor de las sábanas y pijamas limpios que, aunque estaba lavada a una temperatura elevadísima, al final huele a lo que huele, a hospital.

Todo normal. Baja las escaleras, se encamina a coger el autobús que la llevará a su centro de trabajo, cierra la puerta y echa dos cerrojos…. no vaya a ser que mi madre le de por salir a estas hora. Sí, sí porque “su madre” andaba un poco desorientada”. Y así, todos los días de sus casi treinta años de trabajo.

Pero aquel día, de aquel mes, la rutina se había dado la vuelta, y lo que parecía ser un itinerario conocido se trastocó súbitamente en un laberinto de calles desconocidas para ella, difíciles de sortear. De repente, una llamada del hospital: “Hola, ¿eres la hija de Ofelia?“, “sí ¿qué pasa?”. “Tu madre no ha llegado al trabajo, ¿le ha pasado algo, está enferma?”. “No, ha salido como todos los días a la misma hora”.

Rápidamente se mueven los resortes de la memoria. ”A Mamá se le está notando cosas raras , coge las llaves en la mano, va mal vestida, se repite contando cosas del pasado más lejano, no sabe vestirse, utiliza mal los cubiertos, echa sal a la comida”… “Calla, calla, qué dices, si yo estoy con ella todos los días, y sí, alguna cosilla rara hace, pero hija,no es para tanto!!!

El monstruo ya había abierto sus fauces y se estaba tragando muchos de sus recuerdos. “¿Mamá, cuántos hijos tienes?,… “uyyy creo que cinco” (éramos cuatro); “¿y cuántos hermanos?”; “¿y tus padres cómo se llamaban?… todo eso se había desvanecido. Su mente había reconstruído otra vida muy diferente de la que tuvo. Niña esperadísima en una familia de cuato miembros, número uno de una oposición de telefónica, guapa a rabiar, pero apareció en su vida el señorito, de gran prestancia y título nobiliario y tuvo que dejar todo para convertirse en ama de casa y madre de familia numerosa .

“El monstruo ya había abierto sus fauces y se estaba tragando muchos de sus recuerdos”

Estoy convencida que aquí empezó un poco el desencanto de haber tenido que prescindir de una existencia un tanto independiente, para el momento que se vivía, años 50, e ingresar en un laberinto de proporciones desconocidas: padres, tíos, primos e hijos. Todos a su cargo. Más tarde emigrante en Bélgica porque, donde vivía, en las comarcas mineras de Asturias se había producido la llamada ”huelgona” del 62, y había que comer. Todo ello lo somatizó en su interior y nunca se quejó, porque debió de pensar que era ella la única que podía sacar adelante a su familia. Y allí se fue, sin conocer el idioma, ni las costumbres ni nada que le fuera familiar. Paso a paso se fue reinventando y consiguió superar unas pruebas de auxiliar de enfermería y posteriormente acceder al puesto de trabajo en el hospital.

Pero la vida la iba a regalar una última prueba que era el tener que convivir con un inquilino difícil de llevar, que tendría que doblegarse a su voluntad y que la transportaría a los primeros estadios de la infancia.

Quién le iba a decir a ella que otro hospital sería el encargado de dirigirla de consulta en consulta y de pasillo a pasillo, para determinar su dolencia, Alzheimer. El diagnóstico pesó como una losa sobre todos nosotros. “¿Qué haremos, cómo vamos a afrontar esta prueba?”. Preguntas que fuimos respondiendo a medida que ella tenía las alteraciones comunes de esa dolencia.

Padeció y sufrimos 27 años de Alzheimer, pasamos por todos los estadios de la enfermedad: risas, llantos, insomnio… pero con todos esos recuerdos sin memoria, oirla cantar Asturias patria querida, nos gratificaba porque era una manera de querer resistir su origen al olvido.

In memoriam de Ofelia, mi madre.

© Margarita Vázquez de Prada Rodríguez

 

Amantes en el río

Era en verano, era una tarde, tarde de estío. Lo sé porque el agua, en el río, se ofrecía con voz arrancada de las piedras de la orilla, con canto de agua vertida cascada a cascada. Lo sé porque el sol se deshilachaba en rayos de luz que el follaje aislaba y conducía hasta la tierra cubierta de hojas húmedas, amontonadas.

Era en verano y se bañaban en aquel entorno que ningún otro compartía. Solo el sol, solo el monte, solo el río contemplaban los cuerpos cubiertos con nada. Y un halo de vaho que los envolvía. Vaho de piel y calentura. Vaho de agua y de miradas. En el aire ningún ruido, el zumbido de un insecto, el canto de un pájaro en su nido, la risa cantarina de un hada que oculta en la espesura espiaba.

Era una tarde. Oblicuas las luminarias tejidas entre las ramas, oblicuas las miradas con que el sol se buscaba en el reflejo de su belleza sobre las aguas, que corriendo, que fluyendo, se la llevaban.

Dos cuerpos que no se ocultaban. Entraba uno y el otro lo acompañaba. Salía uno y el otro lo esperaba. Jugaban. Se buscaban. Se acariciaban sin que la caricia rozara. Al escondite sin ocultarse. A abrazarse con la mirada. A desearse sin cruzar palabras. Volaban los besos que no se daban. La pasión quemaba dentro del agua que refrescaba.

Era en verano, en invierno hubiera sido noche cerrada, cuando el sol mullía el horizonte para hacer su cama. Era tarde tardía, noche iluminada, cuando la pasión pudo más que el viento, más que el lugar en calma, más que la templanza ardiente que las gotas templadas les procuraban. Era tarde incierta, noche madrugada, cuando los cuerpos, rendidos de tanta espera, azuzados por tanta llama, se rendían y se entregaban, se enroscaban, se vertían, jadeaban.  Y sin apurar el tiempo, sin que el tiempo pasara, comenzaban de nuevo, y de nuevo se amaban.

Era verano, aún lo era. Era noche de luna alta. El sol dormía. El monte encendía estrellas que lo alumbraran, los árboles las sostenían, el agua, a tientas, se deslizaba por el camino que las orillas, medio dormidas, le susurraban. Los amantes abrazados, se alejaban, prendidos en besos, en suspiros y aún sin separarse ya se anhelaban.

 

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

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