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Little black submarines

 

Una canción por cada chica que conocí
y
en todos sus labios sólo los tuyos.

Nacho Ciencafés
Salmantino en Madrid. Treinta y pico largos y la mitad escribiendo. Cambiando la vida a cañonazos, pero siempre desde castillos en el aire.

Historias y leyendas charras

Miniatura medieval. (F.I.)

 María “La Brava”
Zambullida en el tumultuoso apogeo de la Edad Media, allá por el año 1.454, la capital charra hechizaba a cuantos viajeros se acercaban a ella. Las torres catedralicias se erguían solemnes sobre la cresta de la atalaya. Imperturbables en el tiempo exhibían orgullosas la belleza de su arquitectura y atrevidas bañábanse coquetas en las orillas del río Tormes, quien a su paso por el lugar realzaba, en días soleados, el esplendor que irradiaban en el espejo de sus aguas.

 

Catedral Vieja Torre del Gallo

En aquella época, la piedra dorada de las canteras de Villamayor, materia prima de la Catedral dedicada a Santa María de la Sede o Catedral Vieja, reflejaba el poder que sustentaba la tierra charra, enseñando el rostro más benévolo y hermoso de una ciudad en la que subyacían las pendencias enquistadas de algunas de sus más ilustres familias.

Encontrábase el majestuoso templo episcopal a escasa distancia de la plaza del Corrillo de la Hierba, territorio considerado como “la tierra de nadie” porque ningún habitante atreviáse a traspasar la línea que dividía el concejo en dos bandos.

 


Las contiendas permanentes de los miembros de la alta nobleza tenían aterrorizados a los lugareños, mercaderes, artesanos, labriegos o criados, vivían todos abrumados bajo el yugo de las querellas enfrentadas entre sus señores. En sus ansias por hacerse con la hegemonía de los concejos, la acumulación de propiedades, títulos nobiliarios, poder y privilegios manteníanse estos aristócratas con las espadas bien dispuestas y afiladas. Arracimándose junto a las más importantes iglesias levantaron sus palacios y solariegas viviendas familias de renombrado linaje, Maldonado, Nieto, Enríquez, Monroy, Manzano, Arias, Acebedo, Solís, Gil y Lozano.

En la placita de la iglesia de Santo Tomé de los Caballeros, la actual Plaza de los Bandos, la propiedad de Don Enrique Enríquez de Sevilla, bisnieto del infante Don Enrique, y de su esposa Doña María Rodríguez de Monroy nacida en el palacio de las Dos Torres en Plasencia, hija de Hernán Pérez de Monroy y de Isabel de Almaraz, mostraba en la entrada un amplio portalón enmarcado en un arco de medio punto y sobre el balcón un decorado escudo heráldico con los apellidos de Maldonado, Enríquez y Monroy. Disfrutaban de señorío desde 1.442 en Villalba de los Llanos y del mayorazgo otorgado por el rey Juan II de Castilla en 1.454. Desafortunadamente quedose viuda Doña María todavía joven al cargo de sus cuatro hijos, Pedro, Luis, María y Aldonza, por quienes profesaba un profundo amor.

Los alrededores de la iglesia de San Benito, en la actual calle de la Compañía, acogían a las señoriales casas de otros insignes caballeros, ocupando la familia Manzano el lugar más relevante. Las desavenencias de ambos bandos dieron lugar a que aconteciera uno de los sucesos más trágicos y sangrientos de la historia de la ciudad de Salamanca.

Un funesto día de 1.465 sobrevino la tragedia tras competir en un inocente juego de pelota los hermanos Manzano frente a Don Pedro Enríquez y alzarse éste con la victoria. Don Gómez dejándose arrastrar por la envidia y el rencor le increpó encolerizado. Enzarzándose en una frenética lucha los hermanos ayudados por uno de sus criados dieron muerte al joven Don Pedro. Advirtiéndoles el sirviente de las futuras represalias del mayor de los Enríquez, tenido por audaz y valiente, idearon un maquiavélico plan. Mandáronle llamar con engaños, con la intención de sorprenderle emboscáronle en una callejuela con las espadas desenvainadas y abalanzándose inesperadamente sobre él arrebatáronle la vida sin más.

En la plazuela de San Benito la familia Manzano, al conocer los hechos, enviaron apresuradamente a sus hijos Gómez y Alonso hacia tierras portuguesas, haciéndoles acompañar por algunos de sus más leales vasallos hasta que se calmasen los ánimos.

Casa de María La Brava

 

En la placita de Santo Tomé se escuchó el estallido de una intensa algarada. La espantosa noticia desató la ira y el llanto de los temerosos y agitados moradores de aquel bando. Los cuerpos de los amados hijos de Doña María yacían sin vida delante de sus incrédulos ojos.



De inmediato quiso salir en busca de los asesinos más la conmocionada familia le suplicó que preparase las exequias de los jóvenes, a cuyos requerimientos ordenó enterrarlos en la iglesia de Santo Tomé. Mandó a su capataz enjaezar los caballos y reunir una cuadrilla de jinetes experimentados, partieron hacia su señorío en Villalba de los Llanos difundiendo entre los habitantes que se retiraba a llorar la irreparable pérdida. Confiaba en su capataz, era un hombre leal, valiente, aguerrido, un franco descendiente de los repobladores de los tiempos de Raimundo de Borgoña, quien adelantándose en solitario fue en busca del rastro dejado por los Manzano, adentrándose para ello en Portugal.

Regresó al cabo de los días con noticias fiables y el intrépido grupo emprendió viaje. Capitaneados con determinación por Doña María, vestida con ligera armadura y portando sobre el cinto del costado la espada de su hijo mayor, heredada de su padre, cabalgaron por rugosos y polvorientos caminos vecinales, a fin de no ser detectados por los espías de sus adversarios. Hallábanse Gómez y Alonso en una posada de la villa de Viseu, viviendo con relajo despilfarrando los reales, dedicados a la buena vida y mujeres, protegidos por asalariados caballeros. Advertida Doña María, organizó con sus veinte hombres el asalto, unos vigilarían las salidas evitando que alguno de ellos escapase y los otros derribarían los portones de la posada. Esperaron a la anochecida, acercándose sigilosos procedieron según lo habían acordado. Doña María luchó valientemente durante la contienda.

Viéndose los hermanos sorprendidos quedaron aterrados al comprobar quien comandaba el grupo. Echáronse al suelo lloriqueando a sus pies, suplicando clemencia, un gesto cobarde que no tuvo eco en el corazón devastado de aquella madre. Parece ser que ella misma les dio muerte con la espada de su hijo y esposo, después ordenó que les decapitasen, pues les consideraba mucho peor que si fueran animales, y ensartaran sus cabezas en una pica. Regresaron a Salamanca galopando sin apenas descanso. Llegaron a la plaza de Santo Tomé. Doña María agradeció con un gesto el esfuerzo del agotado caballo, desmontó, cogió las picas y dirigiéndose a la iglesia caminó hasta el lugar donde descansaban sus hijos, arrojó las cabezas de los Manzano sobre sus tumbas diciendo: “Hijos míos, he aquí a vuestros asesinos, descansad ahora en paz”.

Lejos de apaciguarse los impetuosos ánimos tras el terrible acontecimiento recrudeciéronse los odios enconados y durante varios años continuaron las luchas entre los dos bandos. Doña María Rodríguez de Monroy protagonizó una gesta memorable a los ojos de los habitantes de la ciudad y alrededores al vengar el asesinato de sus hijos. El suceso dejó impreso en la mente y en los corazones de los lugareños la sensación de habérseles hecho justicia, quienes la ensalzaron y admiraron por su extremado coraje, transmitiéndose la historia de padres a hijos. Doña María pasó a ser conocida con el sobrenombre de “María La Brava”. Murió pocos años después, siendo enterrada en la iglesia de su señorío en Villalba de los Llanos junto a su esposo.

En aquel inagotable conflicto que enfrentaba el deseo insaciable de unos y otros, medió fray Juan de Sahagún, consiguiendo en 1.474 la firma de la paz por ambos bandos en la Casa de la Concordia, sita en la calle de San Pablo donde un rótulo en latín aún se puede leer: “Ira odium generat, concordia nutrit amoren”. “La ira engendra el odio, la concordia alimenta el amor”.

Montserrat Prieto
Solo soy alguien que nunca dejará de soñar con un mundo mejor. Que hace del aprendizaje una constante de su vida. Amante y defensora de la salud medioambiental, de los Derechos Humanos y de la Justicia. Escritora de cuentos y relatos

Nana del mal tiempo

 

 

Que se calle la guerra

que mi niño duerme

y no quiero que el ruido

me lo despierte.

y no quiero que el ruido

sea su muerte.

Que se calle la guerra,

los estallidos,

que mi niño duerme,

que esta dormido,

y nada en el sueño

podría herirlo.

Que se calle la guerra,

de muerte aullidos,

que mi niño duerme,

que esta dormido,

la sonrisa en la cara,

el chupete asido.

Que se calle la guerra

que me lo ha quitado,

que mi niño ha muerto

que me lo ha matado

otro pobre niño,

un pobre soldado.

Que se calle la guerra

porque turba el sueño

de mi niño muerto,

de mi bien pequeño.

-Mi niño,

muerto.

Mi niño,

rojo

De sangre,

rojo

Mi niño,

muerto.-

Ssssssssssssssshhhhhhhhhhhhhhh

Que se calle la guerra,

que se esta callando

porque no quedan niños.

Estan soñando.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Alzheimer… esa enfermedad que elimina “sus” recuerdos

Eran las 6:00h de un día cualquiera, de un mes cualquiera. Como siempre, el despertador la había removido de la cama y como una autómata se dirigía a la cocina, ponía la cafetera, enchufaba la radio, la Ser, y ahí era el momento en que se ponía al día de lo que pasaba en aquel mundo exterior al que ella salía en su periodo vacacional, en Septiembre, porque como ella me contaba que, “estaba todo más tranquilo y era más barato”. Acto seguido, ducha y arreglos personales porque, hoy tocaba subir a planta, a llevar la ropa de esterilización de su servicio, y allí había familiares esperando la suavidad y el olor de las sábanas y pijamas limpios que, aunque estaba lavada a una temperatura elevadísima, al final huele a lo que huele, a hospital.

Todo normal. Baja las escaleras, se encamina a coger el autobús que la llevará a su centro de trabajo, cierra la puerta y echa dos cerrojos…. no vaya a ser que mi madre le de por salir a estas hora. Sí, sí porque “su madre” andaba un poco desorientada”. Y así, todos los días de sus casi treinta años de trabajo.

Pero aquel día, de aquel mes, la rutina se había dado la vuelta, y lo que parecía ser un itinerario conocido se trastocó súbitamente en un laberinto de calles desconocidas para ella, difíciles de sortear. De repente, una llamada del hospital: “Hola, ¿eres la hija de Ofelia?“, “sí ¿qué pasa?”. “Tu madre no ha llegado al trabajo, ¿le ha pasado algo, está enferma?”. “No, ha salido como todos los días a la misma hora”.

Rápidamente se mueven los resortes de la memoria. ”A Mamá se le está notando cosas raras , coge las llaves en la mano, va mal vestida, se repite contando cosas del pasado más lejano, no sabe vestirse, utiliza mal los cubiertos, echa sal a la comida”… “Calla, calla, qué dices, si yo estoy con ella todos los días, y sí, alguna cosilla rara hace, pero hija,no es para tanto!!!

El monstruo ya había abierto sus fauces y se estaba tragando muchos de sus recuerdos. “¿Mamá, cuántos hijos tienes?,… “uyyy creo que cinco” (éramos cuatro); “¿y cuántos hermanos?”; “¿y tus padres cómo se llamaban?… todo eso se había desvanecido. Su mente había reconstruído otra vida muy diferente de la que tuvo. Niña esperadísima en una familia de cuato miembros, número uno de una oposición de telefónica, guapa a rabiar, pero apareció en su vida el señorito, de gran prestancia y título nobiliario y tuvo que dejar todo para convertirse en ama de casa y madre de familia numerosa .

“El monstruo ya había abierto sus fauces y se estaba tragando muchos de sus recuerdos”

Estoy convencida que aquí empezó un poco el desencanto de haber tenido que prescindir de una existencia un tanto independiente, para el momento que se vivía, años 50, e ingresar en un laberinto de proporciones desconocidas: padres, tíos, primos e hijos. Todos a su cargo. Más tarde emigrante en Bélgica porque, donde vivía, en las comarcas mineras de Asturias se había producido la llamada ”huelgona” del 62, y había que comer. Todo ello lo somatizó en su interior y nunca se quejó, porque debió de pensar que era ella la única que podía sacar adelante a su familia. Y allí se fue, sin conocer el idioma, ni las costumbres ni nada que le fuera familiar. Paso a paso se fue reinventando y consiguió superar unas pruebas de auxiliar de enfermería y posteriormente acceder al puesto de trabajo en el hospital.

Pero la vida la iba a regalar una última prueba que era el tener que convivir con un inquilino difícil de llevar, que tendría que doblegarse a su voluntad y que la transportaría a los primeros estadios de la infancia.

Quién le iba a decir a ella que otro hospital sería el encargado de dirigirla de consulta en consulta y de pasillo a pasillo, para determinar su dolencia, Alzheimer. El diagnóstico pesó como una losa sobre todos nosotros. “¿Qué haremos, cómo vamos a afrontar esta prueba?”. Preguntas que fuimos respondiendo a medida que ella tenía las alteraciones comunes de esa dolencia.

Padeció y sufrimos 27 años de Alzheimer, pasamos por todos los estadios de la enfermedad: risas, llantos, insomnio… pero con todos esos recuerdos sin memoria, oirla cantar Asturias patria querida, nos gratificaba porque era una manera de querer resistir su origen al olvido.

In memoriam de Ofelia, mi madre.

© Margarita Vázquez de Prada Rodríguez

 

Amantes en el río

Era en verano, era una tarde, tarde de estío. Lo sé porque el agua, en el río, se ofrecía con voz arrancada de las piedras de la orilla, con canto de agua vertida cascada a cascada. Lo sé porque el sol se deshilachaba en rayos de luz que el follaje aislaba y conducía hasta la tierra cubierta de hojas húmedas, amontonadas.

Era en verano y se bañaban en aquel entorno que ningún otro compartía. Solo el sol, solo el monte, solo el río contemplaban los cuerpos cubiertos con nada. Y un halo de vaho que los envolvía. Vaho de piel y calentura. Vaho de agua y de miradas. En el aire ningún ruido, el zumbido de un insecto, el canto de un pájaro en su nido, la risa cantarina de un hada que oculta en la espesura espiaba.

Era una tarde. Oblicuas las luminarias tejidas entre las ramas, oblicuas las miradas con que el sol se buscaba en el reflejo de su belleza sobre las aguas, que corriendo, que fluyendo, se la llevaban.

Dos cuerpos que no se ocultaban. Entraba uno y el otro lo acompañaba. Salía uno y el otro lo esperaba. Jugaban. Se buscaban. Se acariciaban sin que la caricia rozara. Al escondite sin ocultarse. A abrazarse con la mirada. A desearse sin cruzar palabras. Volaban los besos que no se daban. La pasión quemaba dentro del agua que refrescaba.

Era en verano, en invierno hubiera sido noche cerrada, cuando el sol mullía el horizonte para hacer su cama. Era tarde tardía, noche iluminada, cuando la pasión pudo más que el viento, más que el lugar en calma, más que la templanza ardiente que las gotas templadas les procuraban. Era tarde incierta, noche madrugada, cuando los cuerpos, rendidos de tanta espera, azuzados por tanta llama, se rendían y se entregaban, se enroscaban, se vertían, jadeaban.  Y sin apurar el tiempo, sin que el tiempo pasara, comenzaban de nuevo, y de nuevo se amaban.

Era verano, aún lo era. Era noche de luna alta. El sol dormía. El monte encendía estrellas que lo alumbraran, los árboles las sostenían, el agua, a tientas, se deslizaba por el camino que las orillas, medio dormidas, le susurraban. Los amantes abrazados, se alejaban, prendidos en besos, en suspiros y aún sin separarse ya se anhelaban.

 

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

A mi abuelo Demetrio

 

 

Hoy mi abuelo ha cogido su último tren; como en el famoso western ha sido a las 3 y 10, pero el destino no ha sido a Yuma, sino a la estación de la Eternidad. Desde ella seguirá guiando los trenes de la vida y disfrutando de los paseos por los senderos del alma. Se sentará en un banco debajo de un árbol y recordará los paisajes y pasajes de su vida disfrutando de un café amargo y de una copa de coñac, y sabrá que el tiempo ha de ser pausado y tranquilo siempre, saboreando cada sorbo con calma. El mañana es eterno, no hay prisa. Mientras tanto hay que caminar como tú solías hacer, sólo cambia el escenario, ahora son las praderas eternas de los cielos por las que te toca transitar, pero no lo vas a hacer solo, de eso estoy seguro. Coge la mano de quien te la ofrezca y camina seguro. El sol está alto y la Luz ilumina el sendero que tienes delante. Un beso muy fuerte yayo. Buen viaje.

 

Todo el equipo de MAGAZINE PLAZABIERTA.COM quiere trasladar su más hondo pesar a nuestro redactor Abrahan Domínguez y a toda su familia por tan importante pérdida.

Abraham Domínguez
Soñador de nacimiento y buscador por vocación. Profesor universitario, ensayista y artista plástico por definición, mi tarea educativa y mi obra artística buscan el romanticismo perdido de otro tiempo, donde la creatividad y el ingenio dominaban el mundo.

Back to…

 

Cada vez me cuesta más recordar el espacio de tus costillas donde solía condensar el aire. El cristal de tu piel, el papel. Mis dedos, la pluma dactilar de los mensajes ciegos en horizontal.

La mejor manera de vernos siempre fue bajar la luz y subir la música.

Y es que no hay nada más longevo que el último momento de la gota antes del suicidio. La forma perfecta antes de la explosión. Luego viene la arena del tiempo. Tu recuerdo en barbecho, la sequía, y la semilla de aquella gota de la que brota el óxido. Fruta podrida que alimenta aquellos huecos intercostales donde las falanges solían rayar mensajes de madrugada, ¿te acuerdas?

Nacho Ciencafés
Salmantino en Madrid. Treinta y pico largos y la mitad escribiendo. Cambiando la vida a cañonazos, pero siempre desde castillos en el aire.

Tu yugular

Las maletas a medio hacer, casi crudas, frías. Algunas motas de polvo se han escondido entre esquinas doblegadas de un rincón olvidado. Tengo miedo de mirar atrás y no querer marchar. Pocos son los aviones con falta de sueño. Valiente reto el querer cambiar el espacio-tiempo. Sólo un golpe que abra una grieta en el reloj podría cambiarlo todo.

Está nerviosa, la he atrapado entre las ventanas correderas sin querer. Golpea hiperactiva los cristales de un prisma que tiñe el cielo de Madrid con puntos suspensivos que hacen que la noche se apresure. Como si quisiera que llegara el momento de la decadencia, de encías rojas apretadas, de sueños despiertos sin bragas a velocidades aceleradas, de baños en hora punta. De risas con prisa. Avisa cuando salgas. Manos ocupadas, dos o tres pulpos en un garaje.

Necesito un paracaídas para una altura de medio metro, se ha hecho el vacío en la calle de San Joaquín y todos están imantados al suelo. Gravedad congelada y ningún amante como en Pompeya.

Sigo esperando la era del deshielo.

Y la catapulta en el trastero. Y la dinamita aguada. El gatillo oxidado y el arma encasquillada. Arco sin diana, Guillermo sin manzana. Burroughs con mala suerte jugando con la muerte.

Nacho Ciencafés
Salmantino en Madrid. Treinta y pico largos y la mitad escribiendo. Cambiando la vida a cañonazos, pero siempre desde castillos en el aire.

La sombra de un payaso

Llevo buscando durante todo el día  la inspiración para contarles algo, pero por más que me estrujo mi cabeza lo único que consigo es escribir dos líneas, como ahora, y de pronto, todo se vuelve negro,  nada surge en mi cabeza, sólo la desidia de un fin de semana tirado en el sofá viendo películas sin final para no pensar en nada.

Un buen amigo me dijo un día que la mejor fuente de inspiración es escribir sobre lo que a uno mismo le gustaría leer, saber o conocer. Pero nada, el paisaje de mi cerebro esta yelmo, sin pizca de vida. Sino fuera porque mi tenacidad me hace seguir pensando en algo que escribir, diría que hoy tengo el encefalograma plano.

Pienso en cosas impactantes, en las últimas noticias, en lo más visto y sobre lo que más se habla en las redes sociales. Empiezo a tirar del hilo, pero nada, vuelvo a darme contra ese muro que no me deja ver la vida hoy. Intento tirarlo, pero no puedo.

No quiero caer en el pesimismo e intento dejarlo, cerrar el ordenador esperando a que las musas vuelvan, pero hoy han pasado de mi, quizá porque mi cabeza necesita descansar de esta vida que a veces me cansa, me extenúa por la rapidez con la que suceden las cosas, por la simplicidad con la que todo se juzga, por los radicalismos de moda, por la opinión sin fundamento, porque se pasa de lo blanco a lo negro, sin que, ni siquiera nos percatemos de la enorme cantidad de colores y de matices que hay entre uno y otro.

Me pregunto si vivir tan deprisa beneficia al ser humano, no como individuo, que también, sino como ser sociable. Es tan trepidante la vida que ni siquiera nos percatamos de quienes nos rodean sino es para satisfacer nuestro propio ego, nuestra necesidad social de sentirnos acompañados porque nos da miedo estar solos, escuchar la voz de nuestra conciencia, los latidos de vida, pero sobre todo de amor, de nuestro corazón, de reflexionar si el camino que estamos andando es el correcto porque nos da miedo salir de nuestra zona de confort.

Sigo pensando en que escribir, sin darme cuenta que ya lo estoy haciendo, quizá porque lo que veo no me gusta, y aunque lo estoy plasmando en palabras siento que se borran nada más escribirlas, convirtiéndose lo que quiero que sea una línea argumental  en residuos de palabras sin sentido.

No pretendo juzgar a nadie, ni siquiera a mi mismo, porque si me juzgo quizá no llegue a buen puerto, porque el psicoanálisis no me gusta, porque me cansa sentenciar la vida propia y ajena: porque todo está clasificado, metido en cajas que si las abres quizá en la mayoría de ellas salga el apestoso olor de lo que con el tiempo se pudre.

Al final, empiezo a ver luz. Empiezo a vislumbrar algo en el fondo de mi cabeza, intento precipitarme hacia ella para que no desaparezca, para que no se desvirtúe en la negritud de mi abulia. De repente, como el que llega al final del túnel,  lo que antes era oscuridad absoluta ahora es una intensa luz blanca, radiante, pero que me impide ver con claridad lo que se oculta en el centro de mi pequeño universo.

La precipitación se transforma en una moviola a cámara lenta, una moviola que no es la primera vez que me ofrece la misma imagen, un payaso sentado sobre la lápida rota de una tumba de un cementerio en ruinas. Intento ver sus tristes facciones ocultas bajo la pintura de su maquillaje circense. Me acerco más a él intentando combatir la luz que me deslumbra y cuando estoy a penas a un palmo de su cara la intento tocar sintiendo en la yema de mis dedos el frio del espejo donde se esconde esa imagen.

Feliciano Morales
Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

Hombre y gaviota

La vi pasar bajo mi atalaya, más leve que el aire, volando sin apenas agitar las alas, jinete del aire recreado, encandilado, dominado. Tal era su pericia que su envidiable facilidad incitó a mi mente a intentar el salto y a horcajadas, aposentado sobre su lomo plumoso, volar mis fantasías como jinetes de novelas leídas, como caballero de monturas mitológicas, como Ícaro de alas prestadas cerniendo el paisaje.

Las fantasías nunca se limitan y soberbia la mía en ese instante, en un más difícil todavía, realizó un segundo salto aún más imposible, zambulléndose mi  mente ebria de sensaciones en la suya, haciéndose ambas al momento idénticas, simbióticas. Y me vi, me sentí, gaviota volando bajo la ventana de aquel embobado ser que me contemplaba arrobado, vagamente familiar su figura, apenas reconocible desde mis alturas que claramente anhelaba.

Con una picuda sonrisa, no cómplice ni desdeñosa, varié la posición de mis alas y me dejé caer a velocidad creciente hacia un cada vez más próximo mar. Planeé apenas el tiempo necesario para atisbar una sombra veloz y plateada que anunciaba la presencia del sustento. Me dejé caer poniendo todo mi peso en el empeño, el pico al frente, las alas recogidas. El aire a mi alrededor apenas lograba retenerme y la sensación del aire hendido por mi cuerpo me hizo aullar íntimamente de júbilo incontenible. Luego el agua, fría, densa, y de nuevo el aire. La captura intentando zafarse de mi pico fue solo el premio material que acompañaba a la alegría feroz de cazador satisfecho.

Remonté el vuelo una, dos, tres veces, anticipando el festín que debía de defender de las otras que me rodeaban.

La perdí de vista al alzarse del agua perseguida por otras menos afortunadas. Giró en el aire, se elevó una, dos, tres veces y se ocultó en su vuelo tras la fachada de una casa cercana. Me alejé de la ventana agotada tras la pesca.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Desde aquí

 

Desde aquí se pueden ver puntos voladores en el cielo. 

Todos habláis de trenes que van y vienen, trenes que se pierden, que se van, trenes que veis pasar.

Yo veo aviones a diario. Pasan cerca de las estrellas de las que tanto escribís, de la lejanía inalcanzable, de lo insuperable.

Decidme si podéis coger esos aviones que yo veo pasar, despegar y aterrizar. Ni siquiera los podéis ver. Los pies sobre la tierra, la cabeza debajo de la tierra. ¿La oís palpitar? 

Aquí no hay pasillo ni puertas de emergencia. Tampoco cinturones. 

Desde aquí pilotamos el cohete hacia la luna con un golpe fuerte y seco de nariz. Desde aquí hay un salto seguro a pintar el mejor cuadro borgoñés sobre el áspero asfalto empapado de colillas de Madrid. Acariciad el vagón. La caída no será la misma.

Los trenes se cogen, los aviones se doman.

Nacho Ciencafés
Salmantino en Madrid. Treinta y pico largos y la mitad escribiendo. Cambiando la vida a cañonazos, pero siempre desde castillos en el aire.

El destino en un día

 Amanece tras la montaña y al fondo del mar anochece. En la ladera del monte hay una fuente de agua clara y corriente que va haciendo río en su avance, barro en la tierra, hueco en la piedra, y al unirse a más fuentes, cauce que crece. En su camino se remansa a veces, otras salta, o se despeña, se enrosca su curso y cuando no puede avanzar retrocede, sin perder de vista la mar que se mece, que lo llama desde la orilla con su vaivén permanente,  con su sonido batiente, al tiempo que  enseña su seno y lo ofrece. Yo nací junto a la fuente, y he seguido el curso entero, caminante siempre al frente,  y aunque me haya alejado para conocer otros ríos, otros montes, otras fuentes, aunque haya vivido otros mares y caminado otros caminos y conocido a otras gentes, sé que muera donde muera, cuando me alcance la muerte, mi lecho final, mi mar, mi referente, estarán en esa orilla mirando al sol poniente que vieron por primera vez mis ojos junto a la fuente, abiertos cuando el sol amanece, cerrados, casi al tiempo, cuando el sol, ya cansado, apaga la luz y anochece.

 

 

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

El último viaje de Ingrid

 

Sus ojos grandes dejaban ver una mirada fría, pétrea, ácida, muy lejos del calor poscoital, puramente fisiológico que desprendía ahora su cuerpo.

Sus insinuosas curvas, sus pechos turgentes y grandes, ya cansados de soportar tanta indignidad. Sus labios ya no eran el refugio carnoso que buscaban ávidos sus amantes del pasado, un pasado limpio, fresco, en su tierra natal, donde el frío sólo se templaba por el paso milagroso del sol que le daba cierta tregua.

Aquella penuria que ahora añoraba había dado paso a su negra vida. Aquel frío gélido de su niñez se había convertido en un sol radiante, tanto ardía que ahora se le quemaba hasta el alma.

Todas las tardes despertaba, resucitaba sin llegar a vivir, a medias, dejando parte de su alma durmiendo para no sentir.

En ese estado meditabundo, sonámbulo, sin conciencia, sin éxtasis ni nirvana. Así, descendía a los infiernos envuelta en unas pocas gasas, las justas para poder después de despojarla volver a curar su alma.

Muda, sin habla se tendía sobre almohadas, sin contestar, temerosa, ya sin expectación. Sus labios se separan, su respiración se acelera, todavía sentía la débil resistencia de su alma, pero ya sus rodillas comenzaban a levantarse sobre el lecho, mientras el invitado avanzaba entre sus muslos y con su arma reforzada se hundía en sus entrañas.

Un día se atrevió a salir de su celda. Navegó por los gélidos mares de su infancia, mientras sofocaba el bochornoso calor de su vientre… ¡Tan lejos estaba!… ¿y si no vuelvo, y si me quedo en casa?.

Se enfrió su cuerpo pero calentó su alma, cambio sus gasas por la mortaja, pero ahora estaba libre de su trampa.

© Amparo Perianes

 

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Amparo Perianes
Escribidora de las pasiones. Me gusta más el fondo que el envoltorio de las personas. Filóloga inglesa.

Jugando con el mar

Voy bordeando la orilla jugando con el mar al pilla, pilla, y se enfada a ratos porque no me alcanza formando gotas que el viento arrebata, ola sobre la roca, espuma y danza, y jugando las trae y me las lanza.

Sigo con mi paseo, ola tras ola, suena su canto que es poderoso. Aun así me asomo, lo llamo, casi me dejo alcanzar y corro, yo divertido, el burlado, y eso lo pone aún más furioso.

Arranca las algas del fondo, golpea la roca y la espuma, al batir la orilla, va cogiendo color de mantequilla, barco de mar que solo flota, color de furia y de pesadilla.

La niebla va llegando, la han reclamado las olas que se encrespan y el viento airado, y en su llegada va confundiendo las gotas que trae su seno y las que el aire guarda con mimo y celo, gotas cogidas al vuelo, gotas de mar salpicado. Las unas saben húmedo, las otras saben salado.

Es hora de recogerse, la luz se esconde. Es hora de guarecerse que el mar responde a la ceguera con osadía de olas que traspasan las fronteras con que la luz ceñía la costa al mar en su porfía. Las gotas de niebla van siendo lluvia. La luz del sol ya no se aprecia, pero el entorno relampaguea con luz tonante, radiante, que amenaza rayo en el horizonte que se hace más profundo según la niebla se aleja buscando al día.

El viento ya no es brisa, la luz a ratos, el mar embravecido grita mi nombre, desde el portal de casa aún se oye, desde la ventana lo veo entre sus olas pintado en ocres de atardecer tardío que el agua refleja y luego esconde. He corrido más que tú, pienso, y no se si entiende que el juego se acaba, al caer la noche.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Momentos por Vivir

 

Hay momentos por vivir

Sin medida y sin tino,

Sin pararte en si el destino

Será blanco, negro o gris.

 

Hay momentos por vivir

Que no buscan la memoria,

La trascendencia, la historia,

Ni siquiera pervivir.

 

Hay momentos por vivir

En los que hay que lanzarse al vacío

Para evitar el hastío

En que vives sin sentir.

 

Hay momentos por vivir

De no pararse en razones,

De volcar los corazones

Para lograr ser feliz.

 

Hay momentos por vivir

En qué la vida no te espera,

En qué dudar te deja fuera,

En qué no vale decidir.

 

Hay momentos por vivir

En qué la vida es abismo

Y que exigen de ti mismo

El querer sobrevivir.

 

Hay momentos por vivir

En qué hay que apurar el instante

Sin llegar a preocuparte

De seguir o conseguir.

 

Hay momentos por vivir

Como  se bebe una copa,

Llenando con ansia la boca

Hasta el mismísimo fin.

 

Hay momentos por vivir

Sin reparar en errores

Sin pararse en los temores

Haciendo de ese momento un fin.

 

Hay momentos por vivir

Que sin llegar a ser son vida,

Son vivencia presentida,

Y son ansia de sentir.

 

Hay momentos por vivir

Que son ajenos al tiempo

Encarnados en sentimiento

Y actúan como elixir.

 

Hay momentos por vivir.

Siempre quedan momentos

Risas, miedos, lamentos,

Palabras que se han de decir

 

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

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