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Reflexiones para el 1 de Noviembre

 

 

 

Impalpable

Puede que mi alma sangre lo que mi cuerpo no es capaz de verter, que llore con las lágrimas que en mis ojos se han secado y padezca el dolor que me habría desmayado. Puede que mi alma sufra todo aquello que el cuerpo no pueda soportar en su endeblez impaciente. Puede ser porque algo me duele, lo sé, lo siento, y no consigo encontrar el punto exacto del sufrimiento. Me duele el dolor de la injusticia y no lo palpo, me duele el dolor del abandono y no lo encuentro, me duele la miseria y no la siento, me duele la mentira permanente y sigo viviendo. Puede ser, pudiera, que mi alma esté muriendo sin que mi cuerpo lo sepa.

Tránsito

Alguna luna será la última en que mis ojos se recreen, alguno de sus rayos enredado con mi alma marcará el camino que ha de conducirme a nuevas realidades. Lo recorreré con el miedo que la insegura seguridad de perdurar en la existencia me proporciona, con el vértigo infinito que traspasar los abismos de un instante nos depara.

Espero que en ese momento, volviendo la cara que tal vez no tenga, pueda contemplar en mi interior, que tal vez no exista, la infinita, la eterna realidad de una única existencia. Quiero creer que será entonces, aunque sea por un instante, efimeramente, cuando pueda comprender, abarcar, existir y sentirme eterno. Y, plenamente satisfecho, nacer a la vida sin demora.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Paseo dominical

ilustraciones de Oda Sales
“Que veinte años no son nada,
qué febril la mirada”

 

Gris. Es como si las fachadas de Madrid miraran al suelo, girasoles sin fuerza motor.

Un anciano sale a la puerta de un pequeño bar y abre su pitillera a mi paso. Su cara es rosada. Lo enciende y le pierdo de vista. Las calles han perdido glóbulos rojos, ya no huele a café y sólo hay murmullo en las plazas centrales donde las terrazas imantan a los restos del fin de semana. Ya casi no hay nada que hacer salvo esconder la soledad con un paseo sin destino, dejando colillas de pan para marcar el camino por el que no volveré.

 

Un par de norteamericanos me saludan amablemente, tiene una etiqueta negra con sus nombres labrados en blanco, van elegantemente ordenados. Me dan una tarjeta y me dicen que parezco una persona que ama a su familia. Hace más de 65 millones de años nos volaron la puta cabeza. Me dan la mano y nos despedimos cordialmente. Sólo tengo en mente acordarme de que al llegar a casa tengo que lavármelas antes de masturbarme.

Todos terminamos siempre cerrando la puerta.

Pero siempre termina entrando algo de aire.

Nacho Ciencafés

Salmantino en Madrid. La mitad escribiendo. Cambiando la vida a cañonazos, pero siempre desde castillos en el aire.

El verbo preveer, análisis de una realidad irreal

Y luego nos quejamos. Sí, en plural, en este país todos nos quejamos de algo y, en un alarde sin precedentes de unanimidad de opinión, todos nos quejamos de los políticos que tenemos. Un poco como, adaptando el dicho, cada uno con sus quejas y los políticos en las de todos.

Y ante esta tesitura, la de la unanimidad, solo existen dos opciones: o tenemos unos políticos ineptos, corruptos, insensibles y sordos, o aquí hay algo que falla y ellos son tan víctimas como nosotros.

Así que como la opinión generalizada ya hace años que se ha decidido por la primera opción yo, en mi incansable búsqueda de la otra verdad, he decidido investigar con el rigor que me caracteriza las posibles pruebas de que la segunda opción sea la verdadera.


Y ya puesto a la faena me he encontrado con la prueba definitiva de que los políticos no son los culpables de su propia ineptitud, no, la culpa es de la Real Academia de la Lengua, y en último caso del idioma, posiblemente, y ya remontando de verdad, incluso del latín que siendo como es la fuente principal del nuestro nos incapacitó para resolver algunos temas.


Por partes. Todos sabíamos lo que podía pasar con el problema catalán, todos sabíamos lo que podía pasar con los eucaliptos, todos sabíamos lo que iba a pasar con el brexit, todos podíamos prever las consecuencias de determinados sucesos, ¿Y los políticos?, los políticos también, preveían, pero ahí se quedaron, en preverlo y sin proveer las medidas necesarias, las acciones fundamentales para evitar las consecuencias, todos hicieron el Don Tancredo de los videntes.

¿Es que nuestros políticos, esos esforzados y sacrificados seres humanos, son unos incapaces? Sí, definitivamente sí, pero lo son porque el lenguaje no los provee de una herramienta que les impida inhibirse, que los aboque a la resolución de los problemas y no solo a su deseperada previsión y enumeración.


 

“¿Es que nuestros políticos, esos esforzados y sacrificados seres humanos, son unos incapaces? Sí, definitivamente sí,”

Así que fruto de este sesudo y clarividente estudio propongo la creación del verbo “preveer”. Un híbrido de los verbos prever y proveer que asegurará que todo aquel que prevea un problema pueda en la misma acción verbal proveer los medios necesarios para su evolución indeseada.


Mediante este verbo todo el que prevea proveerá. Es decir, y utilizando el nuevo verbo, “preveerá”. Y yo ya he previsto que nadie me va a hacer ni caso y he decidido proveerme de unas vacaciones que me permitan recuperarme de mi agotamiento intelectual. Esta todo “preveisto”.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Little black submarines

 

Una canción por cada chica que conocí
y
en todos sus labios sólo los tuyos.

Nacho Ciencafés

Salmantino en Madrid. La mitad escribiendo. Cambiando la vida a cañonazos, pero siempre desde castillos en el aire.

Ávila de los Caballeros

 
Cuando vivía en Ávila solía recorrer sus sinuosas calles y plazas, perderme por los rincones de granito y pasear por las almenas de la muralla. Daba igual si era invierno o verano, si llovía o hacía sol, o si aquellas nevadas que llegaban por la rodilla habían hecho su aparición la noche anterior. La ciudad poseía una magia especial que, a día de hoy y pese a los cambios, conserva. Ahora que vuelvo en contadas ocasiones en busca de mí mismo, contemplo la muralla en lo alto del cerro inmaculada, poderosa, solemne, con el mismo rigor que me sobrecogía con cinco años cuando todavía existía algún rodaje perdido y veía galopar a los caballos con sus caballeros encima espada en mano, defendiendo el honor de la cristiandad.

Con mi abuelo y mis hermanos, en aquella lejana infancia, recorríamos en primavera cada piedra que formaban los torreones en busca de tesoros ocultos que jamás encontrábamos, pero que sabíamos que en la siguiente ocasión serían nuestros. En invierno, con la nieve, lo mejor era practicar algún deporte que guardase relación con la blancura del entorno como tirarse en trineo o en su defecto en un plástico. En una ciudad con cuestas y con laderas no era difícil abrir camino para la diversión, como tampoco era difícil hacerse daño en cualquier descuido.

En Ávila era muy fácil aprender qué era el románico, qué había sido la Edad Media, qué era la mística y qué significaba el poder de la iglesia y el paso de la historia. Levítica y conservadora durante siglos, su muralla suponía una metáfora de sus gentes, recios castellanos anclados en otro tiempo pero con la nobleza y la generosidad ancladas en sus almas.

“En Ávila era muy fácil aprender qué era el románico, qué había sido la Edad Media, qué era la mística y qué significaba el poder de la iglesia y el paso de la historia”

Ahora que vuelvo a sus empedradas calles, al paseo del Rastro donde se divisa el Valle Amblés que tantas alegrías me dio en otro tiempo, no puedo por menos estar agradecido a un espacio físico y social que, de algún modo, me ayudó a tallar mi carácter con mi maza y mi cincel, forjó lo que soy hoy, y convirtió mi mano en pluma para volar con la imaginación y transformarla en palabras. Contemplo el atardecer en la Serrota con sus tonos ocres y rojizos que golpean y yagan de luz las viejas piedras monumentales, y esbozo una sonrisa mientras me alejo. Hasta la vista.

Abraham Domínguez

Soñador de nacimiento y buscador por vocación. Profesor universitario, ensayista y artista plástico por definición, mi tarea educativa y mi obra artística buscan el romanticismo perdido de otro tiempo, donde la creatividad y el ingenio dominaban el mundo.

Historias y leyendas charras

Miniatura medieval. (F.I.)

 María “La Brava”
Zambullida en el tumultuoso apogeo de la Edad Media, allá por el año 1.454, la capital charra hechizaba a cuantos viajeros se acercaban a ella. Las torres catedralicias se erguían solemnes sobre la cresta de la atalaya. Imperturbables en el tiempo exhibían orgullosas la belleza de su arquitectura y atrevidas bañábanse coquetas en las orillas del río Tormes, quien a su paso por el lugar realzaba, en días soleados, el esplendor que irradiaban en el espejo de sus aguas.

 

Catedral Vieja Torre del Gallo

En aquella época, la piedra dorada de las canteras de Villamayor, materia prima de la Catedral dedicada a Santa María de la Sede o Catedral Vieja, reflejaba el poder que sustentaba la tierra charra, enseñando el rostro más benévolo y hermoso de una ciudad en la que subyacían las pendencias enquistadas de algunas de sus más ilustres familias.

Encontrábase el majestuoso templo episcopal a escasa distancia de la plaza del Corrillo de la Hierba, territorio considerado como “la tierra de nadie” porque ningún habitante atreviáse a traspasar la línea que dividía el concejo en dos bandos.

 


Las contiendas permanentes de los miembros de la alta nobleza tenían aterrorizados a los lugareños, mercaderes, artesanos, labriegos o criados, vivían todos abrumados bajo el yugo de las querellas enfrentadas entre sus señores. En sus ansias por hacerse con la hegemonía de los concejos, la acumulación de propiedades, títulos nobiliarios, poder y privilegios manteníanse estos aristócratas con las espadas bien dispuestas y afiladas. Arracimándose junto a las más importantes iglesias levantaron sus palacios y solariegas viviendas familias de renombrado linaje, Maldonado, Nieto, Enríquez, Monroy, Manzano, Arias, Acebedo, Solís, Gil y Lozano.

En la placita de la iglesia de Santo Tomé de los Caballeros, la actual Plaza de los Bandos, la propiedad de Don Enrique Enríquez de Sevilla, bisnieto del infante Don Enrique, y de su esposa Doña María Rodríguez de Monroy nacida en el palacio de las Dos Torres en Plasencia, hija de Hernán Pérez de Monroy y de Isabel de Almaraz, mostraba en la entrada un amplio portalón enmarcado en un arco de medio punto y sobre el balcón un decorado escudo heráldico con los apellidos de Maldonado, Enríquez y Monroy. Disfrutaban de señorío desde 1.442 en Villalba de los Llanos y del mayorazgo otorgado por el rey Juan II de Castilla en 1.454. Desafortunadamente quedose viuda Doña María todavía joven al cargo de sus cuatro hijos, Pedro, Luis, María y Aldonza, por quienes profesaba un profundo amor.

Los alrededores de la iglesia de San Benito, en la actual calle de la Compañía, acogían a las señoriales casas de otros insignes caballeros, ocupando la familia Manzano el lugar más relevante. Las desavenencias de ambos bandos dieron lugar a que aconteciera uno de los sucesos más trágicos y sangrientos de la historia de la ciudad de Salamanca.

Un funesto día de 1.465 sobrevino la tragedia tras competir en un inocente juego de pelota los hermanos Manzano frente a Don Pedro Enríquez y alzarse éste con la victoria. Don Gómez dejándose arrastrar por la envidia y el rencor le increpó encolerizado. Enzarzándose en una frenética lucha los hermanos ayudados por uno de sus criados dieron muerte al joven Don Pedro. Advirtiéndoles el sirviente de las futuras represalias del mayor de los Enríquez, tenido por audaz y valiente, idearon un maquiavélico plan. Mandáronle llamar con engaños, con la intención de sorprenderle emboscáronle en una callejuela con las espadas desenvainadas y abalanzándose inesperadamente sobre él arrebatáronle la vida sin más.

En la plazuela de San Benito la familia Manzano, al conocer los hechos, enviaron apresuradamente a sus hijos Gómez y Alonso hacia tierras portuguesas, haciéndoles acompañar por algunos de sus más leales vasallos hasta que se calmasen los ánimos.

Casa de María La Brava

 

En la placita de Santo Tomé se escuchó el estallido de una intensa algarada. La espantosa noticia desató la ira y el llanto de los temerosos y agitados moradores de aquel bando. Los cuerpos de los amados hijos de Doña María yacían sin vida delante de sus incrédulos ojos.



De inmediato quiso salir en busca de los asesinos más la conmocionada familia le suplicó que preparase las exequias de los jóvenes, a cuyos requerimientos ordenó enterrarlos en la iglesia de Santo Tomé. Mandó a su capataz enjaezar los caballos y reunir una cuadrilla de jinetes experimentados, partieron hacia su señorío en Villalba de los Llanos difundiendo entre los habitantes que se retiraba a llorar la irreparable pérdida. Confiaba en su capataz, era un hombre leal, valiente, aguerrido, un franco descendiente de los repobladores de los tiempos de Raimundo de Borgoña, quien adelantándose en solitario fue en busca del rastro dejado por los Manzano, adentrándose para ello en Portugal.

Regresó al cabo de los días con noticias fiables y el intrépido grupo emprendió viaje. Capitaneados con determinación por Doña María, vestida con ligera armadura y portando sobre el cinto del costado la espada de su hijo mayor, heredada de su padre, cabalgaron por rugosos y polvorientos caminos vecinales, a fin de no ser detectados por los espías de sus adversarios. Hallábanse Gómez y Alonso en una posada de la villa de Viseu, viviendo con relajo despilfarrando los reales, dedicados a la buena vida y mujeres, protegidos por asalariados caballeros. Advertida Doña María, organizó con sus veinte hombres el asalto, unos vigilarían las salidas evitando que alguno de ellos escapase y los otros derribarían los portones de la posada. Esperaron a la anochecida, acercándose sigilosos procedieron según lo habían acordado. Doña María luchó valientemente durante la contienda.

Viéndose los hermanos sorprendidos quedaron aterrados al comprobar quien comandaba el grupo. Echáronse al suelo lloriqueando a sus pies, suplicando clemencia, un gesto cobarde que no tuvo eco en el corazón devastado de aquella madre. Parece ser que ella misma les dio muerte con la espada de su hijo y esposo, después ordenó que les decapitasen, pues les consideraba mucho peor que si fueran animales, y ensartaran sus cabezas en una pica. Regresaron a Salamanca galopando sin apenas descanso. Llegaron a la plaza de Santo Tomé. Doña María agradeció con un gesto el esfuerzo del agotado caballo, desmontó, cogió las picas y dirigiéndose a la iglesia caminó hasta el lugar donde descansaban sus hijos, arrojó las cabezas de los Manzano sobre sus tumbas diciendo: “Hijos míos, he aquí a vuestros asesinos, descansad ahora en paz”.

Lejos de apaciguarse los impetuosos ánimos tras el terrible acontecimiento recrudeciéronse los odios enconados y durante varios años continuaron las luchas entre los dos bandos. Doña María Rodríguez de Monroy protagonizó una gesta memorable a los ojos de los habitantes de la ciudad y alrededores al vengar el asesinato de sus hijos. El suceso dejó impreso en la mente y en los corazones de los lugareños la sensación de habérseles hecho justicia, quienes la ensalzaron y admiraron por su extremado coraje, transmitiéndose la historia de padres a hijos. Doña María pasó a ser conocida con el sobrenombre de “María La Brava”. Murió pocos años después, siendo enterrada en la iglesia de su señorío en Villalba de los Llanos junto a su esposo.

En aquel inagotable conflicto que enfrentaba el deseo insaciable de unos y otros, medió fray Juan de Sahagún, consiguiendo en 1.474 la firma de la paz por ambos bandos en la Casa de la Concordia, sita en la calle de San Pablo donde un rótulo en latín aún se puede leer: “Ira odium generat, concordia nutrit amoren”. “La ira engendra el odio, la concordia alimenta el amor”.

Montserrat Prieto

Solo soy alguien que nunca dejará de soñar con un mundo mejor. Que hace del aprendizaje una constante de su vida. Amante y defensora de la salud medioambiental, de los Derechos Humanos y de la Justicia. Escritora de cuentos y relatos

Nana del mal tiempo

 

 

Que se calle la guerra

que mi niño duerme

y no quiero que el ruido

me lo despierte.

y no quiero que el ruido

sea su muerte.

Que se calle la guerra,

los estallidos,

que mi niño duerme,

que esta dormido,

y nada en el sueño

podría herirlo.

Que se calle la guerra,

de muerte aullidos,

que mi niño duerme,

que esta dormido,

la sonrisa en la cara,

el chupete asido.

Que se calle la guerra

que me lo ha quitado,

que mi niño ha muerto

que me lo ha matado

otro pobre niño,

un pobre soldado.

Que se calle la guerra

porque turba el sueño

de mi niño muerto,

de mi bien pequeño.

-Mi niño,

muerto.

Mi niño,

rojo

De sangre,

rojo

Mi niño,

muerto.-

Ssssssssssssssshhhhhhhhhhhhhhh

Que se calle la guerra,

que se esta callando

porque no quedan niños.

Estan soñando.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Alzheimer… esa enfermedad que elimina “sus” recuerdos

Eran las 6:00h de un día cualquiera, de un mes cualquiera. Como siempre, el despertador la había removido de la cama y como una autómata se dirigía a la cocina, ponía la cafetera, enchufaba la radio, la Ser, y ahí era el momento en que se ponía al día de lo que pasaba en aquel mundo exterior al que ella salía en su periodo vacacional, en Septiembre, porque como ella me contaba que, “estaba todo más tranquilo y era más barato”. Acto seguido, ducha y arreglos personales porque, hoy tocaba subir a planta, a llevar la ropa de esterilización de su servicio, y allí había familiares esperando la suavidad y el olor de las sábanas y pijamas limpios que, aunque estaba lavada a una temperatura elevadísima, al final huele a lo que huele, a hospital.

Todo normal. Baja las escaleras, se encamina a coger el autobús que la llevará a su centro de trabajo, cierra la puerta y echa dos cerrojos…. no vaya a ser que mi madre le de por salir a estas hora. Sí, sí porque “su madre” andaba un poco desorientada”. Y así, todos los días de sus casi treinta años de trabajo.

Pero aquel día, de aquel mes, la rutina se había dado la vuelta, y lo que parecía ser un itinerario conocido se trastocó súbitamente en un laberinto de calles desconocidas para ella, difíciles de sortear. De repente, una llamada del hospital: “Hola, ¿eres la hija de Ofelia?“, “sí ¿qué pasa?”. “Tu madre no ha llegado al trabajo, ¿le ha pasado algo, está enferma?”. “No, ha salido como todos los días a la misma hora”.

Rápidamente se mueven los resortes de la memoria. ”A Mamá se le está notando cosas raras , coge las llaves en la mano, va mal vestida, se repite contando cosas del pasado más lejano, no sabe vestirse, utiliza mal los cubiertos, echa sal a la comida”… “Calla, calla, qué dices, si yo estoy con ella todos los días, y sí, alguna cosilla rara hace, pero hija,no es para tanto!!!

El monstruo ya había abierto sus fauces y se estaba tragando muchos de sus recuerdos. “¿Mamá, cuántos hijos tienes?,… “uyyy creo que cinco” (éramos cuatro); “¿y cuántos hermanos?”; “¿y tus padres cómo se llamaban?… todo eso se había desvanecido. Su mente había reconstruído otra vida muy diferente de la que tuvo. Niña esperadísima en una familia de cuato miembros, número uno de una oposición de telefónica, guapa a rabiar, pero apareció en su vida el señorito, de gran prestancia y título nobiliario y tuvo que dejar todo para convertirse en ama de casa y madre de familia numerosa .

“El monstruo ya había abierto sus fauces y se estaba tragando muchos de sus recuerdos”

Estoy convencida que aquí empezó un poco el desencanto de haber tenido que prescindir de una existencia un tanto independiente, para el momento que se vivía, años 50, e ingresar en un laberinto de proporciones desconocidas: padres, tíos, primos e hijos. Todos a su cargo. Más tarde emigrante en Bélgica porque, donde vivía, en las comarcas mineras de Asturias se había producido la llamada ”huelgona” del 62, y había que comer. Todo ello lo somatizó en su interior y nunca se quejó, porque debió de pensar que era ella la única que podía sacar adelante a su familia. Y allí se fue, sin conocer el idioma, ni las costumbres ni nada que le fuera familiar. Paso a paso se fue reinventando y consiguió superar unas pruebas de auxiliar de enfermería y posteriormente acceder al puesto de trabajo en el hospital.

Pero la vida la iba a regalar una última prueba que era el tener que convivir con un inquilino difícil de llevar, que tendría que doblegarse a su voluntad y que la transportaría a los primeros estadios de la infancia.

Quién le iba a decir a ella que otro hospital sería el encargado de dirigirla de consulta en consulta y de pasillo a pasillo, para determinar su dolencia, Alzheimer. El diagnóstico pesó como una losa sobre todos nosotros. “¿Qué haremos, cómo vamos a afrontar esta prueba?”. Preguntas que fuimos respondiendo a medida que ella tenía las alteraciones comunes de esa dolencia.

Padeció y sufrimos 27 años de Alzheimer, pasamos por todos los estadios de la enfermedad: risas, llantos, insomnio… pero con todos esos recuerdos sin memoria, oirla cantar Asturias patria querida, nos gratificaba porque era una manera de querer resistir su origen al olvido.

In memoriam de Ofelia, mi madre.

© Margarita Vázquez de Prada Rodríguez

 

Amantes en el río

Era en verano, era una tarde, tarde de estío. Lo sé porque el agua, en el río, se ofrecía con voz arrancada de las piedras de la orilla, con canto de agua vertida cascada a cascada. Lo sé porque el sol se deshilachaba en rayos de luz que el follaje aislaba y conducía hasta la tierra cubierta de hojas húmedas, amontonadas.

Era en verano y se bañaban en aquel entorno que ningún otro compartía. Solo el sol, solo el monte, solo el río contemplaban los cuerpos cubiertos con nada. Y un halo de vaho que los envolvía. Vaho de piel y calentura. Vaho de agua y de miradas. En el aire ningún ruido, el zumbido de un insecto, el canto de un pájaro en su nido, la risa cantarina de un hada que oculta en la espesura espiaba.

Era una tarde. Oblicuas las luminarias tejidas entre las ramas, oblicuas las miradas con que el sol se buscaba en el reflejo de su belleza sobre las aguas, que corriendo, que fluyendo, se la llevaban.

Dos cuerpos que no se ocultaban. Entraba uno y el otro lo acompañaba. Salía uno y el otro lo esperaba. Jugaban. Se buscaban. Se acariciaban sin que la caricia rozara. Al escondite sin ocultarse. A abrazarse con la mirada. A desearse sin cruzar palabras. Volaban los besos que no se daban. La pasión quemaba dentro del agua que refrescaba.

Era en verano, en invierno hubiera sido noche cerrada, cuando el sol mullía el horizonte para hacer su cama. Era tarde tardía, noche iluminada, cuando la pasión pudo más que el viento, más que el lugar en calma, más que la templanza ardiente que las gotas templadas les procuraban. Era tarde incierta, noche madrugada, cuando los cuerpos, rendidos de tanta espera, azuzados por tanta llama, se rendían y se entregaban, se enroscaban, se vertían, jadeaban.  Y sin apurar el tiempo, sin que el tiempo pasara, comenzaban de nuevo, y de nuevo se amaban.

Era verano, aún lo era. Era noche de luna alta. El sol dormía. El monte encendía estrellas que lo alumbraran, los árboles las sostenían, el agua, a tientas, se deslizaba por el camino que las orillas, medio dormidas, le susurraban. Los amantes abrazados, se alejaban, prendidos en besos, en suspiros y aún sin separarse ya se anhelaban.

 

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

A mi abuelo Demetrio

 

 

Hoy mi abuelo ha cogido su último tren; como en el famoso western ha sido a las 3 y 10, pero el destino no ha sido a Yuma, sino a la estación de la Eternidad. Desde ella seguirá guiando los trenes de la vida y disfrutando de los paseos por los senderos del alma. Se sentará en un banco debajo de un árbol y recordará los paisajes y pasajes de su vida disfrutando de un café amargo y de una copa de coñac, y sabrá que el tiempo ha de ser pausado y tranquilo siempre, saboreando cada sorbo con calma. El mañana es eterno, no hay prisa. Mientras tanto hay que caminar como tú solías hacer, sólo cambia el escenario, ahora son las praderas eternas de los cielos por las que te toca transitar, pero no lo vas a hacer solo, de eso estoy seguro. Coge la mano de quien te la ofrezca y camina seguro. El sol está alto y la Luz ilumina el sendero que tienes delante. Un beso muy fuerte yayo. Buen viaje.

 

Todo el equipo de MAGAZINE PLAZABIERTA.COM quiere trasladar su más hondo pesar a nuestro redactor Abrahan Domínguez y a toda su familia por tan importante pérdida.

Abraham Domínguez

Soñador de nacimiento y buscador por vocación. Profesor universitario, ensayista y artista plástico por definición, mi tarea educativa y mi obra artística buscan el romanticismo perdido de otro tiempo, donde la creatividad y el ingenio dominaban el mundo.

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Cada vez me cuesta más recordar el espacio de tus costillas donde solía condensar el aire. El cristal de tu piel, el papel. Mis dedos, la pluma dactilar de los mensajes ciegos en horizontal.

La mejor manera de vernos siempre fue bajar la luz y subir la música.

Y es que no hay nada más longevo que el último momento de la gota antes del suicidio. La forma perfecta antes de la explosión. Luego viene la arena del tiempo. Tu recuerdo en barbecho, la sequía, y la semilla de aquella gota de la que brota el óxido. Fruta podrida que alimenta aquellos huecos intercostales donde las falanges solían rayar mensajes de madrugada, ¿te acuerdas?

Nacho Ciencafés

Salmantino en Madrid. La mitad escribiendo. Cambiando la vida a cañonazos, pero siempre desde castillos en el aire.

El arte surgido del dolor (2ª parte)

 La pintora mejicana que se creó a sí misma
El accidente sufrido provocó un inesperado y rotundo giro en la vida de Frida. De repente quedó despojada de la abundancia de proyectos de futuro. Inicialmente se apoderó de ella un desesperado sentimiento de aislamiento. -“No estoy enferma, estoy rota”- solía decir. El dolor era desgarrador pero reaccionó con un frenético amor al presente, se volvió impetuosa y empezó a pintar con determinación. Un año después, en 1.926, concluía el cuadro titulado: Autorretrato con traje de terciopelo.

Necesitaba una opinión experta y tomó una decisión. Cogió alguna de sus pinturas y se plantó delante de Diego Rivera, en el Ministerio de Educación, donde estaba pintando un fresco. Le preguntó a bocajarro. -¿Puedo enseñarte mis pinturas?-. Ante la respuesta afirmativa del sorprendido artista, ella le dijo entre otras cosas -Sólo quiero que me digas si merece la pena que me dedique a pintar-. Diego se quedó atónito al contemplar los lienzos. Días después la visitó en Coyoacán para ver el resto de su trabajo. Ya estaba separado de Lupe. Entonces dio comienzo la relación amorosa con el pintor revolucionario, secretario general del Partido Comunista de México, hasta que la pidió en matrimonio y ella aceptó, celebrándose la boda el 21 de agosto de 1.929.

La fama de Diego Rivera era internacional. Recibió ofertas irrechazables de capitalistas como Rockefeller o Ford. Fueron a San Francisco, donde estuvieron viviendo varios meses entre los “gringos” mientras pintaba el mural, después a Detroit. En el Museo de Arte Moderno de Nueva York se expusieron sus obras, el acontecimiento generó gran expectación y obtuvo un rotundo éxito. Frida recibió un telegrama diciendo que su madre estaba grave. Angustiada inició un largo viaje en tren a Coyoacán en compañía de su amiga Lucienne Bloch.

 

Frida y Diego Rivera

 

Aunque se resistía a regresar terminó reuniéndose con su marido en Nueva York. En esta ciudad encontró un ambiente más favorable, más abierto. Eran famosos, la alta sociedad neoyorquina se disputaba su presencia invitándoles continuamente a eventos y recepciones. El atractivo de Frida no pasó desapercibido. Llamaban la atención sus ojos profundos, expresivos, los adornos precolombinos, las galas de nativa tehuana de alegres colores e impresionantes estampados, todo ello acrecentaba el interés de célebres fotógrafos. Diego Rivera tenía una pasión, la pintura, y una debilidad, las mujeres. Frida se enfrentaba a sus continuas veleidades. Entretanto regresaron a México y se instalaron en su nueva vivienda.

Sufrió otro aborto, la pelvis montada pieza a pieza tras el trágico accidente no podía albergar ningún embarazo. Su hermana Cristina y sus dos sobrinos se trasladaron a su casa para cuidarla. Un día aciago descubrió con horror la aventura que Diego mantenía con su hermana más querida. El dolor de la traición le resultó tan insoportable que se marchó a un apartamento sola. Después viajó a Nueva York donde recibió ofertas para exponer su obra. En una recepción conoció al escultor japonés Isamu Noguchi, un hombre extremadamente atractivo. Más tarde la acompañó hasta la casa azul de Coyoacán, pero apareció Diego pistola en mano obligándole a marcharse e intentando reconciliarse con su mujer. Los dedos gangrenados de un pie la obligaron a pasar, una vez más, por el quirófano. Durante la convalecencia pintó una de sus obras más emblemáticas, el árbol genealógico titulado, Mis abuelos, mis padres y yo.

León Trotski

Trotsky huyó de Rusia con su esposa amenazado de muerte por Stalin. El presidente Cárdenas les concedió asilo político y los Rivera les ofrecieron alojamiento. El maduro revolucionario cayó rendido ante la belleza apasionada de la mexicana, viviendo un breve romance. Semanas después el matrimonio ruso se trasladó de lugar para evitar ser desprestigiado ante los suyos. Entre 1.938-1.939, Frida pintó más cuadros que nunca, sus temas eran, el amor, el dolor y la muerte, como los de Leonora Carrington, Eileen Agar y otras pintoras surrealistas. El actor Edward G. Robinson visitó el estudio de Rivera, impresionado por las pinturas de Frida compró cuatro cuadros, pagando diez mil dólares por cada uno, ante la perplejidad de su autora.

En Nueva York se celebró una exposición de las obras de Frida. Tuvo un enorme éxito. También en la exposición de París alcanzó un excepcional reconocimiento. Pintores de la talla de Ernst o Miró contemplaron embelesados las pinceladas geniales de sus cuadros. Kandinsky se sintió profundamente conmovido. Picasso la elogió públicamente. En una carta le diría a su amigo Rivera -Ni Derain, ni tú, ni yo somos capaces de pintar una cabeza como lo hace Frida Khalo-. El prestigioso Museo del Louvre compró uno de sus autorretratos, El marco. En aquel escenario, una terrible noticia la dejó impactada. Gran Bretaña y Francia reconocían el régimen fascista de Francisco Franco. -¿Cómo es posible?-se preguntó. Ahora en la vieja Europa gozan de reconocimiento internacional nada menos que tres peligrosos dictadores fascistas, Hitler, Mussolini y Franco-.

Regresó feliz a Nueva York, desde allí retornó definitivamente a Coyoacán. A Trotsky le asesinó Ramón Mercader por la espalda con un piolet. De origen catalán estaba al servicio de Stalin y actuó en solitario. Frida fue detenida unos días por el hecho de haberle conocido en París. Este episodio le provocó una fuerte depresión y a consecuencia de ello padeció intensos dolores de espalda. Pretendían operarla nuevamente. Al enterarse Diego la mandó a buscar para que el doctor Eloesser la tratara, con medicamentos logró mejorar. El 8 de diciembre de 1.940 Diego y Frida se volvieron a casar. Un año después su padre falleció. El alma de Frida se resquebrajó sintiendo el mayor dolor de su vida. Con un inmenso vacío en el corazón le llegó una oferta para dar clases en la Escuela de Pintura y Escultura. No era académica pero enseñó a sus alumnos algo esencial, a despertar sus sentidos percibiendo los colores, la naturaleza, los animales, a seguir su instinto. Un grupo reducido de alumnos llamados “Los Fridos” se convirtieron en famosos pintores.

 

“No era académica pero enseñó a sus alumnos algo esencial, a despertar sus sentidos percibiendo los colores, la naturaleza, los animales, a seguir su instinto. Un grupo reducido de alumnos llamados “Los Fridos” se convirtieron en famosos pintores.”

En los últimos años de su vida estuvo sometida a infinidad de operaciones, en 1.950 le practicaron varias en la columna vertebral. Probó corsés de acero, de yeso y padeció la amputación de la pierna enferma que la condenó permanentemente a una silla de ruedas. En 1.951 pintó un retrato en recuerdo de su padre. Debido a una bronconeumonía Frida Khalo murió en 1.954, después de asistir días antes a una manifestación por Guatemala. En 1.984 su obra se declaró Patrimonio Nacional.

Una de sus habituales frases era, “Nunca he pintado sueños, he pintado siempre mi realidad”

Fuentes consultas. Biografía de Hayden Herrera. Lectura de Linde Salber. La película dirigida por Julie Taymor inspirada en su vida obtuvo seis nominaciones a los Oscar del año 2.002.

El arte surgido del dolor (1ª parte)

 
Montserrat Prieto

Solo soy alguien que nunca dejará de soñar con un mundo mejor. Que hace del aprendizaje una constante de su vida. Amante y defensora de la salud medioambiental, de los Derechos Humanos y de la Justicia. Escritora de cuentos y relatos

El arte surgido del dolor (1ª parte)

La pintora mejicana que se creó a sí misma
Los ágiles dedos se deslizaban por las teclas del piano y una melodía sugestiva, delicada, vibraba llenando los espacios de la casa pintada de azul, allá en Coyoacán, México. Guillermo Khalo se relajaba al final de cada jornada tocando sus partituras musicales favoritas antes de sentarse a la mesa para cenar. Era un hombre sensible a la vez que tenaz. De origen germano-húngaro, Wilhelm Khalo, emigró a México después de fallecer su madre. Transformó su nombre alemán en el de Guillermo. Contrajo matrimonio, tuvo dos hijas y perdió a su esposa en el segundo parto. Después conoció a Matilde Calderón, ferviente católica de ascendencia india y española, con la que se casó. Tuvieron cuatro hijas, siendo la tercera Magdalena Carmen Frida Khalo Calderón, nacida el 6 de julio de 1.907.

En 1.910-1.911 la vida burguesa de los Khalo se vio seriamente afectada a consecuencia de la Revolución Mexicana. Con el tiempo Frida guiada por la reverencia que le inspiraba el levantamiento de los legendarios Emiliano Zapata y Pancho Villa, iniciada el 7 de julio de 1.910, declararía ésta fecha como la de su nacimiento.

 

Frida con sus hermanas

Creció alegremente bajo la amorosa protección de sus hermanas mayores hasta que un día, cuando iba a cumplir seis años, enfermó de poliomielitis. Los esmerados cuidados se intensificaron. Le recomendaron hacer mucho ejercicio. Guillermo le compró una bicicleta y la instó a practicar otros deportes para fortalecerse. Lograron que volviese a caminar pero no pudieron evitar que una pierna fuese más delgada que la otra, ni que la ignorancia alentara a otros niños a aguijonearla con despiadadas burlas al verla pasar: ‘Frida, pata de palo, Frida, pata de palo’.


Se volvió más introvertida. En sus momentos de soledad echaba vaho sobre la vidriera de la ventana y dibujaba una puerta que imaginariamente atravesaba, encontrándose con una réplica de sí misma, aparecía otra Frida más animosa, valiente y alegre, que la comprendía y consolaba. La dedicación, persistencia y ternura de su padre contribuyeron a dotarla de la confianza necesaria. Cuando visitaban los parques se dedicaba a coger insectos o plantas exóticas cercanas a la orilla del río para observarlos en el microscopio de su casa, mientras, Guillermo pintaba sus acuarelas. La curiosidad dirigía sus pasos al estudio fotográfico de su padre donde pasaba horas junto a él. Fascinada por aquel arte aprendió a manejar los pinceles, la cámara, a revelar fotografías e incluso le ayudaba a retocarlas. Sin saberlo sentaba la base para el futuro desarrollo de la artista que llevaba en su interior.

Un ambicioso proyecto educativo comenzó a llevarse a cabo con la llegada de Vasconcelos al gobierno. Frida ya era una adolescente de espíritu inquieto que había desarrollado una belleza singular y se alejaba del patrón que su madre mantenía, comportarse en público de forma recatada, asistir a los oficios, confesarse y realizar trabajos manuales en grupo. Otras madres burguesas comentaban cuando pasaba pedaleando en su bicicleta: ¡Ahí va esa niña fea! Ella tenía otras aspiraciones, simpatizaba con las teorías marxistas y quería estudiar medicina. Su padre la matriculó en la Escuela Nacional Preparatoria. Aprobó un exigente examen y pasó a ser una de las 35 chicas entre los 2.000 muchachos que asistían a la Preparatoria. Formó parte de un grupo de jóvenes revoltosos e irreverentes que se liberaban de toda autoridad, llamados Los “cachuchas” debido a las gorras que usaban. Los profesores que ellos consideraban incompetentes en sus materias se convirtieron en sus víctimas preferidas. Alejandro Gómez Arias lideraba el grupo, se trataba de un joven brillante de aspecto seductor que se hizo novio de Frida.

El famoso pintor mexicano Diego Rivera iba a pintar un mural en la pared del auditorio de su escuela junto a Orozco y Siqueiros, que titularían La creación, encargado por el ministro Vasconcelos. La expectación era máxima.

“El famoso pintor mexicano Diego Rivera iba a pintar un mural en la pared del auditorio de su escuela junto a Orozco y Siqueiros, que titularían La creación,”

Una compañera de Frida cuando vio aparecer a Rivera, un hombre de una altura considerable, de excesiva corpulencia, calzando sus enormes pies en unos gruesos zapatones, vestido con una ropa deslucida, asomando bajo el sombrero texano de anchas alas unos ojos saltones, colgando del raído pantalón una pistola y unas cartucheras, llegó a exclamar entre una mezcla de asombro y decepción: ¿Ese es Diego Rivera? Puede que sea el mejor pintor mexicano pero es un panzón sucio y feísimo. En cambio Frida le pidió permiso para estar presente mientras pintaba el mural. Permaneció sentada durante horas observando el trazo de sus pinceles bajo la atenta y desconfiada mirada de Lupe, la segunda mujer del artista.

“La creación” por Diego Rivera

 

 

 


El 17 de septiembre de 1.925 era un día desapacible, lluvioso. Alejandro y Frida viajaban en un autobús conducido temerariamente por un hombre joven, los pasajeros enojados le recriminaron pero ya era demasiado tarde para evitarlo, aterrados vieron cómo un tranvía se abalanzaba sobre el vehículo derribándolo y haciéndolo volcar sobre sí mismo. El brutal impacto lanzó a Alejandro debajo del tranvía, saliendo milagrosamente ileso. Una barra de metal que hacía de pasamanos se desprendió y se incrustó como una espada en la pelvis de Frida produciéndole múltiples lesiones. Alguien con deseos de ayudar la cogió en brazos y la depositó en la barra de un café cercano, apoyó con fuerza sobre el vientre y tiró de la barra, la sirena de la ambulancia quedó amortiguada por el pavoroso grito que brotó de la garganta de la joven.

Frida pintando postrada en la cama

 Creció alegremente bajo la amorosa protección de sus hermanas mayores hasta que un día, cuando iba a cumplir seis años, enfermó de poliomielitis. Los esmerados cuidados se intensificaron. Le recomendaron hacer mucho ejercicio. Guillermo le compró una bicicleta y la instó a practicar otros deportes para fortalecerse. Lograron que volviese a caminar pero no pudieron evitar que una pierna fuese más delgada que la otra, ni que la ignorancia alentara a otros niños a aguijonearla con despiadadas burlas al verla pasar: ‘Frida, pata de palo, Frida, pata de palo’.

 

La historia parecía repetirse. Estuvo confinada en la cama durante nueve meses. Convencido del talento artístico que poseía, su padre le hizo una especie de atril, le llevó lienzos, pinturas, colocó un espejo en el baldaquino de la cama para facilitarle la visión y diciéndole: “Friducha, tienes una mano libre” la animó a pintar. Así fue como emergió el arte de Frida Khalo. En un ejemplo claro de fuerza y superación, mecida siempre por el amor de su familia, casi un año después, la incipiente artista comenzó a dar nuevamente sus primeros pasos.

Mañana podrán leer la segunda parte, NO TE LA PIERDAS.

Montserrat Prieto

Solo soy alguien que nunca dejará de soñar con un mundo mejor. Que hace del aprendizaje una constante de su vida. Amante y defensora de la salud medioambiental, de los Derechos Humanos y de la Justicia. Escritora de cuentos y relatos

Tu yugular

Las maletas a medio hacer, casi crudas, frías. Algunas motas de polvo se han escondido entre esquinas doblegadas de un rincón olvidado. Tengo miedo de mirar atrás y no querer marchar. Pocos son los aviones con falta de sueño. Valiente reto el querer cambiar el espacio-tiempo. Sólo un golpe que abra una grieta en el reloj podría cambiarlo todo.

Está nerviosa, la he atrapado entre las ventanas correderas sin querer. Golpea hiperactiva los cristales de un prisma que tiñe el cielo de Madrid con puntos suspensivos que hacen que la noche se apresure. Como si quisiera que llegara el momento de la decadencia, de encías rojas apretadas, de sueños despiertos sin bragas a velocidades aceleradas, de baños en hora punta. De risas con prisa. Avisa cuando salgas. Manos ocupadas, dos o tres pulpos en un garaje.

Necesito un paracaídas para una altura de medio metro, se ha hecho el vacío en la calle de San Joaquín y todos están imantados al suelo. Gravedad congelada y ningún amante como en Pompeya.

Sigo esperando la era del deshielo.

Y la catapulta en el trastero. Y la dinamita aguada. El gatillo oxidado y el arma encasquillada. Arco sin diana, Guillermo sin manzana. Burroughs con mala suerte jugando con la muerte.

Nacho Ciencafés

Salmantino en Madrid. La mitad escribiendo. Cambiando la vida a cañonazos, pero siempre desde castillos en el aire.

La sombra de un payaso

Llevo buscando durante todo el día  la inspiración para contarles algo, pero por más que me estrujo mi cabeza lo único que consigo es escribir dos líneas, como ahora, y de pronto, todo se vuelve negro,  nada surge en mi cabeza, sólo la desidia de un fin de semana tirado en el sofá viendo películas sin final para no pensar en nada.

Un buen amigo me dijo un día que la mejor fuente de inspiración es escribir sobre lo que a uno mismo le gustaría leer, saber o conocer. Pero nada, el paisaje de mi cerebro esta yelmo, sin pizca de vida. Sino fuera porque mi tenacidad me hace seguir pensando en algo que escribir, diría que hoy tengo el encefalograma plano.

Pienso en cosas impactantes, en las últimas noticias, en lo más visto y sobre lo que más se habla en las redes sociales. Empiezo a tirar del hilo, pero nada, vuelvo a darme contra ese muro que no me deja ver la vida hoy. Intento tirarlo, pero no puedo.

No quiero caer en el pesimismo e intento dejarlo, cerrar el ordenador esperando a que las musas vuelvan, pero hoy han pasado de mi, quizá porque mi cabeza necesita descansar de esta vida que a veces me cansa, me extenúa por la rapidez con la que suceden las cosas, por la simplicidad con la que todo se juzga, por los radicalismos de moda, por la opinión sin fundamento, porque se pasa de lo blanco a lo negro, sin que, ni siquiera nos percatemos de la enorme cantidad de colores y de matices que hay entre uno y otro.

Me pregunto si vivir tan deprisa beneficia al ser humano, no como individuo, que también, sino como ser sociable. Es tan trepidante la vida que ni siquiera nos percatamos de quienes nos rodean sino es para satisfacer nuestro propio ego, nuestra necesidad social de sentirnos acompañados porque nos da miedo estar solos, escuchar la voz de nuestra conciencia, los latidos de vida, pero sobre todo de amor, de nuestro corazón, de reflexionar si el camino que estamos andando es el correcto porque nos da miedo salir de nuestra zona de confort.

Sigo pensando en que escribir, sin darme cuenta que ya lo estoy haciendo, quizá porque lo que veo no me gusta, y aunque lo estoy plasmando en palabras siento que se borran nada más escribirlas, convirtiéndose lo que quiero que sea una línea argumental  en residuos de palabras sin sentido.

No pretendo juzgar a nadie, ni siquiera a mi mismo, porque si me juzgo quizá no llegue a buen puerto, porque el psicoanálisis no me gusta, porque me cansa sentenciar la vida propia y ajena: porque todo está clasificado, metido en cajas que si las abres quizá en la mayoría de ellas salga el apestoso olor de lo que con el tiempo se pudre.

Al final, empiezo a ver luz. Empiezo a vislumbrar algo en el fondo de mi cabeza, intento precipitarme hacia ella para que no desaparezca, para que no se desvirtúe en la negritud de mi abulia. De repente, como el que llega al final del túnel,  lo que antes era oscuridad absoluta ahora es una intensa luz blanca, radiante, pero que me impide ver con claridad lo que se oculta en el centro de mi pequeño universo.

La precipitación se transforma en una moviola a cámara lenta, una moviola que no es la primera vez que me ofrece la misma imagen, un payaso sentado sobre la lápida rota de una tumba de un cementerio en ruinas. Intento ver sus tristes facciones ocultas bajo la pintura de su maquillaje circense. Me acerco más a él intentando combatir la luz que me deslumbra y cuando estoy a penas a un palmo de su cara la intento tocar sintiendo en la yema de mis dedos el frio del espejo donde se esconde esa imagen.

Feliciano Morales

Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

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