España tiene manchadas las manos de sangre

Al igual que las personas, un país, nación o estado, tiene que responder a unos principios éticos, no en vano su estructura social  está integrada por individuos, de manera que, en gran parte un país es el reflejo de sus ciudadanos, máxime en un estado democrático donde tenemos el poder de votar a los que consideran más dignos de manejar los hilos que hacen posible la convivencia social. El problema viene cuando la degradación social es tan grande que todo lo que se presume que debería ser un buen gobierno se transforma en una charca de sapos y culebras, donde la inmundicia impregna todo lo que toca.

A veces, acudiendo a las relaciones internaciones, comerciales y diplomáticas se justifican actos de difícil justificación desde el ámbito de la catadura moral, aunque se intente acudir a justificaciones de índole humanitaria cuando lo que prevalecen son otro tipo de interés como el económico. Tal es el caso de la venta de armas a países con conflictos bélicos o patrocinadores de los mismos con base en ideologías o creencias religiosas fanáticas, muy propio cuando lo divino es la justificación del mal que se causa como redención necesaria de los infieles.

Otras veces, los conflictos buscan solamente alianzas para hacerse con un determinado territorio a modo de conquista o recobrar el que consideran arrebatado por razones históricas, aunque lo más surrealista hace acto de presencia cuando la actuación es como redentor en busca de la paz a través de la guerra, por aquello de que para construir primero hay que derribar.

Partir del hecho que la guerra es necesaria en determinados momentos como defensa ante un ataque exterior para hacer valer la soberanía de un país y defender a los propios ciudadanos, nos lleva a un conflicto moral a quienes rotundamente rechazamos cualquier conflicto bélico; aunque, siendo conscientes que la perfección cuando el ser  humano está por medio no existe y que el mal está presente en el mundo, evidentemente ante un ataque exterior lo normal  es pensar que éste se repela, aunque no para ello hay que utilizar las mismas reglas del juego, sobre todo en protección de una sociedad civil que es la que termina pagando las consecuencias de cualquier tipo de guerra. De tal manera que entendemos que cualquier conflicto armado debe repelerse dejando paso a la diplomacia y a la intervención de estamentos públicos cuya misión es la de garantizar las buenas relaciones internacionales como valedores de los derechos humanos, como Naciones Unidas.

“Partir del hecho que la guerra es necesaria en determinados momentos como defensa ante un ataque exterior para hacer valer la soberanía de un país y defender a los propios ciudadanos, nos lleva a un conflicto moral a quienes rotundamente rechazamos cualquier conflicto bélico”


¿Puritanismo?, no, nada más lejos si entendemos éste como rigidez y escrupulosidad excesiva en el cumplimiento de determinadas normas de conducta moral pública o privada. En todo caso, si tuviéramos que etiquetar este rechazo absoluto a la guerra su fundamento partiría del humanismo o supervivencia social, de ahí que condenemos cualquier tipo de justificación de la guerra; porque, además del mal causado demuestra la ineptitud de nuestros gobernantes o su excesiva ambición de preponderancia internacional.

Recordemos como una no muy lejos alianza entre EEUU, Reino Unido y España, durante el gobierno de José María Aznar justifico un ataque bélico contra Irak en busca de armas de destrucción máxima, contraviniendo incluso la resolución de la Naciones Unidas de su inexistencia según los observadores internacionales que se trasladaron a la zona, como finalmente ha terminado demostrándose; circunstancia que, como todos sabemos fue la muerte inútil de 92.614 civiles entre 2003 y 2008, según el equipo de Madelyn Hsiao, del King’s College londinense (Reino Unido), en cuyo análisis utilizaron datos de un proyecto no gubernamental (Iraq Body Count) que contabiliza las víctimas de episodios violentos aparecidos en la prensa, contrastándolos con información de hospitales, morgues, estadísticas oficiales y diversas ONGs, lo que hace bastante fidedigna la citada cifra.

En estos momentos España participa únicamente en conflictos armados, según la justificación de nuestros gobernantes por razones humanitarias. Que gran falacia. Nos hacemos garantes de la paz utilizando la guerra o vendiendo armas a países para este menester. Claro, que pensar en la pureza de un país es algo tan utópico como pensar que el poder es innecesario para garantizar el buen funcionamiento de sociedad, salvo que creamos en la Anarquía, donde el estado del individuo debería ser tan avanzado como para hacer posible el autogobierno.

“Que gran falacia. Nos hacemos garantes de la paz utilizando la guerra o vendiendo armas a países para este menester.”

En definitiva, moralmente la guerra no tiene justificación porque con ella se está eliminando el más preciado de los derechos del ser humano como es el derecho a la vida, como tampoco lo tiene la venta de armas de nuestro país a quienes participan de una manera u otra en dichos conflictos, porque haciéndolo se está manchando las manos de sangre. Tal es el caso de la venta de armamento a Arabia Saudí, uno de sus “socios” internacionales, armas que terminan matando a seres inocentes como son los niños.

Según Naciones Unidas, sólo durante 2016 más de 15.500 niños atrapados en conflictos armados fueron víctimas de violaciones de derechos generalizadas, incluidos asesinatos y mutilaciones, reclutamiento y negación del acceso humanitario.

En los últimos años, España se ha convertido en uno de los mayores exportadores de armas del mundo, cuando la respuesta debería ser por el contrario el incrementar la ayuda y asistencia a los niños atrapados en conflictos armados, las víctimas más inocentes, como en el caso de Yemen donde se enfrentan Arabia Saudita e Irán, con más de 4.000 niños asesinados  o que han resultado heridos desde que empezó el conflicto en marzo de 2015. Lo que demuestra que la catadura moral de quienes gobiernan ni siquiera está a un nivel aceptable, máxime cuando se les llena la boca de estar preocupados y de participar en la defensa de los derechos humanos en otras partes del planeta, lo cual es cierto, pero no por ello quedan redimidos de ser cómplices de las muertes de civiles, entre ellos niños, en otras partes del mundo, con la consiguiente correponsabilidad de todos nosotros que no hacemos lo suficiente para rechazar con energía cualquier tipo de conflicto bélico.

Campaña de recogida de firmas de Save the Children España contra la venta de armas de nuestro país. Si quieres participar haz clic aquí

Olga Sánchez Rodrigo

Busco la verdad para contársela al mundo. No creo en la neutralidad del periodista, casi siempre es de quien le paga. Por el contrario, SÍ CREO y APOYO al periodismo ciudadano, el hecho por gente de la calle, gente que cuenta lo que le pasa.

El Papa, ¿hombre bueno o malo?

 

Hace algunos días discutía con un amigo acerca de la existencia de Dios, del bien y del mal, de la propia existencia del ser humano. Claro, este amigo es totalmente ateo, o al menos eso aparenta.

Continuando con el relato…, este amigo ateo tiene un apego muy singular a ese dicho que dice algo así como: “vamos a vivir bien que son tres o cuatro días”, es decir, de disfrutar el aquí y ahora, como si no existiese futuro, de los placeres de la vida. Claro, este amigo todavía es joven, pero no le falta razón, salvo que tenga por diosa a una moto, pero también lo entiendo, a veces es mejor una moto que un mal amigo.

Bueno…, acordándome de esa conversación y del esfuerzo que tuve que hacer para no aparentar un “carca”, tengo que decir que mi posición en ese momento fue una posición agnóstica1 y punto, igual que ahora.

No niego la existencia de Dios2, y hoy escribo ese “DIOS” con mayúsculas porque no le pongo o hago lo hasta lo imposible por no ponerle una cara determinada, una imagen religiosa, para que se me entienda. Creo en un Dios que es energía, en un Dios creador del universo, un arquitecto superior, pero no como nos lo pintan en las iglesias, de  ese hombre con barba blanca y un triángulo encima de su cabeza que en siete días creó todo;  lo cual no deja de ser un simbolismo de un inicio del todo desde el nada. Yo me refiero a Él como energía cósmica en el sentido que algunos científicos como Stephen Hawking, explica del origen del universo en sus diferentes teorías.

Y…, ¿porque Hawking y no lo que dice la iglesia sobre Dios?. Por cierto mi iglesia de nacimiento es la católica. En cuanto a la pregunta, creo que no hay que elegir sino mezclar, y de esa mezcla quedarse con lo que más nos satisfaga, eso sí con la coherencia que esa satisfacción exige. Me explico, aunque el católico, creyente y practicante exige el cumplimiento de una reglas y la creencia de unos dogmas, aporta la satisfacción de que existe un Ser Benevolente que en la muerte nos va predornar todos nuestros pecados y errores, y recoger en sus brazos, viviendo a su lado la vida eterna. Sin embargo en mi caso no me aporta satisfacción alguna porque mi única aportación al universo es la energía en la que me transformaré cuando me muera.

Centrándome aún más en el tema, mi posición agnóstica es destacable en el hecho de que nada me posiciona ideológicamente, por decirlo de alguna manera a la figura del Papa y de la Iglesia católica, de manera que si tengo que posicionarme respecto a su lider acerca de si es un hombre bueno u hombre malo, indudablemente mi respuesta sería la de un hombre bueno y, con ello no juzgo su trayectoria o viaje por esta vida que le precede, por dos razones, una porque no he indagado sobre la vida de Jorge Bergoglio antes de ser Papa y, segundo, porque no soy quien para juzgar a nadie en el sentido de atribuirle una condena a una conducta negativa determinada una condena que, simplemente, puede consistir en el desprestigio. Y, digo bueno, porque me lo parece, simplemente, y porque lo ha demostrado a lo largo de su pontificado, pero sobre todo por haberse puesto a levantar las alfombras de una institución de 2000 años de existencia, que por ser llevada por hombres, forzosamente ya no es infalible y, por lo tanto tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, como todos.

” si tengo que posicionarme respecto al líder de la Iglesia, ¿hombre bueno u hombre malo?, indudablemente seria un hombre bueno y, con ello no juzgo su trayectoria o viaje por esta vida que le precede”

Creo, además, que es un hombre valiente porque la limpieza que ha iniciado incomoda a un sector dentro del vaticano, vamos a llamarlo, más conservador, con mucha fuerza debido a un amplio sector entre los fieles que les apoyan.

Que no es un hombre perfecto, que no es un dios en la tierra, pues claro que no. Hasta si se lo preguntan a él creo que respondería en este mismo sentido, no sólo por humildad, que en este caso no es el hombre de un simple golpeo en el pecho con la mano derecha, sino por su gran conocimiento del ser humano como jesuita que es.

Parece que el ser progresista en nuestro días es cumplir y defender una serie de dogmas que, ademas, debes creer a pies juntillas, como ser feminista, gay, lesbiana, o  apoyarlos  hasta casi pensar o sentir como ellos; ateo, anarquista, anti-sistema, radical, animalista y otra serie de tópicos y típicos comportamientos, forma de vida, creencias que aunque es cierto son propios de personas con una mentalidad abierta, no tienes porque compartir necesariamente en toda su extensión, porque si algo lleva implícita esta condición de progresista debería ser la de ser libre-pensador y tremendamente respetuoso con las opiniones contrarias.

“… así debes ser feminista, gay, lesbiana, o  apoyarlos  hasta casi pensar  o sentir como ellos; ateo, anarquista, anti-sistema, radical, animalista y otra serie de tópicos y típicos comportamientos”

Así pues, dentro de ese progresismo mal entendido, otro dogma o pauta a seguir es presumir -no todos -, y este no es el caso de mi amigo-, de cierto ateísmo en una posición claramente anticlerical, por varias razones, pero sobre todo por la fuerza opresora que ha ejercido a la largo de su historia, muchas veces muy unida al poder del Estado, como ha sucedido en la historia reciente de nuestro país.

No me gustan las religiones porque no me gustan los dogmas. Sólo me importa el humanismo y por lo tanto el lado humanista de la Iglesia de la que estamos hablando lo tiene. Por supuesto que debería ser más amplio, a pesar de su boato, ritos y viejas tradiciones, que a mi no me importan, aunque es cierto que podría utilizar sus tesoros para atemperar la plaga de pobreza en muchos de los países del sur del planeta, aunque aquí tendríamos en contra la propia conservación  del patrimonio histórico artístico de sus bienes y otras labores sociales que hacen.

No le demos más vueltas, la Iglesia tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, como buenos y malos son sus servidores, estando entre los malos los pederasta que cada día son más y que se autodenominan siervos de Dios para cometer sus ignominiosos actos. Igualmente, el Papa tiene sus cosas buenas y malas.  Pero perdonen los “progresistas” -las comillas son intencionadas para diferenciarlos de los que realmente lo son-, no voy a sacar mi odio visceral y escupir la hiel que circula por mis venas contra todo lo que huela a Iglesia, y menos públicamente, porque, no tengo odio ni hiel en las venas y en segundo lugar porque juzgar a la Iglesia es juzgar a los seres humanos que la dirigen, aunque entiendo, a veces, la misantropía de algunos de mis amigos y amigas,  y también el anticlericalismo, y no es para menos.

1, adjetivo/nombre masculino y femenino

[persona] Que, sin negar la existencia de Dios, considera inaccesible para el entendimiento humano la noción de lo absoluto y, especialmente, de Dios.

“ser agnóstico depende de un razonamiento intelectual; lo que el

2, En las religiones politeístas, ser sobrenatural al que se rinde culto; tiene poder sobre un ámbito concreto de la realidad y sobre el destino de los humanos.

Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

La reconstrucción del planeta

 

Dijo Albert Einstein que: “No se como será la tercera guerra mundial, sólo se que la cuarta será con piedras y lanzas”, y es que, está claro que el orbe nunca ha estado más en peligro que ahora, donde las cabezas nucleares de los misiles que las grandes potencias mundiales poseen están más calientes que nunca. No se trata de una actitud derrotista y mucho  menos alarmista, sino  una simple constatación de los hechos, con líderes al  frente de aquellas cada vez más exaltados, por una parte en respuesta a los conflictos bélicos existente en oriente medio con polarización en el control del mundo y de las reservas de petróleo y otras materias primas entre EEUU y Rusia, sobre todo con un Donald Trump cuya actitud bélica es más que manifiesta.

 

A lo anterior hay que añadir otra serie de conflictos que afectan a casi todos los países del mundo y más directamente a los ciudadanos, tales como el terrorismo, el narcotráfico, la inmigración ilegal, el hambre, el subdesarrollo, la contaminación y el consiguiente calentamiento global del planeta, que hacen que las bases del sistema capitalista se tambaleen, con una super población cada vez más exaltada por la indignación de la pésima gestión de quienes manejan los hilos del poder.

En definitiva, vivimos en un mundo enfermo física y mentalmente grave, donde la esquizofrenia hace que nos movamos entre ideologías antagónicas y radicalizadas en muchos casos, pasando de unas a otras según el movimiento del viento o los intereses del momento. Enarbolamos la bandera de la paz pero no dudamos en machacar a nuestro adversario político llegado el caso, en vez de buscar consensos que nos beneficien a todos, luchamos por los intereses de los animales o contra su maltrato pero no dudamos en comer carne, defendemos la igualdad de la mujer pero en nuestro ámbito privado dejamos que sean ellas las que lleven la carga del hogar y de los hijos, además de trabajar fuera de casa como si de superwomen se tratase, eso sin contar con los movimientos feministas para los que el hombre es un fiero enemigo sin evolucionar en línea directa con el  Hombre de Cromañón y, a veces, no es para menos.

Un simple botón lo controla todo, el mundo, lo creamos o no, está pendiente de un hilo cada vez más fino y todo por dos causas, la primera del aguante de sus habitantes frente a un poder global donde el dinero lo controla todo y la  avaricia de quienes lo tienen sin dejar lugar al bienestar de los peor tratados por el sistema y, la segunda, la incapacidad de nuestros representantes de llegar a acuerdos que equilibren la balanza entre países y personas ricas y pobres, reflejo propio de comportamiento humano que siempre busca quedar por encima de los demás, en una actitud soberbia y de dominio o control de los demás.

Nos enfrentamos, por tanto, a dos posibilidades ante tan grave situación, una la de levantar el pie del acelerador que hace que el mundo esté girando a una  velocidad vertiginosa incapaz de controlar o bien prepararnos para hacer frente a lo que se nos avecina, un planeta en vías de destrucción. En ambos casos la respuesta final será la reconstrucción. La reconstrucción de un sistema de valores que se transformen en reglas de obligado cumplimiento por aquello de que la norma sin espada no es más que palabra,  o la reconstrucción en el sentido al que nos lleva las palabras del Albert Einstein en principio citadas, a la reconstrucción de un planeta totalmente destruido, en el que quizá durante muchos años no quedará un resquicio para la vida.

“Nos enfrentamos, por tanto, a dos posibilidades ante tan grave situación, una la de levantar el pie del acelerador que hace que el mundo esté girando a una  velocidad vertiginosa incapaz de controlar o bien prepararnos para hacer frente a lo que se nos avecina, un planeta en vías de destrucción”


Ante esta descripción de los hechos lo normal es que todos entremos en el desánimo y en la resignación, pues entendemos que en nuestra minúscula existencia en comparación con el orbe y de las fuerzas que lo controlan poco podemos hacer. Sin embargo, las cosas no son así, todos y cada uno de nosotros aunque nos parezca mentira tenemos mas fuerza de la que nos pensamos, fuerza que si la unimos a la de nuestros semejantes puede desembocar un poder enorme.

No se trata de reventar o destruir el sistema como algunos dicen y hacer otro nuevo, no. De lo que se trata es de cambiar nosotros mismos para que nuestro entorno sea diferente, dicho de otra manera, adoptando una actitud diferente frente a lo que sucede en nuestro círculo social más inmediato, saliendo de la burbuja que todos nos hemos creado a nuestro alrededor para defendernos de los ataques externos, fomentando cada vez más una individualidad que hace que este planeta cada día se fracture más.

 

“De lo que se trata es de cambiar nosotros mismos para que nuestro entorno sea diferente, dicho de otra manera, adoptando una actitud diferente frente a lo que sucede en nuestro círculo social más inmediato, saliendo de la burbuja que todos nos hemos creado”


Si nosotros cambiamos hacia actitudes más generosas frente a los demás, más solidarias y con el único fin de hacer un mundo mejor, contagiaremos a quienes estén a nuestro alrededor. Se trata de adoptar una posición más activa frente a los problemas que nos afectan a todos, pero siempre con la predisposición de buscar soluciones que beneficien a la generalidad y no a unos pocos, no desde ideologías transnochadas  y manipuladoras sino desde ideas que sirvan para transformar el mundo, para su reconstrucción moral, porque mientras no gire sobre el eje del interés común o general no habrá nada que hacer e inevitablemente llegaremos a la destrucción total, quizá sin retorno. Si nosotros cambiamos indudablemente también cambiarán nuestros representantes, porque ellos están hechos de la misma pasta que el resto, pero, además, porque de nosotros dependerá su elección y su sustento en el ejercicio del poder.

Sí, es necesaria una revolución, pero una revolución de ideas, de principios, hacia dentro del ser humano. No hace falta sangre, ni voces, ni imposición de ideologías. Se trata de una revolución en silencio de la que tú ya puedes formar parte. Y, si no estás dispuesto o dispuesta a hacer nada, por lo menos cállate, porque tu ruido ya empieza a molestar.

 

Licenciado en Derecho. Técnico Superior en Telecomunicaciones. Asesor jurídico de Administración Pública. Administrador Plazabierta.com. Escéptico por naturaleza y soñador de vez en cuando.

Hipocresía e inmigración

Dice Pablo Casado que “No es posible que España pueda absorber a millones de africanos, y lamentablemente tengo que darle la razón habida cuenta que para hacer caridad primero tenemos que tener satisfechas las demandas de nuestra sociedad que, desgraciadamente son muchas y algunas de ellas tan urgentes que de ello depende el bienestar de muchas familias españolas. Tampoco se trata de que demos las sobras porque en el momento actual tampoco sobra tanto. Ahora bien, debemos preguntar al Sr. Casado que ha hecho su partido por los emigrantes aparte de poner alambres con concertinas para parar las avalanchas que en determinados momentos se producen en la frontera con el continente africano, cosa que también hizo el PSOE, o someter a los que han logrado su entrada a un absurdo examen de españolismo.

También estoy de acuerdo que el problema de la inmigración es un problema global o al menos europeo en cuanto que es éste el continente especialmente afectado, a lo que el gobierno del PP y también el del PSOE ha contribuido bastante poco para buscar soluciones, sólo parches puntuales que no arreglan una situación de la que especialmente somos responsables todos los países que vivimos sumidos en un sistema capitalista donde lo que impera es el poder del dinero y el bienestar de unos pocos, los más ricos, creando  desigualdades con determinadas zonas del planeta, lo que al final se traduce no sólo en la necesidad de que sus habitantes tengan que buscarse la vida en zonas más prosperas para poder subsistir. Países por otra parte, ricos muchos en materia primas, también explotados por el capital extranjero

Ningún argumento puede justificar el dejar morir a personas por la simple cuestión de haber nacido en el lugar menos adecuado para garantizar su subsistencia, pero tampoco es suficiente el argumento de permitir que todos los emigrantes procedentes de tales lugares se establezcan en nuestro país y, menos que se produzca un rechazo xenófobo donde la violencia es la única respuesta; de la misma manera que tampoco es admisible que la entrada se produzca de forma violenta, aunque comprensible cuando de lo que se trata es la opción de seguir viviendo o mal viviendo, o ¿acaso alguno de ustedes no defenderían con uñas y dientes su propia vida y la de su familia?.

La emergencia humanitaria exige respuestas inmediatas, respuestas o soluciones a largo plazo, donde la parte más débil, en este caso quienes huyen en muchas ocasiones de una muerte segura, no dejarles morir en las pateras o en las precarias embarcaciones que intentan llegar a nuestras costas o impidiendo el atraque en nuestros puertos de aquellas pertenecientes a ONG´s cuyo único fin es contribuir a aminorar las muertes por esta circunstancia. Cualquier país debería estar obligado internacionalmente a prestar el auxilio necesario a quien lo necesita, pero de la misma manera internacionalmente debe financiarse la acción de protección civil prestada.

 

“Cualquier país debería estar obligado internacionalmente a prestar el auxilio necesario a quien lo necesita, pero de la misma manera internacionalmente debe financiarse la acción de protección civil prestada.”

La cuestión, realmente se complica, cuando intentamos dar respuesta a la pregunta de qué hacer cuando las personas que han llegado a nuestras fronteras logrando la entrada en el país se han recuperado después de la adecuada asistencia sanitaria que les hemos prestado: ¿las devolvemos a su país sabiendo que de nuevo volverán a intentar huir de las condiciones paupérrimas en las que viven o de los conflictos bélicos en los que en los que están sumidos sus países?, ¿las acogemos aún sabiendo que no estamos en condiciones de recibir a tanta gente?.

Sería muy fácil recurrir al argumento o sentimiento de la solidaridad y la caridad que a la gente de bien nos puede aflorar ante estas situaciones, pero no se trata solamente de tener buenos sentimientos, se trata de humanismo, un humanismo que deben asumir todos los países, primero intentando solucionar las desigualdades económicas en el planeta, pero, también, colaborando con los países receptores por proximidad a los países de procedencia, primero con la financiación necesaria para una adecuada asistencia sanitaria y social y, por otra parte, siendo conscientes todos, y con ello me refiero a los ciudadanos de a pie, de que estamos ante un problema que no se puede solucionar echando a la gente y menos aún demonizándolos por ser de otro color o de otra raza.

El orbe esta en peligro, un peligro que afecta a todos y no solamente a los que huyen de sus países, quizá mañana seamos nosotros los que tengamos que emigrar, quién sabe, situación que todos en cierto modo hemos tolerado y que seguimos tolerando por pensar que la política no tiene que ver nada con nosotros. Basta ya de buenismos como el de Pedro Sánchez, que no digo que no sea oportuno ante situaciones de emergencia humanitaria, puesto que algo hay que hacer, pero no sólo para colocarnos medallas y menos aún para crear confrontación como hacen determiandos partidos de la derecha española.

 

Olga Sánchez Rodrigo

Busco la verdad para contársela al mundo. No creo en la neutralidad del periodista, casi siempre es de quien le paga. Por el contrario, SÍ CREO y APOYO al periodismo ciudadano, el hecho por gente de la calle, gente que cuenta lo que le pasa.

Nosotros, vosotros y ellos

Hay episodios, como el de la inmigración, que desempolvan los viejos fantasmas arrinconados en el fondo del armario de la conciencia, pero nunca que nunca han sido superados ni olvidados. La habitual, y deleznable, corrección política va logrando que nadie se exprese libremente por temor a ser calificado como apestado social. Y curiosamente esto se hace en muchos casos en nombre de una libertad que solo entienden los que se consideran con derecho a dar certificados de libertad o corrección de pensamiento a los demás.

Pero no trataban mis palabras de hablar sobre la libertad, concepto escurridizo y excesivamente interpretable según el gusto de quién lo menciona, que también. Mi interés era hablar sobre los fantasmas que saca a la luz un episodio como el del barco llegado a Valencia con su, carga me parece deleznable, pasaje de personas en necesidad.

Partamos de que tan loable es la actitud del gobierno español como inhumana es la del italiano. Así, de entrada. Pero de entrada el cambio de luz entre el exterior y el interior suele producir una necesidad de adaptación para apreciar las formas correctamente. A veces eso sucede también con los hechos. Necesitan de análisis y perspectiva para apreciar todos los matices.

Eso no significa que justifique el comportamiento de los italianos, pero tampoco que aplauda ciegamente el español. El gobierno italiano tiró del populismo más rancio y deleznable para denunciar una situación por la que se ve superado. El gobierno español tiró, en unas circunstancias en la que su decisión le era popularmente favorable, del populismo más buenista para ofrecer una solución a pesar de que la presión inmigratoria, en muchos casos orquestada con fines políticos por nuestros vecinos, puede ser tan insoportable como la que soportan otros países limítrofes.

Pero una vez comentada la posición política, la calle comenta, se posiciona y quiere hacerse oír. Y quieren hacerse oír la parte de la calle que encuentra solo problemas y aquella otra parte a la que todo le parece bien. Y, como siempre sucede, ninguna de ambas partes es capaz de detentar la razón absoluta, y ambas partes tienen su cachito de razón. Nada nuevo.

Todas las posiciones tienen su parte de verdad y su parte de irracionalidad. Todas, excepto las que parten de un odio irracional, o de un irracional estado nirvánico, deben de ser tenidas en cuenta, escuchadas, contestadas y, en la medida de lo posible, satisfechas. Tal vez, como casi siempre, es la desinformación a la que se somete a la población la mayor causante de este prejuicio. Contra la mentira información veraz y contrastable.

 

“Tal vez, como casi siempre, es la desinformación a la que se somete a la población la mayor causante de este prejuicio. Contra la mentira información veraz y contrastable.”

Argumentario negativo: No hay dinero para acoger a tanta gente, quitan el trabajo y los recursos a los nacionales, son delincuentes, forman guetos, no se integran, intentan cambiar las costumbres e imponer las suyas, pueden ser terroristas, se les dan unos privilegios superiores a los que obtienen los nacionales.


Argumentario idílico: El mundo sería mejor sin fronteras, son personas que huyen del hambre y de la guerra, rechazarlos es una actitud xenófoba y todo lo que se diga en su contra es racismo, los países más ricos tienen la obligación absoluta de acogerlos.

Puede que me olvide alguna, en ambos grupos, aunque creo que están los principales argumentos. Pero empecemos a analizar.

No hay dinero para acoger a tanta gente. Es cierto. España es un país con una economía limitada, con una capacidad de generar trabajo poco flexible debido a su enfoque económico y a las leyes tremendamente lesivas con la iniciativa privada, sobre todo con la pequeña iniciativa privada. Pero siendo cierto también lo es que la mayoría de los inmigrantes solo están de paso, que la mayoría o son devueltos a sus países o buscan las economías más fuertes en el centro de Europa. Cierto, algunos se quedan, algunos reciben subvenciones y ayudas. También es verdad que esas subvenciones y ayudas son más visibles cuando son puestas en cuestión, pero, a falta de información veraz, creo que es injusto confundir visibilidad con privilegio.

Quitan el trabajo y los recursos a los nacionales. Si, esto es cierto, pero con matices. Ocupan puestos de trabajo. ¿Pero que sería de nuestros mayores y de nuestros hijos si no tuviéramos inmigrantes que desempeñaran esas labores que ya pocos españoles quieren desempeñar, y que los pocos que quieren ofertan a unos precios inasequibles? ¿De dónde obtendríamos esa mano de obra no cualificada que demanda nuestra sociedad llena de licenciados, doctorados y masters, reales o ficticios, que olvida las necesidades básicas? ¿Cuántos puestos de responsabilidad, cuantas empresas, chinos aparte, son de inmigrantes? De inmigrantes de necesidad, se entiende. Por no hablar de nuestro campo despoblado, de nuestra agricultura y nuestra ganadería ya casi inexistentes, de esa España rural que busca habitantes con desesperación e incentivos para no desaparecer. Y, ya puestos ¿Quién va a contribuir con el estado para que podamos cobrar nuestras pensiones en el futuro? ¿Los ya casi inexistentes nativos o los inmigrantes y sus hijos integrados en una sociedad  tan decadente que no se preocupa de su futuro?

Son delincuentes. Si, e ingenieros y literatos y padres de familia que se niegan a ver morir a sus hijos de hambre, reclutados por el señor de la guerra local o simplemente reos de faltas de oportunidad por nacer en un rincón del mundo despojado de sus bienes y derechos. Entre tanta gente, entre tantos hombres, mujeres y niños, ¿la proporción de delincuentes y personas normales es diferente a la de otros grupos humanos? No, otra cosa diferente es que muchos de ellos acaben delinquiendo por falta de integración, de oportunidades o por la presión del ambiente cerrado en el que acaban moviéndose. Desgraciadamente los inmigrantes delincuentes, al menos los más peligrosos, los más letales, no vienen en patera, vienen en avión y pertenecen a mafias internacionales. Pero a esos no los cuestionamos. A esos no les llamamos inmigrantes ni nos oponemos a que se queden con las grandes y lujosas casas de nuestras costas y ciudades o encarezcan y perviertan todo lo que está en su entorno.

Forman guetos. Claro. Como todos aquellos que llegan a un lugar en el que son extraños. Buscan a los iguales para que su vida sea un poco menos dura. Y más si los que los reciben tampoco están muy por la labor de integrarlos porque desconfían de sus intenciones, de sus motivos y de su presencia. Yo también lo haría. Yo también lo he hecho.

No se integran. Y este sí es un problema, porque los hay que no logran integrarse y otros que tienen a gala no intentarlo. La integración es difícil. Aceptar costumbres ajenas, idioma desconocido, leyes que son extrañas. Solemos ser poco tolerantes con lo que no son como nosotros. Solemos ser, incluso, agresivos, poco permisivos. Pero también es verdad que deberíamos ser inflexibles respecto a aquellos que llegan intentando imponer lo suyo sobre lo que ya existe. El equilibrio entre la tolerancia y la defensa de lo existente es uno de los frentes en los que más daño se hace. A veces, interesadamente, hay personajes públicos, cargos públicos, que utilizan la tolerancia hacia lo ajeno como argumento a sus personales cruzadas contra lo existente. Normalmente estas actitudes lo único que consiguen es un rechazo que acaba siendo utilizado por los populistas de signo contrario para promover la xenofobia entre personas que lo único que quieren es preservar lo que siempre han, hemos, vivido. El conflicto de promover conductas anti católicas con el argumento del estado laico, cayendo en posturas laicistas es bastante habitual entre una izquierda desnortada y que exaspera a una mayoría de la población.

Intentan cambiar las costumbres e imponer las suyas. Creo que en el punto anterior se podría integrar este. El problema, el daño, es comprobar que esta presión, partiendo de algunos inmigrantes, que son minoría, anclados en posiciones intolerantes respecto a las costumbres en sus países de acogida son utilizados, sin escrúpulo alguno, por políticos para sus propios y, no confesados, fines, provocando, sin reparar o sin importarles un ardite, un rechazo que promueve el racismo en personas hasta ese momento ajenas a tal sentimiento. Tal vez en estos casos, en una sociedad que funcionara correctamente, debería de invitarse al recalcitrante a volver a su país de origen y al sinvergüenza que lo utiliza al ostracismo político.

Son terroristas. Es difícil argumentar contra esta afirmación. Es complicado desmontar un argumento que no tiene ningún sustento aparente. Se refiere a inmigrantes musulmanes integristas, que los habrá, no digo que no, pero que viendo las cifras de atentados en Europa, el número de participantes en ellos, y comparada esa cifra con la de inmigrantes que entran en un día en uno de los países europeos ¿Dónde está el argumento? Viendo esas caras de esperanza de niños, de hombres y de mujeres ¿Dónde está el odio fanático necesario para matar? De los terroristas identificados ¿Cuántos eran inmigrantes directos y cuantos eran segunda o tercera generación? Efectivamente, los terroristas se forman en nuestros países, aprenden a odiarnos viviendo entre nosotros, abandonados a una educación en la que los estados se inhiben más interesados en la falsa tolerancia que en el futuro e integración real de esos ya ciudadanos, cuando no utilizados como amenaza que permite ciertas actitudes de control y recorte de derechos, que de todo hay. En todo caso es trabajo de los sistemas de seguridad llegado el momento separar la paja del heno, y precisamente por ello es mucho más conveniente rescatar y acoger, que permitir el acceso incontrolado.

Privilegios. Tal vez en este tema es donde más se eche en falta la absoluta falta de transparencia y la absoluta falta de credibilidad de nuestros políticos. ¿A que tiene derecho un inmigrante ilegal? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Cuál es su destino final? ¿Cuántos eluden los controles? ¿Cuántos acaban trabajando ilegalmente por falta de oportunidades de regularización? Todo se difumina tras una postura que según la ideología del informante engaña en un sentido o en otro. Yo estoy convencido de que la mayoría de los casos se ajustan a límites razonables. Tan seguro como seguro estoy que hay abusos, aunque suponga que son menos. Este argumento, tan dañino, tan difundido, tan utilizado, solo puede desmontarse con números reales, con números al margen de ideologías.

En definitiva, a alguien que ha sido inmigrante, como es mi caso, aunque haya sido interior, le cuesta reconocer los argumentos xenófobos que, sin quitarles la parte de razón que puedan tener, se llevan a unos límites donde la injusticia y la sinrazón son evidentes. En este mundo en general, y en este país en particular, casi todos somos, directamente o por descendencia, de un lugar diferente al que inicialmente nos habría correspondido. Parece que olvidamos con cierta facilidad los barcos rebosantes camino de Sudamérica, los trenes de la vendimia hacia Francia o los de contratados hacia Alemania. El goteo incesante de familias hacia las grandes ciudades. Yo recuerdo aquella Galicia en la que los peones camineros eran mujeres, el campo lo trabajaban las mujeres y la industria más tradicional era empleo de mujeres porque los hombres estaban buscando el sustento en otros lugares. Yo también recuerdo vivir en un gueto cultural entre originarios de la misma zona. Yo también recuerdo ser recibido con mofa y tópicos por proceder de una región diferente. Yo también, y la mayoría de los que me leen, soy inmigrante.

“En definitiva, a alguien que ha sido inmigrante, como es mi caso, aunque haya sido interior, le cuesta reconocer los argumentos xenófobos que, sin quitarles la parte de razón que puedan tener, se llevan a unos límites donde la injusticia y la sinrazón son evidentes.”

Analicemos ahora los argumentos de signo y sentimiento contrarios. Los de aquellos a los que todo les vale con tal de demostrar su superioridad moral y su buenismo contumaz.

El mundo sería mejor sin fronteras. Claro, por supuesto, pero el problema es que existen y que obedecen a una realidad legal que hemos aceptado. Cambiemos las leyes y deroguemos esas líneas imaginarias, cuando no recalcadas por un muro o una alambrada, y permitamos la libre circulación de bienes y personas. Pero teniendo claro cuáles son las consecuencias, cual es el precio de un mundo idílico que no ha preparado a sus habitantes para disfrutarlo y sí para pelear por su dominio. No solo podrían entrar libremente las personas de bien, sería imposible la seguridad colectiva, sería complicada la cobertura social porque los estados, las naciones, las regiones se desvanecerían por falta de límites en los que aplicar su influencia, y por tanto volverían el predominio del que fuera capaz de ejercer más fuerza en detrimento de la sustentación de derechos por falta de garantes. A veces hablar es hablar por hablar.

Son personas que huyen del hambre y de la guerra. La mayoría, la inmensa mayoría, pero entre ellos habrá personas que buscan mejores lugares donde ejercer sus habilidades delicuenciales, incluso habrá personas que hayan venido con su mejor voluntad y a las que la falta de oportunidades para progresar, o su menor habilidad para integrarse, o la misma presión de su entorno y su necesidad acaben por empujarlos hacia la parte más oscura de la inmigración frustrante, a la marginación, a la necesidad y a la delincuencia. La falta de respuesta firme por parte de la sociedad, la incapacidad flagrante de reaccionar de forma rápida y contundente para erradicar el problema, la percepción por parte de algunos  de que ser inmigrante es una situación equivalente a estar dispensado de obligaciones y convertirse en una suerte de mártires sociales, lleva al resto de la sociedad a rearmarse contra ellos y a que se generen actitudes de rechazo.

Racismo y xenofobia. Estas palabras se han convertido en una especia de banderín de enganche, de latiguillo dialéctico, de muletilla argumental, para evitar entrar al fondo de los problemas que se denuncian. Si consideras que la inmigración crea problemas, que no puede acogerse ilimitadamente, que hay que ser tan inflexible en el cumplimiento de las leyes con los que vienen como con los que están, es que eres un racista, un xenófobo. Si consideras que antes de ayudar a los que vienen convendría asegurar un futuro a los que nacieron aquí es que eres un xenófobo. Si apuntas a que hay que ser intolerante con aquellos que aprovechan su acogimiento para difundir su intolerancia eres un xenófobo, o un facha. Si consideras que ciertos colectivos tienen un problema de comportamiento emanado de sus costumbres originales que es incompatible con la sociedad que los acoge, maras, integrismo, delincuencia organizada, mafias, y debe de ser prevenido y tratado con rigor y agilidad eres un racista. Si tienes cualquier discrepancia o postura crítica hacia cualquier comportamiento o actitud de los acogidos eres automáticamente tildado de racista, de xenófobo, de facha, por una parte instalada en la exquisitez moral, en la superioridad ética, en la por nadie otorgada potestad de otorgar títulos de lo que se puede, o no, decir, hacer o pensar. El gran problema es que son ellos los que hacen por la xenofobia, por el racismo, más que todos los inmigrantes de la historia. No hay nada que fortalezca más el racismo que la falta de rigor y de crítica. No hay nada más negativo que el exceso de positivismo.

Los países ricos tienen la obligación de acogerlos. Moralmente sí. Humanitariamente hablando, claro. Pero el gran problema es que todo continente tiene una capacidad máxima de contenido. Los recursos son limitados, las estructuras son limitadas, las capacidades son limitadas, y ante una respuesta limitada, no por la voluntad, sino por la realidad, la exigencia no puede ser ilimitada. En terminología popular existe la gota que hace rebosar el vaso, tal vez el gran problema sea despojar al problema de ideologías y tasar correctamente la capacidad real del vaso. Pero esta solución siempre será políticamente incorrecta mientras los inmigrantes sean, digan lo que digan, un arma arrojadiza que utilizar que utilizar ideológicamente sin tener en cuenta a los seres humanos que despojados de identidad por el fenómeno masivo al que pertenecen sufren y mueren cada día.

Me gustaría hacer ahora una reflexión que resumiera todo lo antedicho. No soy capaz.  Solo sé, con  tal firmeza que me produce rabia, que cada muerto es un muerto innecesario, una víctima del enriquecimiento inmoral de alguien, un reo de una partida mundial en la que los jugadores ignoran sistemáticamente las muertes que provocan, una excusa inexcusable para que los buenistas demuestren con descaro su inmoral superioridad moral.

“Solo sé, con  tal firmeza que me produce rabia, que cada muerto es un muerto innecesario, una víctima del enriquecimiento inmoral de alguien, un reo de una partida mundial en la que los jugadores ignoran sistemáticamente las muertes que provocan



Solo sé, y a veces me cuesta, que cada uno de ellos ha nacido, ha sufrido y, muchas veces, muere sin nada que me lo justifique. Que cada uno ha dado y recibido amor de su entorno, que cada uno de ellos tiene derecho a vivir dignamente. Cada uno de ellos, uno a uno, aunque sean tantos.

Rafael López Villar

Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.