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Rafael López Villar
Historias escritas por RafaelVillar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

A beneficio de los huérfanos y los pobres de la sociedad

Hay días, desgraciadamente muchos, en que viendo lo que me rodea me pregunto hasta donde va a llegar  la miseria moral de la sociedad en la que convivo. Hasta donde podremos alargar esta decadencia muelle e insana, este retorcimiento culpable de los valores que nos traemos de un tiempo a esta parte y que me lleva, a pesar de mis esfuerzos, a aborrecer por igual a personas e instituciones, obras y dejaciones.

No puedo concebir con qué criterio esta sociedad, sus miembros, creen haber descubierto una suerte de fuente de la eterna juventud, pero solo para ellos, solo para aquellos que creen, posiblemente yo también tuve mis momentos, que los viejos ya nacen así y con la única misión de entorpecer, de fastidiar, de impedir la natural evolución de la juventud.

No he empezado estas palabras con el propósito de hacer una análisis de edades, ni siquiera con el de reivindicar papeles, pero permítaseme, aunque sea de forma ocasional, apuntar que todas las sociedades pujantes, fuertes y con futuro contrastado, han partido de equilibrar la fuerza de la juventud y la prudencia de la experiencia, renuncio aposta al término equívoco de sabiduría.

Pero hablemos, que es lo que realmente pretendía, de Justicia, no de justicia reglada y formal, no de justicia penal, civil o laboral, hablemos de justicia social, hablemos del delito de lesa humanidad que esta sociedad comete segundo a segundo de su existencia. Hablemos de acaparación, de avaricia desmedida y de abandono, de abandono cruel y culpable.

Porque abandono cruel y culpable, abandono miserable moral y éticamente es el que esta sociedad perpetra contra sus mayores a cada instante de cada día. Porque abandono lamentable por sus términos y su profundidad es el que sufren los mayores de esta sociedad, los discapacitados de este país, y me consta que de otros, cuando llegando a la edad en la que esperan que se les devuelva en forma de atención y cuidados que les son, no necesarios, imprescindibles se sienten abandonados, ninguneados, estafados, maltratados.

“abandono cruel y culpable, abandono miserable moral y éticamente es el que esta sociedad perpetra contra sus mayores a cada instante de cada día”

¿Cómo puede una sociedad permitirse, amparada en sus estructuras y criterios burocráticos, mirar para otro lado mientras algunos de sus miembros más débiles y necesitados malviven, malmueren, en condiciones infrahumanas? ¿Cómo puede permitir la soledad, la incapacidad, la discapacidad, la necesidad que personas sin recursos por edad, por formación, por vivencias sufren cada día y ampararse en un trámite burocrático, en un impreso, en una miserable y cochina mirada social para desentenderse del problema?

Pero si esta mirada sucia, inhumana, indecente, de la sociedad provoca en mí el desprecio más absoluto ese sentimiento se convierte en rabia y frustración cuando además me fijo en el agravio comparativo que ciertas informaciones, ciertas exhibiciones diría yo, ponen habitualmente ante mis ojos.

Es triste que la sociedad no sea capaz de demandar, de proveerse, de unos mecanismos que impidan el enriquecimiento abusivo de unos pocos frente a la necesidad de unos muchos. Es triste pensar, y más vivir, el abandono de nuestros mayores, de nuestros discapacitados de cualquier edad, de nuestros enfermos, de nuestros abandonados a su suerte. Y digo nuestros, en general, porque si nuestros fueron los beneficios de su trabajo, de su discurrir vital, de su inteligencia o torpeza, nuestras son ahora sus cuitas. De todos, de la sociedad.

Pero con ser triste, lamentable, indigno, me gustaría reflexionar sobre ciertas preguntas que acuden a mí cabeza cuando me cruzo, prácticamente a diario, con hechos que mi conciencia no consigue asimilar. Y para plantearlas y que sean comprensibles establezcamos una medida base, la pensión mínima de jubilación: 637,70 euros al mes. Si, insuficiente para vivir dignamente, miserable, pero es lo que hay y nos va a permitir poner en cifras nuestra reflexión moral.

¿Puede una sociedad sana, medianamente equilibrada y con valores, permitir que exista una lista, hablo de la lista Forbes, en la que el señor más rico de este país acumula un capital equivalente a 111.337.619,60 pensiones mínimas mensuales? ¿O sea la pensión anual de 7.952.687 personas viviendo en necesidad? ¿Posiblemente algunos de ellos con discapacidades que no pueden solventar por carencias económicas?

Claro que si en vez de coger solo a uno, tomamos los datos de los 50 más ricos del país podremos comprobar que acumulan 278.751.764,15 pensiones mínimas mensuales, o podrían pagar  una anualidad entera de miseria a 19.910.840 necesitados.

Aunque ¿qué podemos esperar de una sociedad que permanentemente saca en los papeles, y hace sus ídolos, a unos niños mimados que, por poner un ejemplo, exhiben periódicamente sus coches nuevos, uno más además de los que les regalan, con cuyo precio se pagarían 3.753 mensualidades de necesidad? O por ponerlo en otros parámetros, y hablando de uno concreto, ¿que por dar patadas, eso sí, muy eficazmente, a una pelotita gana cada minuto lo mismo que 146,5 personas necesitadas en un mes?

Posiblemente tampoco eso sea para escandalizarse si hay corporaciones, empresas, administradoras de, en realidad que comercian con, bienes de primera necesidad como la energía que mientras cortan el suministro, gas y electricidad necesarias para preparar los alimentos, para la higiene y  combatir el frío, a personas en estado de necesidad se permiten declarar, solo una de ellas, beneficios en 2013 por un importe de 8.395,41 pensiones mínimas mensuales con las que esas personas podrían alimentarse y, es posible que, hasta pagar los servicios que les hubieran prestado con unas tarifas más justas.

Y es que una sociedad que hace de la necesidad de los pobres el beneficio de los ricos es una sociedad, no injusta, no desequilibrada, miserable e indigna.

Por cierto, y que no se nos olvide, qué  podemos esperar de un Estado que emplea en su órgano recaudatorio principal, en su burocracia y su faceta coercitiva, 228,600 pensiones mínimas mensuales, insuficientes, patéticas. Es verdad, si además hablamos de las remuneraciones y prebendas de toooodos los cargos públicos, semipúblicos, de favor y beneficiados la cara se nos puede caer de vergüenza. Se nos debería de caer de vergüenza o podrida por el llanto de la impotencia y la pena por los miles y miles de conciudadanos que conviven su miseria, su necesidad, a nuestro alrededor.

Recuerdo, como no, aquella canción del grupo “Desde Santurce a Bilbao Blues Band” que hablaba de la fiesta que daba la marquesa en la que los invitados bebían, comían, vomitaban y flirteaban a beneficio de los huérfanos. Al día siguiente:

A las 10 de la mañana

los huérfanos trabajaban.

Y los pobres mendigaban.

Los invitados… RONCABAN

Pero todo ello era…

 

 

A beneficio de los huérfanos,

los huérfanos, los huérfanos

y de los pobres de la capital

 

Es posible que alguien confunda esto con un manifiesto comunista, revolucionario. No, no lo es. Y no lo es porque no creo que exista la igualdad absoluta ni creo en el absolutismo necesario para intentarla. Pero si creo que mientras se codeen la necesidad y el lujo, mientras convivan miseria y riqueza habría que intentar, habría que lograr un sistema que además de marcar la miseria mínima con la que puede castigarse a los ciudadanos también legislara la opulencia máxima con la que puede ofenderse a los necesitados. Salario mínimo frente a beneficio máximo. Eso sí sería Justicia Social, convivencia ciudadana, Ética humanitaria. A beneficio de los huérfanos y de los pobres de la sociedad.

En el cielo están preocupados

En el cielo están preocupados. No sabemos, porque el tiempo del cielo, como es del dominio público, es diferente al tiempo en los lugares mortales, pero la preocupación es evidente.

Movimientos inusuales e inusualmente acelerados en los despachos cercanos a la cúpula, corrillos que se hacen y se deshacen con los ceños fruncidos, gestos de perplejidad, que si en la tierra siempre resultan preocupantes en un entorno donde todo se sabe no son preocupantes, son apocalípticos.

Como empezaba diciendo, en el cielo están preocupados. Nadie entiende que pasa con San Jorge. Hay quién dice que el dragón, con su última llamarada, ha conseguido penetrar en su espíritu, hay quién habla de salidas a escondidas del cielo para reunirse con sabe dios, que debería de saberlo, quién, a sabe dios, que seguro que lo sabe, donde. Se murmura que algunas veces ha dejado rastro de elementos propios del Planeta Tierra a su vuelta.

En el cielo hay dimes y diretes, hay idas y venidas, hay preocupación por los trajines de San Jorge. Pero, y se me perdonará la irrespetuosidad, el problema es que en el cielo se lee poco, o, para ser más exactos, nada.

Porque si en el cielo se preocuparan de leer algo, o siquiera de sintonizar, que para ellos es gratis, cualquier canal de radio o televisión y oyeran las noticias, estarían, entonces sí, preocupados y con motivo.

Porque no puede ser casualidad. Seguro. No puede ser más que un plan astuta y arteramente concebido. Un plan arriesgado sin duda ya que la última vez que alguien en el cielo hizo un movimiento de este tipo acabó compartiendo espacio con el mismísimo Satanás.

San Jorge está preparando todo para pedir un cielo independiente. Estoy convencido. No puede ser casualidad que aquellas tierras en las que él es el patrón, protector y garante de sus destinos, estén enzarzados en proyectos de cariz rupturista.

Sí, es verdad que tanto Cataluña como el Reino Unido llevan siglos de historia dando la matraca con sus hechos diferenciales, y su pretensión de estar unidos a proyectos mayores aunque solo para lo que a ellos les parezca bien, pero, y como decía al principio de esta reflexión, el tiempo en el cielo discurre de otra manera, y lo que a nosotros pueden parecernos siglos a ellos no tengo ni idea de cuánto puede parecerles. Poco, seguro.

Y en la Tierra, también estamos preocupados. No hay más que observar, escuchar, alrededor y el tema es omnipresente. ¿Veis? Como en el cielo, omnipresente.

“Sí, es verdad que tanto Cataluña como el Reino Unido llevan siglos de historia dando la matraca con sus hechos diferenciales, y su pretensión de estar unidos a proyectos mayores aunque solo para lo que a ellos les parezca bien”

Cuanto más lo pienso más convencido estoy. Toda la culpa es de San Jorge, o del dragón si hacemos caso a las teorías conspiratorias. No en vano el dragón, hasta estos tiempos en que los animales son los buenos en todo, siempre ha sido una representación del mal, de la destrucción, del fuego que todo lo arrasa.

Pobre San Jorge, tal vez algún santo amigo debería de hablar con él y explicarle lo que es evidente para cualquier estudioso de los asuntos humanos. Esa manía de no leer que tienen en el cielo, de saberlo todo al mismo tiempo, tal vez los hace perder la perspectiva temporal. Alguien debería explicarle que desde que dios hizo ¡bum! y el universo, o los universos, empezaron a expandirse, la tendencia general es que todo vuelva al origen, a la unidad. Aquello del alfa y el omega.

Y sería conveniente, incluso necesario, que quién se decidiera a hablar con el bueno de San Jorge lo hiciera antes de que dios decida salir de su habitual ensimismamiento, porque entonces, posiblemente, ya no tenga solución.

En fin, que en el cielo están preocupados, de una forma, y en la tierra también, aunque sea de forma diferente. ¿Y yo? Pues también estoy preocupado, por ellos, fundamentalmente, por San Jorge, por Cataluña y por el Reino Unido,  claro que siempre puedo gritar eso de ¡Santiago y cierra España! Y es que al fin y al cabo siempre es un consuelo tener como patrono a un santo más preocupado de unir que de otras veleidades.

En la orilla

 

He invocado al mar en primera persona utilizando los lenguajes ancestrales, y observando con el alma el oleaje he querido escuchar con los ojos su respuesta. Las olas escribían en mi mente palabras con acento de sal y espuma, sonido de crestas y vientos, silabas de vida. Debieron de pasar varias eternidades antes de romper el contacto, milenios entre frase y frase, siglos de silencios.
Cuando volví en mí nada había cambiado, y una última ola se agitó en despedida, trepando por las rocas, por la orilla, por el aire que la acoge y la limita, y dejando a mis pies, nunca rendida, con simbolismo de madre y de acogida, la arena continente, la vegetación hundida y la vida que lo habita. Y yo mismo, renacido, expulsado una vez más del claustro primigenio, del que he nacido tantas veces, en tantas formas, en tantas vidas.

Nos engañan como a chinos

Parece ser que también la realidad nos la tienen que contar desde fuera, la alimentaria al menos. Tal vez haya que empezar a pensar que en España, al menos en lo que a alimentación se refiere, ni compramos, ni valoramos, ni legislamos, ni nos queremos enterar de nada salvo que nos lo etiqueten, valoren, legislen o expliquen desde fuera del país.

Hace ya mucho tiempo, y ya sé que parece un cuento pero no lo es,  que muchos de los que nos preocupamos por el mundo de la alimentación en cualquiera de sus variantes venimos denunciando que no sabemos qué es lo que comemos, que la legislación sobre la forma de etiquetar los alimentos es tan permisiva, en realidad tan sesgada y favorecedora de las grandes industrias, que las de lo que compramos están llenas de cifras y números que no significan nada para el usuario que se siente indefenso y se resigna a comer lo que le venden porque, salvo que tengas parientes en el pueblo, una cierta formación en el arte de comprar y/o la posibilidad de desplazarte para comprar los alimentos en origen, comemos lo que nos dan, ponga lo que ponga la etiqueta de marras que entre fórmulas y traducciones aviesas de la etiqueta de origen acaban por no tener otro sentido para la mayoría de consumidores que el que pueda tener un capítulo de química aplicada. Si somos lo que comemos, e indudablemente lo somos, está perfectamente claro por qué la situación de la salud general de los españoles se ha deteriorado, y sigue deteriorándose, de una forma tan evidente en los últimos años.

Habrá quién considere que basta con entrar en internet y “enterarse” de a qué sustancias corresponden las siglas y números de conservantes, colorantes, excipientes, potenciadores y demás elementos extraños que a día de hoy pueblan una etiqueta de cualquier alimento básico, y eso, si al final hay algo del alimento que inicialmente queríamos comprar, pero tal vez para esos “enterados” haya que reflexionar dos verdades no siempre contempladas respecto a ese acceso a la información: El primero que no todo el mundo sabe acceder a la información, algunos ni siquiera a la herramienta. Segundo que la información que existe en internet es tan basta e incontrolada que sobre cualquier tema o producto puedes encontrar miles de páginas que digan una cosa y otras tantas que digan la contraria. Distinguía el Doctor Zarazaga en una conferencia entre aprendices,  diletantes, expertos y friki

 

“Si somos lo que comemos, e indudablemente lo somos, está perfectamente claro por qué la situación de la salud general de los españoles se ha deteriorado, y sigue deteriorándose, de una forma tan evidente en los últimos años.”

 

en cuanto a la capacidad de entender, de desentrañar y asimilar la información que proporciona internet. Y desgraciadamente la experiencia nos dice que ganan de largo los diletantes y los frikis. Personas que acceden a la información y no son capaces de filtrarla por falta de preparación o que simplemente se preocupan de acumularla sin llegar a extraer conclusiones.

Todos conocemos a alguno de esos iluminados que defiende a ultranza la ingesta masiva de agua, de vegetales, de ciertos tipos de dietas y contra dietas que hacen de su vida un infierno obsesivo. Un infierno obsesivo y lesivo porque el daño no está en la forma de alimentarse, si no en los alimentos mismos. En los productos con los que se tratan las frutas, las verduras, las hortalizas maduradas artificialmente para darles un aspecto más iluminado y que no siempre son tolerables por el metabolismo. De las hormonas y engordantes que contienen las carnes y los pescados. Y también el agua contiene sales, sustancias, para hacerla más potable y resistente a la contaminación exterior.

Me contaba mi mujer que había dejado de comprar carne picada en determinados establecimientos cuando comprobó que la etiqueta de contenido de esa carne tenía una lista de ingredientes tal que no entendía si al final aquello llevaba carne o no. Claro, la carne picada debería de contener carne, y tocino opcionalmente, nada más. Tal vez carne mezclada que es una opción para abaratar el producto, pero carne. La etiqueta debería ser clara e inmediata para cualquiera que supiera leer. Pero no lo es.

De todas formas, si alguien quiere hacer un acercamiento a la  ciencia críptica del etiquetado, el mejor ejemplo es hacerse con un producto lácteo. Entre lo que pone la etiqueta, lo que dice la descripción que le han puesto y que le han quitado, solo queda preguntarse: ¿Y qué coño es esto? Y perdón por el exabrupto.

¿Leche sin lactosa? Y eso, ¿Qué es lo que es? ¿Algo sin lactosa sigue siendo leche? Pero si además pasamos a la verificación matemática aún es peor.

Póngase el usuario en un lugar de una gran superficie en la que domine todo el catálogo de productos lácteos: leches, quesos, batidos, postres, mantequillas, yogures, natas, zumos mezclados… y calcule, a groso modo,  la cantidad de litros de leche necesarios para obtener las existencias. Sume los que habrá en el almacén, multiplique por el número de establecimientos de la cadena en su lugar de residencia, por el número de establecimientos menores y de otras cadenas, por los que hay en su provincia, en su comunidad autónoma, en su país, y en todos los países del mundo. Divida, que no todo va a ser multiplicar, por el número de días medios de caducidad de los productos. ¿Cuántos millones dice?, pues ese sería el número de litros diarios necesarios para abastecer los productos que usted está viendo. Aplique todos los coeficientes reductores que estime oportunos, a mí se me ocurren varios. Sume el número de litros necesarios para alimentar a las nuevas generaciones mamonas de las especies correspondientes y hágase una pregunta. ¿Dónde están las vacas? ¿En qué remoto lugar del planeta, o del espacio exterior, están los animales necesarios para producir esa animalada de litros diarios? Si sumamos las producciones declaradas de todos los países del mundo mundial, ¿salen las cuentas? No, no salen. Las conclusiones se las dejo a Usted.

¿Que los quesos saben todos igual? ¿Que la mantequilla sabe casi igual que la margarina? ¿Que los yogures salvo por que son ácidos, no saben a yogur? Ya, pero los seguimos comprando, o, si usted quiere quedar más resignado e inocente, nos los siguen vendiendo.

Claro que también podemos hablar de la miel. También podemos contar cómo los productores españoles llevan ya un tiempo quejándose de que tienen sus almacenes repletos de miel de altísima calidad en tanto se importa de china de forma masiva un producto melifluo que no respeta el análisis más básico para ser llamado miel pero que es el que se comercializa con ese nombre en los establecimientos correspondientes. Eso sí, es mucho más barato. ¿No es miel?, no, claro, no es miel pero se etiqueta como tal, se oferta como tal y se cobra como si hubieras comprado tal. ¿Qué es?, yo no lo sé, no soy ni químico, ni técnico alimentario para poderle dar una descripción real, pero sí sé lo que no es. No es miel.

Pero todo esto ya lo sabíamos. Lo sabíamos hace años, lo sabíamos y lo hemos consentido con nuestro silencio, con nuestro consumo, con nuestra vida y con nuestra salud. Tal vez ahora que Cristophe Brusset, un francés, un ingeniero agroalimentario que ha trabajado desde su licenciatura en la industria alimentaria, publica un libro titulado “¡Cómo puedes comer eso!” sobre los fraudes alimentarios, y sus consecuencias, que ha conocido a lo largo de su carrera y que persisten en la actualidad, alguien piense que es el momento de hacer algo que beneficie al consumidor. O tal vez sea hora de que el consumidor se dé por enterado de lo que sucede y empiece a tomar determinaciones que lo lleven a una mejora de su calidad de vida, de su calidad alimentaria y de su salud.

En la situación actual, y si realmente somos lo que comemos, no es raro que no sepamos ni lo que somos.

Pero, ¿Habría alguna solución inmediata? La hay, pero supone un cambio total y absoluto en el planteamiento actual del consumidor, en su forma de llenar la cesta de la compra.

Primero, formación. Aprender qué productos son de temporada, de cercanía, cuales son frescos y cuales congelados. Cómo distinguir un pescado fresco de uno pasado, una carne engordada artificialmente de una engordada naturalmente. Distinguir productos naturales de productos elaborados. Aprender y aplicar a la compra. No solo es saludable, puede ser interesante y divertido.

Segundo, reeducación. Aprender que respetar los ciclos de producción a la hora de consumir permite productos con mayor sabor y más saludables. Aprender que los productos brillantes o sin mácula no son necesariamente los más frescos o más saludables. Acomodar nuestra alimentación a los productos disponibles en cada época y cada lugar y acceder a productos lejanos o intemporales solo de forma menos ordinaria.

Tercero, presión. No consumir nunca aquello que no entendamos claramente qué es, de donde procede, cuándo se ha cosechado, matado, pescado o producido. En qué condiciones de engorde o maduración se ha puesto en consumo. No consumir jamás y divulgar cualquier fraude de etiquetado o identificación que detectemos, sea de productor o de comercializador. Boicotear sin piedad a los que juegan con nuestra salud para su mayor beneficio.

Sí, es verdad, es más cómodo bajar al hiper, llenar la cesta sin pensar y quejarnos luego de como sabían las cosas cuando éramos más jóvenes, no hace tanto. Cuando comprábamos en la tienda de ultramarinos del barrio regentada por un vecino del mismo. Cuando el pan venía aún caliente de la tahona en cestas que esparcían el aroma de pan recién horneado por los alrededores, no congelado como ahora. Cuando ciertas partes de la calle olían a vaca, porque había una vaquería. Cuando las frutas sabían, los tomates sabían, se sabía que había melocotones en la frutería porque olían. Cuando los sentidos del paseante participaban de los aromas alimentarios del barrio. Cuando la mantequilla flotaba en los boles con agua y rodaja de limón de las mantequerías. Cuando el tendero, sin etiquetas, te decía qué variedad era, de dónde venía, cuando se había cogido y, casi, casi, el nombre del agricultor, del ganadero, del pescador.

“Nos engañan como a chinos”, dice la expresión popular y yo miro alrededor y veo a todos con los ojos rasgados.

En defensa de los valores

“Todos, todos me miran al pasar, menos lo  ciegos, es natural” y mi sensación actual es que estoy rodeado de ciegos, de los peores ciegos que  existen, los que no quieren ver.

Al parecer esta ceguera que se ha apoderado de la sociedad de unos años a esta parte, pero que aún debería de ser reversible, se desarrolla de una forma insidiosa, paulatina, casi voluntaria, de tal forma que el ciego lo acaba siendo por su propia determinación.

Empieza viendo solo la realidad que le rodea con un solo ojo, el que le marca su ideología, mientras cierra el otro cada vez con más fuerza hasta que, víctima de la misma inoperancia, del sistemático olvido de la función se desconecta definitivamente y  produce una ceguera parcial en el individuo que a partir de ese momento no tendrá más opción que seguir mirando sesgado.

Aunque esta pérdida pueda parecerle a algunos irrelevante e incluso conveniente a otros, la verdad es que realmente es irreparable porque ciertos valores solo son apreciables, solo son aceptables desde una perspectiva de visión dual. Esos valores dañados, olvidados, perdida la perspectiva son además los valores fundamentales que todo hombre de bien debería de defender por encima de sus propias y parciales convicciones: La Justicia, la Verdad, la Solidaridad, la Libertad y el Respeto.

Ninguno de estos valores es defendible si el individuo se empeña en mirar con un solo ojo y olvida que hay siempre, siempre, otra perspectiva de cualquier suceso o problema que es, como mínimo, tan válida como la suya.

La Libertad que hay que defender no es la propia, es la ajena. La solidaridad que hay que practicar no es con los que nos son afines, si no con los que nos son ajenos. La Justicia que hay que lograr no es la que dicta lo que yo creo si no la que preserva la inocencia en su máxima posibilidad. La Verdad que tenemos que buscar no es la que hace a unos mejores que a otros si no la que nos permita ser  a todos iguales. El respeto que tenemos que sentir, no el que practicamos, si no el que nos tiene que salir de dentro, el que nos permite escuchar las ideas de los demás, aunque sean contrarias a las nuestras, con la misma ecuanimidad y atención, o mayor según el grado de perfeccionamiento, con la que ellos deberán de escuchar las nuestras.

“El problema es que si nos fallan estos valores lo único que lograremos será un mundo uniforme, gris, sin alegría y sin las características mínimas necesarias, sin el entorno imprescindible para que un individuo pueda considerarse diferente de otro. Claro que esto tiene un nombre, totalitarismo.”

El problema es que si nos fallan estos valores lo único que lograremos será un mundo uniforme, gris, sin alegría y sin las características mínimas necesarias, sin el entorno imprescindible para que un individuo pueda considerarse diferente de otro. Claro que esto tiene un nombre, totalitarismo.

No puedo evitar cada vez que me asomo a las redes sociales sorprenderme de la bajeza que practican sectariamente personas que en la vida real, en el encuentro físico me parecen personas inteligentes y razonables.

Supongo que el anonimato, aunque sea nominal, del ordenador, el no estar físicamente sosteniendo lo dicho hace que muchas personas, insisto inteligentes, aparentemente ecuánimes, comprometidas con los valores, entren en una atroz carrera por decir la burrada más ocurrente, la patochada más soez e innecesaria, la barbaridad más insostenible, la irrespetuosidad más miope sobre los más diversos temas y personas, sin darse cuenta que lo mayores reos de sus disparates son ellos mismos y su credibilidad.

No dudo, en realidad estoy convencido, de que como los avaros de los cuentos su única satisfacción será frotarse las manos mientras recuentan los me gusta y los comentarios huecos y lisonjeros que responden a sus palabras.

Yo, que pretendo seguir siendo yo y para eso necesito que los demás sigan siendo los demás, todos, sin excepción, me declaro reo de mis palabras, sean escritas orales, firmadas o sin firma, porque mi único interés es la preservación y perfeccionamiento de los valores individuales fundamentales. Verdad, Justicia, Solidridad, Respeto  y como consecuencia Libertad.

reflexiones sobre la libertad de expresión

Empiezo a pensar, y después de leer a Fernando Savater parece que no soy el único, que además de ocultarnos sistemáticamente la verdad nos toman por tontos. Yo, por lo de pronto, me niego a ser adoctrinado ni por lo público ni por lo privado.

Sostener que un mensaje que es de primero de primaria, que un mensaje que se limita a hacer una descripción biológica de la diferenciación natural de los sexos, se puede considerar ofensivo, o que puede incitar a la violencia, es cuando menos preocupante.

No dudo, no tengo por qué, que el fondo de la campaña, o la intención, del ya famoso autobús, permítaseme felicitar a quién lo ideó porque nunca pudo sospechar que su mensaje, y el medio de difundirlo, iban a alcanzar la repercusión mediática que han conseguido, sea contrario a las tesis de ciertos colectivos, pero de ahí a hablar de incitación al odio media un abismo.

Parece ser que la moda y tendencia es cogérsela con papel de fumar cuando se analizan los mensajes de un lado del espectro político y considerar como ofensa y afrenta cualquier idea que tengan a bien propalar, mientras existe barra libre del otro lado. De tal forma que parece ser que la libertad de expresión solo es válida cuando se ejerce desde ciertas posiciones ideológicas y, al menos a mí, eso me parece absolutamente rechazable, y muy, muy, pero que muy preocupante.

Casi nadie, yo al menos apenas lo he oído, ha explicado que esta campaña del ya famoso autobús es una respuesta a otra campaña de signo contrario promovida en Vitoria, con los mismos colores, con grafía semejante, y con difusión en las paradas de autobús de esa ciudad, y de Gasteiz.

No es lo mismo a la hora de valorar lo sucedido el hecho de que el autobús sea una iniciativa única y gratuita a que sea una respuesta a otra iniciativa sobre el mismo tema que nadie ha contestado ni puesto en cuestión. O sea que sobre el mismo tema dos organizaciones se posicionan con el mismo tipo de mensaje pero contrapuestos y ¿uno incita a la violencia y otro es libertad de expresión? No suena bien, no me parece convincente.

Entre el mensaje de una  -“Hay niñas con pene y niños con vulva, así de sencillo”, de Vitoria Gasteiz- y el mensaje de la otra –“Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen”, de Madrid- yo no veo más diferencia que la evidente de que el segundo mensaje es de primero de primaria y el primero tal vez sea de secundaria.  Porque si yo fuera un niño, cosa ya imposible, y leyera los mensajes, el del autobús lo entendería a la primera y sin dudas ni desconcierto, pero el de las vallas publicitarias de Vitoria-Gasteiz requeriría de las explicaciones de un adulto para las que a lo mejor no estaría preparado. Bueno, por ser más exactos, puede que el niño no esté preparado, o incluso que el que no esté preparado sea el adulto para darlas, y entonces vendrán el fomento del odio y la intolerancia. Claro que lo mismo me entraba el furor científico y me ponía a hacer una masiva prueba de campo bajando pantalones y ropas interiores a diestro y siniestro. El resultado de tal prueba de campo me llevaría a dos conclusiones, la primera, empírica, que no entiendo a qué se refiere el cartel porque lo comprobado visualmente no cuadra con el mensaje. Efectivamente, así de sencillo. La segunda, ¡ay pobre de mí! que una parte de la sociedad no comparta, ni comprenda, ni apruebe, mi entrega a la ciencia y pueda acabar metido en problemas y con alguna parte de mi cuerpo contusionada. La gente en ciertas cuestiones es muy suya.

Convencer debe de ser el objetivo y no vencer porque este no es un tema, por más que ciertas posiciones ideológicas lo pretendan, que se deba de confiar al adoctrinamiento, a la imposición, antes bien debe de ser objeto de formación para que permita un desarrollo natural y no conflictivo en la sociedad. Si es que lo que se pretende es integrar y no enfrentar que es lo que al final se está consiguiendo.

Acallar mediante la persecución, el insulto y el aplastamiento toda opinión contraria a cualquier idea propia es una forma de adoctrinamiento que solo puede conducir al odio y al silencio conspiratorio de esas posiciones. Yo por lo de pronto alzo mi voz contra ese sistema de totalitarismo ideológico lesivo para la sociedad y para su formación, y olvido, a propósito, y con rabia, el posicionarme personalmente sobre el tema de fondo porque lo de lo que se trata es de las formas, que aunque parece que no son importantes lo son cuando hablamos de convivencia. Por eso y porque en el ambiente actual posicionarme sería una forma patética y poco convincente de intentar justificar lo que pienso y me niego. Yo tengo derecho a pensar por mí mismo e incluso, en ciertas ocasiones, a discrepar de los que piensen parecido.

 

“Acallar mediante la persecución, el insulto y el aplastamiento toda opinión contraria a cualquier idea propia es una forma de adoctrinamiento que solo puede conducir al odio y al silencio conspiratorio de esas posiciones.”


Y ahora, para acabar de explicarnos a los ciudadanos que es lo correcto y que es lo incorrecto, leo con asombro que una empresa cervecera catalana y la ciudad de Valencia piensan sacar su propia campaña contra el autobús. Espero que sean prohibidas con el mismo rigor y la misma contundencia o simplemente los ciudadanos de a pié, los independientes, los librepensadores estaremos en el camino de perder de nuevo una batalla. Y no es una batalla menor la de defender la ecuanimidad y la auténtica libertad de expresión.

Y además, y por ende, empiezan a surgirme dudas. ¿Qué tiene que ver la cerveza con la transexualidad? ¿Mi posición en este artículo se debe a mi nula ingesta de la tan rubia y espumosa bebida? Un sin vivir, oiga, un auténtico sin vivir esto de no poder estar de acuerdo ni siquiera con las propias ideas. Ya lo decía Voltaire, que el ideal democrático es ser capaz de defender las ideas ajenas por encima de las propias convicciones. ¿Qué quien es Voltaire?, esa es otra.

“No sé por qué piensas Tú, soldado que te odio yo” escribía Nicolas Guillén, cantaba, si no recuerdo mal, Facundo Cabral, “Si yo soy tú y tú eres yo”. Esto si sería democracia, utopía democrática. Demasiado para algunos.

 

Donde dije digo, digo digo

Es difícil sustraerse  a los debates trampa permanentes que los políticos en general nos proponen para evitar que nos interesemos sobre lo que realmente es importante.

Son múltiples, variados y nos van vaciando poco a poco de energía y de capacidad de reivindicación sobre los temas fundamentales que como ciudadanos, ya no de pleno derecho, realmente deberían de centrar nuestra atención.

Pero si hay un debate baldío, un debate desesperante y lesivo para los ciudadanos es el del lenguaje, es la perversión continua y continuada de la palabra que muchos de nuestros políticos utilizan para evitar que pueda existir un canal fluido de comunicación. Gracias a esta artimaña, burda, intolerable y que ataca directamente al patrimonio fundamental de las personas, que es el lenguaje, el debate se acaba centrando en los términos a utilizar y no en el fondo a conseguir.

Leo con pasmo, casi entre sollozos rayanos entre la risa y la desesperación, que una “portavoza” parlamentaria ha recriminado a otro diputado la utilización del vocablo guardería, que ella, y puede que su grupo, considera inadecuado en vez del mucho más correcto, insisto, para ella, de escuela infantil.

Tan soberana estupidez, se me ocurren otros términos pero tal vez sean inadecuados, se produce porque cierto tipo de políticos necesitan significarse y como al parecer las ideas no son ni suficientes, ni suficientemente brillantes, hay que presentarlas de tal manera que parecen lo que no son, importantes, trascendentes. Esto es, como el presente no vale nada me gasto el dinero en envolverlo.

Seguramente esta señora, o señorita (que antiguo, no?), esta “portavoza”, de lenguaje afilado y réplica presta, no tiene tiempo, ni ocasión, ni interés, de leer el RAE, o simplemente, le importa un pito lo que diga la Real Academia de la Lengua si no coincide con lo que ella cree que debe de decir. Porque si se molestara en leerlo vería que una de las acepciones del RAE dice: “Lugar donde se cuida y atiende a los niños de corta edad”. No habla nada de guardar niños, que es lo que ella argumenta que significa confundiendo la semántica con el significado.

“Tan soberana estupidez, se me ocurren otros términos pero tal vez sean inadecuados, se produce porque cierto tipo de políticos necesitan significarse”

Claro que no es la única confusión, y por eso creo que no es una confusión inocente, también suelen confundir la palabra con la carga de la palabra, su uso con su mal uso y utilizan una regla pacata y destructiva para cambiar el lenguaje y llegar a un punto en el que decir algo simple se acaba convirtiendo en una tarea de titanes. Decir enano es ofensivo, hay que decir persona de talla baja. No, decir enano es decir señor de talla baja y la ofensa puede estar en el que lo dice o en el que lo escucha, pero jamás en la palabra misma.

Existen alrededor de veinte enfermedades diferentes que producen enanismo, término médico que no se si traducir, por no ofender, como “personismo de talla baja”, y cuando le llamo enano a alguien puede suceder que se lo llame a alguien que no lo es con el ánimo de ofenderlo, que se lo llame a alguien que lo es con ánimo de ofenderlo, que se lo llame a alguien que lo sea y que se ofenda, o que se lo llame a alguien que es y simplemente esté apuntando una característica física que ni pretendo que ofenda ni ofende. Si hay ofensa la carga se le da a la palabra, no la tiene esta por sí misma, y por tanto lo que tengo que cambiar es la educación del que ofende o del que se ofende, no sustituir la palabra por otra, o por otro circunloquio, que podrá acabar cargándose de igual manera.

Uno de los grandes logros del lenguaje es la economía, es la capacidad de resumir un concepto complejo en una palabra y lo que se pretende de unos años a esta parte es justo lo contrario en aras de un puritanismo conceptual absolutamente interesado, sustituir la definición por una descripción, pervertir las reglas básicas de la comunicación acusándolas de ser portadoras de sentimientos y orientaciones. No, las palabras solo son vehículos de comunicación, sin más carga que la que cada uno quiera darles, al escucharlas o al pronunciarlas.

Una persona de edad avanzada es un viejo, una persona de talla baja es un enano, una persona que comercia con el trabajo de los demás es un explotador, no, un empresario tampoco, aunque en ocasiones puedan coincidir las dos cosas, y una escuela infantil, donde se enseña y educa a los niños de corta edad es una guardería.

Se ponga usted como se ponga señora “portavoza”. Para algunos, ya sabemos, viejos, carcas, fachas, indignos de ser mirados como iguales por ustedes, confundidos y confusos, la palabra es un valor tan importante que no estamos dispuestos a callarnos ni debajo del agua cuando observamos la “invención” del nuevo lenguaje. Como al poeta, nos queda la palabra, y con ella sabemos lo que decimos, lo que queremos decir e, incluso, lo que quieren algunos que acabemos por decir.

¿Se acuerda alguien de la Justicia?

La convivencia en una sociedad está marcada por una serie de valores que los individuos que la componen deben de asumir y practicar. Hablamos mucho de libertad, hablamos mucho de tolerancia e incluso de igualdad, pero ¿se acuerda alguien de la justicia?

Si nos atenemos a títulos prebendas y frases rimbombantes  podríamos concluir que la justicia es la virtud colectiva de mayor presencia en las instituciones, la que mayor número de veces es mencionada por los políticos, por los ciudadanos, por la sociedad en general. Hasta existe un Ministerio de Justicia, así, con algunas mayúsculas.

Rara es la vez que no se escucha a los políticos hablar del imperio de la ley para aclarar a continuación que la justicia es la misma para todos.  Pero el día a día, la terca realidad cotidiana viene con obstinación a dejar algo más que dudas en nuestra puerta de la conciencia social. Sin duda este es el imperio de la ley que bordea, pero muy por fuera, el ansia de justicia de los ciudadanos. Eso sí, habitualmente de justicia para los demás.

Porque si algo queda claro, si uno se fija con cuidado, es que cuando hablamos de justicia, a veces hasta con mayúscula, nos estamos refiriendo a aquello que cada uno considera justo para el prójimo, así con minúscula, pero que en absoluto puede aceptar que le sea aplicable a él mismo.

Nos viene de largo. El país que inmortalizó la picaresca, que convirtió el patio de Monipodio en escuela para instituciones públicas, y privadas, solo podrá tener el privilegio de tener unas leyes, o una aplicación de la ley, que reflejen su propio carácter

Un país que grava con IRPF las pensiones, que discrimina a sus ciudadanos en función de la parte territorial en la que residan, que consiente que ciertas entidades privadas se enriquezcan a costa de la miseria de sus ciudadanos, que permite que el frío, el hambre o la educación de sus administrados sean objeto de dividendos, que permite la especulación con la vivienda de los que se quedan en la calle y que se les arruine de por vida, que institucionaliza e incluso permite que se abuse de leyes y normas recaudatorias, que hace de la presunción de inocencia un títere en manos de la presunción de veracidad de los funcionarios, ese país, puede que sea el imperio de la ley, pero sobre la justicia ni llega a sospechar que exista.

Es verdad, a que negarlo, que la Justicia es rea de la Verdad, y que a nivel humano la Verdad es un concepto inalcanzable. Qué duda cabe. Pero de ahí a promover y legislar para promover la injusticia va un trecho que en muchos casos ya se ha recorrido. Y por eso, precisamente por eso, el único acercamiento a la justicia que le cabe al ciudadano es que no se le considere culpable salvo que se pueda demostrar lo contrario.  Son la presunción de inocencia y la probatura de culpabilidad. Demostrar la inocencia es en muchos casos y tal como está montado el sistema, una imposibilidad, imposibilidad que favorece siempre al que detenta la administración. Leer “El Proceso” de Kafka puede resultar una suave introducción a esa realidad.

Yo no sé, puedo tener sospechas, incluso fundadas, si la Infanta es culpable o inocente, ni lo sé ni me importa con este planteamiento que ya de raíz es injusto. Porque la causa que se seguía era por un tema económico, no de nombre, no de cuna, no de institución o político. Estos condicionantes del personaje no pueden, no deberían de, afectar a la justicia, no deberían de afectar a su aplicación legal.

Pero los linchadores de rigor, los que solo están dispuestos a aceptar un resultado, ya se han lanzado a la calle, a la física y a la mediática, para, sin pruebas, sin otros argumentos que la sospecha, la suposición o el rechazo hacia la institución a la que pertenece, condenar a la persona por ser personaje. Eso no es Justicia, eso no es ni siquiera legal, pero da igual, por ser quien es o por pertenecer a lo que pertenece algunos ya la consideran culpable sin remisión. Triste sentido de la justicia. Nulo sentido de la legalidad. Volvamos entonces a ley de Lynch, a los tribunales populares o a las confesiones por tortura, y que dios nos pille confesados si a alguno de nuestros vecinos le parecemos culpables de algo, posiblemente nos encuentren emplumados, colgados de un árbol al amanecer o perezcamos en una hoguera en alguna plaza pública. Aunque ahora que lo pienso ya hemos vuelto, ya tenemos ajusticiados al amanecer, periodístico o mediático, sin juicio previo y sin acceso a la presunción de inocencia. Ya algunos pobres infelices mueren víctimas del acoso o de la violencia gratuita de aquellos que no soportan la libertad ajena.

“Pero los linchadores de rigor, los que solo están dispuestos a aceptar un resultado, ya se han lanzado a la calle, a la física y a la mediática, para, sin pruebas, sin otros argumentos que la sospecha, la suposición o el rechazo hacia la institución a la que pertenece, condenar a la persona por ser personaje.”

Aunque yo tampoco crea en mi fuero interno que la sentencia sea justa, sí considero que es legal. Nadie me ha podido demostrar, yo al menos no lo veo, la culpabilidad de la persona. Nadie ha aportado pruebas, nadie ha declarado su culpabilidad con contundencia y sin beneficio propio. Y en ese caso prima la presunción de inocencia, para mí y para cualquier persona o personaje.

Y para colmo, en medio de este batiburrillo que marca, como cada día en cada juzgado, como cada día en cada ciudad y pueblo del mundo mundial, la infranqueable distancia que media entre la legalidad y la Justicia, cierto juez directamente implicado en el caso se descuelga con unas declaraciones públicas en las que se dedica a verter a la opinión pública, a través de la publicada, sus sospechas, sus insinuaciones, sus particulares y personales apreciaciones de indicios no compartidos por los jueces que han visto el caso.

Bien, señor juez, bien. Seguramente habrá una gran parte de la opinión de la calle, y de la de los medios de comunicación, que lo considerarán un héroe popular. Espero que se conforme con eso, o que sea eso lo que sus palabras han buscado. Para mí un juez que hace una demostración tal de no creer en la presunción de inocencia me parece patético, no personalmente, no individualmente, si no como persona formada y encargada de administrar las leyes. Como persona que, posiblemente, acabe siendo Personaje.

En el cuento “Ley y Justicia”, del libro “Arnulfo Aprendiz”, Arnulfo le pregunta a su Maestro:

– Maestro, ¿Por qué existen más leyes que instantes tiene la vida de un hombre? Y ¿por qué casi todas, si no todas, son injustas?

Si a la injusticia palmaria de las leyes, y por propia iniciativa, le sumamos la negación contumaz e interesada del principio de presunción de inocencia acabaremos acostumbrándonos a que aparezcan cadáveres en el río o emparedados en las viviendas, y proliferarán los miserables que marquen la culpabilidad de los demás. Eso sí, entonces podremos ahorrar unos dineros en estructuras legales que permitan un mayor enriquecimiento de los de siempre, y el poder ilimitado y omnímodo que proporciona administrar la injusticia.

Demasiadas incógnitas

Falta ahora por saber si se producirá la previsible magnanimidad, tan previsible como seguramente efímera, de Pablo Iglesias de cara a la galería.

Falta por saber si Iñigo Errejón, y todos los suyos, serán fusilados, políticamente hablando, al amanecer a la vista de todos o si su defenestración se producirá tras un abrazo, un tiempecito para el olvido y en un callejón oscuro que evite la publicidad de su final.

La verdad es que a pesar de que las cosas se han aclarado, que no solucionado, las incógnitas no han conseguido ser despejadas, porque en el congreso de Vistalegre 2 ha ganado, ha sacado más votos, una de la partes, pero queda por saber si esa victoria lleva aparejado, tal como a mí me parece, el principio del fin de la formación morada.

Yo no creo que Pablo Iglesias pueda permitirse tener a un rival, a alguien que le ha plantado cara y que se postula como posible alternativa, dentro de su estructura. Yo no creo que la personalidad, el cesarismo, de Pablo Iglesias le permita conservar viva a una persona cuyo proyecto se ha presentado como alternativa a sus modos y maneras. ¿Qué sucederá cuando sufra el primer descalabro en las próximas elecciones? Si Errejón estuviera para entonces dentro se convertiría automáticamente en la opción alternativa que no se tomó y que seguramente era la conveniente, pero si está fuera será el chivo expiatorio, el traidor, siempre dicho en voz baja y círculos íntimos, que dividió a los votantes y ha sido causa del descalabro.

“Yo no creo que la personalidad, el cesarismo, de Pablo Iglesias le permita conservar viva a una persona cuyo proyecto se ha presentado como alternativa a sus modos y maneras. ¿Qué sucederá cuando sufra el primer descalabro en las próximas elecciones?”

Claro que todo este razonamiento se basa en una pérdida importante de votantes de Podemos en las próximas elecciones, y no es la primera vez que lo anuncio. La radicalización, promulgada por el Sr. Iglesias en sus documentos aprobados, de un partido radical lleva a un mayor posicionamiento populista. Lleva a una mayor movilización en la calle, que es jugar con dos barajas, lo que no puedo ganar en el parlamento porque mis votos no son suficientes lo voy a ganar movilizando en la calle a mis partidarios, y en ese ámbito lo que importa no son los votos si no el alboroto que sea capaz de conseguir, la incomodidad ciudadana que sea capaz de promover. Pero, previsiblemente, esta actitud lleva a un alejamiento considerable de la masa de votantes moderados que son los que determinan los resultados finales de las elecciones generales. Y ya no son el partido de moda, el partido sorpresa, el partido que irrumpe con nuevas ideas, no, ya son el partido que se desgasta tras cuatro años de legislatura sin conseguir más objetivos que su fragmentación y la exhibición de sus radicalidades.

Claro que tal vez el mayor perdedor, con ser el inmediato, no ha sido el señor Errejón. Uno de los puntos importantes que han resultado de la asamblea de hoy es el alejamiento de las posiciones del PSOE. Y así anunciado, sin interpretaciones ni matices, señala otro perdedor que no participaba directamente en esa lucha.

¿Qué le va a vender ahora al Sr. Sánchez, a los militantes del PSOE? ¿Con quién va a pactar, o a qué precio, para alcanzar una mayoría que gobierne? Seguramente si yo fuera el Sr. Sánchez, que afortunadamente no lo soy, y tuviera algún apego a las siglas a las que pretendo representar, que no tengo derecho a dudar que sienta, presentaría automáticamente la renuncia a la candidatura para secretario general. Al menos lograría evitar una ruptura en mi propio partido que ahora mismo se me antoja, ya, gratuita.

Pero claro, vana ilusión, creo que ahora mismo el señor Sánchez no tiene más objetivos que la auto afirmación y vengarse de los que, él está convencido, lo traicionaron. Mal bagaje.

Lo único que lamento de toda esta historia es la más que probable desaparición del señor Errejón de la escena política. Su empeño en lograr que Podemos se convirtiera en un partido susceptible de ser interpretado como tal era digno de mejor final, aunque siempre se me antojó, dada la trama de base que conforma podemos, utópico. Siempre le quedarán las tertulias si su verdugo, amigo y oponente, no le niega hasta esa opción. Ya se sabe cómo se las gastan los jacobinos.

Ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio

Ya lo decía la copla, que en estas cosas del malquerer sienta cátedra, “ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio”

En tanto en el ala derecha de la política los tiempos son plácidos, tal vez en exceso, gracias a la llegada del Sr. Trump a la Casa Blanca, lo que le ha permitido a los líderes europeos marcar distancias y entonar, como si de una Mari Trini se trataran, el  “yo no soy esa” en una clara desvinculación de extremismos, de cesarismos y de tremendismos, el ala izquierda se debate en un problema de identidad que amenaza con no dejar títere con cabeza, ni siquiera partido referencial al que poder arrimarse para recortar el poder y el daño que gobernar sin contrincante puede permitirle hacer a la derecha en los próximos años.

El señor Trump, sus exabruptos, sus opiniones, claramente de extrema derecha, han permitido a la Sra. Merkel, al Sr. Rajoy, a todos los líderes de derechas que gobiernan hoy en países europeos, marcar diferencias con los  evidentes desatinos humanitarios que el tal señor personifica, y presentar solicitud de certificado de templanza y moderación.

Pero  ¿Cuál es la situación de la izquierda? Vamos a basarnos en España aunque no sea muy distinto en Francia, o Grecia, o Alemania.

La izquierda española, cogida en conjunto o por partes, vive hoy en  día un Halloween  que no le permite elegir más que entre susto o muerte. Si elige susto malo, si elige muerte, peor.

El PSOE, lo que queda de él y no sabemos por cuanto tiempo quedará, se debate  a día de hoy en un dilema que no se cerrará con unas elecciones primarias. Da lo mismo quien salga elegido. El enconamiento producido por su historia reciente los lleva inevitablemente a un cisma que quieren cerrar en falso a la búsqueda del árnica de victorias electorales que hoy por hoy no están a su alcance.

Pedro Sánchez personifica ahora mismo la venganza, el cobro de cuentas pasadas a sus propios líderes y, si tocara poder, posiblemente a los ciudadanos españoles. Es muy probable que obtenga un apoyo mayoritario de la militancia, pero en unas elecciones generales el PSOE del señor Sánchez buscaría como único camino el apoyo a, que no de, ni con, cualquier postura más a la izquierda o a la derecha que no sea el PP, que se ha convertido en una especie de obsesión objetivo para él. El señor Sánchez no tiene otro fin inmediato, ni otra ideología prioritaria,  que desbancar al PP, y no le importa ni con quien, ni como, ni siquiera que opinan al respecto la mayoría de los españoles. A mí, personalmente, esa postura me da miedo porque me parece que lo empuja a hacer cualquier tipo de alianza, sin importar ideología ni precio, con tal de logar su obsesión. Y las obsesiones son enfermizas. En todo caso, casi con toda seguridad, ese PSOE se convertiría en unas elecciones en un partido residual, en un partido cuya representación parlamentaria no le permitiría gobernar salvo como primo entre pares de una enloquecida amalgama de partidos y posiciones. Una locura que ningún país puede permitirse. Nada de lo que digo es diferente de lo que ya hubo, pero entonces algunos lo sospechábamos y hoy es del dominio público.

Patxi López se presta a liderar una suerte de tercera vía en la que no creen más que los mejor pensados y los que creen que ninguna de las otras dos opciones sea válida para reconstruir un partido que desde que Felipe González reuniera, en un trabajo político excepcional, a todos los socialismos patrios bajo las mismas siglas se ha ido descosiendo y perdiendo votantes y apoyos. La sistemática elección por parte de la militancia de líderes que dan la espalda a los votantes le ha ido haciendo perder su posición de fuerza en la sociedad. El problema de Patxi López no es que él no pudiera conseguir ese objetivo, que podría, es que los militantes no se lo van a permitir. Por lo de pronto ya se ha convertido en traidor para muchos de ellos y seguramente esos son de los menos predispuestos a reflexionar.

El PSOE que busca Susana Díaz es el más cercano al que lograron reunir Felipe González, Alfonso Guerra y tantos socialistas ilustres de la transición. Un PSOE capaz de presentar una alternativa unida a nivel nacional que pudiera representar al ala moderada de la izquierda y, por tanto, pudiera captar en la calle votos no militantes que le permitieran volver a tocar el gobierno. El problema para la señora Díaz es que para demostrar que puede hacerlo tiene que pasar por unas primarias en las que lo importante no son los objetivos, es la militancia ciega, en este momento, a otra cosa que no sea la competición suicida por un predominio en la izquierda más radicalizada.

No corren buenos tiempos para el PSOE. No corren buenos tiempos para Podemos.

Y no es que me las quiera dar de profeta o de adivino. Creo que en ciertos momentos, ante ciertas situaciones y actitudes adivinar lo que va  a pasar es simplemente una cuestión de lógica.

Si analizamos dos de las características principales del comportamiento radical podremos ver claramente cuáles son los problemas que van a llevar a Podemos, y a un hipotético PSOE  de Pedro Sánchez, a una fragmentación irrecuperable. La postura radical está siempre basada en un ideal incuestionable, en una sensibilidad respecto a un tema  o temas que no admite ningún tipo de compromiso y, seguramente por ello, en una necesidad de imponer y llevar adelante ese ideal de forma prioritaria y urgente. Y Podemos es una amalgama de sensibilidades radicales, muy radicales, en temas de muy diferente cariz y no todos asumibles por la sociedad española actual. Al hombre medio de la calle, al ciudadano votante, le cuesta un mundo votar una opción cuya primera necesidad es deshacerse de todo lo que ha existido. Depositar un voto para tirar por tierra, o condenar incluso, una gran parte de la historia, ciertas tradiciones e incluso las normas de convivencia y tolerancia en las que se ha educado, ha crecido y ha creído durante su vida. Renunciar a cosas de tipo íntimo y ético, a cosas de tipo social y estético, a cuestiones de tipo moral y convivencial. Por no hablar de ciertas contradicciones que algunas de estas posturas generan.

“Si analizamos dos de las características principales del comportamiento radical podremos ver claramente cuáles son los problemas que van a llevar a Podemos, y a un hipotético PSOE  de Pedro Sánchez, a una fragmentación irrecuperable”

La mayoría de la sociedad española no comulga, perdón por el verbo, no comparte muchos de los planteamientos del feminismo radical e intolerante que predomina en ciertos círculos de Podemos. Una gran parte de la sociedad española, más de la mitad seguramente, no entiende, y por tanto no comparte la equiparación de los animales y las personas. No, en ningún caso tolerarían un maltrato animal, pero por la misma sensibilidad no tolerarán de palabra, obra o pensamiento un maltrato humano que marca una preeminencia de los animales sobre los hombres que marca el animalismo radical. Por no hablar de la contradicción moral y formal que supone estar en contra de la caza, de la pesca, de la ganadería y sin embargo estar a favor del aborto como práctica sin restricciones. Una parte considerable de la sociedad española acepta ya, no desde hace mucho la verdad, la homosexualidad de forma normal, pero no ciertos planteamientos de tipo radical de las asociaciones de gays y lesbianas. Y todos estos colectivos forman parte íntima de Podemos, y lastran su posibilidad de voto en unas elecciones generales. Y no olvidemos, porque no es cosa menor, que a día de hoy la inmensa mayoría de los españoles no quiere, no están dispuestos a consentir ninguna veleidad independentista, ni siquiera ninguna veleidad que huela a independentismo como pudiera ser el mal llamado derecho a decidir, que es, mientras la ley no se cambie, un derecho a decidir que leyes se acatan y cuáles no. Al ciudadano de a pie no se le reconoce ese derecho y, en justa correspondencia, él tampoco se lo reconoce a los demás.

Por resumirlo de alguna manera, si hiciéramos una radiografía superficial del sentir mayoritario de la sociedad española podríamos decir que no le gustan los toros, pero tampoco que se prohíban. Que tiene un sentido laico del día a día pero están en contra de la prohibición o ataque sistemático a la navidad, o a la semana santa. Que son igualitarios, pero no están comodos con la discriminación “positiva”. Que son tolerantes con la homosexualidad, incluso indiferentes, pero no llevan demasiado bien lo del orgullo. Que no son racistas, pero llevan mal que vengan minorías a decirnos como tiene que ser nuestra sociedad y que costumbres propias tenemos que erradicar porque ellos han llegado. Que no son insolidarios, pero se preguntan en un país carencias como el nuestro a que hay que renunciar para beneficiar a los que lleguen. Y que desgraciadamente están acostumbrados a que si se plantean públicamente estas cuestiones no reciban más respuesta, por parte de ciertos sectores, que la de ser llamados fachas, sin respuestas concretas. Y en todas estas cuestiones el radicalismo de Podemos está presente.

Y como todo partido Podemos necesita alcanzar resultados que le proporcionen puestos ejecutivos para mantenerse unida. A las pruebas me remito. Si hubieran logrado sobrepasar al PSOE en las últimas elecciones, o hubieran firmado un pacto con el PSOE del señor Sánchez en las anteriores, hoy no habría un enfrentamiento entre dos posturas, yo creo que al menos tres o incluso más, como la que se  produce entre el cesarismo de Pablo Iglesias y el cambio de modelo de partido que propugna Iñigo Errejón. Y tal como se presenta este enfrentamiento cainita no parece que vaya cerrarse sin cicatrices, o ni siquiera a cerrarse.

Así que, concluyendo, ahora mismo la izquierda española se debate entre cuatro posibilidades, como mínimo, que van desde una izquierda radical y cesarista, la de Pablo Iglesias, a una izquierda social demócrata y centrista que podrían representar Patxi López o Susana Díaz. En medio, en un limbo difícil de evaluar, se quedarían las izquierdas de Iñigo Errejón y de Pedro Sánchez, de las que no me atrevería a predecir qué futuro podrían tener ni en que rango de izquierdismo se moverían.

En fin, que tal como apuntábamos al principio de estas ya extensas palabras, ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio. Malo es el susto, pero aún peor puede ser muerte.

Normas de tráfico, el negocio irrenunciable.

Tal vez estas palabras sobran. Bastaría con decir: más de lo mismo, y estaría todo dicho. Todo dicho pero con casi todo por decir.

Más radares, más recaudación, más represión, más tirar para lo que interesa en detrimento de lo importante. Más formas de perseguir económicamente al conductor sin que importe si se mata o mata a alguien tres kilómetros más allá de que le hayan puesto una multa. Nada de prevención, nada de optimización. Nada de formación o de racionalización.

Es tan fácil como poner unos cuantos radares, disminuir de forma torticera la velocidad del tramo y cazar con unas fotos al incauto que pasaba por allí. Ya ni siquiera pararlo para obligarlo a identificarse y perder tiempo. Con un poco de suerte en el siguiente radar lo volveremos a cazar y ponerle otra multa. Eso sí, todo bien señalizado, todo bien orquestado para que parezca otra cosa.

Porque el peligro está en la velocidad. No, por mucho que algunos insistamos, el peligro no está en esos personajes conducidos al vértigo por unos vehículos que son incapaces de controlar, aferrados al volante con los nudillos blancos por la fuerza de la tensión con que lo cogen, volcados, casi tumbados, sobre él en un intento desesperado y desesperanzado de lograr ver algo más allá de los caballos que los preceden. El peligro, al parecer, no está en esos personajes incapaces de conocer cuál es la capacidad técnica del vehículo que conducen, ni de incorporarse a una vía armonizando su velocidad, ni de maniobrar con un mínimo de agilidad y dominio de los tiempos. El peligro no está en esos documentados conductores asustados por su propia impericia, incapaces de reaccionar, y a los que cualquier velocidad que supere la inadecuada suya es una temeridad de los demás. El peligro no está en esos conductores de tiovivo que ante la duda frenan en medio de una carretera o de un carril para incorporarse a otro porque no son capaces de sincronizarse con una marcha diferente o que conducen siempre por un carril central o izquierdo porque son incapaces de medir las velocidades y distancias para adelantar a otro vehículo ni siquiera en carreteras de carriles múltiples.

No, efectivamente, el peligro no está en la permisividad culpable y recaudatoria a la hora de conceder el permiso de conducir a personas con características físicas o mentales que los hacen incapaces. Es curioso que no todos sepamos jugar al fútbol, escribir poesía o saltar de un trampolín, pero al parecer toda la humanidad es capaz de desarrollar con suficiencia una actividad tan compleja y peligrosa como conducir un automóvil.

Siempre he oído decir que el transporte aéreo es mucho más seguro que por carretera. Y siempre he pensado lo mismo, si se le diera el título de piloto a las mismas personas a las que se les proporciona el carnet de conducir, y con el mismo rigor, hace tiempo que la población mundial habría disminuido, o la raza humana estaría extinta. Entre los que se mataran por impericia y a los que fueran matando en sus propios accidentes no quedaría más rastro de los hombres que el que dejaran las catástrofes producidas por todos esos pilotos, ahora conductores, incapaces.

Pero bueno, al fin y al cabo, más de lo mismo. Nada que recorte la capacidad sancionadora. De las medidas que en presente, y, sobre todo, en futuro serían necesarias. Por si acaso a alguien le pudieran interesar voy a enumerar las que a mí me perecerían realmente enfocadas a solucionar un problema grave:

  • Reparación por tramos, no por agujeros, no por centímetros cuadrados, del firme de las carreteras. Y en algunos casos nos solo del firme si no de esas bases estructurales que favorecen la creación de badenes y el cuarteamiento y deterioro de las capas asfálticas
  • Adecuación de las normas de velocidad a la verdadera limitación que debería de estar determinada por la capacidad del conductor, el tipo de vía y las características técnicas del vehículo: frenado, aceleración, relación del cambio y comportamiento en curva, en mojado, con viento. Yo tuve un SEAT Panda con el que me podía matar a partir de 60 Km/h y un FIAT Coupé con el que tenía mucha más seguridad a 180.
  • Endurecimiento de las pruebas para la obtención del permiso de conducir. Hacer un examen periódico durante los cinco primeros años para determinar la evolución de las capacidades, y establecer tipos de permisos en función de esa evolución.
  • Asociar los tipos de vehículos que puedan conducirse a las capacidades demostradas. Cuantos novatos, jóvenes o no jóvenes, vivirían aún si se limitaran los vehículos disponibles según las pericias constatables.
  • Endurecimiento de las pruebas de aptitud a partir de cierta edad y revisión del nivel de permiso.
  • Instalación en los vehículos, asociado al arranque, de un detector de sustancias inadecuadas para la conducción. Si usted no está en condiciones de conducir no lo voy a sancionar, simplemente no va a poder conducir. Y existe.
  • Un plan de formación integral de formación vial y ciudadana donde se enseñe a los niños, desde pequeños, normas, comportamientos, y fundamentos básicos de la circulación. A la vez que se podría evaluar al futuro conductor antes incluso de que pensara en serlo. Psicología, capacidades físicas, capacidades técnicas y espaciales.
  • Revisión de toda la señalización y eliminación de aquella que no tenga otro objeto que el de aumentar la recaudación o facilitar labores coercitivas.
  • Eliminar con regularidad y rigor obstáculos visuales que entorpecen la conducción en vías secundarias: carteles, señales, árboles…

Por supuesto estas medidas reducirían considerablemente la recaudación porque su fin no es sancionar, si no facilitar y salvar. Es comprensible que todo lo que se pueda captar con cámaras y se pueda imprimir en un papel es más sencillo, rentable y cómodo. Y al fin y al cabo cuando no podamos pagar más multas por que el dinero no nos llegue para vivir iremos más despacio, no habrá casi muertos, pero seremos los mismos incapaces, incívicos y reprimidos conductores que solo actuarán por el palo, sin entender ni asumir el  porqué de nuestros moratones, suponiendo que haya otro porqué diferente del dinero mismo.

¿Y este que escribe esto quien es para decir estas cosas? Un ciudadano que aprendió a conducir cuando tenía ocho años, que frecuentaba en verano los parques infantiles que la DGT montaba en los colegios y ayudaba a probar los karts. Un niño, entonces, hace ya tanto, que coleccionaba, y aún guarda, la colección de cromos de la DGT con las señales y las normas de circulación y que se los empapaba. Alguien que al cumplir los dieciocho años obtuvo su permiso de conducir sin necesidad de pisar una autoescuela porque ya llevaba años sabiendo conducir y conociendo las normas. Un apasionado de los coches que lleva más de dos millones de kilómetros recorridos, y solo ha tenido un accidente conduciendo. Accidente que asume que fue por su culpa y nada más que por su culpa.

Yo me pregunto muchas veces si estos sesudos de la represión, del palo y tente tieso, han conducido realmente alguna vez. Si alguna vez han prescindido del coche oficial con chófer y han vivido el día a día de las carreteras, ese que viven los comerciales, los camioneros, los conductores de autobús, todos los que tiene que desplazarse por carretera por mor de su trabajo. Esos que comprueban como hay dos sensaciones diferentes en la carretera: la de los días de diario y carretera abierta, plácida y relajada y la sensación crispada de peligro permanente que les invade, que nos invade, en periodos vacacionales, fines de semana o proximidades de ciudades.

“Yo me pregunto muchas veces si estos sesudos de la represión, del palo y tente tieso, han conducido realmente alguna vez. Si alguna vez han prescindido del coche oficial con chófer y han vivido el día a día de las carreteras”

Definitivamente, una vez más, sobran estas palabras. Lo peligroso no es la velocidad inadecuada, por exceso, por defecto, por aburrimiento que luego llamarán distracción, lo realmente peligroso, lo único, es el exceso de velocidad, signifique ese concepto de exceso de velocidad lo que signifique. Y la única forma de meter a los conductores, a los ciudadanos, en vereda es la coacción, la sanción, la persecución. Si es que somos como niños.

Volveremos a empezar (si nos dejan)

Nos hemos convertido en una sociedad mediocre. Acobardada, servil y mediocre.

 

Y no me estoy refiriendo a la sociedad española exclusivamente aunque sea la que tengo más presente, me estoy refiriendo a la sociedad occidental en general que está culminando un camino de varios siglos en los que, salvo hechos puntuales, se ha ido refugiando en un adocenamiento inducido por la cesión del individuo hacia las instituciones.

El individuo, armado de sus números (de cuenta, de identificación, de acceso a la sanidad, de matrícula laboral, de teléfono,…) se va diluyendo en medio de unas estructuras de poder inicialmente diseñadas para resolver los problemas comunes y que con el tiempo se han ido convirtiendo en voraces organismos fuera del control ciudadano en el mejor de los casos cuando no en causa directa de los mayores problemas del mismo.

Es inconcebible que convivamos con normas y leyes dictadas en nuestro favor (póngase el tono ironía activo) que todos sabemos puramente recaudatorias y coercitivas y no seamos capaces de obligar a sus promotores a retirarlas avergonzados de forma fulminante. No, no solo no las retiran y nos piden perdón, si no que con la cabeza alta y la soberbia de quién se considera por encima de sus administrados nos enumeran una lista infinita de pretendidas ventajas para nosotros.

Las leyes, las normas, ya no son un instrumento de defensa de la razón y la convivencia, ahora, aquí, para casi todos, las leyes y las normas son un instrumento administrativo para despojar al ciudadano indefenso ante la aplastante maquinaria de unos organismos administrativos centrados en la explotación inmisericorde del bolsillo privado. Más allá de la justicia o la razón, más allá de la equidad o idoneidad de la aplicación de las normas, la administración persigue al ciudadano hasta límites intolerables, moralmente reprobables, bordeando la ley hasta su aplicación fraudulenta e interesada.

Así que el ciudadano asiste entre el pasmo y su incapacidad de una reacción acorde a su indignación a su continuo despojo, a su permanente indefensión, al pisoteo sistemático de sus derechos individuales desde las diferentes administraciones -¿Por qué tener un expoliador si podemos tener varios y que se escuden unos en otros?- o desde grandes corporaciones protegidas por las leyes que les permiten actuar de forma lesiva e injusta sin otro derecho que el de la coacción de suspender un servicio básico ante cualquier posibilidad de resarcirse o rebelarse que el ciudadano de a pié pueda tomar.

Es intolerable la situación, el descaro, pero se toleran. Son intolerables las formas, los fondos y las explicaciones, pero se toleran y se mira hacia otro lado. Son intolerables los personajes que medran al amparo de estas normas, de estas leyes, y que añaden a la vejación de su aplicación la insultante, muchas veces, actitud personal de inquisidor, la altiva confrontación de quien se cree con una superioridad e impunidad que insulta, que veja, que condena a quien le paga aún antes, sin ni siquiera haberlo escuchado.

“Es intolerable la situación, el descaro, pero se toleran. Son intolerables las formas, los fondos y las explicaciones, pero se toleran y se mira hacia otro lado.”


Es un fraude de ley la presunción de veracidad que permite gravar y/o condenar a un ciudadano sin otra prueba que la denuncia de otro ciudadano al que se le concede tal privilegio por motivos de mayor facilidad condenatoria. Es un fraude de ley que reconocida la presunción de inocencia en la constitución el ciudadano tenga que demostrarla ante cualquier conflicto con la administración o funcionario o personal asimilado y no estos su culpabilidad. Baste su palabra

Es fraude de ley utilizar los plazos y recursos de la administración para dejar indefenso, sin capacidad de reacción al ciudadano, pero tanto la administración central, como las administraciones autonómicas, como los ayuntamientos lo hacen sistemáticamente sin que nadie parezca dispuesto a intervenir o capaz de ponerles coto.

Es fraude de ley, pero su aplicación es permanente, que las leyes y normas se utilicen con un fin diferente de aquel para el que fueron aprobadas.

Es fraude ciudadano que alguien pueda ser condenado por lo mismo que otro sea absuelto, baste cambiar de juez, de ayuntamiento o de comunidad autónoma.

Es fraude de ley que una ley no tenga otro objetivo que despojar a un ciudadano de una parte o la totalidad de los bienes sin pararse en su justa aplicación moral ni en las consecuencias económicas o laborales para el condenado.

Pero a todo esto asistimos y nos callamos. Todo esto lo sufrimos y los seguimos votando con unos criterios que solo pueden entender los forofos, los partidarios, los que están dispuestos a pasar por lo que sea para que no ganen los otros, tan descarados, tan sinvergüenzas, tan dañinos como estos o más, pero con una etiqueta diferente. Y es tal el hartazgo, la desinformación, que cuando queremos salirnos del follón creado solo vemos la opción de los mesías de la palabra hueca, del populismo sin soluciones, del mesianismo del ciudadano uniforme y plano tan contrario a la libertad y a las libertades.

Y es que en apenas dos siglos el habitante de los países occidentales en general ha sufrido una imparable mutación de ciudadano en contribuyente y de contribuyente en paganini. Tan imparable e indeseada mutación amenaza con no dejar las cosas así y convertir al paganini actual en un aborregado esclavo de un gran hermano, insospechado por su origen para Orwell en unos casos y exacto en otros, que ya claramente asoma las orejas.

Balad, balad hermanos, con las papeletas en las manos.
Elegid, elegid con esmero quién os quitará el dinero.
Bailad, bailad los triunfos de los que os van a despojar.
Y cuando estos acaben, después de cuatro años, volveremos, volveremos a empezar. (Si nos dejan).

Paseo por un bosque gallego

Foto:  By Amparo Perianes

Es apenas un aroma, una brisa que riendo con risa de castaño longevo me visita cuando me adentro en el paseo umbrío de un bosquecillo gallego, cuando mis pasos, pausados, calzados con botas de siglo y medio, me aproximan al perfume que se oculta tras el velo con que céfiro lo va envolviendo, como en un celofán de brisas rematado por un lazo trenzado de ensueños.

Y cuando travieso se escapa, otra vez, mientras mi olfato sabueso esta intentando  aprehenderlo, el bosque, que está en el juego, se sacude en carcajadas de pinos, de castaños, de salgueiros, que divertidos, partícipes del devaneo, me rozan dulces con sus ramas para que juegue con ellos

Y las gotas del orballo que saltan desde sus hojas hasta el ropaje en el que voy envuelto, y a mi piel, y a mi pelo, y se ocultan entre risas en mi espalda, en mi pecho, aprovechando la cueva que les ofrece mi cuello, con el leve escalofrío, la caricia, que provocan mientras recorren mi cuerpo me invitan a disfrutar de su vida, a perderme entre sus ramas, a saber esconderme del tiempo y como un árbol más dejarme mecer en el viento, bañarme con el rocío y alimentarme del suelo

Quien pudiera transmutarse y vestido con los verdes que la bruma va reponiendo en sus tonos verdaderos, enraizarse en el monte, vestirse de árbol viejo y con un leve suspiro, con un mínimo anhelo, cambiar mi alma de hombre y quedarme para siempre como uno más entre ellos.

El pan nuestro de cada día

¿Y ahora qué?, aquellos que tienen la paciencia de leerme habitualmente saben de mi propensión al uso del refranero y no es cosa de traicionarme  a mí mismo: “A lo hecho, pecho”.  Que viene a querer decir algo así como habértelo pensado antes.

Lo de Trump ya no tiene solución, ni sus valedores, que son muchos, poderosos y ocultos, van a permitir que la tenga hasta que haya cumplido su misión.

En este mundo que nos ocupa, y que parece ser que ocupamos, y concretamente en esta llamada civilización nuestra de cada día, alguien nos convirtió en piezas de un ajedrez cuyas dimensiones ignoro, aunque intuyo. La necesidad de esas piezas obligó a hacernos una serie de concesiones que por motivos de estrategia o de captación fueron seguramente más allá del límite previsto y ahora toca retocarlas, recortarlas o, si no nos ponemos un poco tensos, eliminarlas.

Alguien nos contó, y nos lo hemos creído, que somos seres libres, que vivimos en una democracia, que tenemos derechos intocables y diseñados ex profeso para nosotros… bueno, yo también estoy de acuerdo en que la muerte de la madre de Bambi fue una putada, aunque me consta que la madre de Bambi nunca murió.

Lo de que somos libres no pasa de ser una apreciación con cierto de nivel de autocomplacencia que clama al cielo. Recuerdo cierta viñeta de Quino sobre la situación física y anímica del padre de Mafalda antes y después de una jornada laboral y la reflexión final del personaje: “mandamos al trabajo un padre y nos devuelven esto” decía Mafalda contemplando la entrada de su padre, encorvado, física y anímicamente, con la ropa arrugada, la corbata floja y torcida y una cierta expresión de alelado cansancio en el rostro.

Somos libres de elegir donde conseguir una choza para vivir y por la que vamos a hipotecar nuestro presente y, en muchos casos, nuestro futuro. Somos libres de elegir quién nos va a proporcionar los cromos necesarios para poder pagar la choza, para poder tener que comer, con que calentarnos, poder beber e incluso, si no hacemos tonterías, donde van a reposar nuestros restos, porque ni siquiera somos dueños de nuestro cadáver hasta que no hemos pagado por él.

Desde Santa María de Iquique hasta nuestros días lo del dinero corporativo ha mejorado mucho, tanto que antes se consideraba un símbolo de opresión y ahora se considera una garantía de libertad. El que una estadística reciente diga que el 1% de la población mundial tiene tantos cromos como el 99% restante da una idea de que unos los tienen y otros los quieren, de que unos detentan el poder y los otros buscan desesperadamente las vías para acceder a una parte, eso si virtual, de ese poder.

Respecto  a la democracia, que quieren que les diga, debo de tener un ataque de cinismo, pero a mí me parece que lo que tenemos hoy en día es una especie de despotismo ilustrado con derecho a voto, una suerte de muleta electoral donde nunca se decide nada de lo que realmente sería importante. Una engañifa para acallar inquietudes y aspiraciones sin concesiones.

Solo hay dos maneras de ser libres, solo dos con un poco de suerte, pertenecer al 1% que es propietario de facto de este mundo en el que vivimos o lograr un billete, y no hay taquillas que los expendan, a un lugar en el que el 1% no esté interesado, acurrucarse en él y pasar sigilosamente por este mundo. Esto es, lograr estar fuera del sistema y, por supuesto, saber que existe la libertad, como reconocerla y desearla. No, por dios, ser un anti sistema no, si usted piensa eso es que no ha entendido nada, un anti sistema no es más que alguien que fortalece al sistema diciendo que se opone a él, alguien que permite que el sistema recrudezca sus represiones para preservar el bien común, el bien común del 1% por supuesto.

Claro que solucionar esto requeriría que el 99%, bueno el 95%, actuara de común acuerdo saboteando las trampas puestas a nuestro alcance para evitar que cuestionemos el sistema. El confort, la aparente libertad, la riqueza, la democracia hueca, el terrorismo, las fronteras que preservan las diferencias y nos aíslan de las desgracias ajenas, los populismos facilones, las izquierdas, las derechas, la desinformación plural, la educación que alfabetiza adoctrinando, los sistemas financieros diseñados para hacernos creer que existe “La Isla”.

¿Qué sucedería con el sistema si todos a una dejáramos de votar? ¿Dejáramos de abrir cuentas en los bancos? ¿Dejáramos de alimentar las maquinarias recaudatorias montadas para controlar nuestro pobre enriquecimiento? ¿Dejáramos, en definitiva, de cambiar nuestra libertad individual por unos pretendidos beneficios de civilización?

Hemos sido divididos en  naciones, en regiones, en ideologías, en religiones, en calidades de vida, en accesos a posibilidades, y el sistema se encarga de que los que están en mejores condiciones se preocupen de que los que están peor no puedan acceder a lo que ellos tienen y de que, por supuesto, en esta lucha ni se preocupen de los que lo tienen todo.

Pues eso, ahora viene Trump y nos da una vuelta de tuerca. Y después vendrá Marie Le Pen o Pablo Iglesias o cualquier otro que sirva para atemorizarnos o para provocar una reacción que siempre será favorable a los que manejan los tiempos, los recursos y los engaños.

Pero nosotros a lo nuestro. ¿Trump o Clinton? ¿Susana Díaz o Pedro Sánchez? ¿Ingleses o europeos? ¿Españoles o catalanes? ¿Indíbil o Mandonio? Vamos a continuar en la inopia, vamos a seguir comprando la felicidad de que al menos podemos elegir la cara y el sistema por el que vamos a seguir siendo disciplinados, engañados, toreados, y le llamaremos libertad, y le llamaremos democracia, y nos

“Vamos a continuar en la inopia, vamos a seguir comprando la felicidad de que al menos podemos elegir la cara y el sistema por el que vamos a seguir siendo disciplinados, engañados, toreados, y le llamaremos libertad”

abrazaremos a las migajas que tenemos para evitar que otros nos las quiten y en ese abrazo olvidaremos que hay otros que tienen el pan del que se han desprendido las migajas.

¡Qué digo!, olvidaremos hasta que existe el pan.

Paseando con mi padre

Paseando con mi padre, motor en su silla de ruedas, se me vino el tiempo,  inopinadamente, trastocado, revuelto, solapado, como solo el mismo tiempo sabe hacerlo, y en un instante, en un siglo, en un revuelo, fui  yo mismo paseándolo, fui yo mismo paseando a mi hijo en su silla, de pequeño, fui mi hijo paseándome en algún tiempo futuro, fui mi padre empujando un cochecito conmigo dentro en algún tiempo pretérito. Y sin llegar a aprehenderlo, sin llegar ni siquiera a fijar algún recuerdo el tiempo volvió a su línea y mi padre y yo –tal vez mi hijo también- seguimos con nuestros paseos, cada uno en su tiempo, cada uno en su puesto.

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