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Rafael López Villar
Historias escritas por RafaelVillar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Loa a la experiencia

Del abismo, del vacío, de la solidez de la muerte y de lo muerto, del abono putrefacto pero aún vivo, ha de alimentarse la palabra que florezca en un nuevo destino. Ningún lugar es el lugar, ningún discurrir es definitivo. Una parada, una palabra, apenas un descanso y la búsqueda se inicia de nuevo con la constancia inconsciente del que mantiene la esperanza más allá de lo evidente y más acá de lo divino, por encima de arcanos y videntes, a pesar de augures dirigentes. Se han de librar todas las derrotas sin más consideración que la de otro hito en el camino, sin más valoración que la de haber descubierto a otro enemigo. Al final la experiencia es el trofeo del que sabe vencer al ser vencido, quédense los otros con su copa.

Entre la refundación y la refundición

Parece ser que no solo la muerte tiene una crónica anunciada. Hoy parece cumplirse una predicción hecha por mí desde estas mismas páginas cuando se celebró el congreso de Podemos.

Era inevitable que las maneras de líder absoluto que se gasta Pablo Iglesias llevaran a Iñigo Errejón a una salida de la estructura “oficial” del partido, y que esa salida no fuera pactada ni aceptable para el perdedor. Supongo que Pablo Iglesias tenía la necesidad de que se visualizara sin ningún género de dudas lo que le espera a cualquier disidente que ose enfrentarse a su liderazgo.

Y ya está aquí el nuevo partido, Los Comunes, un partido que parece agrupar a todos aquellos que desde una izquierda moderna, todo lo moderna que puede ser cualquier ideología que se base en las vivencias del siglo XIX, aspira a sentirse cómoda entre los votantes y respaldada por ellos. Todas la figuras marginales de Podemos, incluidas las alcaldesas de las dos principales ciudades del país, son figuras representativas del nuevo partido y tienden una mano, con manzana envenenada, es verdad, a Podemos que no tendrá más remedio que rechazarla y quedar así como el malo, que posiblemente lo sea, de la película.

Como en física, en política, todo espacio vacío tiende a llenarse, y la radicalización, aún más, de Podemos tras su último congreso y las dudas que los socialistas están dejando con sus primarias en la opinión pública habían provocado un socavón en el espectro político que había que cubrir, y, como dice el refrán, el que da primero da dos veces, y Los Comunes, parecen haber dado primero.

Posiblemente está maniobra tenga dos damnificados principales, aunque a lo mejor no lo son de forma inmediata.

El primer damnificado es el Podemos de Iglesias que no puede, no sería creíble, tender puentes hacia los que acaba de intentar aislar levantándoles un muro. La imposibilidad de captar electores del gran caladero no alineado de votantes y su propia atomización llevara a Podemos a convertirse en la nueva IU.

Pero con ser el más claro Podemos, seguramente el mayor perjudicado de esta nueva opción sea el PSOE. Un PSOE enzarzado en una guerra fratricida, en una guerra cruenta y despiadada en la que no solo vale ganar, hay que aplastar. En una guerra basada en la descalificación y el insulto. En una guerra que no va a permitir cicatrizar las heridas sea cual sea el resultado.

“El primer damnificado es el Podemos de Iglesias que no puede, no sería creíble, tender puentes hacia los que acaba de intentar aislar levantándoles un muro.”

Si gana Pedro Sánchez el ala más moderada, más reconocible hasta ahora del PSOE, y los votantes independientes menos socialistas, no tendrán cabida en las siglas y tendrán que fundar su propio partido o acercarse a Ciudadanos. Si la que gana es Susana Díaz posiblemente se encuentre que tendrá más respaldo de los votantes que de los militantes y que la parte de estos que le han jurado odio eterno, que ya es tiempo para odiar, y la han cubierto de improperios por todos los medios a su alcance, seguramente emprenderán un éxodo inevitable hacia Los Comunes, principalmente, y hacia Podemos. ¿Y si gana Patxi López? Pues si gana Patxi López ganará la inestabilidad, el conflicto no resuelto, el aplazamiento del desenlace.

Así que, antes o después, la izquierda ocupará tres huecos, salvo que alguien sea capaz de refundarla, o refundirla, que lo mismo me da, como a principios de la transición. Entre tanto esta reinterpretación de la izquierda solo podrá acceder al gobierno pactando de dos en dos, que tampoco es mala cosa para los ciudadanos.

Tal vez en las próximas elecciones sea precipitado, pero más pronto que tarde España se puede encontrar con un gobierno de izquierdas formado por socialdemócratas y Comunes, que falta le haría. O sea lo que había, pero pactado y con caras nuevas.

Una cuestión metafísica

Verás papá, en estos días que estamos pasando más horas juntos da tiempo, contemplándote, a pensar en muchas cosas.

En tantas que a veces entiendo que la principal secuela de esta enfermedad es  que genera un pensamiento enfermizo, errático, obsesivo, en las personas, en los pacientes, que atienden al enfermo.

Contemplándote dormir con ese sueño profundo, continuo, malsano que parece más un entrenamiento para un destino inevitable que una actividad reparadora, que parece más una desconexión cada vez más prolongada y evasiva que una necesidad fisiológica, que parece más un ensayo de tránsito que un tiempo de descanso, es inevitable que las ideas vayan y vengan en una danza de tiempos y temáticas variados.

Cada vez más, cuando me preguntan cómo estás, respondo que tu cuerpo está perfectamente y que del resto de ti solo podemos constatar una ignorancia absoluta de tu paradero.

Esa presencia física a la que ya es difícil entenderle nada de lo que dice salvo los insultos a las personas que lo asean, que rara vez muestra un chispazo de coherencia que resulta aún más lacerante que la inconsciencia habitual, casi permanente, ya no es reconocible como el que fue mi padre salvo en ciertos rasgos de su fisonomía.

Si papá, tu cara aún recuerda tu cara, pero es lo único que queda del que fuiste, del que yo recuerdo. A veces tu risa, a veces un silbido, parecen abrirse camino de reconocimiento, de contacto, con los que estamos a tu lado. Eso, una brisa, un chispazo, un eco salido de una profundidad malsana e insondable.

Esta tarde, mirándote, viendo ese gesto que me atormenta de llevarte las manos a la cabeza como si los dedos pudieran encontrar y restaurar las conexiones perdidas de tu cerebro, me hice una pregunta nueva, una pregunta entre metafísica y desesperanzada: si los seres humanos tenemos alma ¿Dónde está la de los demenciados? Si el alma de los vivos reside en su cuerpo unidos por el hilo de plata y la de los muertos transita hacia estados superiores de consciencia ¿en qué recóndito estadio intermedio, en qué divino pebetero, aguarda el alma de los que han perdido su propia consciencia, el tránsito que la libere del cuerpo?

“me hice una pregunta nueva, una pregunta entre metafísica y desesperanzada: si los seres humanos tenemos alma ¿Dónde está la de los demenciados?”


No, papá, no es una pregunta religiosa, es una pregunta metafísica, es una necesidad de entender  ¿por qué? ,ó , para ser más exactos, ¿Dónde?

¿Dónde estás, papá, si es que estás, que no te alcanzamos? ¿Qué extraño lugar es ese que se rige por la falta de comunicación de los muertos y la actividad física de los vivos? ¿Estás ya muerto y tu cuerpo aún no lo sabe? ¿Estás aún vivo y no consigues que lo sepamos? No hay nadie que pueda contarlo, explicarlo, aunque pretendan hacerlo.

Es lo malo de la metafísica, papá, la facilidad que tiene para que nos planteemos las preguntas, la absoluta incapacidad de que adolece para llegar a las certezas.

La cultura incivilizada

Hay actitudes por las que uno deja de creer en el ser humano, en el ser humano civilizado y consciente por lo menos.

Visitar los grandes logros de la humanidad, las construcciones esplendorosas, los poblados y restos de nuestros antepasados, las obras de arte que en el tiempo nos han legado para nuestro disfrute, es uno de los grandes beneficios que ese monstruo de mil cabezas, no todas buenas, llamado turismo nos ha permitido.

Asombrarse ante la grandiosidad de las catedrales, de los monasterios y palacios, arrobarse ante la belleza emotiva de ciertas obras de arte, inspirarse en las vivencias y reflexiones de los grandes hombres, quedarse embelesado con el esfuerzo y el ingenio de nuestros primitivos y valorar en lo que valen sus avances y sus afanes, son experiencias que engrandecen nuestra alma y permiten que nuestro intelecto se reconforte y nutra.

Pero, y desgraciadamente, todo este panegírico sobre las bondades que el turismo cultural, que se llama, nos puede deparar se troca, con la experiencia de la cruda realidad, en una indignación sorda y visceral.

Así que por mor de esta terca e infausta realidad una vivencia lúdica y que debería de haber sido enriquecedora y placentera te deja un poso de amargura, de desesperanza, de sospecha sobre lo que se puede esperar de los seres humanos actuales y su educación.

Si coges una visita guiada tu enfado empieza en los comentarios sobre el patrimonio perdido durante la desamortización, durante los saqueos perpetrados al comienzo de la segunda república  o los latrocinios de coleccionistas privados que con impunidad, y muchas veces con complicidades clericales, se han llevado a cabo. A veces uno piensa que alrededor hay personas que no están muy lejos de los talibanes que destrozaron los budas o de los desmanes del  tristemente famoso ISIS y su sistemático derribo de todo aquello que no concuerde con sus creencias o sus ideologías.

Así que por mor de esta terca e infausta realidad una vivencia lúdica y que debería de haber sido enriquecedora y placentera te deja un poso de amargura, de desesperanza, de sospecha sobre lo que se puede esperar de los seres humanos actuales y su educación.”

Pero con ser eso triste, con ser lamentable y ya inevitable, lo que acaba de derrumbarte, de amargarte el día, es la absoluta falta de respeto de muchos visitantes hacia el lugar que visitan, de su falta de educación y de sentido histórico y, sobre todo, de su dejación hacia esos conceptos respecto a los menores a su cargo, cuando los hay.

He visto en la Alcazaba de Almería a gente que se subía o manoseaba piezas y elementos arquitectónicos que específicamente ponían “no tocar”, a niños cogiendo piedras de cualquier sitio que se les ocurriera sin que nadie les llamara la atención, es más, los vigilantes se giraban y miraban para otro lado evitando darse por enterados. “Es que si les llamamos la atención luego nos expedientan a nosotros”, me confesó uno. Incluso una familia, bastante numerosa, retiró una cinta de prohibido el paso para aposentarse en una escalinata y acomodarse en ella para almorzar, bolsas, neveras, manteles, latas, botellas, como si del campo o la playa se tratara.

He asistido en una visita de un grupo cultural a los toros de Guisando donde padres e hijos se subían a las esculturas para sacarse fotos y hacer las gracias correspondientes. En el poblado de Los Millares coincidí con un colegio cuyas profesoras estaban absolutamente sobrepasadas por las ocurrencias que los alumnos más “graciosos” llevaban a cabo en el interior de las cabañas mientas otros vigilaban que no se acercara nadie.

Porque parece ser que la permisividad, que el concepto de que la propiedad particular de cada cual está implícito en la propiedad pública, que la falta de perspectiva histórica inculcada en la formación, y el descrédito de la disciplina evitan que tengamos el más mínimo respeto por lo que el pasado pone a nuestro alcance y por la obligación de preservarlo y legarlo a nuestros descendientes en las mejores condiciones posibles.

El otro día estuve visitando el Monasterio de Uclés, ahora convertido en campamento y residencia de infantes. Me pareció tremendo ver a un montón de críos encaramados al brocal del pozo, sentados sobre la plancha que cubre su boca jugando a las cartas, escalándolo utilizando las figuras que lo adornan como puntos de apoyo para su ascensión sin que los monitores, uno de los cuales, al menos, estaba allí presente, hiciera el más mínimo además de llamarles la atención. Es más ante mi intención de hacer una foto un chaval un poco más mayor que los otros, no el monitor, les ordenó que se bajaran para que pudiéramos sacar la imagen sin habitantes, cosa que todos aceptaron sin ningún tipo de protesta. Pasada la foto todos volvieron a sus actividades de juego y escalada.

¿Cuantas actitudes de este tipo puede tolerar nuestro patrimonio sin resultar dañado? ¿Cuantos graciosos pueden soportar los monumentos haciendo su gracia de pintar, encaramarse o llevarse un recuerdo sin deteriorarlos? ¿Cuánta cultura incivilizada podemos permitirnos? ¿Valen para algo la autoridades, en este tema, aparte de para asegurarse su cargo y cobrarlo? Y prefiero no seguirme preguntando.

Un hoy imperecedero

Hola papá: hace muchos días. La rutina siempre tiende a enmascarar cualquier viso de creatividad y llevamos una temporada, afortunadamente, en la que no pasa nada de particular.

No pasamos de que hoy estés un poco más agresivo, un poco más dormido o un poco más  lúcido. Nos hemos instalado en que día a día hay que asearte, darte de comer, un paseo, volverte a asear y a dormir. Bueno, a pasar la noche, porque dormir duermes casi todo el día. Ya, sumidos en ese devenir plano, donde pensar es un lujo que tú no vas a compartir, todo sucede porque sucedió ayer y seguramente, dios lo quiera, sucederá mañana. Estamos programados y nos movemos de una forma casi mecánica. Ya los intentos de comunicación son una curiosa imposibilidad, curiosa por escasa e imposible porque no tenemos acceso a tu mente ni siquiera a través de ese lenguaje ininteligible con el que esporádicamente nos demandas algo inconcreto y muchas veces inexistente.

Hablo de la rutina como si me quejara de ella, en realidad quejándome de ella, pero es verdad que es el único flotador que nos permite estar contigo sin caer permanentemente en la angustia de ver cómo vas decayendo, cómo te vas yendo jornada tras jornada, sin presente, sin futuro, sin horizonte conocido o previsible. Todo lo que habrá de ser será, pero mientras tanto lo que es tiene una suerte de inmutabilidad que se mueve entre la desesperanza del no retorno y el bálsamo de lo rutinario.

Y

Ya no hay recuerdos, ni historias trastocadas. Ya no hay añoranzas de celebraciones ni frustración por las historia perdidas. Ya no hay otra cosa que un mirar hacia el hoy sin concebir un mañana ni recurrir a un ayer. No existe ni siquiera un ahora que signifique otra cosa que lo inmediato. El tiempo pasa pero no parece irse, mañana será una fotografía, un calco de hoy, que lo ha sido de ayer.

Ya no hay recuerdos, ni historias trastocadas. Ya no hay añoranzas de celebraciones ni frustración por las historia perdidas.”

Y si es desesperante no avanzar, no moverse, moverse es el peor de los castigos porque mañana, para ti, solo puede ser peor que hoy.

Hola papá, buenos días. Hola papá, hoy tampoco será otro día.

El deporte base

Hay temas que es mejor tratar en frío. Coger algo de distancia porque implican pasión y, por tanto, falta de ecuanimidad en el momento que intentan abordarse.

Y si hay temas ya de por si apasionados si los juntamos de dos en dos las alertas deben de atronar. Y eso es lo que pasa con el fútbol de base. Fútbol e hijos, fútbol y educación. Una mezcla que debería de resultar formativa pero que resulta explosiva.

Y resulta explosiva porque explosivo es el tratamiento que la sociedad hace de ambos temas, el tratamiento o la dejación podríamos plantear como alternativa.

Y se de lo que hablo porque recorrí con mi hijo campos y equipos, colegios y aficiones durante su etapa entre los seis y los catorce años. Se supone que los equipos deportivos de menores que patrocinan los colegios, los barrios, los pueblos, deben de servir para una educación complementaria en valores de los chavales. Para formarlos en el espíritu deportivo, en el espíritu colectivo que representa el equipo por encima de la individualidad del jugador, en el arte de saber perder y de saber ganar, en la limpieza de espíritu frente a la competición. Se supone, porque la realidad, la práctica, nos dice cuan diferente es esa ideal teoría de la cruda realidad.

Son muchos los ejemplos de chavales, de árbitros, de padres y, que casi no se dice, de madres. Son muchos los chavales que he visto maleados por padres y entrenadores que tampoco comprenden cual debería de ser el espíritu de esas competiciones, cuáles deberían de ser los valores predominantes en esas prácticas deportivas. Aunque tampoco es de extrañar viendo el patético ejemplo que les transmite el deporte profesional y su entorno.

Egoísmo, soberbia, narcisismo, mentiras, corruptelas, fingimientos, rencor… Esos son los valores que el deporte por antonomasia en este país, yo en realidad diría el espectáculo porque de deporte solo queda la parte física, transmite a los chavales que lo practican y, parece ser, que calan en la actitud de los padres.

Me decía un entrenador que mi hijo tuvo en un equipo de un barrio humilde de Madrid, un hombre bueno que con generosidad entregaba parte de su tiempo libre a entrenar a uno de los equipos de categorías inferiores, que su mayor problema no eran los chavales, eran los padres. Los padres que cuando sus hijos no jugaban se dedicaban a mostrar su insatisfacción y que, en algunos casos, llegaban al insulto. Pero más incluso que a los padres, me decía con su risa franca, temo a las madres, que crean en los niños un estado de insatisfacción que acaba derrumbando al equipo. Decía más, pero tampoco viene al caso.

Efectivamente, a cada familia que lleva a sus hijos a practicar el deporte de base, puedo hablar fundamentalmente de fútbol y de baloncesto, le corresponde una figura mundial en ciernes que todos deben de contemplar con arrobo. Todos consideran que su hijo es el futuro Maradona con el que recorrerán el mundo en avión privado y alojándose en los mejores hoteles. Y ¡ay del entrenador que no lo entienda así¡

“Todos consideran que su hijo es el futuro Maradona con el que recorrerán el mundo en avión privado y alojándose en los mejores hoteles. Y ¡ay del entrenador que no lo entienda así¡”

Porque el deporte es lo de menos. ¿Los valores? Los de cotización en el mercado de figuras. ¿El equipo? Un lastre que impide que la futura figura luzca todo su potencial ¿El entrenador? Un tarado que no lo pone todo lo que debe, o que no lo pone en su sitio, o que no tiene, directamente, ni idea de fútbol. ¿Los compañeros? Los pobres nunca llegaran a nada, a lo mejor fulanito o zutanito, que son muy amigos, apuntan maneras. ¿Y si el niño es portero? Entonces es peor. Solo puede quedar uno y todo vale.

Así que tampoco es raro que los padres, y muchos hijos, hagan de cada partido una reválida que no puede desperdiciarse porque el futuro hay que alcanzarlo cuanto antes. Y esto supone tensión y muchas veces una carga emocional que no todo el mundo sabe gestionar.

Desgraciadamente las federaciones tampoco es que se preocupen mucho por la situación y contribuyen, y no poco, a caldear la ya caliente caldera. ¿Cómo? Enviando árbitros que en muchas ocasiones no conocen o no saben aplicar las reglas, cosa que aparentemente también les sucede a los profesionales, o que se acobardan con un ambiente hostil, y que, sobre todo, no tiene la preparación pedagógica imprescindible para saber cómo manejar a los niños, que opinen lo que opinen los padres, las federaciones o los árbitros, no son profesionales.

Porque, ¡gracias a dios¡, los niños no son profesionales. Fingen como ellos porque es lo que ven en la tele que hacen sus ídolos. Algunos abroncan y desprecian a sus compañeros porque es lo que ven que hacen sus ídolos. Tiene la presión de ganar y ser los mejores de su equipo porque es lo que dicen los periódicos que leen sus padres y lo que sus padres esperan de ellos. Pero con todos los vicios despreciables que sus ídolos practican varias veces por semana en los televisores y que a diario son jaleados por la prensa del sector, los niños aun no son profesionales

Y muchos de ellos, la inmensa mayoría, no lo llegarán a ser nunca, pero si habrán perdido, les habrán hecho perder, una oportunidad única de aprender unos valores que en algún momento de su vida echaran en falta.

A todos los padres de los futuros Maradonas, a todas las madres, dejad que los niños lo sean todo el tiempo posible. Enseñadles a ser hombres de bien, el ejercicio de formar macarras debe de corresponder a otros ámbitos de su vida, aunque desgraciadamente no siempre sea así.

A beneficio de los huérfanos y los pobres de la sociedad

Hay días, desgraciadamente muchos, en que viendo lo que me rodea me pregunto hasta donde va a llegar  la miseria moral de la sociedad en la que convivo. Hasta donde podremos alargar esta decadencia muelle e insana, este retorcimiento culpable de los valores que nos traemos de un tiempo a esta parte y que me lleva, a pesar de mis esfuerzos, a aborrecer por igual a personas e instituciones, obras y dejaciones.

No puedo concebir con qué criterio esta sociedad, sus miembros, creen haber descubierto una suerte de fuente de la eterna juventud, pero solo para ellos, solo para aquellos que creen, posiblemente yo también tuve mis momentos, que los viejos ya nacen así y con la única misión de entorpecer, de fastidiar, de impedir la natural evolución de la juventud.

No he empezado estas palabras con el propósito de hacer una análisis de edades, ni siquiera con el de reivindicar papeles, pero permítaseme, aunque sea de forma ocasional, apuntar que todas las sociedades pujantes, fuertes y con futuro contrastado, han partido de equilibrar la fuerza de la juventud y la prudencia de la experiencia, renuncio aposta al término equívoco de sabiduría.

Pero hablemos, que es lo que realmente pretendía, de Justicia, no de justicia reglada y formal, no de justicia penal, civil o laboral, hablemos de justicia social, hablemos del delito de lesa humanidad que esta sociedad comete segundo a segundo de su existencia. Hablemos de acaparación, de avaricia desmedida y de abandono, de abandono cruel y culpable.

Porque abandono cruel y culpable, abandono miserable moral y éticamente es el que esta sociedad perpetra contra sus mayores a cada instante de cada día. Porque abandono lamentable por sus términos y su profundidad es el que sufren los mayores de esta sociedad, los discapacitados de este país, y me consta que de otros, cuando llegando a la edad en la que esperan que se les devuelva en forma de atención y cuidados que les son, no necesarios, imprescindibles se sienten abandonados, ninguneados, estafados, maltratados.

“abandono cruel y culpable, abandono miserable moral y éticamente es el que esta sociedad perpetra contra sus mayores a cada instante de cada día”

¿Cómo puede una sociedad permitirse, amparada en sus estructuras y criterios burocráticos, mirar para otro lado mientras algunos de sus miembros más débiles y necesitados malviven, malmueren, en condiciones infrahumanas? ¿Cómo puede permitir la soledad, la incapacidad, la discapacidad, la necesidad que personas sin recursos por edad, por formación, por vivencias sufren cada día y ampararse en un trámite burocrático, en un impreso, en una miserable y cochina mirada social para desentenderse del problema?

Pero si esta mirada sucia, inhumana, indecente, de la sociedad provoca en mí el desprecio más absoluto ese sentimiento se convierte en rabia y frustración cuando además me fijo en el agravio comparativo que ciertas informaciones, ciertas exhibiciones diría yo, ponen habitualmente ante mis ojos.

Es triste que la sociedad no sea capaz de demandar, de proveerse, de unos mecanismos que impidan el enriquecimiento abusivo de unos pocos frente a la necesidad de unos muchos. Es triste pensar, y más vivir, el abandono de nuestros mayores, de nuestros discapacitados de cualquier edad, de nuestros enfermos, de nuestros abandonados a su suerte. Y digo nuestros, en general, porque si nuestros fueron los beneficios de su trabajo, de su discurrir vital, de su inteligencia o torpeza, nuestras son ahora sus cuitas. De todos, de la sociedad.

Pero con ser triste, lamentable, indigno, me gustaría reflexionar sobre ciertas preguntas que acuden a mí cabeza cuando me cruzo, prácticamente a diario, con hechos que mi conciencia no consigue asimilar. Y para plantearlas y que sean comprensibles establezcamos una medida base, la pensión mínima de jubilación: 637,70 euros al mes. Si, insuficiente para vivir dignamente, miserable, pero es lo que hay y nos va a permitir poner en cifras nuestra reflexión moral.

¿Puede una sociedad sana, medianamente equilibrada y con valores, permitir que exista una lista, hablo de la lista Forbes, en la que el señor más rico de este país acumula un capital equivalente a 111.337.619,60 pensiones mínimas mensuales? ¿O sea la pensión anual de 7.952.687 personas viviendo en necesidad? ¿Posiblemente algunos de ellos con discapacidades que no pueden solventar por carencias económicas?

Claro que si en vez de coger solo a uno, tomamos los datos de los 50 más ricos del país podremos comprobar que acumulan 278.751.764,15 pensiones mínimas mensuales, o podrían pagar  una anualidad entera de miseria a 19.910.840 necesitados.

Aunque ¿qué podemos esperar de una sociedad que permanentemente saca en los papeles, y hace sus ídolos, a unos niños mimados que, por poner un ejemplo, exhiben periódicamente sus coches nuevos, uno más además de los que les regalan, con cuyo precio se pagarían 3.753 mensualidades de necesidad? O por ponerlo en otros parámetros, y hablando de uno concreto, ¿que por dar patadas, eso sí, muy eficazmente, a una pelotita gana cada minuto lo mismo que 146,5 personas necesitadas en un mes?

Posiblemente tampoco eso sea para escandalizarse si hay corporaciones, empresas, administradoras de, en realidad que comercian con, bienes de primera necesidad como la energía que mientras cortan el suministro, gas y electricidad necesarias para preparar los alimentos, para la higiene y  combatir el frío, a personas en estado de necesidad se permiten declarar, solo una de ellas, beneficios en 2013 por un importe de 8.395,41 pensiones mínimas mensuales con las que esas personas podrían alimentarse y, es posible que, hasta pagar los servicios que les hubieran prestado con unas tarifas más justas.

Y es que una sociedad que hace de la necesidad de los pobres el beneficio de los ricos es una sociedad, no injusta, no desequilibrada, miserable e indigna.

Por cierto, y que no se nos olvide, qué  podemos esperar de un Estado que emplea en su órgano recaudatorio principal, en su burocracia y su faceta coercitiva, 228,600 pensiones mínimas mensuales, insuficientes, patéticas. Es verdad, si además hablamos de las remuneraciones y prebendas de toooodos los cargos públicos, semipúblicos, de favor y beneficiados la cara se nos puede caer de vergüenza. Se nos debería de caer de vergüenza o podrida por el llanto de la impotencia y la pena por los miles y miles de conciudadanos que conviven su miseria, su necesidad, a nuestro alrededor.

Recuerdo, como no, aquella canción del grupo “Desde Santurce a Bilbao Blues Band” que hablaba de la fiesta que daba la marquesa en la que los invitados bebían, comían, vomitaban y flirteaban a beneficio de los huérfanos. Al día siguiente:

A las 10 de la mañana

los huérfanos trabajaban.

Y los pobres mendigaban.

Los invitados… RONCABAN

Pero todo ello era…

 

 

A beneficio de los huérfanos,

los huérfanos, los huérfanos

y de los pobres de la capital

 

Es posible que alguien confunda esto con un manifiesto comunista, revolucionario. No, no lo es. Y no lo es porque no creo que exista la igualdad absoluta ni creo en el absolutismo necesario para intentarla. Pero si creo que mientras se codeen la necesidad y el lujo, mientras convivan miseria y riqueza habría que intentar, habría que lograr un sistema que además de marcar la miseria mínima con la que puede castigarse a los ciudadanos también legislara la opulencia máxima con la que puede ofenderse a los necesitados. Salario mínimo frente a beneficio máximo. Eso sí sería Justicia Social, convivencia ciudadana, Ética humanitaria. A beneficio de los huérfanos y de los pobres de la sociedad.

En el cielo están preocupados

En el cielo están preocupados. No sabemos, porque el tiempo del cielo, como es del dominio público, es diferente al tiempo en los lugares mortales, pero la preocupación es evidente.

Movimientos inusuales e inusualmente acelerados en los despachos cercanos a la cúpula, corrillos que se hacen y se deshacen con los ceños fruncidos, gestos de perplejidad, que si en la tierra siempre resultan preocupantes en un entorno donde todo se sabe no son preocupantes, son apocalípticos.

Como empezaba diciendo, en el cielo están preocupados. Nadie entiende que pasa con San Jorge. Hay quién dice que el dragón, con su última llamarada, ha conseguido penetrar en su espíritu, hay quién habla de salidas a escondidas del cielo para reunirse con sabe dios, que debería de saberlo, quién, a sabe dios, que seguro que lo sabe, donde. Se murmura que algunas veces ha dejado rastro de elementos propios del Planeta Tierra a su vuelta.

En el cielo hay dimes y diretes, hay idas y venidas, hay preocupación por los trajines de San Jorge. Pero, y se me perdonará la irrespetuosidad, el problema es que en el cielo se lee poco, o, para ser más exactos, nada.

Porque si en el cielo se preocuparan de leer algo, o siquiera de sintonizar, que para ellos es gratis, cualquier canal de radio o televisión y oyeran las noticias, estarían, entonces sí, preocupados y con motivo.

Porque no puede ser casualidad. Seguro. No puede ser más que un plan astuta y arteramente concebido. Un plan arriesgado sin duda ya que la última vez que alguien en el cielo hizo un movimiento de este tipo acabó compartiendo espacio con el mismísimo Satanás.

San Jorge está preparando todo para pedir un cielo independiente. Estoy convencido. No puede ser casualidad que aquellas tierras en las que él es el patrón, protector y garante de sus destinos, estén enzarzados en proyectos de cariz rupturista.

Sí, es verdad que tanto Cataluña como el Reino Unido llevan siglos de historia dando la matraca con sus hechos diferenciales, y su pretensión de estar unidos a proyectos mayores aunque solo para lo que a ellos les parezca bien, pero, y como decía al principio de esta reflexión, el tiempo en el cielo discurre de otra manera, y lo que a nosotros pueden parecernos siglos a ellos no tengo ni idea de cuánto puede parecerles. Poco, seguro.

Y en la Tierra, también estamos preocupados. No hay más que observar, escuchar, alrededor y el tema es omnipresente. ¿Veis? Como en el cielo, omnipresente.

“Sí, es verdad que tanto Cataluña como el Reino Unido llevan siglos de historia dando la matraca con sus hechos diferenciales, y su pretensión de estar unidos a proyectos mayores aunque solo para lo que a ellos les parezca bien”

Cuanto más lo pienso más convencido estoy. Toda la culpa es de San Jorge, o del dragón si hacemos caso a las teorías conspiratorias. No en vano el dragón, hasta estos tiempos en que los animales son los buenos en todo, siempre ha sido una representación del mal, de la destrucción, del fuego que todo lo arrasa.

Pobre San Jorge, tal vez algún santo amigo debería de hablar con él y explicarle lo que es evidente para cualquier estudioso de los asuntos humanos. Esa manía de no leer que tienen en el cielo, de saberlo todo al mismo tiempo, tal vez los hace perder la perspectiva temporal. Alguien debería explicarle que desde que dios hizo ¡bum! y el universo, o los universos, empezaron a expandirse, la tendencia general es que todo vuelva al origen, a la unidad. Aquello del alfa y el omega.

Y sería conveniente, incluso necesario, que quién se decidiera a hablar con el bueno de San Jorge lo hiciera antes de que dios decida salir de su habitual ensimismamiento, porque entonces, posiblemente, ya no tenga solución.

En fin, que en el cielo están preocupados, de una forma, y en la tierra también, aunque sea de forma diferente. ¿Y yo? Pues también estoy preocupado, por ellos, fundamentalmente, por San Jorge, por Cataluña y por el Reino Unido,  claro que siempre puedo gritar eso de ¡Santiago y cierra España! Y es que al fin y al cabo siempre es un consuelo tener como patrono a un santo más preocupado de unir que de otras veleidades.

En la orilla

 

He invocado al mar en primera persona utilizando los lenguajes ancestrales, y observando con el alma el oleaje he querido escuchar con los ojos su respuesta. Las olas escribían en mi mente palabras con acento de sal y espuma, sonido de crestas y vientos, silabas de vida. Debieron de pasar varias eternidades antes de romper el contacto, milenios entre frase y frase, siglos de silencios.
Cuando volví en mí nada había cambiado, y una última ola se agitó en despedida, trepando por las rocas, por la orilla, por el aire que la acoge y la limita, y dejando a mis pies, nunca rendida, con simbolismo de madre y de acogida, la arena continente, la vegetación hundida y la vida que lo habita. Y yo mismo, renacido, expulsado una vez más del claustro primigenio, del que he nacido tantas veces, en tantas formas, en tantas vidas.

Nos engañan como a chinos

Parece ser que también la realidad nos la tienen que contar desde fuera, la alimentaria al menos. Tal vez haya que empezar a pensar que en España, al menos en lo que a alimentación se refiere, ni compramos, ni valoramos, ni legislamos, ni nos queremos enterar de nada salvo que nos lo etiqueten, valoren, legislen o expliquen desde fuera del país.

Hace ya mucho tiempo, y ya sé que parece un cuento pero no lo es,  que muchos de los que nos preocupamos por el mundo de la alimentación en cualquiera de sus variantes venimos denunciando que no sabemos qué es lo que comemos, que la legislación sobre la forma de etiquetar los alimentos es tan permisiva, en realidad tan sesgada y favorecedora de las grandes industrias, que las de lo que compramos están llenas de cifras y números que no significan nada para el usuario que se siente indefenso y se resigna a comer lo que le venden porque, salvo que tengas parientes en el pueblo, una cierta formación en el arte de comprar y/o la posibilidad de desplazarte para comprar los alimentos en origen, comemos lo que nos dan, ponga lo que ponga la etiqueta de marras que entre fórmulas y traducciones aviesas de la etiqueta de origen acaban por no tener otro sentido para la mayoría de consumidores que el que pueda tener un capítulo de química aplicada. Si somos lo que comemos, e indudablemente lo somos, está perfectamente claro por qué la situación de la salud general de los españoles se ha deteriorado, y sigue deteriorándose, de una forma tan evidente en los últimos años.

Habrá quién considere que basta con entrar en internet y “enterarse” de a qué sustancias corresponden las siglas y números de conservantes, colorantes, excipientes, potenciadores y demás elementos extraños que a día de hoy pueblan una etiqueta de cualquier alimento básico, y eso, si al final hay algo del alimento que inicialmente queríamos comprar, pero tal vez para esos “enterados” haya que reflexionar dos verdades no siempre contempladas respecto a ese acceso a la información: El primero que no todo el mundo sabe acceder a la información, algunos ni siquiera a la herramienta. Segundo que la información que existe en internet es tan basta e incontrolada que sobre cualquier tema o producto puedes encontrar miles de páginas que digan una cosa y otras tantas que digan la contraria. Distinguía el Doctor Zarazaga en una conferencia entre aprendices,  diletantes, expertos y friki

 

“Si somos lo que comemos, e indudablemente lo somos, está perfectamente claro por qué la situación de la salud general de los españoles se ha deteriorado, y sigue deteriorándose, de una forma tan evidente en los últimos años.”

 

en cuanto a la capacidad de entender, de desentrañar y asimilar la información que proporciona internet. Y desgraciadamente la experiencia nos dice que ganan de largo los diletantes y los frikis. Personas que acceden a la información y no son capaces de filtrarla por falta de preparación o que simplemente se preocupan de acumularla sin llegar a extraer conclusiones.

Todos conocemos a alguno de esos iluminados que defiende a ultranza la ingesta masiva de agua, de vegetales, de ciertos tipos de dietas y contra dietas que hacen de su vida un infierno obsesivo. Un infierno obsesivo y lesivo porque el daño no está en la forma de alimentarse, si no en los alimentos mismos. En los productos con los que se tratan las frutas, las verduras, las hortalizas maduradas artificialmente para darles un aspecto más iluminado y que no siempre son tolerables por el metabolismo. De las hormonas y engordantes que contienen las carnes y los pescados. Y también el agua contiene sales, sustancias, para hacerla más potable y resistente a la contaminación exterior.

Me contaba mi mujer que había dejado de comprar carne picada en determinados establecimientos cuando comprobó que la etiqueta de contenido de esa carne tenía una lista de ingredientes tal que no entendía si al final aquello llevaba carne o no. Claro, la carne picada debería de contener carne, y tocino opcionalmente, nada más. Tal vez carne mezclada que es una opción para abaratar el producto, pero carne. La etiqueta debería ser clara e inmediata para cualquiera que supiera leer. Pero no lo es.

De todas formas, si alguien quiere hacer un acercamiento a la  ciencia críptica del etiquetado, el mejor ejemplo es hacerse con un producto lácteo. Entre lo que pone la etiqueta, lo que dice la descripción que le han puesto y que le han quitado, solo queda preguntarse: ¿Y qué coño es esto? Y perdón por el exabrupto.

¿Leche sin lactosa? Y eso, ¿Qué es lo que es? ¿Algo sin lactosa sigue siendo leche? Pero si además pasamos a la verificación matemática aún es peor.

Póngase el usuario en un lugar de una gran superficie en la que domine todo el catálogo de productos lácteos: leches, quesos, batidos, postres, mantequillas, yogures, natas, zumos mezclados… y calcule, a groso modo,  la cantidad de litros de leche necesarios para obtener las existencias. Sume los que habrá en el almacén, multiplique por el número de establecimientos de la cadena en su lugar de residencia, por el número de establecimientos menores y de otras cadenas, por los que hay en su provincia, en su comunidad autónoma, en su país, y en todos los países del mundo. Divida, que no todo va a ser multiplicar, por el número de días medios de caducidad de los productos. ¿Cuántos millones dice?, pues ese sería el número de litros diarios necesarios para abastecer los productos que usted está viendo. Aplique todos los coeficientes reductores que estime oportunos, a mí se me ocurren varios. Sume el número de litros necesarios para alimentar a las nuevas generaciones mamonas de las especies correspondientes y hágase una pregunta. ¿Dónde están las vacas? ¿En qué remoto lugar del planeta, o del espacio exterior, están los animales necesarios para producir esa animalada de litros diarios? Si sumamos las producciones declaradas de todos los países del mundo mundial, ¿salen las cuentas? No, no salen. Las conclusiones se las dejo a Usted.

¿Que los quesos saben todos igual? ¿Que la mantequilla sabe casi igual que la margarina? ¿Que los yogures salvo por que son ácidos, no saben a yogur? Ya, pero los seguimos comprando, o, si usted quiere quedar más resignado e inocente, nos los siguen vendiendo.

Claro que también podemos hablar de la miel. También podemos contar cómo los productores españoles llevan ya un tiempo quejándose de que tienen sus almacenes repletos de miel de altísima calidad en tanto se importa de china de forma masiva un producto melifluo que no respeta el análisis más básico para ser llamado miel pero que es el que se comercializa con ese nombre en los establecimientos correspondientes. Eso sí, es mucho más barato. ¿No es miel?, no, claro, no es miel pero se etiqueta como tal, se oferta como tal y se cobra como si hubieras comprado tal. ¿Qué es?, yo no lo sé, no soy ni químico, ni técnico alimentario para poderle dar una descripción real, pero sí sé lo que no es. No es miel.

Pero todo esto ya lo sabíamos. Lo sabíamos hace años, lo sabíamos y lo hemos consentido con nuestro silencio, con nuestro consumo, con nuestra vida y con nuestra salud. Tal vez ahora que Cristophe Brusset, un francés, un ingeniero agroalimentario que ha trabajado desde su licenciatura en la industria alimentaria, publica un libro titulado “¡Cómo puedes comer eso!” sobre los fraudes alimentarios, y sus consecuencias, que ha conocido a lo largo de su carrera y que persisten en la actualidad, alguien piense que es el momento de hacer algo que beneficie al consumidor. O tal vez sea hora de que el consumidor se dé por enterado de lo que sucede y empiece a tomar determinaciones que lo lleven a una mejora de su calidad de vida, de su calidad alimentaria y de su salud.

En la situación actual, y si realmente somos lo que comemos, no es raro que no sepamos ni lo que somos.

Pero, ¿Habría alguna solución inmediata? La hay, pero supone un cambio total y absoluto en el planteamiento actual del consumidor, en su forma de llenar la cesta de la compra.

Primero, formación. Aprender qué productos son de temporada, de cercanía, cuales son frescos y cuales congelados. Cómo distinguir un pescado fresco de uno pasado, una carne engordada artificialmente de una engordada naturalmente. Distinguir productos naturales de productos elaborados. Aprender y aplicar a la compra. No solo es saludable, puede ser interesante y divertido.

Segundo, reeducación. Aprender que respetar los ciclos de producción a la hora de consumir permite productos con mayor sabor y más saludables. Aprender que los productos brillantes o sin mácula no son necesariamente los más frescos o más saludables. Acomodar nuestra alimentación a los productos disponibles en cada época y cada lugar y acceder a productos lejanos o intemporales solo de forma menos ordinaria.

Tercero, presión. No consumir nunca aquello que no entendamos claramente qué es, de donde procede, cuándo se ha cosechado, matado, pescado o producido. En qué condiciones de engorde o maduración se ha puesto en consumo. No consumir jamás y divulgar cualquier fraude de etiquetado o identificación que detectemos, sea de productor o de comercializador. Boicotear sin piedad a los que juegan con nuestra salud para su mayor beneficio.

Sí, es verdad, es más cómodo bajar al hiper, llenar la cesta sin pensar y quejarnos luego de como sabían las cosas cuando éramos más jóvenes, no hace tanto. Cuando comprábamos en la tienda de ultramarinos del barrio regentada por un vecino del mismo. Cuando el pan venía aún caliente de la tahona en cestas que esparcían el aroma de pan recién horneado por los alrededores, no congelado como ahora. Cuando ciertas partes de la calle olían a vaca, porque había una vaquería. Cuando las frutas sabían, los tomates sabían, se sabía que había melocotones en la frutería porque olían. Cuando los sentidos del paseante participaban de los aromas alimentarios del barrio. Cuando la mantequilla flotaba en los boles con agua y rodaja de limón de las mantequerías. Cuando el tendero, sin etiquetas, te decía qué variedad era, de dónde venía, cuando se había cogido y, casi, casi, el nombre del agricultor, del ganadero, del pescador.

“Nos engañan como a chinos”, dice la expresión popular y yo miro alrededor y veo a todos con los ojos rasgados.

En defensa de los valores

“Todos, todos me miran al pasar, menos lo  ciegos, es natural” y mi sensación actual es que estoy rodeado de ciegos, de los peores ciegos que  existen, los que no quieren ver.

Al parecer esta ceguera que se ha apoderado de la sociedad de unos años a esta parte, pero que aún debería de ser reversible, se desarrolla de una forma insidiosa, paulatina, casi voluntaria, de tal forma que el ciego lo acaba siendo por su propia determinación.

Empieza viendo solo la realidad que le rodea con un solo ojo, el que le marca su ideología, mientras cierra el otro cada vez con más fuerza hasta que, víctima de la misma inoperancia, del sistemático olvido de la función se desconecta definitivamente y  produce una ceguera parcial en el individuo que a partir de ese momento no tendrá más opción que seguir mirando sesgado.

Aunque esta pérdida pueda parecerle a algunos irrelevante e incluso conveniente a otros, la verdad es que realmente es irreparable porque ciertos valores solo son apreciables, solo son aceptables desde una perspectiva de visión dual. Esos valores dañados, olvidados, perdida la perspectiva son además los valores fundamentales que todo hombre de bien debería de defender por encima de sus propias y parciales convicciones: La Justicia, la Verdad, la Solidaridad, la Libertad y el Respeto.

Ninguno de estos valores es defendible si el individuo se empeña en mirar con un solo ojo y olvida que hay siempre, siempre, otra perspectiva de cualquier suceso o problema que es, como mínimo, tan válida como la suya.

La Libertad que hay que defender no es la propia, es la ajena. La solidaridad que hay que practicar no es con los que nos son afines, si no con los que nos son ajenos. La Justicia que hay que lograr no es la que dicta lo que yo creo si no la que preserva la inocencia en su máxima posibilidad. La Verdad que tenemos que buscar no es la que hace a unos mejores que a otros si no la que nos permita ser  a todos iguales. El respeto que tenemos que sentir, no el que practicamos, si no el que nos tiene que salir de dentro, el que nos permite escuchar las ideas de los demás, aunque sean contrarias a las nuestras, con la misma ecuanimidad y atención, o mayor según el grado de perfeccionamiento, con la que ellos deberán de escuchar las nuestras.

“El problema es que si nos fallan estos valores lo único que lograremos será un mundo uniforme, gris, sin alegría y sin las características mínimas necesarias, sin el entorno imprescindible para que un individuo pueda considerarse diferente de otro. Claro que esto tiene un nombre, totalitarismo.”

El problema es que si nos fallan estos valores lo único que lograremos será un mundo uniforme, gris, sin alegría y sin las características mínimas necesarias, sin el entorno imprescindible para que un individuo pueda considerarse diferente de otro. Claro que esto tiene un nombre, totalitarismo.

No puedo evitar cada vez que me asomo a las redes sociales sorprenderme de la bajeza que practican sectariamente personas que en la vida real, en el encuentro físico me parecen personas inteligentes y razonables.

Supongo que el anonimato, aunque sea nominal, del ordenador, el no estar físicamente sosteniendo lo dicho hace que muchas personas, insisto inteligentes, aparentemente ecuánimes, comprometidas con los valores, entren en una atroz carrera por decir la burrada más ocurrente, la patochada más soez e innecesaria, la barbaridad más insostenible, la irrespetuosidad más miope sobre los más diversos temas y personas, sin darse cuenta que lo mayores reos de sus disparates son ellos mismos y su credibilidad.

No dudo, en realidad estoy convencido, de que como los avaros de los cuentos su única satisfacción será frotarse las manos mientras recuentan los me gusta y los comentarios huecos y lisonjeros que responden a sus palabras.

Yo, que pretendo seguir siendo yo y para eso necesito que los demás sigan siendo los demás, todos, sin excepción, me declaro reo de mis palabras, sean escritas orales, firmadas o sin firma, porque mi único interés es la preservación y perfeccionamiento de los valores individuales fundamentales. Verdad, Justicia, Solidridad, Respeto  y como consecuencia Libertad.

reflexiones sobre la libertad de expresión

Empiezo a pensar, y después de leer a Fernando Savater parece que no soy el único, que además de ocultarnos sistemáticamente la verdad nos toman por tontos. Yo, por lo de pronto, me niego a ser adoctrinado ni por lo público ni por lo privado.

Sostener que un mensaje que es de primero de primaria, que un mensaje que se limita a hacer una descripción biológica de la diferenciación natural de los sexos, se puede considerar ofensivo, o que puede incitar a la violencia, es cuando menos preocupante.

No dudo, no tengo por qué, que el fondo de la campaña, o la intención, del ya famoso autobús, permítaseme felicitar a quién lo ideó porque nunca pudo sospechar que su mensaje, y el medio de difundirlo, iban a alcanzar la repercusión mediática que han conseguido, sea contrario a las tesis de ciertos colectivos, pero de ahí a hablar de incitación al odio media un abismo.

Parece ser que la moda y tendencia es cogérsela con papel de fumar cuando se analizan los mensajes de un lado del espectro político y considerar como ofensa y afrenta cualquier idea que tengan a bien propalar, mientras existe barra libre del otro lado. De tal forma que parece ser que la libertad de expresión solo es válida cuando se ejerce desde ciertas posiciones ideológicas y, al menos a mí, eso me parece absolutamente rechazable, y muy, muy, pero que muy preocupante.

Casi nadie, yo al menos apenas lo he oído, ha explicado que esta campaña del ya famoso autobús es una respuesta a otra campaña de signo contrario promovida en Vitoria, con los mismos colores, con grafía semejante, y con difusión en las paradas de autobús de esa ciudad, y de Gasteiz.

No es lo mismo a la hora de valorar lo sucedido el hecho de que el autobús sea una iniciativa única y gratuita a que sea una respuesta a otra iniciativa sobre el mismo tema que nadie ha contestado ni puesto en cuestión. O sea que sobre el mismo tema dos organizaciones se posicionan con el mismo tipo de mensaje pero contrapuestos y ¿uno incita a la violencia y otro es libertad de expresión? No suena bien, no me parece convincente.

Entre el mensaje de una  -“Hay niñas con pene y niños con vulva, así de sencillo”, de Vitoria Gasteiz- y el mensaje de la otra –“Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen”, de Madrid- yo no veo más diferencia que la evidente de que el segundo mensaje es de primero de primaria y el primero tal vez sea de secundaria.  Porque si yo fuera un niño, cosa ya imposible, y leyera los mensajes, el del autobús lo entendería a la primera y sin dudas ni desconcierto, pero el de las vallas publicitarias de Vitoria-Gasteiz requeriría de las explicaciones de un adulto para las que a lo mejor no estaría preparado. Bueno, por ser más exactos, puede que el niño no esté preparado, o incluso que el que no esté preparado sea el adulto para darlas, y entonces vendrán el fomento del odio y la intolerancia. Claro que lo mismo me entraba el furor científico y me ponía a hacer una masiva prueba de campo bajando pantalones y ropas interiores a diestro y siniestro. El resultado de tal prueba de campo me llevaría a dos conclusiones, la primera, empírica, que no entiendo a qué se refiere el cartel porque lo comprobado visualmente no cuadra con el mensaje. Efectivamente, así de sencillo. La segunda, ¡ay pobre de mí! que una parte de la sociedad no comparta, ni comprenda, ni apruebe, mi entrega a la ciencia y pueda acabar metido en problemas y con alguna parte de mi cuerpo contusionada. La gente en ciertas cuestiones es muy suya.

Convencer debe de ser el objetivo y no vencer porque este no es un tema, por más que ciertas posiciones ideológicas lo pretendan, que se deba de confiar al adoctrinamiento, a la imposición, antes bien debe de ser objeto de formación para que permita un desarrollo natural y no conflictivo en la sociedad. Si es que lo que se pretende es integrar y no enfrentar que es lo que al final se está consiguiendo.

Acallar mediante la persecución, el insulto y el aplastamiento toda opinión contraria a cualquier idea propia es una forma de adoctrinamiento que solo puede conducir al odio y al silencio conspiratorio de esas posiciones. Yo por lo de pronto alzo mi voz contra ese sistema de totalitarismo ideológico lesivo para la sociedad y para su formación, y olvido, a propósito, y con rabia, el posicionarme personalmente sobre el tema de fondo porque lo de lo que se trata es de las formas, que aunque parece que no son importantes lo son cuando hablamos de convivencia. Por eso y porque en el ambiente actual posicionarme sería una forma patética y poco convincente de intentar justificar lo que pienso y me niego. Yo tengo derecho a pensar por mí mismo e incluso, en ciertas ocasiones, a discrepar de los que piensen parecido.

 

“Acallar mediante la persecución, el insulto y el aplastamiento toda opinión contraria a cualquier idea propia es una forma de adoctrinamiento que solo puede conducir al odio y al silencio conspiratorio de esas posiciones.”


Y ahora, para acabar de explicarnos a los ciudadanos que es lo correcto y que es lo incorrecto, leo con asombro que una empresa cervecera catalana y la ciudad de Valencia piensan sacar su propia campaña contra el autobús. Espero que sean prohibidas con el mismo rigor y la misma contundencia o simplemente los ciudadanos de a pié, los independientes, los librepensadores estaremos en el camino de perder de nuevo una batalla. Y no es una batalla menor la de defender la ecuanimidad y la auténtica libertad de expresión.

Y además, y por ende, empiezan a surgirme dudas. ¿Qué tiene que ver la cerveza con la transexualidad? ¿Mi posición en este artículo se debe a mi nula ingesta de la tan rubia y espumosa bebida? Un sin vivir, oiga, un auténtico sin vivir esto de no poder estar de acuerdo ni siquiera con las propias ideas. Ya lo decía Voltaire, que el ideal democrático es ser capaz de defender las ideas ajenas por encima de las propias convicciones. ¿Qué quien es Voltaire?, esa es otra.

“No sé por qué piensas Tú, soldado que te odio yo” escribía Nicolas Guillén, cantaba, si no recuerdo mal, Facundo Cabral, “Si yo soy tú y tú eres yo”. Esto si sería democracia, utopía democrática. Demasiado para algunos.

 

Donde dije digo, digo digo

Es difícil sustraerse  a los debates trampa permanentes que los políticos en general nos proponen para evitar que nos interesemos sobre lo que realmente es importante.

Son múltiples, variados y nos van vaciando poco a poco de energía y de capacidad de reivindicación sobre los temas fundamentales que como ciudadanos, ya no de pleno derecho, realmente deberían de centrar nuestra atención.

Pero si hay un debate baldío, un debate desesperante y lesivo para los ciudadanos es el del lenguaje, es la perversión continua y continuada de la palabra que muchos de nuestros políticos utilizan para evitar que pueda existir un canal fluido de comunicación. Gracias a esta artimaña, burda, intolerable y que ataca directamente al patrimonio fundamental de las personas, que es el lenguaje, el debate se acaba centrando en los términos a utilizar y no en el fondo a conseguir.

Leo con pasmo, casi entre sollozos rayanos entre la risa y la desesperación, que una “portavoza” parlamentaria ha recriminado a otro diputado la utilización del vocablo guardería, que ella, y puede que su grupo, considera inadecuado en vez del mucho más correcto, insisto, para ella, de escuela infantil.

Tan soberana estupidez, se me ocurren otros términos pero tal vez sean inadecuados, se produce porque cierto tipo de políticos necesitan significarse y como al parecer las ideas no son ni suficientes, ni suficientemente brillantes, hay que presentarlas de tal manera que parecen lo que no son, importantes, trascendentes. Esto es, como el presente no vale nada me gasto el dinero en envolverlo.

Seguramente esta señora, o señorita (que antiguo, no?), esta “portavoza”, de lenguaje afilado y réplica presta, no tiene tiempo, ni ocasión, ni interés, de leer el RAE, o simplemente, le importa un pito lo que diga la Real Academia de la Lengua si no coincide con lo que ella cree que debe de decir. Porque si se molestara en leerlo vería que una de las acepciones del RAE dice: “Lugar donde se cuida y atiende a los niños de corta edad”. No habla nada de guardar niños, que es lo que ella argumenta que significa confundiendo la semántica con el significado.

“Tan soberana estupidez, se me ocurren otros términos pero tal vez sean inadecuados, se produce porque cierto tipo de políticos necesitan significarse”

Claro que no es la única confusión, y por eso creo que no es una confusión inocente, también suelen confundir la palabra con la carga de la palabra, su uso con su mal uso y utilizan una regla pacata y destructiva para cambiar el lenguaje y llegar a un punto en el que decir algo simple se acaba convirtiendo en una tarea de titanes. Decir enano es ofensivo, hay que decir persona de talla baja. No, decir enano es decir señor de talla baja y la ofensa puede estar en el que lo dice o en el que lo escucha, pero jamás en la palabra misma.

Existen alrededor de veinte enfermedades diferentes que producen enanismo, término médico que no se si traducir, por no ofender, como “personismo de talla baja”, y cuando le llamo enano a alguien puede suceder que se lo llame a alguien que no lo es con el ánimo de ofenderlo, que se lo llame a alguien que lo es con ánimo de ofenderlo, que se lo llame a alguien que lo sea y que se ofenda, o que se lo llame a alguien que es y simplemente esté apuntando una característica física que ni pretendo que ofenda ni ofende. Si hay ofensa la carga se le da a la palabra, no la tiene esta por sí misma, y por tanto lo que tengo que cambiar es la educación del que ofende o del que se ofende, no sustituir la palabra por otra, o por otro circunloquio, que podrá acabar cargándose de igual manera.

Uno de los grandes logros del lenguaje es la economía, es la capacidad de resumir un concepto complejo en una palabra y lo que se pretende de unos años a esta parte es justo lo contrario en aras de un puritanismo conceptual absolutamente interesado, sustituir la definición por una descripción, pervertir las reglas básicas de la comunicación acusándolas de ser portadoras de sentimientos y orientaciones. No, las palabras solo son vehículos de comunicación, sin más carga que la que cada uno quiera darles, al escucharlas o al pronunciarlas.

Una persona de edad avanzada es un viejo, una persona de talla baja es un enano, una persona que comercia con el trabajo de los demás es un explotador, no, un empresario tampoco, aunque en ocasiones puedan coincidir las dos cosas, y una escuela infantil, donde se enseña y educa a los niños de corta edad es una guardería.

Se ponga usted como se ponga señora “portavoza”. Para algunos, ya sabemos, viejos, carcas, fachas, indignos de ser mirados como iguales por ustedes, confundidos y confusos, la palabra es un valor tan importante que no estamos dispuestos a callarnos ni debajo del agua cuando observamos la “invención” del nuevo lenguaje. Como al poeta, nos queda la palabra, y con ella sabemos lo que decimos, lo que queremos decir e, incluso, lo que quieren algunos que acabemos por decir.

¿Se acuerda alguien de la Justicia?

La convivencia en una sociedad está marcada por una serie de valores que los individuos que la componen deben de asumir y practicar. Hablamos mucho de libertad, hablamos mucho de tolerancia e incluso de igualdad, pero ¿se acuerda alguien de la justicia?

Si nos atenemos a títulos prebendas y frases rimbombantes  podríamos concluir que la justicia es la virtud colectiva de mayor presencia en las instituciones, la que mayor número de veces es mencionada por los políticos, por los ciudadanos, por la sociedad en general. Hasta existe un Ministerio de Justicia, así, con algunas mayúsculas.

Rara es la vez que no se escucha a los políticos hablar del imperio de la ley para aclarar a continuación que la justicia es la misma para todos.  Pero el día a día, la terca realidad cotidiana viene con obstinación a dejar algo más que dudas en nuestra puerta de la conciencia social. Sin duda este es el imperio de la ley que bordea, pero muy por fuera, el ansia de justicia de los ciudadanos. Eso sí, habitualmente de justicia para los demás.

Porque si algo queda claro, si uno se fija con cuidado, es que cuando hablamos de justicia, a veces hasta con mayúscula, nos estamos refiriendo a aquello que cada uno considera justo para el prójimo, así con minúscula, pero que en absoluto puede aceptar que le sea aplicable a él mismo.

Nos viene de largo. El país que inmortalizó la picaresca, que convirtió el patio de Monipodio en escuela para instituciones públicas, y privadas, solo podrá tener el privilegio de tener unas leyes, o una aplicación de la ley, que reflejen su propio carácter

Un país que grava con IRPF las pensiones, que discrimina a sus ciudadanos en función de la parte territorial en la que residan, que consiente que ciertas entidades privadas se enriquezcan a costa de la miseria de sus ciudadanos, que permite que el frío, el hambre o la educación de sus administrados sean objeto de dividendos, que permite la especulación con la vivienda de los que se quedan en la calle y que se les arruine de por vida, que institucionaliza e incluso permite que se abuse de leyes y normas recaudatorias, que hace de la presunción de inocencia un títere en manos de la presunción de veracidad de los funcionarios, ese país, puede que sea el imperio de la ley, pero sobre la justicia ni llega a sospechar que exista.

Es verdad, a que negarlo, que la Justicia es rea de la Verdad, y que a nivel humano la Verdad es un concepto inalcanzable. Qué duda cabe. Pero de ahí a promover y legislar para promover la injusticia va un trecho que en muchos casos ya se ha recorrido. Y por eso, precisamente por eso, el único acercamiento a la justicia que le cabe al ciudadano es que no se le considere culpable salvo que se pueda demostrar lo contrario.  Son la presunción de inocencia y la probatura de culpabilidad. Demostrar la inocencia es en muchos casos y tal como está montado el sistema, una imposibilidad, imposibilidad que favorece siempre al que detenta la administración. Leer “El Proceso” de Kafka puede resultar una suave introducción a esa realidad.

Yo no sé, puedo tener sospechas, incluso fundadas, si la Infanta es culpable o inocente, ni lo sé ni me importa con este planteamiento que ya de raíz es injusto. Porque la causa que se seguía era por un tema económico, no de nombre, no de cuna, no de institución o político. Estos condicionantes del personaje no pueden, no deberían de, afectar a la justicia, no deberían de afectar a su aplicación legal.

Pero los linchadores de rigor, los que solo están dispuestos a aceptar un resultado, ya se han lanzado a la calle, a la física y a la mediática, para, sin pruebas, sin otros argumentos que la sospecha, la suposición o el rechazo hacia la institución a la que pertenece, condenar a la persona por ser personaje. Eso no es Justicia, eso no es ni siquiera legal, pero da igual, por ser quien es o por pertenecer a lo que pertenece algunos ya la consideran culpable sin remisión. Triste sentido de la justicia. Nulo sentido de la legalidad. Volvamos entonces a ley de Lynch, a los tribunales populares o a las confesiones por tortura, y que dios nos pille confesados si a alguno de nuestros vecinos le parecemos culpables de algo, posiblemente nos encuentren emplumados, colgados de un árbol al amanecer o perezcamos en una hoguera en alguna plaza pública. Aunque ahora que lo pienso ya hemos vuelto, ya tenemos ajusticiados al amanecer, periodístico o mediático, sin juicio previo y sin acceso a la presunción de inocencia. Ya algunos pobres infelices mueren víctimas del acoso o de la violencia gratuita de aquellos que no soportan la libertad ajena.

“Pero los linchadores de rigor, los que solo están dispuestos a aceptar un resultado, ya se han lanzado a la calle, a la física y a la mediática, para, sin pruebas, sin otros argumentos que la sospecha, la suposición o el rechazo hacia la institución a la que pertenece, condenar a la persona por ser personaje.”

Aunque yo tampoco crea en mi fuero interno que la sentencia sea justa, sí considero que es legal. Nadie me ha podido demostrar, yo al menos no lo veo, la culpabilidad de la persona. Nadie ha aportado pruebas, nadie ha declarado su culpabilidad con contundencia y sin beneficio propio. Y en ese caso prima la presunción de inocencia, para mí y para cualquier persona o personaje.

Y para colmo, en medio de este batiburrillo que marca, como cada día en cada juzgado, como cada día en cada ciudad y pueblo del mundo mundial, la infranqueable distancia que media entre la legalidad y la Justicia, cierto juez directamente implicado en el caso se descuelga con unas declaraciones públicas en las que se dedica a verter a la opinión pública, a través de la publicada, sus sospechas, sus insinuaciones, sus particulares y personales apreciaciones de indicios no compartidos por los jueces que han visto el caso.

Bien, señor juez, bien. Seguramente habrá una gran parte de la opinión de la calle, y de la de los medios de comunicación, que lo considerarán un héroe popular. Espero que se conforme con eso, o que sea eso lo que sus palabras han buscado. Para mí un juez que hace una demostración tal de no creer en la presunción de inocencia me parece patético, no personalmente, no individualmente, si no como persona formada y encargada de administrar las leyes. Como persona que, posiblemente, acabe siendo Personaje.

En el cuento “Ley y Justicia”, del libro “Arnulfo Aprendiz”, Arnulfo le pregunta a su Maestro:

– Maestro, ¿Por qué existen más leyes que instantes tiene la vida de un hombre? Y ¿por qué casi todas, si no todas, son injustas?

Si a la injusticia palmaria de las leyes, y por propia iniciativa, le sumamos la negación contumaz e interesada del principio de presunción de inocencia acabaremos acostumbrándonos a que aparezcan cadáveres en el río o emparedados en las viviendas, y proliferarán los miserables que marquen la culpabilidad de los demás. Eso sí, entonces podremos ahorrar unos dineros en estructuras legales que permitan un mayor enriquecimiento de los de siempre, y el poder ilimitado y omnímodo que proporciona administrar la injusticia.

Demasiadas incógnitas

Falta ahora por saber si se producirá la previsible magnanimidad, tan previsible como seguramente efímera, de Pablo Iglesias de cara a la galería.

Falta por saber si Iñigo Errejón, y todos los suyos, serán fusilados, políticamente hablando, al amanecer a la vista de todos o si su defenestración se producirá tras un abrazo, un tiempecito para el olvido y en un callejón oscuro que evite la publicidad de su final.

La verdad es que a pesar de que las cosas se han aclarado, que no solucionado, las incógnitas no han conseguido ser despejadas, porque en el congreso de Vistalegre 2 ha ganado, ha sacado más votos, una de la partes, pero queda por saber si esa victoria lleva aparejado, tal como a mí me parece, el principio del fin de la formación morada.

Yo no creo que Pablo Iglesias pueda permitirse tener a un rival, a alguien que le ha plantado cara y que se postula como posible alternativa, dentro de su estructura. Yo no creo que la personalidad, el cesarismo, de Pablo Iglesias le permita conservar viva a una persona cuyo proyecto se ha presentado como alternativa a sus modos y maneras. ¿Qué sucederá cuando sufra el primer descalabro en las próximas elecciones? Si Errejón estuviera para entonces dentro se convertiría automáticamente en la opción alternativa que no se tomó y que seguramente era la conveniente, pero si está fuera será el chivo expiatorio, el traidor, siempre dicho en voz baja y círculos íntimos, que dividió a los votantes y ha sido causa del descalabro.

“Yo no creo que la personalidad, el cesarismo, de Pablo Iglesias le permita conservar viva a una persona cuyo proyecto se ha presentado como alternativa a sus modos y maneras. ¿Qué sucederá cuando sufra el primer descalabro en las próximas elecciones?”

Claro que todo este razonamiento se basa en una pérdida importante de votantes de Podemos en las próximas elecciones, y no es la primera vez que lo anuncio. La radicalización, promulgada por el Sr. Iglesias en sus documentos aprobados, de un partido radical lleva a un mayor posicionamiento populista. Lleva a una mayor movilización en la calle, que es jugar con dos barajas, lo que no puedo ganar en el parlamento porque mis votos no son suficientes lo voy a ganar movilizando en la calle a mis partidarios, y en ese ámbito lo que importa no son los votos si no el alboroto que sea capaz de conseguir, la incomodidad ciudadana que sea capaz de promover. Pero, previsiblemente, esta actitud lleva a un alejamiento considerable de la masa de votantes moderados que son los que determinan los resultados finales de las elecciones generales. Y ya no son el partido de moda, el partido sorpresa, el partido que irrumpe con nuevas ideas, no, ya son el partido que se desgasta tras cuatro años de legislatura sin conseguir más objetivos que su fragmentación y la exhibición de sus radicalidades.

Claro que tal vez el mayor perdedor, con ser el inmediato, no ha sido el señor Errejón. Uno de los puntos importantes que han resultado de la asamblea de hoy es el alejamiento de las posiciones del PSOE. Y así anunciado, sin interpretaciones ni matices, señala otro perdedor que no participaba directamente en esa lucha.

¿Qué le va a vender ahora al Sr. Sánchez, a los militantes del PSOE? ¿Con quién va a pactar, o a qué precio, para alcanzar una mayoría que gobierne? Seguramente si yo fuera el Sr. Sánchez, que afortunadamente no lo soy, y tuviera algún apego a las siglas a las que pretendo representar, que no tengo derecho a dudar que sienta, presentaría automáticamente la renuncia a la candidatura para secretario general. Al menos lograría evitar una ruptura en mi propio partido que ahora mismo se me antoja, ya, gratuita.

Pero claro, vana ilusión, creo que ahora mismo el señor Sánchez no tiene más objetivos que la auto afirmación y vengarse de los que, él está convencido, lo traicionaron. Mal bagaje.

Lo único que lamento de toda esta historia es la más que probable desaparición del señor Errejón de la escena política. Su empeño en lograr que Podemos se convirtiera en un partido susceptible de ser interpretado como tal era digno de mejor final, aunque siempre se me antojó, dada la trama de base que conforma podemos, utópico. Siempre le quedarán las tertulias si su verdugo, amigo y oponente, no le niega hasta esa opción. Ya se sabe cómo se las gastan los jacobinos.

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