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Rafael López Villar
Historias escritas por RafaelVillar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

La Ley de Monipodio

Vivimos en un país invadido por la corrupción, sumergido en la corrupción, atónito ante el nivel de corrupción que día a día, partido a partido, organismo a organismo, salta a las páginas, sean escritas o habladas, de los medios de comunicación.

Es tal el grado de corrupción al que asistimos que cabe preguntarse ¿Es una táctica?  ¿Están usando la corrupción para distraernos de otras cosas?

Es verdad que en este país la corrupción, el trinque, la picaresca, es algo tan extendido, tan implícito en nuestro carácter, nuestra formación y nuestras leyes que si de repente nos viéramos libres de ella,  si mirando a nuestro alrededor no percibiésemos su tufillo repugnante, nos preguntaríamos en que extraño país extranjero nos encontramos.

Nunca he tenido claro si todos esos pícaros extranjeros que pueblan nuestros semáforos, nuestras esquinas, nuestras calles y transportes han venido a España a buscar su supervivencia o a hacer un master que los gradúe definitivamente en engaños y corruptelas. No hay facultad en todo el mundo que pueda compararse a le del Dr. Monipodio, ni campus como el de su patio extendido a todo un país.

En España todos somos corruptos, y perdónenme los medio españoles que no lo sean.  Yo no, pensarán muchos, yo nunca he robado, pensarán convencidos, olvidándose de esos folios de la oficina que se llevaron a casa, de ese gasto particular disimulado entre las dietas, de esas vendas o analgésicos  tomados en compensación de la explotación laboral sufrida, de esas deducciones presentadas en la declaración de la renta a ver si cuelan porque ya me las están cobrando por otro lado, que además es cierto. Y todo eso es corrupción, la corrupción de los pobres, la corrupción del que no tiene acceso a la corrupción de los millones y los negocios, pero corrupción.

“En España todos somos corruptos, y perdónenme los medio españoles que no lo sean.  Yo no, pensarán muchos, yo nunca he robado, pensarán convencidos, olvidándose de esos folios de la oficina que se llevaron a casa”

A lo mejor soy un cínico, no lo dudo, pero me temo que tengo razón. Y me temo que tengo razón porque en este país se legisla presuponiendo que el ciudadano es corrupto y va a intentar engañar a la administración, a la empresa, al recaudador, y por tanto, y en defensa propia, el recaudado, el paganini, se siente justificado en su latrocinio y, así como de paso, justifica al injustificable corrupto que además es, en realidad, el corruptor. Porque en este país se educa en la auto justificación, en aquello de que lo que no me lleve yo se lo lleva otro, en lo de “marica el último”, con perdón de la LGTB que seguro que se ofende aunque a estas alturas el dicho nada tiene que ver con las tendencias sexuales de nadie, en que “el que no corre vuela”.

Claro que el corrupto institucional es doblemente repugnante, moralmente hablando, porque se aprovecha de una posición no alcanzada por méritos propios si no por elección o  designación de electo para alcanzar un nivel de trinque al que no tendría acceso de otra forma.

Podríamos, en un alarde de ingenio, hacer una especie de principio de Peter de la picaresca que podríamos denominar la Ley de Monipodio, y que diría algo así como: “De trinque en trinque va el ciudadano subiendo y subiendo hasta que se le va la mano”. Perdóneseme el ripio en honor a nuestros literatos del siglo de oro que tanto y tan acertadamente escribieron sobre el tema.

Decía Samaniego en su “La Alforja”:

En una alforja al hombro,

Llevo los vicios;

Los ajenos delante,

Detrás los míos.

Esto hacen todos:

Así ven los ajenos,

Más no los propios.

Y eso que Samaniego no conocía el trajín de los partidos actuales, esa especie de paladines de la magia que meten una mano en todo lo que pueden mientras tiene la otra ocupada señalando la mano trincona de los otros partidos. Así el ciudadano harto de no saber hacia dónde mirar acaba no mirando hacia parte alguna.

Y en eso estamos, en eso nos tienen entretenidos, en denostar, perseguir, indignarnos con la corrupción ajena. Mientras tanto nos quitan la libertad, la democracia y la moral. Porque al fin y al cabo entre iguales anda el juego y no tenemos donde elegir, y ya ni ganas de hacerlo.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Una historia en tópicos

Cuando las barbas de tu vecino veas cortar pon las tuyas a remojar, dice el refrán tradicional. Esta es una historia, una reflexión, que se puede escribir acumulando tópico tras tópico.

El anuncio de Hollande sobre su presentación por el partido de Macrón y su anuncio de que da por muerto al partido socialista francés no hace más que derivar, una vez más, las miradas de los españoles hacia el duelo fratricida de los socialistas.

Porque, y siguiendo los tópicos, no hay más que ver las redes sociales para comprender que la escisión del PSOE y su más que posible refundación no es más que la crónica de una muerte anunciada. Anunciada  y parece que buscada con ahínco. El grado de frentismo, de intransigencia, de odio fraternal que destilan muchos de los mensajes utilizados en esta campaña no desmerecen de los dedicados al PP o a cualquier otro rival, tratado como enemigo irreconciliable, en campañas no internas.

Así que inevitablemente, y una vez finalizadas la primarias, más bien primitivas, una parte del socialismo español será un personaje en busca de autor, o, más bien, una ideología en busca de siglas, y de partido.

No sé si eso sucederá inmediatamente o asistiremos a un periodo de cierre de agravios en falso, pero se haga cuando se haga lo que sí está claro es que los avales presentados representan una escisión clara entre dos grupos que siempre han convivido con dificultad bajo una mismas siglas: el socialismo puro, más del gusto de los militantes, y la social democracia que anhelan los votantes como alternativa a una derecha que se mantiene por la desconfianza que Pedro Sánchez generó en su momento y seguirá generando en el futuro.

No sé si como el socialismo francés el socialismo español está muerto. Desde luego desprende un tufillo sospechoso y sus lecturas vitales son bastante inconstantes.

“No sé si como el socialismo francés el socialismo español está muerto. Desde luego desprende un tufillo sospechoso y sus lecturas vitales son bastante inconstantes.”


No sé si la sociedad española podría resistir la oposición de unas siglas vacías que perpetúen en el gobierno una opción que hace tiempo que solo vive por la muerte ajena, que se hace día a día en su propia inmundicia y cuya única acreditación es haber hecho una gestión positiva, aunque no idónea, en tiempos de crisis. El país necesita otra cosa. El país necesita ilusión, necesita soluciones a su desigualdad económica y social. Necesita con urgencia reformas que vuelvan a acercar a los ciudadanos, si es que siguen existiendo,  el control sobre la gestión que los políticos hacen con sus votos y a sus espaldas.

No sé, y dudo que nadie lo sepa, si España puede soportar la travesía del desierto que puede suponer una oposición realizada por un partido sin votantes, si gana el señor Pedro Sánchez, o la realizada por un partido sin militantes, si gana la señora Díaz. Si, ya sé, parece una falta de respeto que no hable de la opción de Patxi López, la opción de los moderados, la opción más serena y técnica de las tres, pero yo solo soy alguien que analiza lo que ve, y lo que veo es que el señor López no solo tiene pocas posibilidades de ganar, no tiene ninguna de reconciliar las dos posturas que se han jurado odio eterno, y que incluso lo consideran un traidor.

No hay mucho que rascar. La suerte está echada. A buen entendedor pocas palabras bastan. O, lo que es peor, a perro flaco todo son pulgas, y el PSOE, hoy, y peor mañana, está más flaco que el galgo corredor de nuestro Ingenioso Hidalgo. Que dios reparta suerte.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Por un plato de lentejas

Estamos tan inmersos en nuestras miserias, tan preocupados de solucionar lo que no se puede solucionar sin establecer previamente unas bases sólidas, son tantas las zanahorias que día a día nos hacen perseguir, que prácticamente nos olvidamos de que hay una cantidad ingente de problemas que nos están colando sin que nos percatemos y que cuando vengamos a darnos cuenta no habrá vuelta atrás porque ya no existirán ni las personas ni las condiciones mínimas para recuperarlos.

Alguien, un cerebro importante, sin duda, nos ha condenado al fracaso permanente de las ideologías. En algún momento de la historia los hombres han dejado de perseguir los ideales que ponían en común las aspiraciones humanas de progreso y perfección y nos los sustituyó por ideologías que promueven el permanente enfrentamiento, que buscan la insalvable diferencia y el sometimiento inevitablemente rebelado por el sometido y que impiden hacer un frente común en búsqueda de la auténtica libertad.

Nos han dividido en cojos de izquierdas y cojos de derechas, en tuertos capitalistas y tuertos socialistas, en lisiados mentales incapaces de encontrar un equilibrio que nos permita avanzar en los objetivos que realmente nos son propios: un mundo libre, igualitario y fraternal. Un mundo en el que el individuo sea el valor referencial, cosa que nunca será para una izquierda  que habla de pueblo privándolo de identidad individual , ni para una derecha que habla de globalización y liberalismo feroz en el que el individuo es aplastado por las máquinas de acaparar riqueza y poder.

“Nos han dividido en cojos de izquierdas y cojos de derechas, en tuertos capitalistas y tuertos socialistas, en lisiados mentales incapaces de encontrar un equilibrio que nos permita avanzar en los objetivos que realmente nos son propios: un mundo libre, igualitario y fraternal”

Yo anhelo un mundo sencillo. Un mundo de artesanos, de profesionales, de pequeñas y cercanas industrias que permitan una mayor calidad de vida. Anhelo un mundo en el que los ciudadanos tengan nombre y se reconozcan su capacidad y la posibilidad de transmitir sus conocimientos a las siguientes generaciones sin que los costes de tal trasmisión se hagan imposibles.

Anhelo un mundo en el que los gremios puedan convivir con otro tipo de organizaciones laborales. Un mundo en el que ser maestro o patrón no signifique ser sospechoso. Un mundo en el que coordinar, dirigir, no sea una prebenda si no una responsabilidad. Un mundo en el que el mérito suponga un reconocimiento y no la envidia de los mediocres. Un mundo en el que el talento no sea objeto de comercio, sí no un recurso de todos.

Pero ese mundo no es alcanzable mediante las ideologías. Esa Acracia triunfante que yo sueño solo puede partir de la formación, de la educación y de la generosidad. Y ninguna de estas tres características son objeto, en su valor real y total, de las ideologías, que lo que buscan es la preponderancia, el enfrentamiento que una vez resuelto dará lugar a un nuevo enfrentamiento para que el vencido reivindique su derecho a la victoria. Y así hasta el final.

Miremos a la sociedad. Una sociedad triste, egoísta, dominada por las minorías capaces de imponer sus criterios morales a las mayorías y sojuzgarlas bajo el pretexto de su debilidad. Una sociedad pacata, mísera y sometida moralmente por leyes que le impiden desarrollarse individualmente, incapaz de pensar o de rebelarse, mediocre por formación y vocación. Una sociedad que bajo banderas equívocas y equivocadoras impiden al individuo expresarse libremente. Una sociedad abocada al pensamiento único. Una sociedad reprimida hasta en el pensamiento por grupos que detentan su verdad única y aceptable. Una sociedad cobarde hasta la ignorancia. Una sociedad que desde su soberbia elitista y cutre impone sus vara de medir a la historia y al pensamiento. Una sociedad cuya única capacidad reconocible es el linchamiento del que se sale de su norma, el uso de los avances tecnológicos para la imposición por descalificación, el aplastamiento sin juicio previo ni reflexión sobre su comportamiento.

Pero aquí seguimos, distinguiéndonos entre rojos de mierda y fachas irrecuperables. Riéndole las gracias a los matones de nuestro lado. Mirando al infinito cuando los que destrozan, matan o roban son de los “nuestros”. Inmersos es una esquizofrenia que no nos deja ni ser.

En fin. ¿Y todo esto a que mierda viene? Algo me habrá sentado mal, seguro. Tal vez un plato de lentejas. De esas lentejas humildes y sabrosas que un tal Jordi Cruz, chef, se permitió nombrar con gesto de desprecio en un programa de TVE. Si ese mismo Jordi Cruz que hace poco se ha comprado un palacete e invoca el derecho de formación, gratuita, denigrando el sistema gremial que tanta falta nos hace.

Pues eso, por un plato de lentejas, por un atisbo de libertad esclavizada, la sociedad, esta sociedad, se entrega y se siente compensada. ¡Vágame el señor cuanta miseria!

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Podemos y la lidia

 

Independientemente de la consideración que los políticos merezcan por nuestra parte, hemos de convenir en que la inteligencia se les debe de suponer.

Es difícil pensar que alguien pueda llegar a cierta preponderancia en la sociedad sin que lo adornen unas características de madurez e inteligencia mínimas. Sí, es verdad que esta premisa es cuestionable si uno se fija en personajes como Trump, Maduro o Kim Jong Un. Así que olvidémonos de lo que sucede más allá de nuestras fronteras y al margen de simpatías o antipatías personales vamos a convenir en que los cabezas de cartel de los diferentes partidos que existen en España son personas inteligentes.

Que sí¡, que ya lo sé. La inteligencia debería de acreditarse de otra forma, pero vamos a dejar sentada esta aseveración para poder continuar con lo que me ocupa.

Mucho se ha escrito, mucho se ha hablado, sobre el movimiento de Pablo Iglesias presentando una moción de censura en la que seguramente ni él mismo cree como tal moción de censura.

Porque para que la moción de censura fuera viable necesitaría, entre otros muchos, del apoyo del PSOE. De un PSOE gobernado ahora por una junta gestora e inmerso en una lucha fratricida a la que ni siquiera sus más fervorosos militantes le ven una salida limpia, unida, sin divisiones.

¿Realmente Pablo Iglesias esperaba ese apoyo? No, ni ese, ni realmente ningún otro. Primero porque Pablo Iglesias es, perdóneme que insista, una persona inteligente, premisa ya defendida al principio de mis palabras, y segundo porque el objetivo de la moción de censura era la de atraer la atención de sus votantes sobre la imparable ascensión de Podemos al poder. Perdón, que a alguien lo he podido despistar con mis palabras, con la venta a sus incondicionales de la imparable ascensión de Podemos al poder.

Pablo Iglesias, persona inteligente y de amplias capacidades, estoy convencido de ello, sabe perfectamente que en este momento ya juega a la contra. Que sus tiempo de esplendoroso crecimiento y éxtasis mediático, ya están tocando a su fin. Que el devenir de los acontecimientos lo va llevando inexorablemente, y en parte por sus propios errores, a ocupar el lugar que realmente le corresponde en el panorama electoral español, el que tenía hasta ahora IU

“Pablo Iglesias, persona inteligente y de amplias capacidades, estoy convencido de ello, sabe perfectamente que en este momento ya juega a la contra. Que sus tiempo de esplendoroso crecimiento y éxtasis mediático, ya están tocando a su fin”


.La misma parafernalia, mística, teatralización de su presentación pública delata que su gesto no es más que una larga cambiada. La exhibición del engaño para que el lidiado entre al trapo, sabiendo que no hay más lidia, ni más espectadores que los que le son afines. Nadie más va a comprar el engaño. Se repite, pero con personajes diferentes, la puesta en escena de las ocasiones chungas. Mira lo que te digo que así no te fijas en lo que te hago. Te ofrezco un gobierno de coalición y en realidad te estoy clavando una daga envenenada. Malo si me dices que sí. Malo si me dices que no.

Bueno, nadie más no es cierto. El  segundo objetivo del teatrillo es lanzar sus redes hacia cierta parte del PSOE ahora empeñada en radicalizar la posición de su partido para convertirlo en izquierda izquierda y que entren al trapo y pasen a engrosar las filas de votantes que sustenten su posición para las próximas elecciones gracias a lo cual aún podría emprender un vuelo tipo ave fénix. De corta duración, pero menos da una piedra.

Pablo Iglesias sabe, porque no es tonto, que la consolidación de la opción de Los Comunes le corta todo acceso a los votantes menos radicales, la mayoría, e incluso la posibilidad, llegado el momento, de pactar con un PSOE en reconstrucción, que tendrá mayor afinidad con las posiciones más “legalistas” de la nueva formación que con la permanente salida de pata de banco que ha preconizado Pablo Iglesias en el último congreso.

Ante este panorama pronto se encontrará con que puede perder la  mayor parte de su representación parlamentaria y, poco a poco, o no tan poco a poco, las cuotas de poder autonómico y municipal conseguidas. Que su influencia y capacidad de maniobra de aquí a un par de convocatorias electorales no serán muy distintas de las que hoy por hoy lideraba uno de los acompañantes en la foto, Alberto Garzón, quién fracasada su operación de desembarco para pillar cacho, electoral por supuesto, a la larga, a la media o a la corta puede convertirse, incluso, en un rival más al que tener vigilado.

Yo espero que la general inquina que en Podemos se le tiene a la lidia no les haga olvidar la inmensa sabiduría popular legada en dichos taurinos. Sí, hasta el rabo todo es toro. Una larga cambiada sirve para poner al toro en suerte. Es importante estar siempre al quite. Pero haber tenido el poder tan cerca y ver como se te escapa es, sin duda, “una faena”.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

El mejor puerto de España

Hay frases, dichos, verdades inalterables, que se instalan en la sociedad y cuando intentas discutirlas te enfrentas al descrédito de los creyentes y al anatema de discutidor de axiomas. Y si en algún campo proliferan estas verdades inalterables, indiscutibles y falsas es en el campo de la gastronomía, donde ser experto de bolsillo (cuanto más caro indiscutiblemente mejor) es un valor en alza.

Pero no pretendía yo meterme una vez más con los pobres expertos de bolsillo, que con pagar lo que pagan, y por lo que lo pagan, ya tiene bastante, sino que mi intención al empezar a juntar letras es mostrar mi hartazgo con respecto a una de estas inalterables e insufribles frases con la que me enfrento cada vez que pretendo hablar sobre pescado.

Dicen y no paran: “Madrid es el mejor puerto de España para comer pescado”. Que dolor¡¡¡, que poco dominio del lenguaje, de la verdad, de los mercados nacionales y de cómo ver cuando un pescado es bueno, esto es fresco y, como se dice ahora, salvaje, aunque con este término yo siempre me imagino a Angel Cristo con una silla y un látigo encerrado en una jaula con unas lubinas feroces, o lo que sea que merece el calificativo de salvaje.

Vaya por delante que todos sabemos que Madrid no es un puerto, como que no tiene playa (vaya, vaya). Así que si traducimos la frasecita debería de quedar algo así, que es lo que defienden los recitadores, cómo : “En Madrid se come el mejor pescado de España”. Que dolor¡¡¡, que poco dominio de la verdad, de los mercados nacionales y de cómo comprobar la calidad del pescado. Bastaría un paseo por los distintos mercados de Madrid y un mínimo de conocimiento para comprobar que no hay forma de sostener esta afirmación y para aseverar que solo en muy contados establecimientos y a precios poco populares encontramos el pescado del que pretendidamente hablamos. Esto es con el ojo abultado y brillante, la escama transparente y la agalla roja, sangrante. Mejor no hablar de los que parece que han muerto con depresión.

Así que revisando la frasecita una vez más debería de decir: “En Madrid los que pueden pagarlo comen el mejor pescado de España”. Que dolor¡¡¡, que poco dominio de la verdad y de los mercados nacionales. Un buen paseo por los mercados de las ciudades y pueblos que tienen flota pesquera propia, sobre todo si es de bajura, bastaría para comprobar como el pescado que exhiben es de apenas hace un rato y en algunos casos hasta se mueve. Ese pescado casi vivo, de costa, que dada la configuración de la costa española no abunda. Nuestra plataforma atlántica es casi inexistente, el Mediterráneo es un mar esquilmado y del Cantábrico y sus problemas con los pescadores franceses y sus técnicas sobreexplotación mejor que hablen los pescadores españoles.

O sea que si le damos otra vueltecita podríamos llegar a una nueva versión de la frase en cuestión: “En Madrid el que puede pagarlo y sabe buscarlo puede comer el mejor pescado de España”. Que dolor¡¡¡, que poco dominio de la verdad. Esto seguramente es cierto si hablamos de la pesca de altura, de esa pesca realizada en caladeros lejanos y que es tratada en el mismo momento de ser pescada para su posterior traslado a las lonjas que la comercializan. En este tipo de pescado la frescura es un valor de conservación y su distribución es igual para todos los mercados nacionales, pero si hablamos de la pesca de bajura, sea pez o marisco, de esa que hace un pescador en su barca costeando, o poco más, y que varía según la zona costera y la temporada, de esa que degustamos en los bares de la población de donde ha salido la barca, y no en todos, de esa que nuestra memoria guarda como una experiencia rayana en lo místico, esa no se separa de la costa para su consumo idóneo más que unos pocos kilómetros, porque ni admite conservación ni hay la cantidad suficiente para que pueda comercializarse con la ventaja económica mínima bastante para las grandes tramas de distribución.

Ya no es Madrid. Es cualquier ciudad. Yo no voy a Valencia a comprar langostino de Sanlúcar, ni a Sevilla a comprar gamba de Garrucha, ni a La Coruña a pedir langostino de Vinaroz o salmonete. Y no es un problema económico o de capacidad indagativa o negociadora. No. Es un problema de lógica. Basta con seguir la cadena productiva y ver quien tiene la oportunidad de comer el mejor pescado. Sigamos la cadena:

El pescador. Es el primero que tiene el pescado en sus manos y tiene la oportunidad de seleccionar aquel que mejor le acomode, y en el momento.

“Ya no es Madrid. Es cualquier ciudad. Yo no voy a Valencia a comprar langostino de Sanlúcar, ni a Sevilla a comprar gamba de Garrucha, ni a La Coruña a pedir langostino de Vinaroz o salmonete.”

El negocio local. Que en muchos casos tiene acuerdos con los pescadores y compra antes de lonja lo mejor del día. Cuando no dispone de barco propio o familiar.

El lugareño o visitante o residente que puede comparar en la lonja o en el mercado local el pescado que ha entrado en el día

Los negocios de restauración de prestigio de cualquier lugar, que compran en lonja y tienen acuerdos puntuales para suministro.

Las pescaderías de alta calidad de cualquier lugar que eligen las primeras pagando un precio mayor por un producto mejor

Los habitantes de grandes ciudades que tiene acceso a una comercialización más inmediata

El resto de personas.


Simplemente es una secuencia lógica de la cadena de comercialización, y una conclusión basada en la observación y el placer de ponerla en práctica.

Así que finalmente, y por rematar, la frase de marras debería de quedar, termino arriba, aseveración abajo, de la forma siguiente: “En Madrid, si se sabe buscar y se puede pagar, es posible encontrar el mejor pescado de España que no se haya consumido en su lugar de origen”. Si, ya se, y en Barcelona, y en Sevilla y en Valencia y en …

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Entre la refundación y la refundición

Parece ser que no solo la muerte tiene una crónica anunciada. Hoy parece cumplirse una predicción hecha por mí desde estas mismas páginas cuando se celebró el congreso de Podemos.

Era inevitable que las maneras de líder absoluto que se gasta Pablo Iglesias llevaran a Iñigo Errejón a una salida de la estructura “oficial” del partido, y que esa salida no fuera pactada ni aceptable para el perdedor. Supongo que Pablo Iglesias tenía la necesidad de que se visualizara sin ningún género de dudas lo que le espera a cualquier disidente que ose enfrentarse a su liderazgo.

Y ya está aquí el nuevo partido, Los Comunes, un partido que parece agrupar a todos aquellos que desde una izquierda moderna, todo lo moderna que puede ser cualquier ideología que se base en las vivencias del siglo XIX, aspira a sentirse cómoda entre los votantes y respaldada por ellos. Todas la figuras marginales de Podemos, incluidas las alcaldesas de las dos principales ciudades del país, son figuras representativas del nuevo partido y tienden una mano, con manzana envenenada, es verdad, a Podemos que no tendrá más remedio que rechazarla y quedar así como el malo, que posiblemente lo sea, de la película.

Como en física, en política, todo espacio vacío tiende a llenarse, y la radicalización, aún más, de Podemos tras su último congreso y las dudas que los socialistas están dejando con sus primarias en la opinión pública habían provocado un socavón en el espectro político que había que cubrir, y, como dice el refrán, el que da primero da dos veces, y Los Comunes, parecen haber dado primero.

Posiblemente está maniobra tenga dos damnificados principales, aunque a lo mejor no lo son de forma inmediata.

El primer damnificado es el Podemos de Iglesias que no puede, no sería creíble, tender puentes hacia los que acaba de intentar aislar levantándoles un muro. La imposibilidad de captar electores del gran caladero no alineado de votantes y su propia atomización llevara a Podemos a convertirse en la nueva IU.

Pero con ser el más claro Podemos, seguramente el mayor perjudicado de esta nueva opción sea el PSOE. Un PSOE enzarzado en una guerra fratricida, en una guerra cruenta y despiadada en la que no solo vale ganar, hay que aplastar. En una guerra basada en la descalificación y el insulto. En una guerra que no va a permitir cicatrizar las heridas sea cual sea el resultado.

“El primer damnificado es el Podemos de Iglesias que no puede, no sería creíble, tender puentes hacia los que acaba de intentar aislar levantándoles un muro.”

Si gana Pedro Sánchez el ala más moderada, más reconocible hasta ahora del PSOE, y los votantes independientes menos socialistas, no tendrán cabida en las siglas y tendrán que fundar su propio partido o acercarse a Ciudadanos. Si la que gana es Susana Díaz posiblemente se encuentre que tendrá más respaldo de los votantes que de los militantes y que la parte de estos que le han jurado odio eterno, que ya es tiempo para odiar, y la han cubierto de improperios por todos los medios a su alcance, seguramente emprenderán un éxodo inevitable hacia Los Comunes, principalmente, y hacia Podemos. ¿Y si gana Patxi López? Pues si gana Patxi López ganará la inestabilidad, el conflicto no resuelto, el aplazamiento del desenlace.

Así que, antes o después, la izquierda ocupará tres huecos, salvo que alguien sea capaz de refundarla, o refundirla, que lo mismo me da, como a principios de la transición. Entre tanto esta reinterpretación de la izquierda solo podrá acceder al gobierno pactando de dos en dos, que tampoco es mala cosa para los ciudadanos.

Tal vez en las próximas elecciones sea precipitado, pero más pronto que tarde España se puede encontrar con un gobierno de izquierdas formado por socialdemócratas y Comunes, que falta le haría. O sea lo que había, pero pactado y con caras nuevas.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Una cuestión metafísica

Verás papá, en estos días que estamos pasando más horas juntos da tiempo, contemplándote, a pensar en muchas cosas.

En tantas que a veces entiendo que la principal secuela de esta enfermedad es  que genera un pensamiento enfermizo, errático, obsesivo, en las personas, en los pacientes, que atienden al enfermo.

Contemplándote dormir con ese sueño profundo, continuo, malsano que parece más un entrenamiento para un destino inevitable que una actividad reparadora, que parece más una desconexión cada vez más prolongada y evasiva que una necesidad fisiológica, que parece más un ensayo de tránsito que un tiempo de descanso, es inevitable que las ideas vayan y vengan en una danza de tiempos y temáticas variados.

Cada vez más, cuando me preguntan cómo estás, respondo que tu cuerpo está perfectamente y que del resto de ti solo podemos constatar una ignorancia absoluta de tu paradero.

Esa presencia física a la que ya es difícil entenderle nada de lo que dice salvo los insultos a las personas que lo asean, que rara vez muestra un chispazo de coherencia que resulta aún más lacerante que la inconsciencia habitual, casi permanente, ya no es reconocible como el que fue mi padre salvo en ciertos rasgos de su fisonomía.

Si papá, tu cara aún recuerda tu cara, pero es lo único que queda del que fuiste, del que yo recuerdo. A veces tu risa, a veces un silbido, parecen abrirse camino de reconocimiento, de contacto, con los que estamos a tu lado. Eso, una brisa, un chispazo, un eco salido de una profundidad malsana e insondable.

Esta tarde, mirándote, viendo ese gesto que me atormenta de llevarte las manos a la cabeza como si los dedos pudieran encontrar y restaurar las conexiones perdidas de tu cerebro, me hice una pregunta nueva, una pregunta entre metafísica y desesperanzada: si los seres humanos tenemos alma ¿Dónde está la de los demenciados? Si el alma de los vivos reside en su cuerpo unidos por el hilo de plata y la de los muertos transita hacia estados superiores de consciencia ¿en qué recóndito estadio intermedio, en qué divino pebetero, aguarda el alma de los que han perdido su propia consciencia, el tránsito que la libere del cuerpo?

“me hice una pregunta nueva, una pregunta entre metafísica y desesperanzada: si los seres humanos tenemos alma ¿Dónde está la de los demenciados?”


No, papá, no es una pregunta religiosa, es una pregunta metafísica, es una necesidad de entender  ¿por qué? ,ó , para ser más exactos, ¿Dónde?

¿Dónde estás, papá, si es que estás, que no te alcanzamos? ¿Qué extraño lugar es ese que se rige por la falta de comunicación de los muertos y la actividad física de los vivos? ¿Estás ya muerto y tu cuerpo aún no lo sabe? ¿Estás aún vivo y no consigues que lo sepamos? No hay nadie que pueda contarlo, explicarlo, aunque pretendan hacerlo.

Es lo malo de la metafísica, papá, la facilidad que tiene para que nos planteemos las preguntas, la absoluta incapacidad de que adolece para llegar a las certezas.

https://www.youtube.com/watch?v=JRaIOLhUux4

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

La cultura incivilizada

Hay actitudes por las que uno deja de creer en el ser humano, en el ser humano civilizado y consciente por lo menos.

Visitar los grandes logros de la humanidad, las construcciones esplendorosas, los poblados y restos de nuestros antepasados, las obras de arte que en el tiempo nos han legado para nuestro disfrute, es uno de los grandes beneficios que ese monstruo de mil cabezas, no todas buenas, llamado turismo nos ha permitido.

Asombrarse ante la grandiosidad de las catedrales, de los monasterios y palacios, arrobarse ante la belleza emotiva de ciertas obras de arte, inspirarse en las vivencias y reflexiones de los grandes hombres, quedarse embelesado con el esfuerzo y el ingenio de nuestros primitivos y valorar en lo que valen sus avances y sus afanes, son experiencias que engrandecen nuestra alma y permiten que nuestro intelecto se reconforte y nutra.

Pero, y desgraciadamente, todo este panegírico sobre las bondades que el turismo cultural, que se llama, nos puede deparar se troca, con la experiencia de la cruda realidad, en una indignación sorda y visceral.

Así que por mor de esta terca e infausta realidad una vivencia lúdica y que debería de haber sido enriquecedora y placentera te deja un poso de amargura, de desesperanza, de sospecha sobre lo que se puede esperar de los seres humanos actuales y su educación.

Si coges una visita guiada tu enfado empieza en los comentarios sobre el patrimonio perdido durante la desamortización, durante los saqueos perpetrados al comienzo de la segunda república  o los latrocinios de coleccionistas privados que con impunidad, y muchas veces con complicidades clericales, se han llevado a cabo. A veces uno piensa que alrededor hay personas que no están muy lejos de los talibanes que destrozaron los budas o de los desmanes del  tristemente famoso ISIS y su sistemático derribo de todo aquello que no concuerde con sus creencias o sus ideologías.

Así que por mor de esta terca e infausta realidad una vivencia lúdica y que debería de haber sido enriquecedora y placentera te deja un poso de amargura, de desesperanza, de sospecha sobre lo que se puede esperar de los seres humanos actuales y su educación.”

Pero con ser eso triste, con ser lamentable y ya inevitable, lo que acaba de derrumbarte, de amargarte el día, es la absoluta falta de respeto de muchos visitantes hacia el lugar que visitan, de su falta de educación y de sentido histórico y, sobre todo, de su dejación hacia esos conceptos respecto a los menores a su cargo, cuando los hay.

He visto en la Alcazaba de Almería a gente que se subía o manoseaba piezas y elementos arquitectónicos que específicamente ponían “no tocar”, a niños cogiendo piedras de cualquier sitio que se les ocurriera sin que nadie les llamara la atención, es más, los vigilantes se giraban y miraban para otro lado evitando darse por enterados. “Es que si les llamamos la atención luego nos expedientan a nosotros”, me confesó uno. Incluso una familia, bastante numerosa, retiró una cinta de prohibido el paso para aposentarse en una escalinata y acomodarse en ella para almorzar, bolsas, neveras, manteles, latas, botellas, como si del campo o la playa se tratara.

He asistido en una visita de un grupo cultural a los toros de Guisando donde padres e hijos se subían a las esculturas para sacarse fotos y hacer las gracias correspondientes. En el poblado de Los Millares coincidí con un colegio cuyas profesoras estaban absolutamente sobrepasadas por las ocurrencias que los alumnos más “graciosos” llevaban a cabo en el interior de las cabañas mientas otros vigilaban que no se acercara nadie.

Porque parece ser que la permisividad, que el concepto de que la propiedad particular de cada cual está implícito en la propiedad pública, que la falta de perspectiva histórica inculcada en la formación, y el descrédito de la disciplina evitan que tengamos el más mínimo respeto por lo que el pasado pone a nuestro alcance y por la obligación de preservarlo y legarlo a nuestros descendientes en las mejores condiciones posibles.

El otro día estuve visitando el Monasterio de Uclés, ahora convertido en campamento y residencia de infantes. Me pareció tremendo ver a un montón de críos encaramados al brocal del pozo, sentados sobre la plancha que cubre su boca jugando a las cartas, escalándolo utilizando las figuras que lo adornan como puntos de apoyo para su ascensión sin que los monitores, uno de los cuales, al menos, estaba allí presente, hiciera el más mínimo además de llamarles la atención. Es más ante mi intención de hacer una foto un chaval un poco más mayor que los otros, no el monitor, les ordenó que se bajaran para que pudiéramos sacar la imagen sin habitantes, cosa que todos aceptaron sin ningún tipo de protesta. Pasada la foto todos volvieron a sus actividades de juego y escalada.

¿Cuantas actitudes de este tipo puede tolerar nuestro patrimonio sin resultar dañado? ¿Cuantos graciosos pueden soportar los monumentos haciendo su gracia de pintar, encaramarse o llevarse un recuerdo sin deteriorarlos? ¿Cuánta cultura incivilizada podemos permitirnos? ¿Valen para algo la autoridades, en este tema, aparte de para asegurarse su cargo y cobrarlo? Y prefiero no seguirme preguntando.

https://www.youtube.com/watch?v=PVjhFplHEgo

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Un hoy imperecedero

Hola papá: hace muchos días. La rutina siempre tiende a enmascarar cualquier viso de creatividad y llevamos una temporada, afortunadamente, en la que no pasa nada de particular.

No pasamos de que hoy estés un poco más agresivo, un poco más dormido o un poco más  lúcido. Nos hemos instalado en que día a día hay que asearte, darte de comer, un paseo, volverte a asear y a dormir. Bueno, a pasar la noche, porque dormir duermes casi todo el día. Ya, sumidos en ese devenir plano, donde pensar es un lujo que tú no vas a compartir, todo sucede porque sucedió ayer y seguramente, dios lo quiera, sucederá mañana. Estamos programados y nos movemos de una forma casi mecánica. Ya los intentos de comunicación son una curiosa imposibilidad, curiosa por escasa e imposible porque no tenemos acceso a tu mente ni siquiera a través de ese lenguaje ininteligible con el que esporádicamente nos demandas algo inconcreto y muchas veces inexistente.

Hablo de la rutina como si me quejara de ella, en realidad quejándome de ella, pero es verdad que es el único flotador que nos permite estar contigo sin caer permanentemente en la angustia de ver cómo vas decayendo, cómo te vas yendo jornada tras jornada, sin presente, sin futuro, sin horizonte conocido o previsible. Todo lo que habrá de ser será, pero mientras tanto lo que es tiene una suerte de inmutabilidad que se mueve entre la desesperanza del no retorno y el bálsamo de lo rutinario.

Y

Ya no hay recuerdos, ni historias trastocadas. Ya no hay añoranzas de celebraciones ni frustración por las historia perdidas. Ya no hay otra cosa que un mirar hacia el hoy sin concebir un mañana ni recurrir a un ayer. No existe ni siquiera un ahora que signifique otra cosa que lo inmediato. El tiempo pasa pero no parece irse, mañana será una fotografía, un calco de hoy, que lo ha sido de ayer.

Ya no hay recuerdos, ni historias trastocadas. Ya no hay añoranzas de celebraciones ni frustración por las historia perdidas.”

Y si es desesperante no avanzar, no moverse, moverse es el peor de los castigos porque mañana, para ti, solo puede ser peor que hoy.

Hola papá, buenos días. Hola papá, hoy tampoco será otro día.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

El deporte base

Hay temas que es mejor tratar en frío. Coger algo de distancia porque implican pasión y, por tanto, falta de ecuanimidad en el momento que intentan abordarse.

Y si hay temas ya de por si apasionados si los juntamos de dos en dos las alertas deben de atronar. Y eso es lo que pasa con el fútbol de base. Fútbol e hijos, fútbol y educación. Una mezcla que debería de resultar formativa pero que resulta explosiva.

Y resulta explosiva porque explosivo es el tratamiento que la sociedad hace de ambos temas, el tratamiento o la dejación podríamos plantear como alternativa.

Y se de lo que hablo porque recorrí con mi hijo campos y equipos, colegios y aficiones durante su etapa entre los seis y los catorce años. Se supone que los equipos deportivos de menores que patrocinan los colegios, los barrios, los pueblos, deben de servir para una educación complementaria en valores de los chavales. Para formarlos en el espíritu deportivo, en el espíritu colectivo que representa el equipo por encima de la individualidad del jugador, en el arte de saber perder y de saber ganar, en la limpieza de espíritu frente a la competición. Se supone, porque la realidad, la práctica, nos dice cuan diferente es esa ideal teoría de la cruda realidad.

Son muchos los ejemplos de chavales, de árbitros, de padres y, que casi no se dice, de madres. Son muchos los chavales que he visto maleados por padres y entrenadores que tampoco comprenden cual debería de ser el espíritu de esas competiciones, cuáles deberían de ser los valores predominantes en esas prácticas deportivas. Aunque tampoco es de extrañar viendo el patético ejemplo que les transmite el deporte profesional y su entorno.

Egoísmo, soberbia, narcisismo, mentiras, corruptelas, fingimientos, rencor… Esos son los valores que el deporte por antonomasia en este país, yo en realidad diría el espectáculo porque de deporte solo queda la parte física, transmite a los chavales que lo practican y, parece ser, que calan en la actitud de los padres.

Me decía un entrenador que mi hijo tuvo en un equipo de un barrio humilde de Madrid, un hombre bueno que con generosidad entregaba parte de su tiempo libre a entrenar a uno de los equipos de categorías inferiores, que su mayor problema no eran los chavales, eran los padres. Los padres que cuando sus hijos no jugaban se dedicaban a mostrar su insatisfacción y que, en algunos casos, llegaban al insulto. Pero más incluso que a los padres, me decía con su risa franca, temo a las madres, que crean en los niños un estado de insatisfacción que acaba derrumbando al equipo. Decía más, pero tampoco viene al caso.

Efectivamente, a cada familia que lleva a sus hijos a practicar el deporte de base, puedo hablar fundamentalmente de fútbol y de baloncesto, le corresponde una figura mundial en ciernes que todos deben de contemplar con arrobo. Todos consideran que su hijo es el futuro Maradona con el que recorrerán el mundo en avión privado y alojándose en los mejores hoteles. Y ¡ay del entrenador que no lo entienda así¡

“Todos consideran que su hijo es el futuro Maradona con el que recorrerán el mundo en avión privado y alojándose en los mejores hoteles. Y ¡ay del entrenador que no lo entienda así¡”

Porque el deporte es lo de menos. ¿Los valores? Los de cotización en el mercado de figuras. ¿El equipo? Un lastre que impide que la futura figura luzca todo su potencial ¿El entrenador? Un tarado que no lo pone todo lo que debe, o que no lo pone en su sitio, o que no tiene, directamente, ni idea de fútbol. ¿Los compañeros? Los pobres nunca llegaran a nada, a lo mejor fulanito o zutanito, que son muy amigos, apuntan maneras. ¿Y si el niño es portero? Entonces es peor. Solo puede quedar uno y todo vale.

Así que tampoco es raro que los padres, y muchos hijos, hagan de cada partido una reválida que no puede desperdiciarse porque el futuro hay que alcanzarlo cuanto antes. Y esto supone tensión y muchas veces una carga emocional que no todo el mundo sabe gestionar.

Desgraciadamente las federaciones tampoco es que se preocupen mucho por la situación y contribuyen, y no poco, a caldear la ya caliente caldera. ¿Cómo? Enviando árbitros que en muchas ocasiones no conocen o no saben aplicar las reglas, cosa que aparentemente también les sucede a los profesionales, o que se acobardan con un ambiente hostil, y que, sobre todo, no tiene la preparación pedagógica imprescindible para saber cómo manejar a los niños, que opinen lo que opinen los padres, las federaciones o los árbitros, no son profesionales.

Porque, ¡gracias a dios¡, los niños no son profesionales. Fingen como ellos porque es lo que ven en la tele que hacen sus ídolos. Algunos abroncan y desprecian a sus compañeros porque es lo que ven que hacen sus ídolos. Tiene la presión de ganar y ser los mejores de su equipo porque es lo que dicen los periódicos que leen sus padres y lo que sus padres esperan de ellos. Pero con todos los vicios despreciables que sus ídolos practican varias veces por semana en los televisores y que a diario son jaleados por la prensa del sector, los niños aun no son profesionales

Y muchos de ellos, la inmensa mayoría, no lo llegarán a ser nunca, pero si habrán perdido, les habrán hecho perder, una oportunidad única de aprender unos valores que en algún momento de su vida echaran en falta.

A todos los padres de los futuros Maradonas, a todas las madres, dejad que los niños lo sean todo el tiempo posible. Enseñadles a ser hombres de bien, el ejercicio de formar macarras debe de corresponder a otros ámbitos de su vida, aunque desgraciadamente no siempre sea así.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

A beneficio de los huérfanos y los pobres de la sociedad

Hay días, desgraciadamente muchos, en que viendo lo que me rodea me pregunto hasta donde va a llegar  la miseria moral de la sociedad en la que convivo. Hasta donde podremos alargar esta decadencia muelle e insana, este retorcimiento culpable de los valores que nos traemos de un tiempo a esta parte y que me lleva, a pesar de mis esfuerzos, a aborrecer por igual a personas e instituciones, obras y dejaciones.

No puedo concebir con qué criterio esta sociedad, sus miembros, creen haber descubierto una suerte de fuente de la eterna juventud, pero solo para ellos, solo para aquellos que creen, posiblemente yo también tuve mis momentos, que los viejos ya nacen así y con la única misión de entorpecer, de fastidiar, de impedir la natural evolución de la juventud.

No he empezado estas palabras con el propósito de hacer una análisis de edades, ni siquiera con el de reivindicar papeles, pero permítaseme, aunque sea de forma ocasional, apuntar que todas las sociedades pujantes, fuertes y con futuro contrastado, han partido de equilibrar la fuerza de la juventud y la prudencia de la experiencia, renuncio aposta al término equívoco de sabiduría.

Pero hablemos, que es lo que realmente pretendía, de Justicia, no de justicia reglada y formal, no de justicia penal, civil o laboral, hablemos de justicia social, hablemos del delito de lesa humanidad que esta sociedad comete segundo a segundo de su existencia. Hablemos de acaparación, de avaricia desmedida y de abandono, de abandono cruel y culpable.

Porque abandono cruel y culpable, abandono miserable moral y éticamente es el que esta sociedad perpetra contra sus mayores a cada instante de cada día. Porque abandono lamentable por sus términos y su profundidad es el que sufren los mayores de esta sociedad, los discapacitados de este país, y me consta que de otros, cuando llegando a la edad en la que esperan que se les devuelva en forma de atención y cuidados que les son, no necesarios, imprescindibles se sienten abandonados, ninguneados, estafados, maltratados.

“abandono cruel y culpable, abandono miserable moral y éticamente es el que esta sociedad perpetra contra sus mayores a cada instante de cada día”

¿Cómo puede una sociedad permitirse, amparada en sus estructuras y criterios burocráticos, mirar para otro lado mientras algunos de sus miembros más débiles y necesitados malviven, malmueren, en condiciones infrahumanas? ¿Cómo puede permitir la soledad, la incapacidad, la discapacidad, la necesidad que personas sin recursos por edad, por formación, por vivencias sufren cada día y ampararse en un trámite burocrático, en un impreso, en una miserable y cochina mirada social para desentenderse del problema?

Pero si esta mirada sucia, inhumana, indecente, de la sociedad provoca en mí el desprecio más absoluto ese sentimiento se convierte en rabia y frustración cuando además me fijo en el agravio comparativo que ciertas informaciones, ciertas exhibiciones diría yo, ponen habitualmente ante mis ojos.

Es triste que la sociedad no sea capaz de demandar, de proveerse, de unos mecanismos que impidan el enriquecimiento abusivo de unos pocos frente a la necesidad de unos muchos. Es triste pensar, y más vivir, el abandono de nuestros mayores, de nuestros discapacitados de cualquier edad, de nuestros enfermos, de nuestros abandonados a su suerte. Y digo nuestros, en general, porque si nuestros fueron los beneficios de su trabajo, de su discurrir vital, de su inteligencia o torpeza, nuestras son ahora sus cuitas. De todos, de la sociedad.

Pero con ser triste, lamentable, indigno, me gustaría reflexionar sobre ciertas preguntas que acuden a mí cabeza cuando me cruzo, prácticamente a diario, con hechos que mi conciencia no consigue asimilar. Y para plantearlas y que sean comprensibles establezcamos una medida base, la pensión mínima de jubilación: 637,70 euros al mes. Si, insuficiente para vivir dignamente, miserable, pero es lo que hay y nos va a permitir poner en cifras nuestra reflexión moral.

¿Puede una sociedad sana, medianamente equilibrada y con valores, permitir que exista una lista, hablo de la lista Forbes, en la que el señor más rico de este país acumula un capital equivalente a 111.337.619,60 pensiones mínimas mensuales? ¿O sea la pensión anual de 7.952.687 personas viviendo en necesidad? ¿Posiblemente algunos de ellos con discapacidades que no pueden solventar por carencias económicas?

Claro que si en vez de coger solo a uno, tomamos los datos de los 50 más ricos del país podremos comprobar que acumulan 278.751.764,15 pensiones mínimas mensuales, o podrían pagar  una anualidad entera de miseria a 19.910.840 necesitados.

Aunque ¿qué podemos esperar de una sociedad que permanentemente saca en los papeles, y hace sus ídolos, a unos niños mimados que, por poner un ejemplo, exhiben periódicamente sus coches nuevos, uno más además de los que les regalan, con cuyo precio se pagarían 3.753 mensualidades de necesidad? O por ponerlo en otros parámetros, y hablando de uno concreto, ¿que por dar patadas, eso sí, muy eficazmente, a una pelotita gana cada minuto lo mismo que 146,5 personas necesitadas en un mes?

Posiblemente tampoco eso sea para escandalizarse si hay corporaciones, empresas, administradoras de, en realidad que comercian con, bienes de primera necesidad como la energía que mientras cortan el suministro, gas y electricidad necesarias para preparar los alimentos, para la higiene y  combatir el frío, a personas en estado de necesidad se permiten declarar, solo una de ellas, beneficios en 2013 por un importe de 8.395,41 pensiones mínimas mensuales con las que esas personas podrían alimentarse y, es posible que, hasta pagar los servicios que les hubieran prestado con unas tarifas más justas.

Y es que una sociedad que hace de la necesidad de los pobres el beneficio de los ricos es una sociedad, no injusta, no desequilibrada, miserable e indigna.

Por cierto, y que no se nos olvide, qué  podemos esperar de un Estado que emplea en su órgano recaudatorio principal, en su burocracia y su faceta coercitiva, 228,600 pensiones mínimas mensuales, insuficientes, patéticas. Es verdad, si además hablamos de las remuneraciones y prebendas de toooodos los cargos públicos, semipúblicos, de favor y beneficiados la cara se nos puede caer de vergüenza. Se nos debería de caer de vergüenza o podrida por el llanto de la impotencia y la pena por los miles y miles de conciudadanos que conviven su miseria, su necesidad, a nuestro alrededor.

Recuerdo, como no, aquella canción del grupo “Desde Santurce a Bilbao Blues Band” que hablaba de la fiesta que daba la marquesa en la que los invitados bebían, comían, vomitaban y flirteaban a beneficio de los huérfanos. Al día siguiente:

A las 10 de la mañana

los huérfanos trabajaban.

Y los pobres mendigaban.

Los invitados… RONCABAN

Pero todo ello era…

 

 

A beneficio de los huérfanos,

los huérfanos, los huérfanos

y de los pobres de la capital

 

Es posible que alguien confunda esto con un manifiesto comunista, revolucionario. No, no lo es. Y no lo es porque no creo que exista la igualdad absoluta ni creo en el absolutismo necesario para intentarla. Pero si creo que mientras se codeen la necesidad y el lujo, mientras convivan miseria y riqueza habría que intentar, habría que lograr un sistema que además de marcar la miseria mínima con la que puede castigarse a los ciudadanos también legislara la opulencia máxima con la que puede ofenderse a los necesitados. Salario mínimo frente a beneficio máximo. Eso sí sería Justicia Social, convivencia ciudadana, Ética humanitaria. A beneficio de los huérfanos y de los pobres de la sociedad.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

En el cielo están preocupados

En el cielo están preocupados. No sabemos, porque el tiempo del cielo, como es del dominio público, es diferente al tiempo en los lugares mortales, pero la preocupación es evidente.

Movimientos inusuales e inusualmente acelerados en los despachos cercanos a la cúpula, corrillos que se hacen y se deshacen con los ceños fruncidos, gestos de perplejidad, que si en la tierra siempre resultan preocupantes en un entorno donde todo se sabe no son preocupantes, son apocalípticos.

Como empezaba diciendo, en el cielo están preocupados. Nadie entiende que pasa con San Jorge. Hay quién dice que el dragón, con su última llamarada, ha conseguido penetrar en su espíritu, hay quién habla de salidas a escondidas del cielo para reunirse con sabe dios, que debería de saberlo, quién, a sabe dios, que seguro que lo sabe, donde. Se murmura que algunas veces ha dejado rastro de elementos propios del Planeta Tierra a su vuelta.

En el cielo hay dimes y diretes, hay idas y venidas, hay preocupación por los trajines de San Jorge. Pero, y se me perdonará la irrespetuosidad, el problema es que en el cielo se lee poco, o, para ser más exactos, nada.

Porque si en el cielo se preocuparan de leer algo, o siquiera de sintonizar, que para ellos es gratis, cualquier canal de radio o televisión y oyeran las noticias, estarían, entonces sí, preocupados y con motivo.

Porque no puede ser casualidad. Seguro. No puede ser más que un plan astuta y arteramente concebido. Un plan arriesgado sin duda ya que la última vez que alguien en el cielo hizo un movimiento de este tipo acabó compartiendo espacio con el mismísimo Satanás.

San Jorge está preparando todo para pedir un cielo independiente. Estoy convencido. No puede ser casualidad que aquellas tierras en las que él es el patrón, protector y garante de sus destinos, estén enzarzados en proyectos de cariz rupturista.

Sí, es verdad que tanto Cataluña como el Reino Unido llevan siglos de historia dando la matraca con sus hechos diferenciales, y su pretensión de estar unidos a proyectos mayores aunque solo para lo que a ellos les parezca bien, pero, y como decía al principio de esta reflexión, el tiempo en el cielo discurre de otra manera, y lo que a nosotros pueden parecernos siglos a ellos no tengo ni idea de cuánto puede parecerles. Poco, seguro.

Y en la Tierra, también estamos preocupados. No hay más que observar, escuchar, alrededor y el tema es omnipresente. ¿Veis? Como en el cielo, omnipresente.

“Sí, es verdad que tanto Cataluña como el Reino Unido llevan siglos de historia dando la matraca con sus hechos diferenciales, y su pretensión de estar unidos a proyectos mayores aunque solo para lo que a ellos les parezca bien”

Cuanto más lo pienso más convencido estoy. Toda la culpa es de San Jorge, o del dragón si hacemos caso a las teorías conspiratorias. No en vano el dragón, hasta estos tiempos en que los animales son los buenos en todo, siempre ha sido una representación del mal, de la destrucción, del fuego que todo lo arrasa.

Pobre San Jorge, tal vez algún santo amigo debería de hablar con él y explicarle lo que es evidente para cualquier estudioso de los asuntos humanos. Esa manía de no leer que tienen en el cielo, de saberlo todo al mismo tiempo, tal vez los hace perder la perspectiva temporal. Alguien debería explicarle que desde que dios hizo ¡bum! y el universo, o los universos, empezaron a expandirse, la tendencia general es que todo vuelva al origen, a la unidad. Aquello del alfa y el omega.

Y sería conveniente, incluso necesario, que quién se decidiera a hablar con el bueno de San Jorge lo hiciera antes de que dios decida salir de su habitual ensimismamiento, porque entonces, posiblemente, ya no tenga solución.

En fin, que en el cielo están preocupados, de una forma, y en la tierra también, aunque sea de forma diferente. ¿Y yo? Pues también estoy preocupado, por ellos, fundamentalmente, por San Jorge, por Cataluña y por el Reino Unido,  claro que siempre puedo gritar eso de ¡Santiago y cierra España! Y es que al fin y al cabo siempre es un consuelo tener como patrono a un santo más preocupado de unir que de otras veleidades.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

En la orilla

 

He invocado al mar en primera persona utilizando los lenguajes ancestrales, y observando con el alma el oleaje he querido escuchar con los ojos su respuesta. Las olas escribían en mi mente palabras con acento de sal y espuma, sonido de crestas y vientos, silabas de vida. Debieron de pasar varias eternidades antes de romper el contacto, milenios entre frase y frase, siglos de silencios.
Cuando volví en mí nada había cambiado, y una última ola se agitó en despedida, trepando por las rocas, por la orilla, por el aire que la acoge y la limita, y dejando a mis pies, nunca rendida, con simbolismo de madre y de acogida, la arena continente, la vegetación hundida y la vida que lo habita. Y yo mismo, renacido, expulsado una vez más del claustro primigenio, del que he nacido tantas veces, en tantas formas, en tantas vidas.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Nos engañan como a chinos

Parece ser que también la realidad nos la tienen que contar desde fuera, la alimentaria al menos. Tal vez haya que empezar a pensar que en España, al menos en lo que a alimentación se refiere, ni compramos, ni valoramos, ni legislamos, ni nos queremos enterar de nada salvo que nos lo etiqueten, valoren, legislen o expliquen desde fuera del país.

Hace ya mucho tiempo, y ya sé que parece un cuento pero no lo es,  que muchos de los que nos preocupamos por el mundo de la alimentación en cualquiera de sus variantes venimos denunciando que no sabemos qué es lo que comemos, que la legislación sobre la forma de etiquetar los alimentos es tan permisiva, en realidad tan sesgada y favorecedora de las grandes industrias, que las de lo que compramos están llenas de cifras y números que no significan nada para el usuario que se siente indefenso y se resigna a comer lo que le venden porque, salvo que tengas parientes en el pueblo, una cierta formación en el arte de comprar y/o la posibilidad de desplazarte para comprar los alimentos en origen, comemos lo que nos dan, ponga lo que ponga la etiqueta de marras que entre fórmulas y traducciones aviesas de la etiqueta de origen acaban por no tener otro sentido para la mayoría de consumidores que el que pueda tener un capítulo de química aplicada. Si somos lo que comemos, e indudablemente lo somos, está perfectamente claro por qué la situación de la salud general de los españoles se ha deteriorado, y sigue deteriorándose, de una forma tan evidente en los últimos años.

Habrá quién considere que basta con entrar en internet y “enterarse” de a qué sustancias corresponden las siglas y números de conservantes, colorantes, excipientes, potenciadores y demás elementos extraños que a día de hoy pueblan una etiqueta de cualquier alimento básico, y eso, si al final hay algo del alimento que inicialmente queríamos comprar, pero tal vez para esos “enterados” haya que reflexionar dos verdades no siempre contempladas respecto a ese acceso a la información: El primero que no todo el mundo sabe acceder a la información, algunos ni siquiera a la herramienta. Segundo que la información que existe en internet es tan basta e incontrolada que sobre cualquier tema o producto puedes encontrar miles de páginas que digan una cosa y otras tantas que digan la contraria. Distinguía el Doctor Zarazaga en una conferencia entre aprendices,  diletantes, expertos y friki

 

“Si somos lo que comemos, e indudablemente lo somos, está perfectamente claro por qué la situación de la salud general de los españoles se ha deteriorado, y sigue deteriorándose, de una forma tan evidente en los últimos años.”

 

en cuanto a la capacidad de entender, de desentrañar y asimilar la información que proporciona internet. Y desgraciadamente la experiencia nos dice que ganan de largo los diletantes y los frikis. Personas que acceden a la información y no son capaces de filtrarla por falta de preparación o que simplemente se preocupan de acumularla sin llegar a extraer conclusiones.

Todos conocemos a alguno de esos iluminados que defiende a ultranza la ingesta masiva de agua, de vegetales, de ciertos tipos de dietas y contra dietas que hacen de su vida un infierno obsesivo. Un infierno obsesivo y lesivo porque el daño no está en la forma de alimentarse, si no en los alimentos mismos. En los productos con los que se tratan las frutas, las verduras, las hortalizas maduradas artificialmente para darles un aspecto más iluminado y que no siempre son tolerables por el metabolismo. De las hormonas y engordantes que contienen las carnes y los pescados. Y también el agua contiene sales, sustancias, para hacerla más potable y resistente a la contaminación exterior.

Me contaba mi mujer que había dejado de comprar carne picada en determinados establecimientos cuando comprobó que la etiqueta de contenido de esa carne tenía una lista de ingredientes tal que no entendía si al final aquello llevaba carne o no. Claro, la carne picada debería de contener carne, y tocino opcionalmente, nada más. Tal vez carne mezclada que es una opción para abaratar el producto, pero carne. La etiqueta debería ser clara e inmediata para cualquiera que supiera leer. Pero no lo es.

De todas formas, si alguien quiere hacer un acercamiento a la  ciencia críptica del etiquetado, el mejor ejemplo es hacerse con un producto lácteo. Entre lo que pone la etiqueta, lo que dice la descripción que le han puesto y que le han quitado, solo queda preguntarse: ¿Y qué coño es esto? Y perdón por el exabrupto.

¿Leche sin lactosa? Y eso, ¿Qué es lo que es? ¿Algo sin lactosa sigue siendo leche? Pero si además pasamos a la verificación matemática aún es peor.

Póngase el usuario en un lugar de una gran superficie en la que domine todo el catálogo de productos lácteos: leches, quesos, batidos, postres, mantequillas, yogures, natas, zumos mezclados… y calcule, a groso modo,  la cantidad de litros de leche necesarios para obtener las existencias. Sume los que habrá en el almacén, multiplique por el número de establecimientos de la cadena en su lugar de residencia, por el número de establecimientos menores y de otras cadenas, por los que hay en su provincia, en su comunidad autónoma, en su país, y en todos los países del mundo. Divida, que no todo va a ser multiplicar, por el número de días medios de caducidad de los productos. ¿Cuántos millones dice?, pues ese sería el número de litros diarios necesarios para abastecer los productos que usted está viendo. Aplique todos los coeficientes reductores que estime oportunos, a mí se me ocurren varios. Sume el número de litros necesarios para alimentar a las nuevas generaciones mamonas de las especies correspondientes y hágase una pregunta. ¿Dónde están las vacas? ¿En qué remoto lugar del planeta, o del espacio exterior, están los animales necesarios para producir esa animalada de litros diarios? Si sumamos las producciones declaradas de todos los países del mundo mundial, ¿salen las cuentas? No, no salen. Las conclusiones se las dejo a Usted.

¿Que los quesos saben todos igual? ¿Que la mantequilla sabe casi igual que la margarina? ¿Que los yogures salvo por que son ácidos, no saben a yogur? Ya, pero los seguimos comprando, o, si usted quiere quedar más resignado e inocente, nos los siguen vendiendo.

Claro que también podemos hablar de la miel. También podemos contar cómo los productores españoles llevan ya un tiempo quejándose de que tienen sus almacenes repletos de miel de altísima calidad en tanto se importa de china de forma masiva un producto melifluo que no respeta el análisis más básico para ser llamado miel pero que es el que se comercializa con ese nombre en los establecimientos correspondientes. Eso sí, es mucho más barato. ¿No es miel?, no, claro, no es miel pero se etiqueta como tal, se oferta como tal y se cobra como si hubieras comprado tal. ¿Qué es?, yo no lo sé, no soy ni químico, ni técnico alimentario para poderle dar una descripción real, pero sí sé lo que no es. No es miel.

Pero todo esto ya lo sabíamos. Lo sabíamos hace años, lo sabíamos y lo hemos consentido con nuestro silencio, con nuestro consumo, con nuestra vida y con nuestra salud. Tal vez ahora que Cristophe Brusset, un francés, un ingeniero agroalimentario que ha trabajado desde su licenciatura en la industria alimentaria, publica un libro titulado “¡Cómo puedes comer eso!” sobre los fraudes alimentarios, y sus consecuencias, que ha conocido a lo largo de su carrera y que persisten en la actualidad, alguien piense que es el momento de hacer algo que beneficie al consumidor. O tal vez sea hora de que el consumidor se dé por enterado de lo que sucede y empiece a tomar determinaciones que lo lleven a una mejora de su calidad de vida, de su calidad alimentaria y de su salud.

En la situación actual, y si realmente somos lo que comemos, no es raro que no sepamos ni lo que somos.

Pero, ¿Habría alguna solución inmediata? La hay, pero supone un cambio total y absoluto en el planteamiento actual del consumidor, en su forma de llenar la cesta de la compra.

Primero, formación. Aprender qué productos son de temporada, de cercanía, cuales son frescos y cuales congelados. Cómo distinguir un pescado fresco de uno pasado, una carne engordada artificialmente de una engordada naturalmente. Distinguir productos naturales de productos elaborados. Aprender y aplicar a la compra. No solo es saludable, puede ser interesante y divertido.

Segundo, reeducación. Aprender que respetar los ciclos de producción a la hora de consumir permite productos con mayor sabor y más saludables. Aprender que los productos brillantes o sin mácula no son necesariamente los más frescos o más saludables. Acomodar nuestra alimentación a los productos disponibles en cada época y cada lugar y acceder a productos lejanos o intemporales solo de forma menos ordinaria.

Tercero, presión. No consumir nunca aquello que no entendamos claramente qué es, de donde procede, cuándo se ha cosechado, matado, pescado o producido. En qué condiciones de engorde o maduración se ha puesto en consumo. No consumir jamás y divulgar cualquier fraude de etiquetado o identificación que detectemos, sea de productor o de comercializador. Boicotear sin piedad a los que juegan con nuestra salud para su mayor beneficio.

Sí, es verdad, es más cómodo bajar al hiper, llenar la cesta sin pensar y quejarnos luego de como sabían las cosas cuando éramos más jóvenes, no hace tanto. Cuando comprábamos en la tienda de ultramarinos del barrio regentada por un vecino del mismo. Cuando el pan venía aún caliente de la tahona en cestas que esparcían el aroma de pan recién horneado por los alrededores, no congelado como ahora. Cuando ciertas partes de la calle olían a vaca, porque había una vaquería. Cuando las frutas sabían, los tomates sabían, se sabía que había melocotones en la frutería porque olían. Cuando los sentidos del paseante participaban de los aromas alimentarios del barrio. Cuando la mantequilla flotaba en los boles con agua y rodaja de limón de las mantequerías. Cuando el tendero, sin etiquetas, te decía qué variedad era, de dónde venía, cuando se había cogido y, casi, casi, el nombre del agricultor, del ganadero, del pescador.

“Nos engañan como a chinos”, dice la expresión popular y yo miro alrededor y veo a todos con los ojos rasgados.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

En defensa de los valores

“Todos, todos me miran al pasar, menos lo  ciegos, es natural” y mi sensación actual es que estoy rodeado de ciegos, de los peores ciegos que  existen, los que no quieren ver.

Al parecer esta ceguera que se ha apoderado de la sociedad de unos años a esta parte, pero que aún debería de ser reversible, se desarrolla de una forma insidiosa, paulatina, casi voluntaria, de tal forma que el ciego lo acaba siendo por su propia determinación.

Empieza viendo solo la realidad que le rodea con un solo ojo, el que le marca su ideología, mientras cierra el otro cada vez con más fuerza hasta que, víctima de la misma inoperancia, del sistemático olvido de la función se desconecta definitivamente y  produce una ceguera parcial en el individuo que a partir de ese momento no tendrá más opción que seguir mirando sesgado.

Aunque esta pérdida pueda parecerle a algunos irrelevante e incluso conveniente a otros, la verdad es que realmente es irreparable porque ciertos valores solo son apreciables, solo son aceptables desde una perspectiva de visión dual. Esos valores dañados, olvidados, perdida la perspectiva son además los valores fundamentales que todo hombre de bien debería de defender por encima de sus propias y parciales convicciones: La Justicia, la Verdad, la Solidaridad, la Libertad y el Respeto.

Ninguno de estos valores es defendible si el individuo se empeña en mirar con un solo ojo y olvida que hay siempre, siempre, otra perspectiva de cualquier suceso o problema que es, como mínimo, tan válida como la suya.

La Libertad que hay que defender no es la propia, es la ajena. La solidaridad que hay que practicar no es con los que nos son afines, si no con los que nos son ajenos. La Justicia que hay que lograr no es la que dicta lo que yo creo si no la que preserva la inocencia en su máxima posibilidad. La Verdad que tenemos que buscar no es la que hace a unos mejores que a otros si no la que nos permita ser  a todos iguales. El respeto que tenemos que sentir, no el que practicamos, si no el que nos tiene que salir de dentro, el que nos permite escuchar las ideas de los demás, aunque sean contrarias a las nuestras, con la misma ecuanimidad y atención, o mayor según el grado de perfeccionamiento, con la que ellos deberán de escuchar las nuestras.

“El problema es que si nos fallan estos valores lo único que lograremos será un mundo uniforme, gris, sin alegría y sin las características mínimas necesarias, sin el entorno imprescindible para que un individuo pueda considerarse diferente de otro. Claro que esto tiene un nombre, totalitarismo.”

El problema es que si nos fallan estos valores lo único que lograremos será un mundo uniforme, gris, sin alegría y sin las características mínimas necesarias, sin el entorno imprescindible para que un individuo pueda considerarse diferente de otro. Claro que esto tiene un nombre, totalitarismo.

No puedo evitar cada vez que me asomo a las redes sociales sorprenderme de la bajeza que practican sectariamente personas que en la vida real, en el encuentro físico me parecen personas inteligentes y razonables.

Supongo que el anonimato, aunque sea nominal, del ordenador, el no estar físicamente sosteniendo lo dicho hace que muchas personas, insisto inteligentes, aparentemente ecuánimes, comprometidas con los valores, entren en una atroz carrera por decir la burrada más ocurrente, la patochada más soez e innecesaria, la barbaridad más insostenible, la irrespetuosidad más miope sobre los más diversos temas y personas, sin darse cuenta que lo mayores reos de sus disparates son ellos mismos y su credibilidad.

No dudo, en realidad estoy convencido, de que como los avaros de los cuentos su única satisfacción será frotarse las manos mientras recuentan los me gusta y los comentarios huecos y lisonjeros que responden a sus palabras.

Yo, que pretendo seguir siendo yo y para eso necesito que los demás sigan siendo los demás, todos, sin excepción, me declaro reo de mis palabras, sean escritas orales, firmadas o sin firma, porque mi único interés es la preservación y perfeccionamiento de los valores individuales fundamentales. Verdad, Justicia, Solidridad, Respeto  y como consecuencia Libertad.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

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