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Rafael López Villar
Historias escritas por RafaelVillar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

La estupidez tecnológica

A veces se ponen los nombres pensando solo en la parte positiva de lo nombrado, obviando que como el hombre es un ser, como casi todo en el universo, pretendidamente simétrico habrá que pensar también en cómo se llamarán las consecuencias negativas de lo nominado.

Por ejemplo, si el hombre pone en marcha un avance tecnológico como pueda ser la inteligencia artificial es casi inevitable pensar que se dará lugar a la existencia de algo tan artificial como la inteligencia, pero de signo contrario.

Claro, el nombre evidente sería la estupidez artificial, pero, desgraciadamente, eso es algo que el hombre lleva practicando desde antes de Atapuerca. Puede, incluso, que desde antes de que el hombre pudiera considerarse a sí mismo como tal.

El caso es que más allá de cómo queramos, o logremos llamarle, el hecho existe. Como hay que referirse, y referirlo, de alguna manera permítaseme llamarle estupidez tecnológica. Posiblemente el concepto sea tan amplio que su implicación quede, al nombrarlo así, un tanto difuso. Puede ser. Pero  habrá que empezar por poner puertas al campo, nombre a lo innominado, de alguna manera.

Es verdad que una estupidez tecnológica es diseñar máquinas para matar, máquinas para devastar, máquinas para complicar la vida a las personas, y todas ellas se acometen, pero en todos esos casos, y yo diría que en todos los demás, la estupidez está en el creador y no en lo creado. Y si es así, que lo es, podríamos definir la estupidez tecnológica como todo invento realizado por el hombre para complicarle, o quitarle, la vida a sus semejantes.

Seguro que a todos se nos ocurren, así, de golpe, multitud de ejemplos. Los drones bélicos, los ordenadores de Hacienda o los “call center”. Pero con ser todos ellos intrínsecamente perversos hay otras aplicaciones tecnológicas que tras una cara amable, tras una apariencia de avance y servicio, esconden conductas que analizadas con frialdad nos llevan de la preocupación al miedo.

A mí me ha pasado ayer. Ayer, inopinadamente, he descubierto una estupidez tecnológica que me atañe directamente y que ha hecho subir el termómetro de mi indignación hasta niveles a los que hacía tiempo que no me asomaba.

Ciertamente uno de los grandes problemas que tiene esta pretendida civilización, o lo que va quedando de ella entre ideologías y otros disparates, son las redes sociales y, particularmente, su perversa utilización que deja a la vista pública la bajeza moral, la miseria ética y educativa de muchos de sus utilizandos, que vierten en una especie de frenesí bacanal lo más sucio y bajo de sus instintos. Esas redes sociales en las que triunfan en una orgía de impunidad y, pretendido, dogmatismo moral, los inquisidores subidos en pedestales de razones indiscutibles ante las que los demás hemos de doblegarnos o resignarnos a ser atacados, insultados, descalificados o amenazados, incluso de muerte, por gentecilla que cara a cara no aguantaría dos argumentos seguidos.

“no de los grandes problemas que tiene esta pretendida civilización, o lo que va quedando de ella entre ideologías y otros disparates, son las redes sociales y, particularmente, su perversa utilización que deja a la vista pública la bajeza moral, la miseria ética y educativa de muchos de sus utilizandos”

Pero con ser muchos de los usuarios de las redes sociales, inquisitoriales, dictatoriales, amorales de moral única y rígida, victorianos de nuevo cuño, adoradores de una libertad sin diversidad, impostores e imponedores de la verdad única, renegados y resabiados de lo normal, títeres y guiñoles de todo tipo y tendencia, tendencia ajena por supuesto, de una estupidez tecnológica proverbial, no son la única estupidez tecnológica achacable al uso, y a veces disfrute, de estas herramientas sociales que bien usadas serían una fuerza imparable en la consecución de metas positivas: la educación, la formación, la verdad y la libertad. La ajena antes que la propia, por si algunos aún ignoran en que consiste la verdadera Libertad.

Ayer, inopinadamente, mi cuenta de Facebook, eso que algunos llamamos caralibro en la intimidad, me comunicó, con un cierto tufillo de satisfacción y complicidad, que mi denuncia anónima había sido atendida y que se había retirado la publicación denunciada.

Pasmo. No puedo calificar de otra forma más que de pasmo la reacción inmediata que sufrí. Según el caralibro yo había interpuesto una denuncia anónima, algo absolutamente contrario a mi forma de entender las cosas, algo propio de represores, de reprimidos, de censores, de inquisidores, de dictadores, de frustrados, contra algo que alguien había publicado en la red social. Y además, al parecer, yo tenía razón en mi denuncia. Tras el pasmo, la indignación y la necesidad de saber, de conocer qué, cuando y de quién estábamos, en realidad estaba el caralibro, hablando.

Cuando comprobé de que publicación me habían, alguien o algo, nombrado censor anónimo y maquinante tuve un primer ataque de hilaridad, un segundo de estupor y un tercero de indignación que fue subiendo, cuando comprobé que además me preguntaban por mi satisfacción con el resultado obtenido con opciones de muñequito, hasta santa indignación. Por supuesto marqué el muñequito que más cara de amargado tenía y escribí un comentario aún más amargo, soez, insultante… que seguramente no leería nadie, o nadie al que le inmutara lo más mínimo mi respuesta, o que lo leería un robot que llevaría el muñequito a algún tipo de formulario de estadísticas de respuestas. Lo borré.

Resulta que yo había denunciado a Agustín Martinez Eugui, pintor, motero, amigo y hermano, porque había publicado uno de sus cuadros que era un torso desnudo de mujer. Es verdad que me joroba sobremanera que Agustín sea más alto, más guapo, más delgado y menos calvo que yo. Como ocultar que la envidia me corroe cuando compruebo que es mejor pintor que yo, lo cual en sí mismo no supone ningún mérito por su parte. Pero todas estas cosas ya se las he dicho a la cara, y varias veces. No, yo jamás había, ni habría, interpuesto una denuncia, jamás anónima, jamás contra Agustín, jamás porque se viera un desnudo. Claramente algo, o alguien, ha utilizado mi cuenta y mi nombre para llevar a cabo una acción que repudio con toda mi fuerza y convicción. Así que después de borrar el comentario anexo al muñequito decidí explicarme, y explicar a todo el que lo lea que existe la estupidez tecnológica y que estamos inermes ante ella.

Porque si la denuncia anónima pertenece a la más antigua, y execrable, estupidez humana, permitirla en los nuevos entornos, aún no tiene nombre y el de estupidez tecnológica se le queda corto. Muy, pero que muy, corto.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Analfabetos funcionales

 

Uno de las grandes luchas de la humanidad en general y de la sociedad española en particular, ha sido la erradicación del analfabetismo, y esa lucha, estadísticamente, se ha ganado. Es verdad, es una victoria puramente estética,

ya no hay prácticamente personas que no sepan leer y escribir, aunque viendo ciertos mensajes de redes sociales uno se pregunta que es saber escribir, pero lo que nadie controla es cuantas de esas personas que tiene el conocimiento básico no son ahora analfabetos funcionales, no son ahora ignorantes incapaces de asimilar, analizar y cribar la información que reciben.

Uno de los grandes argumentos que te encuentras hoy en día cuando hablas con ciertas personas es que lo han leído en internet, ya si además lo pone la Wikipedia es dogma de fe, sin pararse a pensar que la información que figura en internet es tan extensa, tan ingente, tan comercial, que siempre vas a encontrar lo que tú quieras, lo que no quieras y todos los matices intermedios.

Leyendo internet, las redes sociales, uno se da cuenta de que ya hemos sido invadidos por los extraterrestres, que no digo yo que no, que somos fumigados en aras de unos intereses espúreos, que no digo yo que no, que vivimos en un conflicto de conspiraciones e intrigas a las que somos ajenos, que no digo yo que no, que somos permanentemente envenenados por las industrias farmacéuticas, que no digo yo que no, que somos gobernados por oligarquías en la sombra, que no digo yo que no, que …
Que, vamos a ver, que no digo yo que no, que no digo yo que no haya motivos para reflexionar sobre ciertas cuestiones y plantearse infinidad de preguntas, pero que disponemos de tantos argumentos, de tal avalancha de información, que somos incapaces de acceder a toda e, incluso, de asimilar toda aquella a la que accedemos. Primero por cantidad, pero, y es fundamental, por falta de los conocimientos básicos imprescindibles para analizar con rigor temas concretos.

Más allá de actitudes sospechosas, que las hay, más allá de intereses comerciales, que los hay, más allá de intrigas y conspiraciones, que estoy convencido de que las hay, yo no tengo capacidad de encontrar la verdad de todas las cuestiones, en caso de que pueda encontrar la de alguna, porque mi formación y mi tiempo no me lo permiten.

Es fundamental, a la hora de documentarse sobre un tema, contrastar las fuentes, no dejarse llevar por convicciones personales y, sobre todo, medir las consecuencias de nuestra incapacidad, porque si en muchos casos podemos vivir con nuestra desinformación, o nuestra deforme información, en ciertos temas como el de la salud seguir consejos y verdades de ciertos gurús de la literatura comercial y de la cultura sanitaria alternativa, en tiempos en vez de escribir libros viajaban por las ferias en carromatos, nos pueden llevar a una pérdida de salud y de calidad de vida sin retorno posible.

 

“Es fundamental, a la hora de documentarse sobre un tema, contrastar las fuentes, no dejarse llevar por convicciones personales y, sobre todo, medir las consecuencias de nuestra incapacidad”

Yo desconfío profundamente de la industria farmacéutica, y de la alimentaria y sus fórmulas llenas de letras y números que desconozco, pero no eso no me lleva a suicidarme en aras de unos consejos alternativos igual de, si no más, dañinos que lo que intento evitar. Procuro comer natural, procuro no tomar más medicamentos que los imprescindibles y detectar en los que tomo efectos secundarios indeseables, y me encomiendo a lo que sea para que lo que entra en mi cuerpo no empeore lo que había antes. No alcanzo a más.

¿Y a cuento de que ha venido esto? Ah¡, si, ya recuerdo. El otro día alguien compartió en su muro un chiste que al parecer era muy gracioso. Era como sigue:

Romeo le dice a Julieta:
– ¿No es verdad angel de amor que en esta … ?
– Romeo –interrumpe Julieta en el colmo de la gracia- ¿Quieres trepar ya de una vez por la enredadera…?

El resto, que parece ser el chiste, ya no tiene importancia. Lo realmente importante es que aparte de lo soez, previsible y poco gracioso del chiste, nadie, ab-so-lu-ta-mente nadie, reparó en que ¿Qué pintaba Romeo en Sevilla? ¿Qué hacía Julieta en el lugar de Doña Inés? ¿Hay enredaderas en la finca de Don Juan, a orillas del Guadalquivir? ¿Hay tanta gente que ignora que esa frase es del Don Juan de Zorrilla y que Romeo y Julieta son personajes de Shakespeare?

Pues eso, analfabetos funcionales.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Ser sin haber sido

Entre el anhelo, la añoranza y el olvido las vastas extensiones de la memoria configuran día a día la experiencia vital que me ayuda en el camino. Ponen ante mí los recuerdos de momentos ya vividos que me guían, que me avisan, que me trazan consecuencias de otros semejantes aunque antiguos. Alterada por el tiempo la memoria se maneja como un cuento al que le faltan páginas que aun habiendo leído han debido de caer en el olvido, buenas algunas, la mayoría amargas.

Pero en todo ese mapa, en ese hilo conductor de las vivencias ensartadas por el tiempo transcurrido, resaltan con especial brillo los recuerdos de los momentos en el limbo, los recuerdos de lo que no habiendo sido fué hasta un cierto momento y me dejó atisbar otra vida, otro ritmo, otro tiempo al que asomarme y, notario, levantar acta de lo que acontece en esa otra memoria, en ese otro hilo en el que la vida fabricada en la imaginación llega a ser sin haber sido.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Un alivio

Día a día voy estando hasta los mismísimos de la sociedad que se supone que estamos construyendo. Día a día ciertas actitudes me cargan y descomponen porque no puedo entender la ceguera, la debilidad, la decadencia, el puritanismo, el olor de santidad eclesiástico ni el olor de santidad laico que ciertas personas emanan por cada uno de los poros de su piel.

Estoy hasta los mismísimos, estoy harto y encorajinado, de todas las personas que a mí alrededor me dicen lo que es correcto y lo que es incorrecto. No soporto a las minorías con vocación de mayorías o, directamente, con ínfulas totalitarias. Estoy hasta los mismísimos de que un tiempo a esta parte el papel de fumar de cogérsela ha pasado de fino a básicamente inaprensible según los temas y los personajes con los que topes.

No soporto el linchamiento que desde ciertas posiciones ideológicas se perpetra cuando alguien, en perfecto uso de su libertad y de su patosidad, comete el execrable crimen de decir algo. Estoy harto, furioso, rabioso, de comprobar cómo se legisla la moral de derechas y como se legisla la moral de izquierdas. Estoy absolutamente asqueado de que me digan que tengo que pensar, que puedo decir o como me tengo que sentar. De que me impongan como correcta una moral que no es la mía y además lo hagan desde una posición de superioridad ética que solo se reconocen ellos mismos. Que se vayan a escardar.

Estos nuevos inquisidores de lo correcto y de la salvación del alma inexistente no me resultan distintos de aquellos otros del alma eterna. Ni menos peligrosos. Sí, es verdad ya no usan el potro o el péndulo, ahora usan el Facebook o el Twiter. Pues váyanse ustedes al país de las moñigas. Ustedes y los otros. Ustedes, los otros y los de más allá por no quedarme corto.

Váyanse a su país de falsa libertad, de pensamiento único y pasaporte para la corrección y si es posible no vuelvan. Yo tengo derecho a pensar, incluso equivocadamente, lo que me dé la realísima gana. Yo tengo tanto derecho como cualquiera a errar y corregir lo errado, o a persistir en ello si ese es mi deseo y mi convencimiento. Basta con que lo que yo piense, lo que yo haga, no interfiera en la libertad del ajeno. Ni yo en su libertad, ni él en la mía.

“Váyanse a su país de falsa libertad, de pensamiento único y pasaporte para la corrección y si es posible no vuelvan. Yo tengo derecho a pensar, incluso equivocadamente”


¿Pero quien coño se han creído que son esos acarreadores de cadenas del odio de todo signo? ¿En qué mierda de sociedad vivimos en la que la ley puede ser impunemente burlada por minorías por el simple hecho de serlo, en la que impera la ley del más débil? ¿Pero qué tipo de discursito ético pretenden soltarme los que no reconocen más verdad que la suya ni más forma de defenderla que la imposición radical? ¿Pero en que nos hemos convertido?

Desprecio con todo mi desprecio a todos los que se declaren anti algo por su incapacidad para ser pro nada. Desprecio con gesto de asco y desplante a todos los que creen estar en posesión de una verdad absoluta porque serán incapaces de alcanzar ni siquiera una verdad relativa. Desprecio con absoluta falta de caridad a todos aquellos que se permiten etiquetar a los demás, que se permiten juzgar sin ser jueces, testificar sin ser testigos y condenar sin ser jurados. Desprecio, hasta la náusea y más allá, a todos los que promueven la perversión del lenguaje para valerse de la imposibilidad de comunicarse para sus fines, la confusión, el adoctrinamiento, el mensaje vacío.

Desprecio a los débiles que prefieren mirar para otro lado, y a los que solo miran para encontrar lo malo. Desprecio a los que quieren imponer lo suyo en una suerte de santa, eclesial o laica, cruzada. Desprecio a los que son incapaces de educar, de razonar, de convencer y solo saben condenar, descalificar, prohibir. A los políticos en general, a los ideólogos en particular y a los que piensan con los titulares de los periódicos o con la última entrada de las redes sociales personalmente.

Exijo el mismo respeto que estoy dispuesto a dar, la misma libertad que estoy dispuesto a conceder, la misma igualdad que necesito y siento. Y en estos mismos valores, en estos mismos compromisos se encuentra encerrado el ideal de sociedad que busco, pretendo y por la que peleo. No me valen las discriminaciones, sean positivas o negativas, no me valen los orgullos que enfrentan por muy naturales que sean, no me valen las dictaduras de minorías sean étnicas, económicas, religiosas, sexuales o en razón a la edad, que basan su poder en su pretendida debilidad. Libertad para todos, igualdad para todos, ley para todos y respeto. Sobre todo, respeto.

Ea!, que a gusto me he quedado.

 

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Tener razón no es suficiente

Oigo, al menos durante un rato, con bastante atención el desgranamiento de los motivos que la portavoz de Podemos argumenta para la presentación de la moción de censura.

Oigo caer, como huesos en una copa, la interminable relación de corruptelas y corrupciones que los miembros del PP han cometido durante su detentación de cargos de poder a lo largo de todos estos años. Todos son ciertos y todos crean un ambiente enrarecido y malsano en la percepción que de la política, y de los políticos, tenemos los españoles. Es casi como oír cantar la pedrea en el sorteo de Navidad. Solo me sobresalta, en algunos momentos puntuales, el paso a tono mitinero que la portavoz sobreactúa para salir de esa ensoñación rayana en los párpados caídos.

Efectivamente todo es cierto, no hay exageraciones ni, lo que es peor, novedades. Es una suerte de “deja vue” de los discursos de la últimas elecciones, y de las anteriores, y de las ante anteriores. Como ciertos son los recortes excesivos, y es cierta la preponderancia de una oligarquía económica, y es cierta la brecha que aumenta entre riqueza y pobreza, y son ciertas las necesidades sociales, y el deterioro educativo, y las trabas a los emprendedores y… tantas y tantas cosas que habría que hacer.

Y al pensar de esta forma te das cuente de una pregunta ¿Sirve para algo esta moción decensura? ¿Cuál es el objetivo real de esta representación?

Desgastar al gobierno, no. Con el mismo argumentario, con las mismas sensaciones de hartazgo y fatalismo, ya ganaron esas elecciones, ya, incluso, aumentaron su ventaja en votos.

Posiblemente la única razón real y profunda es enfrentar al PSOE de Pedro Sánchez y demostrar a sus militantes que Podemos está dispuesto a hacer lo que ellos suponen que quieren hacer los que votaron en las pasadas elecciones internas socialistas.

Y puede que tengan razón, pero lo que también parece evidente es que no lo quieren hacer con Podemos, o al menos no dirigidos por Podemos, por los dirigentes de Podemos.

En todo caso si en algún momento pretendieron remover alguna conciencia, pretendieron ganar con su pertinaz enumeración alguna voluntad, no les ha salido bien. Incluso puede que el partido en el gobierno se sienta reforzado tras la moción y su falta absoluta de mordiente y de apoyos.

Podemos, y me temo que mucha más gente, confunde el descrédito ajeno con el crecimiento propio, la desilusión ajena con la posibilidad propia. Se equivocan. Parece ser que la cabeza de los votantes no alineados, la voluntad de los votantes no comprometidos ideológicamente, no funciona de esta manera. Parece ser que, y lo he apuntado en varias ocasiones, el votante español independiente ejerce su derecho con la resignación de elegir la papeleta que menos miedo le da, la lista que menos desconfianza le produce.

“Podemos, y me temo que mucha más gente, confunde el descrédito ajeno con el crecimiento propio, la desilusión ajena con la posibilidad propia. Se equivocan.”

Y la picaresca, esa actitud ante de la vida de aprovechamiento propio y de propios, esa actitud semiheroica, en todo caso simpática, del truhán, del ladrón de guante blanco, del pícaro, es algo arraigado en la personalidad de los habitantes de este país, tanto, tanto, que yo sigo pensando que todos tenemos un pícaro en nuestro interior que sale a la luz cuando existe la oportunidad para ello. Tanto, tanto, que solemos pensar que los pícaros son los otros y lo que cada uno de nosotros hacemos es otra cosa. Es más, que nos viene muy bien lo que hacen los políticos para justificar como compensación lo que a nosotros en nuestro día a día se nos queda entre los dedos.

Por eso, en este caso, en estas circunstancias, tener razón no es suficiente. Hablar de lo mal que lo han hecho, y lo hacen los otros, no proporciona los votos para formar un gobierno, porque lo que la gente vota es el tipo de sociedad que se propone, no lo mala que es la actual, que ya todos lo sabemos. Y el tipo de sociedad que propone una izquierda dura, trufada de radicalismos y de activismos varios y variopintos, no es lo que está en la cabeza, ni en los deseos, de una mayoría de los españoles.

No, tener razón no es suficiente si además no se tiene un proyecto alternativo convincente. Y, de momento, parece ser que no se tiene.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

La indignante dignidad

Libertad sin perjuicio

Si algo no se perdona en nuestro común país, hoy por hoy incluidos los catalanes, es que alguien haya tenido éxito en cualquier faceta de la vida. Si esa faceta es la de los negocios el agravio hay muchas gentes que lo consideran personal.

Recordemos esa coletilla tan popular en bares y corrillos. “Es que ni trabajando, ni con un negocio “honrao” nadie se hace rico”. Y punto pelota. Ya hemos convertido a cualquiera que pueda sobresalir en un más que probable delincuente. Luego aplicamos esa frase tan nuestra, esa que se dice con gestito y tono de si yo te contara lo que se, “cuando el rio suena agua lleva” y a ver quién es el guapo que argumenta. Ya está todo dicho y el linchamiento está en marcha.

A mí, y lo he dicho repetidamente, la desigualdad social llevada a los extremos en los que se mueve hoy en día me parece inmoral, innoble e inadmisible. No se pueden consentir ciertos niveles de enriquecimiento en una sociedad llena de pobres de necesidad y pobres de solemnidad. No se puede consentir que haya acumulación, acaparación, mientras exista ausencia. No se puede tolerar que haya una regulación del mínimo de pobreza y no haya una regulación del máximo de riqueza.

He puesto muchas veces el ejemplo del poblado primitivo. No concibo que en una tribu, sí, de esas tan atrasadas, cierto individuo tenga varias cabañas, la mayoría cerradas, y haya otros componentes de la tribu que tengan que dormir a la intemperie porque no pueden pagar su compra o, concepto perverso, su alquiler. Cuando todos tengan cabaña alguno la tendrá de mayor tamaño. Seguro que tampoco en esa tribu nadie tirará alimento mientras el de al lado se muere de hambre.

Y es que hemos hecho, hemos consentido, una sociedad perversa. Una sociedad en las que algunos tienen derecho a acaparar a costa de la necesidad de los otros, derecho a enriquecerse a costa del empobrecimiento ajeno, sin límites. Y en esta expresión se contiene lo realmente inadmisible, sin límites.

Es lícito, como no, es obligado, luchar por una mayor igualdad social, por una mayor equiparación en las oportunidades, por una sociedad más justa e igualitaria. Es imprescindible llegar al punto en el que todo individuo por el hecho de nacer dentro de una comunidad tenga asegurada la equidad con respecto a los demás miembros de la misma.

Pero hecha esta reflexión, puesta negro sobre blanco la tremenda injusticia que la legalidad actual supone, lo que no se puede es condenar a un individuo por lograr el mayor partido de unas circunstancias, de unas leyes, que él no ha promovido.

Lo que no puedo es personalizar en alguien que ha sabido moverse mejor que yo mi propio fracaso y el fracaso de mis esfuerzos para que la sociedad sea distinta.

Yo, y hablo ahora personalmente, considero inmoral sin paliativos la acumulación de riqueza que el señor Amancio Ortega ha conseguido, pero no por ello voy a considerarlo a él como una especie de apestado, no voy a considerarlo a él como un inmoral, no voy a considerarme por ello justificado para promover campañas de descrédito o, directamente, de linchamiento social. No voy a volcar sobre su persona, a hacer personal, la consideración que me merece una norma.

“considero inmoral sin paliativos la acumulación de riqueza que el señor Amancio Ortega ha conseguido, pero no por ello voy a considerarlo a él como una especie de apestado, no voy a considerarlo a él como un inmoral, no voy a considerarme por ello justificado para promover campañas de descrédito o, directamente, de linchamiento social”

Campañas de descrédito

No voy a dedicarme, porque se lo merece por rico, a difundir sin ningún tipo de verificación las campañas de descrédito de sus empresas, ni las personales. No voy a considerarlo directamente responsable de la legislación laboral de los países en los que pudiera interesarle contratar a sus proveedores. ¿Que podría evitarlo? Claro, y el noventa por ciento de otros muchos de los que no hablamos porque a pesar de hacer lo mismo no han conseguido los mismos éxitos financieros.

Pero lo que ya me parece aberrante, lo que me parece indigno y sectario, es el rechazo que ciertas personas, que se dicen en posesión de un mayor criterio moral, que hacen apropiación de una mayor dignidad social, de la que nadie les ha hecho depositarios, hacen de una donación por el simple y sencillo hecho de que tiene nombre y cara, y aprovechan, además, esa circunstancia para promover un ataque personal contra alguien que, en sentido estricto, está haciendo más por la redistribución de la riqueza que todos los políticos del mundo juntos, incluidos, y señalados, los del signo al que pertenecen los que se sienten ofendidos.

Estoy seguro de que muchos de esos grandilocuentes, y dignos, ofendidos por la donación, verían con mejores ojos, yo diría con mirada más clara, que la donación se hiciera a algunas de esas ONGs que se gastan más en oficinas y todo terrenos que en ayudas efectivas, en esas inefectivas organizaciones que se montan más para prurito moral propio que para beneficio ajeno.

A mí me parece de agradecer cualquier actuación que permita una mejora en las condiciones de vida, o de salud, de cualquier persona, y si la donación del señor Ortega contribuye a salvar, alargar o mejorar la vida de una sola persona, me sentiría, si fuera él, satisfecho.

Y es que yo no creo que la dignidad, ese concepto que tan alegremente manejan, esa virtud que tan pagados de sí mismos reclaman, valga un solo muerto, un solo día de dolor, un solo minuto de retraso en un diagnóstico.

Volviendo a nuestra ancestral y atrasada aldea, yo no concebiría que, en el hipotético caso de que alguien acaparara cabañas y otros carecieran de ellas, se rechazara por dignidad el que alguien con más de una cabaña le cediera una otro que no tuviera ¿Dónde estaría la dignidad? ¿En sufrir a la intemperie las inclemencias? ¿En persistir en la desigualdad para mayor escarnio del acaparador? ¿En denunciar la situación sin permitir acercamientos a la solución salvo que se hagan como los dignos consideren que tienen que hacerse?

Y es que yo no creo en la dignidad de los muertos, en la dignidad del sufrimiento, en los que se auto proclaman héroes de la virtud. Eso sí, consideraría muy digno por su parte que llegado el momento y las circunstancias, dios no lo quiera, renuncien al beneficio de esas máquinas que ellos consideran indignas, aunque creo que no. O sea, que no me creo que renuncien a la cabaña que les toque.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Recuerda

Recuerda, en la pronunciación de la r se contenía toda la rabia del mensaje. Recuerda, parecía más un gesto, una acción intimidatoria, que una simple palabra. Inténtalo, parecía pasar de la agresión a la súplica, de la desesperación a la desesperanza. Pero el recuerdo no acudía, perdido en nebulosas de ensoñaciones, en personajes cuya ausencia suplantaba la presencia de los que tenía al lado, seguía aferrado a la irrealidad que irradiaba hacia la realidad ajena, hacia la necesidad cotidiana, que él ya no sentía, de aferrarse a la realidad compartida. Recuerda, la r ya vibraba mucho menos, apenas, haciéndose eco de la lejanía insuperable que hacía que la palabra no fuera más que un sonido, un deseo inasequible de cercanía y reconocimiento.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Del gusano a la mariposa: Historia de un capullo (I)

El siglo XX empezaba a desgranar los años correspondientes a la década de los sesenta cuando una generación, la mía, que venía de una post postguerra nacional y una postguerra mundial, empezaba a sentir en su piel la adolescencia..

Eran años un tanto oscurantistas en un mundo que se sentía viejo, raído, incapaz de saber que le había pasado y mucho menos capaz de asomarse a un futuro que el régimen, en España, pintaba en colorines con los planes de desarrollo, pero que la población solo desarrollaba, a nivel de la calle, en tipos que podemos recordar gracias a películas geniales como “El Verdugo”, “Historias de la Radio”, “El Cochecito”, “Plácido” o “Bienvenido Mister Marshall”. La vida cotidiana, según la versión oficial, se componía de tipos pueblerinos de folclorismo rancio, toreros, paletos de ciudad, señoritos de medio pelo y señores de alta alcurnia, con algunas pinceladas de burguesía emergente.

Vivíamos en un mundo de prohibiciones por nuestro bien, todo estaba prohibido, hasta jugar. No se podía jugar al balón, montar en bicicleta o pisar el césped en los parques. No se podía poner música, salvo clásica o saetas, en tiempos de Semana Santa. No se podía besar en público salvo en las estaciones o aeropuertos, donde la oficialidad se mostraba más permisiva con las efusiones propias de las bienvenidas o despedidas. Como siempre la picaresca funcionaba y había dos colectivos de población, los taxistas y los novios, que conocían la dedillo los horarios de trenes y camionetas, porque entonces los autobuses que iban a los pueblos y otras ciudades se llamaban camionetas o por el nombre de la compañía: el Auto Res, el Castromil, los Alsina…

Los taxistas lo hacían con el sentido profesional de acarrear pasajeros que necesitasen de sus servicios, pero los novios no tenían otro fin que el de participar y extender el contacto de sus cuerpos y bocas por varias llegadas o partidas que hiciesen tolerables sus apenas pecaminosos achuchamientos. Por aquellos tiempos la española cuando besaba, era que besaba de verdad. Un beso pasaba por una declaración formal de buenas intenciones futuras, o sea matrimonio, y presentes, o sea noviazgo, aunque muchas veces esas intenciones no pasaran del primer alivio.

Pues eso, que eran tiempos oscuros, tiempos de miedos, de pecados, de tenebrosos ejercicios espirituales y de adhesiones inquebrantables a un régimen que entendía que si la adhesión era quebrantable también podía ser quebrantable cualquier otro derecho del individuo, o el individuo mismo. Tiempos de censuras, de secuestros de prensa y de obreros y estudiantes que volaban, o al menos eso se comentaba porque siempre que la policía disparaba al aire mataba a alguno. Cosas veredes amigo Sancho.

Decir que éramos infelices sería de una inexactitud culpable. Los niños, los adolescentes, los jóvenes, siempre encuentran la manera de ser felices, característica que pierden con el paso de los años. Éramos felices a nuestra manera, éramos felices a pesar y sobre la prohibición general y castrante que pesaba sobre una sociedad aún en estado de choque tras su desafortunada experiencia. Éramos felices corriendo delante de los “grises” y comparando marcas. Éramos felices descubriendo el sexo bajo el pretexto de encontrar el amor. Éramos felices porque esa era nuestra vocación y nuestra determinación.

Y aquellos niños que empezaban a cambiar la voz dentro de una crisálida que la sociedad oficial y los poderes dominantes se negaban, no ya a permitir que rompiera, si no ni tan siquiera a reconocer que existiera, empezaron a tomar consciencia del mundo en el que vivían, empezaron a percibir que fuera de la crisálida el color invadía las calles, las carnes visibles invadían las playas y la música hacía vibrar el aire con compases de libertad y de cambio. Y al tiempo, y aún dentro del capullo, empezamos a buscarnos unos a otros y a reconocernos.

Sí, aquellos niños, aquellos rapaces, educados en la represión, en el miedo, en la abstinencia de las carnes todas, en la unidad de destino en lo universal, empezamos, como en el mito de la caverna, a sospechar, a atisbar que había otro mundo posible fuera del capullo en el que la sociedad se debatía entre el gusano que fue y la mariposa que pretendía ser.

Todo cambiaba a nuestro alrededor y en el mismo NoDo asistíamos a los actos oficiales de los capitostes correspondientes, lo que fue, y la eclosión de extranjeras en bañadores cada vez más exiguos y en, válgame diós, bikini, que querían representar esa libertad añorada y deseable. Y la música, y la llegada de los primeros hippies y sus mensajes de amor libre, de libertad individual, de igualdad entre sexos, de pacifismo y de tolerancia.

Sí, es posible que aquel movimiento tampoco fuera exactamente perfecto, que adoleciera de clasismo y de fuerza para asentarse definitivamente y hacer que sus flores, sus psicodelias y sus colores se constituyeran como una opción a la agobiante infinitud de matices de gris oscuro que representaban al poder del momento.

Es verdad que vivíamos en el permanente sobresalto de una guerra atómica, en el límite intangible de la condena eterna, en el vértigo irrenunciable de crear una sociedad nueva, distinta, de logar que al romper el capullo la luz no viniera solo del exterior, si no que de ese interior umbrío y claustral surgiera una nueva luz, una luz de esperanza y de necesidad de felicidad.

“Es verdad que vivíamos en el permanente sobresalto de una guerra atómica, en el límite intangible de la condena eterna, en el vértigo irrenunciable de crear una sociedad nueva, distinta”

Brotaron los cantautores que cantaban a los poetas, que eran ellos mismos poetas, que nos marcaban hitos, objetivos, esperanzas, que nos advertían de tropiezos y fracasos, que nos marcaban caminos que reclamar para los nuevos pasos. Nos contaron que Jesucristo era el primer hippie y que no habíamos entendido nada de su mensaje. Nos acunaron con el rock’ roll y la canción protesta. Y escuchamos en nuestro interior un mandato nuevo: pensad por vosotros mismos, pero pensad para bien. Pensad al margen de lo que os digan y buscad los caminos en los que podamos transitar todos unidos.

Y muchos, los de esa generación, los de algunas generaciones anteriores, los de algunas generaciones posteriores, creímos entender el mensaje, creímos en el mensaje, y al romper el capullo nos lanzamos sin complejos a crear una sociedad nueva. Claro, había de todo. Desde los que querían preservar todo lo existente a los que querían destruir cualquier vestigio de lo que hubiera sido. Desde los que amenazaban con la destrucción a los que destruían sin siquiera amenazar. Y entonces, formaron bloques. Entonces levantaron muros ideológicos y físicos y nos explicaron que solo al amparo de esos muros estaba la verdad y la libertad, siempre la suya, por supuesto.

Muchos se refugiaron en los muros intentando encontrar alivio a la inseguridad que un mundo en libertad les producía. Otros nos enfrentamos al pastoreo, al pensamiento y las verdades colectivas y elegimos el camino en solitario, pero todos, unos, otros y aún los de más allá, contribuimos a recoger un mundo dividido entre hombre y mujeres, entre comunistas y capitalistas, entre buenos y malos, entre normales y anormales, y abrir la posibilidad a un mundo de matices, a un mundo donde la tolerancia no era un pecado sino una necesidad de convivencia, donde la fraternidad podía desarrollarse sin fronteras, ni físicas, ni morales, ni sexuales.

Pero, a día de hoy, mirando alrededor, ¿qué queda de aquellas mariposas? ¿Qué capullo intenta eclosionar? ¿Hacia dónde nos están llevando?.

Continuará…

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Vivir sin vivir en ti

Hola papá. Hace tiempo que no te escribo, hace tiempo que el tiempo, para ti y para mí, transcurre pero no pasa.

Hace ya meses que vivimos una permanente espera, una espera que se debate entre la rutina de que no pasa nada y el permanente sobresalto de que pueda pasar algo, porque, desgraciadamente, cualquier evolución que pueda acontecer será para peor.

Le preguntaba el otro día al neurólogo si esos chispazos de lucidez que aparentas suponen que eres consciente de tu situación. La respuesta supuso un doble sentimiento, el de resignación y el de alivio.

No, papá, ya nuca podrás saber por los mecanismos comunes de leer lo que escribo que es lo que te cuento. Ya no queda en ti ni siquiera un breve atisbo que te permita asomarte a este mundo tal vez paralelo, tal vez tangencial, pero sin espacio común con el que tú habitas.

Si, papá, es sin duda triste saber que lo único que podemos aportarte es el cariño, el cuidado, la atención que podemos prestarte sin esperar otro agradecimiento, que tampoco necesitamos, sin conseguir otro logro que hacer que te sientas un poco mejor día a día en tu solitaria excursión de lo que te sentirías si no los tuvieras. Pero en compensación tenemos el alivio de saber que no hay ninguna posibilidad de que seas consciente ni por un segundo del estado en que tu enfermedad te está sumiendo. De saber que esas chispas de consciencia, de aparente consciencia, que nosotros detectamos no son más que conexiones neuronales casuales sin ningún trasfondo de verdadera lucidez.

Hace poco hablaba en la radio de tu problema, porque si yo sé algo de tu enfermedad, papá, no es más que lo que aprendo al estar contigo, al luchar con tu situación y las circunstancias que la rodean, las personas, las instituciones. Sobre todo las instituciones papá, enredadas en una burocracia que lastra cualquier posibilidad de funcionamiento. Confinadas en una burocracia que las hace llegar siempre tarde, casi siempre mal y  a veces nunca. Como esas ayudas que llegan cuando el solicitante ya ha muerto, cosa que sucede más de lo que sería conveniente. Iba a poner deseable, papá, pero lo deseable es una administración con la determinación de ir por delante de las necesidades de sus administrados y no siempre por detrás.

“Sobre todo las instituciones papá, enredadas en una burocracia que lastra cualquier posibilidad de funcionamiento. Confinadas en una burocracia que las hace llegar siempre tarde, casi siempre mal y  a veces nunca.”

Y en esas estamos, papá, entre la desidia de lo inalterable y el temor a la novedad. Un sin vivir, papá, o, en tu caso, un vivir sin saber que vives. Un vivir sin vivir en ti.

NOTA DE REDACCIÓN

Este artículo esta basado en la vida cotidiana de un enfermo de alzheimer, Tanto el autor como la redacción de este magazine desean que estos artículos puedan servir de consuelo y ayuda a quienes padecen esta enfermedad así como a las familias que la sufren igualmente.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Los nombres de la niebla

Tiene la niebla nombre

De sonido quejumbroso,

Que una vez pronunciado

Se va diluyendo en su seno

Y al extinguirse el sonido

Sigue resonando lento,

Denso, untuoso,

En ese dintel que limita

A la vida y el silencio

Tiene la niebla nombre

Que al pronunciarse nos moja

Ciñe, rodea, abraza, empapa,

Se introduce en los rincones

Y los va llenando sin pausa

De presencias incorpóreas,

De palabras pronunciadas

Sin saber si son oídas,

De mundos a flor de piel,

De miradas interiores

Porque el horizonte les falta.

Tiene la niebla nombre

Que parece nombrar los sueños

Universos, fantasías, cuentos.

Que da certeza a lo incierto

Y pone en duda lo cierto

Que trae al alma el pasado

Hace al futuro inconcreto

Y al presente tan escaso

Que no dura ni el momento

Tiene la niebla nombre

Que es llamada a los muertos,

A habitar entre sus jirones,

A medrar en su vientre espeso,

A vivir mientras ella viva

Haciendo cuerpo en su cuerpo.

Y cuando el final se anuncie,

Cuando se levante el viento,

Volverse de nuevo secretos,

Refugiarse otra vez en los nichos

En los que ahora yacen sus cuerpos,

Y filtrarse, como ya hicieron,

En los rincones que evocan

Los lugares en que vivieron.

Tiene la niebla un nombre

Que solo saben invocar,

Cuando se ausenta la vista,

Y el horizonte se mueve

Al tiempo que nos movemos,

Cuando con puño etéreo llama sin que pueda oirse

Golpeando  las puertas del puerto,

Cuando la frontera del mar solo es sonido y viento,

La sirena del faro,

La campana del barco,

El retumbar entre montes

Del tañer que toca a muerto

 

 

 

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Una vez al año

Sí, es verdad, hay un dicho que afirma que una vez al año no hace daño, pero también hay otro que dice que del dicho al hecho hay mucho trecho. Así que sentadas las bases incuestionables de esta reflexión vamos a meternos en harina.

Ayer, como todos los años, como cada año, se celebró la final de la Copa del Rey de fútbol y casi como cada año había representación de equipos vascos o  catalanes en ella, y como cada año, cuando estos equipos de estas localizaciones geográficas participan en la final, se produjo la ya tradicional pitada al himno español.

A mí, personalmente, me importa un ardite el himno en cuanto símbolo que sirve para marcar separaciones entre los hombres.  Es más, me importa básicamente lo mismo que los pitadores y sus pretendidas pretensiones territoriales. Un ardite. Pero hay ciertas consideraciones en el tema que, sin embargo, sí me importan. Es más, para mayor jolgorio de bobos, me indigna. Porque si hay algo que me indigna, que me hace posicionarme, es la falta de respeto. La falta de respeto y de educación, suponiendo que pudieran separarse. Y ya llegados a este punto y puesto a posicionarme yo lo haré a favor del pitado por dos motivos fundamentales, porque los pitadores son menos y buscan ser distintos y porque nunca puedo estar a favor de los que están en contra.

No sé si solo sucede en este país, me temo que sí. No consigo entender que extraño mecanismo, es evidente que en mal funcionamiento, nos hace pensar que el primer paso para reivindicar algo es denigrar lo del contrario. Que el primer argumento para estar a favor de algo es estar contra lo contrario.  Que la primera razón para posicionarse es situarse en la sinrazón. Me temo que puede ser un problema de la falta de inteligencia, o de criterio, en la que nos educan.

Claro que también puede que consideren que es una broma, una broma de mal gusto que solo comparten unos pocos. Y que lo hacen solo por molestar, solo porque hacerlo molesta a algunos que ellos consideran los malos. ¿Qué menos pueden hacer los buenos que molestar a los otros?

Sea cual sea finalmente la motivación el único problema, el único resultado, de toda esta historia que se repite año tras año, una vez al año para mayor rechifla de unos y mayor cabreo de otros, sean quienes sean los malos, sean quienes sean los buenos, si es que alguien puede considerarse bueno en estas circunstancias, es que tenemos un país de maleducados, es que tenemos un país en el que las instituciones no se preocupan más que de los suyo. Los ciudadanos, la defensa de los espacios comunes y los símbolos que los identifican, les importan lo que a mí, un ardite. Con una diferencia, yo no me represento ni a mí mismo y ellos han sido elegidos para representar a todos los ciudadanos de este país y defender y preservar lo que los identifica. Aunque posiblemente no tengan tiempo, ni ideas.

“Sea cual sea finalmente la motivación el único problema, el único resultado, de toda esta historia que se repite año tras año, una vez al año para mayor rechifla de unos y mayor cabreo de otros, sean quienes sean los malos, sean quienes sean los buenos,”

Si no recuerdo mal existe una película que se llama “La Mala Educación”, no recuerdo cual es la historia, pero para mí, sin duda, la exhibición anual de mala educación es la que hacen ciertos energúmenos con la excusa de un posicionamiento político y la certeza de una absoluta falta de criterio moral, político e incluso  racional.

Espero que si alguno lee esto se ría mucho, se ría con ganas, porque eso es lo que hace un mediocre cuando se le enfrenta a sus carencias, reírse con la suficiencia que la ignorancia provee.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Una historia, un suceso

Es difícil enfocar historias como esta, y le llamo historia y no suceso porque aunque la acción no tiene recorrido es consecuencia de un despropósito social continuado. Y lo lamentable es que pinta un futuro inclemente, incómodo, inhumano.

En un lugar cualquiera un anciano va a la farmacia a por sus medicamentos y los de su esposa, enferma de alzheimer. Camina con cierta dificultad, con ayuda de algún artilugio, y hace el mismo recorrido por el barrio que tantas otras veces. Llega a un paso de cebra, de esos en los que la ley obliga a los conductores a parar para que los peatones crucen con tranquilidad, que no con parsimonia desafiante que hacen algunos débiles mentales, ni con abstracción en el móvil desquiciante que hacen otros, con tranquilidad. De esos en los que la educación y el respeto obligan a los conductores a ceder el paso con comodidad a los que quieren cruzar y que exige a ambas partes demostrar sus valores cívicos. El caso es que el anciano llega y ejerce su derecho a utilizar con preferencia el paso. Hasta ahí la certeza.

Un coche se acerca y, seguramente a juicio del anciano, no respeta las distancias o velocidades que le permitan cruzar con tranquilidad. Seguramente el anciano se siente agredido y el joven, no sé si acompañante o conductor, ni importa, considera que había espacio de sobra para pasar y que la velocidad tampoco es cosa del viandante. El anciano tiene, su percepción de la realidad le hace tener, un cuidado acorde con sus mermadas facultades físicas. El joven tiene la soberbia, la suficiencia, la estupidez propia de su edad, edad que todos hemos tenido, todos ¿verdad?, y además va acompañado de una chica que es un factor que incrementa los inconvenientes de la edad apuntados exponencialmente. El anciano se siente agredido y recrimina. El joven siente que se le ha insultado a él o a su acompañante, se mira y se ve recubierto de una armadura sin reparar en que es de color negro. El joven y estúpido caballero, el niñato, se baja y agrede al anciano sin mediar palabra, dicen los testigos. Y se produce el drama, y se produce la fuga que agrava el drama. Algún cineasta haría una obra maestra con mucho menos.

Las consecuencias son apabullantes. Un anciano muerto. Un niñato que entrará en la cárcel siendo un imbécil y saldrá con un doctorado en delincuencia. Una ley que intentará desvirtuar los hechos hasta que consiga la menor pena posible sin importarle la verdad ni la justicia. Unos padres enfrentados, si es que su capacidad de auto análisis se lo permite, a la culpa de no haber educado a su hijo correctamente, que si tiramos de media de asumir culpas no se lo va a permitir. Una enferma de alzheimer privada de su sostén principal y cuya situación futura y presente los servicios sociales correspondientes parchearán de forma burocrática, desapegada y absolutamente insuficiente.  Un drama social. Un drama humano, o varios. Una consecuencia de la deriva en la que esta sociedad, esta llamada civilización, está metida.

 

“Un anciano muerto. Un niñato que entrará en la cárcel siendo un imbécil y saldrá con un doctorado en delincuencia. 

¿Alguien le enseñó al joven, alguien les enseña a los jóvenes, que los ancianos tienen una precepción limitada de la realidad y que por ello se sienten inseguros? ¿Alguien les ha enseñado lo que es el respeto y la consideración? ¿Alguien les ha explicado que la juventud es una situación transitoria, y breve, muy breve, que sirve para aprender a ser mayor, y que las facultades que la adornan son transitorias, perecederas, efímeras?  ¿O pertenece a ese grupo de descerebrados, de fascistas en potencia, o en ponencia, que hablan de los putos viejos como un estorbo para un mundo esplendoroso y joven al estilo de la Fuga de Logan?

En realidad la pregunta final es ¿Alguien está educando a las nuevas generaciones en valores? ¿Alguien está interesado en los valores? No, gracias por su apunte, en ideologías no, en valores. No, gracias por su apunte, adoctrinándolos no, educándolos. No, en sistemas de intolerancia y autoritarismo no, gracias por su apunte, en librepensamiento, en respeto, en tolerancia, en caridad, en justicia, en búsqueda de la verdad interior y exterior.

Si, se lo juro, están palabras están en el DRAE y siguen en vigor, aunque ni sus padres, ni su colegio, ni su universidad se lo hayan hecho saber. Es posible, probable, valgame el cielo, que incluso ellos las ignoren.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

La Ley de Monipodio

Vivimos en un país invadido por la corrupción, sumergido en la corrupción, atónito ante el nivel de corrupción que día a día, partido a partido, organismo a organismo, salta a las páginas, sean escritas o habladas, de los medios de comunicación.

Es tal el grado de corrupción al que asistimos que cabe preguntarse ¿Es una táctica?  ¿Están usando la corrupción para distraernos de otras cosas?

Es verdad que en este país la corrupción, el trinque, la picaresca, es algo tan extendido, tan implícito en nuestro carácter, nuestra formación y nuestras leyes que si de repente nos viéramos libres de ella,  si mirando a nuestro alrededor no percibiésemos su tufillo repugnante, nos preguntaríamos en que extraño país extranjero nos encontramos.

Nunca he tenido claro si todos esos pícaros extranjeros que pueblan nuestros semáforos, nuestras esquinas, nuestras calles y transportes han venido a España a buscar su supervivencia o a hacer un master que los gradúe definitivamente en engaños y corruptelas. No hay facultad en todo el mundo que pueda compararse a le del Dr. Monipodio, ni campus como el de su patio extendido a todo un país.

En España todos somos corruptos, y perdónenme los medio españoles que no lo sean.  Yo no, pensarán muchos, yo nunca he robado, pensarán convencidos, olvidándose de esos folios de la oficina que se llevaron a casa, de ese gasto particular disimulado entre las dietas, de esas vendas o analgésicos  tomados en compensación de la explotación laboral sufrida, de esas deducciones presentadas en la declaración de la renta a ver si cuelan porque ya me las están cobrando por otro lado, que además es cierto. Y todo eso es corrupción, la corrupción de los pobres, la corrupción del que no tiene acceso a la corrupción de los millones y los negocios, pero corrupción.

En España todos somos corruptos, y perdónenme los medio españoles que no lo sean.  Yo no, pensarán muchos, yo nunca he robado, pensarán convencidos, olvidándose de esos folios de la oficina que se llevaron a casa”

A lo mejor soy un cínico, no lo dudo, pero me temo que tengo razón. Y me temo que tengo razón porque en este país se legisla presuponiendo que el ciudadano es corrupto y va a intentar engañar a la administración, a la empresa, al recaudador, y por tanto, y en defensa propia, el recaudado, el paganini, se siente justificado en su latrocinio y, así como de paso, justifica al injustificable corrupto que además es, en realidad, el corruptor. Porque en este país se educa en la auto justificación, en aquello de que lo que no me lleve yo se lo lleva otro, en lo de “marica el último”, con perdón de la LGTB que seguro que se ofende aunque a estas alturas el dicho nada tiene que ver con las tendencias sexuales de nadie, en que “el que no corre vuela”.

Claro que el corrupto institucional es doblemente repugnante, moralmente hablando, porque se aprovecha de una posición no alcanzada por méritos propios si no por elección o  designación de electo para alcanzar un nivel de trinque al que no tendría acceso de otra forma.

Podríamos, en un alarde de ingenio, hacer una especie de principio de Peter de la picaresca que podríamos denominar la Ley de Monipodio, y que diría algo así como: “De trinque en trinque va el ciudadano subiendo y subiendo hasta que se le va la mano”. Perdóneseme el ripio en honor a nuestros literatos del siglo de oro que tanto y tan acertadamente escribieron sobre el tema.

Decía Samaniego en su “La Alforja”:

En una alforja al hombro,

Llevo los vicios;

Los ajenos delante,

Detrás los míos.

Esto hacen todos:

Así ven los ajenos,

Más no los propios.

Y eso que Samaniego no conocía el trajín de los partidos actuales, esa especie de paladines de la magia que meten una mano en todo lo que pueden mientras tiene la otra ocupada señalando la mano trincona de los otros partidos. Así el ciudadano harto de no saber hacia dónde mirar acaba no mirando hacia parte alguna.

Y en eso estamos, en eso nos tienen entretenidos, en denostar, perseguir, indignarnos con la corrupción ajena. Mientras tanto nos quitan la libertad, la democracia y la moral. Porque al fin y al cabo entre iguales anda el juego y no tenemos donde elegir, y ya ni ganas de hacerlo.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Una historia en tópicos

Cuando las barbas de tu vecino veas cortar pon las tuyas a remojar, dice el refrán tradicional. Esta es una historia, una reflexión, que se puede escribir acumulando tópico tras tópico.

El anuncio de Hollande sobre su presentación por el partido de Macrón y su anuncio de que da por muerto al partido socialista francés no hace más que derivar, una vez más, las miradas de los españoles hacia el duelo fratricida de los socialistas.

Porque, y siguiendo los tópicos, no hay más que ver las redes sociales para comprender que la escisión del PSOE y su más que posible refundación no es más que la crónica de una muerte anunciada. Anunciada  y parece que buscada con ahínco. El grado de frentismo, de intransigencia, de odio fraternal que destilan muchos de los mensajes utilizados en esta campaña no desmerecen de los dedicados al PP o a cualquier otro rival, tratado como enemigo irreconciliable, en campañas no internas.

Así que inevitablemente, y una vez finalizadas la primarias, más bien primitivas, una parte del socialismo español será un personaje en busca de autor, o, más bien, una ideología en busca de siglas, y de partido.

No sé si eso sucederá inmediatamente o asistiremos a un periodo de cierre de agravios en falso, pero se haga cuando se haga lo que sí está claro es que los avales presentados representan una escisión clara entre dos grupos que siempre han convivido con dificultad bajo una mismas siglas: el socialismo puro, más del gusto de los militantes, y la social democracia que anhelan los votantes como alternativa a una derecha que se mantiene por la desconfianza que Pedro Sánchez generó en su momento y seguirá generando en el futuro.

No sé si como el socialismo francés el socialismo español está muerto. Desde luego desprende un tufillo sospechoso y sus lecturas vitales son bastante inconstantes.

“No sé si como el socialismo francés el socialismo español está muerto. Desde luego desprende un tufillo sospechoso y sus lecturas vitales son bastante inconstantes.”


No sé si la sociedad española podría resistir la oposición de unas siglas vacías que perpetúen en el gobierno una opción que hace tiempo que solo vive por la muerte ajena, que se hace día a día en su propia inmundicia y cuya única acreditación es haber hecho una gestión positiva, aunque no idónea, en tiempos de crisis. El país necesita otra cosa. El país necesita ilusión, necesita soluciones a su desigualdad económica y social. Necesita con urgencia reformas que vuelvan a acercar a los ciudadanos, si es que siguen existiendo,  el control sobre la gestión que los políticos hacen con sus votos y a sus espaldas.

No sé, y dudo que nadie lo sepa, si España puede soportar la travesía del desierto que puede suponer una oposición realizada por un partido sin votantes, si gana el señor Pedro Sánchez, o la realizada por un partido sin militantes, si gana la señora Díaz. Si, ya sé, parece una falta de respeto que no hable de la opción de Patxi López, la opción de los moderados, la opción más serena y técnica de las tres, pero yo solo soy alguien que analiza lo que ve, y lo que veo es que el señor López no solo tiene pocas posibilidades de ganar, no tiene ninguna de reconciliar las dos posturas que se han jurado odio eterno, y que incluso lo consideran un traidor.

No hay mucho que rascar. La suerte está echada. A buen entendedor pocas palabras bastan. O, lo que es peor, a perro flaco todo son pulgas, y el PSOE, hoy, y peor mañana, está más flaco que el galgo corredor de nuestro Ingenioso Hidalgo. Que dios reparta suerte.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Por un plato de lentejas

Estamos tan inmersos en nuestras miserias, tan preocupados de solucionar lo que no se puede solucionar sin establecer previamente unas bases sólidas, son tantas las zanahorias que día a día nos hacen perseguir, que prácticamente nos olvidamos de que hay una cantidad ingente de problemas que nos están colando sin que nos percatemos y que cuando vengamos a darnos cuenta no habrá vuelta atrás porque ya no existirán ni las personas ni las condiciones mínimas para recuperarlos.

Alguien, un cerebro importante, sin duda, nos ha condenado al fracaso permanente de las ideologías. En algún momento de la historia los hombres han dejado de perseguir los ideales que ponían en común las aspiraciones humanas de progreso y perfección y nos los sustituyó por ideologías que promueven el permanente enfrentamiento, que buscan la insalvable diferencia y el sometimiento inevitablemente rebelado por el sometido y que impiden hacer un frente común en búsqueda de la auténtica libertad.

Nos han dividido en cojos de izquierdas y cojos de derechas, en tuertos capitalistas y tuertos socialistas, en lisiados mentales incapaces de encontrar un equilibrio que nos permita avanzar en los objetivos que realmente nos son propios: un mundo libre, igualitario y fraternal. Un mundo en el que el individuo sea el valor referencial, cosa que nunca será para una izquierda  que habla de pueblo privándolo de identidad individual , ni para una derecha que habla de globalización y liberalismo feroz en el que el individuo es aplastado por las máquinas de acaparar riqueza y poder.

“Nos han dividido en cojos de izquierdas y cojos de derechas, en tuertos capitalistas y tuertos socialistas, en lisiados mentales incapaces de encontrar un equilibrio que nos permita avanzar en los objetivos que realmente nos son propios: un mundo libre, igualitario y fraternal”

Yo anhelo un mundo sencillo. Un mundo de artesanos, de profesionales, de pequeñas y cercanas industrias que permitan una mayor calidad de vida. Anhelo un mundo en el que los ciudadanos tengan nombre y se reconozcan su capacidad y la posibilidad de transmitir sus conocimientos a las siguientes generaciones sin que los costes de tal trasmisión se hagan imposibles.

Anhelo un mundo en el que los gremios puedan convivir con otro tipo de organizaciones laborales. Un mundo en el que ser maestro o patrón no signifique ser sospechoso. Un mundo en el que coordinar, dirigir, no sea una prebenda si no una responsabilidad. Un mundo en el que el mérito suponga un reconocimiento y no la envidia de los mediocres. Un mundo en el que el talento no sea objeto de comercio, sí no un recurso de todos.

Pero ese mundo no es alcanzable mediante las ideologías. Esa Acracia triunfante que yo sueño solo puede partir de la formación, de la educación y de la generosidad. Y ninguna de estas tres características son objeto, en su valor real y total, de las ideologías, que lo que buscan es la preponderancia, el enfrentamiento que una vez resuelto dará lugar a un nuevo enfrentamiento para que el vencido reivindique su derecho a la victoria. Y así hasta el final.

Miremos a la sociedad. Una sociedad triste, egoísta, dominada por las minorías capaces de imponer sus criterios morales a las mayorías y sojuzgarlas bajo el pretexto de su debilidad. Una sociedad pacata, mísera y sometida moralmente por leyes que le impiden desarrollarse individualmente, incapaz de pensar o de rebelarse, mediocre por formación y vocación. Una sociedad que bajo banderas equívocas y equivocadoras impiden al individuo expresarse libremente. Una sociedad abocada al pensamiento único. Una sociedad reprimida hasta en el pensamiento por grupos que detentan su verdad única y aceptable. Una sociedad cobarde hasta la ignorancia. Una sociedad que desde su soberbia elitista y cutre impone sus vara de medir a la historia y al pensamiento. Una sociedad cuya única capacidad reconocible es el linchamiento del que se sale de su norma, el uso de los avances tecnológicos para la imposición por descalificación, el aplastamiento sin juicio previo ni reflexión sobre su comportamiento.

Pero aquí seguimos, distinguiéndonos entre rojos de mierda y fachas irrecuperables. Riéndole las gracias a los matones de nuestro lado. Mirando al infinito cuando los que destrozan, matan o roban son de los “nuestros”. Inmersos es una esquizofrenia que no nos deja ni ser.

En fin. ¿Y todo esto a que mierda viene? Algo me habrá sentado mal, seguro. Tal vez un plato de lentejas. De esas lentejas humildes y sabrosas que un tal Jordi Cruz, chef, se permitió nombrar con gesto de desprecio en un programa de TVE. Si ese mismo Jordi Cruz que hace poco se ha comprado un palacete e invoca el derecho de formación, gratuita, denigrando el sistema gremial que tanta falta nos hace.

Pues eso, por un plato de lentejas, por un atisbo de libertad esclavizada, la sociedad, esta sociedad, se entrega y se siente compensada. ¡Vágame el señor cuanta miseria!

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

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