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Rafael López Villar
Historias escritas por RafaelVillar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Informadores, opinadores y forofos. El declive del periodismo de prestigio

 Se supone, y cada vez estoy más convencido de que no pasa de supositorio, que la profesión periodística tiene una función que entronca con el interés común: la información. Y digo que se supone por cada vez es más evidente la absoluta escasez, la patética inexistencia, del periodismo, y los periodistas, que se dediquen a la información, exclusivamente a la información.

Y si la proliferación de la opinión, las más de las veces sesgada y agradecida, es uno de los grandes males que aquejan a la sociedad en general y al colectivo de periodistas en particular, lo de los periodistas deportivos raya en el forofismo más acérrimo y deformante para aquellos que tienen la desgracia de sufrirlo.

No puedo entender que una cadena de cobertura nacional ponga en una retransmisión de un partido de competición con carácter nacional a un grupo de periodistas absolutamente incapaces de dar una opinión con un mínimo de intención de ecuanimidad. La absoluta parcialidad de los locutores que se dedicaron a poner a los pies de los caballos a un árbitro tan absolutamente incompetente y perdido que no consiguió dar una a derechas fue de juzgado de guardia.

“La absoluta parcialidad de los locutores que se dedicaron a poner a los pies de los caballos a un árbitro tan absolutamente incompetente y perdido que no consiguió dar una a derechas fue de juzgado de guardia.”


No pitó un penalti evidente, pitó otro que solo el actor profesional que se cayó y Keylor Navas sabrán si hubo contacto o no lo hubo. Y sembró la discordia y los cimientos de todo lo que aconteció a continuación.

Poner al frente de un partido como el Barcelona-Madrid del pasado fin de semana en el que se sabe que hay maestros del fingimiento por ambas partes, Luis Suarez y Busquets por el Barça Y Cristiano Ronaldo por el Madrid, a una persona incapaz de hacer cumplir las normas, que intenta contemporizar y que, posiblemente, luego tiene afán de compensación  son ganas de desviar el protagonismo del espectáculo.

Sergio Ramos le da una patada clara a Luís Suarez en el área, loderriba y el árbitro no se entera o no se quiere enterar. Luís Suarez le tira una patada a Sergio Ramos que nadie ve y por tanto nadie sanciona. Luís Suarez, siempre sospechoso de teatro en sus acciones, cae ante una entrada un tanto desorbitada de Keylor y por más tomas y repeticiones yo aún no tengo claro si se tira o lo derriban, pero esta vez el árbitro se arranca y pita penalti. Y en pleno recital del trencilla sale el rey del espectáculo,  el tipo más ensoberbecido y pagado se sí mismo que pisa los campos de fútbol dispuesto a reclamar, como habitualmente, toda la gloria para su persona. Al fin y al cabo pocos pueden ser los que aún no se han enterado de que si existe el fútbol, el espectáculo derivado del pretendido deporte y sus dineros, de que si existen el  Real Madrid y su grandeza histórica es gracias a este tipo de nula capacidad ética. Cuan do el juega sobra el campo, sobran sus compañeros de equipo y sobra cualquiera que no sea capaz de rendirle abnegada pleitesía.

El más guapo, el más rico, e más listo a mí me parece un capullo integral, un soberbio impresentable, una cuchara de mal gusto y carente de ética que gracias a los pretendidos periodistas, en realidad forofos, le hacemos tragar a nuestros menores día tras día en los mal llamados medios de comunicación.

Su desplante torso al aire, grito tribal, escorzo hortera, de pretendido macho alfa, como persona omega, muestra su compulsiva, enfermiza, necesidad de ser el número uno al precio que sea. Aunque ello suponga el sistemático ninguno de todo y todos lo que le rodean. Sería tal vez necesario un estudio sociológico que cuantifique el daño que su mal ejemplo supone para nuestra sociedad y sus individuos carentes de formación o en periodo de adquirirla.

He de reconocer que cuando se quitó la camiseta lo que deseé de inmediato es que hiciera alguna otra estupidez que le llevara a arrepentirse de su soberbia exhibida. A veces el duende de los deseo te escucha. A veces basta con la estulticia ajena. Lo único por lo que me queda lamentarme es que por culpa del forofismo nadie le indique a este personaje lo inapropiado y condenable de su actitud.

En su dislate de capacidad informativa, en su voluntaria renuncia a ella, los, iba a decir periodistas pero no me ha salido, forofos retransmitidores deformaron lo acontecido relatándolo de una forma que marcaba el hilo por el que habían de mostrarse los agravios respecto al pobre colegiado que con las amarillas de tipo este tuvo los dos únicos aciertos de todo el partido.

Se muestra tarjeta amarilla a un jugador, entre otras causas, por simular una falta o intentar engañar al árbitro. ¿Lo hace Cristiano Ronaldo? Sí. Posiblemente su caída es real, claramente el rival no tiene nada que ver con ella en el aspecto punitivo, pero en el momento en el que se revuelve en el suelo y, con sonrisa de incontenible soberbia, reclama un penalti inexistente intenta engañar al árbitro y es tarjeta amarilla. Es lo que hay. Es lo que dice el reglamento y él lo debe de saber. Es verdad que si el partido fuera contra otro equipo más humilde posiblemente el árbitro no se hubiera dado por enterado, o sí, pero se dio por enterado y el elemento otorgó la oportunidad para que se diera. En todo caso hay un único culpable y yo me alegro de que esta vez, y no como en tantas otras en las que ha agredido a rivales sin balón siempre en el punto ciego de los trencillas, no se haya ido sin castigo. Me alegro por mí, me alegro por los forofos que le ríen las gracias, por los que las comentan y me alegro, sobre todo, por todos esos menores que gracias a su ejemplo creen que el fútbol es no solo jugar bien, si no principalmente engañar, menospreciar, desafiar y ganar mucho dinero sin tener los valores éticos más elementales para que sirva para bien. Por todos esos menores que gracias a los personajes que como este pululan por los ámbitos de la prensa sin moral y no son capaces de distinguir el bien del mal.

Por cierto, el partido flojo, con un solo equipo en el campo. Y esta noche a las 23.00 horas y por el mismo medio supongo que tendremos otra sesión de exaltación de lo que no debe de ser el periodismo. Abstenerse puros de corazón.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

El turismo y la clase obrera autóctona. Cuando juntar palabras no es tener ideas.

Los radicales han encontrado un nuevo juguete, un tema más en el que enfrentar a la sociedad para explicarnos lo malos, los indignos, lo inmorales que somos. Los radicales han encontrado un motivo más con el que demostrarse a sí mismos lo superiores que son moralmente al resto de las personas de su entorno, y de su extorno. A partir de este momento ya pueden llamarnos fachas por ir de vacaciones.

Se suceden en lugares, noticiarios y periódicos, los relatos sobre nuevas actuaciones intimidatorias contra elementos, servicios o entidades afines al turismo de ciudades. Parece ser que la idea general es que el turismo atenta contra la dignidad o los derechos de la clase obrera autóctona. Curioso concepto de nuevo cuño que pone en duda en que fuentes ideológicas beben los cabecitas, debería decir cabecillas pero en realidad estoy aludiendo a su capacidad intelectual, de estos movimientos.

Si un concepto tenía claro, universalmente claro, hasta este momento la clase obrera, y mira que me molesta hablar en estos términos de clases, era su internacionalidad. La clase trabajadora era una en su lucha y reivindicaciones, y van estos radicales de nuevo cuño, y le ponen puertas al campo para hacer su finca particular; ahora la clase trabajadora es autóctona, es decir que un trabajador de un lugar concreto tiene unas aspiraciones, unos derechos, unos objetivos diferentes al que vive apenas a quinientos metros, porque yo supongo, y con cierto criterio, que la clase obrera de un pueblo, barrio o sector comercial, se considerará autóctono respecto a todos los demás, y a freír gárgaras la tan cantada e invocada internacionalidad.

Realmente el turismo, en muchas de las facetas actuales, es un monstruo devorador de lugares, de calidades y de valores de aquellos lugares que se ponen de moda. La permisividad oficial con cierto tipo de actividades, y actitudes, para atraer a turistas, bordean, bastante por fuera, los límites de lo intolerable.

Es cierto que el turismo de costa ha arrasado zonas antes idílicas y las ha convertido en paredes de hormigón frente al mar. Es verdad que la nula preparación de algunos visitantes en muchos aspectos del país a visitar empobrece la calidad de lo que existe y da lugar a la proliferación de tópicos y de aprovechados que ofrecen los tótems de una imagen deleznable del país. Es verdad, qué duda cabe, que cierto turismo adolescente, que se ha fomentado de forma irresponsable en los últimos tiempos, deja, aparte de un escaso beneficio, unas imágenes, unas actitudes, un resabor amargo, que la población “agraciada” con su presencia difícilmente debe de tolerar.

Pero curiosamente no es contra estos tipos nocivos de turismo contra los que los radicales se movilizan, no. Es contra el turismo en general, contra el turismo que afecta a la clase obrera autóctona, je. Uno de los efectos claros del turismo que aporta riqueza y, por tanto, eleva el nivel de vida de la zona afectada. Es claro que esta subida del nivel de vida afecta inevitablemente a aquellos cuyo poder adquisitivo es más bajo y no tienen un beneficio directo de esa actividad. Es, efectivamente, un efecto perverso que, como todos los efectos negativos, deben de ser solucionados por la propia sociedad, y no por un grupito de escasa representatividad real que se arrogue la voz de la mayoría, de la conciencia ciudadana, y de la verdad absoluta.

“Pero curiosamente no es contra estos tipos nocivos de turismo contra los que los radicales se movilizan, no. Es contra el turismo en general, contra el turismo que afecta a la clase obrera autóctona”

De todas formas, y por si me cupiera alguna duda, una vez visto el adalid al que invocan en su lucha, el superhéroe de sus anhelos, yo prefiero seguir viviendo las aristas negativas del turismo que las purgas sanguinarias del camarada Stalin.

Me pregunto, una vez más, si la ley de memoria histórica solo mira hacia un lado, si los que con tanta inquina y fervor la invocan para el franquismo propio se olvidan de los asesinos de masas por el simple hecho de que mataron fuera de esta país, o simplemente los consideran menos asesinos porque mataron, torturaron y exterminaron en loor de una lucha obrera que les sirvió para medrar personalmente. Se diría que algunos tienen una memoria histórica selectiva, una lobotomía ideológica respecto a la historia, una doble moral que aplicar a los asesinos.

Al final, como todo lo radical, lo que acaba aflorando en cuanto se hace un análisis riguroso de las propuestas, si es que realmente hay alguna detrás del ruido y las acciones coercitivas, es una inconsistencia, cuando no contradicción, palmaria.

Hay que fomentar la presencia de refugiados, que son extranjeros, pero hay que rechazar a los turistas, porque son extranjeros. Hay que defender a la clase obrera, eso sí, autóctona, pero solo si pertenece al tipo de clase obrera que ellos consideran como tal, abstenerse personal de empresas turísticas y de industrias auxiliares del turismo, que se quedarían sin trabajo ni recursos. Hay que prohibirles a los demás que vengan a nuestro país levantando fronteras impenetrables, pero hay que luchar para que las fronteras no existan en los casos que ellos defiendan. Y, por supuesto, esa fronteras no deben de existir cuando ellos decidan coger su mochila y hacer turismo fuera del ámbito de su clase obrera autóctona.

Parece ser, cada vez más, que una cosa es ser radical, otra decir que se es y otra, totalmente diferente, ser mínimamente coherente. Digo yo.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

De la Lógica y el sentido común (porque no todo lo que parece es)

Uno de los grandes debates que mantengo con mi mujer es sobre la unicidad de la lógica. Pero este debate parte de una falsedad patente. Lo que ella llama lógica es lo que popularmente se conoce como sentido común que no es más que un atajo en el que las certezas se sustituyen por evidencias.

Como experto en lógica informática, asignatura que enseñé durante muchos años, tengo muy claro que la lógica no solo no es única, si no que existen tantas lógicas como personas y posiblemente, aunque esta es una aseveración que precisaría un estudio exhaustivo, existen una lógica masculina y una lógica femenina que tienen un objetivo común pero que se estructuran de diferente forma.

Dirigí durante algunos años, bastantes, equipos de programadores cuya labor era el desarrollo y mantenimiento de programas a medida, allá cuando los lenguajes no eran estructurados y las bases de datos eran lo que nosotros programáramos. Una de las primeras cosas que aprendí es que ante ciertos problemas debes de escoger a una mujer o a un hombre y jamás indistintamente. Me explico, si necesito seguir la secuencia lógica de un problema para descubrir los pasos de un proceso, casi con toda seguridad, necesito a una mujer. No sé si es paciencia, intuición o capacidad mental pero los pasos que sigue una ordenación lógica les son más evidentes que a los hombres. Si lo que necesito es un proceso de depuración de una rutina para logra una mayor versatilidad o velocidad, me inclinaré por un hombre que pondrá en el empeño soluciones originales. No es un problema de capacidades, tanto unos como otras están sobradamente capacitados para resolver cualquier tipo de tarea, es una cuestión de eficacia. Tiempo y rendimiento.

Pero no nos desviemos del tema y pongamos un ejemplo. Cuando empezaba el curso siempre ponía un ejercicio que en la mayor parte de los casos duraba todo el año lectivo: diséñame un organigrama para calcular una raíz cuadrada. Puedo asegurar que ningún alumno completó con éxito total el ejercicio, porque aunque los más brillantes lograban resolver el problema principal ninguno dejaba de caer en los saltos que el sentido común dicta. Todos obviaban el principio del problema dando por sentadas ciertas convenciones que la lógica no permite.

Pongamos un ejemplo ilustrativo aunque en diferente ámbito. Los hombres, hablo de los seres humanos,  trabajamos con la legalidad que se basa en la evidencia, porque nos es inaccesible la justicia que solo puede trabajar con la inalcanzable verdad. ¿Y cuál es la diferencia entre la evidencia y la verdad? La veracidad, porque si intentamos un acercamiento a la veracidad necesitaremos hacer un juicio paralelo de cada uno de los testigos, de cada una de las pruebas, de cada circunstancia anterior y posterior al hecho juzgado. La legalidad es lenta, la justicia eterna.

Había un programa en los años 77 y 78 en TVE, esa que era de todos, que se llamaba “El Monstruo de Sanchezstein” en el que Luis Ricardo, el monstruo en cuestión, tenía que ser dirigido por los niños mediante instrucciones simples y precisas desde su lugar de reposo hasta la zona de regalos y coger uno. Sencillo, ¿no? No. Todos los niños tendían a dar instrucciones inmediatas que Luis Ricardo no entendía.

¿Y cuál es la diferencia entre la evidencia y la verdad? La veracidad, porque si intentamos un acercamiento a la veracidad necesitaremos hacer un juicio paralelo de cada uno de los testigos, de cada una de las pruebas, de cada circunstancia anterior y posterior al hecho juzgado. La legalidad es lenta, la justicia eterna.

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  • Luis Ricardo, vete hasta donde está la muñeca y cógela. – Luis Ricardo emitía un ruido característico de incomprensión y no se movía- Luis Ricardo avanza veinte pasos- decía entonces la concursante, sin medir exactamente la longitud de la zancada que podía llevar al desastre de llevarse por delante el mostrador de premios y la consiguiente eliminación.

Luis Ricardo era especialmente picajoso en los ángulos de los giros, en las distancias y en los movimientos de cercanía.

  • Luís Ricardo gira a la derecha – Y Luís Ricardo se mareaba girando hacia la derecha como un trompo- Luís Ricardo gira un poco a la izquierda – Y Luís Ricardo se quedaba bloqueado decidiendo que era un poco.
  • Luís Ricardo coge el camión – ya cuando estaba cerca y no entendía que era eso de coger el camión y hacía su ruidito de no entiendo nada- Sube el brazo hasta que yo te diga, abre la mano, estira el brazo hasta tocar el regalo y cógelo. – bueno, eso sí era ejecutable siempre y cuando el regalo fuese de un tamaño razonable para una sola mano, porque si era grande podía suceder que al intentar cogerlo solo con una, lo tirase y el concursante se fuera a casa sin premio-

Muchos de mis alumnos lograron una secuencia lógica que resolvía la raíz cuadrada de cualquier número. Tampoco es muy difícil. Todos consiguieron lo evidente, pero ninguno logro la verdad. Muchos se olvidaban de preguntar cuál era número del que queríamos calcular la raíz cuadrada. Muchos se olvidaban de comunicar el resultado una vez obtenido. Muchos parecían ignorar que existen los números periódicos puros y no incluían una salida a un bucle infinito. Pero lo que no hizo nunca ninguno fue verificar sobre qué base numérica se trabajaba. Y el resultado puede ser diferente.

A veces algo tan elemental marca la diferencia entra la evidencia y la verdad. Entre la lógica y el sentido común.

El sentido común nos dice que siempre trabajamos en base decimal, la lógica lo pregunta. El sentido común nos dice que cuando se obtiene un resultado el objetivo está cumplido, la lógica nos obliga a comunicarlo e, incluso, a verificar que la comunicación se ha efectuado. El sentido común nos hace suponer que cuando nos cansemos de sacar decimales nos pararemos, la lógica nos pregunta si ya queremos pararnos o en cuantos decimales, con que precisión, queremos obtener el cálculo. El sentido común nos dice que no se empieza a calcular hasta que no hay número sobre el que calcular, la lógica nos obliga a preguntarlo o empieza a trabajar sobre el 0.

La lógica trabaja sobre el sí y el no, sin matices que únicamente son consecuencia de una concatenación de preguntas y respuestas. El sentido común es la presunción del matiz preferido como respuesta única. La Lógica obliga a la presunción de inocencia, el sentido común invita a la presunción de culpabilidad. Y no es pequeño el matiz.

Por eso cuando discuto con mi mujer y ella me dice que algo es lógico y que solo existe una lógica yo sé que ya no existe ninguna posible discusión, es de sentido común.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Buscar con ahínco la muerte

Tal vez sea un problema de la prensa, tal vez. O tal vez sea problema de una errónea concienciación respecto a cierto tipo de cuestiones que afectan a minorías, tal vez. El caso es que ponerse a denunciar, a describir, a comunicar, cierto tipo de comportamientos desde una óptica diferente a la mayoritaria presupone que te van a caer desde todas partes.

Y eso es lo que sucede cuando se denuncia una actitud inadecuada de una minoría protegida respecto a una mayoría pretendidamente abusiva. No importa la verdad, no importa el fraude cometido por ese o esos integrantes de la minoría, automáticamente la maquinaria lincho mediática se pone en marcha para escarmentar, machacar, hundir en la miseria al osado cronista que se sale sin recato de la verdad sin paliativos.

Con esta introducción podría estar hablando de feminismo, de refugiados, del colectivo LGTB, de la violencia de género o de maltrato animal, y a todos ellos les cuadra la introducción porque en todos ellos se da el comportamiento de la defensa a ultranza del individuo que abusando de su condición minoritaria conculca las normas de convivencia con el absoluto desprecio que su pretendida impunidad le proporciona.

Pues, no, de ninguno de ellos. De ninguno de esos enumerados colectivos de comportamiento coercitivo estoy hablando.

Serían las 11 de la mañana, de esta mañana de sábado, cuando me ponía en camino entre A Guarda y Bayona, poblaciones ambas de Pontevedra. Veinticinco kilómetros de costa y paisaje espectacular con un trazado, sobre todo en sus últimos tramos, de curvas incómodas y rectas inexistentes. Un carril bici acompaña a la carretera, casi siempre en paralelo, durante todo este trayecto. Carril bici, curiosamente, solo utilizado por los peregrinos que eligen para llegar a Santiago la variante de la costa del camino portugués. Peregrinos y algún padre de familia en bicicleta con sus hijos en el mismo tipo de vehículo. ¿Y los ciclistas? Por la carretera. Por una carretera que prácticamente no tiene arcenes, con curvas, con cuestas, con un ancho justamente amplio para contener el carril de ida y el de vuelta y con escasos espacios para adelantar desde Cabo Silleiro hasta Bayona.

“¿Y los ciclistas? Por la carretera. Por una carretera que prácticamente no tiene arcenes, con curvas, con cuestas, con un ancho justamente amplio para contener el carril de ida y el de vuelta y con escasos espacios para adelantar”

 

 


El colmo de la experiencia, el no va más del comportamiento incívico, se nos aparece en las proximidades de la entrada a la autopista. Un pelotón de entre cuarenta y cincuenta miembros circula agrupado impidiendo con su volumen y comportamiento ninguna posibilidad de adelantarlos. Los conductores que tienen la desgracia de coincidir con esta caravana de incívicos se encuentran resignados, si o si, a hacer los últimos kilómetros al mismo ritmo que el más lento del pelotón.

Pero lo peor aún está por llegar. Poco antes de entrar en Bayona la carretera repica levemente y el pelotón se estira, se fracciona, sin llegar a marcar una distancia mínima que permita maniobrar a los vehículos. La estrechez de la carretera, su sinuosidad, el tráfico en sentido contrario y la distancia entre ciclistas hace imposible el adelantamiento. El velocímetro de mi coche, que marca por exceso, indica veinte kilómetros por hora. Serán diecisiete o dieciocho. De repente algunos ciclistas que habíamos adelantado anteriormente empiezan a adelantarme por ambos lados, por un arcén prácticamente inexistente o sobrepasando la línea continua de mi izquierda. Sin respetar la distancia mínima que al parecer es necesaria para sobrepasarse. Delante de mí una grúa con un vehículo cargado toma una curva a la derecha y un ciclista me sobrepasa y se zambulle sin pausa en el lateral de la grúa. Imposible que quepa. Cabe y aparece por la izquierda del siguiente vehículo invadiendo el carril contrario y obligando a los que vienen a pegarse al límite al borde de la carretera. Para los ciclistas todo vale. Si algo sucede, si cuando me está sobrepasando yo me veo obligado a hacer una maniobra, o tengo un contratiempo mecánico, y lo golpeo yo seré el culpable, sin necesidad de juicio, sin posibilidad de veracidad o de defensa. Yo seré el individuo ese que golpeó a un ciclista.

No sé. No tengo claro si el comportamiento de estos individuos es una temeridad, una inconciencia o la búsqueda con ahínco de la muerte. Para mí en todo caso son tipejos que con su forma de actuar, con su desprecio por las normas, ponen en cuestión mis derechos y, si por desgracia se golpean contra mí, incluso mi libertad y la paz del resto de mi vida.

 

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Jugando con el mar

Voy bordeando la orilla jugando con el mar al pilla, pilla, y se enfada a ratos porque no me alcanza formando gotas que el viento arrebata, ola sobre la roca, espuma y danza, y jugando las trae y me las lanza.

Sigo con mi paseo, ola tras ola, suena su canto que es poderoso. Aun así me asomo, lo llamo, casi me dejo alcanzar y corro, yo divertido, el burlado, y eso lo pone aún más furioso.

Arranca las algas del fondo, golpea la roca y la espuma, al batir la orilla, va cogiendo color de mantequilla, barco de mar que solo flota, color de furia y de pesadilla.

La niebla va llegando, la han reclamado las olas que se encrespan y el viento airado, y en su llegada va confundiendo las gotas que trae su seno y las que el aire guarda con mimo y celo, gotas cogidas al vuelo, gotas de mar salpicado. Las unas saben húmedo, las otras saben salado.

Es hora de recogerse, la luz se esconde. Es hora de guarecerse que el mar responde a la ceguera con osadía de olas que traspasan las fronteras con que la luz ceñía la costa al mar en su porfía. Las gotas de niebla van siendo lluvia. La luz del sol ya no se aprecia, pero el entorno relampaguea con luz tonante, radiante, que amenaza rayo en el horizonte que se hace más profundo según la niebla se aleja buscando al día.

El viento ya no es brisa, la luz a ratos, el mar embravecido grita mi nombre, desde el portal de casa aún se oye, desde la ventana lo veo entre sus olas pintado en ocres de atardecer tardío que el agua refleja y luego esconde. He corrido más que tú, pienso, y no se si entiende que el juego se acaba, al caer la noche.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Momentos por Vivir

 

Hay momentos por vivir

Sin medida y sin tino,

Sin pararte en si el destino

Será blanco, negro o gris.

 

Hay momentos por vivir

Que no buscan la memoria,

La trascendencia, la historia,

Ni siquiera pervivir.

 

Hay momentos por vivir

En los que hay que lanzarse al vacío

Para evitar el hastío

En que vives sin sentir.

 

Hay momentos por vivir

De no pararse en razones,

De volcar los corazones

Para lograr ser feliz.

 

Hay momentos por vivir

En qué la vida no te espera,

En qué dudar te deja fuera,

En qué no vale decidir.

 

Hay momentos por vivir

En qué la vida es abismo

Y que exigen de ti mismo

El querer sobrevivir.

 

Hay momentos por vivir

En qué hay que apurar el instante

Sin llegar a preocuparte

De seguir o conseguir.

 

Hay momentos por vivir

Como  se bebe una copa,

Llenando con ansia la boca

Hasta el mismísimo fin.

 

Hay momentos por vivir

Sin reparar en errores

Sin pararse en los temores

Haciendo de ese momento un fin.

 

Hay momentos por vivir

Que sin llegar a ser son vida,

Son vivencia presentida,

Y son ansia de sentir.

 

Hay momentos por vivir

Que son ajenos al tiempo

Encarnados en sentimiento

Y actúan como elixir.

 

Hay momentos por vivir.

Siempre quedan momentos

Risas, miedos, lamentos,

Palabras que se han de decir

 

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Quiero decirte

© Ilustración de Oda Sales
Quiero decirte, con palabras que me entiendas, con sentimiento medido, tantas cosas que en espera ha guardado mi boca, ha paladeado mi lengua, se han asomado a mis ojos curiosas por conocer a quien deben sus existencia. Tantas cosas tantas veces pensadas, tantas refrenadas con la excusa de que no era el momento, que no era.
Quiero decirte, ahora, ya por fin, con palabras medidas, con sentimiento vivo, cosas viejas, cosas nuevas, cosas que no tienen tiempo, ni sonido, ni siquiera.
Quiero decirte, hoy lo que ayer me he callado, lo que no ha encontrado su momento, lo que no lo ha tenido, lo que aún lo espera.
Quiero decirte, porque aún las tengo dentro, las palabras pensadas sin llegar a ser nunca pronunciadas, porque empujan, porque tienen vocación de ser oídas, porque tengo necesidad de volcarlas fuera.
Quiero decirte, como tantas veces, y con las palabras entregar el alma. Volcar lo más íntimo, lo oculto, lo ocultado y lo que nunca viste porque no has mirado o porque tus ojos no buscaban lo que te ofrecía mi entrega.
Quiero decirte, aunque tal vez ya sea tarde, con mis palabras más serenas, con mis palabras más claras y sinceras, que nunca será lo que no ha sido, pero queda por ser lo que nuestro deseo de vivirlo quiera.
Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Noventa y un años

Cumple hoy tu cuerpo noventa y un años, papá, noventa y un años que se fueron haciendo hielo hasta congelar tú mente, hasta congelar tu tiempo. Ese tiempo que transcurre sin que pase el tiempo, ese tiempo que corre solo para los que no estamos dentro de tu mente quieta, parada en no sabemos bien que recuerdo.

El alguno de esos recuerdos que en los que te fuiste sumiendo como la arena que cae en un profundo hueco, como la arena que se traslada llevada por el viento, como la arena que se mueve sin reparar en el movimiento.

Noventa y un años, papá, aunque cuatro de ellos, los últimos, los más cernos, no tienen para almacenar su memoria ningún posible hueco. Años de tristeza, papá, de desesperanza. Años de aprender, de luchar, de intentar contener un deterioro sin conocimientos. Porque nadie sabe, aunque todos hablemos, porque nadie conoce y tú el que menos, porque nadie ve la luz ni siquiera lejos.

Cumple hoy tu cuerpo noventa y un años, papá, noventa y un años sin futuro, noventa y un años en los que lo único que sabemos cierto es que no estás aunque si te vemos, noventa y un años en los que cuantos años más cumplirá es lo único incierto.

La vida no es justa, papá, y en algunos casos, en tú caso, en el de todos los que existen sin ser, viven sin saber, perduran sin conocer, lo es aún menos.

No puedo evitar, cada vez que te miro, sentir esa piedad transida y lacerante que tu cuerpo quebrantado, ese cuerpo inerme y dependiente, me transmite. No puedo contemplar la triste existencia de un cuerpo quejumbroso, miedoso, reasumido, sin que se me rompa algo dentro. Porque siempre queda algo que romper por mucho que pase el tiempo.

Noventa y un años, papá, y debería, según las normas, felicitarte, pero no puedo. Primero porque no me escuchas, segundo porque no me entiendes, tercero porque no quiero.

No, papá, no quiero felicitarte porque la maquinaria que un día portaba a mi padre hoy sigue en funcionamiento. ¿Felicitarte? ¿Por qué? ¿Porque tu corazón late? ¿Porque tu estómago digiere? ¿Porque tus pulmones cogen aire? ¿Por qué, papa? ¿Por qué tengo que felicitarte?

“No, papá, no quiero felicitarte porque la maquinaria que un día portaba a mi padre hoy sigue en funcionamiento. ¿Felicitarte? ¿Por qué? ¿Porque tu corazón late? ¿Porque tu estómago digiere? ¿Porque tus pulmones cogen aire? ¿Por qué, papa? ¿Por qué tengo que felicitarte?”


Tal vez mi reflexión parezca cruel, tal vez lo sea, pero solo me queda una felicitación que poder desearte, que puedas descansar, que puedas llevar tu cuerpo a donde ya descanse tu mente. Sea el todo o la nada, seas tú, seas nadie o seas parte de algo que nos trasciende.

Bueno papá, el tiempo empieza a contar, en este triste universo, reducido, enfermo, inclemente, para que sean noventa y dos los años que llegue a cumplir tu cuerpo.

Aqui tienes más enlaces sobre las cartas de este autor a su padre:

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

El santo al cielo

Aunque parezca mentira, mentir tiene reglas y pericias. Mentir, decir mentiras, es un arte complicado de dominar y que exige una técnica personal contrastada por la experiencia. Porque, como bien dice el refrán, se coge antes a un mentiroso que a un cojo y es que las mentiras tienen las patas muy cortas.

Al igual que en las matemáticas hay diferentes caminos, en un caso para llegar a la verdad, en el otro para llegar a la falsedad, y se debe elegir con mimo, sagacidad y profundo conocimiento personal el camino que cada uno elige. Porque lo primero que hay que tener en cuenta es que mentir es una actividad de mucho desgaste, por lo que vagos e inconstantes deben de abstenerse.

Si, ya sé, estarán pensando que el que esto escribe es un consumado mentiroso y que escribe por su propia experiencia.  Pues no, no va por ahí el tema. Todo lo que sé sobre la mentira lo he aprendido leyendo y escuchando a nuestros próceres.

Y he aprendido que hay dos formas fundamentales de mentir, de mentir reclamando la veracidad, claro está. La primera, la más habitual, la que se emplea en el cara a cara, cotidianamente, en mítines, comparecencias rutinarias, entrevistas en medios de comunicación… la de faena de aliño, que le podíamos llamar, es una mentira sin mentir. Es una verdad interpretable. Es un digo diego, o digo dogo, o diego dogo. Consiste en retorcer las palabras hasta que no significan lo que inicialmente significaban, ni lo que aparentemente significan, ni, en realidad, acaban significando absolutamente nada. Esta técnica se aplica sobre todo a temas en los que la indefinición es el efecto a conseguir: economía, justicia, territorialidad…

 

“he aprendido que hay dos formas fundamentales de mentir, de mentir reclamando la veracidad, claro está. La primera, la más habitual, la que se emplea en el cara a cara, cotidianamente, en mítines, comparecencias rutinarias, entrevistas en medios de comunicación…”

Ya lo decía la canción que cantaba mi abuela: “¿De lo dicho qué?, de lo dicho ná, ¿No decían qué?, decían pero ná”. Algún ejemplo al uso: llamarle desaceleración económica a la crisis, llamarle ajuste temporal a un recorte, llamarle subida a un 0,25% de las pensiones, llamarle nación de naciones a un concepto que debe de ser una federación, o no, o vaya usted a saber, porque de eso se trata, de vaya usted a saber, llamarle bajada de impuestos a una subida de impuestos indirectos, llamarle churras a las merinas y “meninas” a las churras. Al fin y al cabo de eso trata de no decir nada concreto, ni inconcreto, ni circunstancial, sin callarse.

La otra, que se suele aplicar a asuntos más complejos, o de mayor recorrido, es aún más imaginativa. Consiste en elaborar una mentira evidente que tape las especulaciones inevitables de los que la escuchan y que permita invocarla como reducción al absurdo de cualquier intento de enunciar la verdad. Algo parecido a lo de la canción aquella: “Por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas, tralará, vamos a contar mentiras, tralará””

Si yo tengo que dar una noticia que va da lugar a elucubraciones sobre su veracidad, a disquisiciones sobre la forma en que realmente se produjo, a posibles verdades alternativas, lo mejor es que simultáneamente ponga en marcha todo un juego de disparates que permitan ridiculizar cualquier intento de acercamiento a una alternativa plausible. Es la famosa teoría de la conspiración.

Pongamos algún ejemplo:

  •  La llegada del hombre a la Luna. Teorías conspiranoides: Nunca llegamos a la Luna. Llegamos pero hubo que cortar la emisión porque unos extraterrestres se metieron en foco. Llegaron mucho antes y cuando lo televisaron ya había bases en la cara oculta  y desde ellas se hizo el paripé. Al parecer hasta había un bar que regentaba un gallego…
  • El atentado de las torres gemelas. Teoría conspiranoide: Las torres las volaron desde dentro para que se colapsaran, los aviones solo fueron los fuegos de artificio.
  • Los atentados de los trenes de Madrid. Teoría conspiranoide: El atentado lo hicieron unos musulmanes contratados, o dirigidos, o ambas cosas, por ETA.
  •    Y así sucesivamente…

Es cierto que los ejemplos más habituales, como las películas sobre el tema,  son con origen en los Estados Unidos de Norteamérica. Al fin y al cabo son el país de Maxwell Smart, el Superagente 86, figura inigualable del “recontraespionaje”. El país de los servicios secretos, más secretos, incluso más secretos, y secretos entre los secretos. Ellos se lo han buscado. El caso es que si yo intento dar una explicación, seguramente la verdad, sobre la retransmisión de la llegada, que no sobre la llegada en sí misma, del hombre a la luna alguien asumirá inmediatamente que yo hablo sobre alguna de las teorías cosnpiranoides ampliamente difundidas y será imposible, por ridículo, perseverar en el planteamiento.

El gran problema de todo esto es que ya no nos creemos nada, nada de nada, nada de nada de nada. Da lo mismo lo que nos digan, que nos lo juren por la constitución o por las bragas de Mafalda. Nos han acostumbrado a dudar de todo y de todos, de lo divino, de lo humano y del más allá. Dudamos por convicción y por sistema y entre nosotros las presunciones más extendidas son la de falsedad y la de culpabilidad. A tal punto hemos llegado.

Pero bueno, a estas alturas lo que no tengo claro es a que viene toda esta historia. Me puse a escribir después de leer algo sobre Blesa y se me ha ido el santo al cielo, sin ánimo de señalar. A veces no me entiendo ni yo mismo.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Buenas tardes, papá, hasta mañana

Hola papá, cuanto tiempo. No te escribo más porque el tiempo es para mí escaso y para ti, en tu percepción, no pasa. Así que me relajo y le doy vueltas a lo que quiero decirte al tiempo que me pongo a resguardo de los que critican que te escribo demasiado, que te utilizo para sentirme mejor,  lo cual es en el fondo cierto aunque no como ellos pretenden decirlo.

Efectivamente papá, cuando te escribo me siento mejor, pero no más bueno, si no más limpio, más tranquilo, más dispuesto a seguir en las batallas cotidianas que no pertenecen a ninguna guerra. Cada vez que acabo de escribirte me siento liberado, aunque sea parcialmente, o subjetivamente, o anímicamente, de todo lo que ha quedado atrás y eso me da fuerzas para pensar en acometer ese futuro incierto, imprevisible en contenido, que nos aguarda.

Claro que para escribirte tengo que aislarme de todo lo que en el mundo general acontece y que a ti te importa un ardite. ¿Qué voy a contarte del gobierno? ¿Y de la oposición? ¿Qué te importa a ti si los recortes en políticas sociales hacen cada día más complicado atender de una forma digna a los que, como tú, vivís en otro mundo ajeno a estas preocupaciones?

¿Y qué te importa a ti el mundo irreal que se desarrolla más allá de los límites de tu sillón, de tu silla de ruedas? ¿Qué te importa a ti del mundo que para los demás es real más allá de esa paloma que se cruza en tu camino y a la que le gritas para que se aparte? Nada, no te importa nada. Te importa que te importunen para lavarte. A veces te importa que te obliguen a comer cuando no quieres. Te importa que te muevan sin reparar en que es lo que tú quieres, aunque en realidad es posible que ya no quieras nada. Que tu voluntad no vaya más allá de resistirte cuando intentan moverte o abrir la boca y tragar cuando te dan la comida.

Vivimos en mundos tan separados que yo no te puedo explicar por qué hacemos las cosas y a ti no te interesa lo más mínimo, ni puedes, entender lo que te explicamos.

Lo peor es que ahora, ya demasiado tarde, echamos  de menos aquellas historias, que nos parecían soporíferas, de tu pasado. Ahora nos damos cuenta, demasiado tarde, de aquellos momentos de repaso compulsivo a tus recuerdos que tenían que habernos puesto en alerta sobre lo que en tu interior se estaba desencadenando. De aquella necesidad vehemente de contarlo todo, continuamente, sin respiro y sin reparo.

Demasiado tarde. Ya no acuden a ti ni siquiera los recuerdos lejanos. Y si acudieran daría lo mismo porque tampoco acude a ti el lenguaje.

En fin, papá, otra carta. Otra serie de palabras, de reflexiones, que en realidad me hago a mí mismo y para sentirme mejor, más relajado.

En realidad esta carta la empecé pensando en comunicarte que ya eres bisabuelo, desde hace más de veinte días. Nora ha llegado a nuestras vidas y empieza a distinguir las formas y a mostrar su carácter. Pero, desgraciadamente, nunca llegarás a reconocerla. Nunca  sabrás que tienes una biznieta, y ella no recordará que conoció a su bisabuelo. Los extremos que en esta ocasión, y en contra del dicho, ni se tocan ni se encuentran.

“En realidad esta carta la empecé pensando en comunicarte que ya eres bisabuelo, desde hace más de veinte días. Nora ha llegado a nuestras vidas y empieza a distinguir las formas y a mostrar su carácter.”


¿Qué a quién se parece? Ya sabes, hay opiniones, aunque yo no puedo evitar cuando la veo en su cochecito con su muñeco de trapo el recordarte a ti con tu mono de juguete. La verdad es que a veces nuestra mente tiene un poso de crueldad  que aunque sea involuntaria se siente como culpable. Pero no puedo evitarlo, me recuerda.

En fin, papá, como bien decía antes, otra carta. Otro monologo cuyo principal destinatario no llegará jamás a leerlo.

Buenas tardes, papá, hasta mañana, esté ubicado donde esté en el tiempo ese mañana.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Ya no estoy dispuesto

Puigdemont se hunde

Muchas veces las visiones parciales, o las excesivamente globales, impiden ver ciertos detalles que a toro pasado son los realmente dramáticos, y acaban siendo el embrión de episodios lamentables que se revivirán en el futuro a conveniencia de cualquier desaprensivo que necesite utilizarlos en su beneficio.

Esto no es nuevo, viene pasando a lo largo de la historia y parece, es casi seguro, que seguirá sucediendo en tanto en cuanto los seres humanos sigamos tan imbuidos de lo propio que lo ajeno no es exactamente eso, ajeno.

Entre el jolgorio, el chascarrillo y la bufonada, síntomas evidentes de que existe preocupación, vamos desgranando los días  que nos acercan a la consumación del desafío que ciertos políticos catalanes, ávidos de mayor poder y de pasar a la historia, han planteado al estado español. Y según pasan los días, uno tras otro inexorablemente aunque a veces parezca que no van a llegar a pasar del todo, el gobierno responde con frases hechas ocultando de forma irresponsable cuales serán, si es que existen, las medidas a tomar, cuales los límites que tolerar, cuales los puntos de no retorno que se hayan marcado.

Aún a día de hoy los supuestos ciudadanos, una vez más tratados como contribuyentes y despojados de su calidad de ciudadanos, estamos en la más absoluta ignorancia de que medidas tiene previsto adoptar el gobierno, cuando, donde, de qué manera, en nuestro nombre, en el que se supone que gobiernan.

Una vez más los individuos de este país son ninguneados por las instituciones que se dicen representativas y que actúan con secretismo a nuestras espaldas.

Es difícil ya saber, o tal vez no, si es que somos considerados una especia de tutelados incapaces, gobernados ignorantes, o simplemente estúpidos votantes. Una vez más, y otra, y otra.

Como ciudadano que me creo, que quiero ser, que reclamo ser reconocido, quiero saber, exijo saber, cuales son los pasos que el gobierno pretende dar, cuando piensa darlos y como respuesta a que actitudes o declaraciones. Como ciudadano que se siente responsable del gobierno de su país, aunque no lo haya votado, quiero saber por qué no se ha cercenado ya semejante patochada, a que oscuros intereses y componendas obedece esta actitud pasiva y prepotente que se traslada a la opinión pública.

No me interesa en lo más mínimo la cuestión política de fondo, ni la legal, ni las formas a día de hoy, porque a día de hoy, y un poco más cada día que pasa, lo que me va preocupando son las consecuencias humanas que se pueden derivar, que se infieren, de lo que va a suceder.

Insisto, yo no sé hasta dónde pretenden llegar unos y otros porque ya se preocupan de ocultárnoslo, pero estoy convencido, la experiencia así nos lo demuestra, que llegado el momento algún descerebrado tendrá el subidón patriótico necesario para ponerse en trance, y, voluntariamente, convertirse en un mártir por la causa, por la estúpida causa que le han dicho que existe, por la estúpida causa de que algunos sean más, de que algunos se lleven más, de que algunos se sientan más, de que algunos , en definitiva, sean aún, si cabe, y cabe, más despreciables, indignos e inmorales de lo que ya son ahora.

Y si eso llega a suceder, si algún imbécil se hace sangre, aunque sea con el asta de la bandera que porta sea con los colores que sea. Si algún descerebrado se produce una gota de sangre porque alguien lo pisa en una manifestación o algarada. Si algún estúpido patriota de mente obtusa, se hace un corte con una octavilla al repartirla, yo me voy a acordar de los miembros de nuestro gobierno y de los desalmados que han provocado esta situación. Y me voy a acordar para mal, para reclamar que paguen el mal permitido.

Aunque sea una sola gota, porque si algo no soporto, si algo me produce un rechazo con nausea y asco son los mártires ajenos, son los gilipollas útiles con vocación de sangre irredenta, son los bobos de capirote que se sienten alguien enfervorecidos por la masa que les rodea y de la que se sienten líderes y portavoces a los que nadie escucha y todos jalean.

“Si algún estúpido patriota de mente obtusa, se hace un corte con una octavilla al repartirla, yo me voy a acordar de los miembros de nuestro gobierno y de los desalmados que han provocado esta situación. Y me voy a acordar para mal, para reclamar que paguen el mal permitido.”


Y por supuesto, si algunos me dan aún más asco, son aquellos que teniendo la obligación, la responsabilidad, el mandato de evitar que eso pase, han usado el tiempo de evitarlo para bonitos juegos florales que no llevan a otra parte que a un escenario de riesgo.

Y luego me venderán su éxito. Y luego se harán la foto. Y luego me pedirán mi voto. Y yo, ya, no estoy dispuesto.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Arte Digital

A mediados de la segunda década del siglo XXI la tendencia creciente a la creación virtual del arte llevó a la práctica extinción de los creadores humanos como tales. Actores, músicos, pintores, escritores, arquitectos… todos los creadores vieron suplantada la chispa de la creación individual por la sistemática búsqueda de la razón matemática de la novedad que podía llevar a cabo cualquier ordenador convenientemente programado.

Si bien este furor no duró más de veinte años, es verdad que llevó a la práctica extinción de los actores y los músicos, es decir de todos aquellos cuyo arte era la recreación, ya que los programas fueron especialmente excepcionales en esos aspectos. Crear un actor virtual, o un músico, estaba al alcance de cualquier empresa de efectos especiales e interpretaban con absoluta fidelidad aquello que inicialmente el director, y posteriormente el productor o promotor, deseaban.

Esta situación pasó por dos periodos diferentes:

En el año 2012 nace la primera productora íntegramente digital dedicada al cine. Digitals Stars, presenta a sus mil doscientos actores virtuales que serán protagonistas, secundarios y figurantes de todas sus producciones. Hay actores con todas las características físicas y raciales más destacables y permiten en los momentos necesarios crear híbridos que se acomoden perfectamente a una situación interpretativa particular. Su primera producción, una versión de una conocida película de los años 80 del siglo XX, arrasa en las taquillas y es tal el éxito comercial, y económico ya que los actores virtuales no cobran,  que inmediatamente surgen nuevas productoras. Al cabo de tres años las películas convencionales no tiene cabida en el circuito comercial. Solo el teatro mantiene a un reducido elenco de actores en activo. Solo el teatro y solo en ciertas ciudades de ciertos países. El perfeccionamiento de la proyección holográfica y las técnicas de sonido van arrinconando todas las posibilidades.

Si bien el negocio funciona perfectamente a nivel económico los estudiosos del mercado empiezan a apreciar una crítica creciente en cuanto a la monotonía de la capacidad interpretativa de estos actores individuales y, a nivel todavía experimental, empiezan a buscarse nuevas soluciones. Son especialmente reseñables la de Edgard P. Harrys que intenta que los actores virtuales sean réplicas perfeccionadas de actores reales y que acaba en un fracaso económico y la de Inhuman Artists que intenta inventar actores no humanos para representar obras típicamente humanas. Se da una nueva visión, extremadamente exótica, de las historias y se hace imposible la comparación con la capacidad interpretativa de los actores humanos. Tras unos éxitos iniciales pronto la gente le vuelve la espalda a la novedad.

Es el declive paralelo de la música, que debido al arrinconamiento de los músicos y  a la mayor interrelación creador-intérprete, y a una imposibilidad de controlar un mercado que tecnológicamente es cada vez más independiente de la comercialización tradicional se ve abocada a la practica desaparición de las grandes empresas musicales, el que encuentra la salida de la crisis aprovechando la situación profesional de los intérpretes y las nueva tecnologías.

Es el año 2019 y Digiman Songs Company digitaliza a todos los grandes intérpretes de la historia y ofrece una suma sustanciosa a todos aquellos contemporáneos que estén dispuestos a ceder sus derechos de imagen y autor vitalicios a cambio de una cantidad que de alguna forma garantiza una vida pasable y la posibilidad de promoción futura en función de la utilización de los archivos.

cine digital

Cuando a finales de 2020 Digiman presenta su primer trabajo y las líneas maestras de su actuación algunos críticos se entregan a la euforia y el triunfalismo. “Nada, nadie a lo largo de la Historia ha podido concebir un proyecto creativo como el que hoy nos ha sido presentado. Digiman no solo es un nuevo capítulo en la historia del arte, Digiman es el comienzo del Arte”, llega a escribir un famoso crítico en una no menos famosa publicación diaria.

Las claves de Digiman:

–       No existe un artista tipo, todos los artistas son una mezcla de las distintas características de varios. Ejemplo: un violinista tendrá la tensión de arco del brazo de un individuo, la muñeca de otro, la mano derecha de un tercero y la mano izquierda de un cuarto, el oído de otro más y así características individuales de tantos intérpretes como sean necesarios hasta completar un violinista completo.

–         Cada cliente podrá configurar su propio intérprete o grupo y la música que desea escuchar.

–    En los conciertos y recitales estos artistas tendrán un aspecto físico holográfico normal pero sus características interpretativas variarán en cada evento.

–      Al final de una gira o serie de actuaciones se grabará un disco con dos versiones: una la grabación del mejor concierto, otra la grabación del mismo programa por la versión interpretativa que mejor haya resultado.

–    Digiman versionará, por su sistema y según su criterio, las composiciones novedosas de los artistas contratados por ella.

–       Ninguno de los artistas contratados podrá grabar, interpretar, versionar o participar en conciertos sin el permiso explícito de Digiman SC.

El éxito es clamoroso y las alabanzas se multiplican ante la capacidad de llevar las posibilidades de versiones hasta el infinito. Este mismo éxito lleva a la industria del cine inicialmente y finalmente a la del teatro a caer en las mismas redes.

En el año 2022 Digiman Songs se convierte en Digiman Arts & Artists e incorpora al sistema a todas las artes escénicas y al año siguiente las plásticas.

Año 2028. El Imperio Digiman oculta a duras penas la laxitud creativa y el adocenamiento evidente del espectador, por no hablar del desplome lento pero estrepitoso del componente económico. Digiman vive de los patrocinios y las colaboraciones, pero incluso estos capítulos empiezan a mermar.

En este ambiente decadente y anodino se produce lo que años más tarde se conoció como el caso Timo Slock o el síndrome de Aquello, o mal de Slock.

Timo Slock, de origen nórdico, músico sin grandes méritos en el capítulo interpretativo era sin embargo, y a pesar del desconocimiento público, autor de un par de composiciones de éxito de Digiman. Se le podría considerar como un funcionario acomodado y razonablemente feliz cuando se convirtió en el primer caso que llevaría al fin del digitalismo.

El 19 de noviembre del 2028 un empleado de Digiman recibe una llamada de un cliente solicitando la reparación de un soporte que se ha borrado inexplicablemente. Al intentar hacer un duplicado el empleado advierte que los archivos correspondientes a Timo Slock estaban vacíos. Existían los índices pero no accedían a ninguna información, ni en los originales ni en las múltiples copias de seguridad que la empresa había guardado previsoramente a lo largo de su historia.

Se decide digitalizar de nuevo al personaje cuando los técnicos se encuentran que hace dos días que Timo Slock ha entrado en estado catatónico sin que los médicos tengan ningún tipo de explicación.

Se ordena una revisión exhaustiva de los archivos y se comprueba que existen tres casos más idénticos, un actor y dos pintores. Por supuesto los datos de esta investigación y los de las posteriores fueron celosamente ocultados hasta que el número de casos hizo imposible la preservación del secreto.

En el año 2031 una alta instancia judicial ordena, como medida preventiva, la destrucción de los archivos de digitalización personal de Digiman y una moratoria de seis meses para el resto, sujeta a la evolución de los casos tras esta primera medida. El síndrome de Aquello o mal de Slock, así llamado porque jamás se ha encontrado una explicación médica o científica para lo acontecido, se detuvo. No hubo más casos que los cerca de setecientos que por entonces se habían constatado. Ninguno de los afectados se recuperó nunca. Los archivos sujetos a moratoria se salvaron, gracias a lo cual hoy en día aún podemos disfrutar de algunas de aquellas joyas de su momento.

En el año 2031 una alta instancia judicial ordena, como medida preventiva, la destrucción de los archivos de digitalización personal de Digiman y una moratoria de seis meses para el resto, sujeta a la evolución de los casos tras esta primera medida. 

El comienzo del post-digitalismo ha llevado a un insospechado florecimiento de la creación y la interpretación, pero en medio de la euforia hemos olvidado, hemos enterrado en la parte más remota y oculta de nuestra memoria, que aunque Aquello no está activo en este momento no sabemos que podría desencadenarlo de nuevo. Yo reclamo desde esta tribuna los fondos y recursos, el interés social y científico, necesarios para descubrirlo y prevenirlo o extinguirlo definitivamente.

Madrid, 19 de noviembre del 2047

 

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

El día del orgullo

 

Un año más estamos inmersos en la celebración del “Día del Orgullo Gay”, que a mí, personalmente, me epata. No, no empiecen ya a fusilarme, no me epata la fiesta, ni la celebración, lo que me epata como humilde artesano de la palabra es el nombre. ¿Puede llamarse algo de una forma más inadecuada?, no, es muy difícil.

Partamos de que a mí la sexualidad, en cualquiera de sus múltiples facetas, me parece un hecho natural, como me parece que la heterosexualidad es el hecho normal, de norma, dentro de la sexualidad reproductiva que  ha sido la dominante durante toda la historia de la humanidad. La necesidad imperiosa de reproducirse para perpetuarse era una fuerza que imponía unos criterios, unos roles, que pasados a la vida cotidiana marcaban unos papeles que naturalmente, de naturales, se acogían y aceptaban. Que esos roles se enquistaran en la sociedad y dieran lugar a conceptos morales que fueron transformándose en conductas sociales que etiquetaban como antisociales o condenables las tendencias que chocaban con ese fin reproductivo, ha sido una consecuencia indeseable de ciertas instituciones que se erigieron en garantes únicos de la verdad y la perpetuación de la raza, estableciendo unas normas rígidas e indeseables en este momento de la historia.

Pero a día de hoy la sexualidad, cada vez más y en consonancia con una sociedad decadente, ha tomado un sesgo en el que el fin fundamental ya no es la reproducción, si no el placer. Y en esa visión lúdica del sexo, en esa búsqueda del placer y la satisfacción, todos los caminos son transitables. Cada uno, cada individuo, debe de merecer el respeto absoluto de la sociedad con la que convive. Cada hombre o mujer, en su intimidad personal, tiene derecho a explorar su plenitud sexual sin sentirse amenazado o menoscabado en sus derechos.

Pero igual que se reclaman los derechos que todos, al menos todos los que queremos una sociedad libre, debemos de apoyar hay que comprometerse a ser consecuentes con las obligaciones que todo derecho acarrea. Una persona que se escandaliza viendo besarse a dos personas del mismo sexo no tiene por qué ser necesariamente homófoba o cualquier otra lindeza semejante. Puede ser, existen, que a esa persona le molesten, por su formación, por sus convicciones, las expresiones públicas de afecto. Puede sucederle, incluso, por educación, a alguien que sea homosexual. No olvidemos, que lo olvidamos, que no hace aún cincuenta años que por besarse en público se multaba a las parejas. Doy fe personal de ello.

Si en vez de insultar, calificar o descalificar, como se quiera, al incomodado, simplemente lo evitamos restringiendo nuestra efusividad pública, que no nuestra sexualidad, acomodando nuestra libertad a la ajena habremos conseguido dos objetivos en uno: dejar sin argumentos a alguien que ya no los tenía y evitar, en el mejor de los casos, la radicalización de una persona que se siente menoscabada en su libertad, sin meternos en si ese sentimiento es válido o no.

Pero, desgraciadamente, esa no es la tendencia. La cada vez mayor radicalización de las minorías de diferente tendencia, la falta absoluta de la educación en respeto, el sentimiento de frentismo aplastante que ciertos colectivos minoritarios desarrollan frente a la mayoría de la sociedad nos lleva por un camino en el que las barreras entre posiciones son cada vez más escarpadas, más impermeables, más odiosas e irreconciliables. Y eso no lleva a sitio alguno, al menos no a ningún sitio confortable y tolerante.

“La cada vez mayor radicalización de las minorías de diferente tendencia, la falta absoluta de la educación en respeto, el sentimiento de frentismo aplastante que ciertos colectivos minoritarios desarrollan frente a la mayoría de la sociedad nos lleva por un camino en el que las barreras entre posiciones son cada vez más escarpadas”

Decir amén a cualquier proposición o iniciativa que emane de algunos colectivos es la única posición aceptada en ciertos entornos sociales. Su dogmatismo y falta de rigor crítico llegan a hacer incómoda su defensa. Tanto que llegas a plantearte, cuando alguien coincide con ellos, si lo hace por convicción, por estética social o en defensa propia. Niegan a los demás la libertad que exigen para sí mismos, niegan a los demás el respeto que consideran merecer ellos, niegan a la sociedad la tolerancia de la que denuncian adolecer.

Pero me he desviado. No es de sexualidad de lo que yo pretendía hablar, no. Yo pretendía hacer un análisis del nombre de una nueva fiesta. De la inadecuada denominación de unos actos lúdicos que la sociedad acoge y cuyo tema y fin es participar a la sociedad la necesidad de normalización de la homosexualidad. De hacer visible, tal vez de una forma excesiva, la reivindicación social de un colectivo natural. Yo pretendía hacer una crítica léxica partiendo de que nadie es perfecto, estamos de acuerdo, pero que de ahí a rayar la imperfección hay un trecho.

Pero vayamos por partes, como el destripador:

  1. Día. Empieza por llamarse día cuando dura una semana, y esta es, al fin y al cabo, la menor de las incongruencias que la incongruencia oficial, la mediocridad institucional o la grandilocuencia del grupo o ente nominante, ha podido cometer.
  2. Nada que objetar al uso de esta apocope de la conjunción y el artículo. Perfectamente usado
  3. ¿Orgullo? Dice el DRAE: “Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas”. Hombre, yo puedo estar satisfecho, puedo estar encantado, de tener una cierta característica natural, que, si lo es, natural digo, viene implícita en mis genes, en mi equipación básica humana y no supone, por consiguiente, ningún logro personal del que enorgullecerme. Sentirse orgulloso de lo que uno es, alto, bajo, gordo, listo, homosexual o rubio, y no de lo que uno logra es una falla moral de un calibre considerable. Quizás en vez de orgullo deberíamos llamarle exaltación, me parecería mucho más adecuado porque lo que pretendemos es poner en valor, hacer visible, reivindicar.
  4. Gay…, ¿gay? G, a, y, gay… (intercálese aquí un chasqueado de lengua, como si paladeáramos). Gay. Del inglés: “Dicho de una persona, especialmente de un hombre: homosexual”. No me llena, se me queda corto, restrictivo, marcando fronteras en vez de quitarlas, casi frentista si lo cogemos en el conjunto del nombre.

No, definitivamente no me gusta el nombre. Es más, me resulta inadecuado. Porque, vamos a ver, ¿se pretende reivindicar una libertad general o solo la de unos cuantos? ¿No hay más colectivos sexuales discriminados o, incluso ilegalizados? Si, los hay. No olvidemos a los que quieren practicar la poligamia, a las que quieren practicar la poliandria. ¿Por qué ellos no pueden? ¿Por qué nadie se preocupa de su libertad? No es diferente de la libertad para practicar otras opciones sexuales y sin embargo la ley los persigue.

Puestos a reivindicar, y es a lo que estamos puestos, yo establecería la “Fiesta de exaltación por la libertad sexual” y entonces estaríamos todos metidos, incluso los de las sexualidades inconfesables, los de las fantasías perversas, los Grey y compañía, que haberlos haylos.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

La estupidez tecnológica

A veces se ponen los nombres pensando solo en la parte positiva de lo nombrado, obviando que como el hombre es un ser, como casi todo en el universo, pretendidamente simétrico habrá que pensar también en cómo se llamarán las consecuencias negativas de lo nominado.

Por ejemplo, si el hombre pone en marcha un avance tecnológico como pueda ser la inteligencia artificial es casi inevitable pensar que se dará lugar a la existencia de algo tan artificial como la inteligencia, pero de signo contrario.

Claro, el nombre evidente sería la estupidez artificial, pero, desgraciadamente, eso es algo que el hombre lleva practicando desde antes de Atapuerca. Puede, incluso, que desde antes de que el hombre pudiera considerarse a sí mismo como tal.

El caso es que más allá de cómo queramos, o logremos llamarle, el hecho existe. Como hay que referirse, y referirlo, de alguna manera permítaseme llamarle estupidez tecnológica. Posiblemente el concepto sea tan amplio que su implicación quede, al nombrarlo así, un tanto difuso. Puede ser. Pero  habrá que empezar por poner puertas al campo, nombre a lo innominado, de alguna manera.

Es verdad que una estupidez tecnológica es diseñar máquinas para matar, máquinas para devastar, máquinas para complicar la vida a las personas, y todas ellas se acometen, pero en todos esos casos, y yo diría que en todos los demás, la estupidez está en el creador y no en lo creado. Y si es así, que lo es, podríamos definir la estupidez tecnológica como todo invento realizado por el hombre para complicarle, o quitarle, la vida a sus semejantes.

Seguro que a todos se nos ocurren, así, de golpe, multitud de ejemplos. Los drones bélicos, los ordenadores de Hacienda o los “call center”. Pero con ser todos ellos intrínsecamente perversos hay otras aplicaciones tecnológicas que tras una cara amable, tras una apariencia de avance y servicio, esconden conductas que analizadas con frialdad nos llevan de la preocupación al miedo.

A mí me ha pasado ayer. Ayer, inopinadamente, he descubierto una estupidez tecnológica que me atañe directamente y que ha hecho subir el termómetro de mi indignación hasta niveles a los que hacía tiempo que no me asomaba.

Ciertamente uno de los grandes problemas que tiene esta pretendida civilización, o lo que va quedando de ella entre ideologías y otros disparates, son las redes sociales y, particularmente, su perversa utilización que deja a la vista pública la bajeza moral, la miseria ética y educativa de muchos de sus utilizandos, que vierten en una especie de frenesí bacanal lo más sucio y bajo de sus instintos. Esas redes sociales en las que triunfan en una orgía de impunidad y, pretendido, dogmatismo moral, los inquisidores subidos en pedestales de razones indiscutibles ante las que los demás hemos de doblegarnos o resignarnos a ser atacados, insultados, descalificados o amenazados, incluso de muerte, por gentecilla que cara a cara no aguantaría dos argumentos seguidos.

“no de los grandes problemas que tiene esta pretendida civilización, o lo que va quedando de ella entre ideologías y otros disparates, son las redes sociales y, particularmente, su perversa utilización que deja a la vista pública la bajeza moral, la miseria ética y educativa de muchos de sus utilizandos”

Pero con ser muchos de los usuarios de las redes sociales, inquisitoriales, dictatoriales, amorales de moral única y rígida, victorianos de nuevo cuño, adoradores de una libertad sin diversidad, impostores e imponedores de la verdad única, renegados y resabiados de lo normal, títeres y guiñoles de todo tipo y tendencia, tendencia ajena por supuesto, de una estupidez tecnológica proverbial, no son la única estupidez tecnológica achacable al uso, y a veces disfrute, de estas herramientas sociales que bien usadas serían una fuerza imparable en la consecución de metas positivas: la educación, la formación, la verdad y la libertad. La ajena antes que la propia, por si algunos aún ignoran en que consiste la verdadera Libertad.

Ayer, inopinadamente, mi cuenta de Facebook, eso que algunos llamamos caralibro en la intimidad, me comunicó, con un cierto tufillo de satisfacción y complicidad, que mi denuncia anónima había sido atendida y que se había retirado la publicación denunciada.

Pasmo. No puedo calificar de otra forma más que de pasmo la reacción inmediata que sufrí. Según el caralibro yo había interpuesto una denuncia anónima, algo absolutamente contrario a mi forma de entender las cosas, algo propio de represores, de reprimidos, de censores, de inquisidores, de dictadores, de frustrados, contra algo que alguien había publicado en la red social. Y además, al parecer, yo tenía razón en mi denuncia. Tras el pasmo, la indignación y la necesidad de saber, de conocer qué, cuando y de quién estábamos, en realidad estaba el caralibro, hablando.

Cuando comprobé de que publicación me habían, alguien o algo, nombrado censor anónimo y maquinante tuve un primer ataque de hilaridad, un segundo de estupor y un tercero de indignación que fue subiendo, cuando comprobé que además me preguntaban por mi satisfacción con el resultado obtenido con opciones de muñequito, hasta santa indignación. Por supuesto marqué el muñequito que más cara de amargado tenía y escribí un comentario aún más amargo, soez, insultante… que seguramente no leería nadie, o nadie al que le inmutara lo más mínimo mi respuesta, o que lo leería un robot que llevaría el muñequito a algún tipo de formulario de estadísticas de respuestas. Lo borré.

Resulta que yo había denunciado a Agustín Martinez Eugui, pintor, motero, amigo y hermano, porque había publicado uno de sus cuadros que era un torso desnudo de mujer. Es verdad que me joroba sobremanera que Agustín sea más alto, más guapo, más delgado y menos calvo que yo. Como ocultar que la envidia me corroe cuando compruebo que es mejor pintor que yo, lo cual en sí mismo no supone ningún mérito por su parte. Pero todas estas cosas ya se las he dicho a la cara, y varias veces. No, yo jamás había, ni habría, interpuesto una denuncia, jamás anónima, jamás contra Agustín, jamás porque se viera un desnudo. Claramente algo, o alguien, ha utilizado mi cuenta y mi nombre para llevar a cabo una acción que repudio con toda mi fuerza y convicción. Así que después de borrar el comentario anexo al muñequito decidí explicarme, y explicar a todo el que lo lea que existe la estupidez tecnológica y que estamos inermes ante ella.

Porque si la denuncia anónima pertenece a la más antigua, y execrable, estupidez humana, permitirla en los nuevos entornos, aún no tiene nombre y el de estupidez tecnológica se le queda corto. Muy, pero que muy, corto.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Analfabetos funcionales

 

Uno de las grandes luchas de la humanidad en general y de la sociedad española en particular, ha sido la erradicación del analfabetismo, y esa lucha, estadísticamente, se ha ganado. Es verdad, es una victoria puramente estética,

ya no hay prácticamente personas que no sepan leer y escribir, aunque viendo ciertos mensajes de redes sociales uno se pregunta que es saber escribir, pero lo que nadie controla es cuantas de esas personas que tiene el conocimiento básico no son ahora analfabetos funcionales, no son ahora ignorantes incapaces de asimilar, analizar y cribar la información que reciben.

Uno de los grandes argumentos que te encuentras hoy en día cuando hablas con ciertas personas es que lo han leído en internet, ya si además lo pone la Wikipedia es dogma de fe, sin pararse a pensar que la información que figura en internet es tan extensa, tan ingente, tan comercial, que siempre vas a encontrar lo que tú quieras, lo que no quieras y todos los matices intermedios.

Leyendo internet, las redes sociales, uno se da cuenta de que ya hemos sido invadidos por los extraterrestres, que no digo yo que no, que somos fumigados en aras de unos intereses espúreos, que no digo yo que no, que vivimos en un conflicto de conspiraciones e intrigas a las que somos ajenos, que no digo yo que no, que somos permanentemente envenenados por las industrias farmacéuticas, que no digo yo que no, que somos gobernados por oligarquías en la sombra, que no digo yo que no, que …
Que, vamos a ver, que no digo yo que no, que no digo yo que no haya motivos para reflexionar sobre ciertas cuestiones y plantearse infinidad de preguntas, pero que disponemos de tantos argumentos, de tal avalancha de información, que somos incapaces de acceder a toda e, incluso, de asimilar toda aquella a la que accedemos. Primero por cantidad, pero, y es fundamental, por falta de los conocimientos básicos imprescindibles para analizar con rigor temas concretos.

Más allá de actitudes sospechosas, que las hay, más allá de intereses comerciales, que los hay, más allá de intrigas y conspiraciones, que estoy convencido de que las hay, yo no tengo capacidad de encontrar la verdad de todas las cuestiones, en caso de que pueda encontrar la de alguna, porque mi formación y mi tiempo no me lo permiten.

Es fundamental, a la hora de documentarse sobre un tema, contrastar las fuentes, no dejarse llevar por convicciones personales y, sobre todo, medir las consecuencias de nuestra incapacidad, porque si en muchos casos podemos vivir con nuestra desinformación, o nuestra deforme información, en ciertos temas como el de la salud seguir consejos y verdades de ciertos gurús de la literatura comercial y de la cultura sanitaria alternativa, en tiempos en vez de escribir libros viajaban por las ferias en carromatos, nos pueden llevar a una pérdida de salud y de calidad de vida sin retorno posible.

 

“Es fundamental, a la hora de documentarse sobre un tema, contrastar las fuentes, no dejarse llevar por convicciones personales y, sobre todo, medir las consecuencias de nuestra incapacidad”

Yo desconfío profundamente de la industria farmacéutica, y de la alimentaria y sus fórmulas llenas de letras y números que desconozco, pero no eso no me lleva a suicidarme en aras de unos consejos alternativos igual de, si no más, dañinos que lo que intento evitar. Procuro comer natural, procuro no tomar más medicamentos que los imprescindibles y detectar en los que tomo efectos secundarios indeseables, y me encomiendo a lo que sea para que lo que entra en mi cuerpo no empeore lo que había antes. No alcanzo a más.

¿Y a cuento de que ha venido esto? Ah¡, si, ya recuerdo. El otro día alguien compartió en su muro un chiste que al parecer era muy gracioso. Era como sigue:

Romeo le dice a Julieta:
– ¿No es verdad angel de amor que en esta … ?
– Romeo –interrumpe Julieta en el colmo de la gracia- ¿Quieres trepar ya de una vez por la enredadera…?

El resto, que parece ser el chiste, ya no tiene importancia. Lo realmente importante es que aparte de lo soez, previsible y poco gracioso del chiste, nadie, ab-so-lu-ta-mente nadie, reparó en que ¿Qué pintaba Romeo en Sevilla? ¿Qué hacía Julieta en el lugar de Doña Inés? ¿Hay enredaderas en la finca de Don Juan, a orillas del Guadalquivir? ¿Hay tanta gente que ignora que esa frase es del Don Juan de Zorrilla y que Romeo y Julieta son personajes de Shakespeare?

Pues eso, analfabetos funcionales.

Rafael López Villar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

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