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Germán Hevia Martínez
Historias escritas por germanplaza

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Cuando se cumplieron 2 semanas de la desaparición de Diana Quer, escribí un pequeño borrador de artículo sobre el caso. No con el fin de unirme a la cacofonía de voces “expertas” que se pueden escuchar o leer casi todo los días en los medios de comunicación, sino con el fin de realizar una crítica a esta suerte de espectáculo en la que se ha convertido este caso.

Un borrador de cuyas tesis no estaba muy convencido en ese momento. Quizás esto es lo que tiene a veces ser un obstinado que se niega a asumir el mantra publish or perish que impera en la academia (y parece que también en el periodismo), cuya más notable consecuencia es un aumento desproporcionado de publicaciones basura.

Sin embargo, un artículo de Toni García Ramón me ha animado a retomar aquel borrador. Quizás lo peor de su artículo son las incómodas verdades que encierra, verdades que suscribo totalmente. Con el título de este escrito no me estoy refiriendo a “los malos habituales” de la mayor parte de los artículos que se suelen publicar en los medios (por ejemplo, los políticos), sino precisamente a aquellos otros que creen ser los únicos en este país capaces de discernir lo “bueno” de lo “malo”, lo “correcto” de lo “incorrecto”, en absolutamente todos los temas imaginables. ¡No sé porque se están pagando sueldos en las Universidades a Filósofos de la Ética, cuando tenemos la genialidad y la gran capacidad de disquisición de los tertulianos!

Voy a recuperar las palabras de aquel escrito que hace unos meses hice sobre el caso, añadiendo algún que otro dato reciente.

Es indignante el circo que están montando todas las mañanas dos grandes programas generalistas con la madrileña desaparecida en Galicia… Llevan una semana entera haciendo reportajes del caso. Entrevistando a los padres. Familiares. Amigos. Conocidos. Recorriendo las calles del pueblo en el que veraneaba, cámara en mano (y con una música de suspense de fondo) recorriendo los lugares por los que se cree que pasó, reconstruyendo los supuestos “hechos”. Como si fuera una película, vaya. Pero no se quedan ahí. El delirio, o mejor dicho, la mala prensa, llega hasta a hacer entrevistas ¡a los dueños de la autoescuela a la que iba!”

Tampoco están teniendo ningún pudor en lanzar, constantemente, suposiciones. Pero no suposiciones del tipo “es probable en base al indicio X, Z e Y, que Diana se encuentre en el estado P”. No, no. Las de este tipo son demasiado fáciles para los ilustres tertulianos. Son más bien suposiciones que hacen uso de un psicologismo y sociologismo sólo reservado a aquellos orgullosos de su propia ignorancia, y cuya prepotencia les impide realizar cualquier tipo de disquisición que lleve a algo a lo que podamos denominar “verdad” ¿A qué me refiero con esto? Pues al intento de explicar su desaparición cómo resultado de su mala relación con su madre/padre (aunque que el “rol” de estos haya ido cambiando con el curso de los días; tan pronto es uno de ellos un demonio y el otro un ángel cómo a la inversa), o cómo resultado de una cierta temeridad al atreverse a “irse por ahí” con chicos desconocidos (y luego en estos programas claman contra el machismo, hay que joderse), o incluso ¡como una desaparición voluntaria para escapar de sus padres! Ya no las recuerdo todas, pero nuestros tertulianos sin ninguna duda han hecho un gran esfuerzo al imaginar todas las posibilidades factibles (eso sí, sin más fundamento que cualquier otro lego en el caso) 

 Me resulta curioso ver ahora, con la muerte de Rita Barberá, a políticos de primer nivel acusando a la prensa y a los medios de comunicación, de haber sido los principales verdugos de la alcaldesa (por ejemplo, aquí y aquí) e incluso condenándolos directamente de su muerte. Y hoy a día 28 no faltan comentarios, acerca de la importancia de “reflexionar” sobre los límites de la libertad de prensa. Vaya, resulta curioso ver cómo esas mismas personas que ahora defienden el establecimiento de límites a la libertad de prensa , son los mismos que hace unos meses ponían el grito en el cielo cuando desde algún partido político se defendía esta misma opción (aquíaquí, y aquí) Nos parecemos a Venezuela sólo cuando interesa; menuda novedad.

 

“Me resulta curioso ver ahora, con la muerte de Rita Barberá, a políticos de primer nivel acusando a la prensa y a los medios de comunicación, de haber sido los principales verdugos de la alcaldesa…”

Alguien que esté leyendo esto y esté vacunado contra el sensacionalismo, se preguntará, ¿qué tendrá que ver lo de Rita con lo de Diana Quer? Muy fácil. En el primer caso, el de Rita, tenemos a una persona famosa, con poder y amigos en el poder; una persona cuyas actuaciones (como comentaba el jueves “El Gran Wyoming” en el Intermedio) le han llevado por derecho propio a estar bajo la lupa y el “acoso” de los medios de comunicación, apareciendo durante días y días en radio, prensa y televisión. En el segundo caso, por otra parte, tenemos a Diana Quer que desapareció durante sus vacaciones en un pueblo de Galicia; una chica que, aunque no provenga de un entorno de primer nivel, no deja de pertenecer a una familia cuyo nivel social invita a que se le preste más atención al caso que a otras desapariciones más “plebeyas”. En definitiva, Diana es una persona que ha desaparecido (que al fin y al cabo no es una acción intencionada por su parte), y que ha recibido una atención mediática desproporcionada, en la que varios programas no han tenido ningún problema en violar su privacidad día sí y día también.

Y aquí viene el nexo: ¿por qué hablamos de la necesidad de poner límites la libertad de expresión y reflexionar sobre el papel de los medios con el caso de Rita Barberá pero no con el de Diana Quer? ¿Por qué no ha surgido este necesario debate antes? ¿Es que acaso sus ilustres y morales señorías no han tenido la empatía suficiente como para ver la salvaje exposición pública a la que ha sido sometida Diana?

Y no sólo Diana. Recuerdo que cuando ocurrió el fatídico accidente del Alvia de Santiago, muchos periodistas se lanzaron, sin pudor alguno, a criticar al maquinista en base a falsedades. ¿Pero sabéis que fue lo mejor de todo? Nadie en los grandes medios de comunicación (sobre todo en las tertulias) defendió nunca al maquinista, ni tampoco le dio la más mínima oportunidad de explicar su versión de los hechos. Ni tampoco a tantas otras personas que son objeto de persecuciones y burla mediática para deleite de unos espectadores a los que les gusta hablar de “buenos” y “malos”, que repiten sin cesar las mismas simplezas de esos tertulianos que lo saben todo, que están siempre en la posesión de la verdad absoluta, y que hacen creer a todo aquel que los ve, que el mundo es  “blanco” o “negro”, sin posibilidad de una escala de grises.

El respeto a la libertad de prensa no está reñido con señalar los excesos de unos medios de comunicación dispuestos a hacer de cualquier infortunio una noticia. Así que ahora que no es de chavistas hacerlo, voy a sumarme a esa petición de los “populares” para poner límites a la libertad de prensa. No por el caso de Rita, no. Lo voy a hacer porque todos podemos ser pasto de esos buitres.

Elecciones norteamericanas: ‘El porqué de Trump”

Trump y Hilary

Aviso a navegantes: en el presente artículo voy a presentar mis opiniones sobre las próximas elecciones de los EE.UU. con el fin de invitar a la reflexión sobre ciertos aspectos que creo que se están pasando por alto. Es decir: no me hagáis demasiado caso.

En los últimos meses hemos podido seguir el hilo del esperpento que se está viviendo al otro lado del charco. Aunque la cobertura mediática no ha sido tan constante como con otras temáticas, al menos una vez cada dos días podíamos ver en nuestros noticiarios algún breve apunte sobre las elecciones norteamericanas. O, más que sobre las elecciones, sobre uno de los candidatos: Donald Trump. No voy a repetir aquí quien es, de donde viene, que ha hecho o dicho, etcétera; no haría más que repetir cuestiones que, en general, son ya de dominio público. Pero hay algo que me sorprende sobre su figura que quisiera resaltar: posiblemente no haya un candidato a la presidencia de un gobierno (en los últimos años a lo largo y ancho del globo) que haya generado tanta animadversión como Trump. Y no sólo eso: dudo que haya habido un candidato a que se le haya intentado boicotear más desde prácticamente todos los sectores. ¿A qué me refiero?

“Pero hay algo que me sorprende sobre su figura que quisiera resaltar: posiblemente no haya un candidato a la presidencia de un gobierno (en los últimos años a lo largo y ancho del globo) que haya generado tanta animadversión como Trump. Y no sólo eso: dudo que haya habido un candidato a que se le haya intentado boicotear más desde prácticamente todos los sectores”

Póngase usted en el lugar de una ciudadana o un ciudadano de Norteamérica: de clase media venida a menos, que vive en esos suburbios descritos por Vicente Verdú en “El planeta americano“; ciudadanos que han visto frustradas sus aspiraciones en el marco de una economía altamente competitiva; que desconfían no sólo de los políticos y del gobierno, sino de los poderes fácticos, de Wall Street, y de sus intereses.

Imagínense ahora que un candidato les ha llamado la atención por un tono políticamente incorrecto en una sociedad que prefiere la corrección y perfección de la moral en el lenguaje ante que en la realidad. Y lo más importante: porque se atreve a decir  en voz alta lo que la mayor parte de esas personas piensan y apoyan. Podemos considerar que estas personas no están en su sano juicio al sentir cierta admiración por este personaje, pero, ¡ay la democracia! Se nos olvida en ocasiones que el hecho de que alguien sienta simpatía hacia algo que no nos gusta, no nos puede llevar a calificarles de idiotas. A veces hay que reflexionar sobre los errores propios en lugar de achacar la falta de apoyos a la supuesta idiotez de los conciudadanos.

Sigamos imaginando. Ese candidato logra, contra todo pronóstico, hacerse con el control de su partido, pese a los intentos de la “vieja guardia” por evitarlo. Todos los medios de comunicación de norteamerica (a excepción de muchas algunas de las televisiones por cable) se han mostrado desde entonces, y también desde antes, en contra de ese candidato. Ha habido economistas que han advertido del peligro que supone que llegue a la presidencia, y de hecho, Wall Street no esconde su antipatía ante el mismo (además de muchos gigantes tecnológicos, como Apple o Twitter) Muchos líderes mundiales han manifestado también su preocupación ante la visión de semejante personaje cómo presidente. Muchas de las estrellas de Hollywood y del mundillo del famoseo norteamericano no han tenido ningún problema en posicionarse públicamente en su contra.

Ahora piense. Póngase en el lugar de ese ciudadano del que hablábamos. El candidato que a usted le gusta tiene a la antidemocrática élite de su partido en contra; a expresidentes de los Estados Unidos (responsables en última instancia de la situación en la que usted está) en contra; a famosos que ve viviendo la cultura del despilfarro constantemente en la televisión mientras usted no tiene ni para irse de vacaciones, en su contra; a Wall Street y a todos los impresentables que le han metido en la crisis del 2008, en su contra. Y no sólo eso, sino que su contrincante representa precisamente el tipo de personaje político que ha llevado al país a la situación en la que está ahora: Hillary Clinton. Una política cuya puesta en escena parece más un producto de marketing que de fuertes convicciones políticas; una persona con la confianza de Wall Street y que, pese a no ser “millonaria”, se la puede considerar del establisment; una política que ha traicionado ya la confianza del pueblo americano, no sólo por el asunto de los emails, sino también por la paralización de la reforma sanitaria norteamericana (al menos, tal y como lo relata Michael Moore en Sicko). En síntesis, una persona que ha llegado a su posición por los mismos juegos de trileros que sus antecesores, con los mismos apoyos y deudas por pagar una vez en la presidencia; que en definitiva, representa todo lo que está mal en la política norteamericana.

Dicho todo esto, piense ahora un momento, ¿Qué haría usted si esto hubiera ocurrido aquí en España? Piense en el candidato por el que votó. ¿Qué hubiera pasado si absolutamente todo el país, todos los periódicos, todos los grupos empresariales de los que usted lleva desconfiando años se hubieran posicionado en su contra?

No pretendo con este escrito defender a Donald Trump, y ni muchísimo menos situarlo en el papel de “víctima” de un complot. Pero esto que acabo de describir nos debe hacer reflexionar sobre hasta qué punto en ocasiones podemos estar a favor de que, por todos los medios, se intente boicotear la carrera política de un candidato que nos disgusta profundamente, aun cuando esto pueda romper con las reglas del juego democrático. Y también cómo (y aquí lanzo una hipótesis) todos estos medios si bien pueden acabar frenando su carrera política, será a costa de generar aún una mayor desconfianza hacia el sistema democrático y la injerencia de otros poderes que escapan al control del ciudadano medio.

© Germán Hevia (colaborador)

Elogio del librero

Biblioteca escolar abandonada en Pripyat. Fotógrafo: Michael Kötter

librería en ruinas

Biblioteca escolar abandonada en Pripyat. Fotógrafo: Michael Kötter

A los pocos días de comenzar el año, los ciudadanos de Salamanca conocieron una triste noticia: la librería Cervantes echaba el cierre. No solo perdíamos con su cierre uno de esos establecimientos emblemáticos que pueden encontrarse aún en nuestras ciudades (cómo el Café Gijón de Madrid, o el Bar la Bicha de León), sino que también perdíamos a un librero.

No voy a decir que vender libros es todo un arte ni alguna metáfora por el estilo. Pero si es cierto que su venta es distinta a la de otros muchos productos. No sólo es importante el “fondo” de la librería, sino también la formación de los libreros y de las personas que atienden el local. Al igual que con otras profesiones, el oficio del librero requiere conocer bien el producto que nos está ofreciendo. Debe de ayudarnos en la búsqueda de ese libro, de esa editorial, de esa extraña edición de la que casi no quedan existencias.

Sin embargo dicho oficio parece que está cayendo en decadencia, desplazado o bien por el “autoservicio” (por ejemplo, a través del portal de ventas de Amazon) o bien por el modelo “supermercado” de librerías-franquicia. Pero mis críticas no van a ir contra el primero, sino contra los segundos. De hecho, una visita a una de estas librería-supermercado es la que ha propiciado que decidiera escribir el presente texto.

Para evitarnos problemas, vamos a llamar a ésta librería, que pertenece a una cadena de librerías del Grupo Planeta, la “Choza” del Libro. He de reconocer que hace algunos años acudía a la misma al menos una vez por semana, pero tras la última visita dudo mucho que vuelva a acercarme por allí en mucho tiempo.

Hablemos de cuatro secciones, aquellas que más o menos más conozco: filosofía, política, sociología y economía. Una vez ya en la segunda planta, decido acercarme hasta el fondo para echar un vistazo a una de las secciones que más me interesan, la filosofía. Pero antes de acercarme a la estantería rebosante de libros, echo una ojeada a una suerte de mesa-armario rediseñada en expositor, en la cual hay al menos unos veinte libros de filosofía resaltados como “novedades” Si bien es cierto que me encontré una excelente colección de libros clásicos de filosofía reeditados (entre los cuales se contaban autores como Durkheim, Erasmo de Rotterdam o Nietzsche), no es menos cierto que en la otra parte de la mesa podías leer títulos como “Autoguía del yogui”, “El gran libro de las psicofonías” e incluso un libro de ¡Iker Jiménez! Ingenuamente pensé que igual en la estantería, esa que va desde el suelo hasta el techo con muchos libros apilados, encontraría algo mejor. Nada más lejos de la realidad. Casi en el mismo “lineal” de Bertrand Russel, voy y encuentro a Osho, que para que nos entendamos es a la pseudofilosofía lo que Paulo Coelho a la pseudoliteratura. Aunque realmente ambos autores son equivalentes así que, ¿para que ponerlos en categorías separadas?

“Para evitarnos problemas, vamos a llamar a ésta librería, que pertenece a una cadena de librerías del Grupo Planeta, la “Choza” del Libro”

 

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“Por eso no es un oficio cualquiera. Y desde luego, los libros no se pueden vender de cualquier forma.”

 

 



Sigamos ahora con política: en el expositor, un libro de Jaime Peñafiel sobre Isabel Presley. En la estantería, la colección casi completa de libros de Mario Conde. No haré más comentarios.

Sigamos con el despropósito y trasladémonos al mundo de la Sociología, a cuyos estantes siempre acudo tan emocionado como un crio en un circo. Ojeo el expositor. Un libro sobre conspiraciones: mal empezamos. Pero no perdamos la esperanza. Los productos más selectos no suelen ser los que están más a la vista. Y en efecto: en la estantería pude contar unos cuantos clásicos de la sociología, desde “Economía y sociedad” de Max Weber hasta “La distinción” de Pierre Bourdieu. Incluso encontré un modernísimo libro de Hans Joas sobre teoría social, recién salido casi de la imprenta. Sin embargo, junto a estas obras es fácil encontrarse o bien a obras de sociólogos “pop” (por ejemplo, Zygmunt Bauman) y una ingente cantidad de obras de corte periodístico -cómo “Divas rebeldes”, de Cristina Morató, o “Diario de un skin” de Antonio Salas- que difícilmente pueden encajar en lo que estrictamente es la Sociología. Parece que nuestros libreros de la “Choza” han confundido a “la ciencia que estudia la sociedad” con “cualquier cosa que diga cualquiera sobre la sociedad”

Y cerramos con economía, esa gran disciplina de la que se dice que son expertos en certificar lo que ya ha pasado. De las 4 estanterías repletas de libros bajo el epígrafe de “Economía”, sólo una cuenta con libros que puedan calificarse cómo de economía. ¿El resto? Libros sobre marketing, sobre liderazgo y dirección en la empresa, de publicidad, y, como no podría ser de otra forma, libros de “autoayuda financiera”, o lo que es lo mismo: libros de gurús que en la mayor parte de los casos no tienen ni idea de lo que hablan y que más o menos te vienen a decir que si eres pobre, estás sin trabajo y tienes cáncer terminal es por tu culpa. ¡Y ni se te ocurra quejarte! Eso es una actitud muy negativa. Y hay que ser positivos. Aunque llueva ácido.

Pero hablemos mejor de esos estantes con libros de economía propiamente dichos… más o menos. Al menos en cada estante me encuentro con un pequeño cartelito con el nombre de uno de los autores. Cuál es mi sorpresa cuando veo que en uno de esos pocos carteles viene el nombre de Daniel Lacalle, indicando que justo encima del mismo puedes encontrar cinco de sus libros. Exactamente el mismo número de libros que tiene John Kenneth Galbraith en toda la estantería. No es por hacer de menos a Lacalle, pero resulta sorprendente que éste autor cuente con un cartelito propio dentro de la estantería cuando ni David S. Landes ni Schumpeter tienen uno.

Decidí ya por evitar mayor bochorno no pasar por la sección de historia. Lamentablemente, las escaleras quedan justo enfrente de la sección de “Salud”. Membrete muy irónico: casi me caigo por las escaleras del susto que me di al ver lo que allí había. Sólo comentaré que había una estantería entera en cuyo membrete se podía leer “Terapias alternativas”

No quiero parecer el típico pesado que acaba un artículo con una lección moral. Aunque desde el inicio del artículo bien la he dejado caer. Esto es un elogio a los libreros porque son en sus locales, en sus centros -emblemáticos o nuevos, en barrios o en grandes avenidas- en los que la mayor parte de las personas hemos entrado en contacto con esos productos tan maravillosos que son los libros  -al menos, fuera del sistema educativo-. Ya sea para conocer nuevas áreas de conocimiento, para divertirnos con comedias, para leer teatro, poesía, narrativa de nuestra lengua o de otros países, etc.

Por eso no es un oficio cualquiera. Y desde luego, los libros no se pueden vender de cualquier forma.

Miseria y grandeza de PODEMOS en Salamanca

La Secretaria General de Podemos Salamanca, dimite por la “violencia”  interna del Partido.

Decía el científico político y pensador Robert Michels que “quien dice organización, dice oligarquía”. No estoy del todo de acuerdo con dicha afirmación, pero sí es cierto que dicho enunciado (y sus hipótesis ad hoc) sirven para explicar algunas situaciones que se dan en las organizaciones. Especialmente, en los partidos políticos.

Las organizaciones políticas, y más específicamente los partidos,  pese a lo que le pueda parecer al observar externo, son organizaciones ricas en debates internos: debates en los que se contraponen visiones de la realidad y análisis de las situaciones contrapuestos, concepciones distintas de lo que debe ser la política del partido, las formas en que se debe organizar éste, etc. Quien considere que todos los partidos son homogéneos internamente y que todos siguen sus líneas oficiales, desconocen profundamente cómo funcionan este tipo de organizaciones.

“Montar” un partido de ámbito nacional en unos pocos meses desde una dirección “promotora” en Madrid no es un reto, organizativamente hablando, fácil (sino, que se lo pregunten a Ciudadanos). Y si hablamos además de un partido de izquierdas, la cosa se complica. En definitiva, es el caldo de cultivo perfecto para que tarde o temprano vayan surgiendo desavenencias y confrontaciones entre “los locales” y “la dirección” (las cuales si son bien resueltas, forman parte del día a día de un partido)

No debemos olvidar que Podemos nació en un inicio como un movimiento social que intentaba emular en su organización al 15-M: de ahí la importancia que siempre han tenido en sus “Círculos” las asambleas y la deliberación. El problema de este modelo de organización, de deliberación permanente, es que llevado al extremo obstaculiza cualquier intento de generar acciones colectivas claras y concisas. Una organización pequeña puede tolerar este tipo de funcionamiento organizativo. Un partido con aspiraciones de gobernar, no.

Al contrario que en otros “Círculos” del estado, en Salamanca no hubo nunca un “líder” o “lideresa” claros. De hecho, estaba muy mal visto por la asamblea que alguien intentase llevar la voz cantante, y los que lo intentaban eran automáticamente focos de, cuando no críticas, sospechas con respecto a las motivaciones que estos tendrían para querer ser la cara visible de Podemos Salamanca. De ahí que nunca tuviéramos un “portavoz de asamblea” (tal y como había, por ejemplo, en Gijón) ni tampoco una “coordinadora” bien establecida.

Con esta deficiente estructura organizativa (y casi una decena de comisiones que trabajan independientemente unas de otras) esperábamos la asamblea de Vistalegre como agua de Mayo: por fin desde Madrid se establecería cómo debían ser las estructuras locales de Podemos, y podríamos poner fin a la hasta ahora ineficiente estructura con la que contábamos y veníamos trabajando desde el inicio.

Sin embargo, las decisiones de Vistalegre tendrían consecuencias imprevistas aquí en Salamanca. En primer lugar, se estableció que deberían de ser las corporaciones locales las que decidieran si ir o no a las elecciones municipales (habiendo pues dos posibilidades: presentarse a través de una candidatura de unidad popular o no presentarse a los comicios) Y en segundo lugar, para que los Círculos fuesen reconocidos oficialmente se debían elegir un Consejo Ciudadano y una Secretaría General. Creo que no hará falta recordarle al lector, en vistas de lo explicado más arriba, la dificultad de lo segundo dada la cultura organizativa que se había creado en Podemos Salamanca.

Por aquel entonces (Octubre- Noviembre de 2014) en Salamanca estaba surgiendo  con fuerza una candidatura de unidad popular (promovida, sobretodo, por el PCE) llamada “Ganemos”, a la que gran parte de los podemitas salmantinos miraban con cierto recelo. Razón que está detrás la siguiente cuestión que se planteó en una de las asambleas podemitas: realizar una votación vinculante en la asamblea sobre la postura que íbamos a tomar, como partido, con respecto a las elecciones municipales. Había tres opciones sobre la mesa: unirnos a Ganemos, crear una candidatura de unidad popular propia con otros partidos o, directamente, no presentarnos. El objetivo por el que esto se propuso no era más que el evitar crear una división que empañase el debate entre las candidaturas al Consejo Ciudadano y Secretaria General. De esta forma, en la campaña electoral interna para estos órganos, se evitaría que esta cuestión fuera un elemento central de las candidaturas que ya se empezaban a gestar. Sin embargo, la propuesta no salió adelante. Y lo que es más: la “profecía” se acabó cumpliendo.

Así, pocas semanas después, se presentarán dos listas a los comicios internos: una encabezada por Estefanía Rodero y otra encabezada por Fernando Gil Villa. La primera era pro-ganemos (aunque no lo dijeran en su programa electoral) y la segunda apoyaba la opción de no presentarse a las elecciones municipales. En este marco, los programas de ambas candidaturas eran irrelevantes. La cuestión de presentarse o no a las elecciones municipales lo había eclipsado todo.

Y aquí fue, precisamente, donde comenzaron los problemas. Tras los comicios internos, con la victoria de Estefanía y su equipo, Podemos Salamanca se adhirió automáticamente a Ganemos. Y digo automáticamente porque nunca se votó dicha adhesión en la asamblea podemita. Estefanía y su Consejo Ciudadano asumieron (erróneamente) que los votos que los habían convertido en la dirección de Podemos Salamanca les otorgaba la capacidad de tomar una decisión de tal calado.

No tardaron en llegar las críticas de aquellos militantes que no veían con buenos ojos el acuerdo con Ganemos. Ni tampoco tardaron en llegar las malas formas que, con el tiempo, se convirtieron en la marca distintiva de la gestión del partido por parte de Estefanía. El puesto de Secretaría General de un partido no implica sólo ser la cara visible del mismo ante la ciudadanía y otras organizaciones; implica también ser el máximo responsable de una organización local en la que se deben solucionar los conflictos que puedan surgir. Metafóricamente, un Secretario General debe de saber apagar las llamas que puedan surgir en el seno del partido. El problema de Estefanía es  que las apagaba con gasolina.

“Metafóricamente, un Secretario General debe de saber apagar las llamas que puedan surgir en el seno del partido. El problema de Estefanía es que las apagaba con gasolina.”

Así, en esas primeras asambleas del año 2015 siempre se planteaba la misma cuestión: “¿Por qué se ha decidido desde la dirección del partido apoyar a Ganemos sin haberlo consultado en la asamblea?” Y la respuesta siempre era la misma: ese pacto estaba reflejado en el programa con el cual la Secretaria General y el Consejo se habían presentado (lo cual era rotundamente falso). Ergo, si habían salido elegidos era porque los inscritos habían apoyado mayoritariamente dicho pacto. Además, Estefanía siempre enlazaba estas críticas con los “intereses revanchistas” de llegar al poder y de atacar a su persona por parte de aquellos que las proferían (máxime teniendo en cuenta que muchos eran de la “órbita” de la candidatura perdedora) Aquí cometió un error (de tipo psicológico) que Robert Michels señaló en su día: el de confundir tu persona y proyecto particular con el cargo que ocupas.

candidatura Secretaría General y Consejo Ciudadano Salamanca

Secretaría General y Consejo Ciudadano Salamanca

Ante las reiteradas críticas, desde la cúpula salmantina se empezaron a tomar una serie de decisiones que afectarían gravemente a la agrupación charra. Las asambleas pasaron de convertirse en el principal órgano del partido a ser simplemente un foro en el cual tanto Estefanía como sus más estrechos colaboradores comunicaban las decisiones que, en nombre del Círculo, habían tomado. Las comisiones pasaron de ser el corazón de debates políticos sectoriales a ser órganos sin ninguna utilidad, y que debían seguir las directrices de lo establecido por los “encargados de área” del Consejo Ciudadano.

Los efectos de éstas decisiones no tardaron en notarse: asambleas a las que cada vez iba menos gente, comisiones que iban inactivándose una a una. Y un ingente grupo de viejos militantes (que habían estado ahí desde los inicios) que decidieron hacerse a un lado. Muchos acabaron abandonando, lamentablemente, el partido; otros, empezaron a construir una estructura desde la que intentar que todo volviera a ser como antes.

El sociólogo Robert King Merton acuño hace ya décadas la expresión “profecía autocumplida” Esta se referiría a “la definición «falsa» de la situación que despierta un nuevo comportamiento que hace que la falsa concepción original de la situación se vuelva «verdadera»” Estefanía desde los inicios de su gestión había criticado a un sector entero del partido de querer acabar con ella. Irónicamente, finalmente dicho inexistente sector se transformó en una realidad.

Cuanto ocupamos un cargo (ya sea público o interno de un partido) la rendición permanente de cuentas y la capacidad de reconocer públicamente los errores propios deben de ser una constante. Estefanía nunca fue capaz de reconocer sus errores. Nunca supo resolver los conflictos internos del partido. Nunca supo escuchar a la otra parte.

La confusión de su persona con el cargo que ocupaba (lo cual se puede extender a muchos de sus colaboradores) la llevó a “bunkerizarse”, a rechazar críticas de cualquier tipo, a dirigir Podemos Salamanca de una forma autoritaria.

La confusión de su persona con el cargo que ocupaba (lo cual se puede extender a muchos de sus colaboradores) la llevó a “bunkerizarse”, a rechazar críticas de cualquier tipo, a dirigir Podemos Salamanca de una forma autoritaria.

Desconozco los problemas que surgieron entre la dirección del partido en Salamanca y la de Castilla y León; razón por la cual no voy a manifestarme al respecto. Pero cuando escucho palabras como “escucha y cercanía” y “violencia interna”, no puedo más que sentir una profunda indignación.

Una naciente organización no se hunde por casualidades del destino o por situaciones externas. Se hunde por su mala gestión. Por formas autoritarias. Por la falta de rendición de cuentas. La ciudad de Salamanca se merece una nueva política de verdad, no una farsa o una vieja política con apariencia de nueva.

Ante las posibles críticas que se me puedan realizar por este relato, quiero dejar muy claro lo siguiente. Ni voy, ni tengo pensado, presentarme a un puesto interno del partido de ninguna clase. Dejé la agrupación charra hace más de 7 meses; y así seguirá siendo. Esto no es ni una crítica destructiva ni una revancha. Pero si es un acto de justicia: las malas gestiones han de ser pagadas. Y las discusiones al respecto iluminadas por los hechos.

Y solo una última cosa. Estefania: las personas nos mostramos tal y como somos por nuestros actos, no por nuestras palabras. Al fin y al cabo, la realidad la modificamos a través de nuestras acciones. Haz un repaso a tu gestiòn. Observala desde lo lejos. Quizás, aunque lo dudo, encuentres el porque de todo lo sucedido.

La estratificación social en la educación

joven universitario con dinero

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Vivimos en una sociedad de clases. Esta afirmación no es una mera opinión, ni forma parte de una visión de la realidad contaminada por la ideología: es un hecho empíricamente demostrado desde hace ya varias décadas por los científicos sociales. Golthorpe, Giddens, Marx, Weber, Durkheim, Erik O. Wright, R. K. Merton, Parsons… Son muchos los teóricos que, en algún u otro momento, han tratado ésta cuestión. Da igual que pertenezcan a esas corrientes que denominamos marxismo, weberianismo, funcionalismo, neomarxismo o neoweberianismo: todas coinciden en señalar la existencia de algo que llamamos “clases sociales”. Aunque cada una de éstas corrientes las define a su manera. De momento, al menos en éste artículo, no entraremos en dicha discusión.

Pese a la existencia de estas “clases sociales” y a su influencia transversal en la sociedad, apenas se escuchan hoy día debates en torno al tema. Al menos no explícitamente[i] Como dijo en su día uno de mis profesores, si en una conversación (con una persona que no esté metida en el mundillo de las ciencias sociales) usas el vocablo “clase social” o te refieres a un grupo de personas como “clase”, el calificativo más amable que vas a recibir será el de “comunista”. Esto nos lo ha mostrado magistralmente Owen Jones hace unos años, así que no me detendré en la cuestión.

Si la sociedad se encuentra estratificada socialmente, esto es, si se encuentra dividida en conjuntos, más o menos homogéneos, a los que denominamos “clases sociales”, es lógico pensar que esta estratificación se refleje en el sistema educativo. Veremos que pese al empeño de algunos de nuestros políticos en defender la existencia de una “igualdad de oportunidades” en la educación, en la práctica esta es inexistente.

Así, si bien la Universidad española ha sufrido una gran transformación a lo largo del siglo XX, permitiendo la entrada de alumnos de estratos sociales bajos, sigue presentando una fuerte estratificación social, sirviendo de reproductora de las desigualdades sociales existentes en el seno de la sociedad en la cual se inscribe.

Si eres hijo/a de padres con un alto nivel educativo; de profesionales de alto nivel; o de padres con un puesto directivo en alguna empresa, tendrás todas las “papeletas” para cursar estudios Universitarios. En caso contrario, si perteneces a familias con recursos modestos, si tus padres no han cursado nunca una carrera, o si tienen una ocupación manual, cuando desees acceder a la Universidad lo tendrás mucho más difícil.

Los hijos/as de trabajadores manuales se encuentran infrarrepresentados en la Universidad, mientras que los de profesionales y directivos se encuentran fuertemente sobrerrepresentados. Y si hablamos del tercer ciclo (doctorado), estas diferencias se vuelven aún más marcadas.

El nivel educativo, la ocupación y la clase social de los padres son factores que juegan un importante papel en lo que se refiere a las oportunidades educativas de sus hijos, no ya en el acceso a la educación superior, sino también en su rendimiento académico.

Estos son, grosso modo, algunas de las principales conclusiones extraídas de la ECOVIPEU (Encuesta de Condiciones de Vida y Participación de los Estudiantes Universitarios), realizada en el año 2010 con el patrocinio del Ministerio de Educación.

Pero mejor veamos, para evitar suspicacias, algunos datos:

 

ESTUDIOS PADRES
Fuente: Memoria Proyecto ECOVIPEU, página 54

Este gráfico muestra lo que se denomina el bagaje familiar de los estudiantes. Los datos representados se obtienen a través de preguntas en el cuestionario sobre el nivel educativo alcanzado por los padres de estos, el cual es agrupado siguiendo el ISCED[ii] En el gráfico, los niveles “Bajo”, “Medio” y “Superior” harían referencia lo que denominamos comúnmente “primaria”, “secundaria” y “educación universitaria” respectivamente. En cada una de esas categorías se representa el nivel de estudios de los padres de los estudiantes y, con fines comparativos, la cantidad de hombres de su generación que han alcanzado esos mismos niveles.

Con estos datos, puede verse, por ejemplo, si hay o no movilidad social[iii] en el sistema educativo. Y las conclusiones obtenidas por la ECOVIPEU al respecto son claras: hay movilidad social, pero esta es relativa.

En el gráfico se constata que mientras los padres de estudiantes universitarios encuestados con un nivel educativo bajo son un 32%, los hombres de su misma generación con dicho nivel educativo suponen un 51%. Y sucede justamente lo contrario en el caso el nivel educativo más alto, donde los estudiantes cuyos padres tienen estudios superiores son el 30%, mientras que estos en el conjunto de hombres de su generación son el 17%

OCUPACIÓN MADRES
Fuente: Memoria Proyecto ECOVIPEU, página 84

Al igual que sucede con el nivel educativo, en este nuevo gráfico se refuerza la misma conclusión: hay movilidad social, pero esta es relativa. Basta con comparar los porcentajes de las ocupaciones de máximo nivel con las más bajas.

En resumen, en vista de los datos, no se sostiene el discurso tan extendido en nuestra sociedad de la “igualdad de oportunidades” con respecto al acceso a la educación superior. Lamentablemente, la clase social, aunque no determine, afecta a las oportunidades de los estudiantes. Esta es la razón por la cual con el aumento de tasas de los últimos años, el aumento de los precios de los másteres y la falta de becas y ayudas al estudio se están cerrando las puertas a los estudiantes de familiar modestas, acrecentando (aún más si cabe) las desigualdades inherentes a nuestra sociedad.

[i] Por ejemplo, estoy pensando en aquellos vocablos usados en el movimiento 15-M: “los de abajo” contra “los de arriba”. Hacen clara referencia a un conflicto de clases sociales, aunque sus manifestaciones se alejen de este concepto.

[ii] El International Standard Classification of Education (ISCED) es un sistema creado por la UNESCO para poder comparar los sistemas educativos de los distintos países. Y también, para poder comparar los sistemas educativos de un mismo país. De hecho, en España analizar el nivel educativo de la población no es nada fácil debido a que el sistema educativo ha pasado por 5 leyes distintas (incluyendo la LOMCE) Para que veáis la dificultad: ¿a qué curso del sistema actual se corresponde COU? ¿Y 3º de EGB? ¿Y 1º de BUP?

[iii] La movilidad social, grosso modo, es un término que hace referencia (en el esquema de una sociedad de clases) a la capacidad de los individuos de “saltar” de una clase a otra. Así, si por ejemplo sólo el 10% de los hijos de padres obreros logra superar la clase social de sus padres (esto es, van a la Universidad, trabajan como profesionales cualificados, como directivos, etc) nos encontramos ante una situación en la cual la movilidad social es baja.

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