Ideario 9.2.18

 

Gota

 

Me dan miedo los cambios de sentido de mis pensamientos en su perdido rumbo. Que no se diga lo que se piensa y que se tenga que pensar tanto lo que se dice.

Me da pánico que no se permita hablar a las sensaciones. Que el fuego ahogue toda su combustión dentro, sin haberse dejado ver.

Me angustia no equivocarme. Que todo sea tan plano. Que todo esté hecho con los mismos patrones ya caducados.

Me bloquea la falta de preguntas. Las férreas creencias de quien no se cuestiona, de quien no se critica.

Me fascinan las cosas por descubrir. Las miradas que se atropellan y las palabras que se lleva el viento. También las que se quedan en el papel.

Me divierte el frenetismo de este no parar. La inmediatez de las cosas. La pérdida de valores, la falta de paciencia. La desaparición del espacio y el tiempo que deja paso al «ahora, donde sea».
Me aburre exactamente lo mismo.

Me entristece el paso del tiempo. Dar explicaciones. Esperar en los semáforos, en las colas y en el médico. Llevar cosas de un lado para otro. Mirar al suelo y dar patadas a las piedras. La sensación de que todo está por hacer y la ilusión del «progreso». El saber lo que está por venir, aunque no lo sepa. Lo efímero de las emociones y lo inefable, también. La falta de opciones. Las cartas de los restaurantes. La pulcritud del que cree que existe. El ego y el egoísmo. La importancia en exceso y por defecto. Las fantasías que no están en blanco sobre negro. El cielo sin nubes. No la soledad. Sí la falta de valor para asumir. Los pies calzados. Las duchas diarias. El precio y no el valor. Los valores con precio. La falta de curiosidad. La necesidad de apariencia. La falta de buenos consejos y de transprencia. La falta de honestidad. Y el miedo.

Diego Carrera Martín

Proyecto de deshumano. No sé si libre, pero pensador. Practicante de la resignación. Misántropo. Estudiante de filosofía.

No es ninguna tontería

La necesidad que aflige a esta sociedad actual, si se me permite generalizar, de querer publicarlo todo sobre la vida privada, lo cual hace que cada sujeto quede evidentemente expuesto a toda clase de referencias por parte del caluroso público que la acoge, es lo que voy a tratar.

Es interesante cómo se pueden rescatar los anhelos, las carencias, los deseos y una amplia gama de fugaces sentimientos del sujeto que publica. Es tan interesante esta relación de lo que se publica con la vida privada del sujeto, como la facilidad con la que el público se ofende o es ofendido con tales revelaciones.

Las relaciones siempre engrandecen aquello que se comparte en ellas. La reciprocidad añade a lo compartido esa esencia que hace que el total no sea la simple suma de las partes, sino siempre algo más. Es en estas relaciones donde pervive tanto lo bueno, como lo malo de lo que es compartido.

 

«La reciprocidad añade a lo compartido esa esencia que hace que el total no sea la simple suma de las partes, sino siempre algo más»

Como siempre es más fácil fijarse en lo malo, será, con mayor facilidad, más factible por mi parte un muy superficial análisis de lo negativo que la sociedad actual comparte y no deja de compartir, y no de lo bueno que todavía se comparte. Este superficial análisis al que me refiero es, más bien, una pequeña reflexión personal, producto del consumo, más indirecto que directo, de cantidades ofensivas, incluso para la salud, de información pública –o que se decide publicar– sobre vidas privadas.

Es esta falta de reflexión sobre el acto de compartir lo concerniente al ámbito de lo privado lo que me asusta. Es la facilidad con la que se regala información en esos millones de perfiles que son el horizonte de millones de «querer llegar a ser». Son esas carencias que se leen en cada sujeto mediante la información compartida, en la información que pasa a ser pública deliberadamente. Es esa sutil diferencia, entre pedirlo y dar la opción a ello, la que nos hace querer regalar eso que, de no ser por la facilidad que entraña la actividad de compartir hoy en día, ni siquiera hubiéramos pensado en compartir o, mejor dicho, en publicar.

Hay que tratar de mantener una actitud escéptica para no caer en las redes de las redes. No debemos creer todo lo que vemos, pero sí que podemos observar críticamente, en calidad de entes pensantes, cómo esa relación que cada sujeto guarda con su perfil público engrandece aquello que anhela ser, aquello de lo que se enorgullece ser o aquello que quiere que piensen los demás sobre él. Este conjunto de relaciones en la que participamos todos, tanto en calidad publicadores como de público, es lo que quería reflexionar hoy.

No es ninguna tontería.

Diego Carrera Martín

Proyecto de deshumano. No sé si libre, pero pensador. Practicante de la resignación. Misántropo. Estudiante de filosofía.

Cómo beber de la modernidad líquida

           

 

Zygmunt Bauman, para aquél que quiera comprobarlo, hace ver con claridad el cómo y el porqué de la actual sociedad. Bebiendo de su concepto de liquidez, aplicado a distintos campos, podemos acercarnos un poco más a la comprensión de nuestra actualidad. Pero como digo, solo si se quiere.

Vivimos juntos en sociedad, como distintos productos dentro de una misma caja, pero que están separados por ese plástico de burbujas de aire, tan reconfortante como aislante. Sin capacidad para tocarnos. Esta capacidad para tocarnos estuvo ahí, pero dejamos que se fuera en nuestra búsqueda de la autoafirmación como personas, como individuos. Dejamos que se fuera cuando empezamos a comprarle al capitalismo esa intangible necesidad de individualización. Esa necesidad de saber que todos nuestros logros y fracasos son nuestros, que solo nos conciernen a nosotros y a nuestra capacidad de acción, sin tener nada que ver con el resto de la sociedad.

 

Se perdió en esta búsqueda de la individualidad la capacidad de acción colectiva. Se pusieron tantas trabas para el trabajo en común y para solucionar los problemas que son realmente comunes a todos, que ganaron las actuales democracias. Ganaron cuando nos hicieron creer que votar serviría para algo, cuando nos creímos que nuestra capacidad de acción política se limita a votar cada cuatro tristes años —más y más tristes cada vez—.

«Se pusieron tantas trabas para el trabajo en común y para solucionar los problemas que son realmente comunes a todos, que ganaron las actuales democracias».


Perdimos el sentido y la existencia de la sociedad cuando ni siquiera necesitamos ya quien nos castigue por no dirigirnos a lo que «somos», a lo que nos hemos construido y creído que realmente «somos», porque hemos aprendido a hacerlo solos. Hasta este punto se ha trasladado el sentimiento de culpa cristiano. La autoflagelación es tarea de cada uno en el desarrollo de su genuina individualidad. Es el camino a seguir para la autoafirmación. El sentido común perdió ya su común sentido.

Diego Carrera Martín

Proyecto de deshumano. No sé si libre, pero pensador. Practicante de la resignación. Misántropo. Estudiante de filosofía.

Cómo comprender la libertad

 

Tengo trabajo. Estudio en la universidad. Milito en un partido. Salgo con mi grupo de amigos. Compro. Juego. Converso. Escribo en una página. Mantengo mis redes sociales actualizadas. Me visto. Me peino. Cumplo contratos. Voy a clase todos los días. Veo la televisión. Tengo pareja. Aparento y no dejo de aparentar

 

Asumo votar como un derecho y, aunque ninguno me convenza, voto. Salgo, aunque ni siquiera me guste el plan, y dude de que mis amigos lo sean. Estudio, aunque no sé muy bien para qué. Comparto en mis redes sociales, aunque no haya disfrutado de un solo momento en todo el día. Me quiero vestir diferente al resto, aunque sea imposible. Trabajo, aunque me gustaría no estar explotado. Comparto mi vida con alguien, aunque confunda el amor con cientos de cosas.

 

Me formo en competencia. Aprendo idiomas. Viajo. Engroso mi experiencia. Completo mi currículum. Y no tengo ni un hueco en la agenda.

 

Somos un sistema de relaciones que nos definen y a las que definimos mientras nos dedicamos a lo «nuestro». No queda nada que surja de una individualidad genuina. El poder se crea en nuestra más interna asunción del mismo. Es ese momento en el que el poder se hace inamovible.

 

Así comprendió Hegel al individuo.

 

Entonces, ¿qué es por lo que más nos dejamos dominar? La sociedad nos impone allá donde la ley no llega. Y lo consigue.

 

¿Cómo vamos a comprender la libertad?

Diego Carrera Martín

Proyecto de deshumano. No sé si libre, pero pensador. Practicante de la resignación. Misántropo. Estudiante de filosofía.