Archivo de autor
Diego Carrera Martín
Historias escritas por diegocarrera
Proyecto de deshumano. No sé si libre, pero pensador. Practicante de la resignación. Misántropo. Estudiante de filosofía.

Cómo beber de la modernidad líquida

           

 

Zygmunt Bauman, para aquél que quiera comprobarlo, hace ver con claridad el cómo y el porqué de la actual sociedad. Bebiendo de su concepto de liquidez, aplicado a distintos campos, podemos acercarnos un poco más a la comprensión de nuestra actualidad. Pero como digo, solo si se quiere.

Vivimos juntos en sociedad, como distintos productos dentro de una misma caja, pero que están separados por ese plástico de burbujas de aire, tan reconfortante como aislante. Sin capacidad para tocarnos. Esta capacidad para tocarnos estuvo ahí, pero dejamos que se fuera en nuestra búsqueda de la autoafirmación como personas, como individuos. Dejamos que se fuera cuando empezamos a comprarle al capitalismo esa intangible necesidad de individualización. Esa necesidad de saber que todos nuestros logros y fracasos son nuestros, que solo nos conciernen a nosotros y a nuestra capacidad de acción, sin tener nada que ver con el resto de la sociedad.

 

Se perdió en esta búsqueda de la individualidad la capacidad de acción colectiva. Se pusieron tantas trabas para el trabajo en común y para solucionar los problemas que son realmente comunes a todos, que ganaron las actuales democracias. Ganaron cuando nos hicieron creer que votar serviría para algo, cuando nos creímos que nuestra capacidad de acción política se limita a votar cada cuatro tristes años —más y más tristes cada vez—.

«Se pusieron tantas trabas para el trabajo en común y para solucionar los problemas que son realmente comunes a todos, que ganaron las actuales democracias».


Perdimos el sentido y la existencia de la sociedad cuando ni siquiera necesitamos ya quien nos castigue por no dirigirnos a lo que «somos», a lo que nos hemos construido y creído que realmente «somos», porque hemos aprendido a hacerlo solos. Hasta este punto se ha trasladado el sentimiento de culpa cristiano. La autoflagelación es tarea de cada uno en el desarrollo de su genuina individualidad. Es el camino a seguir para la autoafirmación. El sentido común perdió ya su común sentido.

Diego Carrera Martín

Proyecto de deshumano. No sé si libre, pero pensador. Practicante de la resignación. Misántropo. Estudiante de filosofía.

Cómo comprender la libertad

 

Tengo trabajo. Estudio en la universidad. Milito en un partido. Salgo con mi grupo de amigos. Compro. Juego. Converso. Escribo en una página. Mantengo mis redes sociales actualizadas. Me visto. Me peino. Cumplo contratos. Voy a clase todos los días. Veo la televisión. Tengo pareja. Aparento y no dejo de aparentar

 

Asumo votar como un derecho y, aunque ninguno me convenza, voto. Salgo, aunque ni siquiera me guste el plan, y dude de que mis amigos lo sean. Estudio, aunque no sé muy bien para qué. Comparto en mis redes sociales, aunque no haya disfrutado de un solo momento en todo el día. Me quiero vestir diferente al resto, aunque sea imposible. Trabajo, aunque me gustaría no estar explotado. Comparto mi vida con alguien, aunque confunda el amor con cientos de cosas.

 

Me formo en competencia. Aprendo idiomas. Viajo. Engroso mi experiencia. Completo mi currículum. Y no tengo ni un hueco en la agenda.

 

Somos un sistema de relaciones que nos definen y a las que definimos mientras nos dedicamos a lo «nuestro». No queda nada que surja de una individualidad genuina. El poder se crea en nuestra más interna asunción del mismo. Es ese momento en el que el poder se hace inamovible.

 

Así comprendió Hegel al individuo.

 

Entonces, ¿qué es por lo que más nos dejamos dominar? La sociedad nos impone allá donde la ley no llega. Y lo consigue.

 

¿Cómo vamos a comprender la libertad?

Diego Carrera Martín

Proyecto de deshumano. No sé si libre, pero pensador. Practicante de la resignación. Misántropo. Estudiante de filosofía.

La cuerda floja

Vacío visceral. Paranoia. Algo inexplicable que necesita ser explicado para no estallar. Es el fondo, como un agujero negro.

Es ahora en la era de las comunicaciones masivas, donde el espacio y el tiempo son tan relativos que ya no sabemos ni dónde ni cuándo estamos. Lo que nos impide saber quiénes somos. Aunque podemos saber que no hay nada de nosotros mismos en nosotros, que somos la mezcla de todo lo que va, viene, se queda o nos atraviesa. Somos los restos de los restos de nuestros propios restos, lamiéndose las heridas en cada iluso abrir de ojos. Todo es una configuración mental que podemos modelar más o menos, depende de cada momento. No deja de ser difícil dar forma a algo con las manos heridas. Hoy me he levantado cansado, no he dormido bien, pero a nadie le importa. Y menos a mí, así que manos a la obra. Hoy es otra realidad nueva que se presenta entera para mí. Esperando mis decisiones que no son más que producto de otros, aunque las quiera hacer mi producto. Inútil.

Algo que sirva para algo, buscamos la utilidad. Incluso en una conversación. No hay nada fuera del capital, y del capitalismo nada escapa. Ni siquiera las emociones, sensaciones o el amor. El capitalismo ganó la partida. Lo máximo que uno puede hacer es darse cuenta. Lo mínimo, intentarlo. Qué buscas, amigo. Nada tuyo, lo sé. Aun así, no me importa, estoy pensando en lo mío. El día más solitario de mi vida es cada día y el siguiente, cada día y el siguiente, cada día y el siguiente. Estoy solo en un mar de necesidad de compartir de forma egoísta lo que quiero ser y a lo que ni siquiera me acerco. Kant, pobre. Ya no sé cuándo soy malo o cuándo quiero serlo. No sé si tengo que serlo. Tampoco sé si se puede ser malo cuando interactúas con restos de mediocridad encarnado en cuerpos. Zombies. Somos todos. Y todos estamos solos. El capitalismo venciendo de nuevo para que compremos compañía. O para que nos la inventemos y la compartamos, como si eso fuera a hacer realidad los deseos.

«No hay nada fuera del capital, y del capitalismo nada escapa. Ni siquiera las emociones, sensaciones o el amor. El capitalismo ganó la partida. Lo máximo que uno puede hacer es darse cuenta. Lo mínimo, intentarlo»


Escribir como terapia, qué risa. Modesta la psicología. No me la creo. No tiene nada que decir y se lo inventa. No hace superar. Hace ahondar, hundir, socavar y desenterrar para mostrar, no para enfrentar, acabar y seguir. Las egregias partículas de agua de la superficie del inmenso océano, las que son capaces de elevarse y viajar por el aire, siempre se precipitan en cualquier otro lugar y, siempre, acaban volviendo al mar, de donde nunca salieron en realidad. Así habló Zaratustra y nadie sabe cómo habló. Hablaba y hablaba para sí, de los demás, para mantener la distancia prudencial con los esputos ajenos. Darse cuenta de que somos este instante y que lo demás no es alcanzable, así nos consumimos. Como el fuego en el aire.

Lo que te preocupa ocupa tus instantes, lo más valioso se cierra en la mayor de las cerrazones. Corazones ahogados en sí mismos, de sí mismos, de nada, en realidad. Es como una peste, el aire pesado. No poder abrir del todo los párpados, por la paliza que te ha pegado tu propia mente. Somos simples fanáticos de lo que carecemos y carecemos de todo. Somos un simple instante, todo el tiempo. Nos pasamos el tiempo siendo un instante y lo ignoramos deliberadamente. Será ese el punto donde bailan la locura y la cordura. Esa cuerda floja.

Diego Carrera Martín

Proyecto de deshumano. No sé si libre, pero pensador. Practicante de la resignación. Misántropo. Estudiante de filosofía.

El amor

 

 

 

Es algo que falta. Es una cuestión de amor. Hay que cultivar lo que amamos y cuidarlo con mimo, porque eso es lo que a cada cual nos da un sentido en este bosque de complejidades en el que deambulamos más o menos perdidos. Hablo del amor en general, el amor en su sentido más amplio. El amor hacia las sábanas que te rodean cada mañana. Hacia la cuchara que remueve tu desayuno. Hacia esos semáforos que mantienen el orden en las calles. Por decir algo.

El amor se extiende en un plano muy amplio. Podríamos enumerar una amplia gama de amores, pero vamos a quedarnos con lo útil. Más bien, vamos a utilizar bien al amor. ¿Quién quiere amores que salen despavoridos o que te acuchillan por la espalda? En una sociedad en la que la masa, de la cual me quiero separar como el aceite del agua, no sabe ya a qué bando atacar porque todos los bandos parecen ser el mismo. El amor está a falta de atenciones y cuidados. Está a falta de usuarios que prefieren fingir que lo conocen a través de las redes, a través de la pura apariencia.

Ya no puede saberse a dónde hay que acudir en busca del amor. Nunca se sabe si todavía queda alguna máscara que quitar, si todavía hay algún filtro entre lo observado y quien mira. La edad de la adulteración es un producto de este supertecnológico siglo. La pureza de una relación nunca podrá volver a ser genuina. Estamos contaminados por las pantallas. Pantallas que hacen de pseudopsicólogo barato, que solo nos escupen lo que queremos ver y apartan lo que no.

 

“Estamos contaminados por las pantallas. Pantallas que hacen de pseudopsicólogo barato, que solo nos escupen lo que queremos ver y apartan lo que no.”


Ya son muchas las personas de este mundo que no lo han conocido sin una pantalla entre las manos. El mundo es ahora rectangular y para siempre, y el amor se ha quedado dentro de tales rectángulos, adaptándose a esta recortada forma, cortando sus amorfas alas. Ya no hay sorpresas. La distancia ha muerto. Lo original estalló de pura originalidad y se quedó al nivel de lo banal. Estamos en la era de la repetición, de la copia, de la copia de la copia. El momento en el que el arte ha desaparecido, precisamente por poder estar en todos los sitios.

El amor ahora se ve en 1920×1080 píxeles, posando para la cámara y con tres filtros para maquillarlo. Aunque, al amor no se lo cargaron las pantallas ni internet. El amor a veces no es conocido por uno ni siquiera para sí mismo. Hablo del amor propio. Su ausencia condena a los que nunca se preocuparán de buscarlo y más aún a los que lo han encontrado y no pueden compartirlo.

La falta de amor propio es la minusvalía de este siglo. Consiste en el desconocimiento de uno mismo y la ausencia de preocupación por solventarlo. Consiste en una falta de consideración para sí mismo y para la propia integridad del ser humano. Consiste en una autonegación de la propia dignidad, valor que cualquier persona debería preocuparse por cultivar y respetar, tanto la suya como la ajena. Sin amor propio no se puede proyectar un amor claro hacia nada ni nadie.

“La falta de amor propio es la minusvalía de este siglo.”


Solo con saber que ahora la vida se reduce a mirar a través de rectángulos llenos de letras, imágenes y sonidos, y que estos rectángulos no son libros, me hace tener la certeza de que estamos muy al principio en la historia de la evolución intelectual del ser humano.

Diego Carrera Martín

Proyecto de deshumano. No sé si libre, pero pensador. Practicante de la resignación. Misántropo. Estudiante de filosofía.

Indiferencia contra locura

            La tarde de verano va cayendo en mi tranquilo y pequeño pueblo. Viendo al sol despedirse por hoy, me acerco al frigorífico y como algo ligero para que la cena posterior no se me antoje demasiado copiosa. Después salgo al florido patio de mi casa para disfrutar de un apacible momento de lectura, mientras noto cómo la temperatura del día va dejando paso a la de la noche. Es de las sensaciones más agradables que he tenido.

Sin darme cuenta, la noche se me echa encima en cuestión de minutos. Apago mi libro electrónico y me dispongo a cenar. Me apetece algo fresco, por ejemplo, una ensalada. Y algo dulce para después, como dos o tres onzas de chocolate negro. Me ducho con calma antes de acomodarme en la cama para ver una película en mi ordenador portátil. Cuando acaba, con el fin de relajarme un poco más, leo un capítulo o dos más del libro y, cuando termino, pruebo suerte con el sueño. Caigo rendido en pocos minutos.

Despierto, ya es fin de semana y no tengo la necesidad de madrugar, así que anoche puse el despertador para las 10 de esta mañana. Tras dar varias vueltas en la cama, vacilando con la idea de dar otras cuantas más o levantarme, me decido por levantarme movido por el deseo de desayunar. Bizcochos remojados en leche y algo de embutido recién cortado, para combinar dulce y salado.

De fondo, escucho que en la tele del salón están dando noticias de última hora:

«Una furgoneta ha arrollado a decenas de personas en La Rambla de Barcelona. Por el momento, hay una decena de víctimas mortales y más de 80 heridos, de los cuales 15 se encuentran en estado grave…» 

Acabo mi desayuno maldiciendo mentalmente el estado del mundo actual, repasando lo que yo creo que son derechos humanos fundamentales, asqueado por la falta de educación, conciencia, empatía, coherencia y transparencia de la sociedad, por nombrar algunas de sus carencias más evidentes. Me doy por vencido con esta sociedad y con este mundo una vez más, convencido de que es imposible que se dé una toma de conciencia global en algún momento de la historia de la humanidad. Pensando en las reacciones típicas de una apabullante mayoría de opiniones que hacen a mi alma desplomarse hasta mis pies: «Esto pasa por dejar entrar a inmigrantes», «Yo no soy racista, pero me gusta ser ordenado y que cada uno se quede en su país» … En fin, recojo los restos de mi desayuno y pienso en escribir algo sobre la tristeza que me provoca el estado de la humanidad a estas alturas del cuento.

Pensando en las reacciones típicas de una apabullante mayoría de opiniones que hacen a mi alma desplomarse hasta mis pies: «Esto pasa por dejar entrar a inmigrantes», «Yo no soy racista, pero me gusta ser ordenado y que cada uno se quede en su país» …

Cojo mi móvil y contesto afirmativamente a un mensaje para jugar un partido de fútbol sala esta tarde con un grupo de colegas, y pongo a mi mente en piloto automático sin dar mucho crédito a nada de lo que pasa en este planeta, con el fin de no volverme loco.

Diego Carrera Martín

Proyecto de deshumano. No sé si libre, pero pensador. Practicante de la resignación. Misántropo. Estudiante de filosofía.

Del paso de la niñez a la ausencia de ésta

«De la falta de educación durante este gran golpe que es la pérdida de la inocencia, así como de la falta de educación del resto del tiempo que vivimos, es de donde se derivan todos los demás males de la humanidad, tanto en general como en particular».

 

No corresponde a ningún momento determinado de la vida. Qué va. Tampoco surge tras ninguna vivencia traumática de la niñez, aunque sí que puede fomentarlo. La pérdida de la inocencia es más bien pareja a la adquisición de conocimientos, a la absorción de una mejor o peor educación. Dependiendo de los incontables factores que varían las formas de educación, así será como varíe la formación de la personalidad de cada individuo. Y, aunque hay algo que está tan claro como el agua cristalina, seguimos obviándolo y esperando resultados diferentes aplicando siempre el mismo método. Me refiero a que todos somos diferentes y, consecuentemente, precisamos una forma de educación particular. No nos volvamos locos, es tan simple como permitir a esa nueva personalidad floreciente ser ella misma. Es la única forma de saber lo que necesita para desarrollar todo su potencial. No se abalancen contra mí todavía, solo digo que la educación es lo más importante para una persona, para cualquier persona. Solo hay que fijarse en el mundo, en la humanidad y en su historia. Solo hay que fijarse en el porqué de las cosas y cuestionárselo. Sobre todo, dudar. Dudar de todo cuando se ve, se oye, se toca, se huele y se saborea. ¿Por qué? Porque no tenemos otra fórmula para avanzar. No, si no está basada en la duda, en la observación, en la empatía y otra vez en la duda. Dudar no tiene que consumirnos, sino que tiene que ser la base de toda reflexión constante junto a la búsqueda del porqué, y a poder ser, no de un solo porqué.

De la falta de educación durante este gran golpe que es la pérdida de la inocencia, así como de la falta de educación del resto del tiempo que vivimos, es de donde se derivan todos los demás males de la humanidad, tanto en general como en particular.

Cómo se puede explicar de otra forma que no sea por falta de educación el racismo, el machismo, la homofobia y todas las demás absurdas fobias, la indiferencia hacia el sufrimiento del prójimo, el fascismo, el nacionalismo, la falta de interés por el arte y la creatividad, la falta de sensibilidad hacia los demás seres vivos, la autodestrucción como especie, la destrucción de nuestro hogar la Tierra, la creencia en otro dios que no sea la empatía y la miseria en la que se encuentra la moral, apenas ya existente, en presencia de la nueva religión: el dinero.

Es tan abrumadora la indiferencia hacia todo esto de la mayoría de las personas que conozco que muchas veces tengo la sensación de estar viviendo en mi propio Show de Truman.

Y es que tampoco hay mucho que hacer con aquellos que son ciegos, sordos, mudos e insensibles a la falta de educación y conciencia, que lo son por voluntad propia…

¿Hay alguien ahí?

Diego Carrera Martín

Proyecto de deshumano. No sé si libre, pero pensador. Practicante de la resignación. Misántropo. Estudiante de filosofía.

Un día desalmado

Me engaño. Creo que nada me preocupa, pero es solamente otro sucio juego de mi mente. Siempre hay preocupaciones, por pequeñas que sean. Está el que me preocupe de la diferencia de intereses. Sobre todo, la diferencia de sentimientos. La diferencia de sentimientos quita el sueño.

 

Sí. Esa es una de las razones, seguro. Los sentimientos son de otro mundo, no se pueden intentar comprender. No merece la pena gastar energía en ello. Y otra vez me estoy intentando autoengañar para poder dormir tranquilo. Puta conciencia. Que me diga lo que tengo que hacer de una vez. Me aburre. Me río de las preocupaciones de los demás porque me parecen absurdas. Como si las mías tuvieran algún tipo de superioridad. Qué imbécil.

Despierto. Desayuno. Me ducho. Me visto. Voy al trabajo. Doy una cara que no tengo, trabajo tratando con personas. Teniendo que tratar bien a personas que dudo que alguna vez hayan hecho algo para merecerlo. Y seguro que cada vez serán peores. Creo que el paso del tiempo nos hace peores. Es preocupante. Así que bueno, un día más de trabajo, lleno de falsas sonrisas, falsos agradecimientos, falsos halagos. Falso todo. Igual de falso que el dinero por lo que cambio mi tiempo. Trabajo, lo llaman. Una farsa para mantenerte entretenido, para que creas que estás sirviendo para algo, que estás produciendo algo. Para impedirte pensar, al menos durante un rato a lo largo del día. Para que consigas algo que creas que tiene valor. El dinero no tiene valor. Imagina la mierda que quieren que compres con él…

Llego a casa, con el alma empapada en mierda de los demás. En mierda que la gente se guarda para repartir por doquier. Mierda que ojalá se quitara con una ducha.

Abro la puerta. Me quito los zapatos. Me quito la sucia ropa. Me quiero quitar el cerebro. Pero no puedo, así que lo pongo a funcionar. Intento purgarlo de esa mierda que la ducha no quita. No toda, al menos. Voy hacia el frigorífico, lo abro y saco una cerveza. Me siento en el sofá. Levanto los cojines, pero no está la calma por ahí. Hoy no. Quizá mañana.

“Llego a casa, con el alma empapada en mierda de los demás. En mierda que la gente se guarda para repartir por doquier. Mierda que ojalá se quitara con una ducha.”

Abro la cerveza y doy un largo trago. El primero siempre es el mejor. Cojo el mando y enciendo la televisión. No han pasado cinco minutos y ya la he apagado. Sí, a mí también me engañaron para que comprara una. Soy un imbécil integral, igual que los demás. Nada especial, ya lo tenía asumido. Por eso me compré un ordenador. Con él creí que podría elegir lo que quisiera ver, y así es. Puedo elegir lo que quiero ver en una gama más amplia de lo que la televisión me puede ofrecer, pero es más de lo mismo. Una imbecilidad integral. También tengo un móvil, que hace lo mismo que el ordenador, pero me lo puedo meter en el bolsillo. En fin, me río. Qué le voy a hacer. Soy otra oveja más. Sigo pensando en qué puedo ver, leer, escuchar, para limpiar un poquito mi alma después de otra robótica jornada de trabajo cara al público. Música clásica. La música clásica y la cerveza siempre son una buena combinación. Creo que la calma está llamando a la puerta. Pero no, era una falsa alarma. La música clásica empieza a dejar de llenarme. Voy a por otra cerveza a la que doy otro largo trago y busco un poco de rock. Esa que me removía algo por dentro cuando todavía era joven y decía que no tenía esperanza ninguna, aunque todavía sintiera que algo podría salir bien. Estaba vacía. Siempre lo había estado. Otra cerveza. Comenzaba a sentir algo de sueño. Ese sueño que me engaña para que me vaya a la cama y después me sacude cuando ya estoy dentro para que siga pensando. Así que decido resistirme. Busco algún primer capítulo de alguna serie de las que me recomiendan. Los primeros tienen que ser buenos, no puede ser de otra manera, si los productores de la serie no quieren comerse los mocos. Lo veo con otra cerveza en la mano. Otra más. Nada, otro capítulo más que quiere decirle algo al mundo, algo esperanzador que no me convence. Termino la cerveza y me voy a la ducha. Hoy decido no escuchar música mientras me ducho. Intento ducharme despacio. Primero me jabono el cuerpo. Después la cabeza, intentando masajearme a la vez que me jabono el pelo. Intento despejar la mente. Respirar despacio. Un leve momento de paz atraviesa mi cerebro y me sorprende. No estoy acostumbrado, así que pierdo la concentración. Acabo de una vez de aclararme y salgo de la ducha para secarme, me gusta sentir la diferencia de temperatura que hay detrás de la mampara. Me tomo mi tiempo para secarme. Secarse las piernas con esta cantidad de pelo es aburrido, no acabas nunca. Me pongo ropa interior holgada, cómoda, para dormir a gusto. Pero antes voy al frigorífico a por otra cerveza y algo de comer. Como y bebo mientras leo algo, algo de alguien que he leído muchas veces. A veces creo que le comprendo. Otras muchas no. Pero me engancha. Es algo de lo que nunca te cansas. Leer algo te transporta, te eleva. Te hace dejar de sentir el suelo, la suciedad del alma, la miseria que te escupen los demás.

Me meto en la cama, quedándome con las ganas de volver a leer eso que ya he leído cientos de veces. Pero de alguna forma, me alegra saber que mañana volverá a estar ahí encima, esperándome en la estantería. Lo abriré, me recibirá con su seductor olor, con su sepulcral silencio y con esa fuerza única que hace que pueda soportar que el mundo vuelva a ensuciarme el alma mañana.

Despierto. Tras lo que parecen veintitrés millones de vueltas en la cama. Esperando el momento de volver a encontrarme con mi viejo amigo que espera en la estantería.

El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco.

Diego Carrera Martín

Proyecto de deshumano. No sé si libre, pero pensador. Practicante de la resignación. Misántropo. Estudiante de filosofía.

Linda y Charles

 

Linda, una obrera como muchas otras, salió una mañana dispuesta a hacer su tarea diaria, como muchos de los demás días de su vida. Fue al trabajo, era casi una jornada de sol a sol. Quién diría que la pobre Linda aguantaría toda esa cantidad de trabajo… Era paciente, constante, obediente, trabajadora, conformista. ¡Era la obrera perfecta!

Acababa su trabajo y hacía los recados que su hogar demandaba antes de volver a él después de su jornada de trabajo. No tenía ninguna expresión de queja para los suyos al llegar a su casa. Ninguna expresión de cansancio irrumpía en los diálogos que ocurrían entre la familia. Toda ella era bondad, ya no solo para los suyos, también con cualquiera que acudiera a ella de forma respetuosa y amable. Era alguien a quien una gran mayoría de las personalidades de su alrededor denominarían como «buena». Linda era buena.

Charles, un ciudadano perezoso y un desastroso trabajador. Alguien sin casi escrúpulo. No tenía ningún amigo de verdad, pero no le importaba. Tampoco le importaba lo que dijera o hiciera el resto. Aunque eso fuera beneficioso para uno mismo. Charles prefería no dar un palo al agua, prefería pasar el tiempo sin hacer mucho más que existir, por decir algo. No había formado una familia propia, ni siquiera se había ido de casa de sus padres. Realmente nunca se lo había planteado. Vivía bien allí, vivía cómodo, sin preocupaciones. Se portaba mal en su hogar familiar, era irrespetuoso, era un sinvergüenza, era alguien realmente despreciable.

Un día, por la calle, Linda y Charles se cruzaron. Linda se dirigía a su jornada diaria y Charles a dar un paseo. El cielo se oscureció de repente y cayó aplastando a Linda y a Charles, y a todo lo que ellos eran.

Esta es la historia de Linda y Charles, dos hormigas aplastadas por un humano que, simplemente, pasaba por allí.

 

Diego Carrera Martín

Proyecto de deshumano. No sé si libre, pero pensador. Practicante de la resignación. Misántropo. Estudiante de filosofía.

Suscríbete al magazine por correo electrónico

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir notificaciones de nuevas entradas.

Únete a otros 3.080 suscriptores

Estadísticas del sitio

  • 77.737 visitas

Un sitio de confianza

Publicidad local

 

 

 

 

Galería de Fotos

Acceder | Designed by Gabfire themes