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Carolina Zarco
Historias escritas por carolinaplaza
Técnico en Desarrollo de Aplicaciones Informáticas y en Gestión de Empresas. Apasionada por el arte y las letras.

Insomnio

Despierto sobresaltado una noche más. Las 3 de la mañana y parece como si el sudor frío que recorre mi espalda se moviera al compás del segundero del reloj de la mesita.
El aliento entrecortado y esa extraña sensación en la nuca.
Y así, noche tras noche, durante más de tres meses.

Mis ojeras empiezan a verse tan oscuras como las sombras de mi dormitorio.
Sombras desde donde noto como si ella me observase.
Ella, siempre ella.

A veces juro que puedo sentir su sonrisa. Sus ojos, chispeantes de júbilo.
Sus cabellos resbalando sobre mi rostro. Sus dedos ágiles jugando con los míos.
Su aterciopelada voz susurrándome “ven”.

Y después despierto.
Siempre solo, en una cama fría donde falta su calor.
Donde, aunque durante semanas me negué a cambiar las sábanas, su aroma ha desaparecido.

La falta de sueño amenaza con robar la cordura de una mente que comienza a nublar los recuerdos. Recuerdos cada vez más grises y nubosos, con franjas pintadas del gris borroso del humo de los cigarrillos.
No quiero olvidarla.

No puedo olvidarla, porque entonces la soledad será insoportable.
Sin su recuerdo, tan sólo quedaré yo, acompañado por mis remordimientos.
Remordimientos por haberla perdido. Remordimientos por cada una de las veces que ella dice “ven”, con la promesa de acabar con mi soledad, con mi desasosiego, y yo nunca voy.

A veces juro que puedo verla, más allá de esos rincones oscuros de mi mente que juegan a mostrarme cosas que no son. O quizá sí sean, y ella está ahí, tendiéndome su mano, guiándome hasta su regazo.

Diciéndome que me perdona. Que no fue culpa mía. Que me espera.
Y la veo salir de entre las sombras, oscura y radiante, cálida y gélida como sólo puede ser ella.
Diciéndome que no tema. Que ya pasó todo.

Y esta vez la acompaño, dejando que guíe mi mano hasta mi muñeca, para hacer que mi soledad y culpa desaparezcan tras un río carmesí.
Y al fin duermo, bajo el manto de paz y sosiego que sólo ella podía darme.
Ella, siempre ella

Carolina Zarco

Técnico en Desarrollo de Aplicaciones Informáticas y en Gestión de Empresas.
Apasionada por el arte y las letras.

Relato. El mal pastor.

Érase una vez que se era, un pastor con su rebaño.

Un hermoso rebaño de ovejas, de lana suave y perlada, perfecta para que el pastor pudiera tejerse jerséis, bufandas y otras bonitas prendas. Y no era el único bien que producían, también le proporcionaban leche en abundancia, con la cual hacía unos riquísimos quesos.

El pastor era feliz con su rebaño, no así su rebaño para con él. Eran ovejas de rostros lánguidos y enjutos, tristes y ojerosos.  Pastaban cómo autómatas, esperando a que el pastor llegara para cortarles sus preciadas melenas y estrujar sus ubres.

– No conocemos otra cosa -.
– Es lo que hay -.
– No nos queda más remedio -.

Así  balaban su conformismo. Les daba igual pasar frío sin sus pelajes en invierno o no poder alimentar a los jóvenes borregos sin su leche. Y al pastor tampoco.

A él no le importaba que sus ovejas se sintieran desnudas, privadas de lo que era suyo de forma natural mientras él tuviera sus buenos abrigos y mantas para afrontar el invierno y su buen queso para llenar la panza.

¡Pero ay de cuando las ovejas no le daban su sustento!

Entonces llegaba el momento que las ovejas más temían. El granero pasaba a ser cada vez más pequeño, teniendo que dormir muchas de ellas fuera, a la intemperie, totalmente a merced de los lobos. El pienso y el agua, reducidos. Para las ovejas más ancianas ni siquiera llegaba el pienso para todo el día.

Total, son viejas. Son prescindibles – le oían decir al pastor.

Otras muchas enfermaban, pero no había medicina para ellas. Las más valientes decidían huir de la granja, afrontando el miedo a lo desconocido, siendo su número mayor cada día que pasaba.

Un día, pasó por las cercanías un joven pastor que no tenía rebaño. Al ver a todas aquellas ovejas desaliñadas, hambrientas, enfermas y tristes, les ofreció un trato.

– Prometo daros pienso y agua en abundancia, un techo bajo el que cobijaros los días de lluvia, velar por vuestra salud y cuidaros en la medida de lo posible a cambio de que vosotras con vuestra lana y vuestra leche me ayudéis a hacer una buena granja dónde podamos vivir -.

Las ovejas miraron al desconocido pastor con recelo. Parecía un buen trato, pero ya habían oído muchas veces a su pastor prometerles cosas similares. Siempre decía que si todo iba bien, ampliaría la granja, que compraría mejor pienso o que ya no les quitaría tanta de su lana, pero nunca cumplía sus promesas.

– ¿Y si nos engaña cómo nuestro pastor? –
– ¿Y si después nos quita más lana que él?-
– ¿Y si acabamos en una granja mucho peor? –
– Ni hablar. Mejor malo conocido que bueno por conocer –

Así balaron su negativa y el joven pastor tuvo que marchar, apenado, dejándolas con sus miedos e inseguridades. Cobardes y conformistas, incapaces de cambiar sus rumbos.

 

 

Carolina Zarco

Técnico en Desarrollo de Aplicaciones Informáticas y en Gestión de Empresas.
Apasionada por el arte y las letras.

A los papás.

Julia era una niña afortunada aunque no era consciente de ello. Para ella, era normal levantarse y encontrar el desayuno preparado todas las mañanas, marchar a clase y ser despedida con un beso, llegar del colegio y ser recibida con un cariñoso abrazo o dormir bien arropada con un cuento de piratas. Todo ello era normal y ningún niño merece menos que eso.

También había momentos quizá no malos, pero sí menos buenos. Cómo cuando la regañaban por subir demasiado alto a los árboles o por jugar demasiado cerca de la carretera. O cómo cuando había coliflor para comer. Hoy era precisamente eso lo que encontraría al llegar a casa, lo sabía por el olor pestilente que percibía de la cocina pero no iba a permitir que eso le arruinase el día.

Hoy se había prometido a sí misma que sería un día feliz en el que sólo habría sonrisas y si para ello tenía que aguantarse algún puchero, lo haría. Daría su mejor esfuerzo por que nada estropease aquel día tan importante y por eso, pese a que aquel olor desagradable la acompañó hasta al autobús, se despidió con una enorme sonrisa pintada en el rostro.

En el colegio hoy también debía dar su mejor esfuerzo. La profesora de Plástica les había prometido que harían una preciosa sorpresa para un día tan especial como aquel. Toda la clase estaba ilusionada, todos sin excepción querían llegar a casa y sorprender a sus padres, ver sus caras al recibir su sorpresa y hacerles saber que eran los mejores padres del mundo y cuanto les querían. Pese a que a veces fueran regañones o hicieran coliflor para comer.

La mañana pasó rauda mientras Julia amasaba arcilla, la aplastaba con sus manitas y dibujaba delicados detalles con un trozo de palillo. Estaba ansiosa porque ésta secase para así poder pintarla de vívidos colores. No le importaban ni las preguntas incómodas de los demás niños ni las frases que la profesora dijo que debían poner. “Al mejor padre del mundo” y “Feliz día, Papá” no se ajustaban a lo que ella quería, pero no importaba. Decidió que ella misma inventaría su propia frase.

Todo el trabajo mereció la pena al llegar a casa. Ahí estaban como siempre los abrazos, las sonrisas y los “¿Qué tal ha ido el día, princesa?” y ahora ya no pesaban ni las uñas manchadas de arcilla ni los comentarios a hurtadillas de los otros niños.

“Julia es rara”
“¿Por qué no lo hace como nosotros?”
“¿Por qué no escribe lo que dijo la profesora?”
“¿Por qué lo hace más grande?”
“¿Por qué…?”

Porque Raúl y Manuel eran dos padres afortunados y eran conscientes de ello. Tenían una hija preciosa que iluminaba sus vidas desde el día en que pudieron traerla a casa. Podían cada mañana prepararle el desayuno, verla partir al colegio despidiéndola con un beso y recibir un cariñoso abrazo al llegar a casa o arroparla y contarle su cuento de piratas preferido antes de dormir. Y hoy les había hecho un precioso plato de arcilla, pintando con sus pequeñas manos “A mis papás, los más buenos del mundo”.

Todo ello era normal y ningún padre merece menos que eso.

 

 

Carolina Zarco

Técnico en Desarrollo de Aplicaciones Informáticas y en Gestión de Empresas.
Apasionada por el arte y las letras.

NARRATIVA. Idénticas

7:00 a.m., suena el despertador.

Hoy me cuesta la vida misma salir de la cama, pero tengo que prepararle el desayuno a María o no llegará a tiempo al colegio. Bajo las piernas, noto el suelo frío bajo las plantas de los pies. Parece que su efecto me vigoriza. Voy hasta el baño. Me miro al espejo. Veo una mujer que aparenta más años de los que tiene, con el tinte color rojo número 7 empezando ya a deslucirse. ¡Y vaya ojeras! No debería quedarme hasta tan tarde estudiando, pero no me queda otra. Lo hago por María, para darle una vida mejor. Bueno, y por Fran. Hay que ver lo bueno que es conmigo, todo lo que me ayuda. Nunca protesta. Pero sé que no le gusta mi actual empleo. Empleo, por llamarlo de algún modo. Los exámenes de acceso son a finales de mes y tengo que conseguir aprobarlos. No, no tengo que conseguirlo. Voy a conseguirlo. Siempre he sido una chica lista, o eso decían mis profesores en el instituto. Estudiaré enfermería y conseguiré un buen puesto en algún hospital o clínica. Pero de momento, toca preparar el desayuno, llevar a María al colegio y salir a trabajar. Hoy no conseguiré tanto dinero, no puedo estar tantas horas. Le prometí a María que la llevaría a casa de su amiga a las 18:00. Ya la oigo trotar por el pasillo desde su habitación. A Fran hoy le ha salido una chapuza en el barrio y no llegará hasta la hora de comer. Al menos podrá recoger a la niña y ocuparse de que coma a su hora mientras yo trabajo. Mientras María desayuna sus cereales viendo los dibujos, aprovecho para meter en el bolso un vestido y unos tacones. Comienzo a maquillarme frente al espejo. Rímel, sombra de ojos, polvos compactos, barra de labios. Las pinturas de guerra del día a día.

Después de dejar a la niña en el colegio, de saludar a las demás madres y no sentirme a mí misma como una extraña, llega el momento de ponerme la máscara. Saco el vestido y los tacones del bolso y voy en el coche hacia mi zona habitual. Ahí ya nos conocemos todas y no hay percances. Me sitúo cerca del portal en el que siempre me pongo y espero. Muestro mi mejor sonrisa a todo aquel que mira durante más de un segundo. Nunca se sabe quiénes pueden ser clientes o no. Sigo esperando. La crisis se ha cebado con todos los sectores y este no ha sido menos. Al fin se acerca el primer cliente. Es Ignacio, un habitual. Es limpio y educado. No todos son así. Algunos son verdaderamente repugnantes. Nos encaminamos hacia el hotelito que hace esquina y pido lo de siempre. Ignacio paga. Subimos a la pequeña habitación y hago lo que tengo que hacer. De momento no me queda más remedio si quiero pagar las facturas. Con los trabajos puntuales que le salen a Fran no nos alcanza. Pero eso cambiará. Aprobaré los exámenes, estudiaré por las noches y conseguiré un buen empleo. Cuando salgo del hotel, llega otro cliente. Parece que está siendo buena mañana. Podré comprarle unas zapatillas nuevas a María. Las que tiene están demasiado viejas y en invierno se le mojarán los pies. Otro cliente más. Huele a humo de cigarrillos, orujo y naftalina. Cierro los ojos y me concentro en hacer mi trabajo. Repaso mentalmente la lista de la compra. A la vuelta tengo que comprar cereales, María se los ha acabado esta mañana. Y yogures. A Fran le gusta desayunar yogures. Que ganas tengo de llegar a casa. De darme una buena ducha. Hoy puede que hasta llene la bañera. Ha sido una buena mañana y por despilfarrar un poco de agua caliente un día no pasa nada. Fran seguro que lo entenderá. Siempre lo entiende todo. Incluso con María, a pesar de que no sea hija suya. Tengo que ser fuerte. Por ellos dos. Pero sobre todo por mí misma. Porque sé que puedo serlo. Porque estoy orgullosa de serlo.

Carolina Zarco

Técnico en Desarrollo de Aplicaciones Informáticas y en Gestión de Empresas.
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