Archivo de autor
Carlos Muñoz
Historias escritas por carlosmuñozplazabierta
. Madrid, 4 de agosto de 1968. Madrileño de 4ª generación. Compagina su labor literaria, con la escultura y la pintura. Deportista y amante de la naturaleza, aprovecha cualquier excusa para huir de su Madrid  e ir a cualquier sitio “con un poco de verde”.

La realidad que no vemos. Submundos

 

 

Antes de acostarse, Pablo había echado una enorme miga de pan suizo que le había sobrado de la cena, al retrete. Después, se puso a contemplarla. Había crecido en tamaño debido a la absorción de agua y flotaba pesadamente, como un iceberg de harina de trigo.

Pablo orinó sobre ella. Era uno de los pocos placeres infantiles que tenía el hecho de vivir solo. Había tomado un par de cervezas y la micción fue de un calibre extraordinario; un pequeño lago Baikal era lo que ahora se representaba en la mohosa taza higiénica de aquel piso. Un apartamento precioso: treinta metros cuadrados repartidos a partes iguales entre mierdas, una cama de uno veinte, revistas con la fecha borrada y un hombre de cincuenta años que se debatía entre una relativa cordura y un tratamiento contra la esquizofrenia.

Cuatro días después, la miga de pan aún flotaba verdosa. Pablo había cagado en bolsas de plástico, por no estropear el hermoso ojo de mujer que se había formado.

En la mañana del sexto día, Pablo reconoció la mirada de su madre;
– ¡No me mires, madre, no me mires!

Se desnudo y volvió a orinar por decimoséptima vez sobre la miga de pan.
– ¡No me mires!

La miga de pan, finalmente, se deshizo y los pequeños trozos se hundieron en el fondo del retrete. Pablo tiró de la cadena, mandando a las cloacas cualquier atisbo de maternidad. Había sido un parricidio en toda regla.

Los días siguientes, Pablo no se levantó de la cama; la culpabilidad y el miedo le tenían anclado al colchón.

Con un lápiz de sombra de ojos escribió en su pierna una frase «Creo que puede que haya creado algo». Después, se tomó todas las pastillas de Clozapina que le quedaban. Y es que la voz de Vicent Price había empezado a susurrar su nombre a través de todos los sumideros de la casa.

Carlos Muñoz

. Madrid, 4 de agosto de 1968. Madrileño de 4ª generación. Compagina su labor literaria, con la escultura y la pintura. Deportista y amante de la naturaleza, aprovecha cualquier excusa para huir de su Madrid  e ir a cualquier sitio “con un poco de verde”.

Rebotes

 

 

Era muy evidente que el espejo del cuarto de baño no reflejaba el Plano invertido de realidad que tenía frente a él, sino el anciano rostro de un hombre que se estaba afeitando. Y es que los reflejos se habían vuelto caprichosos, mostrándose fuera del lugar donde se producían. Hace dos días, por ejemplo, el mío, mientras miraba el escaparate de una sex-shop, apareció en un probador del Corte Inglés, mientras una señora entrada en carnes se probaba un traje de chaqueta para la boda de su hija. Mi reflejo, imagino que con un injurioso semblante, lejos de atemorizar a la señora, hizo que ésta mantuviera una relación pseudo-sexual con mi otro yo, el cual eyaculó/eyaculamos, rompiendo el espejo y haciendo que la futura madrina de bodas, penetrara en ese ignoto, Otro lado.

Hoy, a pesar de ser sábado, me he levantado pronto, victima de un deseo irrefrenable por follarme a una señora entrada en carnes.

Fuera de este mundo, qué sé yo dónde, mi bilateral simetría vende entradas con derecho a consumición en un Peep-Show del Barrio Rojo de Amsterdam.

Carlos Muñoz

. Madrid, 4 de agosto de 1968. Madrileño de 4ª generación. Compagina su labor literaria, con la escultura y la pintura. Deportista y amante de la naturaleza, aprovecha cualquier excusa para huir de su Madrid  e ir a cualquier sitio “con un poco de verde”.

Última voluntad

 

Últimamente un sueño demasiado real perturba mis noches: Un grupo de ucranianos malencarados entran en casa, me atan a la cama y con la dulce lentitud con la que la gravedad arrastra los cristales hacia el centro de la tierra, laceran mi cuerpo con todo tipo de instrumentos cortantes. Las sábanas se llenan de sangre y el dormitorio de impregna de un conocido olor a matanza. Ellos sonríen mientras van abriendo mi cuerpo y yo, que no siento dolor alguno, también sonrío, como si en el fondo supiera de la irrealidad del suceso. Les preguntó cuál es la razón por la que me están descuartizando, pero ellos únicamente se dedican a tararear la Rapsodia Rumana Nº1 de George Enescu, mientras siguen con su trabajo de carniceros. La escena es de lo más hermosa; música, sangre, un milenario ritual del que yo soy el protagonista. Uno de ellos, el más joven, introduce su mano izquierda en mi pecho y extrae de un fuerte tirón el corazón que hasta ahora, había bombeado inspiración a mis versos. Aún palpita. Después de mostrárselo a sus compañeros, el joven rumano, coloca el corazón con suavidad sobre mis labios. A la vez me noto vivir y morir; a la vez duermo y despierto. Los ojos se cierran. Y la verdad instituye sus dominios sobre un número finito de posibles improbabilidades.

 

Carlos Muñoz

. Madrid, 4 de agosto de 1968. Madrileño de 4ª generación. Compagina su labor literaria, con la escultura y la pintura. Deportista y amante de la naturaleza, aprovecha cualquier excusa para huir de su Madrid  e ir a cualquier sitio “con un poco de verde”.

Cuatro de agosto de 1938

 

4 de agosto de 1938. Protagonista 2º niño por la izquierda. © Henry Nyman.

 

Una historia Real.

En la mañana del cuatro de agosto de 1938, un proyectil de doscientos milímetros cayó sin explotar al lado de un grupo de niños que jugaban junto a la sede central del Banco Español del Río de la Plata, en plena calle de Alcalá.

Los niños se tiraron al suelo poseídos por una mezcla de miedo y curiosidad infantil.

Uno de ellos, incluso llegó a tocarla con la mano. Aquel muchacho de apenas once años, era mi padre.

El me contó la historia muchas veces, tantas que incluso he llegado a pensar que era yo mismo el que tocaba el metal aún caliente de ascua, deseoso de romperse en mil pedazos, de buscar su carne, mi carne, el propio pecado original del ser humano.

Sin saber como, aquella imagen quedó congelada por el ojo muerto de una cámara Kodak, propiedad de un periodista norteamericano, Henry Nyman; alto, rubio, de apenas veintiséis años, alistado por sueños románticos e idealistas en las Brigadas Internacionales.

Es curioso comprobar como hasta los momentos más privados del hombre como son el miedo y la muerte, son captados con la facilidad con la que dos dedos delicados cogen a una despistada mariposa.

Y es que Henry quiso reflejar su propio miedo en los ojos en blanco y negro de aquellos chavales, en los cascotes que caían de los edificios, en un cartel recién pegado sobre una  pared de granito de uno de los edificios que contempla la escena mudo: “Circo del Hielo, hasta el nueve de agosto improrrogable”.

La bomba fue recogida horas después por un camión militarizado que había sido requisado a una fábrica de harinas, entre una multitud de curiosos que se agolpaba en torno a ella, desoyendo las advertencias que un miliciano les hacía a base de gritos y gesticulaciones.

Henry Nyman siguió haciendo fotos, captando cada rostro, cada gesto, cada frase muda plasmada en sus fotos: Mi padre levantando la mano con la que había tocado a aquel mensajero de la muerte.

Llegó el nueve de agosto y el “Circo de Hielo” dejó de ser improrrogable para pasar a ser permanente. Los ocho miembros de la compañía, se quedaron anclados en Madrid, teniendo que subsistir de las quince o veinte personas a lo sumo que acudían a las siete de la tarde a ver el espectáculo que se dejaba ver en una pequeña carpa verde que se montaba en la explanada de las Ventas, al lado de la plaza de Toros.

El hielo de la pequeña pista duró poco más del cinco de agosto ya que después de aquella fecha se intensificaron los bombardeos, tanto de las baterías de artillería que se instalaban en los altos de los sembrados de la calle de Alcalá como de los miles de toneladas de trilita que caían del grito aterrador de los cazas alemanes, y el suministro eléctrico se cortó en la mayor parte de la ciudad, pasando la compañía de patinadores  a convertirse en malabaristas, payasos y contadores de cuentos casi todos alegres, de los que hacen olvidar la guerra.

La entrada era de a perra gorda.

Con el calor de aquellos días y sin luz  el hielo tardo menos de tres horas en descongelarse, formándose un tremendo charco de agua fresca, al menos de momento y en el que todos las madrileños, sobre todos los niños y los que tenían un mismo corazón que ellos, acudían con los pantalones remangados o en plenos calzones, a remojarse un poco.

Henry Nyman estaba allí y captó con su cámara, aquella laguna artificial poblada de aves y el reflejo plateado de sus siluetas.

Y mi padre también, con la camisa de blanca de lino empapada y una sonrisa que ha perdurado, abriéndose paso entre los mares de llanto de aquellos días.

El nueve de agosto de 1938 un obús de doscientos milímetros atravesó el muro de la calle de Cañizares, número tres, entrando en la casa de mi madre y atravesando sin explotar, el salón, el cuarto de baño, la cocina y un pequeño cuartito que hacía las veces de despensa.

Mi madre estaba jugando con su hermana a las princesas, pronunciando un sinfín de nombres inventados todos ellos terminados en “inda”.

La pared se rompió y un siseo de una serpiente gigante se escuchó en toda la casa. Tras ello, el segundo derecha, su hogar, se llenó de agujeros en las paredes y los cabellos de los dos niñas se tornaron blancos del yeso que caía como la nieve del techo.

Unos instantes después en el número cinco de la misma calle el cielo se cayó con las mil tormentas que se guardan en un proyectil pesado de artillería. Estalló, abriendo su boca de hierro colado Germano, derribando todo el edificio, el cinco…Nueve y cinco, trece, que mal número.

Murió mucha gente aquel día. Era pronto y en los cuatro pisos viejos de aquella casa mucha gente estaba aún soñando.

Henry Nyman soñaba en aquel momento con aquel niño que tocaba una bomba en la calle de Alcalá.

Mi madre y su hermana, salieron aterradas de la casa que se tambaleó como un castillo de naipes, abriendo el portal y entrando en el mundo de polvo y gritos en el que se había convertido la calle.

Un enorme montón de escombros se apilaban al lado de la casa de mi madre, sujetándola milagrosamente, como el contrafuerte de una iglesia románica.

Sirenas, camiones pintados de verde que acudían al lugar, soldados corriendo de un lado para otro y en medio de todo una niña de diez años de pelo caoba que sin darse cuenta encuentra una cámara de fotos Kodak prácticamente destrozada entre los escombros llenos de brazos y piernas muy parecidos a los de muñecos y que sobresalen como las estacas clavadas en un campo de alambradas, pero con su cargamento de miradas ciegas intacto.

Después la llave de cuerda del tiempo que empieza a colocar de nuevo las piezas de un puzzle en su sitio.

Aquella cámara permaneció sin abrir hasta el fin de la guerra, guardada en la alacena de la cocina, dentro de una caja de cartón que a veces le cantaba nanas y consolaba el llanto norteamericano por el amo perdido.

En 1948 un chamarilero, compró a mi abuelo materno la cámara y su secreto contenido por siete pesetas y en el mes de agosto de ese mismo año, Ernest Thorpe, fotógrafo también Norteamericano, compró en el Rastro aquella cámara rota, llena de tesoros ignotos.

El fue el primero y único que la abrió en su casa de campo de Norfolk, una tarde de lluvia atlántica.

El doce de octubre de 1952 mi padre y mi madre se casarón, jóvenes, agarraditos de la mano, enamorados, no hubo fotos.

Hubo que dar de nuevo cuerda al tiempo para que yo viniera de quién sabe donde y de que mi padre me contara aquella historia casi borrada de la bomba que no explotó y de aquel extranjero joven al que dedicó su sonrisa y que mi madre, mientras me tenía en su regazo, aún con el miedo en el cuerpo relatara aquella vez en que un obús casi la mata y de su inusual hallazgo.

El quince de diciembre de 2006 murió mi padre y con él se fue su sonrisa y su mano mágica y templada.

Hoy es 26 de diciembre y tras comer con mi madre y dar un paseo por el Paseo de Recoletos, me he sumergido en una exposición de caracolas y poemas de Pablo Neruda, que se deja ver hermosa en la ahora Sede Central de Banco Español de Crédito, en la calle de Alcalá.

Y entre rimas, versos y olor a agua salada, en una de las paredes de la exposición he visto una foto, grande, ampliada decenas de veces y bajo ella un comentario de apenas dos líneas: “niños en la calle de Alcalá al lado de un proyectil sin estallar. Uno de ellos incluso la toca con la mano. Agosto de 1938. Foto encontrada por Ernest Thorpe en una cámara comprada en el Rastro de Madrid. Atribuida al joven fotógrafo Henry Nyman. Fallecido en los bombardeos sobre Madrid de ese mismo año.”.

Por primera vez he visto la sonrisa de mi padre, tantas veces contada y dibujada en mi mente y sentándome en el suelo me he puesto ha llorar, rodeado de conchas y poemas de Pablo Neruda…”

Carlos Muñoz

. Madrid, 4 de agosto de 1968. Madrileño de 4ª generación. Compagina su labor literaria, con la escultura y la pintura. Deportista y amante de la naturaleza, aprovecha cualquier excusa para huir de su Madrid  e ir a cualquier sitio “con un poco de verde”.

La ventana

 

 

Descubrir que al abrir una ventana el mundo ha cambiado es propio de los sueños o tal vez de la pesadillas, todo depende de aquel que se acerque a ella y gire su pestillo.

Pero aquella mañana no fue ni una cosa ni la otra, sencillamente sucedió y merece la pena que sea contado, o soñado, o vivido, quién lo sabe.

Dormía aún Ginés en el pequeño saco de arpillera relleno de paja que le hacía las veces de colchón.

Aquella noche había tenido suerte y antes de que el frío se le empezara a clavar en los huesos encontró, entre los edificios derruidos, uno que todavía se mantenía en pie, lo mismo que un árbol quemado en mitad de un incendio extinto.

Era una pequeña casa de dos plantas toda ella de ladrillo. Tres peldaños daban acceso a una puerta de madera pintada de verde y completamente desconchada, con una aldaba de bronce en forma de cabeza femenina.

Con toda su vida a cuestas Ginés, subió los tres escalones y empujó levemente la puerta que se abrió tan fácilmente como un libro de hojas aún sin escribir. Ginés tuvo la impresión de que ni siquiera había alcanzado a tocarla.

Con paso lento atravesó del dintel de la puerta. Un fuerte olor a cerrado llenaba el espacio. Apenas había luz y Ginés rebuscó en los bolsillos de su gabán lleno de niebla buscando un mechero de plata que creía tener desde hacía algún tiempo y que le había regalado un señor muy fino, vestido con un abrigo de piel negro que salía del Palacio de la Opera “ten amigo, para que ilumines tu vida, algún día te hará falta“.

Y Ginés que únicamente buscaba aquel día unas monedas para proveerse de un poco de licor ilegal extendió su mano y con un “gracias señor” agradecido cogió aquel presente, guardándoselo rápidamente en el bolsillo del gabán y saliendo con paso renqueante calle arriba.

Al fin, encontró el encendedor.

Le costó encenderlo pues él nunca había tenido uno, lo más parecido alguna caja de cerillas. Frotó varias veces el pequeño rodillo que activaba la chispa hasta que al fin, una pequeña llama mitad anaranjada, mitad azul brotó, lo mismo que el genio de una lámpara maravillosa, iluminando levemente el lugar que hasta hace unos instantes se cubría de negro.

Se trataba de una única habitación muy grande y con unas escaleras de caracol al fondo.

Estaba llena de enormes muebles cubiertos de polvo; un gran aparador de madera oscura apoyado sobre la pared de la izquierda y sobre él un hermoso espejo dorado de buen tamaño,  a la derecha un piano de pared aún con la tapa abierta y una banqueta, como si alguien lo hubiera estado tocando hacia poco. Ginés se acercó a él y con un dedo tocó tres de sus teclas, dos blancas y una negra, llenando el aire de recuerdos sonoros de una infancia perdida, de un niño de pantalón corto sentado frente a un piano y tocando también con un dedo esas mismas teclas.

En el centro de la estancia una mesa redonda con seis patas rematadas en garras de león y  ocho sillas muy robustas, completaban todo el mobiliario.

Las paredes estaban forradas de una tela rosada en la que se dibujaban diferentes tipos de flores exóticas y colgados en ellas, vivían cuadros de diferentes tamaños y motivos; marinas, montañas nevadas.

Sin duda aquella había sido la casa de alguien que había sido feliz. Toda ella, a pesar de los años que llevaba cerrada y llena de olvido, rezumaba una paz que muy pocas veces Ginés había sentido.

Con el mechero encendido, avanzó hasta la escalera y comenzó a subirla lentamente, recreándose en lo hermoso que tuvo que ser aquel lugar.

Contó los escalones, era algo que siempre le gustaba hacer. Treinta y cuatro. Tras el último, el segundo piso. Un pasillo largo, cubierto por una alfombra rojiza, con una puerta al fondo.

El suelo de madera que dormía bajo la alfombra crujía con cada uno de sus pasos que ahora cada vez eran más rápidos, algo temerosos ante la incertidumbre de lo que habría tras de aquella puerta.

 La pequeña llama apenas espantaba la total oscuridad en la que el pasillo se envolvía, creando una muy tenue burbuja de luz.

Al fin llegó a la puerta y con decisión giró el pomo y la abrió.

Tras ella se escondía un amplio dormitorio, presidido por una cama metálica carente de colchón y a la que acompañaban dos mesillas estilo imperio algo arañadas y un armario ropero destartalado que con sus puertas abiertas de par en par, mostraba ruborizado su desnudez.

Era la única estancia en la que había ventana, aunque no demasiado grande y cerrada con una persiana de tiras de madera. Y sobre la cama un gran cuadro, el retrato de alguien.

Ginés acercó el mechero al lienzo y contempló con sorpresa como en él estaba representado con gran maestría aquel mismo hombre que hacía tiempo le había regalado el mechero que con el que ahora se defendía de la oscuridad.

Se quedó mirando un rato al cuadro….”Gracias de nuevo señor” fue lo primero que salió del corazón de Ginés.

Era extraño, pero aquel hombre, las dos veces que Ginés, le había visto, aquella noche, saliendo de la Opera, con ese andar ondulante y en el óleo que la pompa de luz de su propio mechero iluminaba, había tenido la extraña sensación de que le había visto muchas veces, tantas como cuando dos espejos se colocan el uno frente al otro, creando un pasillo infinito y circular llenos de miles de puertas que no llevan a ninguna parte, nada más que a la locura o al Paraíso.

Verdaderamente Ginés no sabía la causa de ese cosquilleo que le empezaba en la boca del estómago y le subía hasta la barbilla, quedándose allí, jugado con los dientes de su mandíbula inferior.

Llevaba Ginés viviendo en la calle veinte años de los treinta y cinco que tenía y, entre los arrabales y las amplísimas avenidas llenas del farolas de las barrios ricos del Centro, había visto un número casi ilimitado de rostros, de personas que cruzaban a su lado, ignorándole como si fuera una parte más del mobiliario urbano.

Otros mirándole de reojo y soltándole una moneda de cobre, disimulando, como si los cinco céntimos hubieran caído del cielo.

Ginés borraba todos aquellos rostros casi de inmediato. No quería recordar nada de ellos; no por odio, sino porque le recordaban lo miserable que era su vida, la vida en general, incluida la de aquellos pobres maniquíes remilgados que movidos por hilos invisibles sólo vistos por él, iban de un lado para otro con aire pomposo.

Cabezas huecas. Ni siquiera saben tocar el piano.

Sin embargo, la amable cara del hombre del abrigo negro, la misma que estaba pintada en el dormitorio en el que ahora se encontraba, esa, esa no la había olvidado.

El pelo blanco, cara alargada, los ojos azules y redondos, muy parecidos a los de un pájaro, la boca grande y de labios huecos…Y aquel regalo generoso, adornado de palabras amables. Cómo iba a olvidar Ginés aquello.

El gas de mechero debió de agotarse porque de repente, la llamita empezó a encoger haciéndose tan pequeña y de un azul tan intenso que mismamente parecía el ojo de cristal del gato tuerto de la señora Serra, una viuda gorda y ricachona, soltadora de monedas de cinco céntimos en las calles lujosas de la ciudad.

Y de repente todo quedó negro.

La oscuridad recordó a Ginés que era de noche y que el cansancio empezaba a tirar de él hacia abajo, de modo que sacó de su “casa a cuestas”, un saco pequeño de arpillera relleno de paja y lo colocó sobre el somiere de muelles de la cama metálica a modo de colchón, tumbándose sobre él y quitándose únicamente las botas de cordones y puntera sonriente que le acompañaban desde que hiciera el servicio militar.

Estuvo un rato echado boca arriba, escuchando el relajante silencio de aquella casa, de aquella habitación que le había acogido como al hijo pródigo quedándose dormido, sin que se diera cuenta, como siempre le sucede.

Para Ginés el sueño no existe. El nunca duerme porque no lo necesita. “si no tengo sueños, ni nada en lo que creer, para qué voy a dormir”.

Pero cada noche cae rendido en los brazos de un río de pianos que le transportan a un mundo en el que él navega sobre uno de ellos, un majestuoso piano de cola, de color caoba que la habla con corcheas y semifusas.

Ginés solamente ríe cuando duerme, él no lo sabe, pero el retrato de la pared sí.

Se ha hecho de día y Ginés duerme aún  en el pequeño saco de arpillera relleno de paja que le hace las veces de colchón.

A través de la persiana de la ventana, la luz se filtra incidiendo sobre la cama, produciendo un hermoso efecto de luces, casi místico, de un mundo que no es éste.

El polvo en suspensión que vuela libre y silencioso por la habitación brilla, lo mismo que un mini universo lleno de pequeñas estrellas. Cada una es un deseo no cumplido de Ginés.

Sus ojos se han abierto. El no durmiente se queda un rato tendido sobre la cama, mirando al techo del que ahora es posible entrever una pequeña lámpara de cristales redondos.

Ginés, agarrándose con una mano al cabecero de la cama se incorpora lentamente, lo mismo que el remolón levantar de una espiga de trigo tumbada por el viento, y se queda sentado sobre la cama, con la mirada puesta en la ventana, la única de todo el edificio.

Se levanta y se acerca a ella,  descorriendo suavemente unos descoloridos visillos de terciopelo rojo.

Una para cada lado, que producen sobre la barra cilíndrica que los sustenta un siseo de serpiente.

Después tira hacia abajo de la cinta de la persiana que comienza a ascender lo mismo que un puente levadizo de un castillo de piedras negras. Poco a poco, la claridad va inundando la habitación  hasta que acaba llenándose completamente de una luz blanca y deslumbrante que brota de más allá de los cristales de la ventana. Ginés respira hondo, una, dos veces, y después, con un ligero movimiento de muñeco levanta la falleba que cierra las dos hojas de la ventana, abriendo una de ellas y asomándose con los ojos muy abiertos y curiosos al mundo que esa misma noche le había llevado de la mano hasta aquel lugar.

Pero afuera no hay calles, ni árboles, ni títeres pomposos paseando, ni tan siquiera el brillar el sol. Sólo hay una casa brillante como una luciérnaga, exactamente igual a la Ginés se halla, también con una ventana, abierta, como ahora la suya, y con alguien mirando sorprendido, lo mismo que él, que yo, que el señor del abrigo negro que le regaló el mechero que ahora entra por la puerta de la habitación de la casa de enfrente situándose detrás, a escasos pasos del hombre que le está mirando.

Ginés siente tras de sí la presencia de alguien, su calmada respiración, el olor a perfume caro. No tiene prisa por saber de quién se trata pues ya lo sabe, hace mucho tiempo que lo sabe.

-Hola Ginés. He venido a buscarte.

-Ya lo sé señor. Tenga se le ha terminado el gas. Es un buen mechero sin duda

Y Ginés extiende su brazo con la intención de devolvérselo al caballero.

-No, mejor quedátelo tú, te servirá para seguir encontrando caminos. Ven, quiero mostrarte algo.

Los dos salen de la habitación y la puerta se cierra sola, impulsada por el deseo de una música de piano que ha comenzado a sonar en la planta de abajo.

En la casa de en frente Ginés y el señor de la Opera, continúan mirándose, reflejándose de ojos en un interminable libro de reflejos y casas de dos plantas con una sola ventana.

Una moneda de cinco céntimos ha caído sobre la acera, pero Ginés no la ha recogido, ya no le hace falta, el nunca tuvo hilos y ahora menos que nunca.

Carlos Muñoz

. Madrid, 4 de agosto de 1968. Madrileño de 4ª generación. Compagina su labor literaria, con la escultura y la pintura. Deportista y amante de la naturaleza, aprovecha cualquier excusa para huir de su Madrid  e ir a cualquier sitio “con un poco de verde”.

El uterino caso de Alberto Doe

 

«Fermina, la amable anciana que cada día me hacía la compra, falleció hace veinte días atropellada por un camión cargado de chatarra .

Al parecer, ella venía con prisa para ponerme los garbanzos en agua cruzando la calle por cualquier sitio, y no se percato de la llegada del camión que, sin apenas frenar, mandó a mi Fermina contra el escaparate de una Sex Shop, muriendo la pobre a los pocos minutos rodeada de consoladores y bragas comestibles.

Una pena, una terrible desgracia porque ahora ¿Qué hago? Padezco de agorafobia severa y no salgo de mi casa desde hace lo menos diez años. Fermina era la que se encargaba de toda la logística y de la relación con el mundo exterior. Decididamente estoy condenado; sin teléfono, sin Internet, sin pollas en vinagre…joder, que angustia, me estoy mareando.

La primera semana, fui víctima de un terrible ataque de gula y acabé con todas las existencias de conservas: Mejillones, berberechos, navajas, zamburiñas, se fueron todas a tomar por el culo. Todas acabaron en el retrete sin pena ni gloria; un genocidio de lamelibranqueos causado por un enfermo condenado a una muerte lenta por inanición.

Me pasé toda la tarde del lunes haciendo aviones de papel y tirándolos por la ventana del comedor que daba al paseo del General Repiso. En cada uno de ellos escribí el siguiente mensaje:

«Muy buenas tardes, o días, o noches, dependiendo de la hora en la que encuentren este desesperado mensaje. Mi nombre es Alberto y vivo en la sexta planta del número 46 de este paseo. Soy agorafóbico severo y necesito ayuda, pues no puedo salir de mi casa y mis reservas de alimentos está decreciendo muy rápidamente -no es hambre, es angustia-. No creo que pueda aguantar más de una semana. Por favor, les ruego su ayuda.» Aquella noche llovió torrencialmente; toda aeronáutica a tomar por culo, como las conservas…

Hoy es jueves. He dado boleto a toda la comida que tenía. Preparo una sopa con los geranios del balcón. Infumable. Me tumbo en la cama. Intento pensar, pero sólo consigo hacerme tres pajas. Guardo en un vaso mis fluidos corporales y los echo en la sopa de geranios. Tras un hervor, algo ha mejorado. Me tomo dos platos y tengo la sensación de que me he vuelto homosexual.

Domingo, día del señor. El hambre azota. Cojo un cuchillo   y me corto la oreja derecha. La cocino en su propia sangre, igual que la lamprea a la Bordelesa. Me sabe a gloria bendita. Cubro la herida con una gasa hasta que cesa la hemorragia; saldrá un buen caldo cociendo la gasa en caldo corto.

 Hoy se cumple un mes de la muerte de Fermina. Con la pierna derecha he tenido para casi seis días. Creo que he engordado. Soy un miserable; miserable, antropófago y marica. Decido suicidarme. Y para acabar con todo y dado mis estudios profesionales de electrónica,  huyo de la electrocución y me tumbo en el suelo esperando a que el tiempo me otorgue una muerte bien merecida;  por cagón, por cabrón. Cierro los ojos. Treinta y nueve minutos después abro los ojos. Vuelvo a tener hambre. Soy un mierda.»

© Carlos Muñoz

Carlos Muñoz

. Madrid, 4 de agosto de 1968. Madrileño de 4ª generación. Compagina su labor literaria, con la escultura y la pintura. Deportista y amante de la naturaleza, aprovecha cualquier excusa para huir de su Madrid  e ir a cualquier sitio “con un poco de verde”.

NO ESPERES MÁS… SUSCRIPCIÓN GRATUITA INDEFINIDA

Sólo tienes que dejarnos tu correo electrónico

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir notificaciones de nuevas entradas.

Únete a otros 6.358 suscriptores

Un libro que no te puedes perder

Jairo Junciel desgrana las peripecias de Aníbal Rosanegra para evocar un tiempo cuajado de intrigas, reyertas y aventuras, en un orbe en el que resuenan los nombres de Quevedo, Hernán Cortés o Calderón de la Barca. Rigurosamente documentada e inspirada por la obra de grandes autores del género como Alejandro Dumas, Rafael Sabatini o nuestro Arturo Pérez-Reverte 
Más AQUÍ »

 

Dos Rombos.

 

 

 

No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente, dijo Virginia Woolf. Julia rompe las arquitectónicas barreras del prejuicio, y nos ofrece una visión sin tabúes sobre sí misma, el amor, la sensualidad y la vida.

Compendio de Relatos y poemas eróticos ilustrados con 48 fotografías en Blanco y negro y color.

Autora: Julia Cortes Palma

Lo puedes adquirir aquí

Estadísticas del sitio

  • 147.445 visitas

Un sitio de confianza

Publicidad local

Ofertas especiales curso 2018-2019
Llámame +34 620174039

Restaurante El Rubio. c/ Caseríos del Sur.Piedrahíta, Ávila. España. Teléf: +34 920 36 02 10  haz clic aquí

Galería de Fotos

Similar Posts

    None Found

TE ACONSEJAMOS ESTE LIBRO SI TE PREOCUPA SU SALUD

Se puede encontrar en: El Corte Inglés, FNAC, AGAPEA, Casa del Libro, Librerías Picasso, Carrefour y on-line en amazon.es

8256 Remedios Naturales
Por José Enrique Centén Martín

Acceder | Designed by Gabfire themes