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Amparo Perianes
Historias escritas por amparoplaza
Escribidora de las pasiones. Me gusta más el fondo que el envoltorio de las personas. Filóloga inglesa.

El despertar de Petra

 

Soterrada en los bajos fondos, un edificio de ladrillos rojos y desgastados de un viejo bulevar, allí yace ella, cubierta bajo el manto del eterno desencanto de la soledad, con sus neuronas agarrotadas de tanto cavilar.

Allí está, acurrucada en sus rugosos pliegues, vieja, seca ya de mundo, con su marchita mochila desvalijada, incapaz de soportar el peso de las penas del pasado.

Allí está, replegándose sobre ella otro despertar, antes tan sabios, ahora perdidos en un mar de ingenuidad infantil, de siluetas naif. Sin trascendencia, sin descendencia, sin huella que dejar, añorando caricias de amor en su deambular.

Pero ahora, a la vieja arrugada ya nadie la viene a acariciar, nadie la viene a llorar, nadie la viene a secar los surcos de sus ácidas lágrimas en soledad. No hay vacío más grande que tener y no poder dar.

Mientras el tiempo arranca sus entrañas, agotada de esperar, se desvela en ese miserable sueño que no la deja despegar.

Un día, por fin, cerró los ojos, y ese día despertó del olvido.

Amparo Perianes

Escribidora de las pasiones. Me gusta más el fondo que el envoltorio de las personas. Filóloga inglesa.

El último viaje de Ingrid

 

Sus ojos grandes dejaban ver una mirada fría, pétrea, ácida, muy lejos del calor poscoital, puramente fisiológico que desprendía ahora su cuerpo.

Sus insinuosas curvas, sus pechos turgentes y grandes, ya cansados de soportar tanta indignidad. Sus labios ya no eran el refugio carnoso que buscaban ávidos sus amantes del pasado, un pasado limpio, fresco, en su tierra natal, donde el frío sólo se templaba por el paso milagroso del sol que le daba cierta tregua.

Aquella penuria que ahora añoraba había dado paso a su negra vida. Aquel frío gélido de su niñez se había convertido en un sol radiante, tanto ardía que ahora se le quemaba hasta el alma.

Todas las tardes despertaba, resucitaba sin llegar a vivir, a medias, dejando parte de su alma durmiendo para no sentir.

En ese estado meditabundo, sonámbulo, sin conciencia, sin éxtasis ni nirvana. Así, descendía a los infiernos envuelta en unas pocas gasas, las justas para poder después de despojarla volver a curar su alma.

Muda, sin habla se tendía sobre almohadas, sin contestar, temerosa, ya sin expectación. Sus labios se separan, su respiración se acelera, todavía sentía la débil resistencia de su alma, pero ya sus rodillas comenzaban a levantarse sobre el lecho, mientras el invitado avanzaba entre sus muslos y con su arma reforzada se hundía en sus entrañas.

Un día se atrevió a salir de su celda. Navegó por los gélidos mares de su infancia, mientras sofocaba el bochornoso calor de su vientre… ¡Tan lejos estaba!… ¿y si no vuelvo, y si me quedo en casa?.

Se enfrió su cuerpo pero calentó su alma, cambio sus gasas por la mortaja, pero ahora estaba libre de su trampa.

© Amparo Perianes

 

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Amparo Perianes

Escribidora de las pasiones. Me gusta más el fondo que el envoltorio de las personas. Filóloga inglesa.

La muñeca de trapo

Nerea antes de existir ya tenía vida. A su llegada, Nerea ya llenaba los huecos de las pipetas vacías del laboratorio empírico de la vida. Sus ojos grandes  todo lo observaban.

Nerea creció feliz hasta que un día se rompió la torre de cristal desde donde veía la vida. Sus pensamientos como un líquido caustico dejaban huella en su alma. Pasó de ser libre como el mar y el viento a estar presa en su propia existencia. Sus partículas se extinguían a medida que la vida pasaba buscando soluciones terapéuticas a esa metamorfosis corrosiva de su mente y de su cuerpo, soportando el dolor inhumano de su piel  en carne viva.

Nerea era valiente, decidida, y mientras curaba sus heridas quedaban en su recuerdo cada una de las cicatrices que iban dejando, resurgiendo como un ave fénix de sus propias cenizas.

Tan fuerte y resolutiva era Nerea que, a veces, su energía era absorbida por quienes la rodeaban y buscaban en ella el sustento de su vidas, que ella conocía mejor que nadie; hasta que un día se agotó la luz que guiaba sus pasos  del esfuerzo en proteger a quienes  amaba para que no sufrieran. Nerea se había transformado en una muñeca de trapo. Sus ojos ahora inertes y sin brillo cambiaron su semblante. Ya no era visionaria.

Nerea ya no podía curarse, necesitaba ayuda porque su cuerpo, ahora de trapo, se había transformando en una loneta desgarrada por el sol. Sus brazos caídos pegados a su agónico cuerpo, como si fuesen de plomo, le impedían abrazar la vida. Ya no tenía la ternura del abrazo, ni la suavidad exquisita que requiere una tierna caricia. Sus piernas ya no eran los pilares que la sostenían.

El hilo del trapo que fruncía su vida se deshacía. Ya no hablaba, sólo un lamento de vez en cuando que los demás no oían. Tanto se había desgastado su cuerpo que Nerea se extinguía.

Amparo Perianes

 

 

Amparo Perianes

Escribidora de las pasiones. Me gusta más el fondo que el envoltorio de las personas. Filóloga inglesa.

Los zapatos de Sabine

Los zapatos de Sabine

© Amparo Perianes

Amparo Perianes

Escribidora de las pasiones. Me gusta más el fondo que el envoltorio de las personas. Filóloga inglesa.

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