Un fallo judicial que se pagó muy caro

Profesor titular de Matemática Aplicada en la UPC y escritor y redactor de historia de plazabierta.com

 

Miércoles, 16 de octubre de 2019

 

Putsch de la Cervecería, el fallido golpe de Estado llevado a cabo por miembros del Partido Nazi alemán (NSDAP) comenzó en la tarde del 8 de noviembre de 1923 y fue desarticulado a la mañana siguiente.

Con 24 años de edad, Hitler se instaló en Múnich y se escabulló del Servicio Militar en su país. Intereses cruzados evitaron que diez años después fuera expatriado a Austria. En efecto, el 8 de noviembre de 1923 las autoridades bávaras (dispuestas a una secesión promonárquica) daban un mitin en una cervecería muniquesa (abarrotada por 3.000 personas) cuando Hitler y sus secuaces (un grupúsculo aliado menor de los oradores) irrumpieron para declarar derrocado al Gobierno de la República de Weimar (el nombre popular de la nueva República que había sucedido al Imperio Alemán).

En este golpe (el ‘putsch’ de la cervecería) actuaron escuadrones de asalto hitleriano, hubo 20 muertos (cuatro de ellos policías). ‘La crueldad impresiona’ era su afán. El presidente de la República, un socialdemócrata, aplicó del artículo 48 de la Carta Magna por el que disponía de amplios poderes para mantener el orden constitucional y la seguridad pública. En los 15 años que duró la República de Weimar este artículo se aplicó en 136 ocasiones.

En su espléndido libro ‘El juicio de Adolf Hitler’ (Seix Barral), David King cuenta cómo Hitler huyó y fue detenido, tras unos meses de prisión preventiva viviendo a cuerpo de rey, él y otras nueves personas fueron juzgadas por ‘alta traición’. Ese juicio debía haberse celebrado en Leipizig, con un tribunal específico, pero de modo irregular se hizo en Múnich.

El juez Neithard tenía por objetivo proteger a las corruptas autoridades del Gobierno de Baviera para que no salieran a la superficie sus planes delictivos. De este modo, optó por no deportar a Hitler a Austria (como tanto temía éste, por implicar el ocaso de su carrera) y le consintió peroratas de tres horas seguidas con una dialéctica eficaz, llena de astucias e improperios que la prensa expandió con simpatía; una impresionante campaña de publicidad gratuita: “Levantarse contra los traidores de 1918 no puede ser alta traición”.Hitler fue condenado a cinco años de cárcel, pero sólo pasó uno dentro. En un informe, el director de la cárcel lo ensalzó como hombre tranquilo y razonable, humilde y carente de vanidad personal. Vivir para ver. En aquel período escribió su ‘Mein Kampf’. Ocho años después y tras unas elecciones democráticas, llegó a ser nombrado Canciller de Alemania.
Que la experiencia de la vida brillase por su ausencia se llegaría a pagar caro.

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