Condenados a vivir en sociedad

♦ Director de plazabierta.com

 

Viernes, 25 de octubre de 2019

Según el antropólogo , psicólogo y biólogo evolucionista británico, especializado en el estudio del comportamiento de primates, Robin Dunbar:  “Las grandes ciudades surgieron en el último siglo, pero nuestra vida social es la misma que hace cien mil años”.

 

 

El mencionado antropólogo viene a señalar que cerebro humano está preparado para relacionarse con 150 personas aproximadamente, esta cifra conocida con el “número de Dunbar”,  hace referencia al tamaño de la neocorteza cerebral y a su capacidad de proceso, que se repite a lo largo de la historia y atraviesa todas las culturas, si bien, nuestra evolución ha cambiado nuestra forma de relacionarnos con los demás.

Photo by Andrés Gómez on Unsplash

Ahora bien, independientemente, del citado patrón en la capacidad de inter-relación con los miembros de un grupo social y de cómo determinados órdenes sociales pueden funcionar en grupos pequeños, dato importante a la hora de establecer un límite en nuestro procesamiento de las relaciones sociales; es importante destacar cómo deben ser estas relaciones a efectos que, no solamente no impere el caos, sino lo más importante, para encontrar nuestro sitio en el mundo que nos rodea y, consiguientemente, nuestra felicidad, en la medida de lo posible.

Como dijo el filósofo Aristóteles (384-322, a. de C.): «El hombre es un ser social por naturaleza«, la cual viene a constatar que nacemos con la característica social que vamos desarrollando a lo largo de nuestro peregrinar por este mundo. 

Así pues, la socialización es un influjo entre el individuo y la sociedad, un proceso cuyo resultado, desde el punto de vista del individuo, consiste en interiorizar las pautas comunes de comportamiento y tratar de adaptarse a ellas.

En definitiva, nos necesitamos los unos a los otros para sobrevivir. Somos criaturas destinadas a vivir en sociedad, también condenadas desde una perspectiva más individualista, incluso misantrópica, respecto al límite que supone a nuestra propia libertad individual.

Relacionado con el tema de la líneas rojas, en cuanto que existe unas normas morales que debemos respetar  para una convivencia adecuada y pacífica con nuestros congéneres, siempre acompañada de grandes dosis de tolerancia en tanto no se sobrepasen tales líneas; nuestra vida es una continua interactuación con el resto de miembros que forman parte de nuestro grupo social, desde el centro más íntimo hasta la periferia, como ondas circulares de mayor a menor intensidad en dependencia y afectividad, lo que se traduce en la necesidad de encontrar nuestro dentro del grupo con el que interactuamos, búsqueda necesaria que repercutirá en nuestro propio bienestar y felicidad.

Aunque un poco misántropo, no comparto la disposición psicológica de rechazo y menosprecio a mis acompañantes vitales o especie humana en general, sino lo cansino que, a veces, resulta mantener tu vida en sincronización con la de los demás, no con la perfección de un reloj suizo, pero si lo suficiente para que no se quiebre en engranaje que hace que una sociedad prospere.

Volviendo a Aristóteles, con la intención de que mis amigos lectores den más solvencia a esta reflexión, se «es» en tanto se «co-es«, lo cual se traduce que el individuo (ser humano) tiene una dimensión individual y otra social. La primera referida a su fuero más interno y que configura su personalidad y su propio ser, mientras que la segunda viene referida a la relación de convivencia con la comunidad desde nuestro nacimiento, dando lugar a la coexistencia.

Ambas dimensiones, la individual como la social, inevitablemente están interrelacionadas, es decir, se retroalimentan, de manera que la evolución de una va a depender de la evolución de la otra. Es decir, en la dimensión individual la persona desarrolla sus cualidades aprendiendo a convivir en sociedad mediante un proceso que se conoce con el nombre de socialización, que comprende o agrupa el conjunto de aprendizajes que el hombre necesita para relacionarse con autonomía, autorrealización y autorregulación dentro de una sociedad que, finalmente, exige el respeto a unas normas establecidas por el propio grupo social, referidas como líneas rojas.

Dicho de otra manera, es cierto que todos y cada uno de los miembros del grupo social tenemos derecho a ser como somos y, consiguientemente, a ser respetados y, por lo tanto, no molestados por el hecho de actuar de acuerdo con nuestros derechos e intereses legítimos; derecho que conlleva necesariamente el correlativo deber respecto a los demás miembros del grupo social también de ser respetados y no molestados y, por tanto, actuar con el respeto y tolerancia hacia todos los que nos rodean, siempre dentro de la diversidad de opinión, de pensamiento, condicionados o pasados por el tamiz de nuestras propias experiencias y vivencias, como no puede ser de otra manera, para nosotros y para los demás, lo que se traduce, finalmente, en que no existen verdades universales ni absolutas.

Así pues, volviendo al principio, ya que estamos condenados a vivir en sociedad, hagámoslo más fácil…, reflexionemos sobre nosotros mismos pero sin perder la perspectiva de donde estamos y hacia donde vamos, o al menos, nos gustaría ir -suficiente para adquirir la energía que nos llevará a desarrollar nuestros proyectos-; pongámoslo en conexión con el mundo exterior al objeto de cumplir las exigencias marcadas para una correcta y adecuada convivencia, así como para valernos de los instrumentos que nos puede aportar para nuestro crecimiento personal y social, y añadamos a la pócima un mente abierta para intentar comprender y aprender de los demás. Así creceremos individual y socialmente.

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