Muertos sin dueño

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Lunes, 30 de septiembre de 2019

Escucho, y veo, las noticias y no tengo ojos para todo el llanto que mi interior acumula. La contumacia de los políticos, la contumacia de las políticas que de ellos emanan, en el tema de la violencia doméstica, mal llamada violencia de género, llamada por intereses ideológicos violencia machista, es propia de aquellos a los que les importa más imponer su razón que buscar una solución. Tómese contumaz en su primera acepción del diccionario: “Que se mantiene firme en su comportamiento, actitud, ideas o intenciones, a pesar de castigos, advertencias o consejos.”, o en la tercera: “Que se mantiene sin cambios y comporta daños”.

 

En 2004 se promulgó la ley de violencia de género. Una ley obsesionada por una visión punitiva del problema, una ley que 15 años después ha mostrado no solo su absoluta ineficacia, si no su incapacidad para enfocar correctamente un problema que año tras año se muestra más inclemente y preocupante. Aunque este desenfoque de la tragedia no es solo legal, es social, es educativo y por tanto es político.

Entre una izquierda radical que pretende apropiarse de las víctimas, y una derecha radical que pretende negar la existencia característica de la mayor parte de los casos, el ciudadano asiste espantado al diario recital de muertes inmediatas y de lacras futuras que el problema va vertiendo inclemente sobre la conciencia de las personas, mal llamadas, de bien. Esos mismos que pasados los siete días de carnaza informativa no volverán a acordarse de que existen personas en riesgo de muerte física, y de muerte psicológica colateralmente, hasta la próxima desgracia. Concentraciones, manifestaciones, eslóganes y apropiamientos interesados. Dolor temporal de los más cercanos, dolor infinito en los que han perdido a alguien querido y condolencias oficiales. Y se acabó.

¿Y la formación? Si uno observa con atención las documentaciones de los centros educativos observa que casi invariablemente hay un apartado de igualdad de género, unos cursos, charlas, iniciativas sobre igualdad. Desde las guarderías a los institutos. Todos hablan de igualdad, pero parece que lo único que hacen es eso, hablar, charlar, divagar, porque vistos los resultados reales no parecen particularmente instructivos. A lo mejor, a lo peor, es que la formación que adolece de un sesgo ideológico no es eficaz ni cuando tiene razón, porque el machismo crece entre los jóvenes y las jóvenes, entre los jóvenes y las jóvenas en lenguaje estúpido inclusivo, por si alguien no me había entendido, y eso demuestra hasta qué punto la contumacia de los responsables educativos elude la búsqueda de soluciones reales para promover las medidas populistas e ineficaces.

De nada sirve hablar si no se vive. De nada sirve educar si no se práctica la enseñanza. De nada sirve preocuparse puntualmente, momentáneamente, públicamente, si no hay un seguimiento eficaz y unas medidas preventivas que realmente busquen soluciones.

La violencia doméstica es una lacra social. No es moderna, no es patrimonio de un grupo ideológico o de un movimiento activista, la violencia doméstica solo demuestra una falta de empatía social del maltratador, y, en muchos casos, de la víctima y de sus entornos.

¿Sirve de algo una ley que condenaría a un culpable que la mayor parte de las veces se suicida? Creo que no. ¿Sirve de algo una ley de protección que no dispone de los medios imprescindibles para cumplirse? Me temo que no ¿Puede la sociedad garantizar protección a todas las personas en riesgo de convertirse en víctimas? No, con absoluta certeza no.

¿Y cuál es la solución? ¿Qué solución existe cuando, en algunos casos, es la misma víctima la que se pone en riesgo de serlo? ¿Gritar? ¿Señalar culpables? ¿Las pancartas y consignas? Tampoco. No existe una solución mágica y a corto plazo, que es lo único que les interesa a los activistas y a los políticos. No existe una solución mágica e inmediata. No existiría ni aunque hubiera un solo sexo sobre la tierra, porque, aunque se reivindique como de género, o machista, esta violencia nace del sentido de posesión, nace de la convivencia, y la suele ejercer el que se siente más fuerte, generalmente el macho, para asentar su dominio en una manada familiar, porque no sabe otra forma de hacer valer su predominio, su liderazgo, su propiedad.

Claro que así explicado se desmonta todo el entramado de posesión ideológica de las víctimas, y eso no interesa, pero tal vez, con esfuerzo, con tiempo, se podría atajar la sangría, aunque eso privara de armas arrojadizas a los que están más interesados en el clamor popular del momento que en la erradicación de la lacra. Al fin y al cabo a los clamores ciegos siempre se les pueden buscar réditos.

Pero esas soluciones convivenciales, que enseñan el respeto hacia el otro, sea del sexo que sea el otro, que explican que todos somos libres y por tanto no somos propiedad de nadie, que promueven la igualdad y el mutuo reconocimiento, no están entre las prioridades de los poderes que secuencialmente ocupan el poder. Porque un sistema educativo que promueva esos valores exige de un sentido ciudadano que puede llevar al libre pensamiento, y los librepensadores son un mal a erradicar por los políticos y los poderes que los sostienen, porque no son manejables.

Este, por más que escuchando lo parezca, no es un problema ideológico. Las víctimas no son de izquierdas ni de derechas, los muertos no tienen ideología ni deberían de ser propiedad de unos gritones. Los muertos, por el momento y mientras la ciencia no demuestre lo contrario, son lo más definitivo que existe en nuestro mundo, y una vez muertos les importa un ardite todo lo que los vivos enreden a su cuenta, en su nombre, usurpando esa paz que ya nadie puede quitarles.

Lo único que debería de importar es evitar más muertos, más víctimas de traumas colaterales, más propietarios del dolor ajeno, más diletantes inmorales que pretenden arrogarse la representación de aquellos que ya no tienen representación posible. Lo único que importa es desmontar un sistema de valores en el que lo único que nos mueve es la propiedad, la preponderancia, y en el que los medios no importan. Y si no reflexione ¿El acoso es un problema diferente del que hemos tratado, o simplemente es un estadio diferente del mismo problema? ¿El acoso no es una forma de violencia en un ámbito cerrado, como lo es el doméstico, el de pareja, el familiar? ¿Existe la violencia doméstica sin episodios previos de acoso familiar? Para mí no, pero en el ámbito doméstico existe una presencia de género rentable, que en el caso de acoso no siempre es aprovechable. En la violencia doméstica hay uno que mata y en el acoso puede haber alguno que se suicide, pero tanto en uno como en otro funciona la ley de la manada, el líder sin valores que usa cualquier medio para imponer su liderazgo, su insano liderazgo.

Todos somos maltratadores en potencia, en esencia. Todos, eliminada nuestra capa de civilización, tendemos a defender, con cualquier medio a nuestro alcance, nuestra posición en la manada. Todos podemos llegar a situaciones donde perdamos el control. El que esa pérdida de control se produzca antes o nunca, solo dependerá de nuestra capacidad, de nuestras capacidades, para entender nuestros procesos, asumirlos y educarlos. Lo demás para las próximas elecciones, lo demás para los de las pancartas y los gritos, lo demás para políticos y radicales.

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