La culpa es del chachachá

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Lunes, 9 de septiembre de 2019

Dice el dicho que nada es verdad ni es mentira, pero la realidad dice que hay ciertos temas en los que el cristal con que se mira no es de ningún color, es opaco ceguera. Y aunque esta circunstancia se da fundamentalmente en cuestiones puramente políticas tampoco es raro encontrarlo en otros temas que la política salpica.

 

Se ha publicado hace unos días un informe que alerta sobre la terrible incidencia de la obesidad en la infancia española. La obesidad crece en España al mismo ritmo que en EEUU, la obesidad crece en el país de la dieta mediterránea al mismo ritmo que en el país de la dieta basura, y la culpa, decían los medios de comunicación, es al parecer de la electrónica, que es como decir que la culpa es del chachachá.  

Resulta que los españoles engordamos porque nos hemos hecho adictos a jugar con las maquinitas y ya no salimos a jugar con nuestros amiguitos. Ya no jugamos al fútbol, hacemos senderismo o corremos detrás de los automóviles. Ahí queda eso. Lo que viene a decir que la tecnología está más implantada en España y en EEUU que en el resto del mundo. Ni china, ni Japón, ni Alemania, España es el país con mayor implantación tecnológica, al menos en el ocio, del mundo mundial, junto con EEUU. Y yo sin enterarme.

La obesidad no genética, y lo dice alguien que fue obeso y aún tiene riesgo de volver a serlo, es un trastorno de la alimentación que proviene de una educación escasa, cuando no inexistente, sobre las necesidades del  cuerpo y como atenderlas, sobre las opciones para alimentarlo y sobre las formas adecuadas de compatibilizar la necesidad de comer con la tendencia natural de almacenar recursos para los malos tiempos. Pero eso nadie se lo explica a los niños, a esos mismos niños a los que los padres ocupados y mal informados alimentan, sin rubor, con comida fácil proveniente de otras culturas, sin reparar en el daño genético, tal como demuestra la epigenética, que se produce por una ingesta repetida de productos sometidos al ultratratamiento de los alimentos y que proliferan en ese tipo de ingestas.

Si repasamos la legislación actual española veremos que, contra lo que está sucediendo en otros muchos países, está enfocada al mayor beneficio de los grandes productores y los grandes distribuidores, casi todos de capital extranjero, y que penalizan a los pequeños agricultores y comerciantes, a esos que forman el tejido pequeño-empresarial nacional y que trabajan con producto estacional, de proximidad y con una nula carga de transformación por manipulación.

Así que si la obesidad es culpa de la electrónica, la despoblación rural debe de ser culpa de la colonización espacial. Las leyes y los mitos creados para defenderlas nada tienen que ver con los problemas que se acaban detectando.

Los niños, y los adultos, engordan porque no hacen ejercicio, que también, no porque se alimenten con productos ultraprocesados, no porque se alimenten en cadenas de comida rápida y poco edificante, dietéticamente hablando, no porque abandonen por imposibilidad y desconocimiento una dieta que es la envidia del mundo entero. Los niños y adultos engordan porque se pasan la vida sentados, y en ese sedentarismo no consumen ensaladas de productos que, para poder ser transportados desde orígenes remotos, conservados y posteriormente comercializados, se cogen antes de su maduración, por lo que no tienen sabor, o son el resultado de transformaciones genéticas que garanticen dureza, producción y resistencia, -de la calidad y el gusto se olvidaron en el proceso-, y a cambio consumen pizza, palomitas o hamburguesas especialmente tratadas en sal y azúcar para que creen adicción y que acaban provocando, ¡ups¡, obesidad.

No, las leyes que obligan a los pequeños productores ninguneados, cuando no agredidos, por las grandes tramas de distribución, las grandes cadenas de comercialización, y las grandes empresas de transformación,  y los políticos que trabajan a su favor, a abandonar su actividad, a dejar sus tierras en barbecho, o prescindir de su ganado, y marchar a malvivir en la gran ciudad y dar a luz a unas generaciones sin anclaje vital, sin tradición productiva y sin la herencia de unos saberes que van desapareciendo, son las principales causantes del problema.

Así que comemos vegetales inmaduros o genéticamente modificados, lácteos transformados en productos extraños, carnes hormonadas y tratadas con productos que nuestro organismo no tolera, o pescados criados artificialmente que generan extrañas grasas y adolecen de una insipidez insoportable. Y todo ello a beneficio de un mito insostenible, la garantía sanitaria que se promete por ley y se incumple de forma práctica. La garantía, imposible, de la inocuidad de un montón de procedimientos y productos con sigla, tipo explosivo, que metemos a nuestro cuerpo con la promesa de que no nos van a matar fulminantemente, si no que nos van a ir matando poco a poco, sin que podamos relacionarlo directamente, salvo con estudios, como la epigenética, esa gran desconocida, que nos explica cómo nos vamos transformando interiormente con nuestros hábitos.

Cuando desprecio, con todo el desprecio que mi cuerpo puede contener, el argumento de la garantía sanitaria, y me quejo, con todo el dolor y toda la desesperación de las que soy capaz, de la política de acoso y derribo de los pequeños productores, del acoso al que algunos Eliott Ness de pacotilla destinados en lugares donde el productor es tan pequeño que raramente sobrepasa el autoconsumo, y ponen en su erradicación un celo digno de mayores empresas, y pongo sobre la mesa la persecución que los pequeños productores gallegos, esos que tienen dos vacas, treinta litros de vino, un huerto y diez de aguardiente, del que te venden dos, enseguida alguien me saca el episodio de licorcafé de Orense para justificarlo. Un caso de hace 56 años, que produjo 51 muertos y 9 ciegos, ¿cuántos muertos ha producido la obesidad en estos cincuenta y tres años? ¿Cuántos trastornos alimentarios por transformaciones más o menos permitidas? ¿Cuál ha sido el coste sanitario? Difícil de calcular, ya que no son aplicaciones directas, si no daños residuales, colaterales se dice ahora ¿no?, de manipulaciones no siempre transparentes.

A veces, llamenme exagerado, no puedo evitar pensar en las ratas, en la ingeniería química que diseña esos venenos que son eficaces porque solo actúan cuando la capacidad de memoria del animal está sobrepasada, de tal manera que no pueden asociar su muerte con el acto de haber ingerido el producto. Esclarecedor.

En fín, que exagerado, o no, al final, para mí, claro, la culpa de la obesidad en España no es de la tecnología, ni de la falta de ejercicio, que también, ni siquiera del chachachá, la culpa de la obesidad en España va a ser culpa de una política alimentaria más preocupada de favorecer a grandes estructuras que de asegurar la educación de sus administrados, la calidad de los productos finales o la garantía sanitaria bajo la que escuda su demoledora actuación. La culpa va a ser de una legislación que tiende a desmontar una tradición alimentaria acumulada durante siglos y que une a una calidad incuestionable del producto, una capacidad de equilibrar y adaptar la dieta a cualquier necesidad, y una variedad casi infinita de preparaciones, para favorecer la irrupción de productos de ínfima calidad, la miel china, los garbanzos canadienses, … frente a los propios que van desapareciendo por imposibilidad de competir, por aplastamiento.

Garantía sanitaria, ¡ja¡, que se lo digan a los de la carne mechada, a los de la peste aviar o a los de las vacas locas. Eso sí, por ingesta de licorcafé con alcohol metílico no va ha vuelto a morir nadie desde 1963 gracias a esas leyes que nos cuidan, a esas leyes que nos permiten aseverar que si hay obesidad en España la culpa ha sido, es y será, del chachachá, y que les quiten lo bailao a los que se lo llevan, o se lo traen, crudo, o ultraprocesado.

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1 Comentario por “La culpa es del chachachá”

  1. Marga

    Bien es cierto que el sedentario ejerce gran influencia sobre la obesidad.
    Tenemos esa dieta envidia del mundo llamada mediterránea y no es culpa del infante no conocerla sino de las prisas a las que hoy día sometemos a la vida diaria.
    En cuanto a si es culpa de la tecnología y su invitación a movernos menos, puede tener gran parte de razón por una lógica aplastante, somos extremistas por naturaleza y poco dados a la disciplina.
    Con esto quiero decir que cuando nos gusta algo lo consumimos sin medida.
    Respecto a la desgracia latente de ver morir al pequeño comercio no es más que el abaratar precios dando cabida al producto del exterior sin más condición que la mera monetaria.
    Ningún partido en España ofrece la cobertura necesaria para que se desarrolle el producto nacional y se consuma.
    Los controles sanitarios hoy día para mi solo son justificación moral para manipular el erario público a interés propio.
    Buenas tardes.

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