Orgullo sin fecha

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Jueves, 5 de agosto de 2019

Hace poco, un mes más o menos, escribí un artículo en esta misma publicación, en el que cometí la osadía de discrepar de las formas del día del orgullo. Osadía que inmediatamente fue recriminada presuponiendo que cualquier crítica lleva aparejada un alineamiento en contra de las formas alternativas de sexualidad.

 

Aquí se estilaría en estos momentos que vivimos, como una necesidad perentoria de acreditar la buena fe, ponerse a justificar una lista considerable de amigos o actitudes convenientes para no pasar por reaccionario. Me niego. Mis amigos son mis amigos y no me sirven de coartada para mis opiniones. Mis actitudes son las mismas cuando aplaudo y cuando critico y me niego absolutamente a matizar, suavizar o justificar mis palabras por miedo a los demás, como me niego a variar mi lenguaje, el que me sale naturalmente, o a buscar circunloquios vacíos para intentar decir lo que quiero decir sin que parezca que digo lo que otros no quieren que diga. Lo que opino lo opino por mí mismo y con mis palabras, y quien quiera sentirse ofendido en sí mismo o en sus, pretendidas, convicciones es muy libre, pero para él y en su casa.

Es triste ver las colecciones de famosos, de grandes creadores, que a modo de trofeos se cuelgan ciertos movimientos justicieros. Es lamentable como la trayectoria brillante de una persona puede ser censurada por sus errores personales, a veces error y a veces supuesto. Locos, retorcidos y monstruos, los ha habido en el arte, en la ciencia y en la vida cotidiana. Denunciarlos es una actitud consecuente. Lincharlos y castrarlos en la actividad en la que han destacado, en la que han demostrado ser especiales, es una aberración digna de una sociedad pacata, revanchista y con mucha tendencia al linchamiento del que sobresalga. Por no hablar del efecto llamada que esos linchamientos producen y en los que se acaba linchando a quién no ha cometido otro pecado que el de ser antipático para alguien.

Todo es homófobo, o sospechoso de serlo. Toda discrepancia es fascista, o sospechosa de serlo. Toda denuncia sobre inmigración es racista, o sospechosa de serlo. Todo galanteo es acoso, o sospechoso de serlo. Toda opinión libre, está mal vista, incluso sin sospechar nada.

Pero voy a centrarme en el artículo invocado al principio. Alguien me escribió considerándome una especie de tarado sexual, lleno de complejos extraños y absolutamente contrario a los derechos de los homosexuales, transexuales y pansexuales. Verán, yo soy partidario de que cada uno haga lo que le pete, con quién le pete y como le pete, pero igualmente soy poco partidario de ciertas actitudes públicas, aunque yo mismo las haya, en mi juventud, practicado. Tal vez sean los años, o tal vez sea que con los años viene aparejado un reconocimiento al derecho ajeno poco compatible con el desafío permanente e ilimitado, eso que se llama exhibición y provocación.

Paseaba yo el otro día por la Cava Baja de Madrid con Isabel, y nos apeteció, con gran acierto, entrar en la taberna “La Perejila”, que nos era desconocida. La dueña nos contó la historia del nombre y de muchos de los adornos que pueblan sus paredes y rincones. De sus bondades gastronómicas no me voy a ocupar porque no es este el ámbito, pero diré que salí satisfecho.

El caso es que estando allí sentados entró un personaje, más de ochenta, con una evidente capa de maquillaje, botas de ante con tacón grueso hasta más arriba de la rodilla, abrazando unas medias negras tupidas que se perdían bajo una minifalda malva con lentejuelas. Un body parcialmente transparente que mostraba, a los que miraran, unas carnes que tuvieron momentos de mayor firmeza, todo rematado por un turbante decorativo o, tal vez, con todo mi amor lo digo, que servía para enmascarar una alopecia en mayor o menor grado. Entró, se colocó en la barra, y con toda la naturalidad que el personaje permitía se puso a charlar con unos y con otros. Incluso con la dueña, lo que me hace pensar en un habitual del lugar. El caso es que me volví a Isabel y, con toda la ternura que el personaje y la persona me produjeron, sin un atisbo de conmiseración o de petulancia permisiva, le comenté que ese personaje si representaba, para mí, el orgullo.

Por su edad deduzco que la persona lo tuvo que pasar muy mal durante la época franquista, que vivió en su totalidad. A saber cuántas historias guarda en su memoria, cuántos horrores vividos, cuántas traiciones marcan su alma. A saber. Pero allí estaba, sin un ápice de exageración, hasta el punto que su vestimenta resultaba natural a pesar de lo estrafalaria. Su actitud no era provocativa, ni reivindicativa, ni recelosa, ni frentista. Era un ciudadano más, uno al que el personaje se le notaba más que a otros, pero que lo llevaba con más dignidad que la mayoría.

Sí, con él no tendría problema en sentarme y compartir sus sucedidos, en disfrutar de su compañía, en reivindicar con él  sus derechos, en alinearme con él en su normalidad frente a miradas y codazos, porque no hay nada más normal que la normalidad, ni más entrañable que alguien que reivindica su forma de ser sin aspavientos, sin cuentas pendientes, sin que la amargura de lo vivido haga responsable de ello a todo el entorno.

Claro que ningún radical estará de acuerdo conmigo, porque para ellos lo importante no es la educación del ciudadano, si no su adoctrinamiento, porque no buscan la igualdad si no la preponderancia, y para eso hace falta frentismo, descalificación y sembrar el miedo al pensamiento libre y a la discrepancia.

Afortunadamente vivimos en mundos distintos, y cada vez más separados.

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