Los viejos selfies

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Miércoles, 14 de agosto de 2019

 

Hola papá:

 

Hace ya meses que hablamos por última vez, hace ya meses que mi falta de tranquilidad, mi imposibilidad de sentir el duelo a la que estoy sometido por las cuestiones mundanas, tú ya sabes de qué te hablo, ha medio cegado esta vía de comunicación de la que nos hemos valido durante tu enfermedad. Esa enfermedad tantas veces negada y en la que tanto hemos sufrido durante tu última etapa.

Supongo que habrás visto al Tío Julio. Fíjate, la de cosas que superó durante su vida y ha sido incapaz de superar tu muerte. Me lo decía Alma, no levantó cabeza desde que se enteró de que habías muerto, pero ya estáis los tres ahí, los tres de mi infancia y casi adolescencia: Mamá, el tío y tú.

No te voy a contar muchas cosas de las que aquí han quedado, son excesivamente penosas y no nos aportan nada a ninguno de nosotros, solo, si te acuerdas, dile a mamá que cuanta razón tenía respecto a ciertas personas, cuanto odio, cuanta rabia, cuanto pensamiento negativo pueden albergar algunos seres humanos. Como ella bien decía es imposible ser feliz cuando solo se tienen pensamientos negativos hacia los demás.

Pero quiero centrarme en lo que quería contarte. A ella le escribiré cuando consigamos desentrañar toda la miseria que aquí nos ha quedado.

Llevaba tiempo intentando escribirte, pero siempre he roto todo lo que escribía. Eran palabras tristes y sin contenido, palabras que no tenían otro mensaje que la queja o el retrato de una situación sin pies ni cabeza, y para eso, ya me basto yo. Además supongo que donde estés habrá un filtro para evitar que las cuitas y miserias de este mundo lleguen a contaminar ese.

Nada, que me enrollo. El motivo principal de esta carta, en realidad la necesidad de poder hablar contigo es realmente el principal, es una foto. Una foto trucada e inesperada. Una foto que al recibirla me turbó de tal manera que tardé un tiempo en recuperarme, una foto tuya que nunca te hicieron a ti.

Ya sabes que en estos tiempos, aunque a ti ya prácticamente no te pillaron, todo el mundo usa los teléfonos móviles para sacar fotografías, incluso se ha puesto de moda hacerse fotos a uno mismo y se llaman “selfies”. Sí, claro que me acuerdo papá, como no, de cuando usabas los carretes de 36 fotos para todo un verano, o para un viaje, porque luego había que llevarlas a revelar y costaban una pasta, y además a veces pagabas por revelar fotos que ni se sabía que habían reflejado, o las veladas, que daban aún más rabia. En estos tiempos que corren la cosa es distinta, treinta y seis fotos se hacen en un pispás, se revisan en el momento y se borran las que no sirven. Y es que los tiempos adelantan “que es una barbaridad”.

Bueno, pues no queda ahí la cosa, ahora resulta que esas fotos se pueden manipular usando programas especiales. Que si las retocas, que si les pones un filtro de color, que si las conviertes en dibujos, que si… que sí, que se puede hacer todo eso y más. Tanto más se puede hacer que uno de esos retoques es la causa de estas letras.

Uno de esos programas que te comento envejece aparentemente a las personas. No te puedo explicar cómo, pero lo hace. En la mayor parte de las ocasiones se limita a añadir alguna ojera, algún descuelgue y alguna arruga para lograr el resultado de una vejez previsible. O eso es lo que yo creía y había visto, hasta que el otro día tu nieto me mandó una foto suya que había pasado por el dichoso programita. Tardé en entender la foto. Tardé en recuperarme de la impresión que me produjo. La foto de Yago envejecido era una foto tuya. Esta vez el programa había tirado de genes.

Siempre hemos sostenido que Yago se parecía más a la familia de Isabel que a nuestra rama. Es más, si lo miras ahora, sin el filtro, difícilmente aprecias en él ningún rasgo tuyo.  Pero parece ser que el programita en cuestión no se sintió aludido por nuestra perspectiva y envejeció a Yago hasta lograr un retrato de su abuelo, un retrato más tuyo que de él.

Te lo envío para que lo veas. Tal como ya he avisado a la gente, yo no pienso pasar ningún retrato mío por el tal filtro, primero porque cuando uno ya tiene arrugas propias a lo peor el programa se las borra, o sea que el envejecimiento de la vejez resulte un rejuvenecimiento, pero segundo, y aún más importante, porque después de la experiencia de Yago no quiero ver mi foto convertida en alguien a quien recuerde. Y es que, en contra de lo que piensan muchos, no siempre todo lo que se puede hacer, apetece.

Un beso papá. Hasta la próxima. Saluda a los que estén contigo.

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