La sabiduría

♦ Director-Editor de plazabierta.com

 

Sábado, 10 de agosto de 2019

En mi anterior artículo sobre el enorme poder de la fuerza interna que hace que alcancemos logros que pensábamos inalcanzables, hacía referencia a la sabiduría como parte esencial de la razón.

Sabio procede del latín tardío «sapĭdu que quiere decir juicioso. Por lo tanto la sabiduría sería aquello que se caracteriza por su juicio y prudencia. Es el conocimiento profundo que se adquirirá gracias al estudio y también a la experiencia.

Es por ello que, la fuerza interna sin la sabiduría no es más que una fuerza bruta, sin pulir, que hace errar a las personas que se creen en poder de la «verdad absoluta», pues si algo sabe el sabio, como dijo Sócrates es «sólo se que no se nada», que hace que los buenos maestros, en el sentido más amplio de su expresión, es decir, aquellos que transmiten la sabiduría, sean conscientes de su eterno aprendizaje.

Fuerza bruta que hace que empeñemos nuestra palabra en conocimientos que se nos escapan por nuestra limitada sabiduría o que aceptamos como estereotipos sin preguntarnos el «porqué». Eso hace que el ignorante, entre los que me incluyo, sea imprudente, en contraposición a la prudencia del sabio.

«El sabio busca no hacer y deja que las cosas sigan su curso» que, según la filosofía del Tao-te-king, es de sabios no interferir, dejar que las cosas sigan su curso, pero para lograrlo es necesario un entendimiento de la realidad, del conocimiento de los mecanismos de la mente y de la naturaleza, una confianza en esa naturaleza…, en el universo… en Dios…

También el sabio es humilde, porque sabe que es un engranaje para que el universo de la sabiduría siga expandiéndose, y seremos privilegiados de convertirnos en sus aprendices… por los siglos de los siglos… Seremos unos necios si nos convertimos en maestros en manos de maestros que encaramados a un pedestal se creen ser el único conducto de transmisión entre lo divino y lo humano, investidos de una soberbia espiritual que hace que todo lo que sale por su boca trascienda cierto olor apestoso de endiosamiento, como hijos de un dios menor, como lo es el de la estupidez humana, el de la osadía, el de la necedad.

Reconocer la existencia de un dios menor supone reconocer la existencia de un Dios mayor que, al margen de las creencias religiosas de cada cual, yo concibo por la fuerza universal, como el infinito, como el principio y el fin, como la fuerza que hace que el universo esté en continua expansión, como el universo que surgío de la nada, como la nada de los universos que desaparecen dando lugar a otros nuevos. 

Sólo la verdad presidida por el orden del universo es la auténtica verdad, de ahí que el verdadero sabio deje fluir a las fuerzas de la naturaleza… la inteligencia capaz de canalizar la sabiduría hacia fines justos, en uso de un libre albedrío heredado de ese Dios universal.

Hay pautas en la naturaleza que se repiten o están presente en muchas manifestaciones de la vida, lo que hace que nos planteemos la existencia de orden superior, tal es el caso de la representada por el «número áureo», también llamado número de oro, razón extrema y media,​razón áurea, razón dorada, media áurea, proporción áurea y divina proporción​.

Es un número irracional,​representado por la letra griega φ (phi) -en minúscula- o Φ (Phi) -en mayúscula-, en honor al escultor griego Fidias, y que podemos constatar:

En el cuerpo humano, entre otras medidas, es la distancia de la cabeza al codo y al ombligo. También la distancia desde la base del cráneo a su extremo superior, y también el ancho del abdomen. Y si la dividimos aún más, nos indica la posición de la nariz y la línea del pelo.

En la naturaleza los pétalos de muchas flores, se distribuyen siguiendo una secuencia de Fibonacci: las lilas tienen 3, los ranúnculos 5, etc.,  Esto ocurre, pues una organización de esa forma, garantiza una distribución óptima. Lo mismo pasa con las semillas en la flor del girasol, la distribución sigue la misma sencuencia.

También, las ramas de los árboles surgen usando una secuencia de Fibonacci, al irse sucesivamente dividiendo en dos, forman otra vez esta secuencia. 

Los huracanes y las galaxias en espiral, tienden a formar una espiral dorada, incluso nuestro propio ADN contiene el númeroPhi, puesto que un ciclo completo de la molécula, mide 34 por 21 angstroms. Sí, 21 y 34 son números consecutivos, de la serie de Fibonacci.

Pero, increíblemente también lo vemos en los productos de diseño, la arquitectura, la pintura, la fotografía, en cuanto a su composición espacial.

¿Casualidad?…

Por ello las leyes de la propia naturaleza son buenas, no porque emanen de Dios, porque si así fuera no dejarían de ser leyes tiranas por ser impuestas, sino que son buenas porque Dios es perfecto, dígase el Universo en su propio orden, y desorden convertido en orden en su propia expansión.

No es ninguna tontería depurar nuestra fuerza bruta interior, ello nos ayudará si cabe a ser más sabios, o mejor dicho, menos tontos.

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