Hacer o no hacer

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Jueves, 1 de agosto de 2019

 

 

Solemos hablar de las redes sociales únicamente para denigrarlas, la mayor parte de las veces con toda la razón, pero la verdad es que también depende de con quién puedas mantener relación en ellas. Si te relacionas con seres semi racionales, fanáticos, dogmáticos y peripatéticos, lo más probable es que tu grado de frustración se corresponda con la absoluta falta de alimento intelectual que puedes sacar de ellos. Pero no todas las personas que pululan en la red tienen ese cariz intransigente y refractario al pensamiento libre, no todo en la red son consignas y panfletos, si seleccionas un poco hay amigos que te aportan una nueva vía de pensamiento cada vez que los lees.

 

 


Y entre estos amigos, en este caso además de amiga virtual tengo la suerte de conocerla personalmente, está Mar Campillo. Y la menciono, tendría muchas más razones para hacerlo, porque esta mañana ha publicado una frase de Pierre Rey, “uno es lo que no hace”, con la que inicialmente se está en desacuerdo, pero que según va paladeándose intelectualmente se va notando una proximidad inicialmente insospechada, de las que obligan a pensar.
Solemos estar convencidos de que nuestros actos hablan por nosotros, de que somos aquello que hacemos porque hacemos solo aquello que elegimos. Incontestable verdad. Craso error.


Evidentemente nuestros actos pasados determinan nuestro presente y por tanto condicionan nuestro futuro, y esto es cierto, de ahí lo de incuestionable verdad, pero no es menos cierto que no siempre elegimos lo que hacemos, unas veces por ignorancia, otras por conveniencia, y no menos por pura obcecación, y en estos casos lo que hacemos y lo que somos no son la misma cosa, de ahí lo de craso error.


Cada vez que tomamos una decisión, a cada instante que pasa porque no solo son decisiones las conscientes e importantes o reflexionadas, descartamos toda una suerte de posibilidades que darían lugar a una vida diferente. Yo no seré el mismo después de escribir estas palabras que si no las hubiera escrito, mi mente ha cambiado, mi percepción de mí mismo y de lo que me rodea ha cambiado, aunque sea sutilmente, y, me gusta pensar, y la cosmología lo apoya, que todas esas posibilidades habrán de ser vividas por otras realidades de mi yo.


Recuerdo como Alexander Vilenkin, cosmólogo, explicaba a Eduardo Punset, con Andreu Buenafuente como taxista y testigo, que los universos son infinitos, en número y extensión, pero que lo que está dentro de ellos es finito, luego el contenido se repite con todas sus posibilidades, infinitamente. Y ponía como ejemplo, magnífico ejemplo, de lo que hablaban que seguramente en otro universo el taxista, Buenafuente, podría ser un famoso presentador de televisión.


Hace ya tiempo yo mismo exploré esta misma posibilidad configurando la vida como una serie de estancias en las que hay un número indeterminado de puertas, entre las que tienes que elegir una para seguir adelante. ¿Y las demás? ¿Tenemos que olvidarnos de ellas? No. Estoy convencido de que no, de que hay tantos yos como puestas en cada estancia y que todas son abiertas, en distinto universo, en distinto plano.


Pero no solo en distintos planos seguimos viviendo lo que no hicimos, la memoria, ese recurso maravilloso de la consciencia, nos permite recordar y recrear tantas cosas que en su momento decidimos no hacer que esa rememoración acaba siendo una parte activa de nuestro propio ser. Eso que habitualmente llamamos la experiencia no es otra cosa que el análisis de los aciertos y errores cometidos como parte de nuestra forma de adentrarnos en el futuro presente.


Lo primero que me llamó la atención en la frase original es que hay muchas cosas que no se hacen, más que las que se hacen, que ni siquiera están a nuestro alcance, que ni siquiera llegamos a saber que se podrían, o que no se podrían, haber hecho, luego no podemos ser lo que no se hace. No podemos ser solo lo que no se hace.


Así que, y sin que esto sea definitivo, ya que otros yos le darán mayores, o menores, o diferentes interpretaciones, mi yo existente hasta este momento ha llegado a la conclusión de que, sin dejar de ser lo que hacemos, somos en gran parte lo que hemos dejado de hacer, ya que eso pertenece a nuestro yo exterior, yo al fin y al cabo, y a la memoria y experiencia de mi yo actual. Pero ni aun así estaríamos enteros, ni aun así llegaríamos a cumplir todas las finitas expectativas que el infinito requiere de nosotros, así que dando un giro más, y reafirmándome a mí mismo, creo firmemente que somos lo que hacemos, lo que hemos dejado de hacer, lo que nunca elegimos no hacer y lo que nunca tuvimos la posibilidad de hacer.


Al final, sea de forma religiosa o científica, toda idea desarrollada nos acerca a una unicidad, a una identidad única de todo. Y cuando hablo de todo me pasa como con los hechos, hablo de lo que existe, de lo que no existe, de lo que nunca existió, de lo que nunca existirá e, incluso, de lo que jamás imaginaríamos que podría existir, o no existir.


Me queda solo darle las gracias a Mar. A Mar y a todos esos amigos de las redes sociales que me obligan a pensar más allá de lo que el día a día me exige, porque cada vez que me fuerzan a hacerlo hacen que proliferen mis puertas y me multiplique en una suerte de explosión polínica del pensamiento. Y darle las gracias, también, a todos mis desconocidos yos lectores, y a los que nunca me han leído, y… “Hasta el infinito y más allá”

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