Cuando el nombre no nombra

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Miércoles, 24 de julio de 2019

Mantener una posición equilibrada, que no equidistante ni farisea, ante ciertos problemas, es como andar por el alambre, si está pintado en el suelo uno se desenvuelve con cierta facilidad, pero si está a treinta metros de altura el simple hecho de poner el pie encima ya te desequilibra, y no podemos olvidar que además, a treinta metros de altura, puede haber algún tipo de viento, que en esas circunstancias, y por muy leve que sea, contribuye a hacer más complicado cada paso que se da.

 

 

En estas fechas que nos ocupan hay un ejercicio similar en Madrid, porque, tirando de simbolismo,  el tema LGTBI es el alambre sobre el que queremos pasar, y aunque no queramos está tan presente en todas partes que es inevitable. La altura sería el día festivo que se ha denominado, creo que con muy poca fortuna, “Día del Orgullo Gay”. Y finalmente el desafío, andar sobre ese alambre a esa altura durante un cierto recorrido y sin que te tumbe ninguno de los posibles y cambiantes vientos laterales, es escribir sobre este tema sin caerte hacia alguno de los lados.

 

Partamos, plataforma en el extremo del cable dios mediante, en nuestro recorrido de una primera aseveración: no entiendo el nombre, no entiendo porque se llama día del orgullo gay a una fiesta que no dura un día, no presupone, al menos en principio una superioridad moral o física, y no es solamente gay, si no LGTBI. Empezamos mal si empezamos por llamar a las cosas como no son.

 

Yo le llamaría Semana de la Visibilidad LGTBI, y creo que el nombre además de ser más exacto sería igual de reivindicativo, o más. Y además eso desmontaría, aunque a algunos tal desmontaje le chafara planes y risas, muchos argumentos de personas que hablan de oídas sobre la tal festividad.

Lo de llamarle semana en vez de día no pasa de ser una reivindicación un tanto tiquismiquis, lo que dura la fiesta no aporta nada al hecho reivindicativo. Llámese semana o día no variará ni su contenido ni su continente, con lo que es puramente ornamental, aunque pueda describir que es algo más que la celebración principal.

 

Pero en el segundo término, en lo del orgullo, creo que alguien ha metido más el subconsciente frentista que la intención reivindicativa. Dice el DRAE, máxima autoridad en estos temas, que la palabra orgullo tiene dos acepciones, y si una no se ajusta, la otra es preferible pensar que tampoco.

“Exceso de estimación hacia uno mismo y hacia los propios méritos por los cuales la persona se cree superior a los demás.” No dudo, que entre todo el batiburrillo de personas, personajes y proyectos que los actos mueven, haya un porcentaje, y no precisamente despreciable, de partidarios de la confrontación y la soberbia, que es un sinónimo aceptable de esta acepción del orgullo. Pero es que radicales y personas que buscan tapar sus inseguridades personales aprovechando el ruido y una cierta impunidad en el número, las hay en todas las manifestaciones humanas que sobrepasan el número de tres. Seguramente esos mismos que viéndose amparados por los que les rodean y jaleados en sus actitudes de confrontación se crecen y bordean lo despreciable, serían absolutamente incapaces de mantener ni siquiera una actitud moderada en solitario. Insisto, eso se da en todos los ámbitos y podría sacar ejemplos como los campos de fútbol, los grupos  que promueven linchamientos o, en más pequeño, esas manadas de violadores que últimamente parecen haberse puesto de moda.

 

“Sentimiento de satisfacción hacia algo propio o cercano a uno que se considera meritorio.” Yo creo que esta definición tampoco se ajusta a lo que se supone que intenta esta fiesta. Porque partimos de que la sexualidad no se elige, al menos no se busca voluntariamente, sino qué, ante unos sentimientos y una percepción, se vive. Uno no se educa, se prepara o se esfuerza en una opción determinada de cómo vivir su sexualidad, si no que la vida, los deseos y sentimientos, lo van poniendo ante opciones que toma o rechaza, luego ninguna opción es meritoria, como ninguna opción debe de constituir un demérito.

 

En todo caso, en ambos casos, la palabra orgullo es inapropiada ya que en ningún caso existe mérito alguno en practicar el sexo en ninguna de su posibles formas, y el único mérito es vivir esa sexualidad con plenitud y sin interferencias, ni propias, ni ajenas. Y donde no hay mérito no puede haber orgullo. Salirse de lo normal, de norma o mayoría, por muy natural, de naturaleza, que sea la opción tomada nunca será un motivo de orgullo, aunque pueda ser un motivo de íntima satisfacción.

 

Y por último gay. Para empezar la G de gay es solo una parte del colectivo, pero es que, además, es difícil elegir peor un término, primero porque se toma del inglés algo que es de origen provenzal u occitano: gai, alegre, pícaro y que sin embargo en Inglaterra hacía referencia a la prostitución masculina. Y segundo porque es un término que se aplica únicamente a la homosexualidad masculina. Y no entiendo en un colectivo tan identificado con las cuestiones de género que se deje fuera a las lesbianas y a los transexuales. Gay, y ya no solo en Inglaterra, si le preguntas a cualquier peatón no concienciado por su equivalente en castellano no se lo va a pensar dos veces, marica. Y lo de ”Día del orgullo marica”  que al fin y al cabo es lo mismo pero en español de toda la vida, ya no resulta ni tan reivindicativo, ni siquiera invita a festividades.

 

En estos casos, lo mejor, al menos lo más inmediato y ajustado, es preguntarles a las personas que tienes alrededor y que pertenecen al colectivo LGTBI, y resulta que la mayoría de ellas, no me gusta decir todas, viven hoy en día con una visibilidad discreta, como la de los heterosexuales, una integración social completa, como la de los heterosexuales, y un cierto rechazo a los excesos de puesta en escena de algunos participantes en la fiesta, como el de los heterosexuales.

 

Es verdad que lo que han pasado no es un camino de rosas. Es verdad que no todo está conseguido. Pero no es menos cierto que el exceso de visualización, el desbarre reivindicativo de una minoría, convierten una fiesta que intenta una visibilización de un colectivo y sus problemas, en una exhibición frentista que bordea, a veces por dentro, el mal gusto y una suerte de exclusión perversa de los que no compartan sus ideas. Insisto, es una minoría, pero precisamente por eso suele ser la más ruidosa y visible.

 

Y entonces empiezan los insultos, los de unos y los de otros, las sinrazones, los exabruptos y las falacias que pueblan las redes, y una fiesta, que como tal debería de ser universal, como tal y por interés de los organizadores, para reivindicar una normalidad en la convivencia, se convierte en todo lo contrario, se convierte en una exhibición de la diferencia y en una reivindicación de la intolerancia, propia y ajena, aunque sea por parte de una minoría, aunque sea con la posterior condena, a veces ni siquiera, de los organizadores.

 

Ciertas personas, habitualmente de izquierdas, más con ánimo de sentirse ellos buenos que de defender  realmente lo que significa la fiesta, se lanzan con beligerancia hacia cualquiera que quiera denunciar lo que de negativo tienen ciertas actitudes. Yo, como no me importa ser bueno o malo, como no necesito justificarme ante mí ni ante los demás, me permito hacer una llamada de atención sobre una celebración que cada año que pasa es menos lo que dice ser y más lo que nunca quiere reconocer que está siendo. Empezando por el nombre que no nombra lo que pretende reivindicar.

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2 Comentarios por “Cuando el nombre no nombra”

  1. Hola Rafael,

    Era solo para decirle que va usted bastante desencaminado. No se llama día del orgullo gay, sino día del orgullo. Lo de gay lo añaden ustedes, lo heteros que están desconectados con la lucha por los derechos de los colectivos LGBTIQ+. Otros muchos heteros que si están en la onda, ya lo saben y asisten a la manifestación.

    Se le llama «día» porque es un día. El día del orgullo es una fecha conmemorativa mundial que recuerda el día de los disturbios de Stonewall como el momento clave en que comenzó el avance de la lucha por nuestros derechos. Con el paso de los años y del aumento de actividades reivindicativas y festivas, se ha empezado a hablar del mes del orgullo, pero eso no borra que la efemérides continúa siendo un sólo día.

    Finalmente, es «del orgullo» porque mostramos nuestra satisfacción por algo que se considera meritorio: estar vivos y con salud, o haber sobrevivido a las agresiones. Porque, aunque usted no las viva, todavía nos pegan, nos violan, nos insultan, nos acosan, nos humillan, nos despiden del trabajo, nos asesinan, o se nos empuja al suicidio. Por eso, al igual que nuestras antepasadas se rebelaron ante los abusos policiales en Stonewall, nosotros salimos a la calle con orgullo y decimos que estamos aquí, que vamos a seguir aquí, que ya no tenemos vergüenza de nosotros mismos, y aunque seguimos teniendo mucho miedo nos sobreponemos cada día, y al que le moleste, dos trabajos tiene (molestarse y desmolestarse).

    Una última observación. En una sociedad pacífica y democrática, el respeto debería ser la regla general. Yo no soy católico y me molesta que las calles queden tomadas en semana santa, pero me callo y me aguanto porque la calle es de todos. No me gusta el fútbol y me molestan las celebraciones que toman la calle cuando gana la selección o el equipo local, pero me callo y me alegro de que ellos lo celebren y estén contentos porque soy una buena persona que disfruta con la alegría de los demás. Ni se me ocurriría sugerir que es necesario cambiar el nombre al día de navidad por el de «quincena del solsticio de invierno y año nuevo, porque son celebraciones ajenas y a mí, aunque me afecta como miembro de la sociedad, la verdad es que me da lo mismo cómo se llame. Me gustaría saber porque gente como usted, a la que obviamente las reivindicaciones por los derechos lgtbi ni le van o le vienen, más allá del uso del espacio público que se ve más o menos afectado al igual que en todas esas otras ocasiones que he mencionado, tiene que meterse a cuestionar como llamamos a nuestras efemérides y a explicarnos, sin tener ni una ligera idea sobre lo que está diciendo, que estamos muy equivocados.

    Un saludo,

  2. Rafael López Villar

    Lo primero, Pablo, el agradecimiento por leerme. Es norma de la publicación, sabia norma, que los que escribimos no contestemos porque tenemos el privilegio de poder responder con nuestros escritos. Me voy a saltar parcialmente esa norma, y digo que parcialmente porque mi respuesta real estará en mi próximo artículo sobre el tema. pero no puedo evitar puntualizar un algunas cosas sobre su respuesta:
    1. Para un activista un no activista nunca tiene razón. Usted es un activista, yo no. Usted vive un tema que yo solo contemplo y eso nos da dos perspectivas diferentes de los mismos hechos. es normal y yo nunca reivindicaría mi razón absoluta, me temo que aunque usted sí lo hiciera tampoco la tendría.
    2. Responde usted con ideología a un artículo puramente semántico, y eso es confundir churras con «meninas».
    3. Seguramente no podríamos nunca ponernos de acuerdo en donde está la frontera entre reivindicación y exhibicionismo, y no nos pondríamos de acuerdo porque seguramente usted no toleraría el exhibicionismo, penado, de otras opciones sexuales, y yo reivindicaría el mismo trato para la misma figura.
    4. Entiendo que en sus círculos y en los próximos la denominación se haya modificado, en la calle no, y se sigue hablando habitualmente de la denominación que yo uso. Tal vez una de sus peleas para normalizar sería preocuparse más del lenguaje y menos de la imagen.
    5. Y último, trabajan ustedes para los que ya estan convencidos, el verdadero trabajo sería convencer a los que está más alejados, porque esos sí son el verdadero problema, y a esos no los van a convencer con ciertas actitudes y con enfrentamiento, porque eso refuerza sus argumentos por muy falsos e intolerantes que sean.
    Un cordial saludo y espere usted al próximo artículo sobre el tema antes de ponerme a caer de un burro.

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