Como siempre nos han dicho

Francisco R. Breijo-Márquez. Doctor en Medicina. 

8 de julio de 2019

 Una vez más…Me despertará un golpe de viento contra la ventana. 

Se me hará, como desde hace tanto tiempo hace,  cada vez más larga y más ancha mi cama, cada noche desventurada después de un día de rutina.

 ¡Se me harán de nuevo tan frías las sábanas… !

Con los ojos medio cerrados y plagados de legañas, buscaré otra mano sin encontrar  ninguna. Tal como como ayer, tal como mañana. 

La  soledad, mi fiel amante eterna y sin ánimo de corregirla, seguirá recorriendo mi cuerpo, pliegue a pliegue…palmo a palmo. 

Y seguiré escuchando entre vagos susurros el maullido del perpetuo gato, castrado y viejo, que siempre duerme debajo del portal, sin rata ni ratones que le importen. Y las campanadas rigurosas contando las horas sin dar todavía las uvas.

Despacio, sin encender la luz, bajaré los pies al frío suelo y aprovecharé a visitar el baño, cuyo espejo, algo desvencijado, me dirá de bruces que me estoy haciendo viejo 

¡Cómo pasa el tiempo! ¡Cómo vuelan los años!

Las calles de mi juventud recogerán mis sueños huidizos y largamente perdidos.

¡Como se va arrugando la piel y hundiéndose los ojos!.

De mañana temprano, cuando salga de nuevo a las calles, el portero me dibujará una sonrisa un poco socarrona, un poco triste. Será el orgullo de todo aquel que tiene a alguien que caliente su cama en las frías noches de noviembre… o agosto.

Otra vez igual, como ayer, como mañana. 

            Pero, como siempre nos han dicho, hay que ganarle el tiempo al tiempo y los sueños a los sueños. 

Hay que cantar en voz alta. Probarlo todo hasta el final de cada sorbo.

Hay que ir mucho más allá que donde cualquier palabra pretenda llevarnos. 

Ser  tal como somos, sin tapujo que nos enturbie y pueda engañar a nadie. 

            Hay que olvidar el tejado rojo y la ventana con flores. La oscura escalera y las imágenes viejas que tan taimadamente se esconden en todo rincón inesperado cuando los pasamos. 

Hay que decir adiós a esa puerta que se cierra y nunca quisimos cerrar. 

Hay que rellenar bien el pecho y cantar una canción del viejo De Burgh aunque el frío de fuera te haga temblar. La mujer de rojo seguirá bailando conmigo sin tiritar.
            No escuchar a estos perros que ahora ladran y mañana ladrarán más si es que cabe.
Y olvidar de un sorbo toda  la imagen aborrecida que te ha devuelto ese maldito espejo de medianoche. 

Y olvidar hasta esos pequeños sitios dónde alguna vez creíste ser feliz, para descubrir miles nuevos. ¡Y volver a serlo sorbo a sorbo …despacio!

            Hay que cargar la guitarra a la espalda otra vez y volver a hacer el camino que un día de esos abandonaste en cualquier vereda olvidada.

Los caminos son siempre hacia arriba pero iré a pie . Las olas deben borrar toda  huella que quede en el puerto. Iré a pie, el camino es de subida pero en los bordes…siempre quedará alguna flor sin marchitar.

Hasta el final… hay que ganar tiempo a los sueños. Hay que ir mucho más allá de las palabras.
Ser tal como somos y saber decirse adiós si la vida diaria ha hecho de las suyas y ha cambiado las cosas y también a nosotros. 

Cambiemos pues a ella de una vez y por todas. 

Que mi amor valiente sea siempre para ti, para ganar terreno a la vida, y agotarla
y exprimirla.
Hasta que haya que decirse adiós. 

Hasta el final.

Como siempre nos han dicho que hay que hacer.




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