Hablando de Pirandello

Francisco R. Breijo-Márquez. Doctor en Medicina. 

30 de junio de 2019

De los llamados por todo intelectual que se crea tal, tan abundantes ellos – o no – “dramaturgos del absurdo”, Luigi es , posiblemente, el que más tolero. Es más… me gusta en algunas de sus obras.

No obstante ser un pésimo lector de Teatro – con la Poesía me ocurre otra tanto, necesito leerla en voz alta para discernir si es o no de mi agrado (algunos lectores ya saben de mis preferencias poéticas, digo yo)- si que me encanta acudir a los inmuebles dónde se representan obras escénicas a mi gusto. Poniendo, claro está, especial atención a la compañía que lo representa, y al elenco en su totalidad. Algo que suele venir explícito en los programas de mano que suelen aparecer por las dependencias del auditorio al que acudas.

Ignorante incorregible cual soy y cuya ignorancia llevo a gala puesto que se contrarresta con mi infinita aptitud para preguntar sobre aquello que ignoro, pues, por una de esas, me entero que -si bien no en mi pueblo – en un pueblo muy cercano (Chinchilla de Montearagón, ciudad pequeña y altamente recomendable a todas luces y en todo aspecto) resulta que se celebra desde hace años un Festival de Teatro Clásico, y yo sin enterarme. Pero este año – ¡Ah este año! – si que me empapé de su existencia.

Dado que en mi pueblo escasean tales tipos de eventos, o bien los precios rozan el abuso de manera vergonzosa, pues me documento exhaustivamente del programa a celebrar en pueblo tan cercano – detesto los coches y conducir – y escojo acudir el día veintisiete de los presentes a una de las obras a representar; que si bien de clásico, al uso, no tiene un ápice (Luigi Pirandello, murió el 1936, dos años después de ganar el Nobel de Literatura) pues, ea…corramos un velo a tal desatino y acudamos a ver su “Enrique IV”. Sobre todo por comparación – pude verlo por primera vez en “ The Wilbur Theatreque , no obstante ser más proclive a representaciones musicales y de comedia, también hacen algo de teatro más clásico y además me pilla a dos pasos de mi casa y en mi misma calle, la verdad sea dicha. Salí encantado de la representación…encantado. Pirandello ya me había gustado un poquito más si cabe.

Al llegar al “Claustro de Santo Domingo” (o Mudéjar, que también suelen llamarlo”) de Chinchilla de Montearagón – nunca sabré si se pone un guion separador o no – , algo que me costó Dios y ayuda de un compañero cuyo nombre no recuerdo en absoluto, pero cuyas indicaciones – tras arduos intentos de llegar siguiendo las de otros prójimos autóctonos prolijos en indicaciones (ya saben…: ”no tiene pérdida, tome la primera a la derecha, cuando vea una rotonda suba a la izquierda por la tercera y justo dónde está la peluquería de la Nines, tome la segunda a la izquierda e inmediatamente a la derecha, siguiendo unos 100 metros -que suelen ser más de 750… ¡o muchos más! – aparque dónde pueda”) me llevaron justo al “Claustro Mudéjar”. Tres banderas al viento me ayudaron a saber que era ese, ese el lugar que yo quería.

La invasora y terrible “Ola de Calor” ni se divisaba…pasé fresco. ¡Qué tostón de informativos…todos los años asustando al personal con lo mismo!

Del GPS del google ese, mejor ni hablar, ni escribir. Entre otras muchas cosas, porque yo no sé dirigirme al norte-sureste porque no tengo la menor idea de por dónde cae eso, ni cual es la cuarta salida de una rotonda, ni el maldito nombre de la calle que dice porque ningún ayuntamiento que yo conozca pone los tales para hacerte una mínima idea. Pero eso es generalizado…en todos los pueblos españoles, oiga. Tal vez solo sea yo, que soy bastante zoquete para tales menesteres. Quizá.

Puesto que un servidor es de “piedras, cuánto más añejas mucho mejor” me quedé extasiado viendo el edificio y sus alrededores. Una verdadera maravilla de edificación, comenzada en el XI y terminada en el XIV – según pone en las tablillas indicativas-.

Una maravilla.

El Teatro en sí, precioso. Maravillosos suelos, maravillosos techos. Encantadoras columnas y capiteles. Exquisita la atención de la jóvenes muchachas que nos indicaban cuál era nuestro asiento (yo compré primera fila numero seis, para poder apreciar hasta los poros faciales y alguna marca de acné mal disimulada de los interpretes).

Pero…¡ah, amigos! Los rojos asientos del escenario estaban excesivamente pegados unos a otros. Resistir dos horas de espectáculo sin apenas mover el culo (también llamado nalga o trasero o…) por aquello de no molestar al de al lado resultaba altamente complicado. Columna vertebral erguida hasta el dolor agudo sin ibuprofeno salvador.

Mirada al frente con tal de no dar con las narices al adjunto en cualquier giro inesperado. Sin dar importancia si ellos no hacían igual conmigo, lo que fue la constante.

La cosa iba algo incomoda ya, desde el principio, antes de la representación. Pero bueno…¡a la obra teatral…a la obra teatral y a los actores y actrices que es de lo que se trata…!

La cosa no fue a mejor. ¡Qué va!

Por ir resumiendo, antes de la hora de representación, fui el “séptimo personaje en busca de autor” y de la salida más próxima , dicho sea de paso. No exactamente así…fui el noveno, porque dos de las mujeres de mi derecha se largaron antes que yo.

No es que unos sepa mucho de “Stanislavski” ni de su método (Dios me libre de ser un intelectual de tres al cuarto, como tantos presuntuosos de ello) pero de lo que sí que sé un rato largo es de que no soporto que un interprete sea histrión con dosis altísimas de exageración y afectación interpretativa.

Todos los actores lo eran. Máxime el protagonista, esto es, Eduardo IV.

Me tuve que marchar, despacito y de puntillas por no molestar a la concurrencia. Resultaba imperativo para mi. Inaguantable el histrionismo.

Por tanto y por lo escrito: Magnifico el Teatro en el Claustro de Santo Domingo de Chinchilla de Montearagón. Magnifico el Hall. Magnificas las muchachas acomodadoras. Magnifica la idea de tal evento del que tanto y tanto del que tanto se adolece por esta tierra patria. Magnifica obra de Pirandello.

Pero, señores organizadores . Un poco de detalle en la distancia entre los asientos sería muy de agradecer. También que el teatro clásico sea exclusivamente “clásico”.

Pero sobre todo – sobre todo – un poco (mucho) de dedicación a la hora de contratar elencos que merezcan el nombre de “actores”.

Si no es mucho pedir, claro está.

P.S.– Por cierto, otro ‘olé’ de los grandes para los organizadores que pusieron un precio realmente asequible para casi todos los bolsillos: 12 euros. Independientemente del gasto de gasolina que pueda producirse en encontrar el local.

Otro P.S.- Como aquí lo que realmente mola es la cosa de la política, pongo en conocimiento de aquel que no lo sepa (cosa excesivamente rara), que la cosa sigue igual , desvelándose -eso sí – las miserias y mezquindades de los unos y de los otros a la hora de agarrar un asiento en donde sea.

Y que Trump (Donald) dirigió con su dedo índice a Sánchez en la cumbre del G-20, dónde tenía que sentarse. Por si se había despistado, digo yo. O no sabía tampoco cuál era el norte-sureste y el GPS le hizo una trastada como a mi.

¡Lamentable! ¡Vergonzoso!

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1 Comentario por “Hablando de Pirandello”

  1. EL autor

    Es evidente que cometí un error imperdonablemente garrafal con respecto al título de la obra de Luigi Pirandello: Puse dos nombres, Enrique y Eduardo. ¡Craso error!
    El título original es «Enrico IV»,
    Ruego mis disculpas…si las mereciere.

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