Puertas

29 de junio de 2019

Son en las madrugadas del invierno, cuando las calles aún no existen y tienen que ser de nuevo inventadas por los mendigos en sus sueños, o ser sacadas temerosas de una cajita de puros llenas de recuerdos de la infancia, en donde, cientos de puertas de todos los tamaños y colores vuelan por el brumoso cielo iluminado por una luna complaciente, única testigo del milagro que sucede, esperando ser abiertas para desvelar todos sus secretos.

Cada una tiene un nombre fuera, el de persona que debe de abrirla más, la inmensa mayoría de ellas, siempre permanecerán cerradas, estropeándose con el paso del tiempo y oxidándose su cerradura, quedando atascadas para siempre, cayendo al suelo triste y siendo tragada por una lastimera boca de riego que canta eternamente su pena.

Más aquel día, tres horas antes de que el sol saliera, al menos, una de ellas se abrió. Sin saber como, tal vez impulsada por una suave brisa, una hermosa puerta azul se coló por alguna rendija en el portal de mi casa, metiéndose dentro del ascensor y quedándose allí esperando, esperándome. Ella sabría que vendría.

Después de despertarme, abrí la ventana y di gracias a cada estrella y también a la luna, por tener ojos de esperanza, me vestí de azul, como hago siempre y salí con las manos en los bolsillos, rumbo a una ilusión.

El ascensor estaba ya en el rellano de mi piso, con sus maderas viejas y pintadas de granate, su luz de sábana blanca, secada a la brisa de un verano de hace muchos años y su espejo, reflejo agradecido de tantos besos.

Entré y pulsé el botón de bajada. La voz del ascensor, dándome los buenos días, me empezó a llevar hacía la planta baja.

Me miré en el espejo y vi que detrás había una brillante y estrecha puerta azul, de ese azul tan bonito con el se pintan los barcos y las poesías que hablan del mar….En ella mi nombre escrito con pequeñas caracolas «Destino».

Entre los cristales del ascensor, pude ver entre la oscuridad y el silencio, cómo en los pisos tercero y segundo, un sinfín de luciérnagas guardaban aún el dormir tranquilo de los habitantes de las casas.

Llegué a la planta baja, pero continué descendiendo, más y más abajo. Todo se llenó de luz, y yo cada vez me hacía más y más pequeño.

La casa desapareció de repente y me encontré todavía dentro de la cabina del elevador flotando en ningún sitio, como cuando era niño, y jugaba a las orillas de un caudaloso río de leche con chocolate con aviones y barquitos papel.

Fue en ese momento, cuando supe que debía de abrir aquella puerta, pues ella necesitaba mostrarme su interior y yo debía de volver a reír otra vez.

Ni siquiera tenía cerradura, sólo tuve que empujar hacia dentro suavemente y con los pasitos cortos y los deberes de «Mates» en una mochila verde, y entrar.

Volví a jugar con la arena del parque, hice de cada hormiga una amiga y de cada hormiguero un castillo lleno de valientes caballeros, mi padre me volvió a llevar de la mano al cine, mi madre, colocándome una servilleta de cuadros para no mancharme, me preparó las albóndigas con tomate que tanto me gustaban.

Vagué por aquel mundo maravilloso, durante horas, paseos por la playa, el olor de los lapiceros…un abrazo…

La puerta se volvió a abrir, tenía que irse….y yo con ella…

La cerré con suavidad y ella haciéndose lluvia, entró en mi boca y el sabor de las nubes de aquel paseo por el parque de hace tantos años me hizo volar.

Dejé de flotar y el ascensor me llevó hasta la planta baja de mi casa. Abrí el portal. Las calles ya existían y olían a moneda de cinco pesetas.

Miré al cielo y el brillo de las primeras pinceladas del sol en mi cara dibujaron la sonrisa mas hermosa. Después con las manos en los bolsillos, me fui andando lentamente hacia la plaza de la fuente, silbando y sin pisar las rayas de las baldosas.

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