DE LOS VIAJES INICIÁTICOS Y EL CULTIVO DE LA RESILENCIA

Mar Outsiders (Campillo) ♦ Periodista

11 de junio de 2019

La semana pasada abordé con un relato autobiográfico, cómo reparar en la existencia de nuestra propia resilencia y el comienzo de su entrenamiento consciente. Y os emplacé a la crónica de hoy: los Argonautas “flotan” mejor.

Ilustración de Kike Ibáñez y Paloma Corral publicada por Milrazones

El vocablo ARGONAUTA, término de género neutro, es inherente a la idea de los viajes iniciáticos conectándolos, además, a la aventura de emprender en dirección a tierras ignotas.

Gnoseológicamente habla del intento de descubrir aquellas parcelas del saber que inexploradas hacen converger viaje y utopía; un viaje imaginario que mide la distancia entre el alcance del conocimiento y la capacidad de descubrir la verdad o establecer un juicio cierto.

Me considero Argonauta, como aquellos que realizaron el viaje con Jasón en un sentido iniciático, con el objetivo de conseguir algo determinado, pero delimitando el significado del Vellocino de Oro a la expresión de los objetivos que como ser humano y en mi profesión me he marcado.

«Jason y los Argonautas», de Don Chaffey -1.963:

https://www.youtube.com/watch?v=FXZaBV8RNA8

El Vellocino de Oro (que estaba bendecido con el don de la inteligencia y la  razón, y sabía hablar además de volar), tenía además una doble dimensión: era un tesoro inestimable y el despojo de un sacrificio; por tanto, un objeto de gran valor ritual.

Siendo el cordero símbolo de la inocencia y el oro el de la máxima  espiritualidad y glorificación, el vellocino de oro da significado a aquello que buscan los argonautas: la fuerza suprema del espíritu por la pureza del alma, identificándolas con la cualidad medieval de Sir Galahad (el caballero del Santo Grial, conocido como el «Caballero Perfecto»). Era perfecto en valor, mansedumbre, cortesía y caballería.

Sir Galahad and The Pale Nun, fotografía de Julia Margaret Cameron – 1874

La clave del mito de los argonautas de hoy en día se apoya en la libertad, la igualdad y la fraternidad.

La libertad fue ganada en aquel paso que entre los estrechos dieron aquellos marinos, más tarde mantenida por los navíos procedentes del sur.

Las rocas Simplégades pasaron a ser, desde esta perspectiva, el símbolo de la libre travesía del Bósforo como paso hacia un mundo nuevo. Es una construcción utópica de la LIBERTAD, como el paso al mundo mítico, al mundo del espíritu a través de unas rocas que permanecen abiertas solo un instante y se cierran rápidamente. La “libertad de” y la “libertad para” nos abren horizontes nuevos.

Los argonautas se vinculan, proyectan y determinan hacia aquello que eligen: el paso a ese otro mundo a través de las rocas. La libertad se hace real en el compromiso. Eligen y realizan la libertad, que está para arriesgarse con ella. Es un medio a través del cual orientan su vida. Gracias a la Libertad tenemos la vida en nuestras manos.

Por toda esa Libertad conseguida puedo entonces porque debo, solicitaros que desde este momento desaparezca el género: ni masculino ni femenino, seamos Argonautas, y adquiramos la facultad de hacer lo que somos, y ser quienes somos, ejerciendo nuestra colaboración en la construcción de la Libertad de los demás, en cuanto son distintos a nosotros mismos.

Las Simplégades eran un par de escollos que flotaban y entrechocaban aleatoriamente, geográficamente situadas en el estrecho del Bósforo

Socialmente, la IGUALDAD no debe derivar de “tú eres mi otro yo”, sino de Inlakesh o “yo soy otro tú”; me igualo a todos, de arriba abajo, de izquierda a derecha y de dentro a fuera. Tengo un remo del Argos, uno de 50. Uno más, uno igual.

Un viaje imaginario y ficción onírica es la expedición de los Argonautas, el cual para los antiguos griegos y romanos, aun para los más escépticos, es una historia verdadera (de la que se conocía hasta la fecha en la que se había realizado -1225 a.C), en el Argo, una galera de guerra de cincuenta remos, que partió de Yolcos, viajando a bordo una asombrosa tripulación compuesta por héroes. Mientras que el término “héroe” se aplica de forma genérica al personaje protagonista de cualquier narración, en este caso nos encontramos ante Héroes, en la más clásica y épica acepción del término.

Somos producto de nuestra cultura, de nuestro tiempo. Para la mayoría de nosotros, un Héroe es una persona que por sus talentos y situación es capaz de superar las limitaciones mundanas que nos convierten en humanos del montón. La motivación de este cambio puede ser:

  • La voluntad de Dios para un cruzado o un santo;
  • Los ideales patrios para un nacionalista;
  • O incluso valores más altos: la verdad, la justicia, la libertad, la defensa de  los  oprimidos… en especial cuando esto les lleva a enfrentarse a su religión, su patria o a cualquier otro de los preceptos imperantes en su sociedad.

Pero si fuéramos verdaderos compañeros de viaje, un equipo de personas que dejaran de servirse sólo a sí mismas, entregando nuestra vida a algo mayor que nosotros, nos haríamos merecedores de ser inspiración para quienes nos acompañan o sucederán algún día.

En un equipo integrador, el prodigio de un proceso personal anti entrópico resuena en lo profundo del alma, y el caos de emociones y miedos, de heridas, prejuicios y ambiciones egoístas va dando lugar a un orden más elevado, a una mayor iluminación del carácter, en lugar de sufrir el inevitable y progresivo deterioro personal y moral que es común a la mayoría de los seres humanos que se encuentran en situaciones de responsabilidad.

Como es bien sabido, el relato del viaje de los argonautas resume las primeras expediciones de los aventureros griegos y sus descubrimientos en las costas del Mediterráneo; hábiles marinos hicieron una serie de proezas al mismo tiempo que describían el mundo con sus viajes, completando así sus conocimientos geográficos.

Jasón aceptó un desafío y le pidió a un maestro armador, de nombre Argos,  que  le  construyera  una embarcación nunca vista, con cincuenta remos, a la cual Atenea fijó en la proa una pieza de roble de Dodona, que tenía el poder de hablar. La nave fue llamada Argo (veloz) y Jasón reunió cincuenta voluntarios de todas partes de Grecia para que zarparan con él:  a cambio, la gloria y la fama acompañarían de por vida a los que participaban en la búsqueda del vellocino de oro.  

El instituto Naudomos, constructores navales e historiadores, usó en el año 2.006 antiguas herramientas y técnicas griegas para construir el nuevo Argo y volver a emprender el mítico viaje.  

A partir de ese momento, los intrépidos expedicionarios recibieron la denominación de Argonautas; la expedición se forma con los mejores augurios y los más altos propósitos, en un ambiente de hermandad – FRATERNIDAD. Todos los personajes, fuertemente egóticos (con un sentimiento exagerado de su propia  personalidad), dan lo mejor de sí para encajar en la difícil convivencia de una larga travesía por mar.

La mitología representó a estos viajeros sobreponiéndose frente a peripecias legendarias durante duras misiones, enfrentándose a ellas casi siempre unidos y llenos de una fuerza sobrehumana.

Pero en nuestra vida «real» nos encontramos que somos un Jasón no del todo valiente, con una tripulación no del todo unida o motivada. Es más, llegamos a conocer de cerca al gran Hércules, pero no al glorioso hijo de Zeus, si no más bien, una persona ruda que rompe nuestras ilusiones, nos pone zancadillas y alienta nuestro fracaso. Por este motivo es imprescindible repasar y entender nuestras circunstancias.

¡Sé resilente, aprende a flotar!

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