Una historia de naufragios

Rafael López Villar. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

Me contó, alguien, no recuerdo  quién, una historia sobre un tripulante del Titanic que me impactó sobre manera. A veces estas viejas historias de catástrofes y seres humanos encierran enseñanzas que no llegan a moralejas, porque no siempre el comportamiento del ser humano resulta ejemplar, aunque si sea ilustrativo.

Parece ser, según me contaron, que en plena confusión después del choque, cuando ya se vio que el catastrófico desenlace era inevitable, hubo un tripulante que destacó por su labor repartiendo salvavidas generosamente entre pasajeros y otros tripulantes. Para todos tenía, además del salvavidas correspondiente, una palabra de ánimo, y a todos repetía: “No se preocupe, en un rato nos veremos después de que nos hayan rescatado”.

En los últimos momentos antes de zozobrar, y sin más salvavidas que repartir, este hombre se tiró al agua con el ánimo de conseguir llegar hasta algún resto que le permitiera mantenerse a flote a la espera del rescate, que no dudaba que se produciría en cualquier momento.

Lo que inicialmente era una confianza ciega y una generosidad sin límites se fue trocando, con el paso del tiempo y el avance del frío que le entumecía los huesos, primero en una sensación de desesperanza y finalmente en una desesperación ciega por vivir. El instinto de supervivencia hizo que, viendo en peligro su vida, intentara por todos los medios hacerse con alguno de los salvavidas que antes repartiera generosamente , ocupados,  y que flotaban a su alrededor, ocupados, sin reparar en la condición de quién lo ocupaba o en qué desamparo dejaba a aquel al que pretendía desalojar.

Tan encomiable había sido su actuación anterior, como profundamente egoísta y rastrera era la final en la que estaba dispuesto a sacrificar a quién fuera con tal de procurarse la salvación.

Parece ser que finalmente no pudo hacerse con ninguno de los salvavidas que tan frenéticamente pretendía y  nadie recuerda cual fue su final, posiblemente ahogarse como tanta otra gente que no pudo resistir el frío, la soledad  y el tiempo hasta que el rescate llegó.

Esta historia demuestra cómo algunos seres humanos solo son generosos en tanto en cuanto no se creen en peligro, incluso, yo diría que hasta posiblemente aquel tripulante aspirara a una recompensa a su actitud una vez pasado el peligro, pero no supo medir ni las circunstancias ni sus propias fuerzas y trocó de héroe en villano en menos que se hunde un barco.

Y a todo esto no sé a qué ha venido contaros esta historia más falsa que la falsa moneda aquella y que me acabo de inventar. Yo me había sentado para escribir un artículo sobre los resultados electorales de Podemos y su oferta de gobierno al PSOE.

Nunca llegaré a entender esta cabeza mía.

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