Los resultados electorales. Más de lo mismo

Feliciano Morales. Director-Editor de PLAZABIERTA.COM

Hablar de humildad en política sería una buena señal democrática, pero no, es algo imposible que los políticos reconozcan que la perdida de escaños en el Congreso de los Diputados es por errores propios, de modo contrario a cuando se alzan con la victoria que en la mayoría de la veces no se debe tanto a sus aciertos como a la incapacidad del contrario de hacer una buena gestión.

La disposición de los políticos a hablar mal del contrario es la tónica habitual para la atracción de votos, al igual que hacer promesas que raramente se cumplen y, si lo hacen, es dentro de esas políticas populistas que como viene siendo habitual es “pan para hoy y hambre para mañana”.

Al final, resulta que todos los hacen bien pero la situación siempre sigue siendo la misma, sólo pequeñas variaciones que para nada mejoran globalmente el sistema. El paro sube y baja dentro de una pequeña horquilla que para nada denota que la situación es distinta a la que dejaron los predecesores, quienes siempre son los culpables de la herencia recibida. Lo mismo podríamos decir de la economía,  la vivienda, las ayudas sociales, la política territorial y el resto de materias que conforman la vida de nuestro país. 

En definitiva, pasamos de un estado de euforia cuando salen elegidos aquellos que hemos votado a un estado de desánimo y decepción, cuando vemos pasar los días, los meses y los años y, al final de la legislatura, todo sigue igual, sin oportunidades, sobre todo para los sujetos más débiles o peor tratados por el sistema. Y, de nuevo, vendrán otras elecciones y los ciudadanos nos volvemos a posicionar creyendo que los nuestros lo harán de forma diferente. Así se repite una rutina cada cuatro años, volviendo a entrar en la dinámica del insulto y el descrédito del contrario.

Ahora que todo esta reciente, nada más tenemos que echar la vista para atrás unos cuantos días para calificar de vergüenza la campaña electoral que ha precedido a estas recientes elecciones que hemos visto simplificada en los dos debates electorales televisados, donde constantemente las pullas entre los contrincantes ha sido la tónica habitual, salvo una pequeña diferencia marcada por Unidas Podemos verbalizando su líder que el acoso y derribo del contrincante no es la solución. Pequeña, porque aunque eso fue lo que oímos en el debate, sin embargo, su campaña al igual que la del resto ha seguido la misma línea de no reconocer los errores propios que ha dado como resultado su perdida significativa de votos y, consecuentemente, de escaños en el Congreso. Pero ellas o ellos no tienen la culpa.

Es cierto que se ha producido un incremento de la participación en estos comicios electorales, posiblemente por el miedo que han infundido todos los partidos en los ciudadanos, unos con la amenaza de que vienen los rojos y, los contrarios, que vienen los fachas, augurando cada uno de ellos dentro de su posición el caos del sistema si votaban al contrario, polarizando la campaña en dos aspectos como si en ellos viniese enmarcados el futuro de nuestro país, cuales son, el problema catalán y el de los inmigrantes.

Desde luego que son dos problemas importantes a los que hay que buscar solución, la cual solamente podrá ser encontrada en el respeto a los derechos humanos, pero no son los únicos ni tampoco los más importantes, sin embargo, ha sido la principal amenaza por parte de la derecha para espolear a sus votantes y atraer a aquellos indecisos con un sentimiento patrio que no responde a la exigencias de un Estado moderno integrado en instituciones supranacionales, donde debe haber una cesión de soberanía para el control y regulación de los excesos habituales de los Estados que repercuten en el bienestar general. La izquierda, sin embargo, aunque sus políticas sociales van encaminadas a favorecer a lo más débiles, al final se traduce de políticas desestructuradas en cuanto que no benefician al interés general. 

En definitiva, se tratan de políticas antagonistas, cuya confrontación traen como único resultado cambios puntuales sin vocación de permanencia, posiblemente porque no tienen ninguna intención integradora de aquellos aspectos o propuestas del contrincante que pueden beneficiar a todos, ricos y pobres. Estamos, sin duda, ante una lucha obsoleta de clases que no beneficia a nadie y, si lo hacen, casi siempre el que gana es el mismo, que no es otro que el que tiene la sartén por el mango y el mango también, es decir, los que tienen el poder del dinero en su mano.

Así nos movemos, entre políticos sin pizca de humildad y entre políticas partidistas que solo buscan la rentabilidad política de los votos y, por lo tanto, con una temporalidad de cuatro años que dura cada legislatura. Políticas partidistas en las que a duras penas se busca, si quiera, una estabilidad temporal, cuanto menos una estabilidad a medio y largo plazo que haga de nuestro país un país más rico y, por consiguiente, más apto para dar soluciones, primero para acabar con las desigualdades sociales y, después, para poder competir en un duro mercado internacional.

Es decir, lo que debería traducirse en políticas integradoras entre los diferentes partidos, al final se traduce en una confrontación continua, en la que cada uno de los partidos políticos se postulan para mejorar una situación que ellos mismos han provocado, pero ninguno para cambiar el sistema, entre otras cosas, porque el cambio no se hace desde la confrontación, sino desde la integración, donde los problemas de Estado deben ser resueltos con pactos de Estado, con políticas de unión y no de separación, pero para esto hace falta esa humildad de la que carecen nuestros políticos y menos aún sus seguidores y votantes que hacen de cada uno de los comicios electorales una causa personal que, la mayoría de las veces, no va más allá de que “ganen los míos” aunque sean los peores.

El pluralismo político debe existir, es más, es bueno que exista, pero desde políticas integradoras, pero para esto falta un largo camino por recorrer, una madurez democrática de la que carecemos y que a los propios partidos no interesa fomentar no siendo que nos demos cuenta del tinglado que tienen montado.

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