¿Para qué sirven los viejos?

Salvo los propios abuelos, generalmente el resto, son vistos socialmente, bien como molestos, como cargas, incluso, en muchos casos, con la repulsa de una cara arrugada y un cuerpo consumido, por el transcurso de los años, de toda una vida que, por la profundidad de los surcos de las arrugas, parece que nada cómoda.

Dice el profuso refranero español que “es de buen nacidos ser agradecidos”, en consecuencia serán unos “mal nacidos” quienes repudian a sus progenitores, ni siquiera por causa que lo justifique, si es que algo podría justificar el desarraigo familiar, sobre todo cuando nuestros ascendientes empiezan a dar guerra o a ser dependientes. Si tan despreciables son sus ascendientes para merecer su repudia, habría que preguntar a quienes adoptan tal actitud, qué parte de responsabilidad tienen ellos o qué hicieron por cambiar la situación.

Olvidamos con mucha facilidad lo que somos que, en gran parte, debemos a una herencia tanto genética como educacional, primero de nuestros progenitores, pero también del resto de ancestros, en lo que nos gusta y no nos gusta. Pero, socialmente son el tesoro de la experiencia, de la sabiduría que da toda una vida, de conocimientos de una vida dedicada al estudio o a la investigación pero, también, quienes han contribuida a lo largo de su vida laborar para tener una pensión digna y merecida.

De todas las etiquetas que se suelen poner a nuestros mayores, la que más me saca de mis casillas es la de calificarlos como “carga”, como sinónimo de “molesto”, de alguien que estaría mejor fuera de nuestras vidas, así muchas veces no se duda en dejarlos en esos “almacenes de almas” que son las residencias de ancianos; aunque, sin cuestionar el hecho de llevarlos a ese lugar cuando se precisa de unos cuidados especiales que no se les pueden dispensar en su domicilio o en el de sus hijos o nietos, o por desearlo el propio abuelo o abuela; pero también, cuando los hijos por sus ocupaciones, cargas familiares y, a veces, esclavitud laboral, no disponen de tiempo o espacio suficientes para dispensar unos cuidados a sus mayores. El problema no es éste, sino el del abandono que se hacen de los ancianos en residencias olvidándonos de su existencia, desconectando de ellos.

En cualquier caso, no se trata de demostrar que es mejor, si la asistencia personal en nuestros hogares a los mayores o en centros residenciales públicos o privados.

Son muchas las combinaciones de intereses en juego, bien de los propios abuelos pero también delos familiares, por este motivo nadie debe juzgar sin conocer bien la casuística, de manera que la decisión que tomen unos familiares respecto de sus mayores, de su adecuado cuidado, de las disponibilidades para su cuidado personal, espacio, economía, es una cuestión que cada cual debe decidir y adoptar, bajo su responsabilidad y conciencia, valorando todos los intereses en juego, pero fundamentalmente pesando en el bienestar de los mayores. 

Se trata de demostrar que son muchas las cosas que debemos a nuestros padres y abuelos, entre otras cosas que estemos en este mundo que, sin haberlo pedido, como algunos dicen para justificar su desarraigo, el caso es que lo estamos, con la oportunidad de haber vivido lo que hemos vivido, lo bueno y lo malo, porque hasta de lo malo debemos sacar lo positivo si lo hay y, sino, al menos, la experiencia, esa que a lo largo de los años nos harán tan sabios como son ellos: nuestros mayores.

Pero si tuviéramos que hacer categorías de mal nacidos ocuparían el grado más elevado los que son capaces de hacer daño a los ancianos, gente sin corazón, sin escrúpulos, deshumanizados, que deberían ser rechazados socialmente, incluso ser castigados con penas de cárcel, porque quien atenta contra la integridad física y moral de un anciano o anciana, contra su honor, incluso contra su intimidad, no solamente está actuando contra natura, sino contra toda la sociedad que, moralmente tenemos el deber de guardar estos tesoros de la vida que son nuestros mayores.

Quien trabajando en una residencia carece de la mínima sensibilidad como para maltratar a los residentes, debe ser conocida públicamente para garantizar a la sociedad que nunca más volverá a trabajar en este sector por su manifiesta incapacidad para desarrollar mínimamente ese trabajo que, si bien siendo conscientes de la dureza del mismo, nadie le obliga a desempeñar y menos de esa manera tan ignominiosa y cruel.

Esperemos que el ministerio fiscal, presente cargos contra esa empleada de la residencia de Hortaleza en Madrid “Los Nogales de Hortaleza y contra la propia dirección por no controlar a sus trabajadores y el trabajo desarrollado por estos, en concreto contra Mónica Moya Pérez, Bryan Israel Noboa Calle y María Josefa Trueba López, que ya están siendo investigados por la Justicia para depurar responsabilidades.

Exigimos que se incremente la vigilancia por parte de la Administración para garantizar uno de los derechos proclamados constitucionalmente como es promover el bienestar durante la tercera edad, mediante un sistema de servicios sociales que atenderán sus problemas específicos de salud, vivienda, cultura y ocio (artículo 50 de la Constitución Española), exigiéndola incluso, responsabilidad subsidiaria por no controlar actos tan execrables como el que aquí denunciamos y que esperamos nunca más se vuelvan a repetir.

También hacer un llamamiento a aquellos familiares que “depositan” en estos centros a sus ancianos para quedar limpios de toda carga sin preocuparse de cómo son tratados, de si son felices o no, de cómo se encuentran, denunciando inmediatamente a esos centros privados que lo único que persiguen es ganar dinero, legítimo en cualquier empresa, pero no de la forma que lo hacen algunos tratándolos de cualquier manera, sin sensibilidad y no dando respuestas a sus necesidades más esenciales y básicas, incluso mucho más, por el dinero que algunas cobran que no solo dilapidan la pensión, sino los ahorros de toda una vida.

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