Viviendo en la distopía

Rafael López Villar. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs

¿Todo es económico? ¿Todos es social? Desde luego lo que sí está claro es que no todo es político, al menos desde la perspectiva de la identidad política/ideología en la que vivimos. Porque la política se ha convertido en un extraño ejercicio en el que una serie de personas imbuidas de una supuesta ideología le dicen a los ciudadanos administrados lo que tienen que pensar, cuando, con que palabras y con qué fines.

Pero la política no es eso, la política, al menos originariamente, sería la voluntad de solucionar los problemas de los administrados. Sí, es verdad, en el momento de enfocar esas soluciones cada uno lo hará según sus convicciones, y eso llevará a que los votantes elijan a uno u otro. Pero no es eso lo que estamos viviendo, cada vez menos. No importa lo que opinen los administrados, ni sobre que temas, solo importa esa opinión que se les permite emitir una vez cada cuatro años. A partir de ahí barra libre para el vencedor, que, como bien sabemos, son todos.

La primera consecuencia de esta situación es una sociedad triste, una sociedad desesperanzada que va cauterizando sus desilusiones y sumiéndose en una fatal indiferencia porque sabe que nada de lo que suceda le afecta salvo que sea para mal, y cada vez es más consciente de que no sabe cómo recuperar lo que nunca estuvo en su mano, el control de los administradores.

Pero estamos mucho mejor que hace cien años. Indudablemente, disponemos de unos recursos, de un confort, de unas prebendas que ya hubieran querido los reyes de la edad media. Entonces ¿de qué nos quejamos? Pues no sé los lectores de este artículo, yo, personalmente, me quejo de lo que no tengo. Me quejo de lo que me quitan por lo que me dan, me quejo de un mundo en el que el individuo está cada vez más oculto tras la colectividad. Porque, reflexionemos un poco, ¿la mejora de la colectividad supone una mejora global de los individuos? Y lo que nos falta ¿es inalcanzable?

Es espectacular contemplar los adelantos globales, la salud universal, la erradicación del analfabetismo funcional, la libertad proporcionada por la tecnología, la divulgación del conocimiento, sobre todo del no práctico. ¿Y a nivel individual? A nivel individual las campanas de júbilo se quedan afónicas día a día. En una sociedad donde la legalidad y la formación son las mayores carencias, unas carencias que se hacen palmarias según se acercan más a los estratos más bajos, más necesitados, con una más dificultosa accesibilidad. Unas carencias que no solo retratan una sociedad manipulada si no una preparación para la manipulación futura. ¿Existe algo más manipulable que un individuo sin formación? Sí, es difícil pero existe, un individuo que no espera nada más que transcurrir por un periodo vital sin carencias ni sobresaltos.

¿Qué percepción de la sociedad pueden tener los ancianos que tras una vida de trabajo se ven abandonados, enfermos y sin recursos para solucionarlo? Que se ven solos en un mundo lleno de gente. Que se sienten transparentes ante unos funcionarios sociales en muchos casos, demasiados, más pendientes de las normas que de los problemas que se les presentan. Unos ancianos que se sienten agredidos por su propia endeblez, por su propia edad, por su propia debilidad que el colectivo ve como un inconveniente molesto, en vez de tratarlos con la dulzura, con la paciencia, con la consideración que su edad merecería.

¿Qué percepción de la sociedad pueden tener los niños, y los no tan niños, no seamos demagogos,  que son metidos en una patera y transportados a otras tierras,o en un campamento de refugiados, o en una fila errante interminable, mientras ven morir a los que están a su alrededor, porque los dueños de su país, que casi nunca son de su país, se quedan con toda la riqueza que ellos necesitarían para vivir razonablemente en esa tierra? La excusa es lo de menos: Pobreza, etnia o religión son dedos de la misma mano sin conciencia que mueve los hilos del mundo.

¿Qué percepción de la sociedad puede tener una persona a la que, viendo invadida su casa, la legalidad la trata como si todos los derechos fueran del invasor y la sume en una indefensión de facto? Ya, ya, que es que vivimos en una sociedad garantista, garantista desgraciadamente con el infractor lo que hace que el agredido sea además de víctima, sospechoso. La inviolabilidad del hogar es uno de los derechos fundamentales del hombre, individualmente, pero la sociedad actual no la garantiza, y el individuo lo ve, lo sufre y no entiende, pero la sociedad, los administradores, tiene otras preocupaciones que el ciudadano de a pié ignora. Ignorante¡¡

¿Qué percepción de la sociedad pueden tener los que desde la indigencia, desde la carencia parcial o absoluta de necesidades básicas contemplan cómo unos pocos se enriquecen más allá de cualquier límite razonable? ¿Cómo se practican la acaparación y la usura sin que se pongan límites a la desigualdad en el reparto de la riqueza? ¿Cómo estas prácticas condenan de facto a sus hijos a ser cada vez más pobres mientras otros nacen con la vida resuelta más allá de méritos o capacidades?

¿Qué percepción de la sociedad pueden tener las víctimas de violencia de cualquier tipo, género, edad, carácter, raza, tendencia sexual o religión, cuando ven como una burocracia indiferente a las necesidades del individuo se enreda, se enroca, se pierde en caminos que habitualmente desembocan en la muerte? No puedo concebir el infierno de estos dos últimos niños muertos en Valencia a pesar de las claras señales de alarma que su situación emitía.

¿Qué percepción de la sociedad puede tener el que recurre a la legalidad con la intención de restaurar sus derechos o solucionar situaciones de evidente injusticia y topa con un funcionario que no cumple con su función o unos recovecos ininteligibles, pero legales, o interpretados torticeramente, que lo sumen en el pasmo y en la indefensión?

¿Qué percepción de la sociedad pueden tener esos individuos que día a día, no importa donde, no importa por qué, se ven enfrentados a la dejación, a la incompetencia, al abandono, a la indiferencia de maquinarias burocráticas que inicialmente deberían de servir para evitarlo?

Sí, es verdad, globalmente vivimos en una sociedad con un nivel de confort, de libertad insospechados hasta hace poco. Pero el confort funciona como una mordaza y la libertad tiene todo el aspecto de ser vigilada. Al final, el lenguaje podría darnos las claves.

Si a los administradores se les llama gobernantes, si a los ciudadanos se les llama contribuyentes, si al acto de administrar se le llama poder, si la sociedad no reconoce a sus individuos, si la única percepción de lo que no funciona está directamente ligada a la implicación personal, entonces, más allá de las percepciones, solo somos reos de nuestra propia molicie y decadencia. Somos como muñecos de un futbolín que nos movemos, con los demás de la barra, cuando el jugador nos mueve.

Tenemos la costumbre, seguramente el cine tiene mucho que ver con ello, de asociar las distopías a la falta de luz. Craso error, también existen las distopías luminosas, por ejemplo: “Un Mundo Féliz”, o la que estamos viviendo día a día.

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