Julio López Cid, in memoriam

 

Rafael López Villar.  Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española .

 

La muerte le llega incluso a aquellos que han aprendido a torearla durante la práctica totalidad de su existencia. Julio López Cid ha muerto a los 93 años rodeado de su familia, su esposa Alma, su hija Claudia, su yerno y sus nietas. Pero no estaban solos porque a lo largo de su vida Julio cosechó una interminable lista de sobrinos, por sangre unos y muchos otros por amistad, y todos estábamos conectados a él por sus llamadas, por su permanente interés por las cosas de la familia, de los amigos y de su ciudad natal, a la que nunca renunció.

Fotografía: De izquierda a derecha y por parejas: Ana y Javier López Iglesias  (primo del autor del artículo y escritor con varios libros publicados): Marisa, hermana del autor, y el autor. Lucila y Antonio Valente, hijos de José Ángel Valente, premio Principe de Asturias de Las Letras y dos veces Nacional de Poesía. Detrás, el tío Julio y Jesús, hermano de Javier y Ana. 

Siempre te preguntaba por aquellos a los que habías visto últimamente, como le iba a todos, como iban los diferentes problemas de los que estaba informado puntualmente, los trabajos los hijos, las enfermedades y, Orensano tenía que ser, de las muertes, de las que era informador tempranero.

Pero Julio López Cid, para mí y para tantos otros el tío Julio, no fue solo el tío Julio. Para mí fue mi segundo padre, literalmente, una figura asociada a la familia durante mi infancia y los atisbos de la adolescencia. Esa persona que comía, cenaba y convivía con nosotros hasta que la llegada de la noche lo llevaba a aquella habitación en la calle Almagro que pertenecía al domicilio de la señora Mayer, una alemana ya entrada en años de la que se contaban mil y una anécdotas por su poco dominio del idioma. “Julia tafón”, parece ser que interpelaba a mi tío Julio cuando lo llamaban por teléfono y que quedó como frase ritual en su entorno.

El tío Julio padeció de tuberculosis desde su juventud, enfermedad que se agravó y lo llevó a estar durante meses internado en Los Milagros, donde yo recuerdo haberlo visitado siendo aún un niño. Esa enfermedad fue la causa determinante de la convivencia con mis padres, no importan tanto las circunstancias como el hecho en sí, que lo acogieron desde antes, aún, de que tuviéramos que emigrar a Madrid.

Los años 59 y 60 fueron determinantes en el devenir de su vida. Su enfermedad avanzaba inexorablemente postrándolo y dibujando un futuro nada incierto respecto a su desenlace. Estando internado le comunican dos noticias de gran alcance: La primera la concesión del Premio Sésamo por “El Pobre Celso” y la segunda, la perspectiva de que el equipo del Doctor Villaverde, el yerno de Franco, le operara en una intervención a corazón abierto pionera en esa época, y que consistía en la extirpación de toda la masa pulmonar dañada.

Siempre la familia, siempre los amigos. En la posibilidad de esa operación inalcanzable se movilizan la totalidad de sus amigos, tantos y tan buenos. Los Barreiros que, con su accesibilidad a la figura del Marqués de Villaverde, consiguen su colaboración, los miembros de su pandilla que asumen el coste, el elevado coste, de los cuidados. Alberto “Cus” Almeida,  Oscar Almeida, Paco Aranda, Marcial Feijoo, Valeriano Barreiros, José Ángel Valente y tantos otros, llegan a donar sueldos enteros para hacer frente a los gastos.  Y su familia, que contribuye en lo que puede. Mis padres, recién llegados a Madrid, lastrados económicamente por las circunstancias de su emigración, aportan el alojamiento y los cuidados permanentes durante la preparación, el posoperatorio y posteriormente durante su recuperación, y el resto de la familia en todo lo que puede.

La intervención es un éxito absoluto y el tío Julio se recupera y fija su residencia en Madrid. Colabora con el ABC como crítico de música clásica y trabaja como funcionario en la Dirección General de Tráfico. Durante este tiempo en Madrid hace su vida en nuestra casa, llega a la hora de la comida y pasa la tarde en casa o sale, según los días, para volver a cenar antes de retirarse a su dormitorio exento. Es habitual que reciba en casa a sus amigos, que en muchos casos lo son también de mis padres. Virgilio Fernández, Jaime Quesada, José Luís de Dios, Acisclo Manzano, Eduardo Valenzuela, Antón Risco son tal vez los más habituales, aunque no los únicos.

Transcurridos unos años decide emigrar a Ginebra. En esa decisión pesan tres hechos sobre todos los demás, y por este orden: Que está su íntimo amigo José Ángel Valente, su desafección al régimen franquista y una considerable mejora laboral como traductor de la ONU.

Allí pasó los cincuenta últimos años de su vida. Allí se casa y forma una familia. La última vez que viene a España, y a Orense, es en 2006 para la presentación del libro de Eduardo Valenzuela “ay, Orense, Orense” publicado como “Ai, Ourense, Ourense”, suceso este, el de la traducción a la fuerza del título del libro, sobre el que publicó un artículo en La Región poco después. Coincide en ese evento con la parte viva de Los Silenciosos, de los que era miembro, y a su vuelta a Ginebra considera que sus ya muchos años, 81, le aconsejan no viajar.

Ha muerto el tío Julio, Julio López Cid, el penúltimo de Los Silenciosos, el hermano casi gemelo de mi padre, mi segundo padre. Si alguien tiene interés en conocer la vida del Orense de aquellos años tendrá que leer sus cuentos, tendrá que disfrutar de su prosa rica, intimista, un tanto impregnada del fatalismo de sus vivencias y de la humedad que el Miño le presta a la ciudad. Puente Sobreira, El Umbral, El Río, El Pobre Celso, deben de ser lecturas de todos los orensanos que estén interesados en su ciudad, y en una literatura rica, dulce y con capacidad para transmitir las historias.

Hoy sí, con su propios versos:

Chora, chuvia, chora,

Po los cristales,       

Po los teus,

Po los meus males.

Brúa, vento, brúa

Peta n’as portas

D’as esperanzas túas

D’as miñas mortas. 

Fuxe, fuxe aixiña

Mal pensamento

A chuvia solo e chuvia

E o vento e vento

Llora, lluvia, llora,

En los critales,

Por los tuyos,

Por mis males.

Muge, viento, muge,(*)

Llama a las puertas

De las esperanzas tuyas

De las mías muertas

Huye, huye presto

Mal pensamiento,

la lluvia solo es lluvia

Y el viento es viento

(*) Respetando la primera versión que era “Muxe, vento, muxe” y que al traducir la segunda versión no aporta nada a la estrofa. De hecho el cambio, afortunado y asumido por el autor, de muxe por brúa parece debido a Ramón Cid.

 

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