El WhatsApp está contra mi

Feliciano Morales. Director-Editor Magazine Plazabierta.com

Son las 2,00 h. AM, y cuando ya he sido arrojado a los brazos de Morfeo, un “plin” me sobresalta, una penumbra nublada por el profundo sueño del que acabo de despertar me envuelve, tardo unos segundos en darme cuenta donde estoy, sólo me hace tomar conciencia del tiempo y del espacio la persiana del dormitorio a medio bajar que deja pasar la tenue luz de las farolas de la calle.

Me incorporo, habiendo ya olvidado el motivo que me había desvelado, giro la cabeza al llamarme la atención una pequeña luz que sale de encima de mi mesilla, una maldición salió de mi boca seguida de “se me olvidó apagarlo”. Eso es lo que suelo hacer cuando el placer de la sábanas me envuelve y los parpados empiezan a resultar pesados. Pero esa noche no lo hice, quizá porque ese placer fue más intenso o el cansancio no dio tiempo a mi cabeza de ordenar a mis manos lo que tenían que hacer.

Ese aparato tan útil resultó ser tan impertinente como quien hizo que saliera de su letargo y yo del mío, tan impertinente como  he sido yo en otras ocasiones. Un mensaje aparece en pantalla con un icono verde con forma de bocadillo de comic y con un teléfono blanco en el centro. El comunicante, uno de mis contactos, quizá amante de la noche o desvelado, el mensaje un gif, sin puñetera gracia, como tampoco la tenía su inoportuna actuación por las horas que eran. 

Recordé a aquel amigo que en una mañana de domingo, a las 7,45 h. AM, le mande un WhatsApp con uno de mis artículos, su mensaje de respuesta fue una agresión verbal contra mi persona, seguida de un bloqueo entre sus contactos, me di cuenta porque mi respuesta pidiéndole disculpas nunca apareció seguida de esa doble viñeta azul que nos muestra la recepción del mensaje. Desde entonces no le he vuelto a ver para transmitirle mis disculpas personalmente. Javier, lo siento. Aunque tal vez debería también incluir algunos nombres más que se seguramente se han acordado de mi madre por el abuso de este medio. Así que a quienes hayan tenido presente a esa mujer que me dio la vida, la mejor mujer del mundo mundial, también les pido disculpas.

Es una realidad a la vez de una impertinencia el uso desmedido de esta aplicación y de otras similares, pero sobre todo el cabreo de quienes no reciben una respuesta inmediata, sin darse cuenta que el receptor es el dueño de sus tiempos y que, salvo una urgencia que, por cierto, sería mejor comunicarla mediante una llamada, debas contestar con la rapidez que la situación exige. Por eso, igual que he pedido disculpas, sin esperar reciprocidad, tan sólo comprensión y respeto, pido a quienes tienen el móvil y lo usan  para pasar el rato, que no está mal, pues el ocio debe formar parte de nuestras vidas y para eso también están los amigos que, al menos, no reprochen que no haya un mensaje de vuelta inmediato.

Otro “plin”, otro WhatsApp, mi contacto está por darme la noche. Pienso que es una venganza, con acoso y derribo. Debo decir que el contacto es femenino. Su contenido un emoticono, bueno, el mismo repetido varías veces, bastantes, de forma compulsiva, una cara lanzando besos. Pensé, el beso de Judas, a un amigo no se le hace esto. Venganza con nocturnidad y alevosía.

Ahora era el momento de responder. No quería ser mal educado, aunque en la cabeza se me agolpaban los esabruptos. “Puedes dejarme dormir…”, seré elegante: “de una puñetera vez”, fue mi respuesta, acompaña de un emoticono de una cara cabreada y roja de cólera. Pensé que era suficiente para que mi mensajera repusiera su actitud, pero no fue así, unos interrogantes sin contenido fue el siguiente “plin”. Ahora fue la progenitora de ésta la que acudió a mi cabeza, acompañada de un adjetivo referido a esas mujeres de moral distraída, quizá menos que la que había decidido darme la noche. Me contuve, intentando sucumbir al sueño.

Quizá personalizar el mensaje que deseo transmitir, conduzca a algunos de mis contactos a rallarse más allá de lo que intenta ser una crítica, no a las personas que, por otra parteo ha lugar a ella, sino al uso desmedido y me atrevería a decir patológico, por el abuso, de esta aplicación. Tengo la suerte que a mis contactos les sobra la educación y el saber estar, sobre todo a los que estoy unido por alguna relación personal o profesional, tan sólo algún despistado o despistada que no conociéndome lo suficiente quiere que caiga en el mismo juego que ellos.

Ahora, son las 5,00 h. AM, y el desvelo del mensaje “gifniano” del principio me ha llevo a escribir esto, posiblemente algo impertinente. El caso es que no puedo volver a conciliar el sueño, las sábanas ahora me molestan, me raspaban y eso que son de franela para combatir el frío de las noche salmantinas en una casa antigua. Me levanto, abro del todo la ventana del dormitorio, enciendo un cigarrillo prometiéndo no volverme a olvidar apagar el móvil o empezar  hacer uso de esa otra aplicación que te permite dejarlo en sueños que me baje hace unos meses.

No quiero romper corazones de nadie, solo desahogarme. Eso es todo.

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