Divergentes


A veces nos creemos mejores que los demás, hablamos de valores, criticamos nuestro entorno, incluso a nuestra familia, a nuestros hermanos y, en vez de buscar soluciones, unirnos para hacer una sociedad mejor, nuestro ego, hace que nos pongamos la zancadilla, que nos pisemos los unos a los otros. Estamos ávidos de criticar, de imponer nuestro criterio. Esto hace que huyamos de la autocrítica, nos convertimos en ortodoxos, seguimos la letra, pero no el espíritu. 

Nos unimos a grupos, a organizaciones, cuyo espíritu siendo buenos los convertimos en herramientas que arropen nuestras ideas, nuestro modo de vida, como una vestimenta que oculte nuestras propias miserias para aparentar lo que no somos, como refugio de nuestras imperfecciones humanas, como apariencia de una bondad que dista mucho de serlo.

Esta es la miseria del ser humano, la manifestación de nuestra soberbia. Recurrimos a símbolos que cada cual manipula a su propio antojo para dividir en vez de para unir, a pesar de su carácter universal, ocultándonos detrás de ellos para erigirnos en jueces de la conducta ajena. Nos creemos hombres y mujeres buenos, dignos de esos símbolos, y distamos mucho de serlo, ensuciándolos con nuestra propia conducta.

«Esta es la miseria del ser humano, la manifestación de nuestra soberbia. Recurrimos a símbolos que cada cual manipula a su propio antojo para dividir en vez de para unir, a pesar de su carácter universal, ocultándonos detrás de ellos para erigirnos en jueces de la conducta ajena.»

Nuestra mediocridad se ampara en ideas, en conceptos, que convertimos en ideologías vacuas que tratamos de imponer, rechazando a quienes no las secundan como enemigos, en vez de buscar en las ideas de los demás un complemento o afirmación de las propias. Rechazamos todo lo que no lleve nuestra marca o la del grupo al que pertenecemos, no porque hayamos comprobado su posible ineficacia, sino porque no son nuestras y, quizá, porque aceptándolas o razonando sobre ellas, nos demos cuenta del error de las nuestras.

Nos sometemos a líderes  incapaces de dirigir, cuyo liderazgo legitiman en elecciones, a los que les da miedo la libertad. Incapaces de poner orden porque prefieren moverse entre dos aguas, en la tibieza del espíritu, asistiendo impasibles a la ruptura que no a la diversidad de los grupos que dirigen. Niegan que el grupo se resquebraja por la intolerancia de sus miembros, para que nadie cuestione su liderazgo. No asumen su responsabilidad por cobardía, recurriendo de nuevo a esos símbolos que los miembros del grupo prostituimos para vanagloriarnos de conductas que predicamos pero que no vivimos. 

Nos autodefinimos como libre pensadores, pero no somos más que papagayos que repetimos consignas, a veces aprendidas como modo de vida y otras impuestas para ser aceptados en el grupo en el que estamos.  Porque el libre pensamiento está en aceptar a otros que opinan de forma diferente, sin verlos como enemigos. Pero, preferimos crear complots para destruirlos.

Nos da miedo ser divergentes por convencimiento, por la responsabilidad que ello implica, pues no se trata de excluir y no aceptar a los que piensan diferente, sino de intentar complementar, de sumar en vez de dividir. Preferimos ser sumisos a que nos encasillen como diferentes y por ello como peligrosos por la incapacidad de algunos de pensar que en esa divergencia puede estar la solución a ciertos problemas.

En definitiva, se puede criticar sin destruir, se puede criticar después de la autocrítica, se puede pensar diferente sin con ello pisar las cabezas de los demás. Se puede ser divergente con la finalidad de construir y no destruir. Es libre pensador el que crea y no el que destruye.

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