Humo

Sentado en mi pequeña silla de madera de pino, escribo sin pensar estas letras. 

Sólo y con una suave música de fondo y esa luz, la luz de los primeros días soleados del otoño que tanto me gustan, descubro con sorpresa como de un calidoscopio únicamente de piezas blancas y negras que en mi mente se abre, el hermoso rostro poligonado de la mujer más hermosa que he visto en mi vida.

Al principio lo veo lejano, como si paseara por un museo y con cara de niño curioso mirara las caras angulosas y solapadas, los cuerpos de triángulo y los rosados cuadrados  desnudos de las “Señoritas de Avignon”.

Pero poco a poco y quizás empujado tímidamente por la templada brisa de hembra que entra por la ventana del patio, el rostro cobra vida, se acerca por la parte de atrás de mis ojos y como un cine abierto de verano proyecto con deseo esa imagen llena de perfume sobre la pared de color crema de mi casa.

Y de pronto me encuentro allí, con ella, cogiéndola por el hombro y compartiendo una bolsa de pipas, la bolsa de pipas más maravillosa del mundo.

Sillas de hierro pintadas de color verde manzana.

Hoy hay muy poca gente, claro, es martes;  pero las estrellas…hay tantas que la verdadera película se está proyectando allí, sobre el punteado negro del universo.

Y sobre nuestros cuerpos, una fina capa de agua se crea y bajo ella nos sentimos peces y con los labios abiertos juntamos la amalgama de sentimientos que se han creado entre nosotros.

Se han unido dos océanos, dos manos, cuatro ojos, un solo vivir.

-¡Mira! -le digo a esa mujer inexistente y a la vez tan real que me mira y traspasa de verde botella mi cuerpo- Es una estrella fugaz, corre, rápido, piensa un deseo!!!

Ella cierra su mirada de ángel durante un instante y después con el cabello lleno de los anillos de Saturno me ha respondido, sin apenas mover los labios:

-Yo soy tu deseo, el último deseo que has pedido. Este momento de lienzo blanco es nuestra mejor obra, tu mejor obra. Recuérdala pues aunque me veas yo, ya me he ido. Me fui esta mañana tras un requiebro y después, me perdí entre la gente buscando un ramo de flores regaladas y una tarjeta con tu nombre.

Sigo escribiendo mecánicamente. Levanto las manos del teclado pero aún así  la pantalla del ordenador se llena de letras que yo no escribo; palabras olvidadas, hermosas poesías que se llenaban de corazones abiertos y de mil y una maravillas.

Tengo ganas de llorar. Será el Otoño, no lo sé. Sí que lo sé, no es el otoño. Tengo ganas de dar un beso y de volver y comer pipas con ella.

He mirado el reloj que llevo pintado en la muñeca. Siempre marca la misma hora, el momento de aquel día en que, levantándome de la silla de pino dejé de escribir palabras para marcar con los pasos de goma de mis zapatos, un S.O.S. desesperado.

Mientras bajo los cinco pisos que me separan de la calle, pienso, mientras escucho aún el loco replicar de teclas que escriben solas que, tal vez, esto sea un sueño.

Mis labios se sellan con lacre dorado y del bolsillo de mi camisa marrón unos versos de mago se destapan de alas blancas.

Volaba de hojas blancas,

caracolas,

cribando de turquesas,

los momentos,

se hacían de amatista,

Rojos labios,

viviendo en los rincones,

pensamientos.

Las hojas del Ailanto,

Se mecían,

al viento descarado,

de un deseo,

y líneas torneadas,

por palomas,

de letras consumían

el silencio…

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