Somos nuestra propia destrucción

 

 

Que ingenuos somos, nos creemos dueños de nuestra propia vida y no somos más que marionetas cuyos hilos manejan otros. Somos esclavos de nuestra propia vida, una vida que si nos pertenece es porque está encerrada en un envoltorio que es nuestro propio cuerpo, algo ínfimo si los comparamos con el universo infinito.

 

Todo está pautado, todo responden a teorías que la pobre mente humana puede entender. Un sistema decimal que mide casi todo cuanto nos rodea,  un tiempo y un espacio que percibimos circunscrito a nuestro pequeño mundo. Teorías sobre evolución de las especies, teorías del origen del universo, teorías y más teorías, que nos sumen en un mundo de dudas.

 

Somos una especie más de las que viven en nuestro planeta, destructiva con nosotros mismos, con nuestro entorno. No respetamos a nuestros semejantes, nos creemos superiores al resto. “Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza”, pero el hombre no es Dios por mucho que se lo crea. Y, quién es Dios, nada más que el germen de la existencia del universo, su Constructor y Arquitecto. Polvo cósmico, tal vez.

 

Hemos convertido el planeta en un vertedero de nuestra propia degradación. No compartimos lo que nos sobra, estamos avocados a un mundo gris, donde el cielo azul no se podrá ver, donde las estrellas ya no brillarán porque el hedor que desprendemos se convertirá en un vapor nauseabundo que no nos dejará ver más allá de la estratosfera, sin sol, donde la luna nos abandonará porque ya no deseará ser nuestro satélite.

 

Los ricos vivirán aislados de la urbe en una burbuja llena de confort, bienestar y comodidad, donde su vida absorberá la del resto de mortales que vagarán aislados en guetos sucios, malolientes, llenos de virus y bacterias, hasta convertirse en seres sin alma, errantes, que sueñan con el mundo que hemos destruido, con pesadillas sobre aquella explosión cegadora que dejó sin luz el mundo, donde las epidemias serán el único recurso para equilibrar la superpoblación. Un mundo sin recursos, donde la única vida que nos acompañará en nuestro destino serán los gusanos y las ratas que salen de  nuestra propia basura.

 

El pensamiento, la razón y el sentimiento se convertirán en un deseo insaciable de dominio, de los ricos sobre los pobres, de los pobres sobre los más pobres, de los más pobres sobre los que ya  no tienen alma y vagan sin rumbo fijo por calles negras llenas de una sustancia pegajosa de color oscuro y olor insoportable de nuestros propios desechos corporales, dependientes de un chute diario, de una química que destrozará su cerebro y transformará su sangre en una sustancia acuosa de color marrón que terminará reventando sus venas y llenando su cuerpo de postulas supurantes.

Vida sin vida, muerte sin descanso, ese es el futuro que estamos creando. 

Nos felicitamos por un nuevo año, por un mundo mejor, pero no hacemos nada por cambiarlo.

Si el ser humano quiere obviar la verdad está condenado a vivirla. Si cerramos los ojos sólo encontraremos antes la oscuridad. 

 Somos la única especie con la toxina de la desconfianza impresa en nuestro código genético. Nos engañamos con la ilusión del éxito material y evadimos pensar sobre nuestra propia muerte, sobre nuestra destrucción. Aún así, nadie puede negar  que después de tantos miles de años habitando este planeta somos destructivos por naturaleza.

Engañamos, trepamos pisando a los demás hasta encontrarnos en la cima de nuestro triunfo y luego con la guadaña de la muerte cortamos la cabeza a quien nos recuerda que no somos dioses sino gusanos en descomposición, sin que sirvamos, siquiera, para abonar la tierra en la que descansaremos, sino sólo para contaminarla.

Cuando la bilis ascienda a nuestra garganta se producirá la fusión de dos realidades, la nuestra y la que no quisimos ver. Entonces será tarde. 

 

 

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