No hay amor

Llegó a casa taquicárdico, tiró la colilla de su cigarro al suelo del parqué y se sentó en el sofá como el paciente que espera en urgencias, silenciosa figura de cuatro.

Agarró un mechero bic, grande, azul cielo, ovalado como la mirada cómplice del compañero de mus que tiene tres cerdos y un as.

No tenía gas. Tampoco quería bajar a comprar un nuevo fuego así que, encerrado en su cueva puso a prueba sus huellas digitales, primero la del dedo obeso mórbido de la mano derecha. Su insistencia hizo desaparecer dos números de su dni. Luego pasó a su mano izquierda, dedo progre.

Salía un humo fino que ascendía fatigado escalador con gran pájara.

No había fuego ni blanco y negro en aquella habitación donde el calor del color amarillo se diluía a pocos metros de una sombra encogida ya, sin posibilidad de fotosíntesis para la hoja marchita de la paciencia.

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