Seminci 2018 a propósito de Woman at War (Kona fer i strió) de Benededikt Erlingsson

 

 

 

El cine medioambiental refleja de diversos modos su compromiso con la naturaleza, en entornos geográficos y psicológicos que cada vez está más dañados en pos de intereses globales y capitalistas que bajo la apariencia de un bien mayor para la humanidad y el progreso, esconden un interés oculto por modificar el paisaje. Woman at war (kona fer i strió) nos habla de ésto en una propuesta con tintes surrealistas donde la banda sonora se interna en las secuencias con músicos y un coro griego reales dentro de la acción amenizando y siendo a la vez protagonistas dotando de mucha más realidad a la historia que narra y diciendo al espectador: lo que ves es real. Islandia y su naturaleza salvaje, primigenia y única es atravesada por tendidos eléctricos de enormes proporciones que a modo de gigantes como en el Quijote de Cervantes, se convierten en los enemigos a combatir y a derribar; pero en esta ocasión no es un caballero andante el héroe de la gesta, sino una mujer Halla (Halldóra Geirharosdóttir), que como la diosa mitológica Diana, con su arco y flechas será capaz de hacer frente y poner en jaque a un país y a todo su sistema. Cualquiera puede ser un héroe anónimo y Halla en la normalidad de su vida es una profesora de canto, con tantas ganas en adoptar a una niña ucraniana y ser madre como de declarar la guerra a la industria del aluminio de Rio Tinto. Erlingsson nos presenta a una activista comprometida con su propia causa y seguidora de ilustres héroes como Nelson Mandela y Mahatma Ganhdi, como nos muestran los carteles colgados en la pared de su casa. Pero lo verdaderamente importante es el entorno, la belleza visual que emana cada plano, la sensación de soledad y aislamiento de su protagonista en algún momento, escondiéndose de cavidades en la tierra o caminando en mitad del inmenso páramo como metáfora de la lucha de unos pocos idealistas que son capaces de arriesgarse por un bien común y superior que dignifique al ser humano y le haga despertar del letargo en el que está sumido. Esas imágenes nos trasladan de un modo pictórico a los cuadros del romanticismo alemán de Caspar David Friedrich, mostrándonos la insignificancia del ser humano frente a la naturaleza inmensa y eterna que ya estaba ahí mucho antes de nuestra existencia. Su compañero de aventuras  será un pastor de ovejas, Sveinbjorn (Jóhann Sigurdarson). Nadie que pertenezca al mundo urbano puede ser de ayuda, pues todos son cómplices con su indiferencia ante lo que pasa. Remarcando un sentido arcádico y también mitológico, Sveinbjorn representa al semidiós Pan, pues era firme defensor de los rebaños y espantaba a los hombres de los lugares que habitaba al ser puros y vírgenes, y así se lo hace saber a las autoridades policiales que asustan y espantan a las ovejas. No habrá mejor compañero y con su ayuda se salvará la hipotermia en un baño que será un bautismo purificador mostrado en un bello plano cenital cargado de lirismo y de abrazo entre el agua y Halla.  Todo es válido para poder conseguir su objetivo, pero siempre sin dañar a nadie. También hay momentos de humor como los que representa Juan Camilo Román Estrada, victima indulgente que será una y otra vez confundido con un activista al que hay que detener y encerrar. Pero lo realmente importante de la película  es la  poética del paisaje, su belleza descrita a base de pinceladas sutiles y su mensaje claro y directo que  invitan a reflexionar y a pensar que siempre hay esperanza  en  un último mensaje positivo para el ser humano y  para el entorno natural.

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