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A point of view

Agazapada en la puerta de entrada de la «New Poupée», una de las muchachas chinas que puedes trajinarte por cuarenta euros en el interior del garito, fuma compulsivamente. Algún cliente le ha dejado una gabardina para protegerse del relente de la calle. Debajo de la ropa prestada, apenas se le distingue un minúsculo corpiño. Al pasar a su lado he visto cómo sus manos temblaban, cómo al acercarse el pitillo a los labios y aspirar el humo denso del tabaco, sus ojos negros regresaban, escaleras abajo, rumbo a un futuro demasiado imperfecto. Debo de hacer, decir algo, no conmiserarme sin más de su desgraciada vida y después, pasados veinte minutos, olvidar su existencia con la espuma blanca de unas cervezas compartidas con unos amigos. De modo, que he sacado cuarenta euros de la billetera y se los he pasado por sus botones de azabache. Al menos, esta noche, será una buena persona la que disfrute de sus encantos orientales.

Opio

Una terrible depresión exógena está golpeando mi mente hasta convertirla en un amasijo de ideas desordenadas. Lo mismo suelto un enérgico discurso en plena calle, plagado de gruñidos e insultos contra las putas palomas, buscando al culpable que designó a esa rata con alas como el símbolo de la paz, con el único propósito de lincharle; como lloro desconsoladamente, sentado en un banco Parque del Oeste, ante la herrumbre política que ha producido a España una septicemia imposible de revertir. Todo esto no debería de estar sucediendo si tuviera los cinco sentidos con que me dotó la naturaleza; pero como el fisco se quedo con un veinte por ciento de los mismos -en concreto con el olfato- , ahora me es imposible distinguir entre el dulce perfume de la infancia y el olor a mierda de un sindicalista liberado con un Rólex en la muñeca. Sinceramente, no creo que salga de esta.


Un jardín de rosas

Era en el número siete de Easton Line, justo al lado de aquella pequeña plaza en donde veinte años después me declaré a Mary, mi primera y única novia, el lugar en el que las rosas de la señora Pearson crecían como las más hermosas flores del mundo.

Era un jardín pequeño pero muy bien cuidado; siempre con el césped recién cortado, oliendo a primavera. 

Pasaba por allí todas las mañanas ya que justo al lado de la valla de madera rojo cereza que distinguía el jardín de la señora Pearson del resto del mundo, estaba la parada del autobús del colegio; el “Roberts South Institute”…..Una institución privada para niños con discapacidad mental.

Sabéis, aunque todo el mundo me dice que soy retrasado, yo no lo creo y la señora Pearson y mi madre tampoco…

“Vamos Thomas que llegas tarde!!” me dice siempre mi madre, sacándome el tazón de leche lleno de “Flakies”, aquellos insufribles cereales con sabor a Toffe, hasta la puerta, mientras que Luhther nuestro perro y he de decir que mi primer amigo, me muerde una y otra vez las perneras de los vaqueros, eso sí con el mayor de los amores…

Mi madre siempre me acompaña a la parada del autobús, comprueba que llevo la cartera a la espalda, el almuerzo y que me he lavado la cara y los dientes. Después y aún con la bata amarilla puesta, cubre mi cara de besos y vuelve a casa y desde la ventana de la cocina, me dice adiós con su mano de seda cuando comprueba que el autobús amarillo limón que me llevará a la escuela dobla la esquina. Yo también la respondo con la mano….Adiós!….

Pero no sé, tal vez aquel día sonara el teléfono en casa o el desayuno de Sally, mi hermana pequeña se estuviera quemando, el caso es que mi madre no salió a la ventana a despedirse de mí con su mano….

Miré mi reloj….Las nueve y dos minutos el autobús debería de haber llegado ya….que raro, hoy el mundo va mucho más lento de lo que debiera, hasta veo volar a los pájaros en cámara lenta…..

En ese momento, la puerta del número siete de Easton Line se abrió y de ella salió la señora Pearson, la mujer de las rosas más bonitas….

Descendió los tres peldaños que la separaban del caminito de pizarra y se dirigió a mí, con su andar despacito de tortuga, su pelo blanco y su sonrisa de ángel….Yo me quedé mirándola….Ja! ella también anda a cámara lenta, como todo esta mañana….

A izquierda y a derecha las decenas de rosas de todos los colores del arco iris que pintan su pequeño jardín vuelven sus flores para mirarnos…..

-Hola Thomas, qué haces aquí todavía muchacho –su pelo del plata brilla con los primeros rayos del sol- es que no ha llegado todavía el autobús?…

-Hola señora Pearson….mi madre dice que no hable con nadie hasta que no llegue a la escuela, me dice que puede ser peligroso, que pueden engañarme….

La señora Pearson acaricia mi mejilla.

-Pero yo no soy una desconocida Thomas, me conoces desde que eras muy pequeño, verdad?….

-Si, si señora Pearson……usted es nuestra vecina….

Son las nueve y cuarto el al autobús sigue sin llegar…..

-Te gustan mis rosas Thomas?…

Mucho señora Pearson, me gustan mucho…..tiene un olor que me recuerda a mi madre….

-Si quieres te las presento……anda ven entra en el jardín….

-Pero, yo….el autobús…..

-No te preocupes querido, en cuanto veamos que gira la esquina nos acercaremos a la parada….

-Vale…..

No sé cuanto tiempo estuve en aquel lugar maravilloso, un minuto, una hora, un año, toda mi  vida…..

La señora Pearson me presentó una por una a todas las bellas rosas de su jardín…: A la pequeñas y amarillas de “Pitiminí”, a las rosas y aterciopeladas “Grand Bouquet”, a las blancas y esponjosas “Sophie”….

-Hola Thomas, es un placer conocerte! –y me saludaban inclinando su tallo levemente hacia abajo-

-Lo mismo digo, lo mismo digo…..

-Sabes Thomas?….Es Robert, mi difunto esposo el que cada amanecer, antes de que Joseph el lechero deje las primeras botellas en casa del señor Smith, el hombre más madrugador de la manzana, riega las rosas y las cuenta una bonita historia con final feliz, para que así, estén brillantes y lozanas hasta el día siguiente…..esto es un secreto, no se lo cuentes a nadie, vale?

-Sí, sí señora Pearson a nadie, palabra……

El autobús finalmente dobla la esquina, como todo hoy, a cámara lenta…..

La señora Pearson me coge de la mano y me acerca a la parada, levantando la mano para que el conductor vea que alguien le espera…..

-Anda Thomas dame un beso. Puedes venir aquí siempre que quieras…..

-Gracias…..-la devolví el beso-

Monté en el autobús y vi como aquella anciana se iba conviertiendo en un puntito a medida que nos alejábamos….

Pasé el día en el colegio pensando en las Rosas, en aquel maravilloso olor, en el pelo blanco y bonito de la señora Pearson y el perfume estupendo de su jardín, que tanto me recordaba a mi madre…..

Miro el reloj, son las seis….Se acabaron las clases hasta mañana….bajo las escaleras hasta el patio. Mamá me estará esperando abajo dentro del coche…..Así es mírala, que guapa está…..tengo que contarle lo de la señora Pearson…..

Entro en el coche….Mamá esta triste, se nota que ha llorado…..

-Que pasa mamí?…..

-Nada, Thomas nada…..

-Venga mamá qué pasa?

-Esta bien hijo te lo contaré….Esta mañana al amanecer, el señor Joseph el lechero cuando iba a dejar las botellas de leche en la casa de la señora Pearson se encontró que la puerta de su casa esta abierta, la llamó una, varias veces…Pero nadie respondió….Asustado entró en su habitación y….allí estaba, tumbadita en la cama….hijo la señora Pearson, nuestra vecina ha muerto, murió mientras dormía, placidamente…era ya muy mayor y claro, estas cosas pasan…..estás bien Thomas?

Me quedé callado pensando en lo lento que el tiempo había pasado aquel día…..

-Que pena, con el jardín tan hermoso que tenía, quien lo cuidará ahora, sus rosas….-dijo mi madre con pesar-……

No la respondí, pues sabedor del secreto que la señora Pearson me hizo prometer que nunca contaría, las rosas estarían bien para siempre, al igual que ella….

Mi madre arrancó el coche que a cámara lenta como todo aquel día dobló la esquina perezoso…

Casualidad

Muchas veces he orinado en el alcoque de un árbol. La deferencia entre los perros y yo, era el levantamiento de una de las patas traseras; mi técnica es otra: poner las piernas en tijera semiabierta, bajar la cremallera del pantalón, buscar con rapidez la zona de descarga, y sentir como la vejiga se descarga lentamente. Una noche de verano, coincidí en la micción con un pastor alemán que también venía con prisas. Los dos llegamos al mismo tiempo a la base de una gran acacia espinosa. Nos miramos con esa masculina complicidad, e inmediatamente comenzamos con lo que habíamos venido a hacer; piernas en tijera, pata derecha sobre la acacia, vaciar vejiga, vaciar vejiga. El Pastor terminó antes que yo, pero aguardo a que yo también finalizara la maniobra. Todo concluido. Después, cada uno por su lado. Ahora, cada vez que nos cruzamos, una especie de extraño compañerismo brota de nosotros; dos animales y una leguminosa que comparten el extraño secreto de la urea.

En el cielo no hay alcohol

Buscando tus abrazos en el exilio, ese abrigo que solamente irradia una cuna y el recuerdo de aquella chimenea donde restallaban pupilas al son de madera seca.
Ahora, en mi lecho de muerte en vida por un día, cada día que me atropella el mediodía con su tren de excesos y lagunas de cubos de hielo, quiero volver a tu piel, al silencio del campo de tu epidermis, ahora, cobarde de mí. 
Quizá sea porque me estoy haciendo mayor, más débil, más pequeño. Quizá siga sin aprender la lección. Ya no sé hacer ni chuletas.

Humo

Sentado en mi pequeña silla de madera de pino, escribo sin pensar estas letras. 

Sólo y con una suave música de fondo y esa luz, la luz de los primeros días soleados del otoño que tanto me gustan, descubro con sorpresa como de un calidoscopio únicamente de piezas blancas y negras que en mi mente se abre, el hermoso rostro poligonado de la mujer más hermosa que he visto en mi vida.

Al principio lo veo lejano, como si paseara por un museo y con cara de niño curioso mirara las caras angulosas y solapadas, los cuerpos de triángulo y los rosados cuadrados  desnudos de las “Señoritas de Avignon”.

Pero poco a poco y quizás empujado tímidamente por la templada brisa de hembra que entra por la ventana del patio, el rostro cobra vida, se acerca por la parte de atrás de mis ojos y como un cine abierto de verano proyecto con deseo esa imagen llena de perfume sobre la pared de color crema de mi casa.

Y de pronto me encuentro allí, con ella, cogiéndola por el hombro y compartiendo una bolsa de pipas, la bolsa de pipas más maravillosa del mundo.

Sillas de hierro pintadas de color verde manzana.

Hoy hay muy poca gente, claro, es martes;  pero las estrellas…hay tantas que la verdadera película se está proyectando allí, sobre el punteado negro del universo.

Y sobre nuestros cuerpos, una fina capa de agua se crea y bajo ella nos sentimos peces y con los labios abiertos juntamos la amalgama de sentimientos que se han creado entre nosotros.

Se han unido dos océanos, dos manos, cuatro ojos, un solo vivir.

-¡Mira! -le digo a esa mujer inexistente y a la vez tan real que me mira y traspasa de verde botella mi cuerpo- Es una estrella fugaz, corre, rápido, piensa un deseo!!!

Ella cierra su mirada de ángel durante un instante y después con el cabello lleno de los anillos de Saturno me ha respondido, sin apenas mover los labios:

-Yo soy tu deseo, el último deseo que has pedido. Este momento de lienzo blanco es nuestra mejor obra, tu mejor obra. Recuérdala pues aunque me veas yo, ya me he ido. Me fui esta mañana tras un requiebro y después, me perdí entre la gente buscando un ramo de flores regaladas y una tarjeta con tu nombre.

Sigo escribiendo mecánicamente. Levanto las manos del teclado pero aún así  la pantalla del ordenador se llena de letras que yo no escribo; palabras olvidadas, hermosas poesías que se llenaban de corazones abiertos y de mil y una maravillas.

Tengo ganas de llorar. Será el Otoño, no lo sé. Sí que lo sé, no es el otoño. Tengo ganas de dar un beso y de volver y comer pipas con ella.

He mirado el reloj que llevo pintado en la muñeca. Siempre marca la misma hora, el momento de aquel día en que, levantándome de la silla de pino dejé de escribir palabras para marcar con los pasos de goma de mis zapatos, un S.O.S. desesperado.

Mientras bajo los cinco pisos que me separan de la calle, pienso, mientras escucho aún el loco replicar de teclas que escriben solas que, tal vez, esto sea un sueño.

Mis labios se sellan con lacre dorado y del bolsillo de mi camisa marrón unos versos de mago se destapan de alas blancas.

Volaba de hojas blancas,

caracolas,

cribando de turquesas,

los momentos,

se hacían de amatista,

Rojos labios,

viviendo en los rincones,

pensamientos.

Las hojas del Ailanto,

Se mecían,

al viento descarado,

de un deseo,

y líneas torneadas,

por palomas,

de letras consumían

el silencio…

Desde el dolor, hermana

Después de permanecer tanto tiempo en silencio, desde el más profundo dolor, hoy, quiero contarte una historia. Es una de esas dramáticas e injustas historias que, de vez en cuando, irrumpen con la fuerza arrolladora de un tsunami en la vida de algunas personas, devastándolas, cambiando irremisiblemente el rumbo de sus destinos. 

Era un día cualquiera de una incipiente primavera. Justo en esa época en que las yemas arbóreas alumbran nuevas hojas dotando e inundando de vida renovada al mundo vegetal, en la que la fragancia de las flores silvestres se expande delicadamente a su alrededor, cuando el intenso y abundante colorido en una explosión de frondosidad torna el paisaje en un deleite para los sentidos. Esa época en la que las nubes dibujan figuras en la bóveda celeste, ocultan brevemente el sol o amenazan con descargar un chaparrón, de un instante a otro. 

Avanzando por la vereda de un paseo fluvial se distinguía una silueta femenina, caminaba con paso rápido, decidido. No llovía pero su rostro estaba empapado, roto de sufrimiento. Tras haber recorrido incesantemente varios kilómetros iba tan absorta que no prestaba atención a sus cansados pies, tampoco a su exhausta respiración. Persistió en continuar, desapareciendo veloz por uno de los recodos del serpenteante sendero. Al fin consiguió llegar hasta un alejado y pequeño mirador donde encontró un banco situado a la orilla del río, afligida se sentó bajo la tenue sombra que proyectaban unos antiguos y robustos álamos, entonces deslizó la entristecida mirada sobre el terreno hasta posarla en el remolino que formaba el agua de la pesquera. Embargada de emoción sucumbía a la escisión que se había producido en todo su ser. 

Todavía se hallaba bajo los hipnóticos efectos del estupor a causa de la traición sufrida. Realizó un enorme esfuerzo por sosegarse y centrarse, se obligó a sí misma a retomar el hilo de los acontecimientosy para ello hubo de retroceder en el tiempo, hasta situarse en las navidades de dos anteriores años.

En aquellos días había confiado un problema de índole familiar a una persona muy allegada y querida, siendo ésta testigo del padecimiento en el que vivían. Le expresó su inquietud, la preocupación por la extenuante actitud de una de sus hijas, la cual, acuciada por una serie de circunstancias a nivel personal y laboral mostraba una gran vulnerabilidad. Lamentablemente, ni la inteligencia, la educación, la formación universitaria o ni tan siquiera los principios y valores inculcados desde la cuna son capaces de actuar como la vacuna que inmuniza contra todo tipo de adversidad, menos aún a proteger de algún desaprensivo, iluminado o depredador que acierte a cruzarse en el camino de cualquier persona en un momento de extrema fragilidad. 

Desgraciadamente apareció en la vida de la hija el iluminado de turno, poseedor de “conocimientos elevados”, portando bajo el brazo la enciclopedia del saber, cuyas lecciones parecían extraídas de la omnipotencia de alguna desconocida divinidad, mostrando como un mantra incuestionable el camino a seguir, enarbolándolo como una verdad absoluta, practicando una filosofía sectaria, nociva, sin vínculos familiares. Para alguien cuyo lema es el desarraigo el primer escollo a batir son las personas más cercanas e importantes. Y qué mejor momento iba a encontrar para comenzar a distanciarla que la llegada de las navidades. 

Consiguió convertir aquella Navidad en la más desdichada de su existencia y la de su familia sin la presencia de la hija. En una noche ralentizada, dilatada en las arenas de un tiempo lejano, cada segundo fue imprimiendo una huella de fuego y sangre en su alma. Cobijada bajo la manta, entre las sombras de la noche y el imperturbable silencio, buceó en el arca cerrada que guardaba en su memoria buscando con ahínco alguna referencia, en un desesperado y vano intento por entender y justificar aquel sinsentido. La vivió con el amargo sabor de la hiel quemándole las entrañas, en una extraña amalgama de agónica incertidumbre por una hija, de frustración al no poder evitar el profundo e injusto sufrimiento en la otra y en los demás miembros de su familia. Aquella noche, anegada de un llanto imparable, su vida quedó enmarcada en un antes y un después, aquella desoladora noche murió aunque también renació. 

Durante aquella Navidad, mientras el salvaje dolor se instalaba en su alma, la persona tan allegada y querida en la que confiaba la traicionaba actuando a sus espaldas, le abría la puerta de la casa de sus padres fallecidos al hombre que se esforzaba por convencer de una realidad inexistente a la amada hija y alejarla de ellos. Estaban tan abrumados que no imaginaron que lo peor quedaba por llegar. Sucedió cuando su hija les hizo saber que necesitaba desconectar por un tiempo indeterminado. 

Los meses posteriores resultaron infernales. Empujada por una desesperación que debía canalizar recorría kilómetros cada día. Las semanas se sucedían unas a otras en constante zozobra sin noticia alguna, con sus interminables días y desveladas noches, sumergidos en un pozo de infinita tristeza e impotencia. Entre tanto lucharon por no rendirse al desmoronamiento total, buscaron la ayuda precisa para no enloquecer e intentaron seguir el consejo de los expertos en la materia a los que acudieron. Respetaron el tiempo que la hija les había demandado, sin perder la esperanza en recuperarla, recurriendo a una imprescindible paciencia. Lo mantuvieron en discreción, sin poder compartirlo con nadie, para evitar que cualquier hecho por bienintencionado que fuera pudiera agravar tan complicada situación.

En cambio esa persona tan cercana en la que siempre había confiado se mostraba impasible ante su desgarramiento, contribuía a generar un daño gratuito ocultándoles que mantenía el contacto con su hija, incluso cuando ésta viajó durante un tiempo a miles de kilómetros de distancia. 

Inevitablemente la salud de la familia se resintió, se vieron forzados a enfrentarse nuevamente a un reto. Los disgustos, los sobresaltos, las urgencias, sucedieron de manera tan constante que provocó en ellos un desgaste irreparable. El sufrimiento diario se empecinaba en marcar las horas del reloj de sus vidas, la pesadilla amenazaba con aniquilarlos a cada paso que daban. 

Sentada en el frío banco de piedra la silueta de la mujer se mantenía inmóvil, petrificada, recordaba una esfinge simbolizando alguna leyenda griega. Permanecía ensimismada hilvanando los recuerdos, la mirada fija en los movimientos bruscos que hacía el remolino y que irresistiblemente la atraían como un imán, sin dejar de escuchar con anhelo, igual que si fuera un bálsamo para el alma, el suave murmullo del agua. 

De pronto apareció ante sus atónitos ojos una niña. La contempló perpleja, pestañeó con fuerza intentando apartar de sí la súbita e inquietante imagen. Cuando los volvió a abrir la pequeña seguía allí. Su mirada era tan pura y profunda que despertó en ella un vago sentimiento familiar. El aspecto angelical que desprendía le recordó la nobleza de espíritu de la que se goza como un privilegio en la más tierna infancia. Parecía sentirse desamparada, asustada.

   -¡Tengo miedo, ayúdame, no me dejes!- exclamó la niña en tono suplicante

   -¿Quién eres? ¿De qué tienes miedo?- acertó a preguntar sobresaltada 

   -De tus pensamientos. No quiero que dejes de ser quien eres a causa del daño que injustamente te han infligido. Necesito que me cuides y me quieras tanto como a los demás- respondió la pequeña con desconsuelo

Profundamente trastornada y conmovida se levantó dispuesta a coger la mano extendida que le ofrecía desde la orilla. Fascinada por su candor deseó protegerla y estrecharla entre sus brazos. Según se acercaba le preguntó con trémula voz.

   -¿Cómo te llamas?-

   -Lo sabes, acuérdate de aquel tiempo que ahora te parece tan lejano- le respondió con    una sonrisa invitándola a reflexionar

Con los brazos tendidos se inclinó para alcanzarla pero la niña quedó envuelta en una neblina que suavemente se alejaba de ella. En las cristalinas aguas aún se reflejaba la imagen del etéreo rostro confundiéndose con el suyo propio, revelándole así su nombre, recordándole su identidad, antes de desvanecerse definitivamente en el horizonte. Apoyada sobre la húmeda hierba lloró. Reconciliándose con aquella parte olvidada y entrañable de sí misma se volvió a levantar e inició el camino de regreso a su hogar.

Pasado un tiempo, inesperadamente, les llegó más información a través de gente digna y de gran corazón. Supieron que esa persona querida y allegada no sólo les había ocultado tan determinantes hechos sino que, además, había vulnerado su intimidad al hacer alarde públicamente de estar en contacto con la hija y de que ésta no lo mantenía con su propia familia, tampoco con sus más leales amigos. La privacidad que con tanto sacrificio intentaron preservar quedó destruida. Paradójicamente ocurrió que poco después también cortó con ella la comunicación. Al haberles ocultado estos hechos había privado de una ayuda inestimable a la hija, la que realmente necesitaba y se merecía en aquellos momentos. 

Esta historia ha marcado un nuevo rumbo en sus vidas trastocadas por la maldad que han tenido que soportar. Ha arrastrado consigo, sin compasión alguna, el bienestar de una familia. Esa familia es la mía. Ya no puedo abrir mi corazón, está roto, devastado. Esa silueta desesperada y solitaria caminando por la vereda soy yo y esa persona tan allegada en la que tanto confiaba eres tú, hermana.

Una historia


“Habiendo alcanzado un notable máximo dentro de un volumen relativamente bajo de expectativas, Nicanor de Boñar, natural de Cendejas de la Torre, alcanzó su primer orgasmo mojando el anzuelo, a las 01:38 horas del día doce de enero de los corrientes ¿La afortunada? Margarita, una prostituta guapa y limpia, que los cuarenta no los cumplía. Nacida de parto natural en Gárgoles de arriba, se abría de piernas pensado, ojos al techo, en un puesto de fija en el Lidl; de cajera, de reponedora, de lo que fuera.

Nicanor mientras, a pesar de haber expulsado su primera hombría, seguía dando que hablar a los resabiados muelles del somier. Tampoco pensaba en la mujer que tenía debajo; se movía por defecto, como el péndulo mareado de un reloj al que se le acaba la cuerda. Después, se dejó caer lentamente sobre el cuerpo alquilado de Margarita, venciendo la cabeza entre sus pechos.


_ ¿Tú crees que me cogerían en el Lidl?


Nicanor no respondió. Se limitó a pellizcar suavemente en pezón derecho Margarita que, al momento, reaccionó duplicando su tamaño, elevándose rosa hasta un mundo contenido en un bote de mermelada de naranja vacío.
Y es que una habitación sin ventanas, no había lugar para el silencio.”



Flores para el mal

 

 

Fueron flores, si que lo fueron,

De amargos olores,

De infectos sabores,

De aromas canallas

Y fecal paladar.

Flores nacidas en ruinas morales,

Fermentadas en capullos arrabales,

Criadas sobre un lodazal

De cunetas, de trincheras,

De urbanos eriales y desiertos humanos,

Alimentadas con sangre, con carne necrótica,

Tirada de cualquier manera

Tirada en cualquier lugar.

 

Fueron flores, si que lo fueron.

Nacidas sobre la muerte

Entre coronas infames

Con vocación de ultratumba

Que gusanos fagócidas trabajan sin parar

Fantasmales,

Carroñeros,

Jardineros del pesar.

 

Fueron flores, si que lo fueron.

Vida sobre la muerte

Muerte del que no tuvo suerte

Suerte de nacer ya muerto

O en otro momento

O en otro lugar.

 

Fueron flores, si que lo fueron

Presentes que pretendieron

Encubrir al asesino

Burlarse tal vez del muerto

Aliviar al encubierto

Y embellecer el mal.

 

Fueron flores, si que lo fueron.

Podredumbre de colores.

Muerte de carnaval. 

Matrioshka

Armando se sentó, por fin, y dejó que el cansancio acumulado se asomara a sus ojos, se apoderara de sus extremidades y fuera haciéndose patente en sus consciencia. Había sido un día duro, un día de trabajo duro y con muchas horas de esfuerzo, de reuniones para llegar a acuerdos, de clase para transmitir las enseñanzas que los acuerdos reclamaban, de enfrentamientos con los que se negaban a reconocer el trabajo que se realizaba. Horas y horas de recibir enseñanza y transmitirla. Y ahora llegaba la hora de descansar.

Sí, había quienes se empeñaban en poner en cuestión los conocimientos de los que ya tenían las respuestas. Los que decían que para enseñar había que poner todo lo aprendido en cuestión y llegar al propio conocimiento, los que defendían que el conocimiento recibido solo era una base de la que partir para evolucionar.

Armando sintió en lo más profundo una pereza infinita al pensar en la posibilidad de ponerse ahora que el entumecimiento del sueño lo invadía, en buscar una verdad a la verdad que ya conocía y que le parecía incuestionable.

Siempre había personas que necesitaban el protagonismo de sentirse diferentes. Eso era soberbia, eso era inconformismo y ganas crear problemas.

Armando seguía dándole vueltas a sus pensamientos mientras se ponía el pijama, incluso mientras retiraba las sábanas para meterse en la cama y empezaba a acercar su cabeza a la almohada, aunque un gran silencio mental se hizo antes de que llegara a rozarla. Ya descansaba.

Jorge sonrió con la satisfacción del que ha hecho bien su labor mientras retiraba el control del muñeco y contemplaba su falso sueño, su desbaratado descanso que al fin y al cabo no era más que una muerte temporal hasta que mañana de nuevo tomara su control y volviera a dirigir su apariencia de vida, su aparente consciencia, sus implantadas convicciones.

Se lavó las manos, se vistió y salió. Tenía reunión con el director para revisar el guión que habría de seguir en los siguientes días. No solía haber grandes variaciones, los objetivos eran claros y solo cambiaban pequeños matices, estrategias, para conseguir avanzar en el resultado final, la defensa de la verdad y su implantación en la sociedad.

Es verdad que no todos la compartían, de ahí la importancia en ser discretos, ladinos, apenas perceptibles. De ahí la importancia de los Armandos que en el mundo ayudaban a su difusión permitiendo que los guiñolistas no tuvieran que mostrar su verdadero rostro.

Cuando Jorge volvió a su casa contempló de nuevo a Armando, con cariño. Uno se llegaba a encariñar con aquellos muñecos, con aquellas marionetas de alma compartida y con aquella vida que sus manos le inducían. Mañana Armando tendría su último día con él. El director creía que ya había cumplido con su labor y le había proporcionado un nuevo muñeco. Ya no importaría que haría con el resto de su vida ni si tenía resto de vida. Ya no sería cosa suya.

Ahora le tocaba estudiar la nueva personalidad del nuevo guiñol y su forma de trabajar. El director le había asegurado que todo el trabajo de base, como de costumbre, ya estaba hecho y que el nuevo muñeco era totalmente dócil a los fines perseguidos. Su sometimiento ya había sido probado y aceptado y la sociedad en la que tenía que moverse lo valoraba adecuadamente para los objetivos a lograr.

Por cierto, se llamaba Jorge, como él. No sabía si la idea le gustaba o le creaba una cierta sensación de incomodidad, de inseguridad. Por supuesto no le había dicho nada al director. Las discrepancias no estaban bien vistas y no convenía caer en desgracia.

Jorge, el guiñolista, se puso a estudiar. Luego vendría el descanso.

Carmen vio salir a Jorge con su nuevo muñeco y toda la documentación que le había proporcionado para su manejo. Cada vez era más complicado el manejo de esos “muñecos”, cada vez era más difícil encontrar guiñolistas con el talento y la capacidad de camuflaje que Jorge tenía. Pero la consecución de la divulgación de la Verdad Única y su implantación definitiva en la sociedad valía el esfuerzo que se realizaba. Y además cuando eso sucediera él estaría ahí, entre la cúpula de los elegidos, entre los que fabricaron y consiguieron una sociedad como dios manda.

Carmen aún recordaba sus tiempos de guiñolista. A veces, incluso, soñaba con recuerdos de cuando era guiñol, aunque estaba seguro de que eso solo eran sueños.  Bueno, ya solo quedaba dar el parte a su superior, en realidad, y como ya le había demostrado en varias ocasiones, a su amigo.

Todo iba según lo planeado. ¿Qué podía salir mal? Nadie creía que existiera la Organización, los contrabulos funcionaban a la perfección y las denuncias contra ellos solo acrecentaban el descrédito de los denunciantes. El sistema de muñecos finales, la captación de personas con aceptación popular y débiles había sido un acierto que se mostraba imparable y que los propios muñecos defendían a muerte. Su mismo orgullo los obligaba a defenderlo, y una vez quemados su credibilidad era nula.

Carlos, sentado cómodamente en el jardín de su vivienda, colgó el teléfono por satélite con el que se comunicaba con su organización. Todo marchaba según lo previsto, los beneficios crecían, el poder crecía y todo estaba bajo control. La vida, esa que los demás creían tener y que él dirigía con mano de hierro sin moverse de su inaccesible hogar, le sonreía.

Su hijo, su heredero, recibiría más poder, más dinero y un mundo más dócil que el que él había heredado. Pero para eso aún faltaba.

Pensó en llamar a alguno de sus iguales, pero la desidia le invadió. Ya había hablado con todos ellos esa mañana. Ninguno tenía nada interesante que contarle. A todos les sonreía la vida como a él mismo.

Se sonrió, se retrepó y dejó que su mente se fugara en ideas inconcretas, las concretas ya eran suyas.

 

                                      ——————— ooo ——————–

 

Laura estaba leyendo y aquella frase le llamó la atención. Le llamó la atención lo suficiente para que su cabeza empezara a darle vueltas. Inesperadamente su reflexión se convirtió en una idea diferente, en una evolución sobre lo que creía antes de leerla. En diferentes lugares del mundo un número inconcreto de personas tuvo la misma experiencia. Si conseguían salvar los controles establecidos por los guiñolistas  y transmitir sus conclusiones tal vez hubiera esperanza, aunque esperanza había poca.

Sin un adiós definitivo

 

 

 

Llevo tanto despidiéndome de ti, papá, que se me hace difícil pensar en una despedida definitiva. Tanto tiempo de no estar poco a poco que no concibo que ya no estés nada. Tanto tiempo hablado a tu ausencia que la ausencia no me produce lejanía, alejamiento.

No hay barreras a la palabra, no hay fronteras al pensamiento y mis palabras y mis sentimientos te siguen acompañando, me siguen surgiendo como cuando sin estar estabas. No sé cuál es el franqueo al lugar en que te encuentras como no sabía que sello poner a donde te encontrabas.

Tampoco sé en qué se diferencia hablare a la ausencia de tu cuerpo cuando tantas cosas le he dicho a tu mente ausente.

No sé si ahora me escuchas con más fuerza, con otra claridad que el oído adquiere en la ausencia de un cuerpo que lo lastre. No lo sé, papá, no puedo saberlo.

Es difícil hablar a quién no parece escucharte, pero llevamos tanto tiempo sosteniendo este dialogo sin retorno que mi necesidad de hablarte trasciende ya la necesidad de que el interlocutor se manifieste, de que su presencia corpórea me acomode, de que las palabras tengan que ser pronunciadas, de que el destinatario sea consciente.

Son solo palabras, papá, son solo sentimientos, son solo retazos de una comunicación que nunca fue tan fluida como cuando te hiciste ausente. Son solo ideas compartidas que no necesitan de respuesta.

¿Qué me hablo a mí mismo? Como todos, todos nos hablamos y escuchamos con mucho interés lo que decimos, algunos por el mero hecho de escucharse, otros, no sé si más o menos, con la esperanza de encontrar algo en sus palabras que no pudo encontrar en sus silencios.

Los hay, papá, que se sienten mejores, allá ellos, otros buscamos con ahínco, con método de minero artesano, ese pensamiento que nos haga entendernos, vano intento, aunque sea hablando con alguien que, como tú, ya haya muerto.

Quería decirte, papá, desde el principio, que voy a seguirte escribiendo, que la memoria y el cariño no se acaban aunque ya no haya cuerpo. Que te hablado tanto tiempo sin respuesta que la falta de respuesta es solo eso, un canal discreto.

Mañana te enterramos, tus cenizas. Mañana tu ausencia corporal será definitiva, pero seguirás recibiendo estas cartas porque seguiré necesitando tu recuerdo para saber quién soy, que soy, que existo.

Un beso papá, aunque tu cuerpo no pueda ya recibirlo. Un beso.

Ser

 

 

…En las heladas llanuras de Mongolia un hombre, un buen mongol, ha de tener tres cosas para que la vida, para que el resto de las vidas que aún le quedan, sean tan plenas como el helado amanecer de los inviernos planos y blancos que se pintan .

 

Ya las dijo el gran Kublai Khan hace muchas estaciones, delante del enorme ejército triunfante  a las puertas de la vencida ciudad de Xi-Xiao.

 

 Miles de hombres esperaban sus palabras con anhelo. Y él ofreció a los suyos el deseo de seguir viviendo como siempre lo habían hecho….

 

Respiró tranquilo y aún con la impenetrable armadura de escamas del pez Koriao, llenas de sangre enemiga, desenvainó su espada y hablo, poco, como costumbre es entre los mongoles, almas habituadas a la soledad:

 

-Hermanos, hay tres cosas que un mongol ha de tener para ser persona, para distinguirse de la lechuza o del zorro, para que el gran oso le respete y  el lobo le llame amigo: Una familia tan grande como pueda, un caballo con el que cabalgar más allá de lo que se vé … y un águila con la que elevar al cielo los ojos…son estas tres cosas las que nos distinguen del resto del mundo…..

 

…Está nevando afuera, mucho….hace dos días que mi familia y yo,  Khindal-San, el pequeño “ojos de grillo”, como me llama mi abuela, montamos la tienda que nos cobija. Es primavera pero al mundo se le ha olvidado que hay flores que esperan bajo la tierra. El frío no recuerda que debe regresar a su casa del Norte, siguiendo el vuelo del búho blanco…

 

Todos estamos dentro, mirando al fuego… soñando, cada uno con sus cosas, padre, con grandes manadas de caballos, fuertes y sanos; madre, la mujer que nunca dejó de ser niña, con las muñecas que nunca tuvo y con un mundo algo más cálido, Thilsur, mi hermano mayor, con la hermosa, Khone, su prometida desde hace ya más de cinco años…aquí uno se casa cuando  se vuelve a encontrar, si es que eso sucede alguna vez…Aquí todo es tan grande….

 

…Mi abuela, ella, yo creo que no piensa en nada, tan solo siente… A su edad, que ya pasa las noventa estaciones, el mundo se metido en su carne y su carne es tierra y su mirada es igual que el brillo del hielo….

 

…Y yo, yo sueño cada día, cada instante con un águila de alas fuertes y poderosas que haga que mi vista se eleve más allá del suelo y poder sentir su fuerza y montado en mi caballo ir a cazar con ella al zorro plateado y llenar mi montura con sus colas de fuego….y ser por fin el hombre que esta tierra escondida pide….

 

Olvidé decir que el nombre de mi abuela es Aughan-shan y que tengo el inmenso honor de cuidarla, desde aquel día en que siendo niño recogí porque así lo creía, una de sus piedras de adivinar del suelo….

 

-Tu serás mi apoyo –dijo ella, la que nunca habla-

 

Tras eso, el silencio se hizo de nuevo y su boca se cerró como las enormes puertas del antiguo Caravanserai de Uteilam…

 

Desde entonces, yo soy el que la viste, el que la da calor en las noches largas abrazado a ella, el que mastica su comida, supliendo sus dientes con los míos….

 

Me he quedado dormido abrazado a ella, como casi todas las noches…sus ojos nunca se cierran, pero en el fondo sé que nunca ha despertado…que aún duerme….

 

No sé cuanto tiempo ha pasado. La luz del día atraviesa la gruesa piel de la tienda, llenando su interior de un sinfín de mundos….Ahora es mi abuela la que me abraza…estoy en su regazo mientras ella, hace tirabuzones con mi pelo. Me habla por segunda vez en toda su vida…

 

-Yo veo en tu mirada el águila que deseas, observo como vuela y como con alas majestuosas, sobrevuela por encima de esta tienda, de las lejanas montañas del Ur-Jun, en sus ojos negros veo ciudades nunca vistas, hombres de color negro, selvas impenetrables, un mundo de agua lleno de criaturas que ansían conocerte….

 

-Qué dices abuela? –yo no daba crédito a lo que escuchaba-

 

-… Khindal-San, yo soy tu águila y velaré por ti siempre como tú lo has hecho conmigo….

 

-Abuela…

 

….Afuera se escucha el viento del lobo mezclado con las voces de mi padre y mi hermano que intentar reagrupar a los caballos…madre mientras, prepara unas tortas de harina, imaginando en su mente de niña, canciones que dibuja con su canto sordo….

 

He vuelto a mirar a mi abuela….Ya no está aquí. Su cuerpo se ha tornado frío y de sus manos de raíz una nueva vida ha comenzado…Mis lágrimas llenan de cristales el suelo de la tienda…

 

En silencio, la hemos enterrado…nadie ha dicho nada…pero el cielo se ha llenado de nubes y un zorro de plata se hace con su cola, pintor de la escena…En el opaco fulgor de su de su mirada descubro el recuerdo de mi abuelo Ghinbé que me llama….

 

Aquella misma tarde, el águila más hermosa se posó en mi brazo sin yo pedírselo y con ella y ella con mi abrazo, recorrimos todos lugares en los que el sol ha posado sus rayos alguna vez….

Volver

 

“Volver, con la frente marchita, con las nieves del tiempo plateando mi sien….”

No podía quitarme ese hermoso tango de la cabeza, también ya llenita de canas.

Sentado en el asiento número 15 del tren regional regresaba a mi pueblo, Almazán, después de treinta años de marchar de sus calles y de mi Duero amigo, con una maleta marrón, una camisa blanca y veinticinco años de juventud y esperanza.

El tren corre rápido hacía su destino, como un niño que viéndose perdido, escucha a lo lejos la dulce y cálida voz de su madre.

A través de la ventanilla, colores de trigo se difuminan y el olor de la tierra comienza a regar mis venas.

El ruido de las ruedas sobre las traviesas no deja de pronunciar su nombre, Carmen, Carmen, Carmen.

Nos abrazamos y como en la canción de Penélope, yo le dije “volveré” y ella, con sus maravillosos ojos de luna me respondió sin hablar “pase lo que pase siempre te tendré conmigo, aquí, aquí dentro, señalando con la mirada de un pájaro a su corazón”.

El tiempo pasa, y mis manos han sacado de un bolsillo imaginado, la última carta que recibí de ella, hace ya tanto tiempo. Releo las últimas palabras una y otra vez, mientras el gusano de hierro que me lleva a casa reduce su velocidad, entrando sigilosamente en Almazán:

“Siempre estaré contigo”

Después, sólo supe de ella que se había casado y que había marchado a Soria para hacer allí una vida nueva, sin mí, conmigo.

El tren se ha detenido al fin y un torrente de nervios y alegría me hace crecer como un árbol. Es mediodía, un hermoso mediodía de junio. Hace mucho calor y la estación aparece pintadita de verde, como de un hermoso cuadro.

Uno, dos, desciendo los peldaños del vagón. Un mozo me da la maleta:

– Tenga señor, que hermoso día hace, ¡Verdad?

– Sí que lo hace, sí, ten muchacho, veinte duros para unas cañas.

– ¡Caray, muchas gracias!

El regional se despide de mí con un pitido y continúa su camino hacia Soria y yo, yo, me quedo solo.

La luz del día es blanca y luminosa. Miro alrededor. Todo ha cambiado. El trecho que separaba la estación del centro del pueblo, antes un senderito poblado de álamos y almeces, es ahora una pequeña urbanización de casitas bajas, todas rojas que me recuerdan a las amapolas que ponía siempre en tu pelo.

No sé donde ir primero.

A lo lejos un grupo de muchachos se me han quedado mirando. Uno de ellos con un correr alegre se me acerca.

-¿Quiere que le ayude con la maleta señor? Me llamo Jorge.

-Gracias, Jorge. Yo soy Carlos.

El chaval coge la maleta con fuerza.

-¡Como pesa!

-Es que llevo treinta años de recuerdos dentro de ella.

-¿Dónde quiere que vayamos?

-No lo sé, me gustaría ver el Duero una vez más.

Sobre el puente de hierro, con los brazos apoyados en la barandilla contemplo de nuevo el fluir de las verdes aguas del río que me daba la vida.

Jorge coge dos piedras.

-Tenga Carlos, a la de tres.

Los dos lanzamos con todas nuestras fuerzas las piedrecillas al río.

Tengo que ir de nuevo a su casa, debo de saber si está aquí.

-Jorge, sabes donde está la calle del Suspiro.

-Claro, le llevaré.

-No, no hace falta, sólo te lo preguntaba por si todo esto era un sueño, ya voy yo solo entonces. Has sido muy amable Jorge, ten.

-No, no señor no me de nada. Con que todos los días venga al puente conmigo y tiremos unas piedras, tengo ya bastante. Gracias a usted, Carlos.

Sale corriendo y desaparece en el doblar de la Avenida.

He llegado lentamente a la calle del suspiro, recreándome en cada esquina, en el reloj de la iglesia vieja y en la tienda de bombones de doña Hilaria.

El número cinco, segundo B.

Subo los peldaños de madera que me reciben con un crujido de alegría al reconocerme.

Ya en el descansillo me he situado frente a su puerta. Huele a sopa.

Llamo al timbre y tras un silencio eterno, unos pasos, seguidos de un “Ya voy” se acercan. La puerta se abre.

Es ella, con sus ojos de luna y con un delantal blanco. El largo pasillo de su casa se ilumina con una luz celestial.

-¿Sí, qué desea?

No me ha reconocido. No sé qué decirle, nada se me ocurre. Sólo quiero mirarla.

Y como de una fuente brotan de mis labios las letras de nuestra canción:

“Hacen falta dos,

para hacer del uno un diez,

nubes del algodón,

se dibujan, al revés,

y en mi corazón,

sólo sale de mi voz,

te quiero….”

Ella abre sus ojos como aquella primera vez que nos besamos.

-¿Carlos, Carlos?

El tiempo se ha parado. Ella acerca sus manos a las mías. Nos tocamos y mil estrellas brotan de nuestros labios.

Y con sus ojos de luna, sin hablar, me dice “pase lo que pase siempre te tendré conmigo, aquí, aquí dentro, señalando con la mirada de un pájaro a su corazón”.

-Carlos…

-Carmen…

-Pasa.

Y la música de aquel hermoso tango deja de sonar en mi cabeza.

Roberto

 

Comencé aquella misma tarde a trabajar de mozo de reparto en la tienda de ultramarinos del señor Clemencio.

Eran tiempos en los que el trabajo escaseaba, y al amanecer, la Plaza de la Independencia se llenaba de hombres y mujeres dispuestos a hacer cualquier tipo de faena por penosa que fuera, para ganarse unas cuantas monedas y echarse algo de comer a la boca

…Las furgonetas llegaban puntualmente, a las seis y media…

-A ver, hoy necesito a diez hombres fuertes!!!. Hay que descargar diez camiones que acaban de llegar del Sur cargados de rollos de cable de acero….Se paga la hora a siete pesetas con comida incluida, habiendo “tajo” por lo menos hasta las doce de la noche…..venga que no tengo todo el día, quien se ofrece…..

Un montón de hombres se acercaban presurosos hasta el capataz, arremolinándose en torno a él…

-Yo, yo, Jefe!!!, mire, mire que brazos tengo…

…Y el pobre desgraciado hacia los mil y un gestos para demostrar su fuerza…..

-Ya, ya….ya veo…..Bueno….vosotros tres, tú, esos dos…..y el grupito ese de cuatro de mi derecha….venga que no tengo todo el día…..a la furgoneta…..!!!

El vehículo se alejaba por la larga Avenida y los demás se quedaban allí, mirando con ojos de alambre y tristeza, sabiendo que hasta el día siguiente no tendrían otra oportunidad….sólo deambular.

Poco a poco la plaza se quedaba desierta, sin alma….

Por eso, cuando aquella misma tarde, yo, un mozalbete de 17 años, con más hambre y huesos que el perro de un ciego, tuve la suerte de ver como don Clemencio, pegaba en ese mismo instante en el escaparate un cartel….”SE NECESITA MOZO DE REPARTO”, vi que el cielo se me abría…..

….Corrí como si me fuera la vida en ello, entré en el ultramarinos y, de cuajo arranqué el cartel que no hacía ni un minuto estaba puesto…..

-Pero qué haces muchacho!!!! –dijo don Clemencio algo asustado-

Yo le mostré el cartel.

-Señor, yo soy el chico que anda buscando, cójame y no se arrepentirá. Seré el mejor mozo que haya tenido nunca, se lo aseguro, además usted me conoce desde que era crío y conoció también a mis padres, buena gente, nunca compraban nada de “fiado”…..se lo suplico Jefe, contráteme……

-Uhmmmm, -y me miró de arriba abajo-, está bien……ya no me acuerdo como te llamas?….

-Roberto, señor, me llamo Roberto……-y le miré con ojos de carnero degollado-

-Está bien Roberto….aquí la paga no es buena y el trabajo mucho, tendrás que limpiar todos los días las alacenas, meter los pedidos en la trastienda, fregar y barrer los suelos cada día y llevar los encargos a las casas de los clientes sabiéndote comportar, porque has de saber que tengo gente muy distinguida entre mi clientela……Que me dices?….Saldrás a cuatro pesetas al día más un bocadillo al día…..

-Que qué le digo??, que es usted un Angel, don Clemencio, que cuándo empiezo….!!!.

-Esa es la actitud que necesito, bien chaval, me gustas –dijo Clemencio frotándose la manos-..Pues hala!, ponte esta bata azul que vas a hacer tu primer trabajo en mi establecimiento….Entra en la trastienda, carga en el carro todas las cosas que verás apartadas a la izquierda y llévalas al número nueve de la calle del Rosal, cuarta planta, letra B.. pregunta por doña Sara…Ten mucho cuidado que son un montón de cosas y todas muy caras, que hay hasta un jamón serrano y sobre todo sé muy educado que es una de mis mejores casas y no quiero perderla…a lo mejor hasta te dan propina, quien sabe…..

Loco de alegría, cargué todo el pedido en el carrito y salí de la tienda camino a la calle del Rosal que no estaba muy lejos de allí, a escasos veinte minutos…..

Llegué algo sudoroso al portal ya que verdaderamente el carro iba lleno de cosas y pesaba bastante…..

Até el transporte a un árbol con una cadena y comencé a subir el pedido por una estrecha y oscura escalera de madera. Los escalones crujían con cada paso que daba y una extraña sensación de desasosiego llenó mi cuerpo….

Los más curioso de aquella casa es que en el primero, segundo y tercer piso, no había puerta ni vivienda alguna, únicamente, un rellano entre tramo y tramo de escalera y pintada en la pared, un pequeño signo en color rojo y las palabras “continúe hasta el 4ª”…..

Finalmente conseguí llevar todas las viandas a la cuarta planta, colocándolas junto a la puerta…..

-Pufff!!!, que sofoco!!!

Me limpié el sudor con la manga de la bata, me coloqué un poco el pelo, respiré hondo y llamé al timbre…..

En unos segundos se escucharon unos pasos lentos y sonoros, como los de unos tacones de mujer y la puerta se abrió…..lentamente…..

Ante mis ojos una señora de unos sesenta años elegantemente vestida, con un traje blanco y brillante, que a mis ignorantes ojos pareciérame seda, una larguísima melena rubia que le llegaba hasta la cintura, los ojos más verdes que había visto nunca y una sonrisa más angelical que la de las vírgenes que aparecen en los cuadros de la iglesia…..

….Sí??? –dijo ella con una voz que no se correspondía con su edad-

Me quedé sin habla……

Ella me miró y viendo todo el pedido en el suelo comprendió…

-Ah! Es el pedido que le he hecho a don Clemencio!!!, pasa hombre pasa…no te quedes ahí parado muchacho….No, no hace falta que metas ahora las cosas, que se queden ahí, total las latas de espárragos y el lomo adobado no andan no?……

Por fin dije algo….aunque breve….

-No señora, no andan….

-Pues venga pasa, pasa…..quieres merendar?……

-Eeeehhhh…..

-Si hombre sí, ya le diré yo a tu Jefe que te entretuve un rato colocando las cosas en los armarios….

Entré en la casa. Era enorme, con los techos altísimos….la entrada era un largo y ancho pasillo
pintado de un blanco reluciente, en el que no había ni puertas ni ventanas ni nada y al final, un brillante punto de luz…..

Ella iba delante, con un andar rápido y garboso y yo tras ella a unos pocos pasos…..

-Me has dicho que te llamabas Roberto, verdad???

-No, no señora no le había dicho mi nombre, pero sí, me llamo Roberto, es que me conoce???

-Pues claro que te conozco muchacho, desde siempre, desde antes de que nacieras incluso…..

Yo me quedé pasmado ante tales afirmaciones, empezando a pensar que aquella señora no era más que una estrafalaria y chiflada loca, loca de atar……

Llegamos al final del pasillo. Aquella luz brillante no era sino un pequeño saloncito con una mesa redonda y pequeña en el centro preparada con dos tazas de chocolate y unas pastas con un aroma delicioso y al frente, un amplio ventanal que daba al exterior…

-Siéntate Roberto, anda…..Tendrás hambre….hoy todavía no has comido…..y cuéntame algo….Cómo llevas la muerte de tus padres?, te debes de sentir muy solo….pobre niño –y con su mano me acarició el pelo-.

Yo, que estaba a punto de meterme una pasta entre pecho y espalda me quedé con la boca abierta….

-Te decía que lo sé todo de ti….dijo ella con esa sonrisa tan hermosa…..

Me puse de pie algo asustado y me acerqué a la ventana.

-Quién es usted señora????

Ella también se levantó y se acercó a mí….

-Yo soy lo que tú quieres que sea…..Me llamo Sara, pero muy bien podría tener otro nombre Elena o Marta, pues estoy en tus sueños, dentro de ti y siempre lo he estado, cuidándote, queriéndote…..anda Roberto, mira por la ventana….

….Descorrí los blancos visillos de encaje del ventanal y abrí los cristales….Ante mí no se mostraba la estrecha y angosta calle del Rosal, sino una gran pradera, verde de hierba y roja de amapolas. Una perfumada brisa me acarició con cariño la cara……

-Lo ves, cariño…..las cosas no son tal y como se ven……sino como uno quiere que sean…..Merendamos entonces?….

….Me senté de nuevo en la silla y el sosiego inundó mi espíritu…..

Mientras, una enorme bandada de flamencos pasó sobre nosotros y el cielo se abrió tanto de azules que los ojos de Sara parecían una charca de esmeraldas entre un mar de aguamarinas.

…En la Plaza de la Independencia comenzó a llover y las negras furgonetas Citroen llegaron puntualmente como cada amanecer, ante la mirada llorosa de cientos de ojos que no anhelaban sino eso, soñar despiertos..

Adiós papá

 

 

Adiós papá, aunque seguramente esta no sea la última carta si lo es de una etapa, tu vida física, que ya ha acabado. La última de una enfermedad que nos ha dejado a todos lacerados y de la que tú ya, afortunadamente, descansas.

Adiós papá, hemos mandado tu cuerpo a reunirse con tu alma ya hace tanto tiempo ausente. Espero que se encuentren y que encuentren todo aquello que el mundo les había negado. Hoy el día ha amanecido claro, luminoso, no hay sombras que entorpezcan el reencuentro.

Desde la convicción más profunda de que una vez salvada la barrera, esa tan impenetrable que no deja ni hurtar una mirada, o se encuentra todo o no queda nada que encontrar, mi deseo es que vuelvas a tener todas las edades en las que fuiste feliz y la compensación a aquellas en las que no lo fuiste.

Decía Heriberto que ya estarías paseando por la Area Grande, donde te encontrarías con mamá, con la tía Natalia, con la tía Ketty, con Fidel, con el mudo, con José Luís Román plantando la primera sombrilla del día. Es verdad papá que estarás con todas las personas que son parte y memoria de esa playa tan entrañable para nosotros que trasciende el mero hecho de la arena, del mar, de su ubicación física o de la mera enumeración de las personas que le dieron alma a su evocación y que la hicieron referencia de nuestra generación, que la hicieron suya cuando aún no era de casi nadie más.

Pero también, solo la muerte o la imaginación lo permiten, estarás jugando con tus hermanos y tus amigos en Puente Sobreira, en ese Puente Sobreira de tu infancia que tanto anhelabas, que tanto lloraste mientras nos lo enseñabas la última vez que estuvimos allí y sospechando tú ya que tus recuerdo te estaban abandonando.

Y en las cabalgatas del Corpus con tu pandilla del Orense de los años 40, Marcial Feijoo, Alberto “Cus”, Paco Aranda, y en los que varios años ganasteis el concurso de carrozas representando al Liceo. Y charlando con todos aquellos que sin ser tan íntimos tanto mencionabas: Manaicas, los Barreiros, los Manzano, los Vilanova, los Quesada. Y en las fiestas, cercanas y no tanto, y en el Paseo y en todos esos lugares  en los que fuiste feliz con esa felicidad que la falta de responsabilidades hace inolvidable. Incluso en el colegio, rememorando aquella mítica galopada en el patio en la que recorriste el campo con el balón y cuando fuiste a chutar se te dobló la suela y te caíste sin poder culminar la jugada.

Esa jugada que, a toro pasado, parecería una suerte de constante en tu vida. En tu vida adulta marcada por el paso por el comercio en el que se te dobló la suela, o te hicieron falta, y enterraste tantas ilusiones, tantas esperanzas, tantos proyectos, y tantas posibilidades.

Pero también fuiste feliz en Madrid. Es fácil recordar aquellas reuniones en casa, las celebraciones con el tío Ramón y la tía Kety y todo aquel Orense de extrarradio,  aquel Orense madrileño o viajero de los años 50 y 60 con tantas personas conocidas entrando y saliendo de casa, compartiendo momentos felices, compartiendo mesa y mantel, compartiendo sobremesa y café. Siempre con el tío Julio como protagonista invitado permanente en nuestras vidas, como una suerte de segundo padre, de tutor transeúnte con mando en plaza.  

También hubo años duros. Nunca hay cielo sin infierno. Pero esos ya los sabemos los que los sabemos, no hay por qué recordarlos, no hoy, no ahora que es el momento en el que lo único que importa es que ya descansas, que ya descansamos. Todos.

Si papá, quiero pensar, y así lo expreso, que, rememorando a los antiguos egipcios que no podían alcanzar la otra vida sin que su cuerpo estuviera convenientemente preparado y puesto a salvo, al fin tu cuerpo ha seguido el rastro de tu alma y ya puedes viajar placenteramente hacia otros estados de la consciencia. De una consciencia que te había abandonado en un viaje a plazos.

No puedo escribir esto sin un nudo en la garganta. Tal vez porque a pesar de todas las ideas, de todas las palabras, esto es una despedida y todas las despedidas tienen lágrimas. Tal vez, papá. O tal vez porque además, y siguiendo el curso de la vida, despedirme de ti me obliga a empezar a pensar en mi Puente Sobreira, en mi Area Grande. Me obliga a empezar a pensar que también mis recuerdos son efímeros y que la última barrera entre mi vida y la muerte, la última etapa antes de mi etapa me acaba de dejar y soy consciente.

Aún recuerdo el primer poema que me regalaste, que pusiste en una carpetilla trasparente y colgaste en la cabecera de mi mesa de estudio, el “If” de Rudyard Kipling, que tanto he leído, que ha guido mi vida y que yo he traspasado a mis hijos.

“Si puedes llenar con tus actos los sesenta segundos del minuto que es tu vida, todo lo que hay en la tierra será tuyo, y lo que es más, serás un hombre, hijo mío”

Tú has llenado tus sesenta segundos, papá, aunque los últimos estén llenos de una luz nebulosa y extraña que asemeja el vacío. Tú, reitero papá, has rellenado los tuyos y yo empiezo a descontar los míos postreros. Adiós papá, adiós. Hasta nunca. Hasta siempre. Hasta pronto.

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