Archivos de categoría para: Arte y Letras

La nada.

Amparo Perianes. Editora MAGAZINE PLAZABIERTA.COM
Caronte cruza el río Estigia transportando en su barca las almas de los difuntos, óleo de Alexander Litovchenko. (1889) (Public Domain). Foto editada por Ángela Zapatero – plazabierta.com


La cábala casuística del pensamiento

degenera en una negritud de blancura azul purpurina.

Transportadas las almas, navega la Barca de Caronte

conduciendo a los  espíritus desencarnados hacia LA NADA.

 

El inconsciente, con su consciencia de NADA.

 

Pura, efímera, infinita, equidistante, silenciante …

 

En un tono cambiante…

 

En un espacio inocupado…

 

En palabras indefinidas… 

 

donde todo principio roza su fin

 

Donde todo fin llega a LA NADA.

 

 

Debate electoral

Ángela Zaptero. Ilustradora.

“Los que hacen imposible la revolución pacífica harán inevitable la revolución violenta”.
John F. Kennedy

Fuego

Donde hay cenizas hubo fuego.
Pero nadie habla si su humo era de neumáticos o de cartas de amor.

Incompetentes por la gracia de Dios


Carlos Muñoz. Escritor y Redactor Letras Magazine PLAZABIERTA.COM

“Las fotocopias son el patrimonio más preciado de las normas imperativas; declaraciones cojas que todos los inútiles con ingresos superiores a una revancha están dispuestos a leer sin problemas, a hacer de ellas Ley y mutismo. Y mientras los niños mueren en largas hileras ordenadas alfabéticamente, ellos advierten del peligro que conlleva el hecho trascendente de la totalidad; incompetentes por la Gracia de Dios, creadores de abismos y sujetos pasivos atados de pies y manos. Los teóricos han homologado la derrota; es el momento de incorporar una bala a nuestras cabezas.”

El verdugo

Carlos Muñoz. Escritor y Redactor Letras Magazine Plazabierta.com

“Son dos hileras largas, que dan la vuelta al fino cuello de una farola, las razones que obligan al condenado a no ver la cara de sus asesinos. Sentiría placer el verdugo si el miedo a la vida no le obligará a tapar su cabeza con la oportunidad negra de los cuervos; la vergüenza y el oprobio queda para la soga, para el filo del hacha compulsado. He aquí el ilegal patrimonio del que se incautó el sucio cilindro de un tubo de escape; un muro que cierra los párpados ante las heridas que no sangran.”

Neruda y la alegría trágica

Miguel Escudero. Profesor titular de Matemática Aplicada en la UPC y escritor

El poeta chileno Pablo Neruda, diplomático, comunista, premio Nobel, falleció –ah, el destino- el mismo mes y el mismo año en que Augusto Pinochet implantó el terror militar en su país; medicinas salvajes. Neruda, un pseudónimo literario, quería iluminar las palabras y sonreír con los ojos y con las manos, y que en la poesía se viesen “las manos del hombre”. Decía escribir para el pueblo, aunque éste no pudiera leer su poesía con sus ojos rurales, y cultivar alrededor la conciencia de ser hombres y de creer en un destino común. De este modo, pensaba, no habría cantado en vano su poesía. “Yo no vengo a resolver nada./ Yo vine aquí para cantar/ y para que cantes conmigo”. “Óyeme estas palabras que me salen ardiendo,/ y que nadie diría si yo no las dijera”, dice en unos versos.

Aunque afirmase que no aprendió en los libros ninguna receta para la composición de un poema, Pablo Neruda asegura en su miscelánea Para nacer he nacido, saberse rodeado por la presencia invisible de sus maestros ya muertos (entre ellos Walt Whitman) y seguro de las obras que otros escritores escribirán para otros hombres que aún no han nacido; esto es, del sentido de la continuidad histórica. Neruda, quien veía a Federico García Lorca como el defensor sonoro del corazón de España y que sentía como característica íntima de nuestra historia la alegría trágica, promovía la risa que “proclama para los transeúntes el derecho a la gracia, aún en las circunstancias más entrecruzadas”. Sí, es un poco enrevesado, pero a fin de cuentas resulta benévolo.

Atendamos a estos otros versos: “Yo no creo en la edad./ Todos los viejos/ llevan/ en los ojos/ un niño,/ y los niños/ a veces/ nos observan/ como ancianos profundos”. 

Neruda escribió que “la poesía se resiente a menudo del ruido de las cucharillas de café, de los pasos de la gente que entra y sale, de la risotada a destiempo”. Veamos, para acabar, una divertida anécdota. Hablando de erratas decía que son las caries de los renglones. El asunto es que una edición pirata de su ‘Crepusculario’, puso en vez de ‘besos, lecho y pan’, ‘besos, leche y pan’. “Muchas veces vi traducida a otros idiomas la erratísima y ese milk me costaba lágrimas”. Desde entonces, perseguía las erratas con podadora, insecticida y escopeta.

Introspección

Carlos Muñoz. Escritor y Redactor Letras Magazine Plazabierta.com

Es bastante usual ver a primeros de agosto al señor Benítez leer su libro de 832  páginas todas ellas completamente en blanco. Con verdadero afán, mueve los labios y sigue con el dedo las invisibles líneas de texto de cada página. Después de un buen rato de lectura, coloca un marcapáginas de la librería «El Aleph» en el punto en el que abandona el texto, cierra el volumen de tapas rojas, lo guarda en un pequeño bolso tipo bandolera verde, se quita las gafas de pasta negra, retrasa su reloj de pulsera una hora y poniéndose de pie, enfila con paso corto el camino de tierra que lleva hasta el puente de hierro. En su mitad, Benítez se detiene, saca de nuevo el ejemplar y retoma afanoso, sobre la lengua larga del Duero, la todavía inconclusa historia. Ese día, yo había comprado dos quilos de  ciruelas para el estreñimiento de mi abuela y me disponía a cruzar el puente de hierro, cuando vi al señor Benítez. Allí estaba, como tantas veces, con su amigo de tapas rojas. Aquella vez no pasé a su lado sin decir nada, sino que al llegar a su altura, me quedé  junto a él, mirando también al río que conocía nuestros nombres. Él giró su cabeza y me miró:

– ¿Qué haces, Pablo?

– Nada, señor Benítez, hacerles compañía a usted y al río. ¿Es bonito el libro que lee?

–  Va por días. Hoy, por ejemplo, parece que el capítulo promete. Míralo tú mismo. 

Y lo acercó a mis ojos. En aquel momento, las páginas por las que el libro estaba abierto se llenaron de letras: 

«- ¿Qué haces, Pablo?

– Nada, señor Benítez, hacerles compañía a usted y al río. ¿Es bonito el libro que lee?

–  Va por días. Hoy, por ejemplo, parece que el capítulo promete. Míralo tú mismo. 

Y lo acercó a mis ojos.

En aquel momento, las páginas por las que la invisible obra estaba abierta se llenaron de letras.»

Benítez cerró el libro.

-¿A que no está mal, Pablo?

Yo estaba asombrado. No sabía qué responderle.

Benítez volvió de nuevo a abrir el tomo:

«Es bastante usual ver a primeros de agosto al señor Benítez leer su libro de 832  páginas todas ellas completamente en blanco.»

 – ¿Es usted Dios, señor Benítez?

«El hombre no respondió. En realidad, Pablo tampoco esperaba una respuesta a tan gran pregunta.»

La tarde se diluyó en un verano que giraba en torno a dos figuras sobre un puente de hierro.

«Ese día, yo había comprado dos quilos  ciruelas para el estreñimiento de mi abuela y me disponía a cruzar el puente de hierro.»

En la orilla

He invocado al mar en primera persona utilizando los lenguajes ancestrales, y observando con el alma el oleaje he querido escuchar con los ojos su respuesta. Las olas escribían en mi mente palabras con acento de sal y espuma, sonido de crestas y vientos, silabas de vida. Debieron de pasar varias eternidades antes de romper el contacto, milenios entre frase y frase, siglos de silencios. 

 Cuando volví en mí nada había cambiado, y una última ola se agitó en despedida, trepando por las rocas, por la orilla, por el aire que la acoge y la limita, y dejando a mis pies, nunca rendida, con simbolismo de madre y de acogida, la arena continente, la vegetación hundida y la vida que lo habita. Y yo mismo, renacido, expulsado una vez más del claustro primigenio, del que he nacido tantas veces, en tantas formas, en tantas vidas.

El testamento

Carlos Muñoz. Escritor y Redactor Letras Magazine Plazabierta.com

“Los testamentos se abren de piernas con una pasmosa facilidad, sólo motivada por el movimiento uniformemente desquiciado de una manada de hambrientos herederos; naturaleza muerta con olor a cobre que, por lo general, sobrevuela cláusulas y párrafos buscando entre ellos la excusa perfecta para incrementar con una falsa piedad, el peculio propio de las traiciones.”

Lluvia y pincelada

Carlos Muñoz. Escritor y Redactor Letras Magazine Plazabierta.com

Pintando de gris asfalto las verdes praderas del Glenmore, una estrecha carretera nos lleva de la mano, como si fuéramos niños pequeños un día de excursión, hasta el pequeño, pequeñísimo pueblito de Cormick, el lugar donde todas las sendas se difuminan y al fin el mar de hierba llena el aire de recuerdos y fragancias de tiempos que aún no han llegado.

Son apenas veinte casas todas muy juntas, con sus tejados de pizarra y sus paredes de piedra, llenas siempre musgo. Y en el centro, la pequeña iglesia de Saint Michael, con su torre y su campana, siempre altiva y vigilante del horizonte.

Una fina capa de lluvia los envuelve todo en Cormick desde que el mundo es mundo, tanto, que sus habitantes morirían de pena si no sintieran cada día el olor a humedad al meterse en la cama y no pudieran encontrar nunca un trébol de cuatro hojas fresco y adornado de pequeñas y redondas gotas de agua.

El habitante más joven de Cormick es Tomy, Tomy O’Hara y siempre se le puede ver montado en su patinete de uno lado para otro, con su impermeable rojo y sus botas de aguas amarillas. Vive la primera casa, nada más doblar a la izquierda, al lado del viejo roble. Su madre, Claudia es viuda desde hace más de cuatro años, desde que George, su marido, muriera en la guerra.

Su cuerpo nunca se encontró y el único recuerdo que de él tiene son sus besos, una foto del día de la boda y a Tomy.

Unas cuantas casas más allá, creo que es la cuarta, encontramos el corazón de este lugar mágico.

Con su letrero movido por el viento desde hace más de doscientos años, “The DrunKLamb”, reparte pintas de cerveza a todo aquel que tenga cuarenta peniques para pagarla.

Es allí donde las buenas gentes de Cormick se reúnen para charlar, tomar decisiones, llorar a los muertos, casarse y un sinfín de cosas más.

Hoy hay poca gente allí y, Sullivan, el dueño, apoya los codos en la barra y charla perezosamente con el Párroco, el padre Morendon, el hombre más anciano del lugar, alto y con las arrugas que la cara del Boxer del señor Tucker.

En una de las mesas, Laurie, el sobrino de la señora Smith, recién llegado al pueblo para cuidar de las ovejas de su tía, se toma una pinta de Guiness mientras, indiferente mira llover por la ventana….

La puerta del Pub se abre y entra, con su gabán verde y su gorra marrón, calado de agua hasta los huesos, como a él le gusta, Charles Rowling, el “loco” oficial de Cormick.

Y les cuenta a todos la historia de todas las tardes. Y es que Chales habla con Dios todos las mañanas de 8 a 12. Habla de un sinfín de temas: de Política, de deportes, de mujeres, pero eso sí, nunca de religión.

Todos le escuchan con cariño, pues es su historia la que hace que los días puedan ser contados en el pueblo.

Cuando se le pregunta a charles por el aspecto de Dios, él les dice que dios es un niño, pelirrojo, con la cara llena de pecas y los ojos azules, como dos cuentas de cristal. Que se presenta todas las mañanas montado en un patinete algo oxidado, con un impermeable rojo y unas botas de aguas amarillas y, a cambio de unas galletas o un trozo de chocolate, Dios le cuenta todas las cosas que él quiera.

El padre Morendon sonríe y siempre, después de escuchar la historia de Charles, bendice a todos los que se encuentran en el Pub y pide una ronda de cerveza.

Afuera sigue lloviendo.

Sostiene Julián Companys

Sostiene Julián Companys

El historiador leridano Julián Companys, ya fallecido, escribió en 1998 un librito del que bien se puede decir que es imprescindible para orientarse en la realidad del periodismo histórico: ‘La prensa amarilla norteamericana en 1898’. El magnate William Hearst se hizo con el New York Journal y lo comparó con el World, del húngaro Joseph Pulitzer para superar su línea sensacionalista y agresiva. Hearst fichó al dibujante del World de la tira cómica ‘The yellow kid’ (El chico de amarillo). Pulitzer no se resignó y contrató a otro dibujante que hiciera una tira igual. De ahí procede el nombre de prensa amarilla.

El profesor Companys recogió testimonios gráficos que evidencian los trucos de las falsedades que se propagaron sobre la realidad cubana. Sólo la credulidad y la falta de sentido crítico abren el paso a la mentira. Companys sostiene que Hearst quería la guerra a toda costa y que le pidió a uno de sus dibujantes: “Usted facilite las ilustraciones que yo le proporcionaré la guerra”. Dibujos monstruosos para confundir la realidad. El lema: ¡Acordaros del Maine y al infierno con España! ME

El juicio sobre el procés

Ángela Zapatero. Ilustradora Magazine Plazabierta.com

¿Presos políticos o políticos presos?. Que cada cual saque sus propios conclusiones.

 

Sobre la simetría

Carlos Muñoz. Escritor y Redactor Letras Plazabierta.com

“Ignoro por completo la razón que nos mueve, que nos empuja a consumir simetría constantemente. Mi madre, por ejemplo, miente para ser simétrica –piensa que de esa manera, la muerte llegará más tarde y con una banda sonora bonita-.

Ella es un clásico que intento imitar para, por lo menos, conseguir un plus a la hora de embalsamar las estalagmíticas ideas que tengo sobre el aire de las ciudades y los retretes que no son blancos –que no son si no una proyección de una sexualidad claramente asimétrica-.

Sin embargo, no puedo admitir bajo ningún concepto que yo, individuo creado por la unión de un par, pueda ser una imagen sin semejanza que no encaje con el puzzle de cuarenta y seis oportunidades que ofrece el sindicato de los genes…”

La creación de ideas,

Carlos Muñoz. Escritor y Redactor Letras Plazabierta.com

no depende del individuo único en el que se gestan, pues de hecho, se originan aleatoriamente dentro de la tremenda similitud que existe entre nuestros cerebros.
Cualquiera puede ser el elegido; una extraña maternidad que proclama la victoria de las mayorías y el total abandono de un racismo maníaco.


Sólo la muerte sesga este proceso; convirtiendo el olvido de una parte de la humanidad, en la más terrible pérdida de oportunidades que existe.

El acompañante

Carlos Muñoz. Escritor y Redactor Letras Magazine Plazabierta.com

…Fue Alberto el primer amigo que tuve. Le descubrí una mañana de verano en el reflejo de la ventana del comedor, mientras jugaba con unos soldaditos de plástico y yo era el general en jefe todos todos los ejércitos.

Era un señor ya mayor, con bastantes arrugas en su rostro, con unas gafas algo grandes y ojos muy grandes y muy negros….no dejaba de mirarme y nada decía. Vestía un traje gris de espiguilla que le estaba algo corto de mangas y no llevaba corbata. Siempre movía sus manos largas y huesudas nerviosamente de un lado para otro, como si estuvieran movidas por el viento…..

-Quién eres? le pregunté con mi vocecita de niño de seis años…

El movió su cabeza sorprendido como si para él yo también fuera un reflejo en el cristal de una ventana….

-Me llamo Alberto, me he perdido y estoy solo….-respondió él sacando un pañuelo blanco del bolsillo de la chaqueta con una “A” bordada y secándose con él lágrimas de agua de mar que habían brotado de sus ojos….

-No llores, -respondí-. Mi nombre es Luis….quieres echar una partida conmigo a los soldados?.

No respondió, pero se quedó allí, viéndome jugar toda la tarde, sin hablar, haciéndome una silenciosa compañía….

Desde aquel día, Alberto, “el hombre pintado” como le bauticé, me acompaña al parque los días buenos y templados del estío; le había cogido a mi abuela un espejito de aquellos redondos que regalaban con los jabones de “La Toja” y atándolo con un cordel a la ramita de un árbol, él podía ver a través de la mágica ventana, como jugaba con los demas niños o cazaba saltamontes, o buscaba piedras redondas y blancas….

-Vendrás a mi comunión Alberto? –le preguntaba el día de antes lleno de nervios mientras mi madre me arreglaba a última hora el bajo de los pantalones-. 

-Con quién hablas hijo? –preguntó mi madre sorprendida-

-Con nadie mamá, con nadie….-y le guiñaba el ojo a Alberto que aparecía reflejado en los grises baldosines del cuarto de baño..-

El, siempre callado, sólo movía sus manos. 

Los años pasaron muy rápidamente y los pantalones cortos se fueron tornando largos y mis pecas y sonrosadas mejillas se fueron moldeando en la cara de un joven que con las manos en los bolsillos quería ya volar muy alto…

Una fria mañana de invierno, al doblar la esquina de mi calle y mirar al gran escaparate de la frutería, entre manzanas, peras y calabacines, vi por última vez a Alberto, con su traje gris de espiguilla y sus enormes ojos negros.  Se acercó al cristal y con su respiración pintó de vaho un circulito, alzó su mano derecha y con el dedo escribió “Hasta pronto”….después se dió media vuelta  y desapareció en una calle llena de árboles que también se reflejaba….

Pasó el tiempo y entre risas, libros, guateques con limonada y el descubrimiento de la flor más maravillosa del mundo, mi juventud se fue derramando…..

Me casé con ella una tarde de invierno, de cielos azules y escarcha en los árboles….y poco tiempo después el milagro de la vida nos sonrió…..

Aquellos meses fueron los más maravillosos de mi vida; paseos de la mano, la casa llena de ropa pequeñita, como de un muñeco, una cuna de madera en nuestra casa, visitas al médico, rosas todas la mañanas…..

Llegó el día en que nuestro hijo estaba dispuesto para salir al mundo y mi mujer y yo, partimos a toda velocidad en un taxi camino del Hospital. 

El médico y las enfermeras nos atendieron con celeridad, pues el nacimiento era inminente.

-Quiere usted asistir al parto? –me preguntó el doctor-

-Eh, claro, claro –respondí nervioso-

Llevaron a mi esposa a la sala de partos y yo. mientras y en una pequeña habitación contigüa, me puse una bata verde y un gorro del mismo color…

Entre en el paritorio. 

Mi mujer ya estaba tumbada en la camilla con las piernas abiertas y colocadas sobre una especia de trípode, y el medico y la comadrona comenzaban a asistirla…

-Acerquesé señor, que su hijo ya sale!!!!……

En aquel momento, en una cristalera de la sala vi de nuevo a Alberto, con su mismo rostro, su mismo traje y esta vez sonriendo…..Su visión duró sólo unos instantes, después dejé de verle…..y un escalofrio recorrió mi cuerpo.

-Ya sale, ya sale!!!…..

..Lleno de sangre y vida y oliendo a alegría salío mi hijo de las entrañas de su madre. 

-Es precioso!!!.

La comadrona cortó el cordón umbilical,  le puso una pinza y se acercó a mí con el niño en brazos….

-Tenga, cójalo, ande no tenga miedo, que no se va a romper…..

Le cogí con delicadeza y me puse a llorar de felicidad como un niño.

En ese momento mi pequeño abrió los ojos, de un color azul profundo, y en ellos pude ver el reflejo de Alberto que con su gastado traje de espiguilla y con el torpe y rápido movimiento de sus manos abría la boca y me decía con una pausada y profunda voz:

“Ya nunca estaré soló”

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