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La sociedad de los tres monos

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Miércoles, 21 de agosto de 2019

Me preocupa esta sociedad. Me preocupa la incapacidad evidente de enfocar los problemas correctamente. Me preocupa, con preocupación presente y futura, el abismo intelectual, social y educativo con el que las ideologías de diferente índole y cariz la van castigando hasta sumirla en una dicotomía que lastra su solidaridad, envilece su pensamiento y destroza su capacidad de enfrentar correctamente aquellas cuestiones que le hurtan la esperanza de poder ser mejor.

 

 

No hace tanto que, con gran revuelo mediático, el gobierno propuso subir el salario mínimo interprofesional a mil euros al mes. No hace tanto que, con gran revuelo mediático, los poderes económicos se hacían cruces y anunciaban catástrofes inenarrables para la economía de este país. No hace tanto que oyendo a unos y a otros no sabía si se me caería la cara de vergüenza, ajena, o podría contener con algún éxito el descuelgue de mandíbula que el despliegue informativo, perdón, el despliegue opinativo, estaba llegando a producirme.

¿Era posible tal desfachatez por parte del gobierno? ¿Era posible tal falta de ética por parte de los poderes económicos? ¿Era posible tal falta de objetividad y visión de la realidad por parte de una sociedad dispuesta a alinearse ciegamente con quién su querencia ideológica lo demandara?

Sí, era posible. Era, es, y parece ser que será, lamentablemente posible.  Pero vayamos por partes, por protagonistas.

El nombre de salario mínimo interprofesional me parece una burla tal como está enfocado, tal vez salario de incapacidad supervivencial, o salario de incapacidad adquisitiva, o, directamente, tomadura de pelo, que al final es lo que es.

Se supone que el salario mínimo interprofesional, SMI para no tener que escribir tanto, y porque ya todo se nombra por siglas, debe de garantizar una retribución digna a cualquiera que desarrolle un trabajo. Se supone, digo bien, porque me gustaría saber con qué parámetros se calcula, por qué mil y no novecientos ochenta o mil cuatro con treinta y tres. ¿Qué se supone que garantiza ese montante? ¿Cuánto le cuesta al empresario? ¿Se garantiza también a los autónomos? A esto último, que es lo más evidente, la respuesta rotunda es no, ya se encargan el estado y su sistema retributivo de provocar, si la coyuntura lo requiere, que los ingresos de los autónomos puedan ser incluso negativos. Luego, primera tomadura de pelo, o los autónomos no desarrollan labor retribuible y solo se dan de alta por alegrar a la AT, o no son profesionales a pesar de sus profesiones, por lo cual no se pueden dar por aludidos. Es decir, que en el peor de los casos los autónomos tienen que pagar por trabajar, o por la expectativa de llegar a hacerlo.

A la primera pregunta la respuesta también es clara, suponerse se puede suponer lo que se quiera, pero la realidad es que garantizar, lo que se dice garantizar, tal como está la vida, no se garantiza con el SMI otra cosa que una imposibilidad de supervivencia individual. En la mayoría de las ciudades españolas no se puede acceder a una vivienda, pagar los costes de agua, energía y otros, preocuparse de una manutención razonable y hacer frente a otros gastos que la recaudación grava y el mercado alza, con los mil euros de los que hablamos, y si alguien tiene alguna duda, que lo pruebe, se le quitarán las dudas de golpe.

A la segunda también vamos a buscarle las vueltas. Más, al empresario le cuesta un porcentaje más que sale de su beneficio, o sea, el trabajador gana más, el empresario paga más y gana menos y el estado recauda más a la vez que justifica más impuestos para hacer frente a un gasto que no solo no soporta, si no que le beneficia. Y, como es lógico, los empresarios protestan. Sobre todo los pequeños y medianos empresarios, esos que, siendo autónomos por obligación, tienen que buscar la forma de financiar algo que en muchos casos no tienen de donde detraer y que, además, no tienen  acceso a los beneficios fiscales de las grandes empresas. Pero eso no importa, porque al ser empresarios, para una gran parte de la población, son insolidarios, millonarios y explotadores. Así los presenta el imaginario que ciertas ideologías manejan y que difícilmente se corresponde con la realidad, a poco que se tire de libros y resultados.

Así que nos encontramos con una tesitura en la que nada es verdad, ni nada es mentira, ni nada es del color del cristal con que se mira, salvo para los que llevan una retina deformada por alguna ideología, una gran parte de la sociedad, desgraciadamente.

Podríamos entonces convenir en que todos los actores sociales intervinientes en la trifulca tienen razón, casi todos. Los trabajadores porque el SMI es insuficiente para vivir de una forma mínimamente digna. Los empresarios porque el estado se aprovecha de su posición para gravar sus beneficios a cambio de nada. Bueno, de nada no, de propaganda para la ideología del demagogo de turno. Los autónomos porque a ellos nadie les garantiza nada, y los jubilados porque su pensión es inferior a ese baremo de supervivencia que los gobernantes se sacan de una chistera sin fondo, sin forro y sin vergüenza.

Aumentar el SMI es imprescindible. No gravar a los pequeños y medianos empresarios para lucirse es de justicia. Igualar las pensiones mínimas al SMI es de sentido común. Extender el beneficio a los autónomos es, simplemente, aplicar una justicia igualitaria. Y lograrlo, lograrlo es el problema con un sistema poco interesado en las soluciones reales y muy pendiente de las alharacas ideológicas, que es para lo que está montado.

Ni la derecha, preocupada por favorecer a las grandes fortunas y a las grandes empresas, está interesada en que el SMI sea otra cosa que un parámetro vendible, ni la izquierda, preocupada en exprimir al mediano y pequeño contribuyente mientras dice que su objetivo es el grande, está interesada en que el SMI sea otra cosa que un parámetro vendible.

Para que el SMI fuera un parámetro coherente tendría que calcularse de forma que realmente supusiera una estimación fiable del costo real de la vida por individuo, en base a los verdaderos costos de las partidas fundamentales. En ese momento, además, serviría como base referencial de otros muchos indicativos económicos y permitiría la elaboración de una fiscalidad con vocación de justicia distributiva. Podría analizarse el enriquecimiento, definir la acaparación, analizar los beneficios empresariales y referenciar tantos otros parámetros fundamentales para una justicia distributiva en SMIs. O sea, nada que interese a nadie.

Y no interesa a la derecha porque tirará del famoso mito de que con un sistema realmente distributivo se alimenta a los vagos, y a los pícaros que buscaran la forma de cobrar sin trabajar, que haberlos haylos y suelen ser los que más protestan, falacia fácil de desmontar si el interlocutor tiene algún interés más en el tema que el de defender una posición ideológica o repetir imperturbable los mantras aprendidos sin necesidad de demostrarlos ni de demostraselos a sí mismo. Y no interesa a la izquierda, porque siendo una suerte de derecha camuflada, de contra derecha, no necesita pensar en nuevos sistemas, cuanto menos de ponerlos en marcha, o simplemente pensar, si para lo que realmente quiere, que nada tiene que ver con una justicia distributiva, no necesita devanarse los sesos y lo puede obtener empobreciendo a los demás subiendo los impuestos y aumentando el déficit, que ya vendrán otros que lo paguen con el dinero que no es de nadie.

Realmente, como bien decía al principio, me preocupa esta sociedad de monos que no ven, no escuchan, y son incapaces de hablar para pedir: libertad, igualdad y fraternidad reales. Una sociedad capaz de mirar con equidad a sus miembros y proyectarse hacia un futuro de esperanza. Una sociedad basada en valores diferentes al enriquecimiento, el poder, el acaparamiento y la competencia. Ya sabéis, hablando cómodamente, una utopía.

No hay estadistas en España.

Vicente Serrano ♦Miembro de la Junta Directiva de la asociación Alternativa Ciudadana Progresista

 

Lunes, 5 de agosto  de 2019

El espectáculo/esperpento político español lleva más al llanto que a la carcajada. Si existieran medidores de egos, en la pasada sesión de investidura se habrían roto por sobrecarga. Estadistas no tenemos, pero ególatras podemos exportar.

Aunque en realidad todo pudiera ser teatro. Sobre todo, cuando todos afirman no querer nuevas elecciones y sus actos parecen conducirnos irremisiblemente a ellas. Como siempre, parece que todo es cuestión de controlar el relato, ese invento que pretende la existencia de una única interpretación del devenir político y social. La realidad es que hay tantas, interpretaciones, como partidos o como voceros y que situar la propia como dominante la convertiría en el relato único y autentico. 

Los constructores de relatos a menudo tienden a creerse las propias mentiras que pretenden socializar y expandir. Los PSOEistas –me parece inaceptable decir socialistas como sinónimo de miembros del PSOE, hay socialistas que no son PSOEistas– se hacen los humildes al interpretar la encuesta del CIS-Tezanos y vienen a decir que bueno, solo son tendencias… convenciéndose a sí mismos de que han ganado el relato.

Olvidan que las elecciones las carga el diablo y, como siempre, puede salirles el tiro por la culata… se frotan los del PSOE las manos calculando los miles de votos que quitarán a Podemos. Se creen el relato que les ha montado Tezanos, y que PP, Ciudadanos, Podemos y Vox van todos a bajar…. Qué ingenuidad.

Ya lo explique en mi análisis post-electoral. En votos ganó la derecha… aunque nuestro sistema electoral beneficiara al PSOE mayormente (y en menor medida al PP).

La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero. En esta ocasión lo dijo Aznar: al ir dividida la derecha en tres partidos el sistema electoral les perjudicó, y así fue.

En las europeas Vox ya sufrió una pérdida de voto, y eso que son en circunscripción única: ¡más justas y proporcionales! Es más que previsible que el PP recupere por la vía del voto útil muchos votantes de Vox. 

Queda por ver en C’s si la actitud beligerante de Rivera durante la investidura no le pasará factura. Por un lado, hay un sector de votantes que hubiesen preferido un pacto con los socialistas y quizá decidan en un futuro dar su voto directamente al PSOE. Y es posible que haya otro que vea más útil el voto al PP.

Podría pues suceder que el PSOE suba en votos, recuperando para sí votos de P’s y votos de C’s, y que a la par el PP vuelva a crecer y nos encontremos de nuevo con ese “bipartidismo imperfecto” –concepto que utilizó en estos días Jesús Maraña en TVE: ¿me leerá, o es que por fin lo han entendido? ¿O ambas?– que algunos creían superado. 

Como siempre, nuestro sistema electoral beneficiará al que más votos tenga o, al menos, al que los concentre en las zonas rurales: en la “España Vacía”. Que es la que da el poder para luego seguir enriqueciendo a la “España Rica y Plena”… Madrid, Cataluña, País Vasco…

Los protas.

Es evidente que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias han actuado por intereses de partido –personalmente pienso que no dan para más–, que es muy posible que seamos incapaces de entender; sobre todo en el caso de Pablo Iglesias, que ha perdido la gran oportunidad de participar en un gobierno de izquierdas con presencia importante en aquellas áreas claves para atajar temas de desigualdad en España. 

El nivel verbal desplegado en la investidura y a posteriori por unos y otros hacen más que inviable un acuerdo de aquí a septiembre. Parece claro que el PSOE juega a que se convoquen unas nuevas elecciones, esperando sacar rédito del famoso relato. En ello está con las reuniones con “agentes sociales seleccionados”. Le invito a que venga a Cataluña a reunirse con asociaciones contrarias al Procés… ¡ACP le hace de anfitrión! 

No queda claro, por otro parte, que el papel de despechado y víctima de P’s rentabilice en votos su actitud de “honestidad” o “exigencia social”. Será difícil vender el relato de la pretendida humillación, que solo creerán los propios… inasequibles al desaliento.

Las malas formas de hacer de Rivera tampoco auguran una rentabilización electoral… más bien un castigo, de un electorado que esperaba cierto constructivismo para sacar al país de una crisis territorial o estructural importante.

Pablo Casado, por su parte, trabaja en la concentración de la derecha alrededor del PP con el argumento aznariano de no ir divididos. De ahí su relato de apertura y conciliación, más dirigido al votante que a Rivera y su cohorte.

El bipartidismo imperfecto.

El camino de retorno que a ese “bipartidismo imperfecto” que daba cierta estabilidad y gobernabilidad al país se ve sin embargo obstaculizado por la falta de Estadistas en España. Los líderes de los distintos partidos se están endiosando, y no solo por los sistemas de primarias que se han impuesto en España y que han dejado a los partidos prisioneros de personajes fatuos y engreídos, sin mecanismos democráticos de control interno, no. 

La partitocracia en España la componían PP y PSOE junto al PNV y CiU. A partir de la crisis económica mundial y del enconamiento del proceso soberanista en Cataluña se abre un proceso de remodelación de la partitocracia animado desde instancias poco claras –no solo el famoso IBEX35; posiblemente intereses internacionales espurios: Soros, etc.–. C’s, inicialmente transversal, se derechiza con vistas a sustituir al PP (ahí sigue) y aparece P’s como elemento para dinamitar IU (eso ya lo ha conseguido) y sorpassear al PSOE. Ambas formaciones, C’s y P’s, llevan en sus genes la impronta de superar la izquierda y la derecha –los primeros desde un cierto pseudo-modernismo “Fukuyama” (aunque hasta el mismo Fukuyama ha renegado de sus teorías) del fin de la historia y de las ideologías, y los segundos desde el neo-peronismo o “laclauismo” lleno de significantes vacíos… como el del “derecho a decidir”–, aunque unos y otros se acusen mutuamente de fachas o comunistas, no son ni lo uno ni lo otro. Hablando en plata: Ambas formaciones son parte del sistema para solventar la crisis del sistema.

El proceso de remodelación de la partitocracia española no ha acabado y todo apunta que los sorpassos no se han dado. La repetición de elecciones, servirá para restaurar al PP y al PSOE como ejes de la partitocracia. Quedará por ver la función de los nuevos actores P’s, C’s y Vox, y cómo se configura la función de los partidos nacionalistas dentro del remodelado “bipartidismo imperfecto”. 

PNV sigue siendo la gran beneficiaria del sistema en Euskadi, mientras en Cataluña es ERC la llamada a convertirse en la prima donnade la política catalana. Evidentemente la debilidad de los partidos nacionales –estatales dice cierta izquierda– y su complejo de culpa impropia con el nacionalismo hace prever que las contrapartidas a entregar al nacional-secesionismo serán muy lesivas para todos los españoles, especialmente para los no secesionistas en Cataluña. El Estado no es débil, pero un estado fuerte dirigido por débiles se resiente.

Jefatura del Estado

El Rey, como Jefe del Estado, tiene unas funciones muy delimitadas en nuestro sistema político. Sus funciones son simbólicas y con una alusión constitucional a su función de árbitro y moderador de las instituciones. Dice el artículo 62.d que corresponde al Rey: Proponer el candidato a Presidente del Gobierno y, en su caso, nombrarlo, así como poner fin a sus funciones en los términos previstos en la Constitución.Es decir, que en principio nada le impide proponer un candidato que no sea cabeza de lista por Madrid en las elecciones generales; sobre todo, porque no hay ningún texto legal que diga que el cabeza de lista por Madrid es candidato a la Presidencia de Gobierno. Hace unos años el Presidente de la República Italiana lo hizo y el gobierno propuesto salió adelante –no entro a valorar el acierto de la elección, ni los condicionantes en los que se dio–.

Es evidente que para proponer un candidato debe haber un compromiso de votos suficientes; así pues, la debilidad del Jefe del Estado a la hora de arbitrar y moderar la situación de inestabilidad política que vivimos en España tiene su origen en el sistema partitocrático que soportamos. Si tuviéramos un Presidente de la República la situación sería idéntica, ¡nos guste o no! 

¿Sería posible que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias aceptaran una propuesta del Rey como candidato de una persona con sentido de Estado (ni Pedro, ni Pablo lo tienen), capaz de llevar adelante una política económica socialdemócrata (eso está a la izquierda del PSOE, Sr. Iglesias) junto a una política firme frente al nacionalismo separatista? Es seguro que más de la mitad de los españoles estaría de acuerdo. La mayoría de los votantes del PSOE, muchos de P’s y bastantes más de C’s. ¡La partitocracia lo impide! Y su ego, el de Pablo Iglesias, Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Casado, no lo permitirán.

Josep Borrell

Se me adelantó Ansón desde la derecha: Borrell cumple los requisitos. Es más: bajo su dirección podría iniciarse una reforma constitucional que resuelva el problema de la representatividad electoral, que arbitre un sistema de elección de Presidente del Gobierno estable, que introduzca el blindaje de derechos sociales, que reforme el sistema autonómico en un sentido federalizante, igualando competencias y retornando otras, o estableciendo leyes de bases de aquellas que garanticen la igualdad entre ciudadanos (sanidad, educación, seguridad), y que defina mejor los delitos de rebelión y sedición.

A Borrell en su día lo hundió su propio partido –es decir: la partitocracia– y, sin embargo, ha sabido mantenerse a flote… 

Recuerdo que en la Feria de Abril de Barcelona del año 1998 estaba yo en la caseta del PSUCviu (militaba por aquel entonces en EUiA), cuando empezó a correr la voz de que Josep Borrell estaba en la Feria… En medio minuto la caseta quedó vacía; se fueron detrás de Borrell incluso los que la atendían. ¡Seguro que tendría consenso social, hoy también! 

Da el perfil de hombre de Estado. Tal vez es su momento… tal vez es el momento de recoser España… es una oportunidad. Pero ¡no lo creo! Este último apartado es política ficción.

¡Disfruten de las vacaciones! Es lo que nos queda.

Gobernabilidad versus representatividad ¿Por qué no ambas?

 
Vicente Serrano|Miembro de la Junta Directiva de la asociación Alternativa Ciudadana Progresista

 

Lunes, 29 de julio  de 2019

 

 

Grecia, hasta ahora, es un ejemplo de un sistema electoral donde, en aras de la gobernabilidad, se premia al partido más votado con 50 escaños extras.

En principio, es un sistema muy parecido al español con 56 distritos electorales con tamaños muy distintos, de los cuales 8 son uninominales (en España hay 52 circunscripciones provinciales de las cuales 2 son uninominales: Ceuta y Melilla). En dichos distritos o circunscripciones, se eligen 238 escaños. 12 se reparten proporcionalmente en circunscripción única y los 50 restantes, ahí ya difiere mucho de nuestro sistema, se asignan al partido más votado. Esto último garantiza la gobernabilidad a costa de deformar la voluntad popular. Ciertamente, en las próximas elecciones griegas el plus de 50 diputados desaparecerá, por la reforma de 2016, o no.

Es evidente que asegurar la mayoría del parlamento facilita tanto el nombramiento de presidente del gobierno como la estabilidad de dicho gobierno. La contrapartida es, como decía antes, la deformación de la voluntad popular. Con este sistema es difícil que la función de control del parlamento (poder legislativo) sobre el gobierno (poder ejecutivo) sea real.

Nueva Democracia recibe 50 escaños más, es decir que el reparto previo entre distritos y circunscripción única le asignaba 108. A tener en cuenta que esa asignación es entre 250 posibles. La comparativa con el sistema de reparto propuesto en Circunscripción Única es que esta se hace sobre 300, que es el real final.

En la anterior gráfica podemos observar como los porcentajes de voto (línea roja) se alinean con los porcentajes de la Circunscripción Única. La línea azul que representa el porcentaje de escaños con el sistema vigente se separa premiando a los votantes de ND cuyo voto vale más que el de él resto de votantes.

Parlamentarismo europeo

Prácticamente, todos los países europeos priorizan la gobernabilidad sobre la representatividad. Francia, con su sistema de circunscripciones uninominales y a doble vuelta, consigue que el sistema sea mayoritario puro, más aun que el británico que lo hace con una sola vuelta. Italia, con sus numerosos cambios de leyes a medida, persigue lo mismo; huyendo de las experiencias del pentapartido, ha caído en Berlusconi, hace un tiempo, y ahora en un gobierno xenófobo. Incluso Alemania, con su aparente Circunscripción Única –solo para la mitad de la cámara– combinada con un sistema uninominal, al exigir un mínimo del 5% para obtener representación, genera mayorías y deja sin representación a una parte importante del electorado.

Se salva de la criba Holanda, con un sistema proporcional puro.

El otro día el Sr. Pedro Sánchez hablaba en televisión de la posibilidad de reformar la Constitución para facilitar la creación de gobiernos estables. Parecía contemplar algún sistema que reforzase la mayoría del partido más votado, casi en línea con la vieja propuesta del PP de que gobierne el partido más votado.

Es evidente que el bipartidismo tal como hasta ahora lo contemplábamos ha dejado de ser viable ya que las muletas de los partidos gobernantes eran los nacionalistas. Con la irrupción de Podemos y de Ciudadanos, y la última de Vox, el sistema precisa de apoyos más complejos. No quiero decir que el sistema de “bipartidismo imperfecto” que genera nuestro sistema electoral haya acabado, simplemente se ha complicado, mientras no se resuelva el papel de los nuevos partidos. O dan el sorpasso o volverán a minimizarse, aunque es evidente que no desaparecerán, a menos a medio plazo. –

Optar por modificar nuestro sistema electoral a otro que genere mayorías más claras siempre ha sido la tentación de los dos grandes partidos, aunque en sus discursos hablen de mejorar la proporcionalidad. El peligro es que si nuestro sistema actual- autoproclamado como proporcional en la Constitución, aunque en realidad es bastante deformante de la voluntad popular- evoluciona a soluciones como la francesa, británica o griega o incluso italiana, la desidia de la ciudadanía aumentará.

Ya tenemos un sistema partitocrático donde la participación de los ciudadanos es marginal, por mucho sistema de voto electrónico que se inventen.

¿Por qué no caminar a un sistema parlamentario que refleje en el legislativo la pluralidad de la sociedad y asegure un ejecutivo con el refuerzo mayoritario de los votos? ¡No es una quimera!

El pasado 29 de julio, proponía un sistema de nombramiento de Presidente de Gobierno con apoyo social mayoritario como complemento a un sistema de conformación del Congreso de lo Diputados en Circunscripción Única sin mínimos para acceder a representación.

Me temo que los medios de comunicación y la clase política española no está muy interesada en este debate. Con escuchar las tertulias políticas televisivas el alma se te cae a los pies, por el desconocimiento de unos y por la tendenciosidad de otros.

¡Mal vamos!

El dueño del balón

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Viernes, 26 de julio de 2019

Hablaba apenas hace dos días sobre el diálogo de sordos que estaba desarrollando en el Congreso de los Diputados. Y si hace apenas dos días el diálogo estaba entre sordos y besugos, ayer más parecía entre infantes enfurruñados. Como en el patio del colegio, o cuando jugábamos en la calle, había un dueño del balón que explicaba que o se jugaba con sus reglas o se marchaba, con el balón por supuesto, para su casa.

 

El dueño del balón,  figura de la infancia de muchos de aquellos que ya tenemos una cierta edad, que provocaba las risas, las puyas y las chanzas apenas se daba la vuelta. La propiedad del balón, que era la única manera en la que alguien que era poco popular, en general antipático y caprichoso, y que encima no sabía jugar al fútbol, podía reivindicar como derecho lo que no era más que una imposición de niño caprichoso y consentido. Porque, que fuera antipático era llevadero, que no supiera jugar al fútbol tolerable, no había ningún Pelé en el grupo, pero esa manía de cambiar las reglas y erigirse en árbitro porque el balón era suyo, eso era insoportable.

 

“Ha sido gol”, reivindicaba el dueño del balón sobre un tiro que se había ido a las nubes, vamos que el portero ni con escalera. “Me ha hecho falta”, reivindicaba porque le habían quitado el balón, su balón, con absoluta limpieza. Y a continuación la salida política, perdón, la salida de tono: “Pues como el balón es mío me marcho”, y cogía el dichoso balón y se marchaba, el muy idiota.

 

Esto solía suceder después de navidades, que si sus Majestades de Oriente hubieran sabido para que se iba a usar el balón no se lo hubieran regalado, o sí, que a veces por muy Reyes Magos que sean no se enteran de nada, o de algún cumpleaños, porque con el discurrir del tiempo acababa apareciendo otro balón, o jugábamos a las chapas, que bastaba con ir al kiosco más cercano y coger todas las que hiciera falta, y el interfecto caprichoso se quedaba con su balón viendo como jugábamos los demás. Y es que una cosa es ser niños y otra ser tontos.

 

Pues eso, que la añoranza siempre acecha y acaba uno hablando de barcos, que ayer en el Congreso de los Diputados el dueño del balón, después de echarle en cara a todos que no aceptaran sus reglas, cogió su preciada propiedad y se fue para casa, que en este caso es la residencia del Presidente del Gobierno de todos los españoles.

 

Como sería el despropósito para que el Sr. Rufián, siempre tan atento a hacer honor a su nombre, lograra parecer el bueno de la película. Como sería para que pudiera interpretar con éxito el papel de moderado introductor de la razón en un manicomio. Que sí, que claro, que se le veían fácilmente los recibos que pretendía pasar al cobro por su trabajo y el bolígrafo de tinta indeleble con el que firmarlos, pero consiguió que mucha gente mirara para otro lado, para su lado, que se olvidara de lo que habría que pagar por su mediación.

 

En fin, que a día de hoy volvemos a estar donde últimamente solemos, en la nada precursora de que alguien traiga otro balón, unas nuevas elecciones, o que los demás jugadores agachen la cerviz y juguemos con el balón y con las reglas que nos impongan, todos a abstenerse o a votar sí.

 

Y digo yo, si el problema es el dueño del balón, ¿No debería de cambiarse el dueño del balón? Si, ya lo sé, este dueño del balón es un experto en resistir y acabar saliéndose con la suya, pero ¿puede un país estar sometido a la tensión que supone esta situación sin que nadie se plantee que un líder, un pretendido líder, que tiene el rechazo frontal y personal de aquellos con los que tendría que llegar a un acuerdo para que se pueda jugar, y no solo con uno, si no con casi todos los demás, lo que tiene que hacer es ir se para casa? , pero para la suya, no para la de todos los españoles, y llevarse su balón. Seguro que encontramos otro balón con el que podamos jugar todos y con las reglas que a todos nos convengan, y no sería la primera vez que un auténtico líder se aparta para permitir que la situación se destranque, incluso en España.

Tres más dos igual a cuatro

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Miércoles, 24 de julio de 2019

Estaba tranquilamente oyendo la radio y se vino a la cabeza aquel viejo chiste del tonto y el sordo.

  • “¿Tres más dos?”, pregunta el sordo al tonto
  • “Cuatro”, contesta el tonto sin dudar
  • “Por el culo te la hinco”, remata el sordo muerto de risa presuponiendo la respuesta del tonto.
Congreso de los Diputados. XIII Legislatura. Sesión plenaria de Investidura. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

 

¿Qué que estaba escuchando? Aquí, por seguir el guión del chiste, yo diría que un programa de humor a lo que mi interlocutor me reprocharía que estuviera escuchando el debate de la investidura. Y acertaría.

 

El concepto del diálogo de sordos es  de honda raigambre en el panorama político español, de honda raigambre y de obligado cumplimiento en cualquier debate parlamentario que se precie, pero, sinceramente, creo que ayer sobrepasaron el concepto tradicional para acercarse a una entrañable sección del Tiovivo, el “Diálogo para besugos”, sección que consistía en una conversación entre dos figurados personajes en las que cada uno hablaba de lo que le daba la gana sin tener para nada en cuenta lo que el otro pudiera decir.

 

Había morbo, cierto morbo, en ver la situación del retransmitido pacto entre el PSOE y Podemos, como lo había en saber las posturas decididas de separatistas, independentistas y soberanistas de todo pelaje, izquierdas, derechas, extremas y moderadas. Había curiosidad  por oír argumentos, posiciones y exabruptos. Y ninguna expectativa acabó defraudada.

El discurso del candidato, plúmbeo, falto de interés, lleno de  menciones a temas menores, incluso a temas que no son de su competencia, y absolutamente carente de ninguna mención a los temas que a los ciudadanos le interesan: los impuestos, el tema territorial y la política económica. ¿Sabía el Sr. Sánchez que en España hay un tema abierto, sangrante, que afecta desde hace unos años a la estabilidad política y económica de España? Oído el discurso se diría que no.

 

De lo único que no careció el discurso de Pedro Sánchez fue de una barra libre de reproches para todos y por todo, fundamentalmente porque no lo quieren lo suficiente para retirarse a su paso con una venia y dejarle vía libre, si se descuidan por aclamación, a la presidencia de su gobierno. Reprochó al PP, previsible, reprochó a Ciudadanos, inevitable, pero también reprochó a Podemos su falta de generosidad  por no entregarle sus votos a cambio de un plato de lentejas, posiblemente sin chorizo, ni oreja, y hasta puede que sin lentejas.

 

¿Estará el señor Sánchez haciendo pruebas de campo para escribir un nuevo capítulo de su “Manual de Resistencia”? Parece.

 

Y una vez que Pedro Sánchez acabó su soporífera diatriba, empezaron los otros, y las respuestas, ¿seguro que eran respuestas?,  a sus intervenciones, que vista la actitud del candidato, haciéndose el distraído, mirando para otro lado, con cara de aburrida y ausente resignación, tampoco es raro que fueran siempre más de lo mismo. Reproches, reproches y más reproches.

Claro que vistas las intervenciones de los diferentes opositores, tampoco daba para mucho más

 

El discurso de Pablo casado es ideológicamente monocorde, es un discurso viejuno, previsible, lleno de lugares comunes y defendido con poca, o nula, brillantez oratoria. Se echa de menos la capacidad como parlamentario de su predecesor, capaz de improvisar y ser brillante en los debates cara a cara.

Rivera, en lo suyo, en la pasión, en el acoso ciego, en el enfrentamiento, se diría que personal, con el candidato al que le niega el pan y la sal, y el aire y la inteligencia y la posibilidad de tenerla y… acaba negándole tantas cosas que acaba por negarse a sí mismo. Creo que Ciudadanos está tirando por la borda una oportunidad de oro de erigirse en el partido solución que gobierne el país por interpuesto con unos pactos y un control del gobierno que sus votos le permitirían.

 

Pablo Iglesias brillante, contundente, indignado, ofendido, y, supongo que, sabedor de que la última oportunidad de resistir su imparable caída entrando en el gobierno se está esfumando, furioso por no conseguir ese flotador que ha creído tener tan cerca. Se ve que no ha debido de leer el famoso manual de Pedro Sánchez y le ha sorprendido que no le cedan ni la más mínima oportunidad de perpetuar su partido. Es lógico, en un gobierno de coalición pierde el PSOE, en una rendición sin condiciones pierde Podemos. En cualquier otro escenario, como nuevas elecciones, pierden los dos, pero más Podemos.

 

Santiago Abascal, previsible. Sacó toda la artillería programática y la exhibió con contundencia y con la certeza de que entre tantas cuestiones planteadas casi todos le comprábamos alguna. No tenía nada que perder, ni que ganar, ni que negociar, así que al menos se permitió el lujo de decir sus verdades del barquero. Ahí quedan, para convencidos, forofos y despistados. El problema de Vox no son sus reivindicaciones, como pasa con podemos, son los métodos con los que las llevaría a cabo.

 

Con el señor Rufián me pasa como con el cilantro en la comida, me satura y ya no puedo escucharlo más. Me recuerda a los ejercicios de vocalización que teníamos que hacer para que los primeros sintetizadores de voz reconocieran nuestras palabras. Re mar can do  ca da  si la ba  de  ca da  pa la bra, y repitiéndose en una danza patética de la anti oratoria.

 

Aitor Esteban tiene el mismo desparpajo y contundencia verbal que todos sus antecesores como portavoces del PNV. Siempre son mensajes ponderados, dialogantes, constructivos. Siempre ofrecen su colaboración y siempre dejan claro que esa colaboración tiene precio, aunque nunca dejan claro cuál es ese precio, ni si sería asumible por la mayoría de los ciudadanos españoles.

Mi atención se quebró tras las primeras palabras de la señora Borrás, la portavoz de Puigdemont en el congreso, que fueron un catálogo del imaginario independentista catalán, sin la más mínima concesión al ritmo, al tono o a la veracidad del contenido. Ya no pude más y mi atención se decantó por algo más importante, no recuerdo qué, aunque tengo claro que cualquier otra cosa era sin duda más interesante.

 

Pues, por resumir, el debate de la fallida investidura podría describirse como tres más dos igual a cuatro y que cada uno le ponga la rima que mejor le convenga.

Garzón en Cataluña: Sostenella que no enmendalla.

Jordi Cuevas Gemar * || Licenciado en Derecho e Historia || Secretario de la Junta Directiva de la asociación Alternativa Ciudadana Progresista||
Vicente Serrano** ||Miembro de la Junta Directiva de la asociación Alternativa Ciudadana Progresista||

10 de julio de 2019

 

Cuando se hizo público que IU suspendía su protocolo de colaboración con Esquerra Unida i Alternativa a causa de las reiteradas deslealtades de J. J. Nuet, y que el coordinador general de IU, Alberto Garzón, celebraría una asamblea para presentar su nueva plataforma Esquerra Unida Catalunya en la población barcelonesa de Sant Adrià de Besós –patria chica del magnífico escritor Javier Pérez Andújar–, algunos pensamos que esta medida llegaba tarde y que era, además, claramente insuficiente. Pero tras asistir, con más reservas que expectativas, a dicha asamblea –que no fue asamblea sino mitin–, hemos podido comprobar que la propuesta de Garzón para Cataluña es aún más decepcionante de lo que  habíamos llegado a imaginarnos.

Desde luego, llegaba tarde: como poco, cuatro años tarde, pues ya se tenía que haber afrontado el problema en 2015, cuando Nuet pactó con Podemos, a espaldas de Izquierda Unida, sus listas en Cataluña para las elecciones generales –en aquellos días en que Pablo Iglesias aún decía en público lo del pitufo gruñóny lo de las indeseables mochilas de los comunistas–, y la presencia de Izquierda Unida en el Congreso quedó reducida, a causa de esa traición, a dos tristes diputados. En aquel momento, un amplio sector de la militancia de Esquerra Unida i Alternativa denunció –denunciamos– abiertamente la situación, y ofrecimos nuestro esfuerzo militante a Alberto Garzón para que IU pudiese presentar listas en las cuatro provincias catalanas. Pero Garzón, entonces, prefirió irresponsablemente renunciar a que Izquierda Unida pudiese tener representación en Cataluña, y siguió dándole palmaditas en la espalda a su buen amigoJoan Josep Nuet, desoyendo aquel viejo consejo de filosofía oriental que nos daba, hace años, el grupo humorista argentino Les Luthiers: “Si alguien que dice ser tu amigo te clava un cuchillo por la espalda… desconfíade su amistad”. 

En aquel momento, la decisión de Garzón nos resultó, a muchos, absolutamente incomprensible. Aunque más tarde por fin la entendimos: Garzón necesitaba los votos de Nuet en el Consejo Federal de Izquierda Unida para imponerse, y desalojar del poder, al entonces aún Coordinador General Cayo Lara: el último auténtico líder que ha creído de verdad en el proyecto de Izquierda Unida.

Aunque podríamos remontarnos aún más atrás: hasta la II Asamblea de EUiA de octubre del 2000, en la que el antecesor de Nuet, Jordi Miralles, se hizo con la Coordinación General mediante procedimientos poco claros (o sea: mediante tremendo pucherazo) para poder meter a la organización, como convidada de piedra (sin ningún poder real ni capacidad de influencia alguna, pero con un cómodo sillón para sus reales posaderas), en los gobiernos tripartitos de PSC, ERC e Iniciativa per Catalunya. (Posteriormente, Miralles fue defenestrado y condenado al ostracismo por el propio Nuet, cuya ambición personal nunca ha sabido de lealtades.) O incluso hasta la propia fundación de EUiA en 1998, cuando quienes propugnaban –propugnábamos– la constitución de una federación de Izquierda Unida en Cataluña fuimos injustamente excluidos de los órganos de gobierno de la organización, contraviniendo los acuerdos previamente alcanzados, y a pesar de haber sido unos de los más decididos impulsores del proyecto.

Pero, decíamos: además de tarde, decepcionante e insuficiente. 

Ciertamente, más de 250 personas abarrotaban el salón de actos del Centro Cultural de Sant Adrià para asistir al acto de Alberto Garzón. Pero calificarlo, como hizo en su presentación Cristina Simó, de “día histórico” puede resultar incluso patético: sobre todo, si se compara con la convocatoria de hace 22 años, que logró movilizar a miles de militantes para la creación de una auténtica alternativa de izquierdas en Cataluña. Oportunidad perdida para haber creado la federación catalana de IU. Los mismos prejuicios que en aquellos años lo impidieron –miedo a ser acusados de sucursalistas, mantener una organización diferenciada en Cataluña (cosas de la tradición y nada que ver con el federalismo), defender el significante vacío del “catalanismo popular” (que nos trajo la inmersión lingüística), etc.– hoy se han mantenido. Si las expectativas eran pocas –crear la federación catalana de IU–, la decepción, en cambio, ha sido enorme.

Ninguna autocrítica, ningún propósito de enmienda. Perseverancia en los reiterados errores de varias décadas.

Hablar de la larga orfandad de una alternativa de izquierdas en Cataluña, como también hizo Simó, tiene un corolario: EUiA nunca fue la organización de izquierdas que necesitábamos en Cataluña. Podríamos decir que esa fue la única autocrítica que pudimos oír en todo el acto… aunque nos parece, más bien, que debió tratarse de un lapsus linguaetraicionero.

Joan Mena y Nuria Lozano, en sus respectivas intervenciones, reiteraron el mismo discurso: recuperar EUiA, mantenerse en la tradición política del catalanismo popular, seguir trabajando dentro de Catalunya en Comú, situarse equidistantes en una supuesta guerra de banderas y repetir ciertos memes sobre la desigualdad y las injusticias sociales que cualquiera de los asistentes podría haber suscrito: incluso Nuet, el gran artífice del desencuentro.

El diputado de En Comú Podem Joan Mena –contumaz defensor de la inmersión lingüística y del actual modelo educativo en Cataluña, y uno de los promotores del primer «referéndum» independentista del 9N– afirmó sin ambages que el objetivo de las personas allí reunidas no debía ser crear una federación catalana de IU, sino «recuperar EUiA dentro de los acuerdos de su VII Asamblea»; asamblea en la que se aprobó, bajo la influencia de sus sectores más nacionalistas –y por si alguien necesita que se le recuerde–, «la necesidad de abrir un Proceso Constituyente en Cataluña, así como de establecer alianzas entre federalistas, soberanistas e independentistas, para avanzar hacia la República Catalana libremente federada.» Tras lo cual afirmó, en una velada pero muy insuficiente crítica al transfuguismo de Nuet, que «EUiA no nació para ser el apéndice de la socialdemocracia catalana, ERC». (¿»Socialdemocracia catalana», los nacionalpopulistas radicales de ERC? ¿Ése es el concepto de socialdemocraciaque se tiene, realmente, en Izquierda Unida o en el PCE? Lo de definir a ERC como “socialdemocracia catalana” demuestra una vez más la enajenación/desconocimiento/buenismo/ingenuidad de una dirección política desnortada.) Y acabó rematándolo con la afirmación de que el Estado de las Autonomías había fracasado por «el inmovilismo» del Estado –es decir, no por la deslealtad ni la insolidaridad reaccionaria del nacionalsecesionismo–, y que la alternativa frente a eso no podía ser otra que «el blindaje de la soberanía de los pueblos del Estado.»

En una línea muy parecida, la miembro del Consejo Político Federal de Izquierda Unida Nuria Lozano se mostró estentóreamente indignada por el hecho de que, desde sectores nuetistas, a los promotores de la iniciativa de reconstituir el referente catalán de Izquierda Unida se les hubiese comparado «con los del 155», o con Ciudadanos. Dirigió también algunas críticas a ERC y PDeCAT «por hacer políticas de derechas» (pero ninguna crítica al desafío procesista a la legalidad vigente, ni a la fractura social que el Procésha generado en Cataluña), y reiteró que «Catalunya en Comú es la apuesta estratégica de la izquierda catalana, y se han equivocado quienes la han dado por muerta.»

Cuando intervino por fin Garzón, lo hizo para decir que habían venido desde IU Federal «a apoyar la iniciativa de los compañeros y compañeras de Cataluña» (es decir: que nadie creyese que IU intervenía motu propriopara poner orden en su casa; seguimos con la retórica de siempre de la organización nacional soberana). Y criticó (de nuevo en velada alusión a Nuet) «ciertas actitudes personales que entorpecen la defensa de los derechos públicos», al tiempo que siguió defendiendo «la confluencia con personas de otras tradiciones políticas distintas a las nuestras (¿Con quiénes? ¿Con nacionalistas, con populistas…?), porque eso es lo que debe caracterizar a la izquierda».

Y ni un ápice de autocrítica: tan sólo se refirió de pasada al «tacticismo de algunos dirigentes» (sin nombrarlos, J. J. Nuet o Elisenda Alemany), y eso fue todo: no criticó nada del proyecto, ni hizo ninguna autocrítica hacia sus propias decisiones, de cómo ha apoyado sistemáticamente durante los últimos cuatro años a esos «líderes oportunistas», «tacticistas», a los que ahora atribuye toda la responsabilidad de «los momentos difíciles que ha pasado la organización en los últimos meses». Ni una palabra de disculpa ante los compañeros y compañeras a los que él mismo había dejado tirados hace cuatro años, muchos de los cuales estábamos en la sala en ese mismo momento, y a los que ahora venía a reclamar la reconstrucción de EUiA, que no de Izquierda Unida en Cataluña.

Y para acabar, cómo no, una nueva referencia al «reto territorial», y un ataque tópico al «españolismo rancio que se expresa políticamente en PP, Ciudadanos y VOX» (pincelada gorda y totum revolutum), que se retroalimentaría con el «independentismo unilateral, que a veces actúa como ese españolismo reaccionario» (seguimos a vueltas con la falsa equidistancia), y frente al cual lo que hay que hacer es «reconocer la plurinacionalidad de España, en una República Federal que respete las identidades para no extender el odio» (pero, ¿es que el actual modelo de estado no ha respetado, acaso, la «identidad catalana»? ¿Y qué hay de la «plurinacionalidad» dentro de Cataluña, y del respeto a la identidad de quienes nos sentimos españoles, andaluces, extremeños, o ciudadanos del mundo, a la vez que catalanes?)

En resumen: que la supuesta asamblea no tuvo nada de asamblea, se quedó en la categoría de mitin de los de andar por casa. Una mesa con cuatro ponentes a los que aplaudir y punto. Un mitin para no cambiar nada, para perpetuarse en los mismos errores que han llevado a IU a la casi irrelevancia política, a ser muletas de una pseudo izquierda peronista/populista que inicia su declive una vez el tsunami del 15M deja de tener fuerza, una vez los poderes mediáticos que lo auparon consideran que mejor volver al clásico bipartidismo PP y PSOE. 

Tarde, mal y decepcionante. Mucho nos tememos que seguiremos huérfanos de izquierda en Cataluña. Y para tan parco viaje, no es menester tanta alforja.

Parafraseando a Cervantes:

Garzón, incontinente,

caló el chapeo, requirió el micrófono

miró al soslayo, fuese y no hubo nada.

Barcelona, 05 de julio de 2019

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* Jordi Cuevas Gemar

Militante de Esquerra Unida i Alternativa y del PSUC Viu desde la constitución de ambas organizaciones, en 1997/1998, y hasta su salida de las mismas en 2018, por la situación de subalternización y la falta de un discurso propio de la izquierda catalana ante el desafío antidemocrático, autoritario e insolidario representado por el Procés.

** Vicente Serrano Lobato 

Participó en la Asamblea Constituyente de EUiA, numero 2 en la lista alternativa “Corriente Federal” que obtuvo un 10% de votos y presencia en el Consell Nacionaly en la Comisió Nacionalde EUiA. Fue miembro de su primera Permanente (Ejecutiva) y fue expulsado antiestatutariamente de la misma. En la segunda Asamblea abandonó EUiA por el sesgo nacionalista que tomaba la formación. Nuet fue el redactor del protocolo de corrientes internas de EUiA que pretendió y consiguió laminar la “Corriente Federal”.

Del discreto encanto del Pujolismo al supremacismo nacional-secesionista

Vicente Serrano|Miembro de la Junta Directiva de la asociación Alternativa Ciudadana Progresista

28 de junio de 2019

Pareciera que en 2012 desembarcaron en Cataluña una caterva de malvados secesionistas que empezaron a asustar a los buenos catalanes. Pareciera que hasta ese momento el oasis catalán era real y todos vivíamos flotando y disfrutando del maná que el pujolismo dejaba caer sobre esta tierra tocada con la mano de Dios. Pareciera que estábamos todos los catalanitos encantados con el pujolismo, ese catalanismo dulce y acogedor que nos mecía y enseñaba a nuestros niños aquello de que El lleó no em fa por / pam i pipa, pam i pipa. / El lleó no em fa por / perquè sóc bon caçador. Pero el león secesionista empezó a dar miedo y a muchos se los llevó a su guarida.

 

Recuerdo, sin embargo, que en Cataluña siempre hubo gentes críticas con ese nacionalismo que la izquierda alegremente alentó y alimentó. Cuando en el 87 marcho a Mallorca ya se le veían las orejas al lleó, aunque no todos la vieron: la economía marchaba bien –al menos, la crisis no era como la de ahora–, y, aquí, la Transición se vestía de catalanismo pujoliano. Ya se había pactado (a principio de los ochenta) el reparto del poder en España entre PP y PSOE, por un lado, y el nacionalismo catalán y vasco por otro; era el principio de que en las nacionalidades históricassiempre gobernará un nacionalista a cambio –claro– de dejar gobernar el resto de España al PP y al PSOE según tocara… Muchos, la gran mayoría, estaban encantados, viviendo en los mundos del Yuppi-pujolismo. El manifiesto de los 2.300 –año 81– había sido hábilmente olvidado, a pesar de los más de 14.000 profesores que salieron de Cataluña en aquellos años.

Supongo que cuando te tocan los cataplines es cuando tomas conciencia, y, aunque yo intuitivamente ya marcaba distancias con el nacionalismo, cuando marché no tenía aún construido un relato crítico hacia este. Militancia de izquierdas desde los 14, con dudas pero aún no formuladas, aunque siempre crítico con ciertas actitudes, ya supremacistas, en aquellas épocas.

En los años 70 el catalán era una lengua de distinción y prestigio, por lo que los pocos charneguitos que intentamos acceder a ella encontrábamos burla y rechazo. Eso se notaba mucho en el mundo laboral. Estoy hablando del período que va desde el año 73 hasta finales de esa década. Es decir, en pleno franquismo y hasta algo después de la Transición. Como siempre, el idioma, guste o no, estaba asociado al estatus social. Llegué con 8 años al Carmelo, que, por si a alguien no le suena, fue y es, un barrio obrero de Barcelona.

Es con la llegada a la Generalitat de Jordi Pujol cuando se empieza a ejecutar el proyecto nacional-secesionista –llevaba preparándose desde los Fets de Palau y antes; es recomendable la lectura del libro de mi amigo Antonio Santamaría: “Convergència Democràtica de Catalunya. De los orígenes al giro soberanista”, Ediciones Akal–, y es a partir de entonces –a pesar de las reflexiones racistas de Pujol en su libro: “La inmigración problema y esperanza de Cataluña”, 1958, reeditado en 1976– cuando, consciente de la imposibilidad de ser mayoría social sin incluir a las clases castellano-hablantes, se inicia el proceso de asimilación identitaria con, por un lado, la famosa campaña de la “Norma”, y por otro imponiendo el catalán como lengua única en la escuela.

Aquí la izquierda colabora ampliamente, revendiendo el relato nacionalista como la garantía para la integración de los trabajadores en una sociedad monolingüe, ya que ese es el proyecto: hegemonía de lo identitario como garantía de una sociedad fuertemente estamental. Tras casi 40 años de asimilacionismo, las “castas” las ocupan los mismos… Las 300 familias que desde 1714 y bajo la protección del odiado Felipe V se enriquecieron y que hasta hoy han mantenido el control económico político.

La gran traición o la gran estafa

Dice Cercas en su artículo La gran traición: «El pacto central de la Cataluña democrática lo formuló así su patriarca, Jordi Pujol: “Es catalán todo aquel que vive y trabaja en Cataluña”. Cientos de miles de emigrantes arribados de toda España en la posguerra, gente muy humilde en su inmensa mayoría, se lo creyeron; mis padres también se lo creyeron, y criaron a sus hijos en consecuencia. Es verdad que mi madre, que llegó casi sin estudios, con más de 30 años y cinco niños, no habla catalán, y por tanto es de esas personas a quienes el actual presidente de la Generalitat llamó, en un artículo memorable, “carroñeros, escorpiones, hienas” y “bestias con forma humana”; pero mis hermanas y yo no somos como ella. Nosotros no sólo vivimos y trabajamos en Cataluña, sino que adoptamos las costumbres catalanas, nos sumergimos en la cultura catalana, aprendimos catalán hasta volvernos bilingües, nos casamos con catalanes de pura cepa, educamos a nuestros hijos en catalán e incluso contribuimos con nuestro granito de arena a difundir la cultura catalana. Todo en vano. Aunque hasta el último momento hicimos lo posible por seguir creyendo que éramos catalanes, en septiembre y octubre de 2017, cuando todo estalló, supimos sin posibilidad de duda que no lo éramos.»

Traición, no. Engaño, sí. Es evidente que el emigrante, cuando llega a un nuevo lugar, no pretende poner en cuestión lo que le viene encima: es más, generalmente intenta mimetizarse con el medio. Así, pues, uno está dispuesto a creerse lo que le vendan, sobre todo si podemos, algún día, “atar los perros con longanizas”, cosa que en el pueblo era imposible. Es decir, que no podemos reclamar a nuestros padres por su falta de crítica: tenían una predisposición a creérselo. Está bien aprender catalán y, si les gusta, bailar sardanas y hacer castells… y casarse con catalanes de pura cepa, eso que algunos llaman “catalanes catalanes” (y que nunca he querido entender, porque supura racismo: ¿Se imaginan que hubiera “españoles españoles” y, por otro lado, solo “españoles”?).

No darse cuenta del proceso de asimilación identitaria que se empieza a implantar desde primeros años de los 80 puede tener una cierta disculpa… pero esperar hasta octubre de 2017 para darse cuenta… ¡Vale! Bienvenida sea la caída del caballo, nunca es tarde si la dicha es buena, que no lo es… En fin, que más vale tarde que nunca.

A Cercas, lo que no le perdono, es que sitúe a su madre entre los que Torra denominó “bestias con forma humana” en su ya “memorable” artículo (memorable por lo despreciable–, y no incluirse él en la misma categoría –no somos como ella– porque él había aceptado el catalanismo. Mi madre no habla catalán, y eso no es ni un defecto ni una virtud; es una realidad dada por un momento histórico dado. Cuando Torra nos insultó, nos insultó a todos los que hemos venido de otras partes de España o somos hijos de padres que lo habían hecho, hablemos catalán o no.

Mis hijos pisaron poco los esplais, centros complementarios de asimilación identitaria; aparentemente, un lugar para el esparcimiento y la educación en valores humanos, pero que partían de un hecho indiscutible: la única lengua que se utilizaba era el catalán. Ahí dejo una perla sacada de Som Esplai.

Es decir, que está muy bien que Cercas –con su capacidad de llegar a muchas gentes– se rebele y denuncie la barbarie procesista. Pero le faltan unos golpes de pecho y contrición… La cosa empezó antes, mucho antes, Javier, aunque tú no te enteraste o no te quisiste enterar.

Punto de inflexión. Del pujolismo al Procés

Ni los hechos de septiembre y octubre de 2017, ni la sentencia del Estatut. El cambio de velocidad del nacional-catalanismo se dio a raíz de las manifestaciones de “encercla el Parlament” del 15 de junio de 2011. Palabras de Artur Mas ese día: «…ha lamentado haber tenido que llegar al Parlament en helicóptero este miércoles por la mañana para acceder al pleno que debe debatir los Presupuestos catalanes. Ha deplorado, visiblemente molesto, que en Catalunya haya que “utilizar métodos como estos para llegar (al Parlament), y además con violencia en la calle”.» ¡Ah! ¡Eso sí era violencia! Los presupuestos aprobados eran los más regresivos hasta la fecha y por eso los indignados del 15M se manifestaban. Acelerar el proceso independentista, la huida hacia delante, fue la opción de nacional-catalanismo que creyó que ya estaba preparado para dar el salto hacia la secesión, además de que, con la milonga del “Espanya ens roba”, conseguía desmovilizar a toda la sociedad catalana.

Todos los “aparatos ideológicos del Estado” controlados por la Generalitat habían hecho su trabajo. TV3 y la prensa, la escuela con su asimilación identitaria mediante la cantinela de la cohesión social y la inmersión lingüística como banderín de enganche comprado por la izquierda, los esplais, la rotulación de espacio público creando una ficción social, incluidas multas a comercios. Las cuantiosas subvenciones a todo tipo de asociaciones y fundaciones en defensa de la lengua o de reescribir la historia, el intrusismo o embebimiento en asociaciones de vecinos, de petanca, de bailes folclóricos o de padres de alumnos… miles, millones de euros engordando el Procés

Desmovilizaron a la sociedad y sustituyeron las reivindicaciones sociales por las nacionales. Pero la realidad se impuso: No son mayoría; nunca el 80% de los catalanes han reclamado el derecho a decidir ser independientes. Cierto que, en algún momento álgido, han pasado del 40%; pero el independentismo, los que están por la independencia, nunca ha llegado al 40%. Y otra cosa: el Estado Español (ahora sí hay que llamarlo así) reaccionó tarde y mal, a pesar de la clara ineptitud del sus líderes.

Y ¿dónde está la izquierda? El escrito de Rabell

Lluis Rabell encabezó la lista de Catalunya Si Que Es Pot en aquella fase de metamorfosis entre la vieja izquierda, ICV, EUiA –con sus tics autodeterministas–, y la nueva pseudo-izquierda catalana de Catalunya en Comú –instalada ya en la irracionalidad soberanista–, mantuvo cierta coherencia –junto a Coscubiela– en los aciagos días de septiembre y octubre de 2017, y finalmente fue apartado por los nuevos propietarios del nacional-peronismo catalán. Hoy en día, sus escritos son una llamada a la cordura y a enderezar el errático rumbo de la izquierda.

En su último artículo –Cuando llegue Brumario– critica la reposición del lazo amarillo en la fachada del Ayuntamiento de Barcelona, Rabell afirma sobre el lazo amarillo: «No es la enseña de quienes hemos considerado abusiva la prisión preventiva o desproporcionados los cargos de rebelión y sedición que pesan sobre los líderes independentistas. No. El lazo amarillo, denunciando la supuesta persecución de ideas políticas por parte de un España autoritaria, nos mete de lleno en el imaginario del “Procés”».

Acierta en las consecuencias, pero no desperdicia la ocasión para marcar distancias con el juicio del Supremo… Abusiva prisión preventiva y desproporción de los cargos. Ciertamente, es opinable, pero lo que evidencia es que la izquierda catalana –y, por ende, la española– siguen instaladas –aun siendo críticas con la oficial– en una falsa equidistancia que considera pernicioso o cargado de malignidad todo lo que venga del Estado (Español)

Tal vez es hora, Sr. Rabell, de emparentar a las derechas retrógradas españolas con las derechas retrógradas catalanas… Tienen mucho en común, aunque sus identidades sean contrapuestas. Hablar de “independentistas” les da una pátina de progresismo que no merecen. La equidistancia no es la solución: tomar partido por las clases trabajadoras es empezar por negarle el pan y la sal al secesionismo.

No hay bloques: Hay un solo bloque, nacional-secesionista, que mezcla desde la ultraderecha hasta “supuestos” izquierdistas, pero que no es un bloque legitimado por una causa justa. Y, al otro lado, no hay otro bloque, porque lo que hay, no actúa como tal: es un conjunto de gentes que, por motivos e ideologías diferentes, no comulgan con el nacionalcatalanismo, y entienden que la Constitución es una buena herramienta, mejorable, de convivencia. Los hay nacionalistas españoles, y los hay de izquierda no nacionalista. Y son la mayoría, en Cataluña y en España.

El “no bloque” constitucionalista tiene grandes problemas para configurarse como “frente democrático”. La sombra del franquismo es alargada a derecha e izquierda: algunos por añoranza (Vox), otros por vergüenza (PP), otros por “modernos” (C’s), y la izquierda por complejo, confundiendo España con franquismo.

Insultos y abucheos en el paseíllo del vasallaje ante la Generalitat del nuevo consistorio barcelonés

El poder municipal de Barcelona no proviene ni de la Generalitat ni del Gobierno español: se debe a los ciudadanos, auténticos soberanos municipales: no porque Barcelona sea soberana, que no lo es, sino porque es la Constitución la que articula el poder en España. Hacer un paseíllo hasta la Generalitat es un acto de vasallaje indebido que indica la profundidad del relato nacionalista. No es protocolo obligado, como sí lo es acatar la Constitución en el acto de toma de posesión de los cargos electos, que es un imperativo legal –y decir que lo hacen “por imperativo legal” es redundante, innecesario y, sobre todo, tendencioso, dando a entender su interés en saltarse tal promesa o juramento. Eso sí, inaceptable el comportamiento de la derechona nacionalista, que cree que el Ayuntamiento también es suyo.

Las filigranas de Colau para mantenerse en la poltrona –asumido como mal menor por muchos de nosotros, como medio de impedir que el secesionismo se haga con el Ayuntamiento de Barcelona– denotan ambición personal, con o sin lágrimas –llorar emociona, pero no legitima–, y estrategia política. La debacle de votos de los Comuns siempre es más llevadera y más reversible estando como alcaldesa que como vicealcaldesa del Tete Maragall.

Ciudadanos ha optado por el cuanto peor mejor: prefería a Maragall de alcalde para poder crecer victimizándose. Y no es que no lo hagan con la Colau –y menos con lo de reponer el lazo–, pero hablar a estas alturas de la deriva Rivera/Arrimadas es ya innecesario. Y Valls, independientemente de lo que haga a futuro, ha actuado con una coherencia ética desconocida en España: ha entendido que, aunque Colau sea una secesionista disfrazada, al menos nominalmente con ella el separatismo no gobierna Barcelona, que no es poco.

Acabando

A pesar de lo que Pedro Sánchez parece pergeñar –reforma del Código Penal, pacto con nacionalistas para su nueva investidura; recordad que nada de eso lo dijo en campaña–; a pesar que el juicio conllevará duras penas para los encausados, a pesar del mucho ruido que hagan en Cataluña y fuera los secesionistas, en Cataluña ya no es posible volver a antes de 2012, ya no es posible volver al nacional-pujolismo… Hay muchos “Cercas” que han despertado, que estuvieron el 8 y el 28 de octubre de 2017 en las calles de Barcelona, y no lo permitirán. El futuro es el diálogo; pero en ese diálogo hemos de participar todos, y los partidos actuales no pueden representar a la sociedad catalana. Hay que reformar la ley electoral para que el voto de los de la provincia de Barcelona valga igual que el de los de Lérida, Gerona y Tarragona. Pero, sobre todo, la hegemonía del nacionalismo en las instituciones se tiene que acabar.

Sigue habiendo muchos huérfanos políticos en la izquierda en Cataluña. A ver qué hacemos. ¿Rabell? ¿Cercas? Ni PSC ni Comuns pueden liderar esa alternativa. Perseverar en la espera es desesperar.

El rey desnudo o el cuento de hadas del procés

Profesor titular de Matemática Aplicada en la UPC y escritor

24 de junio de 2019

Todo el mundo ha oído hablar del escritor danés Hans Christian Andersen, pero quizá nos falte consistencia para sacar provecho de sus relatos. Así, el célebre El rey desnudo reclama que lo que todos creen cierto no tiene por qué ser verdad. Hay que estar abiertos a discrepar y a que otros discrepen. En la absorbente Cataluña procesista, esto hay que reivindicarlo con decisión. Antoni Bayona fue el Letrado Mayor del Parlament durante los plenos de la vergüenza. Desde las entrañas del procés ha escrito un libro sobre sus vivencias: ‘No todo vale’ (Península).

Emocionalmente nacionalista, Bayona es hombre riguroso que se aferra al sentido de la realidad y del deber. Es un doctor en Derecho coherente. Al servicio de una institución plural, sabe que hay que ejercer su oficio con objetividad e independencia de criterio, y lo hace con decencia. Así, “la democracia no es la imposición de la mayoría; es el ejercicio del poder por la mayoría, pero respetando a las minorías y sus derechos”. O “no hay nada tan antidemocrático como negar el valor de un derecho cuyo origen es democrático”. Asimismo no es “ninguna buena señal lanzar a la opinión pública la idea de que el derecho se deja de cumplir cuando a uno le conviene”, un argumento bumerán.

Con finura y temple, Bayona hace equilibrios de ecuanimidad pero es claro y nada ambiguo ante lo que no se puede compartir. Una cosa, dice, es la libertad de defender ideas y promover unos proyectos políticos y otra muy distinta es adoptar medidas contrarias al ordenamiento constitucional. O atribuir al Parlament un poder que no tiene. No obstante, a través de una buena escenografía, se ha hecho creer que la unilateralidad es justa y posible. Hay mensajes distorsionados y falsos, trasladados a la opinión pública “con la inestimable ayuda de algunos medios de comunicación y con otros mecanismos diseñados para darle credibilidad”.

Estar en contra de detener la consulta del 1-O no le impide calificar esa fecha como el “último acto de un proceso de calentamiento previo, que había empezado años antes”, ni calificar de despropósito y chapuza la ruta seguida para la secesión. En España, señala, “no se persiguen las ideas ni la libertad de expresión; por lo tanto, tampoco a los independentistas ni la defensa del proyecto que representan”. Nos va a costar tomar tierra después de este viaje lleno de turbulencias.

La farsa ideológica de Albert Rivera. El “trifachito» cabalga a sus anchas

Olga Sánchez Rodrigo ♦Escritora por vocación. Crítica política PLAZABIERTA.COM

22 de junio de 2019

Que los pactos entre partidos sean necesarios para asegurar una estabilidad en el gobierno, bien sea en el ámbito estatal, autonómico como local, pero cuando estos pactos son “contra natura” la cuestión se transforma de algo lícito o legítimo en algo que huele bastante mal.

Cuando las ciudadanas y ciudadanos de este país vamos a votar, lo normal es que lo hagamos conforme a nuestra ideología, es decir, votamos al partido que mejor puede dar respuesta a nuestras inquietudes, de manera que no me imagino a un votante de izquierdas votar a la derecha y viceversa.  Ningún partido por más pragmático que sea o se considere, que esa es otra, que no responda a ideologías concretas viene a ser un partido sin personalidad, un partido que lo único que quiere es acaparar los votantes insatisfechos de un lado y del otro.

Dicho de otra manera, todas las personas necesitamos en nuestro fuero interno dar solución o al menos buscarla, a nuestras necesidades tanto materiales como ideales, apoyándonos en determinados modelos ideológicos que hemos hecho propios bien por nuestra educación o experiencia, quizá convertidos en estereotipos que hacen que nos sintamos mejor otorgándoles nuestra confianza.

Es por ello que, cuando depositamos nuestros votos en las urnas lo hacemos bajo el convencimiento que lo que debe imperar es la ideología sobre la necesidad que tienen algunos políticos o lo partidos a los que pertenecen de alcanzar el poder a cualquier precio. Así, encontramos pactos entre partidos que no responden a esa ideología que han vendido a sus votantes, frustrando de esta manera las expectativas depositadas en ellos, convirtiéndoles tal actitud en unos farsantes.

Cuando hace unos días hablaba el director-editor de este digital de la diferencia entre política y políticos con mayúsculas y con minúsculas, me da pie para afirmar que esos farsantes estarían entre los segundos, no solamente porque están traicionando al voto que se les ha otorgado, sino porque para ellos prevalece el aferrarse al sillón del poder que el dar respuesta a las demandas de sus votantes, confiando en la ideología que representa sus siglas, lo que hace que, al final, no les consideremos nuestros representantes, sino más bien en ratas de dos patas que se mueven con habilidad en las cloacas del poder.

Hemos dejado atrás hace unos días la constitución de nuestros Ayuntamientos y hemos podido ver que ésta ha sido la tónica habitual en muchos de ellos, aunque hay un partido que se lleva la palma por vender su posición de centro, su posición tibia, sin compromiso ideológico claro, pactando con la extrema derecha sin ningún tipo de escrúpulos, bajo la justificación de que la izquierda de Pedro Sánchez y mucho menos con la ayuda de la extrema izquierda de Podemos no debe gobernar bajo ninguna condición por ser los consentidores del independentismo catalán.

Este partido que no es otro que el de Albert Rivera ha demostrado, como ya lo hizo en las últimas Elecciones Andaluzas sus ansias de poder, pactando con quienes todavía añoran el franquismo. A quienes sólo les interesa la democracia para hacerse hueco en el poder para luego imponer su ideología fascista trasnochada, lo que convierte en un partido oportunista, en vendedores de falsas ideologías que colorean a su antojo, según de donde venga el viento, salvo la excepción de Valls en Cataluña para evitar el totalitarismo de los independentistas, lo que le ha supuesto la expulsión del partido.

Quien pacta con fascistas ser convierten en fascista, da lo mismo sean de izquierdas o de derechas, por mucho que intenten vender ciertos valores supremos, como ese patriotismo de saldo basado en UNA ESPAÑA, GRANDE Y LIBRE de épocas pasadas que tanto enarbola la derecha, o bien un socialismo totalitarista por algunos de izquierda basado en una confrontación continúa para mantenerse en el poder  en vez de poner en marcha políticas económicas y sociales que terminen con la desigualdad social.

NOTA. modificado título el 22 de junio de 2019, 14,25 h., por un error en edición inicial

El gobierno cooperativa

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

18 de junio de 2019

En muchas ocasiones me he quejado del retorcimiento indigno con el que los políticos actuales retuercen el lenguaje, con el único fin de que las palabras acaben no significando absolutamente nada y, por tanto, sirvan para no comprometerse tampoco a nada. Es una táctica felona, facilona y que debería de ponernos alerta. Yo jamás podré votar a alguien que atenta contra la riqueza idiomática saboteando esa riqueza, el vehículo fundamental para el entendimiento, y poniendo en cuestión mi propia inteligencia.

Acabamos de asistir al nacimiento de un nuevo concepto para llamar como no era a lo que es, pero que no se quiere que los demás entendamos que es, o, al menos, que no podamos decir que es lo que realmente es aunque sea evidente que es y ellos sepan que lo es. ¿Se me entiende o explicito? Pues eso, que aunque quisiera no podría ser más claro porque ni se me entiende a mí ni se les acaba de entender a ellos, aunque sepamos claramente lo que dicen, lo que quieren decir y que es lo que no quieren que se diga que han dicho.

Auténticos trileros del lenguaje, felones de medio pelo instalados en estructuras con cada día menor prestigio y con mayor poder, ventajistas de lo público, que desprestigian todo lo que tocan, en este caso todo lo que dicen.

Ha nacido el gobierno de cooperación. Existían los gobiernos monocolores, los gobiernos en coalición, los gobiernos Frankestein, -¡si el monstruo levantara la cabeza!-, e incluso los gobiernos de concentración nacional para situaciones especiales, pero ninguna de estas acepciones servían para explicar lo que no interesa explicar, para definir lo que se pretende indefinido, nebuloso, inconcreto, para disimular lo que realmente es, para decir si, pero no, donde dije digo digo diego, o simplemente para explicar lo que finalmente acaba pareciendo sospechoso, o taimado. Como lo de llamar relatores a lo que son interlocutores, como llamar victoria una pérdida de votantes, como… un no parar.

¿Qué es un gobierno de cooperación? Pues, basándome en los hechos y el lenguaje, es un gobierno de coalición en el que el más fuerte no quiere reconocer su debilidad y el más débil lo es tanto que tiene que tragar con lo que sea para sacar algo a lo que sabe que en buena ley no le corresponde. Un despropósito de debilidades para intentar simular una fortaleza que a la postre acabará resultando frágil y quebradiza para desgracia de los administrados.

Tal vez, para acabar de matizar, el término esté mal elegido, o, simplemente, esté incompleto. Tal vez debería de haberse llamado gobierno con cooperantes, o gobierno de cooperación necesaria, y así sabríamos, con mayor precisión, de que cabezas, escasas, dependemos.

Si le hubieran llamado con cooperantes tendríamos una visión más tipo ONG, un gobierno en el que ciertos militantes de otros partidos se prestan a ser ministros de forma desinteresada, sin ninguna contraprestación, afán de beneficio o protagonismo, simplemente por ayudar a un necesitado en unas circunstancias de carencia. Como diría la canción, que inmediatamente entonaría el PSOE, vencedor indiscutible de las elecciones, según su portavoz, y única opción a gobernar: ”NO, no, no, eso no, no, no, eso no, no, no, no es así”. El PSOE no necesita a nadie para formar gobierno, en realidad ni el PSOE ni ningún otro partido, aunque sí para la investidura.

Así que entonces, posiblemente, si los hechos no lo desmienten, estemos ante un gobierno de cooperación necesaria. Un gobierno que no se puede llamar oficialmente así porque lo de necesaria determinaría una debilidad del pretendido componente fuerte, que se niega a asumirla ante los ciudadanos, pero que es evidente para todo el mundo, incluso para ellos. Claro que, tal como veníamos apuntando, en política una cosa es lo que es y otra lo que se dice que es.

Sabiendo las tendencias ideológico literarias de los integrantes de la cooperación, estoy seguro de que en las negociaciones que se mantuvieron, con la permisiva displicencia del PSOE y la generosidad servil de Podemos, se llegó a utilizar el término que más se acomodaba, el de cooperativa de gobierno. De cooperativa pasó a cooperativo y de ahí a de cooperación. Y, claro, como gobierno cooperativa, o cooperativa de gobierno, todo tiene mucho más sentido. Al fin y al cabo la cooperativa es algo que la izquierda de salón ha leído que existe como esfuerzo común de los trabajadores para poner en valor su trabajo. Claro que en la cooperativa, y esto parece escapársele al PSOE, todos los obreros son iguales, e incluso, a veces, el obrero simple, el productivo, acaba siendo más importante que el camarada director.

Hay que ver, lo que da de sí el lenguaje cuando se usa correctamente.

Colau. Falsa ambigüedad y equidistancia

Vicente Serrano|Miembro de la Junta Directiva de la asociación Alternativa Ciudadana Progresista

17 de junio de 2019

Andan empeñados los nacionalismos rampantes en la construcción de bloques. Los nacionalismos catalán y vasco por fin han encontrado el icono necesario: Vox encarna a la perfección la derechona españolista que durante muchos años pretendieron colgarle al PP y luego a C’s… La conclusión consiguiente es hablar del “trifachito”. ¡Parece que nada haya cambiado! Y ¿Qué decir del mismísimo Vox? Mezclan nacionalistas (ellos también lo son) y comunistas con tendenciosa y malsana intencionalidad. Franquismo redivivo. Dos derechas a las que solo separa la bandera.

Y ¿Qué hace la izquierda? Alimentar los bloques desde su pretendida equidistancia. Pero la realidad es que mientra Vox les da arcadas se manifiestan compungidos ante el juicio a los golpistas secesionistas. No parecen distinguir entre la rebeldía de los ricos y la de los oprimidos. Rebelarse contra la ley tiene en la izquierda romántica un aura de heroicidad. El problema es que la rebeldía precisa de causa justa. 

Recuerdo a mi madre cuando me llamaba “rebelde sin causa” en mi adolescencia… Así parece estar, desde la Transición, la izquierda en una interminable inmadurez. ¡En el “procés” no hay causa justa!

La intrínseca maldad del 78

Es terrible tener que repetir a estas alturas lo obvio: La Constitución del 78, con todos sus errores, es hija de la izquierda. Y de la derecha ¡claro! Y es mejorable y perfectible como muchas de nuestro entorno a las que emuló en su día. 

No vamos a hablar hoy del sistema electoral tramposo que antes benefició al PP y ahora al PSOE… Si nos beneficia bien y si nos perjudica mal… ¡Mal vamos!. Tampoco olvidemos que el Estado autonómico actual bebe, directamente, de la Constitución de la II República Española. 

La izquierda española (incluidas la vasca y la catalana) vive acomplejada por su incapacidad de llevar adelante la ruptura con el franquismo. Una suerte de complejo de Edipo que le hace auto-odiarse y renegar de su propia españolidad. Es llamativo como en las conversaciones más coloquiales se escapa la negación de España: En una fiesta privada introduje en una de las muchas conversaciones los conceptos hispano e ibérico, rápidamente una persona aprovechó para reclamar –mejor ibérico–; hube de reivindicar mi hispanidad, esa sin la que no es posible construir lo ibérico. 

Lo español no es fascismo por definición, como lo catalán no es progresismo per se. En los ismos de ambos anida la derechona, pero la miopía de la izquierda adolescente aun no lo ve. Lo más llamativo, la conversión “anguitista” de Pablo Iglesias al “constitucionalismo”. 

Ada Colau y los bloques 

El final del viaje: El Ayuntamiento de Barcelona. Lo primero: es tan falsamente ambigua la Colau que da carta de naturaleza izquierdista a ERC. Es evidente que, por trayectoria histórica, ERC está en la derechona secesionista. Hablar de un tripartito de izquierdas incluyéndolos demuestra el enrocamiento intelectual de la Colau y su entorno, y sobre todo su falsa equidistancia entre los pretendidos bloques. 

Que haya sido elegida como como alcaldesa con los votos de PSC y Valls-C’s no es síntoma de su capacidad para entender la sociología de la ciudad; su discurso no cambia, seguirá instalada en la falsa ambigüedad que durante todo su mandato anterior ha dado soporte al “procés”. Y todo hay que decirlo el PSC no es garantía de freno para los delirios procesistas. Lo de Valls puede ser altruismo o ganas de entrar en un catalanismo moderado presto a retomar las riendas de Cataluña… sin que nada cambie… ¡ya se verá!, no olvidemos que incorporó en sus filas a los de “Lliures”.El proyecto de Colau siempre ha sido la Generalitat –lo tengo dicho hace años Septiembre 2014, minuto 1:02:20– La secesión, y eso lo ha teorizado perfectamente ERC (ahí está el Rufián para confirmarlo), solo será posible si se incorpora a los charnegos al “procés”. Antes ICV y ahora Comúns tienen la función de anular la crítica al nacionalismo supremacista de los trabajadores catalanes. Es por ello imposible que Colau corrija sus posicionamientos ante el secesionismo aunque sea evidente que su perdida de votos sea consecuencia de su falsa ambigüedad y equidistancia. Ada Colau no es muy distinta de Elisenda Alemany: una nacionalista.

Acabando. No hay dos bloques. La dualidad no es Catalanismo frente a Españolismo. El conflicto principal es Izquierda/Derecha, o, dicho de otro modo: conflicto de intereses entre clases sociales, igualdad/desigualdad. 

El nacionalismo distorsiona y difumina el eje sociopolítico principal. Alimentar la dialéctica de bloques beneficia al nacionalismo y eso es lo que hacen Colau e Iglesias. Hecho que beneficia a las oligarquías: “Hay una guerra de clases, de acuerdo, pero es la mía, la de los ricos, la que está haciendo esa guerra, y vamos ganando”. Warren Buffett. 

Les dejo con una epifanía matinal: “En España habrá izquierda cuando la izquierda se crea España”… podría añadirse “España como nación política”, pero tal vez no es necesario…

La vida sigue igual

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

11 de junio de 2019

Repasando los artículos escritos en fechas semejantes de años anteriores me he encontrado uno titulado “Por Ambos lados” del año 2015 que comenta los resultados de las elecciones que entonces se llevaron a efecto.

© Ángela Zapatero – plazabierta.com

 

Lo confieso, me ha costado resistirme a incurrir en la práctica del corta y pega y publicar exactamente el mismo artículo cambiando algunos nombres, de personas y de partidos, en la sección de actualidad.

Han pasado cuatro años, cuatro, y como si hubieran pasado cuatro días. Todo sigue igual. Tan sospechosamente igual que hay un montón de variaciones que no afectan al fondo del asunto. Porque,  me digo yo, si lo único que cambia no es lo relevante, ¿no será que alguien se dedica a cambiar lo que no importa para evitar cambiar lo que sí importa?

Decía el artículo:

“Por un lado no ha cambiado nada, todos los partidos se consideran ganadores según el criterio que les conviene, pero por otro lado todo ha cambiado con la irrupción de nuevas fuerzas políticas y la desaparición prácticamente total de algunos partidos.

Por un lado los ciudadanos han fragmentado su voto con la aparente intención de evitar la falta de control sobre el poder de la que hemos adolecido en los últimos tiempos en este país, pero por otro lado la necesidad de los partidos de “pillar cacho” los lleva a buscar desesperadamente alianzas que reproduzcan en mosaico el monolito.”

“Lo que en ningún caso parecen haber votado los ciudadanos es el mercadeo, el intercambio de cromos, el frentismo, la división, la mentira, el escamoteo de sus deseos, el espectáculo del triunfo universal, la persecución, la vuelta a la tortilla, que siempre exige otra vuelta más, y otra, y otra.

Por un lado el fracaso una vez más de una ley electoral que no garantiza más que la creación de perversiones, de nichos, de mafias de poder, por otro el deseo de una ley que permita la elección directa de representantes y expresar las diferentes sensibilidades de cada votante que no tienen que corresponderse con las de ningún partido concreto.

Por un lado, como cada vez, como siempre, la voluntad de los ciudadanos de formar una sociedad libre y plural, harmoniosa en convivencia y comprometida con su futuro, por otro, como cada vez, como siempre, la voluntad de los partidos de conseguir el poder a costa de lo que sea y eliminar toda pluralidad que atente contra su predominio y el inmoral, el infecto, el desmoralizador medraje de sus mediocres cuadros.”

Hasta aquí el corta y pega. Sí, estos párrafos, los entrecomillados, pertenecen a hace cuatro años. Y a hoy mismo. Y, si seguimos el mismo camino, a dentro de unos cuantos años, cuatro y más.

Oigo permanentemente la necesidad de cambiar la constitución, es ya una especie de mantra o latiguillo previo a cualquier debate político, pero, curiosamente, ninguno de los que lo menciona lo hace para solucionar los desaguisados que sí le preocupan al ciudadano de a pié.

Que si República o monarquía, que además es una falacia, porque visto el panorama político tendríamos que elegir entre monarquía republicana, la que tenemos, o república monárquica, la que se montara el partido de turno con su líder reyezuelo como Jefe del Estado. Virgencita, ¡que me quede como estoy!

Que si hay que cambiar el modelo territorial. ¿Otra vez? En palabras llanas, ¿Qué ventaja supondría para el ciudadano de a pié ese cambio? Claro, ninguna, solo cambiarían determinadas reglas de cómo repartir el poder y los impuestos, sin corregir desigualdades, sin corregir los fallos evidentes del actual, sin evitar que los ciudadanos de unos territorios sean privilegiados a cuenta de otros. Pues tampoco veo la necesidad acuciante.

Pero sobre la ley electoral, y el escamoteo permanente que un sistema partidocrático ejerce sobre el control electoral de los ciudadanos, nadie dice nada, y si alguno lo dice es porque cree que es lo que queremos oír. Sobre solucionar que se pague a 351 señores para que aprieten 351 botones que podrían pulsar tranquilamente 8 o 9 y nos ahorrábamos el bochorno de ver a durmientes, jugantes, diletantes y paseantes a los que pagamos por dormir, jugar, disparatar o pasear, sobre eso, nada. Sobre conseguir que todos y cada uno de los votos emitidos tenga el mismo peso electoral que los demás haciendo una circunscripción única, como en las europeas, nada de nada. Sobre poder votar directamente a quién me dé la gana, con nombres y apellidos, con la posibilidad, porque soy un picaflor, de votar al número cuatro de un partido y no a los tres primeros, y al dos de otro, porque me parece inteligente y necesario, en vez de tener que elegir a una ristra de desconocidos, que lo van a seguir siendo, desconocidos y ristra, después de cuatro años, nada de nada.

Sobre instaurar un sistema educativo único, no ideológico, duradero y eficaz, que incida en las humanidades, que forme en un saber histórico común y contrastado (un país no se puede permitir tener varias historias enfrentadas), que se preocupe de los valores sin detrimento de los conocimientos específicos de las distintas áreas, que ayude a conseguir ciudadanos íntegros, librepensadores y altamente cualificados, y no una especie de terapia ocupacional sin ánimo de molestar, formar o educar como existe actualmente, nada de nada de nada.

Sobre cómo conseguir un modelo eficaz, en gestión y en gestión de los tiempos, sobre las personas mayores y dependientes, cómo dotarlo para que algunos no reciban la ayuda después de muertos, para que no tengamos a diario que contemplar, en la calle y en las noticias, personas en desamparo y soledad culpable, culpable por parte de la sociedad y de quién dice administrarla, para que no tengamos que avergonzarnos de casos y cosas que cuando llegan a nuestro conocimiento llevan años de injusticia burocrática, para poder sentirnos orgullosos de que en nuestro entorno no hay nadie que tenga una necesidad, de las reales, no de las inventadas, que también hay, que no haya sido atendida correctamente y, sobre todo, a tiempo, se habla mucho y se hace poco.

Y podría seguir, con la ley, con la seguridad, con el sin vivir que día a día supone el abandono del ciudadano en aras de intereses superiores que en nada le interesan, cuando no le perjudican, con la economía, con el latrocinio de las grandes empresas con derechos sobre sectores básicos y de interés social, con la injusticia social, con el disparate laboral, con…

Y al final la vida sigue igual, que ya lo cantaba el cantor, o un poquito peor, porque lo que no mejora… empeora.

Los farfulleros de la política (2ª parte)

♦ Director-Editor de plazabierta.com

8 de junio de 2019

 

Como les comentaba anteriormente no estoy dispuesto a perder más el tiempo para hablar de política cuando mi interlocutor es una especie de primate que repite acciones que otro honímido jefe del clan les ha enseñado, pero además subyugados a unas pseudoideologías de  saldo que no las compra ni el Tato, por cierto ¿quién es este señor que tanto se nombra…?

Esos jefes de los distintos clanes son los que realmente me interesan y, para no herir susceptibilidades, no me voy a referir particularmente a ninguno de ellos porque para casi todos son predicables muchas actitudes que hace que la política y quienes la ejercen tengan tan poco valor frente a quienes nos quitamos las orejeras ante la manipulación política ampliando nuestro campo de visión más allá de donde quienes ejercen el poder no quieren que lleguemos.

Me imagino a esos vividores de la política en sus despachos discutiendo como vender al pueblo una determinada estrategia, primero a los suyos y luego al pueblo que dicen representar… ¡¡ y un carajo !!. Me los imagino urdiendo en sus cerebros hedonistas todo tipo de triquiñuelas para vender su ideología de tres al cuarto, de la que se desprenden cuando les interesa, y lo dicho antes no importa, a ellos se les permite todo, hasta que mientan.

No, no me gusta ningún partido, absolutamente ninguno, aún así sigo pensando que la democracia es el menos malo de los sistemas políticos e introduzco mi voto en la sagrada urna que representa el poder del pueblo a favor de quien más logra convencerme en eso que llaman campaña electoral, donde prometen de todo y, al final, se repite la película una y otra vez, como muy pocas variantes sobre todo en lo que se refiere al bienestar de los ciudadanos que es lo que realmente les debería importar y para lo que están ahí. Y voto porque ello me dará más fuerza para defenderme frente a los que al final no son más que unos defraudadores de la buena voluntad del un pueblo que ha confiado en ellos y que continuamente siguen defraudando legislatura tras legislatura.

Resulta evidente que las elecciones las deciden los indecisos, entre los cuales me incluyo, pues soy consciente de ese resultado que una y otra vez se repite, como en una moviola, primero con los unos y después con los otros. Por eso los indecisos tenemos que votar porque somos los únicos capaces de dar nuestro voto a quien sin perjuicios ideológicos polarizados hemos confiado para alcanzar un bienestar social que deseamos, en mi caso siempre a la izquierda, aunque de izquierdas y socialistas ya les queda muy poco, a los partidos como tales y a las personas que los integran, que venden un socialismo y otros hasta un marxismo de 1º de Bachillerato, que adaptan a sus vidas según les interesa. Y no se trata de poseer o de llevar una determinada calidad de vida, allá cada cual con el dinero que gana, no voy a decir honradamente, porque en la política la honradez escasea; se trata que no podemos comprometer nuestra palabra para vender una ideología con actitudes que van en contra de lo dicho. También predicable para los que están enfrente, para los de la derecha.

He votado y ya me siento decepcionado por los que voté y, del resto otro tanto, con pactos que desnaturalizan los resultados electorales, y que comprometen, incluso, lo prometido en campaña. Podría poner ejemplos de una y otra parte, pero no lo voy a hacer, allá cada uno con su memoria histórica, aunque sea manipulada. 

Eso es política con minúsculas, por tanto, quienes defiendan esas actitudes por su ceguera política no me interesan y no tengo nada de que hablar con ellos, hasta que no empiecen haciendo autocrítica, hasta entonces no son más que unos farfulleros de la política, que la toleran y la defienden convirtiéndose en cómplices de tanto desatino político.

Europeas y municipales. Circunscripciones Únicas.

Vicente Serrano|Miembro del Grupo Promotor del partido IZQUIERDA EN POSITIVO y de la Junta Directiva de la asociación Alternativa Ciudadana Progresista

6 de junio de 2019

 

Lo más llamativo de las elecciones europeas y municipales es que ambas utilizan la circunscripción única para repartir los escaños/concejales. 

Las europeas además no establecen un porcentaje mínimo para poder acceder al escaño. El sistema de reparto es proporcional: D’Hondt y ello no supone una distorsión tan grave como el que se achaca a este sistema en el resto de elecciones en España. Ciertamente beneficia ligeramente a los grandes partidos concretamente al PSOE le regala 2 eurodiputados y al PP y a Unidas Podemos uno a cada uno. Con un sistema de reparto Hare (Reparto proporcional y a resto mayor) eso se corregiría y entrarían con un eurodiputado cada uno: Compromiso por Europa y PACMA. 

Como siempre que se utiliza Hare los porcentajes entre voto y representación se acercan. Sobre todo en grandes magnitudes, como es el caso que nos ocupa.

El Parlamento Europeo es un sistema de representación federal de los territorios que conforman la UE asignando a cada estado un número de diputados en proporción a su población. Es un modelo a seguir en la reconfiguración del Senado Español (En el análisis de los resultados del Senado, pendiente de publicar, profundizaré). Sustituir el sistema de reparto D’Hondt por Hare lo haría aun más justo, siempre que consideremos más justo facilitar la representación de todos, beneficiando a los minoritarios y ampliando con ello el número de ciudadanos representados. Tal como se puede observar en la anterior gráfica (linea roja)

Generales y Europeas.

La participación ha bajado un 10% en un mes respecto a las generales. Pero vistos los antecedentes es un exitazo ya que supera en 20 puntos la participación de 2014. Algo tiene que ver la coincidencia con las municipales, así como la cercanía de la generales y su rebufo, cual si se tratara de una segunda vuelta.

Si PSOE pierde ligeramente (-1,62%) y PP se recupera (+3,54%), también tenuemente, los grandes descalabrados son Vox (-48%), C’s (-34%) y UP-IU (-28%) respectivamente. 

El bipartidismo, imperfecto ciertamente, no ha muerto a pesar de las necrológicas publicadas. Siempre dije que el sistema se tensiono y había orquestada una sustitución de los beneficiarios del sistema. Los sorpassos previstos fracasaron y el sistema español tiende a estabilizarse y a perpetuarse. Solo con un cambio en el sistema electoral (LOREG y Constitución) se puede romper el bipartidismo.

Municipales.

Si bien en las municipales la circunscripción es única la existencia de un mínimo del 5% para acceder a representación desvirtúa los resultados, al menos en las grandes capitales. Es decir mantiene 2 de los 3 factores deformantes de la voluntad popular: Mínimo y D’hont.

Si tomamos la ciudad de Barcelona observamos que dos candidaturas quedan excluidas al no llegar al 5% de los votos. No parece una solución muy justa teniendo en cuenta que el coste medio por concejal es de 18.390 votos y que estas candidaturas superan con creces dicha media. Además los únicos que superan ese coste medio son los 2 concejales del PP, el resto resultan mucho más baratos.

El actual sistema deja sin representación a casi 80.000 ciudadanos que acudieron a votar, lo que supone un 10,5%. Si eliminamos la exigencia de mínimo se reducirían a algo menos de 22.000, un 2,88%.

La sustitución del sistema D’Hondt por el Hare beneficiaría a las candidaturas minoritarias y aumentaría la pluralidad. Es una solución que no es recomendable hacer en poblaciones medias y pequeñas ya que sobre representa en exceso y de manera injusta a los minoritarios. Véase el siguiente caso de mi pueblo:

Estas distorsiones la crea Hare en grupos pequeños, como sucede en las elecciones sindicales donde habitualmente se usa. Es una paradoja que el mejor sistema para poblaciones pequeñas se use en grandes y al revés.

Como conclusión lo más importante en la posible reforma del sistema electoral en lo que atañe a los municipios es eliminar el mínimo del 5% y valorar la introducción de sistema Hare para los grandes municipios.

Barcelona y el Procés.

Este no es un análisis político sobre las opciones que toman los ciudadanos, si no sobre la justicia del reparto. Ello no quiere decir que no haya que hacerlo, pero no tanto por el método de reparto si no por las opciones y expectativas que unos y otros resultados generen.

Así pues y entrando en esa valoración política podemos afirmar que la ciudad de Barcelona no es secesionista y que el actual sistema electoral puede entregar la alcaldía al secesionismo por el simple hecho que, al no existir pacto suficiente, el alcalde sea el cabeza de lista más votado –Solución que revindicaba el PP como automatismo sin debate o posibilidad de pacto– 

Otra contradicción del sistema electoral es que siendo, como es, el poder municipal más ejecutivo, sea aparentemente más proporcional que en el resto de elecciones de organismos claramente legislativos: parlamentos autónomos, Congreso o Senado. Una segunda vuelta entre los dos o tres cabezas de lista que hayan superado un porcentaje mínimo de votos permitiría cierta estabilidad y gobernabilidad.

Asignando ideología e identidad a cada formación política obtendremos un cuadro agrupado de las preferencias del electorado barcelonés. La derecha como en el resto de España es mayoritaria en Barcelona.

Sin embargo podemos afirmar que el secesionismo no es mayoritario y que es posible un gobierno de la ciudad de perfil progresista y no nacionalista.

De la decisión que tome Ada Colau dependerá el futuro de una ciudad hoy abierta al mundo y que si yerra, caería en las manos de un secesionismo que ansia su ocupación. El propio futuro de los Comúns está en entredicho, avanzar en el apoyo de nacional-secesionismo, parapetados en la ambigüedad, le llevaría irremisiblemente a la marginalidad y con ello a las clases trabajadoras barcelonesas a la desprotección y el desamparo político y social.

Del fascismo y el antifascismo

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

3 de junio de 2019

 

Tal como se ha puesto la situación dialéctica, y parafraseando al poeta, podríamos espetar sin epatar aquella frase que dice:  ”¿Y tú me lo preguntas? Fascista eres tú”

 

Tan barato han puesto ciertos energúmenos que por las redes sociales pululan vertiendo a diestro y siniestro, esto es a izquierdas y a derechas, su veneno pseudo ideológico que ya, hoy por hoy, es fascista, para personajes que se creen de izquierdas sin ser capaces de hilvanar más de dos mejoras sociales que no le hayan soplado al oído sus líderes,  cualquiera que discrepe con sus ideas.

Fascista, si existiera una clasificación ad hoc, sería el adjetivo calificativo más usado para descalificar en cualquier conato de debate. Fascista es el tapón dialéctico más utilizado para atacar a las ideas ajenas sin contraponer las propias, por falta de ellas o por incapacidad para desarrollarlas hasta convencer. Fascista es el argumento definitivo más usado para quién rebasado en su razón pretende quedarse con ella.

Se usa tanto, tanto, tanto y tan mal que un término que, dadas sus consecuencias para la humanidad, debería estar guardado en el armario de los horrores léxicos, para que su sola pronunciación pusiera los pelos de punta, se ha banalizado hasta no significar otra cosa que  un escape intelectual para incapaces de pensar por sí mismos.

Dice el DRAE:

  1. adj. Perteneciente o relativo al fascismo.
  2. adj. Partidario del fascismo. Apl. a pers., u. t. c. s.
  3. adj. Excesivamente autoritario.

Habría que añadir la cuarta acepción: “Persona que tiene un criterio diferente al que califica”. E  incluso una quinta: “Persona de actitud violenta con tendencia a imponer su criterio ideológico por la fuerza”.  Si, ya lo sé, criterio e ideológico apenas son compatibles, pero lo digo por clarificar, dialécticamente.

Habría que ponerse a escribir las “hazañas” del fascismo tradicional, y las del no menos fascista “comunismo” del siglo XX, para que con los pelos de punta pudiéramos, muerto a muerto, con caras, con nombres, con testimonios de sus familias, recuperar una leve sombra del horror de los que lo vivieron. Debiera bastar este ejercicio para que la palabra no se volviera a usar  salvo para situaciones de lesa humanidad y por personas de elevada solvencia intelectual.

Calificaciones que se usan banalmente, ignorando la sangre y el sufrimiento producido por las actitudes intolerantes y totalitarias, o sesgándolas, o apropiándose para el propio interés de un concepto  de tamaña crueldad, deberían de descalificar automáticamente al calificador. Y si es político aún más, aún mayor debería de ser el ostracismo al que debiera ser sometido. Jugar con el horror, con la muerte, con el dolor, con la humillación de una gran cantidad de seres humanos debería de producir, al mismo tiempo, asco y rechazo. En definitiva, que el uso inadecuado de estos adjetivos, cualquiera que comporte crímenes por opinión, debiera de ser perseguido y castigado.

Pero no es así. Seguimos banalizando el peligro, seguimos minimizando el riesgo de que, como en el cuento de Pedro y el lobo, cuando venga el lobo de verdad no tengamos un recurso léxico eficaz para advertir el peligro.

En realidad ya está sucediendo, ya dices que viene el fascismo y no sabes si mirar para el que lo dice, para donde apunta, para ninguno de esos sitios o para todos lados. O, tal vez, lo más habitual, mirar para otro lado en actitud de cansancio y desprecio por el que lo ha dicho.

Desde luego, si yo quisiera una vuelta del fascismo lo primero que haría sería vaciar de contenido la palabra, violentar su significado hasta que no significara nada concreto, vulgarizar el sonido hasta que no produjera ninguna sensación de peligro o de rechazo, banalizar el término hasta que los que pretendieran señalarme no tuvieran dedos con los que hacerlo.

Y en eso, me temo, estamos. Basta con asomarse a una red social y discrepar en vez de pulsar el “me gusta” para ser automáticamente tildado de fascista. Curiosamente, en muchos casos, con actitudes absolutamente fascistas protagonizadas por autodenominados antifascistas.

Lo cual me lleva a una última reflexión, en general, ¿hay algo más pro que un anti? Yo, ahí lo dejo.

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