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Legalidad y Justicia

Rafael López Villar. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

Comentaba, en una de esas charlas en las que la inteligencia de tu interlocutor –y en este caso amigo- obliga a la tuya a tirar de recursos y enriquecerse, sobre la situación general del país o País S.A. –que diría el Forges-. Esta banal y desesperanzada conversación, que hoy por hoy predomina incluso sobre los debates del fútbol o la poesía –por dios, la ironía, ¿donde queda la ironía?-, nos llevó en un recorrido típico de la economía a los parados, de los parados a la política, de la política al gobierno, del gobierno a los tribunales y sin pausa a la justicia. Y llegados a este punto yo me planté: hablemos de legalidad pero de justicia hay poco que decir, espeté a mi interlocutor.

 Y ahí, en ese amargo, en ese oscuro punto de dolor moral y/o ético atrincheré mis más sentidas y emotivas posiciones. Ante la acometida de mi interlocutor reclamando la identidad de ambos términos yo me negué a que equiparación sea lo mismo que identidad. Negué que pueda haber un ministro –ni un ministerio- de justicia, si de legalidad, rebatí aún con más énfasis que los jueces actuales impartan justicia, si la aplicación de la legalidad vigente, y denuncié con rigor y pasión que el uso de las palabras puede trastocar el verdadero significado, la esencia íntima de los conceptos a los que pretenden referirse.


Sea, dijo mi interlocutor, dame algunos ejemplos.


– Que un individuo esté viviendo en la calle por no poder pagar una vivienda en tanto hay viviendas vacías con las que ciertos colectivos se lucran es legal, pero no es justo.
– Que algunas personas pasen necesidad cuando otras, individuales o colectivas, destruyen bienes para evitar fluctuaciones de precios que les perjudiquen es legal, pero no es justo.
– Que algunos nazcan con la vida resuelta y gocen oportunidades no merecidas más que por cuna en tanto otros por su simple nacimiento tienen todas las papeletas para acabar en la miseria y la estulticia es legal, pero no es justo
– Que alguien pueda ganar en un día lo que un continente entero sumido en la hambruna necesita para comer ese mismo día es legal, pero no es justo.
– Que haya personas que amasan fortunas por encima de la posibilidad de disponer, no despilfarrar, no malversar, disponer, de ellas es legal, pero no es justo.
– Que haya un ministro que grava económicamente el acceso de los más desfavorecidos a la legalidad con artimañas verbales y técnicas es legal, ya sí, pero no es justo.
– Que se condene a alguien a la muerte es, en algunos lugares, legal, pero no es justo.
– Que se prive a alguien de libertad a causa de sus opiniones es, en algunos lugares –en la mayoría-, legal, pero no es justo.
– Que los asesinos recalcitrantes, los ladrones contumaces, los violadores irredentos puedan pasearse en libertad entre el resto de los ciudadanos es legal, pero no es justo.
– Que lo que hoy es legal mañana pueda ser ilegal y viceversa es legalidad, pero no es justicia.

En mi opinión, y es la mía, la legalidad es un entorno técnico en algunos casos coloreado políticamente con claros visos de la preponderancia de unos colectivos que detentan la razón del momento –el poder- sobre otros que no siempre son peores, pero la justicia es un concepto únicamente ético o moral que debe de satisfacer la razón de un individuo, individual o colectivo insisto, sobre otro independientemente del poder que detente en ese momento o del tiempo histórico en el que se plantee el conflicto.


No me dio la razón, olvidemos imposibilidades, pero tampoco argumentó en contra de mis ejemplos. Parafraseando a Quevedo, cambiose de tema y no hubo nada, ni siquiera justicia.

Viviendo en la distopía

Rafael López Villar. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs

¿Todo es económico? ¿Todos es social? Desde luego lo que sí está claro es que no todo es político, al menos desde la perspectiva de la identidad política/ideología en la que vivimos. Porque la política se ha convertido en un extraño ejercicio en el que una serie de personas imbuidas de una supuesta ideología le dicen a los ciudadanos administrados lo que tienen que pensar, cuando, con que palabras y con qué fines.

Pero la política no es eso, la política, al menos originariamente, sería la voluntad de solucionar los problemas de los administrados. Sí, es verdad, en el momento de enfocar esas soluciones cada uno lo hará según sus convicciones, y eso llevará a que los votantes elijan a uno u otro. Pero no es eso lo que estamos viviendo, cada vez menos. No importa lo que opinen los administrados, ni sobre que temas, solo importa esa opinión que se les permite emitir una vez cada cuatro años. A partir de ahí barra libre para el vencedor, que, como bien sabemos, son todos.

La primera consecuencia de esta situación es una sociedad triste, una sociedad desesperanzada que va cauterizando sus desilusiones y sumiéndose en una fatal indiferencia porque sabe que nada de lo que suceda le afecta salvo que sea para mal, y cada vez es más consciente de que no sabe cómo recuperar lo que nunca estuvo en su mano, el control de los administradores.

Pero estamos mucho mejor que hace cien años. Indudablemente, disponemos de unos recursos, de un confort, de unas prebendas que ya hubieran querido los reyes de la edad media. Entonces ¿de qué nos quejamos? Pues no sé los lectores de este artículo, yo, personalmente, me quejo de lo que no tengo. Me quejo de lo que me quitan por lo que me dan, me quejo de un mundo en el que el individuo está cada vez más oculto tras la colectividad. Porque, reflexionemos un poco, ¿la mejora de la colectividad supone una mejora global de los individuos? Y lo que nos falta ¿es inalcanzable?

Es espectacular contemplar los adelantos globales, la salud universal, la erradicación del analfabetismo funcional, la libertad proporcionada por la tecnología, la divulgación del conocimiento, sobre todo del no práctico. ¿Y a nivel individual? A nivel individual las campanas de júbilo se quedan afónicas día a día. En una sociedad donde la legalidad y la formación son las mayores carencias, unas carencias que se hacen palmarias según se acercan más a los estratos más bajos, más necesitados, con una más dificultosa accesibilidad. Unas carencias que no solo retratan una sociedad manipulada si no una preparación para la manipulación futura. ¿Existe algo más manipulable que un individuo sin formación? Sí, es difícil pero existe, un individuo que no espera nada más que transcurrir por un periodo vital sin carencias ni sobresaltos.

¿Qué percepción de la sociedad pueden tener los ancianos que tras una vida de trabajo se ven abandonados, enfermos y sin recursos para solucionarlo? Que se ven solos en un mundo lleno de gente. Que se sienten transparentes ante unos funcionarios sociales en muchos casos, demasiados, más pendientes de las normas que de los problemas que se les presentan. Unos ancianos que se sienten agredidos por su propia endeblez, por su propia edad, por su propia debilidad que el colectivo ve como un inconveniente molesto, en vez de tratarlos con la dulzura, con la paciencia, con la consideración que su edad merecería.

¿Qué percepción de la sociedad pueden tener los niños, y los no tan niños, no seamos demagogos,  que son metidos en una patera y transportados a otras tierras,o en un campamento de refugiados, o en una fila errante interminable, mientras ven morir a los que están a su alrededor, porque los dueños de su país, que casi nunca son de su país, se quedan con toda la riqueza que ellos necesitarían para vivir razonablemente en esa tierra? La excusa es lo de menos: Pobreza, etnia o religión son dedos de la misma mano sin conciencia que mueve los hilos del mundo.

¿Qué percepción de la sociedad puede tener una persona a la que, viendo invadida su casa, la legalidad la trata como si todos los derechos fueran del invasor y la sume en una indefensión de facto? Ya, ya, que es que vivimos en una sociedad garantista, garantista desgraciadamente con el infractor lo que hace que el agredido sea además de víctima, sospechoso. La inviolabilidad del hogar es uno de los derechos fundamentales del hombre, individualmente, pero la sociedad actual no la garantiza, y el individuo lo ve, lo sufre y no entiende, pero la sociedad, los administradores, tiene otras preocupaciones que el ciudadano de a pié ignora. Ignorante¡¡

¿Qué percepción de la sociedad pueden tener los que desde la indigencia, desde la carencia parcial o absoluta de necesidades básicas contemplan cómo unos pocos se enriquecen más allá de cualquier límite razonable? ¿Cómo se practican la acaparación y la usura sin que se pongan límites a la desigualdad en el reparto de la riqueza? ¿Cómo estas prácticas condenan de facto a sus hijos a ser cada vez más pobres mientras otros nacen con la vida resuelta más allá de méritos o capacidades?

¿Qué percepción de la sociedad pueden tener las víctimas de violencia de cualquier tipo, género, edad, carácter, raza, tendencia sexual o religión, cuando ven como una burocracia indiferente a las necesidades del individuo se enreda, se enroca, se pierde en caminos que habitualmente desembocan en la muerte? No puedo concebir el infierno de estos dos últimos niños muertos en Valencia a pesar de las claras señales de alarma que su situación emitía.

¿Qué percepción de la sociedad puede tener el que recurre a la legalidad con la intención de restaurar sus derechos o solucionar situaciones de evidente injusticia y topa con un funcionario que no cumple con su función o unos recovecos ininteligibles, pero legales, o interpretados torticeramente, que lo sumen en el pasmo y en la indefensión?

¿Qué percepción de la sociedad pueden tener esos individuos que día a día, no importa donde, no importa por qué, se ven enfrentados a la dejación, a la incompetencia, al abandono, a la indiferencia de maquinarias burocráticas que inicialmente deberían de servir para evitarlo?

Sí, es verdad, globalmente vivimos en una sociedad con un nivel de confort, de libertad insospechados hasta hace poco. Pero el confort funciona como una mordaza y la libertad tiene todo el aspecto de ser vigilada. Al final, el lenguaje podría darnos las claves.

Si a los administradores se les llama gobernantes, si a los ciudadanos se les llama contribuyentes, si al acto de administrar se le llama poder, si la sociedad no reconoce a sus individuos, si la única percepción de lo que no funciona está directamente ligada a la implicación personal, entonces, más allá de las percepciones, solo somos reos de nuestra propia molicie y decadencia. Somos como muñecos de un futbolín que nos movemos, con los demás de la barra, cuando el jugador nos mueve.

Tenemos la costumbre, seguramente el cine tiene mucho que ver con ello, de asociar las distopías a la falta de luz. Craso error, también existen las distopías luminosas, por ejemplo: “Un Mundo Féliz”, o la que estamos viviendo día a día.

Los pros, los antis y los tontis

Muchas veces es más difícil desmontar una mentira evidente que refrendar una verdad palmaria. Y es que aunque el dicho diga que las mentiras tienen las patas cortas, o que se coge antes a un mentiroso que a un tonto, hay mentiras que duran siglos y mentirosos que, como la tortuga del cuento, son especialistas en carreras de relevos cortos y oponentes propicios.

De nada sirve la evidencia histórica, de nada sirve la lógica, si a quien tienes enfrente lo único que manejan es la verdad única e incontestable de un pensamiento impermeable a la razón y a los hechos. De nada sirve argumentar contra aquellos que pueden considerar un asesino en serie al primero que utilizó un útil para cazar o condenan a los Picapiedra por fomentar el mal trato animal por la escena de la costilla de brontosaurio en la entradilla de la serie.

La “postverdad”, esa mentira pacata y mojigata que permite a individuos, instituciones o grupos sociales o políticos, analizar cualquier hecho de la historia con los valores que a ellos les parecen los correctos, obviando los que imperaban en el tiempo analizado. Esa mentira mendaz y, habitualmente, puritana que sirve solo a los que tienen un pensamiento único y ni admiten ni toleran que pueda haber otro, otro matiz u otro concepto de una sociedad perfecta. Esa mentira mentirosa e ideológica que menciona a Orwell mientras lo pone en práctica con los hechos e ideas que no coinciden con su concepto de orden universal. Esa mentira fascista y antifascista que convierte en enemigo a todo el que discrepa, en discusión todo debate y en obsesión todo principio.

«Esa mentira mendaz y, habitualmente, puritana que sirve solo a los que tienen un pensamiento único y ni admiten ni toleran que pueda haber otro, otro matiz u otro concepto de una sociedad perfecta.»

Porque, y pertenece al orden más elemental del universo, toda acción tiene una reacción, y eso no es solo aplicable a la física de móviles, y no hablo de teléfonos, si no que sucede en sociología, en arte y en política, sobre todo en política. No hay nada más fascista que un antifascista, y viceversa. Porque, y eso se conoce desde la más antigua antigüedad, el alfa y el omega coinciden, Ouroboros se muerde la cola y no tiene principio ni final, y viene a enseñarnos que los extremos se tocan hasta tal punto que sus objetivos, métodos y concepciones son tan intercambiables que apenas los separa un matiz difícil de explicar, de evaluar, de distinguir. Y además se necesitan, se retro alimentan, se justifican.

«No hay nada más fascista que un antifascista, y viceversa. Porque, y eso se conoce desde la más antigua antigüedad, el alfa y el omega coinciden, Ouroboros se muerde la cola y no tiene principio ni final… «

Todo nacionalismo es fascista, sostienen los antifascistas mientras promueven un anti nacionalismo absolutamente fascista. Todo anti nacionalismo es comunista, sostiene los fascistas amparados en un discurso de pensamiento único que habría firmado Lenin. Todos los fascistas y antifascistas, todos aquellos que promueven un ideario único y sin fisuras, todos los que pretenden educar a una sociedad a su imagen y semejanza, todos los violentos, tengan la justificación que crean tener, todos aquellos incapaces de pensar por sí mismos ni de dejar que los demás puedan hacerlo, son un peligro para la humanidad y su progreso.

Y toda esta reflexión compartida y no impuesta ni única que me sale hoy del alma se debe a… Se debe a un par de noticias apenas relevantes aparecidas en la prensa y a alguna conversación mantenida últimamente que son significativas de ese mundo intolerante, árido para el pensamiento fértil y mono neuronal en el que pretenden, bajo la excusa de una salvación o un progreso que solo ellos desean, imponernos los unos y los otros, los pros y los antis, los totalitaristas de todo cuño.

Han matado a Apu. Ese estereotipo de tendero indio que regentando “El Badulaque” nos hacía el mundo de los Simpson aún más rico, más diverso, más inteligente y más divertido. Han matado a Apu por ser un estereotipo los incapaces de entender los estereotipos, de entender el humor, de entender la inteligencia ni de, por supuesto, practicarla. Han matado a Apu unos tipos con la excusa de que ofendía al colectivo de indios. Y por el mismo motivo matemos a Peter Sellers en El Guateque, matemos al Manolito de Mafalda, matemos a Charlot y matemos a cualquiera que sea capaz de reírse con cualquier personaje de los Simpson, de los Picapiedra, con Manolo e Irene, con Pepe Gotera y Otilio o con el Botones Sacarino porque es un comic que ofende al colectivo de los botones. Hay que ser imbéciles, y me sale del alma.

Hace años leí una obra de Orson Scott Card, el del “Juego de Ender”, titulada “Observadores del Pasado: La Redención de Cristóbal Colón” en la que, en una pingareta histórica, se responsabilizaba a Cristóbal Colón del esclavismo en América y todo consistía, para evitarlo, en conseguir que fueran los portugueses los que descubrieran el continente. Y yo pensando que habían sido los portugueses, los ingleses y los holandeses, sin olvidar a ciertos árabes y norteafricanos en origen, los que se lucraron principalmente de tan execrable actividad.

Cuando el otro día leí que, a petición de un representante de una tribu norteamericana, uno de los siete u ocho que han dejado vivos los colonizadores ingleses, entre otros, en esa zona no colonizada por España, se retiraba la estatua de Colón como genocida, me pregunté, es una forma de hablar, en que está pensando el mundo. Que disparate tan… tan está recorriendo el mundo y obnubilando las mentes para que las víctimas busquen justificación a su situación, más bien a su falta de situación y casi de existencia, en alguien que lo único que hizo fue navegar y encontrar, posiblemente por casualidad, otras tierras en unas condiciones que seguramente el tal portavoz puede que hasta desconozca.

Curiosamente los auténticos verdugos de las prácticamente extintas tribus indias de Norteamérica, cuando no definitivamente extintas, siguen manteniendo sus estatuas, sus calles y su popularidad intactas. Claro que en ese caso hay toda una sociedad que no toleraría que le toquen a sus “héroes”, en tanto que en el caso de Colón hay media sociedad española dispuesta a apoyar su defenestración por el simple hecho de ser español y por no respetar los derechos humanos, esos que no existían entonces, no él, que nada tuvo que ver, si no aquellos colonizadores que a continuación fueron visitando el continente recién incorporado a las cartas de navegación y a los atlas de tierras conocidas.

Y es que no hay nada más falso, más mendaz, más irrespetuoso e intolerante que la postverdad, que la verdad interpretada fuera de ámbito y de tiempo. Y si además falsea hechos y consecuencias ya no solo es pos verdad, es mentira.

«… no hay nada más falso, más mendaz, más irrespetuoso e intolerante que la postverdad, que la verdad interpretada fuera de ámbito y de tiempo. Y si además falsea hechos y consecuencias ya no solo es pos verdad, es mentira» 


Charlaba el otro día sobre el tema con un argentino de apellido italiano, si pudiera hablar de estereotipos diría que seguramente psicólogo, que reclamaba a los españoles la devolución de las riquezas que se llevaron de su tierra. ¿?. “Su tierra”. Blanco, de origen italiano, y ¿me hablaba de su tierra refiriéndose a aquella en la que sus antepasados asentaron sus reales en tierras que antes eran de alguna tribu indígena? Bueno, ni intenté razonar esta parte de la historia, solo le comenté que ya había escrito a Change. org solicitando la devolución de las riquezas que se llevaron de la península los fenicios, los cartagineses, los griegos, los romanos, de los romanos sobre todo el oro de Las Médulas y del Miño, para poder hacer frente a la devolución del que nosotros nos trajimos de América. Podía haber ido un poco más allá y solicitar que todos los que tuvieran ascendencia celta, o íbera, o visigoda, o vetona o…  fueran expulsados de España, y que se enterraran todas las ruinas de pueblos colonizadores que llegaron y casi nunca pacíficamente ocuparon nuestro territorio para así eliminar de la memoria colectiva e histórica tan ignominiosos actos como los que cometieron: El exterminio de varias tribus luso galaicas, el genocidio de Numancia, y tantas más. Pero me he dado cuenta de que posiblemente yo también estaría entre los expulsados. En realidad yo y todos los habitantes actuales de la península.

Si no recuerdo mal, y creo que no, en un solo país de Sudamérica hay más indios que en todo Estados Unidos, sin mencionar las loas, estatuas y homenajes a auténticos exterminadores de indios americanos como el general Custer o el Gobernador Kieft. Más de trescientos setenta mil indios muertos en cuarenta años en territorio de los ahora Estados Unidos de Norteamérica. Pero esos no son españoles, y por tanto la postverdad no los revisa, ni a los amos de la postverdad les interesan.

Pues eso, que ha muerto Apu, que Colón, inventor de la esclavitud y promotor del genocidio americano, ha sido defenestrado y que si en España hemos sobrevivido a por lo perverso y retorcido de nuestra historia, es porque somos españoles. Los demás, santos. Perdón, perdón, ciudadanos defensores de los derechos humanos, sí, de aquellos que aún no existían. Mataban, saqueaban y exterminaban pensando en ellos, fijo.

Un saludo a todos los pros, a todos lo antis y a todos los tontis de este universo de personajes sin seso.

Las elecciones imposibles

Hay muchas razones por las que no es conveniente un gobierno débil, y hay casi tantas por las que puede ser deseable. Pero las razones negativas se multiplican cuando la coyuntura es complicada, y cuando la debilidad más parece una anemia terminal que un episodio superable. Y en esas estamos.

En el momento actual el gobierno que preside Pedro Sánchez no sólo es débil e inadecuado para las circunstancias que vivimos, no, además es que su empeño de superar unas expectativas, hablo de las reales, de voto desastrosas lo hacen parecer aún más débil, rozando el esperpento con sus declaraciones que la mayoría de las veces son simples titulares populistas, cuando no inútiles para lo que dicen resolver. Y ahí está, atrapado entre lo imposible y lo que no puede ser. Preso entre la necesidad de gobernar para mejorar sus expectativas y la falta misma de expectativas que va cosechando con su inoperancia.

Pero si lo del gobierno en general es preocupante lo de la vicepresidenta portavoz seguramente es digno de espectáculo bufo y cartelera. Sus declaraciones pasan del chiste a la ocurrencia, de la ocurrencia al disparate y del disparate al “válgame dios” sin solución de continuidad.

La pirueta, o pingareta, declarativa realizada por la Vicepresidenta para justificar la flagrante contradicción respecto  a la calificación del proceso catalán como rebelión, es digna de la antología del descaro y la desvergüenza. Y encomiable por su cintura. A pocos se les habría ocurrido el argumento, pero nadie, salvo esta señora, se habría atrevido a utilizarlo.

 

«Pero si lo del gobierno en general es preocupante lo de la vicepresidenta portavoz seguramente es digno de espectáculo bufo y cartelera. Sus declaraciones pasan del chiste a la ocurrencia, de la ocurrencia al disparate y del disparate al “válgame dios” sin solución de continuidad.»

El gobierno del señor Sánchez, como todo gobierno débil, este extremadamente débil, es reo de la búsqueda de apoyos para sacar adelante sus iniciativas, por lo que es reo, como consecuencia, de las concesiones que tiene que hacer para conseguir esos apoyos. Y esa circunstancia lo hace vivir en un permanente cuestión, porque cualquier iniciativa, por muy loable o ajustada que pueda parecer, que coincida con los planteamientos de sus posibles valedores, está sujeta a sospecha, crítica y descrédito.

Este problema se agrava cuando algunos de esos valedores tiene como objetivo prioritario, a veces parece que único, la ruptura del estado. Cualquier cambio de posición, cualquier iniciativa que pueda apuntar a su favor estará automáticamente bajo la lupa de la calle y redundará en el descrédito del presidente del gobierno.

Tampoco ayuda a fortalecer al gobierno su permanente exhibición de titulares sensacionalistas o populistas, y menos cuando con el devenir del tiempo se muestran como absolutamente inaplicables o carentes de contenido o, incluso, perjudiciales para aquellos a los que dicen querer favorecer.

Ejemplos tenemos muchos, demasiados, para considerarlos deslices o muestras entusiastas de objetivos inalcanzables. Desde la exhumación del cadáver de Franco, al que han dado una nueva preponderancia que ya no tenía, que amenaza con convertirse en una bufonada digna de las plumas de Jardiel o Tono, pasando por la permanente comunicación de subidas de impuestos que repercutirán en las costillas de los que ya las tienen laceradas, o la última ocurrencia de las hipotecas que han provocado la hilaridad de todos menos aquellos que por afinidad ideológica, y por contumacia adhesiva, consideran correcta cualquier iniciativa. O sea, esos que siempre llamo “los de toda la vida”. A nadie se le escapa, ni siquiera a estos, que el nuevo decreto ley ha abierto la vía para que ese impuesto se repercuta en los clientes y que por tanto las comisiones, que suelen funcionar por porcentajes, se incrementen. O sea un decreto ley cuya precipitación e irresponsabilidad va a suponer un encarecimiento inmediato de las hipotecas. Conseguido. Loa bancos salen indemnes y los que necesitan ayuda para lograr algo lo van a conseguir más caro. Merece aplauso. Un dos por uno.

Ya nadie cree al gobierno, salvo sus componente y sus afines incapaces de pensar por si mismos. Ya nadie cree al gobierno, ni siquiera, o tal vez menos que nadie, sus socios que solo lo soportan porque les es útil para conseguir objetivos imposibles de otra manera algunos, para conseguir su mayor desgaste en beneficio propio otros, o para evitar que en unas elecciones pueda salir un gobierno menos manejable la mayoría.

 

«Ya nadie cree al gobierno, salvo sus componente y sus afines incapaces de pensar por si mismos.»


Este país necesita urgentemente unas elecciones, un gobierno fuerte y una política algo menos errática y populista. Este país merece y necesita unas elecciones para poder afrontar sus necesidades con perspectivas de estabilidad y sin sospechas de hipotecas difíciles de asumir. Este país necesita unas elecciones ya, y justo por eso no las va a tener.

Puritanos

Hace ya algunas décadas que los atónitos españolitos de entonces asistían entre extasiados y obnubilados al primer streeptease de la pacata, remisa y oficial televisión española. Si, es verdad, todo lo que se quitaba la divina Iran Eory era una cota de maya y unos guanteletes de armadura, pero la intención no era menor que la que ponía la increíble Rita en su guante y ni una ni otra escena se han borrado de las pupilas y el catecismo erótico de todos los españoles que entonces pudimos contemplarlas.

Se la habían metido doblada a la censura, se comentaba en bares, oficinas, colas oficiales y cualquier otro mentidero organizado o espontáneo que se preciara de serlo. El inexistente, virtual se diría ahora, el insinuado, intuido, ansiado y prolongado en la intimidad intelectual de los espectadores, desnudo de la actriz no podía ofender, conmover, alarmar a unos señores que solo veían la carne o la retorcida simbología de la literatura. El erotismo, esa extraña actitud intelectual capaz de rellenar, de prolongar, de culminar, una insinuación, no entraba en sus competencias, ni en sus desviadas mentes.

Pero no pretendía yo al sentarme enfrente del teclado enzarzarme en un cántico al erotismo, que le canto todo lo que haga falta, ni en un avieso estudio sobre la motivación, métodos y capacidad, o incapacidad, intelectual de la censura. No. Yo quería hablar de los puritanos, de los de entonces y de los actuales.

Porque puritano, para mí, es todo aquel que intenta imponer su criterio moral a los demás sin contemplar, ni por asomo, que pueden existir otras escalas de valores diferentes a las suyas. Porque puritano, para mí, es todo aquel que se escandaliza del que piensa o actúa diferente. Porque puritano, para mí, es el que legisla sobre cuestiones morales con ánimo redentor y profético para evitar la degradación moral, condena eterna, de esos desventurados seres que no comprenden, que no acatan, que no aprenden, que no asumen ni se suman a su cruzada.

 

«Porque puritano, para mí, es todo aquel que se escandaliza del que piensa o actúa diferente. Porque puritano, para mí, es el que legisla sobre cuestiones morales con ánimo redentor y profético para evitar la degradación moral, condena eterna…»

Y con ese fin, con esa altruista voluntad de salvar a los que no quieren ser salvados, recurren incluso a la ley. Porque donde existe la posibilidad de condenar a una cuantiosa multa, a una cárcel redimente o a una pena de muerte aséptica quien necesita convencer, formar, evolucionar.

Claro que no estoy hablando de sexo, no solo, ni de la reaccionaria derecha, no solo, ni de la religión, ninguna, no solo, estoy hablando de todos esos puritanos de cualquier signo, condición o criterio que se dedican a linchar a los que no piensan como ellos hasta que, o mientras no, puedan alcanzar las cuotas de poder que les permita evangelizarnos. Estoy hablando de todos esos grupos, habitualmente radicales de cualquier signo o pertenencia, que se consideran llamados, elegidos, superiores, dententadores de la razón en base a lo cual cualquier acto, tropelía, linchamiento o difamación que perpetren lo hacen por el bien común, por la salvación de las almas, o del planeta, o de cualquier propio objetivo, que los demás no somos capaces de captar.

Así que ahora podemos condenarnos, celestial o humanamente, por toda la eternidad o durante una vida, si fornicamos, si bebemos, si fumamos, si comemos, si pisamos una hormiga o simplemente no pertenecemos a alguna minoría de superior criterio moral. Una asco de vida, vamos.

Dios, o la razón, nos asista.

Con la iglesia hemos topado

Hay una expresión de uso habitual que me viene al pelo: “con la iglesia hemos topado”, que viene a querer decir que nos hemos encontrado con un obstáculo insalvable. ¿Y cuándo las que topan son varias iglesias? Pues el estruendo suele ser tal que suele derivar en batalla, en guerra, a veces desarmada pero no por ello menos cruenta.

Pues con la iglesia han topado en embestida feroz ciertas posturas derivadas de ideologías que no le son excesivamente afectas y que aspiran a ser una iglesia más, la iglesia laicista que se ampara en el sentido laico del estado para su preponderancia. Y si la iglesia suele ser impenetrable ante los ataques exteriores estas ideologías son inasequibles al desaliento a la hora de confrontar a sus rivales, inasequibles al desaliento e incapaces de un filtro moral a la hora de escoger los medios para conseguir sus fines.

La aspiración de estas ideologías es desposeer a la iglesia, al parecer solo a la iglesia católica, de momento, de todo su patrimonio, o al menos a gravarlo impositivamente de una forma que sea inasumible su pago. La justificación parece ser devolver al pueblo, ese ente indeterminado y de fácil mención y apropiación, su patrimonio.

Si tiramos de historia las experiencias son aterradoras. La pérdida de patrimonio que ha supuesto cada una de ellas me parece inasumible. Ni el estado, ni los particulares, ni el pueblo, en su momento hicieron otra cosa que lucrarse o destruir en nombre propio o ajeno aquello que les pertenecía, al menos teóricamente, a todos. Eso sí, hay montones de coleccionistas privados y museos extranjeros encantados de las joyas españolas con las que han conseguido hacerse gracias a la famosa Desamortización, a los saqueos indiscriminados de ciertos periodos o al libre acceso a bienes no vigilados. Claro, que tampoco el clero es inocente de la disposición espúrea de tesoros que trataron como propios sin que realmente lo fueran.

Como en todo problema en el que las ideologías y los intereses superiores intervienen, ninguna parte tiene toda la razón y ninguna de ellas tiene la más mínima intención de razonar.

En España hay tal cantidad de patrimonio histórico y artístico que no hay fondos estatales suficientes para su conservación, solo hay que darse una vuelta por el país para encontrar ruinas que merecerían un mejor trato o para que te cuenten de lugares que no son accesibles por falta de medios para descubrirlos. Recuerdo, visitando el Monasterio de Piedra, a cierto individuo que arengaba a su grupo sobre la necesidad de que los bienes de la iglesia pasaran a manos del estado. Otro integrante del grupo le preguntó cómo se podría mantener esa propiedad, y el iluminado orador sentenció: con los impuestos, claro. Claro, y ahora vas y le cuentas a los contribuyentes cuanto más tienen que pagar al cabo del año para poder mantener lo que ahora no les cuesta casi nada.

«En España hay tal cantidad de patrimonio histórico y artístico que no hay fondos estatales suficientes para su conservación, solo hay que darse una vuelta por el país para encontrar ruinas que merecerían un mejor trato»

Hay que reconocer, por más que a algunos les pique, que las iglesias y sus bienes fueron financiados por los seguidores de su culto, y que aún a día de hoy esas contribuciones son fundamentales para que su estado sea aún bastante aceptable, cosa que no se puede decir de muchos castillos o construcciones civiles. Pero una vez reconocida esa peculiar contribución, no todos los bienes de la iglesia son lugares de culto, y por tanto no todos pueden tener la misma consideración fiscal y patrimonial.

A mí me parece que el patrimonio cultural, artístico, histórico de un país debe de ser propiedad de ese país y no de ninguna institución, país extranjero o fortuna privada, pero siempre y cuando se pueda garantizar su mantenimiento, su conservación, su integridad. Y eso es complicado, muy complicado. Y caro, muy, muy, pero que muy caro.

El primer paso de una solución pasaría por hacer un inventario exhaustivo de los bienes de interés cultural e histórico sujetos a su control patrimonial por el estado, porque ni todos los templos son monumentales, ni todas las pinturas y esculturas obras de arte. Tal vez así evitaríamos que ciertas posiciones ideológicas pretendan privarnos de los Santiago Matamoros que pueblan nuestra geografía, del saqueo impune de los pequeños templos que sin protección de ningún tipo están diseminados por pueblos y campos de poco tránsito e incluso de adefesios restauradores sin criterio que ultimamente proliferan.

Tal vez la mejor solución pudiera ser que el estado detentara la propiedad efectiva de los bienes artísticos, tanto muebles como inmuebles, ya catalogados,  cediendo el usufructo de los lugares de culto, y sus elementos ornamentales, a las iglesias correspondientes a cambio de mantenimiento y conservación. Pero solo para los lugares de culto o práctica religiosa. Para los demás bienes el trato no tiene por qué ser diferente del de cualquier otro propietario ya que no lo es ni su uso ni su disfrute.

Claro que estoy hablando de todas las iglesias, no solo de la Católica, Apostólica y Romana. No olvidemos que hay mezquitas, iglesias ortodoxas y otros lugares de culto que pertenecen a capitales extranjeros, incluso a estados, y que no debieran tener un trato diferente.

«Tal vez la mejor solución pudiera ser que el estado detentara la propiedad efectiva de los bienes artísticos, tanto muebles como inmuebles, ya catalogados,  cediendo el usufructo de los lugares de culto, y sus elementos ornamentales, a las iglesias correspondientes a cambio de mantenimiento y conservación»

 

Pensar con el filtro de la ideología suele llevar a posturas monocromáticas cuyas consecuencias posteriores a nadie parecen importarle ante la posibilidad inmediata de recolectar votantes, y a las iglesias, a sus seguidores, que le toquen el patrimonio les duele. Aunque he de reconocer que como  se dice en mi Galicia natal, los políticos que hagan lo que quieran “mientras no me toquen la vaquiña”. Y a la Iglesia Católica sin entrar en razones y sin encomendarse a la razón, se la están intentando tocar, la vaquiña, claro,aunque solo sea, al parecer y por parte de algunos, por el afán de tocarle otras cosas.

La justicia geográfica

Estaba el otro día leyendo periódicos, cuando mi cabeza, en uno de esos momentos en que la ensoñación sustituye a la consciencia, se puso recordar aquellas lecturas que llenaron mis primeros años de absorción literaria.

Aquellas denostadas, pero importantes para el inicio lector, novelas de vaqueros y de ciencia ficción que por una cantidad muy moderada te proporcionaban algo más de una hora de entretenimiento y que, casi sin querer, te abrían la puerta a lecturas de mayor calado.

No podría olvidar, ni quiero, a Marcial Lafuente Estefanía y aquellos vaqueros de siete pies de altura que siempre medían sus protagonistas buenos, los malos eran algo más bajos. A él se unían otro cuyos seudónimos saltan a mi mente: Keith Luger, cuyo tono irónico marcaba sus obras, Silver Kane, Lou Carrigan o Clark Carrados eran nombres habituales y deseados al ir al quiosco en busca de nuevas lecturas.

Recuerdo aquellas cien páginas, sus contenidos, sus aventuras perfectamente previsibles, con la añoranza de unos tiempos en los que una editorial, Bruguera, hacía más por la lectura que todos los planes educativos coetáneos y posteriores.

Y recordaba entre todos esos nombres e historias, algo que me causaba un profundo desconcierto, desconcierto que luego se confirmaba viendo algunas películas negras americanas.

En los Estados Unidos de América los delincuentes podían vivir tranquilamente entre los demás. Bastaba con que tras cometer la fechoría que fuera huyeran a otro estado, traspasaran una frontera imaginaria para que sus perseguidores no pudieran detenerlos. Inverosímil. Recuerdo incluso una novela en la que los malhechores tenían una casa que daba a dos estados, con lo que no tenían que huir, les bastaba con cambiar de estancia para ser intocables.

La imagen de los policías persiguiendo a un felón y viendo cómo se alejaba tras pasar por delante de un indicador que marcaba el cambio de estado era algo que mi mente infantil y juvenil, no llegaba a entender. O sea que se podía ser delincuente en un lugar y persona honrada en otro. O sea que haber delinquido en un lugar no significaba ser culpable en otro. O sea que la justicia no era un concepto homologable geográficamente, no era un concepto ético, si no físico.

«Tengo la íntima sensación de que si alguien burla a la justicia en un lugar sus hechos deben de ser juzgados, esté donde esté»

Aún hoy, recordando aquellas historias, el concepto me parece poco consistente, resbaloso, indicativo de un mal funcionamiento que no acabo de definir. Tengo la íntima sensación de que si alguien burla a la justicia en un lugar sus hechos deben de ser juzgados, esté donde esté.

Pero bueno, eso sucedía en aquellos Estados Unidos de Norte América en los que la gente iba con armas por la calle y se liaban a tiros por una mirada de más, o de menos, o sin mirada. Otro gallo les cantaría a los delincuentes si vivieran de esta parte del océano.

Y a todo esto, cosas de la cabeza, ya no recuerdo sobre que trataba la noticia que estaba leyendo cuando se me fue la olla.

 

Hacerse los suecos

 

Lo decía el otro día en el artículo“Vivir en el extrarradio”. Lo decía y el incremento de votos de la extrema derecha en toda la Europa civilizada demuestra hasta qué punto la multiculturalidad como norma de convivencia es un erial imposible de repoblar. Como la ignorancia de la voluntad popular por sus teóricos representantes es un camino ya fatalmente recorrido.

El gran problema de Europa a día de hoy es eminentemente político, aunque los políticos quieran hacernos ver que es cultural, ideológico o ético. Y es político porque el sistema democrático utilizado como una herramienta para llegar al poder accesible y no como una vía para lograr una evolución de la sociedad, es parte del problema. La democracia, como concepto vacío de representatividad, como instrumento de engaño semántico, como muleta que hurta al ciudadano su propio valor, como falacia utilizada contra su propia esencia, es la primera víctima del complot.

El sistema de bloques izquierda derecha  ha caducado hace tanto que sus estertores nos están sumiendo en los miasmas de su putrefacción. Solo esa división en bloques de la sociedad, y los desesperados esfuerzos fiscales y educativos para evitar que puedan superarse, justifican la existencia de determinadas organizaciones que lo único que aportan es gasto de los presupuestos y permitir el medraje habitual de los mediocres. Solo esa justificación de enfrentamiento de clases mantenidas por los mismos que dicen combatirlas permite que una cierta élite de auto elegidos, aunque ratificados cada cuatro años por nosotros, sin valores éticos ni intelectuales apreciables, organice esta sociedad para que no progrese.

Los papeles asignados a estas izquierdas y estas derechas son tan semejantes, tan iguales, tan intercambiables, que es fácil ver los hilos que mueven a los muñecos. Basta con identificar al protagonista real de la democracia, el ciudadano, el individuo, el elector, que armado de su voto se dirige a la urna dispuesto a ejercer su responsabilidad: elegir a los representantes de su sentir público. ¿Qué resulta de su acción? Un fraude

«Los papeles asignados a estas izquierdas y estas derechas son tan semejantes, tan iguales, tan intercambiables, que es fácil ver los hilos que mueven a los muñecos.»

Empieza por comprobar que no puede elegir a las personas que considera idóneas para configurar una cámara representativa, si no que tiene que votar una relación de desconocidos a los que no confiaría ni siquiera la lista de la compra, con los que puede cruzarse en la calle sin reconocer ni sus caras ni sus funciones, posiblemente las más conocidas de las cuales sean apretar el botón que le diga el responsable de turno en las votaciones y cobrar a final de mes.

Continúa por desconocer cuál es el valor real de su voto que varía según el lugar en el que ejerza la acción y que conculca el principio fundamental de la democracia en el que todos los ciudadanos son iguales: ante la ley y ante las urnas.

Si ha conseguido tragar con las dos consideraciones anteriores tendrá que votar según un programa electoral redactado con palabras equívocas, con recovecos insondables y con la clara vocación de ser incumplido, la experiencia lo avala, cada vez que al partido en el poder lo considere conveniente.

¿Y quién defiende las necesidades reales, de a pie, del día a día de los ciudadanos? Nadie, o todos. Todos dicen defenderlas, pero nadie, sean izquierdas o derechas, tienen el más mínimo interés en representar a esas personas que a diario se ven enredadas en un lenguaje ambiguamente desposeído de significado, en una administración agresiva y lesiva para el ciudadano común y corriente, con una justicia incomprensible y económicamente inalcanzable, con unas instituciones que funcionan de espaldas a quienes dicen representar, en una planificación del futuro ajena a sus expectativas: educativas, económicas, convivenciales.

Solo cambia el enfoque con el que el ciudadano es ignorado en sus expectativas una vez que su único valor, el voto, ha sido captado. Las derechas buscarán la ignorancia del individuo, del ciudadano, del votante, favoreciendo la preponderancia económica de las grandes fortunas, su cada vez mayor enriquecimiento. Y las izquierdas buscarán la preponderancia del estado sobre el individuo, sobre el votante, sobre el ciudadano, excusados en un reparto del que solo el estado se favorece empobreciendo a los que lo componen. En ningún caso existe la intención de proyectar un futuro en libertad, en formación libre y comprometida con los valores, en justicia transparente, o en una sociedad económicamente viable, libre del acaparamiento, libre del enriquecimiento por encima de las necesidades, o libre de la pobreza de un sistema impositivo feroz.

«Las derechas buscarán la ignorancia del individuo, del ciudadano, del votante, favoreciendo la preponderancia económica de las grandes fortunas, su cada vez mayor enriquecimiento. Y las izquierdas buscarán la preponderancia del estado sobre el individuo, sobre el votante, sobre el ciudadano…»

Así que el ciudadano acaba votando a aquel que dice lo que quiere oír, aunque sea consciente de que no lo va a cumplir. Al fin y al cabo tampoco lo van a cumplir los otros y al menos se regala el oído. Desgraciadamente lo que si van a cumplir los populismos es arrasar con la libertad en nombre de la libertad, es arruinar a la sociedad en nombre de una sociedad más económicamente igualitaria, es promover el pensamiento único en nombre de su razón y su verdad. Y el ciudadano, como antes, como ahora, será la víctima de unos poderes que ni controla ni sabe cómo enfrentar, pero que siempre parecen salir triunfantes.

Recuerdo un chiste de Hermano Lobo en el que alguien ofrecía al “pueblo” una disyuntiva: “Nosotros o el caos”, a lo que el pueblo contestaba: “El caos, el caos”, “da igual, también somos nosotros” reflexionaba el oferente.

Pues eso, de tanto hacerse los políticos del intercambio los suecos a cuenta de los ciudadanos han visto como los ciudadanos se hacían los suecos votando una opción populista, populista de extrema derecha esta vez. Bueno, en realidad esta vez no se hacían los suecos, ERAN SUECOS, y además se lo hacían.

Vivir en el extrarradio

Hay circunstancias en la vida en las que uno pierde la perspectiva de los temas y olvida su propia implicación y experiencia. Y eso es lo que me pasa a mí, y creo que a muchos españoles, con el tema de la emigración y la inmigración, eso que los descubridores de palabras llaman ahora migrantes.

Yo nací en Orense, en el reino no histórico, según ciertos políticos, de Galicia, y tenía cuatro años cuando en un Barreiros, concretamente un Azor,  cargado de muebles, frustraciones y esperanzas y aparcado junto al Espolón de la Plaza Mayor inicié junto a mi padre mi experiencia emigratoria. Hemos sido tantos los españoles, tantos los gallegos, que a lo largo de la historia hemos emigrado o hemos sido emigrados, dependiendo de los motivos y los tiempos, que hasta aquí esta historia es la de miles de españoles, gallegos, andaluces, extremeños, asturianos, que en algún momento de su existencia tuvieron que coger sus bártulos, sus pertenencias, su recuerdos, sus afectos y sus querencias, y marchar mundo adelante para buscar un horizonte algo más prometedor para su vida.

No es lo mismo, no suena lo mismo, un tema de actualidad cuando la perspectiva es ajena que cuando te resuena en tus propias tripas. Cuando echas la vista atrás y te das cuenta de que en determinado momento de tu vida tú también fuiste uno de ellos. Cierto que en aquellos momentos en vez de pateras eran trenes, barcos, autobuses. Cierto que muchos se quedaron en tierras cercanas, en Madrid, en Cataluña, en el País Vasco, que entonces se llamaba así, pero la angustia inicial de la decisión, la fatalidad de la partida y el desarraigo que se siente en el mismo momento de la llegada, no son muy diferentes.

Tampoco es lo mismo huir de una guerra, que hacerlo porque la posguerra ha sumido en la pobreza, en la desesperanza, zonas inmensas de la geografía, pero al final la sentencia es la misma, el destierro, el apartamiento involuntario de tus gentes y de tus raíces.

Dice uno de los muchos dichos que por la sabiduría popular fluyen, que cada uno es de donde pace y no de donde nace. Debe de ser un dicho de tiempos de bonanza, un dicho de conformismo o de fatalismo. No es mi caso.

Se me vino esa frase pensando en la multiculturalidad, en esa amalgama conceptual que alguien planteó desde una perspectiva teórica. Una sociedad multicultural sería una sociedad integrada por distintas sensibilidades culturales en un marco legal y convivencial de mutuo respeto. La multiculturalidad sería aquella en la que un chino comiera en un árabe, un árabe invitara a jamón a unos cristianos y los cristianos consumieran kebab en un chino, mientras los que no son ninguna de esas cosas pudieran comer cualquiera de esas cosas en cualquier sitio sin temor a ser increpados o ser considerados provocadores. Es bonito, el concepto digo, porque la realidad dista mucho de acercarse y el populismo imperante está más preocupado de favorecer a unos contra otros que de lograr resultados reales.

Pero es que además la frase es irreal. Los periódicos y los políticos se asombran de que muchos de los terroristas que matan en Europa son nacidos en el propio país en el que atentan. Visto desde dentro, visto desde la experiencia propia, desde una perspectiva de emigración blanda y transigente, lo asombroso es que se asombren. Lo asombroso es que entre los que se asombran no haya al menos uno que desde su propia experiencia explique que no hay por qué asombrarse. La mayoría de los emigrantes se trasladan de ubicación geográfica, de país, de región, de provincia sin trasladar ni sus vivencias, ni sus creencias, ni sus afectos.

Parte el asombro del pensamiento de la frase que mencionaba antes. No, no es verdad, las personas no somos de donde pacemos, las personas somos de donde sentimos, de donde nuestro corazón y nuestro alma nos llevan a ser, a pertenecer. La multiculturalidad parte de la premisa de la no integración y sobrecarga la tolerancia hasta los límites de lo asumible. La multiculturalidad, como todo concepto basado en el predominio de las minorías, considera que cualquier cultura, creencia o costumbre de una minoría acogida tiene mayor protección que las de la mayoría ya existente, o habitante. Y este planteamiento invalida ya de por sí el objetivo invocado, la integración.

Todo inmigrante tiende, y es natural, a la búsqueda de sus más próximos, a los ya residentes que más afinidad tienen con lo propio, formando grupos de identidad que tienden a preservar la cultura, las creencias y las costumbres de su lugar de origen. Tienden a crear un país, una ciudad de extrarradio de la que dejaron atrás. Y es lógico, porque esos son los suyos de origen. Lo que no podemos es asombrarnos porque usando las ventajas que nosotros les proporcionamos, y en uso de una tendencia natural, normal, acaben constituyendo grupos excluyentes, incapaces de integrarse. Y en algunos casos, los más graves, intolerantes con la mayoría de acogida.

No, la multiculturalidad tal como la enuncian los populistas es una imposibilidad práctica. Y lo pretenden con cuestiones tan absurdas como defender ciertas costumbres frente a las propias, pero negando otras porque chocan con sus convicciones personales. ¿Y eso como se explica? ¿Les preguntamos a cada uno de ellos al llegar una por una cuáles son sus costumbres y decidimos cuales si y cuáles no? ¿Con que criterio moral, con el suyo o con el nuestro? ¿Con el de defender lo suyo o con el de atacar a lo nuestro?

«No, la multiculturalidad tal como la enuncian los populistas es una imposibilidad práctica. Y lo pretenden con cuestiones tan absurdas como defender ciertas costumbres frente a las propias, pero negando otras porque chocan con sus convicciones personales.»

 

Velo sí, ablación de clítoris no. Año nuevo chino sí, Semana Santa no y sharía no. Inspección de trabajo para los chinos no, para los nacionales sí. Impuestos de comercio para los top manta africanos no, para los nacionales sí. ¿Esto es multiculturalidad, multilegalidad, o un pandemónium donde todos pueden sentirse agraviados? ¿Cómo le explicas a un recién llegado que costumbres puede conservar, a cuales tiene que renunciar y cuales debe explotar a favor de los que le aplaudan? Para él todas son igual de válidas, igual de importantes ¿Qué posibilidad tienes de que te entienda? ¿Y de que te atienda? ¿Y de que te haga caso?

Ahora mismo, y tal como se articula la multiculturalidad, las grandes ciudades españolas han perdido barrios enteros que se han convertido en extrarradio de ciudades lejanas, de  allende los mares. Claro que no es nuevo. Yo he vivido toda mi vida en un extrarradio de Orense. Es verdad que en mi caso la cultura y el idioma de mi lugar de acogida no me eran desconocidos, extraños, pero aun así nunca he dejado de ser un gallego en Madrid, un orensano que vivía en un Orense situado algo más allá del Padornelo,  un emigrante rodeado de vecinos de mi ciudad y de los barrios adyacentes que los que no estábamos en el Orense centro fuimos creando.

Liarse la manta a la cabeza

 

No cabe duda de que la manta es una prenda socorrida a la hora de expresar con brevedad la idea de la falta de rigor y planificación de ciertas iniciativas. También es útil para expresar la falta de capacidad de alguien. El problema viene cuando los que son unos mantas o se lían la manta a la cabeza son aquellos cuya primera obligación es mantener su cabeza despejada y la nuestra protegida.

Otra cosa son los manteros, esas personas, generalmente de piel negra, que invaden aceras, playas y terrazas en busca de una venta que favorezca a quién les vende y les permita comprar con unas monedas una ínfima parte del bienestar de la sociedad que les rodea.

A todos, a casi todos en realidad, nos puede el sentimiento humanitario respecto a aquellos que sufren y padecen de carencia. Es difícil, salvo para los que tienen algún fallo emocional, mirar con conmiseración la necesidad ajena sin que le sobrevenga la idea de cómo poder ayudarlos. Por supuesto hablamos de los que real e individualmente carecen de lo más necesario, y no de las mafias y mafiosos que los usan y enriquecen a su costa. Por supuesto hablamos de aquellos que tienen una voluntad real de trabajar, integrarse en esta sociedad y prosperar sin acabar de conseguirlo. Por supuesto no hablamos de los que ni quieren ni lo intentan y viven con cierta complacencia de la caridad estatal y particular, porque de esos ya tenemos suficientes nacionales.

Recibimos una avalancha de personas que, en la mayoría de los casos por necesidad y en la mayoría de los casos con rigor, necesitan acceder a países que les proporcionen estabilidad emocional, oportunidad económica y bienestar social. Asistimos con pena y preocupación a una avalancha de personas que se juegan la vida, en la mayoría de los casos con desesperación y en la mayoría de los casos enfrentados a la fatalidad,  y demandan a nuestros países la oportunidad que no ven posibilidad de tener en los suyos, para ellos y para sus familias. Contemplamos con cierto espanto, cómodo, distante, pero sincero, las imágenes y sus cifras de miles de personas que a diario mueren y sobreviven en busca de las migajas de lo que nosotros tenemos, y en muchos casos tiramos. Lamentamos, generalmente con lamento de minutos, a veces solo de instantes, la despiadada miseria de los que suplican para ellos como bien deseable nuestra opulenta pobreza. Y por todo ello, para protegernos, tomamos posiciones colectivas que nos permiten ocultar nuestro rostro individual y evitar mirar cara a cara al rostro individual del que nos demanda. Porque cara a cara, mirando a los ojos, ni los más recalcitrantes, anti empáticos aparte, serían capaces de negar la ayuda a un verdadero necesitado.

 

«Contemplamos con cierto espanto, cómodo, distante, pero sincero, las imágenes y sus cifras de miles de personas que a diario mueren y sobreviven en busca de las migajas de lo que nosotros tenemos, y en muchos casos tiramos.»

Pero este no es un problema de individuos, aunque al final todos los problemas lo sean, este es un problema de naciones y de aquellos que con una absoluta falta de ética, creo que algunos le llaman macroeconomía, expolian sus países, explotan a sus habitantes y acaparan sin medida los frutos de la miseria que producen. Y ante eso no vale liarse la manta a la cabeza e intentar dar soluciones individuales, entre otras cosas porque si no es viable matar las moscas a cañonazos mucho menos posible es matar los cañones a moscazos.

La mayoría de esta sociedad, la bien pensante, que estoy convencido de que es la mayoría, se solidariza con los que padecen necesidad, pero también esa mayoría se siente recelosa, agredida, poco empática, cuando contempla ciertas actitudes y observa como los políticos, aparentemente en el nombre de todos, toman determinaciones con las que no están de acuerdo. Porque los políticos que ostentan cargo público, aunque ellos parecen ignorarlo, no están ahí para hacer lo que a ellos les parece, si no lo que la sociedad, la mayoría, demanda.

No son todos los políticos, claro que no, pero sí una mayoría necesitada del voto que actúa con la única finalidad de obtenerlo sin pararse en la consecuencia a largo plazo de sus actos. A estos políticos, que cada vez proliferan más, se les etiqueta como populistas y a su forma de plantear los problemas como demagogia. Pero dado que estamos en la era del “me gusta” y sus diferentes emoticonos, podemos casi afirmar que ese populismo se ha trasladado a la calle, aunque sea una calle virtual llamada redes sociales, ya que aquellos que marcan el “me gusta” en toda publicación que suene a moderna, a transgresora o a cercana a ciertas posiciones radicales, solo buscan, en la mayoría de los casos, el “me gusta” de su propio “me gusta”, formando así un populismo peculiar y ávido de integración en un mundo próximo a lo ficticio.

Esta gente, a la que ciertos políticos parecen seguir, más que ser seguidos, para acceder a sus “me gusta” electorales, me recuerda a aquel personaje del Orense de los 40 conocido como “El Clásico”. Este personaje, real como la vida misma, frecuentaba tertulias y círculos literarios, considerándose a sí mismo un excelso literato. Su argumentación era impecable: “Yo leo a los clásicos y me place lo que leo, y luego leo mis escritos y me placen en igual medida. Eso quiere decir que escribo como un clásico”. Trasladado a lo que nos ocupa: “si me gusta lo que publican ciertas personas y pienso que es lo correcto y luego en las redes sociales a los demás les gusta lo mismo que a mí, lo que pienso es incuestionable”. Ni al clásico, ni a estos individuos, parece haberles explicado nadie que los silogismos no son una herramienta excesivamente fiable cuando el resultado va por delante del planteamiento. Nadie parece haberles explicado a los populistas, políticos y votantes, que los actos tienen consecuencias, que los derechos conllevan obligaciones y que las redes sociales son mundos ficticios donde no todos sus habitantes dicen lo que piensan, no todos sus habitantes son quienes dicen ser, no todos sus habitantes participan y no todos sus habitantes conocen realmente a sus “amigos”.

«Nadie parece haberles explicado a los populistas, políticos y votantes, que los actos tienen consecuencias, que los derechos conllevan obligaciones y que las redes sociales son mundos ficticios donde no todos sus habitantes dicen lo que piensan, no todos sus habitantes son quienes dicen ser, no todos sus habitantes participan y no todos sus habitantes conocen realmente a sus “amigos”.


Populista y lamentable es el tema del top manta. Lo es desde el momento en que es una actividad paralela a otra por la que las autoridades, que deciden mirar para otro lado, cobran impuestos y, llegado el momento, los exigen coercitivamente. Los impuestos no solo se cobran para recaudar, los impuestos obligan a las administraciones que los recaudan a unas contraprestaciones que en este caso no cumplen provocando un agravio comparativo y una indefensión. Tal vez la solución no sea perseguir a los manteros, que se buscan la vida como pueden, tal vez la solución sea evitar que haya “industriales” que se beneficien con la necesidad de personas acogidas sin posibilidad de otro trabajo. Sin posibilidad de otro trabajo entre otros motivos por las trabas que las propias administraciones crean a la hora de contratar trabajadores.

Populista y lamentable es tener un país con fronteras y pretender que estas sean transparentes o permeables. Las fronteras existen o no existen y su labor es filtrar a los que pretenden traspasarlas. Yo no creo en las fronteras, pero no creo en ellas siendo consciente de a cuantas cosas tendría que renunciar si se hicieran desaparecer: Cierto bienestar y seguridad económicos, una sanidad avanzada y pretendidamente gratuita, que no se puede sostener si los usuarios son muchos más que los contribuyentes, la detentación de ciertos derechos que algunos grupos organizados cuyos intereses no son el progreso moral y ético de la humanidad pondrían en peligro abierta la libre circulación… Y por supuesto los servidores públicos que las atienden son solo eso, servidores públicos, funcionarios cuya labor es mantener esa barrera que marca la diferencia en algunas formas de entender y disfrutar la vida. Lo que es populista y aberrante es jalear el uso de la fuerza contra esos funcionarios que están a nuestro, nuestro, de todos, servicio.

Populista y lamentable es alentar, jalear y amparar a aquellos que intentan usar su acogida para forzar las costumbres de sus acogedores sin reparar en las consecuencias, ni  en que el verdadero motivo de su apoyo no es estar de acuerdo con unos usos y costumbre que chocan frontalmente con todas sus demás convicciones, es hacer patente su enfrentamiento con otras costumbres más permisivas y propias con las que se sienten directamente enfrentados. Salir de Málaga para meterse en Malagón puede parecer muy moderno, pero no deja de ser una huida hacia ninguna parte que se acaba pagando cuando esos intolerantes a los que apoyas acaban exigiendo que tú también renuncies a lo que ahora dices defender. Y puede acabar pasando, porque los populistas actúan por frentismo, pero ellos actúan por convicción, y en algunas ocasiones por fanatismo.

Populista y ridículamente estético, aunque resulte anti estético, es colgar en una fachada, pública y emblemática, un trapo garabateado que muestra una intención de acogida en idioma foráneo y en un lugar donde los únicos afectados que lo pueden leer son algunos manteros que pasan por allí en busca del lugar donde aposentarse, o los que lo ven en alguna televisión desde los barrios marginales donde se hacinan. No hay que dar la bienvenida a los refugiados con trapos pintados, no hay que alejarlos con trapos de diferentes colores, hay que ofrecerles una real acogida poniendo a su disposición trabajo que exista, leyes que les permitan integrarse y una conducta política que no fomente la xenofobia de los que se consideran agraviados por los privilegios, en muchos casos falsos, de los que llegan. Y sobre todo no pretender ignorar que un país, como una barca, que se sobrecarga acaba naufragando.

El populismo y la demagogia, en busca de un beneficio propio e inmediato, usan para su propio beneficio el oscurantismo, los bulos y las declaraciones inapropiadas, las que todos quieren oír, sin importarles que todas sus añagazas acaben siendo lo más popularmente dañino que existe para que cualquier iniciativa real, sincera, sin paños calientes, pueda realizarse. Es ese populismo fácil e irresponsable uno de los mayores detonantes de las fobias contra los colectivos que dicen querer ayudar.

A mí me gustaría que antes de que todos esos populistas que no ofrecen otra cosa que buenas palabras, puede que en algunos casos acompañadas de buenos deseos, hagan un ofrecimiento y me digan a cuantos y cuales de sus privilegios, de sus derechos, están dispuestos a renunciar para que la acogida pueda hacerse real en los términos que ellos pretenden.

Ser populista es sencillo, basta con decir lo que la mayoría quiera oír. Sin compromiso, sin visos de poder realizarse, sin reparar en las consecuencias. Basta con liarse la manta a la cabeza y abrir la boca. El problema es que, como decía mi tía abuela, en algunos casos los hay como mantas y abrigan como cobertores. Y de mantas intelectuales liadas a la cabeza y cobertores públicos emboscados empezamos a tener nuestras instituciones llenas. Y nuestras calles de manteros sin futuro.

El tiro curvo

Los que manejan armas, sobre todo armas antiguas, saben que la forma habitual de tirar es apuntar alto para que el tiro tenga mayor alcance. Parece que en la política esta norma tiene mucho predicamento. Al fin y al cabo este sistema permite el navajeo a nivel institucional y evita tener que solucionar los problemas del ciudadano de a pie preocupado por problemas que ni le afectan ni, si fuera capaz de analizar con rigor, le llevan a nada en su día a día.

Esto sucede en todos los aspectos: en la economía, en la justicia, en la educación, en la representatividad… La indefensión popular es absoluta en todos estos aspectos. Absoluta y complacida. Los ciudadanos furiosos acuden a todas las muletas que los políticos les muestran y acabados los capotazos de rigor no han conseguido nada. Absolutamente nada.

Por esto, y no por otras grandes historias, macro historias en terminología de tomar el pelo, a día de hoy, y en todo el mundo, a cada día que pasa tenemos menos derechos, más miedos y una confusión mental que nos incapacita para tomar el rumbo adecuado.

En realidad el planteamiento es fácil, y hoy en día con las redes sociales aún más fácil. Todo es cuestión de crear una realidad irreal en la que todo parezca lo que no es y todo sea lo que no parece. Magia, creo que le llaman.

Se toma una sociedad. Se le otorgan unos derechos que sean fácilmente manejables. Se crean unas ideologías que les impidan ser independientes y tener criterio propio, se crean unos enemigos internos y alguno, fundamental, externo. Se la dota de un territorio, unos símbolos identificativos y un discurso de superioridad sobre todo lo demás, se le da cuerda y a jugar.

Solo hay que manejar los conceptos de forma que nunca sean los que parece que son. Por ejemplo, una democracia que no representa a nadie. Discurso alternativo: “la democracia es el mejor de los sistemas posibles por muy imperfecto que sea”. No es verdad, una mala democracia, una falsa democracia en la que se desvirtúa el valor de los votos con leyes retorcidas, una democracia en la que el ciudadano no puede hacer oír su voz porque está secuestrada por unas organizaciones profesionales del ejercicio del poder, es un mal sistema. Pero se vota, se elige, cierto, pero solo a aquellos que han sido previamente seleccionados en despachos a los que el ciudadano de a pié no tiene acceso y en base a programas que luego no cumplen nunca. Y eso es jugar con cartas marcadas. La democracia, el poder del ciudadano, no se ejerce cambiando las élites de un tipo por élites diferentes, o de diferente origen, el poder del ciudadano se alcanza dándole voz real, dándole a su voto el mismo valor que al de su vecino y permitiéndole que vote a las personas que él desee y no a un bloque de anónimos cobradores de sueldo por apretar un botón de vez en cuando. La democracia existe, pero a los detentadores del poder, a las élites actuales no les interesa lo más mínimo que pueda llevarse a la realidad.

 

«… una falsa democracia en la que se desvirtúa el valor de los votos con leyes retorcidas, una democracia en la que el ciudadano no puede hacer oír su voz porque está secuestrada por unas organizaciones profesionales del ejercicio del poder, es un mal sistema. «


A mí que me importa si el señor Casado es un mentiroso, o si la mujer del señor Sánchez se favorece del cargo de su marido, o si el señor Iglesias se compra un chalet. Nada, no me importa lo más mínimo, a mi vida no le afecta de ninguna forma. A mi vida le afecta que los jóvenes de esta sociedad lleven más de treinta años sin un plan educativo estable y eficaz. A mí me afecta que la fiscalidad de este país sea una trampa recaudatoria para cualquiera que quiera tener una iniciativa económica. A mí me afecta que un juez de primera instancia de alguna localidad no muy grande juzgue a sus amigos y se le note, y no pueda hacer nada. A mí me afecta que cada cuatro años el parlamento que dice representarme se llene de personas de las que no conozco ni la cara, ni la conoceré al cabo de cuatro años, ni quedará claro que ha hecho aparte de apretar el botón que su jefe le haya indicado cada vez que haya una votación. A mí me afecta que se legisle en función del que más grita y no del que más razón tiene. A mí me afecta que se mienta día a día con absoluta desfachatez  y se rían las mentiras porque son las de los “míos”. A mí me afecta que me toreen y me tomen por tonto. A mí me afecta que un sinvergüenza entre en mi casa y tenga más cobertura legal que yo que lo único que quiero es que me devuelvan lo que es mío. A mí me afecta que un delincuente contrastado salga de la comisaría varias veces al mes sin que se ponga coto al delito. A mí me afecta que los pobres sean cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos mientras se montan fiscalidades de pacotilla que lo único que buscan es exprimir a la clase media sin solucionar el gran problema del reparto razonable de la riqueza. A mí me afecta que me hablen de derechos los que consideran que solo tienen derechos. A mí me afecta que me regañen, insulten, califiquen, personas incapaces de tener más idea que la que los demás aplaudan. A mí me afecta que estemos tan podridos que las únicas voces que se escuchan son las populistas y radicales. A mí me afecta ver morir a gente buscando la vida porque sus lugares de origen se han vuelto inhabitables por intereses que a mí no me interesan.

Pero claro, esto solo es lo que a mí me interesa. Yo entiendo que en realidad es más interesante ser socialista, popular, podemita, nacionalista o ciudadano. Gritar cuando me digan que hay que gritar, y que es lo que hay que gritar. Insultar a todo el que diga que no está de acuerdo y debatir siguiendo las consignas del partido. Yo entiendo que es más interesante y menos estresante. Pensar por uno mismo es, aparte de poco gratificante socialmente hablando, un trabajo impropio y nada valorado.

Sin cultura no hay progreso

Hace unos días encontré en Facebook un grupo cuyo nombre era algo así como “sin cultura volverá a ganar el PP o el PSOE”, y creo que no le falta razón, pero sólo en parte, porque aunque son estos dos partidos los responsables de la situación en la que actualmente se encuentra el país, no solamente en el aspecto económico sino también en el aspecto social, entendiendo por tal la continua confrontación ideológica donde el ruido que se mete por un lado y por el otro, hace que muchos nos sintamos descolocados, sometidos a una agitación sin precedentes donde incluso los que se sitúan en el mismo lado no se ponen de acuerdo.

Me gustaría pensar que estamos ante una revolución de ideas pero, desgraciadamente, no es así, sino más bien todo lo contrario. Por un lado tenemos a los de la derecha, cuya  principal baza de ataque entre ellos es la corrupción política, limitándose a decir los unos que son mejores que los otros porque no tienen corrupción en el seno de su partido. Obviamente me estoy refiriendo por si alguno o alguna no lo ha captado todavía al Partido Popular y a Ciudadanos, que si bien es verdad en este último, sin embargo, a pesar del poco tiempo que lleva en la política estatal ya ha recibido algún tirón de orejas por el Tribunal de Cuentas en cuanto a la  justificación de algunas subvenciones electorales; por lo demás depende del sector imperante dentro del Partido Popular para situar a uno más o menos a la derecha del otro. Por otro lado, en los de la izquierda, el revuelo es mayor, aunque no es cosa de ahora sino que viene de mucho tiempo atrás con tiranteces hacia políticas cada vez más populistas aunque se traten de disfrazar de cierto humanismo.

Ahora bien, no es mi intención en estos momentos hacer una crítica política de la cual, creo  que una gran mayoría estamos más que hartos bajo el convencimiento de que cada uno cuando alcanza el poder no lo hace mucho mejor que el precedente, ganando finalmente, no el mejor, ni siquiera el menos malo, sino por lo mal que lo han hecho los anteriores. Dicho de otra manera, no son los méritos propios los que llevan a triunfar hoy en día a los partidos políticos en su lucha por el poder en los diferentes comicios electorales, sino lo mal que lo hace el contrario, repitiéndose esta pauta de comportamiento una y otra vez.

Así pues, abandonando la arena política y siguiendo con el nombre del grupo de Facebook en principio citado, permítanme que lo modifique en parte para aseverar que “sin cultura no hay progreso”, y no me estoy refiriendo solamente al progreso económico, que también, si tenemos en cuenta que la cultura constituye una cualidad integral dentro de la formación del individuo que abarca casi todas la parcelas de nuestra vida en sociedad.

Vivimos en un sistema donde la velocidad en la transmisión del conocimiento a través de la información se mueve a un ritmo tan vertiginoso que es imposible profundizar en los temas  salvo que exista el propósito del receptor de ir más allá de lo que se transmite en una noticia; de manera que esas pequeñas pinceladas sobre un tema concreto parece que nos convierte en doctores en la materia, de manera que al final todos terminamos sabiendo de todo, aunque en realidad no sabemos de nada, al menos con la profusión de la que parece presumimos.

Es sorprendente, cuanto menos, oír a determinadas personas que cuando hablan parecen sentar cátedra del tema en cuestión aunque carezca de la formación adecuada en la disciplina a la que se refiere, en definitiva nos convertimos en un santiamén en médicos, jueces, abogados, sociólogos, politólogos, psicólogos o especialistas en un sin fin materias del conocimiento que quienes ejercen la profesión a la que se refieren han tenido que superar, cuanto menos, una carrera universitaria, algún que otro master no regalado, además de la práctica durante mucho tiempo y la investigación o información continúa, llegando a la conclusión cada vez que se profundiza más sobre el tema, de que realmente, es tanto lo que nos queda por aprender que la humildad nos lleva a pronunciar aquella frase atribuida a Sócrates de “sólo sé que no sé nada”,  y que Platón recogió por primera vez habida cuenta que aquel no dejó testimonio por escrito de su filosofía.

«Es sorprendente, cuanto menos, oír a determinadas personas que cuando hablan parecen sentar cátedra del tema en cuestión aunque carezca de la formación adecuada en la disciplina a la que se refiere, en definitiva nos convertimos en un santiamén en médicos, jueces, abogados, sociólogos, politólogos, psicólogos o especialistas en un sin fin materias del conocimiento»

Estando así las cosas, lo normal es ver a las personas enzarzándose en discusiones que no llegan a ningún sitio sino simplemente a discutir por discutir, y sólo por aquello de que yo tengo que llevar siempre la razón. Y no digo con ello que no haya que opinar y mucho menos cuartar la libertad de pensamiento y opinión de los demás, sino todo lo contrario; ahora bien con un conocimiento mínimo de lo que se habla, y sobre todo, con la capacidad suficiente de saber escuchar a nuestro interlocutor porque seguro que algo aprenderemos, aunque sólo sea a no repetir la idioteces que salen por su boca, si es que realmente lo son, o simplemente para combatir su argumento si el nuestro consideramos que es más sólido.

Otras veces, presuponemos que determinadas opiniones porque son expuestas por personas con determinado poder mediático o por su formación expresa sobre la materia de la que se habla tiene que ser dogma de fe para los demás, tampoco se trata de esto, ni tampoco de cuestionar todo lo que digan los demás controlen o no el tema, pero sí tener el suficiente juicio crítico de al menos poner en formol sus palabras hasta recabar la información suficiente que nos permitan corroborarla o rechazarla, o en muchos casos entenderlas para poder criticarlas. Sólo así avanzaremos o progresaremos como personas, y como seres sociales que somos, también como sociedad, dejando de perder el tiempo en discutir por discutir o por imponer a los demás nuestro criterio muchas veces fundado en lo que hemos oído a otros sin saber de lo que realmente se está hablando.

Concluyendo, el conocimiento es el motor del progreso y el que nos va a reportar la ideas suficientemente sólidas para hacer que nuestra sociedad avance.

Hipocresía e inmigración

Dice Pablo Casado que “No es posible que España pueda absorber a millones de africanos, y lamentablemente tengo que darle la razón habida cuenta que para hacer caridad primero tenemos que tener satisfechas las demandas de nuestra sociedad que, desgraciadamente son muchas y algunas de ellas tan urgentes que de ello depende el bienestar de muchas familias españolas. Tampoco se trata de que demos las sobras porque en el momento actual tampoco sobra tanto. Ahora bien, debemos preguntar al Sr. Casado que ha hecho su partido por los emigrantes aparte de poner alambres con concertinas para parar las avalanchas que en determinados momentos se producen en la frontera con el continente africano, cosa que también hizo el PSOE, o someter a los que han logrado su entrada a un absurdo examen de españolismo.

También estoy de acuerdo que el problema de la inmigración es un problema global o al menos europeo en cuanto que es éste el continente especialmente afectado, a lo que el gobierno del PP y también el del PSOE ha contribuido bastante poco para buscar soluciones, sólo parches puntuales que no arreglan una situación de la que especialmente somos responsables todos los países que vivimos sumidos en un sistema capitalista donde lo que impera es el poder del dinero y el bienestar de unos pocos, los más ricos, creando  desigualdades con determinadas zonas del planeta, lo que al final se traduce no sólo en la necesidad de que sus habitantes tengan que buscarse la vida en zonas más prosperas para poder subsistir. Países por otra parte, ricos muchos en materia primas, también explotados por el capital extranjero

Ningún argumento puede justificar el dejar morir a personas por la simple cuestión de haber nacido en el lugar menos adecuado para garantizar su subsistencia, pero tampoco es suficiente el argumento de permitir que todos los emigrantes procedentes de tales lugares se establezcan en nuestro país y, menos que se produzca un rechazo xenófobo donde la violencia es la única respuesta; de la misma manera que tampoco es admisible que la entrada se produzca de forma violenta, aunque comprensible cuando de lo que se trata es la opción de seguir viviendo o mal viviendo, o ¿acaso alguno de ustedes no defenderían con uñas y dientes su propia vida y la de su familia?.

La emergencia humanitaria exige respuestas inmediatas, respuestas o soluciones a largo plazo, donde la parte más débil, en este caso quienes huyen en muchas ocasiones de una muerte segura, no dejarles morir en las pateras o en las precarias embarcaciones que intentan llegar a nuestras costas o impidiendo el atraque en nuestros puertos de aquellas pertenecientes a ONG´s cuyo único fin es contribuir a aminorar las muertes por esta circunstancia. Cualquier país debería estar obligado internacionalmente a prestar el auxilio necesario a quien lo necesita, pero de la misma manera internacionalmente debe financiarse la acción de protección civil prestada.

 

«Cualquier país debería estar obligado internacionalmente a prestar el auxilio necesario a quien lo necesita, pero de la misma manera internacionalmente debe financiarse la acción de protección civil prestada.»

La cuestión, realmente se complica, cuando intentamos dar respuesta a la pregunta de qué hacer cuando las personas que han llegado a nuestras fronteras logrando la entrada en el país se han recuperado después de la adecuada asistencia sanitaria que les hemos prestado: ¿las devolvemos a su país sabiendo que de nuevo volverán a intentar huir de las condiciones paupérrimas en las que viven o de los conflictos bélicos en los que en los que están sumidos sus países?, ¿las acogemos aún sabiendo que no estamos en condiciones de recibir a tanta gente?.

Sería muy fácil recurrir al argumento o sentimiento de la solidaridad y la caridad que a la gente de bien nos puede aflorar ante estas situaciones, pero no se trata solamente de tener buenos sentimientos, se trata de humanismo, un humanismo que deben asumir todos los países, primero intentando solucionar las desigualdades económicas en el planeta, pero, también, colaborando con los países receptores por proximidad a los países de procedencia, primero con la financiación necesaria para una adecuada asistencia sanitaria y social y, por otra parte, siendo conscientes todos, y con ello me refiero a los ciudadanos de a pie, de que estamos ante un problema que no se puede solucionar echando a la gente y menos aún demonizándolos por ser de otro color o de otra raza.

El orbe esta en peligro, un peligro que afecta a todos y no solamente a los que huyen de sus países, quizá mañana seamos nosotros los que tengamos que emigrar, quién sabe, situación que todos en cierto modo hemos tolerado y que seguimos tolerando por pensar que la política no tiene que ver nada con nosotros. Basta ya de buenismos como el de Pedro Sánchez, que no digo que no sea oportuno ante situaciones de emergencia humanitaria, puesto que algo hay que hacer, pero no sólo para colocarnos medallas y menos aún para crear confrontación como hacen determiandos partidos de la derecha española.

 

La justicia a gritos

¿Justicia o ruido mediático? Esa es la cuestión. ¿Hasta qué punto es admisible la presión radical en aras de una justicia popular? ¿Es ese, realmente, el modelo de justicia que demanda nuestra sociedad? ¿Cuánta presión pueden soportar los jueces en los casos mediáticos? ¿Hay motivos para que la soporten?

Son todas preguntas que emanan de una actualidad excesivamente radicalizada, de una actualidad excesivamente gritona y coercitiva en la que determinados grupos quieren, mediante el ruido y la presión, hacerse pasar por representantes de una mayoría de opinión que no existe en la realidad, de una actualidad en la que el activismo quiere quebrar el brazo de una justicia a veces excesivamente tímida, desprotegida y señalada por su ineficacia, por su tardanza, por su rigidez y por su alineamiento ideológico.

No puedo evitar dejar de sorprenderme porque existan jueces señalados como conservadores y otros como progresistas, por lo que ello implica, desde el minuto cero de un proceso salpicado por la ideología, para la neutralidad de alguien que tiene que analizar con el mayor rigor e independencia unos hechos y actitudes para emitir un veredicto que se supone imparcial.

¿Puede un juez conservador juzgar con equidad un proceso sobre actitudes e implicaciones presuntamente progresistas? ¿Puede un juez progresista juzgar sin sospecha a un grupo de conservadores y sus actitudes e implicaciones? La respuesta debería de ser que ante unos hechos y unas actuaciones ningún juez es progresista o conservador, es simplemente juez. Debería de ser, pero no lo es. Ni lo es ni lo puede ser cuando desde la prensa, desde las organizaciones políticas, sean partidos, asociaciones o grupos de presión de cualquier índole, o desde cualquier  ámbito pre posicionado se señala desde antes, durante y después, si la sentencia no es la deseada por ellos, la sospecha de que la posición ideológica, o simplemente ética, del juez de turno va a anteponerse a la justicia, a la aplicación rigurosa de la legalidad vigente, que le ha sido encomendada por su cargo.

 

«¿Puede un juez progresista juzgar sin sospecha a un grupo de conservadores y sus actitudes e implicaciones? La respuesta debería de ser que ante unos hechos y unas actuaciones ningún juez es progresista o conservador, es simplemente juez.»

Basta así cualquier motivo, incluso ninguno, en cualquier momento para ir socavando la credibilidad del juez, y de las instituciones a las que representa, para crear un clima propicio a la imposición por algarada, por acoso mediático o por linchamiento del funcionario, y considerar su actuación impropia por diferencia ideológica, o ética, de base.  Y está pasando, y está pasando a diario y las voces radicales e interesadas se unen en un ejercicio de buenismo de muchos que se cuestionan todo desde posiciones ideológicas más templadas que moderadas.

Y una vez desacreditada la justicia, valor básico de la democracia, y que el sistema se tambalee, ciertos objetivos estarán más cercanos. Si los gritos tienen mayor peso que los valores, a gritos gobernaremos, a gritos nos moveremos, a gritos se determinará quién puede hablar y quién tiene que callarse, qué se puede hacer, qué es lícito y qué es ilícito, y nadie conocerá cuales son sus derechos y cuales sus obligaciones hasta que los gritos los refrenden o los sancionen. No habrá legalidad, se gritará, no habrá libertad, se gritará, no habrá igualdad porque dependerá del volumen de los gritos que despierte su ejercicio.

A mí un sistema en el que mi vida dependa de los gritos a favor o en contra, sobre todo en contra, que mis actos puedan ocasionar, no me interesa. Entre otras cosas porque soy de poco gritar y enseguida me quedo afónico. Y porque a mí me importan más los valores, más que las ideologías, más que la necesidad de tener razón, más que los gritos desaforados, convencidos o pagados, de los que van o de los que pasan por allí, más que la necesidad de que mi entorno me diga lo mucho que le gusta lo que digo. Eso sin contar que, habitualmente, los gritos son inversamente proporcionales a la profundidad del argumento gritado, y por este motivo prefiero una sociedad susurrante y dialogante, que practica el respeto y valora los derechos ajenos en el mismo nivel que los propios, a otra que perdido el respeto hacia los demás grita e insulta como único medio para imponer los derechos y convicciones propios sobre los ajenos.

«… los gritos son inversamente proporcionales a la profundidad del argumento gritado, y por este motivo prefiero una sociedad susurrante y dialogante, que practica el respeto y valora los derechos ajenos en el mismo nivel que los propios, a otra que perdido el respeto hacia los demás grita e insulta como único medio para imponer los derechos y convicciones propios sobre los ajenos.»



A veces hay que elegir. A veces hay que decantarse por lo que no funciona bien porque la alternativa funciona aún peor y porque parte de nuestra vida consiste en enmendar nuestros errores e intentar hacer perfecto lo imperfecto.

Yo elijo democracia, elijo libertad, igualdad y justicia imperfecta antes que gritos, imposiciones y justicia arbitraria. A lo mejor es cosa de la edad, o a lo peor de la experiencia.

El obispo de Alcalá

Cuando alguien pertenece a un club privado lógicamente acepta de manera voluntaria las reglas por las que se rige, normalmente asociaciones donde son los estatutos los que marcan su funcionamiento, fines y las relaciones entre sus miembros, entre otras cuestiones. Pues bien, eso mismo sucede con la iglesia católica de manera que sus fieles lo normal es que tengan en cuenta su doctrina. Ahora bien, cuando dicha doctrina trasciende los muros de la institución como una imposición o juicio al resto del mundo la cosa cambia.

Muchas personas que nos mantenemos al margen de la religión, es de suponer que por convencimiento propio, unos porque no aceptamos un sistema de pensamiento basado en dogmas donde se da por cierto ciertas cuestiones sin poderse poner en duda dentro del sistema, otros quizá por algún tipo de mala experiencia o de perdida simplemente de la fe; no podemos aceptar como seres sociales y libres que somos se nos juzgue en base a una conducta basada en la total libertad de pensamiento y respeto a los demás, con lo que ello supone, no sólo porque no estamos dentro de esa organización y, por lo tanto no es admisible que se nos cuelgue un San Benito o se nos demonice socialmente sólo y exclusivamente por una forma de pensamiento basada en la razón o en la existencia de una fuerza superior,  llamémoslo energía, polvo cósmico o cualquier otra teoría sobre el origen del universo y de la vida que no tiene porque reencarnarse en una deidad concreta.

Tal es el caso del polémico Obispo de Alcalá de Henares que de vez en cuando en sus homilías sorprende al resto del mundo con alguna lindeza que no sólo se limita a analizar la doctrina de la Iglesia y la conducta de sus fieles en cuanto a aquella se refiere, sino que, además, se extrapola al resto de la sociedad erigiéndose en un juez implacable de los seres humanos para nada equiparable a la indulgencia divina en la que se sustenta su fe.

Tales lindezas que los sectores más ortodoxos y preconciliares califican de una actitud valiente por su parte, ahora han supuesto un ataque al uso del preservativo, que el mismo Sumo Pontífice, es decir su jefe Fancisco I, justifica en algunos supuestos como en aquellos que sirve para la protección frente a enfermedades de transmisión sexual como el SIDA; desautorizado por aquello de que el Papa es un ser humano más y que por lo tanto se puede equivocar en sus manifestaciones salvo cuando habla en ex cátedra, es decir en línea directa con Dios, justificando incluso que el uso del preservativo no tiene ninguna función profiláctica con argumentos basados en determinadas encíclicas como Humane vitae, sin ningún tipo de rigor científico o valoración empírica, siendo su único sustenta la fe.

No es una novedad que siempre han existido dentro de la Iglesia como dentro de cualquier organización iluminados que parecen creerse en posesión de la verdad absoluta, y que sabemos donde han llevado al mundo en determinados momentos históricos, pero cuando dicha verdad se asienta en un juicio de valor condenado a las penas del infierno a quienes no comulgamos con este tipo de vida llamándonos hedonistas, pecadores, poco respetuosos con la mujer aunque se trata de relaciones consentidas, asemejando ciertas conductas relativas a la orientación sexual de la persona a una herejía; cuanto menos es, como dice el refrán “sacar los pies fuera de las alforjas”, sobre todo, porque siguiendo con su propia doctrina están adoptando una conducta contraria a la que Jesucristo puso en marchar según sus propios evangelios cuando criticó la condena de los sanedrines de lapidar a una mujer por su conducta libertina, diciendo aquello de: “quién no tenga pecado que arroje la primera piedra”, protegiéndola al dejarla libre  por ser el juicio divino y no el de los hombres, vestidos o no con sotanas como aquellos que la condenaron, el verdaderamente válido.

Es cierto que nos encontramos en un momento histórico y social en que las costumbres y valores que siempre han hecho grande al ser humano cada vez son más relajadas, con defensa de posturas cada vez más radicalizadas y encontradas,  con una adaptación cada vez mayor a una moral de situación que cambiamos según nos conviene para amparar  determinadas conductas de por injustificables, siendo una muy habitual la de justificar una mala acción o conducta personal en el hecho de que los demás también lo hacen.

Pero, el crecimiento del ser humano no puede conseguirse o basarse en el castigo propio de épocas pasadas donde el poder de Dios se presentaba como una reacción de ira contra la inmundicia humana, condenando al fuego, y no precisamente al fuego eterno del infierno, sino a morir quemado en una hoguera en el cadalso ubicado en la plaza pública a quienes no acataban los mandatos de Dios y de la Santa Madre Iglesia por un juicio divino a través de hombres como la Santa Inquisición del medievo. Todo lo contrario, el crecimiento humano debe basarse en el propio convencimiento de que las cosas deben hacerse dentro de un orden sino queremos llegar al caos; aspecto que cada uno se administra de la forma que cree más conveniente, algunos acercándose o practicando una determinada religión, otros siguiendo una determinada línea de pensamiento filosófico y, otros, intentando simplemente ser buenas personas, que no santurrones o beatos de velo negro, en sus relaciones con los demás.

«el crecimiento del ser humano no puede conseguirse o basarse en el castigo propio de épocas pasadas donde el poder de Dios se presentaba como una reacción de ira contra la inmundicia humana, condenando al fuego, y no precisamente al fuego eterno del infierno, sino a morir quemado en una hoguera en el cadalso ubicado en la plaza pública a quienes no acataban los mandatos de Dios «



Menos mal que dentro de la Iglesia personas como este Obispo vienen a ser una excepción, y no porque nos importe a algunos que la Iglesia sea más o menos buena como institución, sino porque personas como ésta lo único que buscan es crear polémica de forma gratuita y una confrontación innecesaria entre líneas de pensamiento contrarias que, en caso de resultar inapropiadas por el efecto negativo que pueden ocasionar en la sociedad corresponderá juzgar a los jueces de este mundo y no a jueces como este obispo, investidos de no se qué poder divino.

Dicho de otra manera, si juzga que juzgue a sus propios seguidores, porque el que lleve sotana y ciertos galones de poder dentro de la organización eclesiástica no le da ninguna autoridad para juzgar públicamente al resto del mundo y mucho menos cuando lo hace fuera del amor al prójimo que ellos mismos predican,  como un poder acusador investido de fuerza divina.

 Estas personas, cuyo sueldo pagamos  los españoles creyentes o no, no sólo con fondos proveniente de una parte de lo recaudado del IRPF de aquellos que voluntariamente marcan con una “x” su deseo de contribuir al sostenimiento de los gastos de la iglesia católica, sorprendente dentro de un estado aconfesional, sino también de ciertas partidas presupuestarias independientes, que no están mal en cuanto a su labor asistencial institucionalizada en nuestra sociedad; deberían ser conscientes de la transcendencia de sus propias palabras  que en vez de contribuir a la tolerancia y al amor fraternal  entre los seres humanos buscan más  la confrontación basada en un hedonismo personal de lucimiento y autoridad superior sobre el resto de mortales, creyentes o no.

En definitiva quién es la Iglesia para juzgar a quienes no pertenecemos a ella lo hagan o no intra muros, sobre todo creando una conciencia social entre sus adeptos que a lo único que conduce es al rechazo e estigmatización social de los no creyentes o practicantes, sin que valga el argumento de que si no eres católico no te debe importar sus reglas de juego, pero si nos importa a muchos cuando ese juicio les confiere una autoridad moral de rechazo y de confrontación que, por su poder de manipulación voluntaria o no, transciende fuera de la propia institución.

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