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Lealtad y amistad

Hablar de amistad no es una tarea fácil sino recurrimos a los acostumbrados tópicos y frases hechas como “un amigo es un tesoro”, “los amigos son la familia que se escoge”, “una persona sin amigos es como un libro que nadie lee”, etc, etc, etc. Palabras bonitas que si no van acompañadas de hechos no es más que simple palabrería.

El origen etimológico de la palabra amistad, aunque no ha podido ser determinado con exactitud, hay quienes afirman que proviene del latín “amicus”, que a su vez derivó en “amore”, es decir amar. Pero, ¿realmente amamos a nuestros amigos?.

Es fácil decir, yo quiero a mis amigos, es fácil llevarse bien con ellos cuando ambos están en la misma sintonía o cuando todo va sobre ruedas en relación a la amistad. Sin embargo,  no resulta tan fácil cuando las cosas se complican, cuando nuestro amigo nos critica, nos advierte que hay cosas que mejorar para mantener los lazos de unión entre ambos o, simplemente cuando al amigo no le van las cosas bien, cuando empieza a tener problemas de cualquier índole, cuando es objeto de crítica por los demás, cuando es juzgado por una conducta o actitud equivocada, o no. Este es el momento en el que realmente debemos estar a la altura de la circunstancias, cuando el amigo se convierte, o eso nos parece a nosotros, en una carga, en alguien al que hay que apoyar cuando los demás le dan la espalda o cuando las cosas en su vida no van, ni como el quisiera, ni como nosotros desearíamos. Seguro que todos hemos dejado alguna amistad por el camino, o varias, a veces porque ha sido imposible mantener a flote esa relación que, en su momento pensábamos que iba a ser para toda la vida, pero que la falta de sintonía, quizá porque no ha habido la intención que la hubiese ante la exigencia de intentar comprender al otro o sólo porque era imposible mantenerla ante posturas antagonistas que socavaban nuestros principios. También, porque alguien se haya podido meter por medio minando maliciosa o inconscientemente los lazos de unión con nuestro amigo, o porque hemos tenido que elegir apoyar a un tercero ante el agravio de nuestro amigo.

Motivos, muchos hay para que la amistad se rompa, pero seguro que también los hay para intentar salvar una relación que, en principio consideramos abocada a fracaso, por egoísmo, por soberbia, o por aquello que, “yo primero y luego los demás”.

Desde luego que hay amigos que resultan tóxicos cuando una desgracia les acompaña como una carga de la que no logran desprenderse, o porque no saben. Que tiran de nosotros constantemente ante problemas cuya solución le corresponde a ellos, a veces con une egocentrismo desmesurado que les hace convertirse en el protagonista de cualquier circunstancia, buena o mala, amigos éstos a los que posiblemente haya que intentar redirigirlos o simplemente dejarlos descansar, en standby, hasta que su toxicidad desparezca o encuentre sosiego en un especialista o en otros amigos menos desgastados y con mas mano para indicarle el camino , pero sin dejarlos en la cuneta, porque como en el matrimonio, cuando alguien tiene un amigo lo debe tener para lo bueno y para lo malo, para la salud y para la enfermedad y, porqué no, hasta que la muerte nos separe.

Es decir, el salvavidas de la amistad es la lealtad, el no esconderse cuando el amigo nos necesita, cuando necesita nuestro apoyo, nuestro amor, el confort de nuestro abrazo, el saber que estamos ahí, sin necesidad de hacer aspavientos, sin retórica, sin dar publicidad a nadie, siendo compasivos, siendo guerrero frente a terceros que lo agravian o lo persiguen, con causa o sin ella, pero sobre todo, no desapareciendo cuando pueden convertirse en el ojo del huracán por el motivo que sea, sin entrar a juzgar, sin esconderse frente el agravio con o de terceros por el miedo que a nosotros también nos señalen

Dedicado a mis amigos, pocos pero buenos….

(Video). Como dejar de fumar….

Como dice el Doctor en Psicología D. Francisco Javier Marín Mauri, dejar de fumar es difícil pero no es una misión imposible.

En este video-entrevista en DOCE TV, encontraras las herramientas para este propósito que muchos fumadores hacen a principio de año y que reiteradamente repiten día tras día tras notar los perjuicios de este hábito para su salud y la de quienes le rodean.

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El mundo no está hecho a nuestra imagen y semejanza

Hace unos días un buen amigo hablando de las ideas, del librepensamiento y de la tolerancia hacia quienes no piensan igual que nosotros, me comentaba que cuando a veces se sigue un proyecto común, la soberbia nos hace que queramos imponer y dar por superiores o válidos nuestros pensamientos e ideas frente a la de los demás, echando la zancadilla a aquellos miembros del mismo grupo que no piensan igual que nosotros, en definitiva queremos que el grupo se transforme a nuestra imagen y semejanza, yo el primero que me acuso de tal conducta.

Nos olvidamos que los grupos, como tal, son plurales y, querer imponer una línea de actuación hace que el grupo pierda su carácter democrático y plural para convertirse en un grupo adoctrinado, puede que ideológico, pero sin ideas. 

Los grupos, son entes vivos, en los cuales, aparte de las normas internas de funcionamiento que todos deben respetar y unas pautas básicas  de organización cuyas líneas, si bien son infranqueables para que el grupo no pierda su razón de ser, su esencia la determinan todos y cada uno de los miembros, donde el respeto mutuo a los demás y a sus pensamientos, la positividad y la conciencia de límites hacen que el grupo pueda funcionar  adecuadamente. 

La humildad, en vez de la prepotencia, nos llevará a comprender que la verdad ni siquiera la tenemos nosotros, de manera que lo que dicen los demás siempre tiene una faceta importante, pero tampoco como verdad absoluta, sino como complemento de lo que cada uno individualmente pensamos y decimos, lo cual determinará una conciencia de límites de nuestra actuación en relación con la de los demás miembros, de nuestra libertad de pensamiento.

El grupo no es monopolio de nadie, de manera que si no es democrático en su funcionamiento, a pesar de que pueda existir una estructura jerarquizada, al final el grupo se distorsionaría para convertirse en una agrupación o unión de seres alineados, en los que el libre pensamiento no tiene cabida.  Para que el grupo cumpla con su fin debe convertirse en una comunidad de ciencia, donde las opiniones e hipótesis se contrasten y se comprueben. No se convence con la fuerza, sino con la razón y los hechos. 

“Para que el grupo cumpla con su fin debe convertirse en una comunidad de ciencia, donde las opiniones e hipótesis se contrasten y se comprueben. No se convence con la fuerza, sino con la razón y los hechos.” 

La planificación, el ritmo y la programación de sus líneas de actuación darán continuidad al grupo, evitando que se estanque o se convierta en algo estático. Si no hay dinamismo en el grupo se perderá el entusiasmo y el deseo de formar parte de él. Los nuevos miembros deben sentirse parte activa, deben ser protegidos, pensando que son la sabia nueva del grupo, eso sí, evitando que su lógico desconocimiento del grupo pueda llevarle a comportamientos desmesurados que puedan afectar al resto.

Es muy importante, asimismo, para que el grupo funcione, el conocimiento mutuo de todos sus miembros, sabiendo lo que hemos hecho cada uno en relación al mismo, pero, sobre todo, no puede obligarse a los demás a estar de acuerdo con las ideologías de los demás, por ello, es importante, delimitar un marco de referencia ideológico basado en el libre pensamiento.

Sobre todo, debemos comprender y concienciarnos, que el mundo no está hecho a nuestra imagen y semejanza, que los grupos los conforman una suma de fuerzas individuales, entendidas éstas como impulso de su movimiento, no como imposición de nuestras ideas y pensamientos.

Divergentes


A veces nos creemos mejores que los demás, hablamos de valores, criticamos nuestro entorno, incluso a nuestra familia, a nuestros hermanos y, en vez de buscar soluciones, unirnos para hacer una sociedad mejor, nuestro ego, hace que nos pongamos la zancadilla, que nos pisemos los unos a los otros. Estamos ávidos de criticar, de imponer nuestro criterio. Esto hace que huyamos de la autocrítica, nos convertimos en ortodoxos, seguimos la letra, pero no el espíritu. 

Nos unimos a grupos, a organizaciones, cuyo espíritu siendo buenos los convertimos en herramientas que arropen nuestras ideas, nuestro modo de vida, como una vestimenta que oculte nuestras propias miserias para aparentar lo que no somos, como refugio de nuestras imperfecciones humanas, como apariencia de una bondad que dista mucho de serlo.

Esta es la miseria del ser humano, la manifestación de nuestra soberbia. Recurrimos a símbolos que cada cual manipula a su propio antojo para dividir en vez de para unir, a pesar de su carácter universal, ocultándonos detrás de ellos para erigirnos en jueces de la conducta ajena. Nos creemos hombres y mujeres buenos, dignos de esos símbolos, y distamos mucho de serlo, ensuciándolos con nuestra propia conducta.

“Esta es la miseria del ser humano, la manifestación de nuestra soberbia. Recurrimos a símbolos que cada cual manipula a su propio antojo para dividir en vez de para unir, a pesar de su carácter universal, ocultándonos detrás de ellos para erigirnos en jueces de la conducta ajena.”

Nuestra mediocridad se ampara en ideas, en conceptos, que convertimos en ideologías vacuas que tratamos de imponer, rechazando a quienes no las secundan como enemigos, en vez de buscar en las ideas de los demás un complemento o afirmación de las propias. Rechazamos todo lo que no lleve nuestra marca o la del grupo al que pertenecemos, no porque hayamos comprobado su posible ineficacia, sino porque no son nuestras y, quizá, porque aceptándolas o razonando sobre ellas, nos demos cuenta del error de las nuestras.

Nos sometemos a líderes  incapaces de dirigir, cuyo liderazgo legitiman en elecciones, a los que les da miedo la libertad. Incapaces de poner orden porque prefieren moverse entre dos aguas, en la tibieza del espíritu, asistiendo impasibles a la ruptura que no a la diversidad de los grupos que dirigen. Niegan que el grupo se resquebraja por la intolerancia de sus miembros, para que nadie cuestione su liderazgo. No asumen su responsabilidad por cobardía, recurriendo de nuevo a esos símbolos que los miembros del grupo prostituimos para vanagloriarnos de conductas que predicamos pero que no vivimos. 

Nos autodefinimos como libre pensadores, pero no somos más que papagayos que repetimos consignas, a veces aprendidas como modo de vida y otras impuestas para ser aceptados en el grupo en el que estamos.  Porque el libre pensamiento está en aceptar a otros que opinan de forma diferente, sin verlos como enemigos. Pero, preferimos crear complots para destruirlos.

Nos da miedo ser divergentes por convencimiento, por la responsabilidad que ello implica, pues no se trata de excluir y no aceptar a los que piensan diferente, sino de intentar complementar, de sumar en vez de dividir. Preferimos ser sumisos a que nos encasillen como diferentes y por ello como peligrosos por la incapacidad de algunos de pensar que en esa divergencia puede estar la solución a ciertos problemas.

En definitiva, se puede criticar sin destruir, se puede criticar después de la autocrítica, se puede pensar diferente sin con ello pisar las cabezas de los demás. Se puede ser divergente con la finalidad de construir y no destruir. Es libre pensador el que crea y no el que destruye.

Las Sectas

En este video semana, el Doctor en Psicología D. Francisco Javier Marín Mauri, nos habla de las sectas destructivas y como en los últimos años se han convertido en el mundo y en nuestro país en una auténtica lacra, una tragedia, un drama por le que muchas familias pasan.

No te pierdas el video donde se analiza desde la perspectiva del captado como llegan a formar parte de estas organizaciones tan peligrosas para el individuo como para la propia sociedad.

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Enfermedad de SUDECK

En varias ocasiones, uno de mis editores y yo mismo, hemos tratado el tema de estrenar una nueva sección dedicada a la Salud en el sentido más amplio y más riguroso posible. Es una tarea harto dificultosa para exponer en un diario no especializado en la materia.

Al menos para este escribiente, que ya ha tenido experiencia en otros medios de comunicación general; tanto radiofónicos como televisivos; tanto en castellano como en american-english. 

Si. Demasiado difícil si se pretende llegar a que la audiencia lega en tales menesteres llegue a comprender- siquiera someramente – de qué va la cosa.

Por una parte (y dada la complejidad de la terminología médica en general) se puede caer en tecnicismos que no entendería ni el más pintado, con la obvia consecuencia de que el oyente-leyente no se entere ni papa de lo que se está diciendo, y el consiguiente fracaso a la hora de transmitir aquello que se pretende. Por otra parte, la vanalización de la terminología empleada, puede llegar a hacer pensar que el conferenciante- escritor, sea uno de los paletos que tanto abundan por esos mundos de Dios.

¡Vaya que es espinoso! Se lo asegura el firmante.

    Pero, en fin, como algo escribí ya sobre la Fibromialgia, escribiré sobre otra de las enfermedades – si, enfermedades – menos conocidas y mas desagradecidas (hasta ahora, que la cosa parece prometer) a los tratamientos actuales: “la enfermedad de Sudeck” o , como un servidor la llama, la «“enfermedad de los mil nombres”». 

Una de las enfermedades que más casos de suicidio provocan (en la experiencia del firmante, junto a la “neuralgia del trigémino incontrolable” y la “neuropatía post-herpética severa).

Porque difícil de tratar lo es, cierto, pero no va a quedar por nombres y denominaciones: si no mil, de siete no bajo. 

    Me ha inclinado a escribir sobre ella una persona que la sufre y que, durante un tiempo (benditos amores fugaces y siempre eternos), fue de mi importancia cabal. 

De seguro que, al menos una persona de las que tenga a bien leer este pequeño escrito sabe de lo que escribo por padecerla. Espero que también me comprenda y entienda la dificultad anteriormente mencionada en describirla. Por su complejidad y porque no tengo muchas palabras, que digamos.

    La cosa (Sudeck) empieza porque, poco a poco y de tapadillo, se va alterando una parte del sistema nervioso que – paradoja – se llama “simpático”, que de simpático tiene lo que «carrastaca en audiencia». 

En cuestiones de epidemiología y tal, de lo que se conoce hasta hoy con diagnósticos ciertos y confirmados, se da más en mujeres, entre los cuarenta y sesenta años, suele iniciarse tras un traumatismo previo, sobre todo caídas con fracturas óseas o ligamentosas. Y en extremidades, bien superiores (brazos, antebrazos, muñecas y dedos), bien inferiores (muslos, piernas, pies y dedos). Aunque puede ocurrir en cualquier edad, en cualquier sexo y en cualquier lugar, seamos serios.

    La cosa (Sudeck) no tendría mayor importancia si la consolidación de tales traumatismos conllevase a una ausencia de sintomatología presente en tales casos. Sobre todo el dolor, que es el dirigente fundamental. 

Pero ¡ah amigos!, la cosa cambia cuando , a pesar de toda consolidación, el dolor persiste, cada vez más insoportable e inagotable – los cambios en temperatura, sequedad, y después, frialdad y humedad de la piel, son ‘pecata minuta’ en los sufrientes: ¡que se me quite el dolor y luego…ya se verá!  Poco más o menos deben pensar.

El dolor es difuso, imposible de localizar en un determinado punto. Intenso e incapacitante hasta el frenesí. Diurno, nocturno y a toda hora de reloj. ¡Insufriblemente interminable!

En ocasiones – muy pocas, la verdad – sin comerlo ni beberlo…pumm…desaparece de la noche a la mañana sin saber el cómo ni el porqué. 

Suele ser un dolor como palpitante, ardiente e inacabable en sitio enrojecido, caliente e hinchado (suele producir el llamado «síndrome comparticional o compartimental»). Meses después del inicio, la piel se motea,se abrillanta y se hace fría. Pero el dolor persiste inintermitentemente…el muy bribón.

Conforme va pasando el tiempo y la enfermedad persiste, los músculos adyacentes se atrofian y se contracturan (de ahí la importancia de la fisioterapia temprana. Yo conocí a un mozalbete fisioterapeuta que, según él, había tratado cientos de Sudeck…¡me reservo la opinión,aunque es nítida! Máxime cuando la incidencia de tan maldita enfermedad es nimia (1: 100.000, pizca más o menos). Pero, oye, cada uno presume de lo que quiere aunque carezca de lo que dice tener.

    El tratamiento actual y común es muy poco agradecido, francamente. 

* Fisioterapia en periodos activos y de descanso (ambos son imprescindibles).

* Bloqueadores alfa y antagonistas del calcio. Guanetidina y Calcitonina. Cientos de antiinflamatorios – esteroideos y no esteroideos- . O sea y para mejor compresión: derivados de cortisona y de Ibuprofeno, por poner los más conocidos.

* Antidepresivos a tutiplen. 

* TENS, magnetoterapia, laserterapia …y otros tantos.

* Y muchos más, de carácter totalmente empírico y sin base fisiopatológica alguna. ¡Mogollón…vaya!

    Al igual que escribí en el articulo acerca de la Fibromialgia, las esperanzas de los sufridores de tan execrable enfermedad deben permanecer intactas e «in crescendo», a ser posible:

Una panda de magníficos y sabios atorrantes,- amigos míos todos, de investigaciones y farras -, y referentes en el campo de la neurología, algología, y sus demases, todos juntos y en bendita compaña, están en la “Fase II” de investigación con una serie de terapéuticas extremadamente prometedoras. Tanto así que, a pesar de estar en tal Fase, se están consiguiendo en pacientes voluntarios sometidos a las mismas, éxitos de más del 85 % de remisión total del puñetero Sudecken un periodo superior a los tres años sin síntomas tras la exposición a tales terapéuticas. 

Lo que no es moco de pavo ni por asomo. ¿No les parece?

    Pueden preguntarse por qué no las explico aquí. Con toda la razón quizá. Pero no puedo hacerlo todavía – queda poco para poder hacerlo-; Primero porque está, como he dicho, en Fase II.  Y sería muy atrevido adelantarse a los acontecimientos. Segundo porque mis amigotes que están en la faena, me despellejarían vivo o muerto…y también con razón. Y tercero porque, algo – muy poco – comenté a la persona anteriormente mencionada, bajo palabra de honor de no decir ni mu, no tuvo otra mejor que comentárselo a su médico de confianza. 

¡Oh traición imperdonable! ¡Habráse visto!

Y claro ¡…hasta ahí podíamos llegar! (lamento sinceramente si aún le persisten sus síntomas, de todo corazón).

    Pero ¿esperanza a corto plazo? ¡Vaya que sí!

P.S.– ¿Lo ves estimado editor cómo es difícil escribir sobre estos temas? Guardarme estas posibilidades de resolución como si de un secreto benedictino se tratara me resulta altamente frustrante. Pero no me queda otra.

Misántropos lobotomizados

Existen determinadas personas que con el desprecio más absoluto se convierten en seres misántropos no por la deshumanización de cuanto nos rodea, sino porque se creen superiores a los demás, con el convencimiento de que su interior es un templo que deben preservar de la contaminación del mundo exterior, lo que les impide empatizar con los que sufren, porque su soberbia les lleva a ser distantes y despreciativos con el resto del mundo.

Muchos de estos ortodoxos de la espiritualidad, en sus diferentes manifestaciones, religiosa, humanista, filosófica, etc., se convierten en seres sectarios, agrupándose a otros semejantes que practican la misma intolerancia, discriminación u odio hacia quienes no practican su fanatismo espiritual, creando facciones violentas dentro de la sociedad o grupo social del que forman parte.

Son divergentes grupales, cuyo desprecio al resto de la humanidad los convierte en seres egoístas y egocéntricos, mal nacidos que no son agradecidos con las cosas buenas que les proporciona el resto de la sociedad; despreciables por mucho que nuestra compasión con la desgracia humana nos pida benevolencia y comprensión con ellos, intentando averiguar la causa de su deshumanización y desarraigo con sus congéneres.

Los hay quienes renuncian a sus propias raíces, a sus orígenes, porque piensan que el cordón umbilical con sus progenitores les sitúa por debajo de donde ellas y ellos consideran deben estar o están. No les importa el sufrimiento de quienes le dieron la vida y, muchos menos, aún, la necesidad de comprender sus actitudes de exilio social y familiar voluntario. 

Se amparan en proyectos de vida donde la exclusión sectaria y permanente es para ellos una medida profiláctica de un mundo que consideran contaminado, pero que no hacen nada por cambiarlo, sometiéndolo a un asilamiento constante porque piensan que constituyen un peligro para su espiritualidad. Se alejan mucho, por tanto, del concepto humanista e integrador de los libre-pensadores. Son dogmáticos, doctrinales, incapaces de pensar y actuar por ellos mismos. Son robots de no se sabe que ideologías o creencias. Son patéticos insufribles. 

Son pobres desgraciados, con los que la compasión no funciona por su insociabilidad, eso los convierte en peligrosos socialmente, parecen seres lobotomizados, para los cuales la única salvación es sacarlos del mundo donde se encuentran y someterlos a un buen tratamiento psiquiátrico o psicológico. El problema es cómo aislarlos de la causa de su desgracia, máxime cuando por su mayoría de edad voluntariamente han elegido ese camino.

Vence tus demonios para vencer tus limitaciones.

Muchas veremos buscamos fuera elementos que nos estabilicen, elementos que están dentro de nosotros. Estamos diseñados para aprender y adaptarnos a cualquier situación, a cualquier medio y para eso contamos con nuestra inteligencia y nuestro sistema emocional, que se encierra en nuestro cerebro.

En este video semanal, el Dr. en Psicología D. Francisco Javier Mauri nos enseña cómo en momento de crisis debemos para y reflexionar buscando en nosotros mismos la solución a nuestros problemas.

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Somos nuestra propia destrucción

 

 

Que ingenuos somos, nos creemos dueños de nuestra propia vida y no somos más que marionetas cuyos hilos manejan otros. Somos esclavos de nuestra propia vida, una vida que si nos pertenece es porque está encerrada en un envoltorio que es nuestro propio cuerpo, algo ínfimo si los comparamos con el universo infinito.

 

Todo está pautado, todo responden a teorías que la pobre mente humana puede entender. Un sistema decimal que mide casi todo cuanto nos rodea,  un tiempo y un espacio que percibimos circunscrito a nuestro pequeño mundo. Teorías sobre evolución de las especies, teorías del origen del universo, teorías y más teorías, que nos sumen en un mundo de dudas.

 

Somos una especie más de las que viven en nuestro planeta, destructiva con nosotros mismos, con nuestro entorno. No respetamos a nuestros semejantes, nos creemos superiores al resto. “Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza”, pero el hombre no es Dios por mucho que se lo crea. Y, quién es Dios, nada más que el germen de la existencia del universo, su Constructor y Arquitecto. Polvo cósmico, tal vez.

 

Hemos convertido el planeta en un vertedero de nuestra propia degradación. No compartimos lo que nos sobra, estamos avocados a un mundo gris, donde el cielo azul no se podrá ver, donde las estrellas ya no brillarán porque el hedor que desprendemos se convertirá en un vapor nauseabundo que no nos dejará ver más allá de la estratosfera, sin sol, donde la luna nos abandonará porque ya no deseará ser nuestro satélite.

 

Los ricos vivirán aislados de la urbe en una burbuja llena de confort, bienestar y comodidad, donde su vida absorberá la del resto de mortales que vagarán aislados en guetos sucios, malolientes, llenos de virus y bacterias, hasta convertirse en seres sin alma, errantes, que sueñan con el mundo que hemos destruido, con pesadillas sobre aquella explosión cegadora que dejó sin luz el mundo, donde las epidemias serán el único recurso para equilibrar la superpoblación. Un mundo sin recursos, donde la única vida que nos acompañará en nuestro destino serán los gusanos y las ratas que salen de  nuestra propia basura.

 

El pensamiento, la razón y el sentimiento se convertirán en un deseo insaciable de dominio, de los ricos sobre los pobres, de los pobres sobre los más pobres, de los más pobres sobre los que ya  no tienen alma y vagan sin rumbo fijo por calles negras llenas de una sustancia pegajosa de color oscuro y olor insoportable de nuestros propios desechos corporales, dependientes de un chute diario, de una química que destrozará su cerebro y transformará su sangre en una sustancia acuosa de color marrón que terminará reventando sus venas y llenando su cuerpo de postulas supurantes.

Vida sin vida, muerte sin descanso, ese es el futuro que estamos creando. 

Nos felicitamos por un nuevo año, por un mundo mejor, pero no hacemos nada por cambiarlo.

Si el ser humano quiere obviar la verdad está condenado a vivirla. Si cerramos los ojos sólo encontraremos antes la oscuridad. 

 Somos la única especie con la toxina de la desconfianza impresa en nuestro código genético. Nos engañamos con la ilusión del éxito material y evadimos pensar sobre nuestra propia muerte, sobre nuestra destrucción. Aún así, nadie puede negar  que después de tantos miles de años habitando este planeta somos destructivos por naturaleza.

Engañamos, trepamos pisando a los demás hasta encontrarnos en la cima de nuestro triunfo y luego con la guadaña de la muerte cortamos la cabeza a quien nos recuerda que no somos dioses sino gusanos en descomposición, sin que sirvamos, siquiera, para abonar la tierra en la que descansaremos, sino sólo para contaminarla.

Cuando la bilis ascienda a nuestra garganta se producirá la fusión de dos realidades, la nuestra y la que no quisimos ver. Entonces será tarde. 

 

 

Trastornos de aprendizaje

Se estima que el 80% de fracaso escolar tiene como causa determinante algún tipo de dificultad en el desarrollo del aprendizaje.

En este video el Dr. en Psicología D. Francisco Javier Marín Mauri analiza los distintos trastornos de aprendizaje y las vías para solucionarlos. Un video que, sin duda, puede servir de ayuda a muchos padres que ven como sus hijos no obtienen los resultados académicos esperados. 

 

 

 

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Una navidad en un mundo ausente.

 

 

Hoy es noche buena y mañana navidad, dame la bota María que me voy a emborrachar. Tal vez eso es lo que hiciese sino fuera porque no estoy solo, emborracharme para olvidar, sentirme ausente como mi padre desde hace algunos años, tú, vivo, pero ausente por esa enfermedad que te ha condenado a vivir sin recuerdos. Una enfermedad tortuosa y cruel. Una enfermedad de la que no sé si la consciencia intermitente te genera sufrimiento. El mío no importa, el tuyo sí. Yo lo administro como puedo, aunque a veces me derrumbe como hoy, porque mis besos en tu cara no han llegado a tu corazón,  que al mío destroza.

Los recuerdos me invaden. Veo tus desvelos por mí en los momentos de esta vida que me hicieron estar en el subsuelo. Tu compasión y compañía cuando estuve perdido y sólo. Tu generosidad incondicional. Tu amor sin límites, aunque en ocasiones con ese chantaje emocional de quien no sabe pedirte el amor de otra manera. Tu consuelo cuando estuve enfermo. Tus desvelos al píe de mi cama.

 Todos son recuerdos, los recuerdos que tú ya no tienes, papá, y que si los tienes no sé dónde se encuentran. Siento que cuando aún te comunicabas conmigo me llamaras mal hijo por sacarte de tu casa y dejarte en ese sitio convertido en un almacén de almas perdidas, donde los cuidados especializados sólo sirven para mantenerte vivo. Siento que tus cuidadores son mejores que yo.

 Padre, perdóname por no saber sentir tu amor ausente. Padre, perdóname por no poderte cuidar. Padre perdóname por no saberte amarte cuando demandaste mi amor. Padre perdóname por no saber penetrar en tu mundo sin recuerdos. Padre perdóname por sufrir egoístamente porque no te tengo.

Padre, te amo, pero tú ya no lo sientes. Padre, te necesito, pero tú ya no puedes saberlo. Padre, cuanto me gustaría que me devolvieses los besos que te doy. Padre, echo de menos la navidad a tu lado, verte en ese sillón orejero, el derecho, al lado del de mi madre cantando  villancicos, comiendo los mazapanes y el turrón con nuestras regañinas porque temíamos que no quedasen para nosotros, llorando por recordar a los ausentes.

Padre, no se si he sabido amarte, no se si he sabido ser el hijo que esperabas. Padre, que egoísta he sido por anteponer mis deseos y necesidades a las tuyas, por esos momento en los que te regañaba porque no sabía entenderte, porque no comprendía tu enfermedad. Padre, cuanto daría por tenerte de nuevo conmigo.

 Padre, feliz navidad. Aunque ahora no sepas el día en el que vives. Ójala sintiera que eres feliz por un momento y que vuelves a estar conmigo.

 

A propósito de la Navidad

Llegan las fiestas navideñas, y del mismo modo llega la polémica en algunos lugares donde las acciones públicas llaman a eliminar los símbolos que la identifican, a convertir una fiesta muy arraigada en el ideario popular en otro tipo de fiesta que desencanta y causa reacciones contrarias a las pretendidas.

Paseaba el otro día por el mercadillo de la Plaza Mayor de Madrid, que tradicionalmente en estas fechas es navideño, lleno de figuras para montar belenes, adornos, luces y útiles para árboles, puertas, ventanas y cualquier otro lugar del hogar que se nos ocurra iluminar o decorar, todo ello trufado con los típicos y tópicos artículos de broma para usar el 28 de este mes de diciembre, los Santos Inocentes, cuando me encontré con un grupo de unas veinte musulmanas ataviadas de su forma habitual acompañadas de una nube de niños. Paseaban, insisto, al igual que yo por el mercadillo y lo hacían interesándose por el contenido de los puestos y comentando entre ellas. No puedo decir, porque mi conocimiento del idioma que hablaban es nulo, de que cariz eran los comentarios, pero por sus gestos y tonos de voz no parecían distintos de los de las demás personas circundantes. No pude evitarlo, la idea vino sola a mi cabeza: espero que alguna de estas no sea de las que después van al colegio de sus hijos y protestan porque hayan colocado un belén o algún otro símbolo propio de estas fiestas.

No, la actitud, el comportamiento de aquellas mujeres y niños no daba para que determinados anti navideños públicos, de esos que usan sus cargos para liberar sus frustraciones, los usasen como excusa de agresión cultural para prohibir lo que ellos siempre habían deseado prohibir y no sabían cómo lograrlo. Yo les llamaría los Grinch públicos, pero mi aversión a la utilización de tradiciones foráneas me impide hacerlo. Les llamaré simplemente tontos públicos pretendidamente útiles.

“pero mi aversión a la utilización de tradiciones foráneas me impide hacerlo. Les llamaré simplemente tontos públicos pretendidamente útiles.”

Y es que en estas fiestas todo el mundo se posiciona. Están, como ya hemos comentado antes, los anti navideños, que odian todo lo que suponga un reconocimiento de la fiesta, sea una actitud, un adorno o una canción. También existen los indiferentes, los que no aprecian ni desprecian, los que no festejan ni les importa que los demás sí lo hagan. Y finalmente estamos los que disfrutamos de la navidad. Aquellos a los que la navidad nos mueve algo en el interior.

Hay personas que son muy de Nochebuena, muy muy de la cena, y la consiguiente comida del día siguiente, en familia, de villancico, zambomba y pandereta. Muy de menú tradicional, ardor de estómago nocturno y jolgorio casero. Pero también los hay muy de Nochevieja, muy de cena desacostumbradamente temprana y abundante para luego tomar las uvas y la fiesta correspondiente, en la calle, en un teatro  o una discoteca, o en casas particulares entre amigos.

Y luego estamos los que somos muy de Reyes Magos, los que somos de la ilusión del día siguiente, de encontrarse los regalos, de abrirlos y celebrarlo, aunque en algunos casos sea con mala cara o con cierto desencanto, y estrenar si corresponde, y jugar si toca. En todo caso de sentir internamente la emoción de querer y ser querido y saber que en algún punto del lejano oriente, allí por donde sale la luz, alguien se acuerda de nosotros aunque sea una vez al año, bueno, dos porque también se acuerdan el día que reciben nuestra carta.

Y ¿Qué es lo que me hace sentir que la fiesta de los Reyes es la que más me gusta? Habrá quien piense que los regalos, y algo tiene de razón, a nadie le amarga un dulce, pero aun reconociendo que los regalos gustan hay algo que hace de los reyes una fiesta especial, distinta a las demás fiestas con regalos, cumpleaños, onomásticas, aniversarios, algo que hace que el entorno vibre de otra forma: la ilusión, el sentido mágico que acompaña al hecho de delegar el regalo en esos seres que una vez al año trabajan con denuedo para hacer nuestras vidas un poc más humanas, un poco más tiernas, un poco más inocentes y felices.

Recuerdo el día que mi hijo, después de varios comentarios predicitivos me comunicó que él ya sabía quiénes eran Sus Majestades. Mi reacción fue instintiva, no premeditada:

  • Espero que lo tengas muy claro, porque tus padres nunca te van a hacer un regalo en estas fechas.

Mi mensaje debió de ser claro, no hubo más comentarios. Mi hijo ya con veintinueve años,  y el resto de la familia, seguimos a día de hoy escribiendo nuestra carta a Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente en las que plasmamos aquello que queremos, que necesitamos, cada vez menos, o que nos haría ilusión. Es verdad que los tiempos han cambiado, que hemos pasado de los buzones de correo a los correos electrónicos o, ya, a incluir a sus majestades en grupos de WhastsApp. Pero con independencia del medio, ¡!he ahí la magia¡¡ las reglas generales son las mismas, el día 6 por la mañana y en el lugar conveniente los regalos están prestos a que la familia los abra y los celebre. Todo debe de ser una sorpresa compartida y celebrada.

Bueno, hasta hace unos años, hasta que llegó Gallardón a la alcaldía de Madrid y se la cargó, también era muy de la cabalgata, y de las luces y de algunas otras cosas que en Madrid han dejado de tener ningún encanto. Antes, hace unos años. Ahora me tengo que conformar con ver en las noticias y en las películas como existen lugares en el mundo, casi todos, que sin complejos celebran estas fiestas como siempre. O eso o viajar a esos lugares para poder disfrutar de un genuino espíritu navideño callejero y expansivo.

“Ahora me tengo que conformar con ver en las noticias y en las películas como existen lugares en el mundo, casi todos, que sin complejos celebran estas fiestas como siempre. O eso o viajar a esos lugares para poder disfrutar de un genuino espíritu navideño callejero y expansivo.”

No sería justo, olvidar en esta fiesta a algunos otros personajes locales que complementan la labor de los Reyes: El Olentzero, el Apalpador, el Caga Tío o el Anguleru. Y tampoco debo olvidar, por más que venga de lejos y su labor se algo intrusista, a Papá Noel. Todos ellos trabajan por la ilusión. Por la de los niños, añaden algunos, ja, y por la de los adultos.

En fin, que no quiero acabar esta pequeña reflexión sin cumplir con otra tradición propia de estas fechas, desear felices fiestas y próspero año nuevo a todos los hombres de buena voluntad, si, a las mujeres incluidas, por supuesto, tal como nos enseña el idioma.

Hasta aquí la parte fácil. Pero con ánimo claro, y con aviesas intenciones, me permito desearles lo mismo a los de mala voluntad y ánimo torvo, que se joroben.

Felices fiestas, magia y fantasía para todos, todos y todos.

Las dominancias

A veces es difícil expresar lo que se siente, la perplejidad, el dolor, un cierto toque de ansiedad, que emanan de una mirada a lo que te rodea. Rabia, ira, odio. Al fin y al cabo son sentimientos humanos, reacciones complejas que nos son propias aunque seguramente pertenecen al lado más oscuro de nosotros mismos.

Nadie puede declararse inocente, creo que nadie, de haber sentido en algún momento esas terribles sensaciones, de sentirse inmerso en una marea que te arrastra y te deja incapacitado para la razón, para el diálogo, para cualquier sentimiento o voluntad constructivos.

La tragedia, siéndolo el simple hecho de sentirlos, es cuando explorando el origen y las posibles motivaciones uno encuentra en ellos manipulación, falta absoluta de rigor, intereses no confesados que sirven a terceros o, muy a menudo, simplemente soberbia, envidia, miedo o ambición, sea esta de bienes o de acaparar a otros en la relación.

Parece ser muy fácil, y es terrible, para cierto tipo de personas, de forma estudiada en unos casos y de forma intuitiva en otros, crear sentimientos de rencor hacia otras en busca de un beneficio propio, simplemente, o en busca de un perjuicio ajeno. Parece ser muy fácil, y es ignominioso, el uso de esa capacidad para crear dolor a su alrededor sin que nadie los señale directamente. Sin que, en muchos de los casos, ni siquiera ellos mismos sean capaces de señalarse. 

Lo vemos a diario en la política. Los nacionalismos, las ideologías frentistas, las fracciones de la sociedad en segmentos, en clases, en buenos y malos, en amigos y enemigos, donde solo debería haber internacionalismo, búsqueda de una mejor sociedad, rivales o discrepantes que no olvidan al otro mientras buscan lo propio, son claros ejemplos.

Parece ser muy fácil, y es terrible, para cierto tipo de personas, de forma estudiada en unos casos y de forma intuitiva en otros, crear sentimientos de rencor hacia otras en busca de un beneficio propio, simplemente, o en busca de un perjuicio ajeno. Parece ser muy fácil, y es ignominioso, el uso de esa capacidad para crear dolor a su alrededor sin que nadie los señale directamente. Sin que, en muchos de los casos, ni siquiera ellos mismos sean capaces de señalarse. 

Pero, desgraciadamente, también lo vemos en cualquier otro ámbito humano. En la empresa, en la familia, en los grupos de “amigos”, o en cualquier otro en torno asociativo que los hombres ponen en marcha.

Los casos de acoso, esos casos que tanto tiempo fueron ignorados, así como los casos de adoctrinamiento y, o, sectarismo no son más que la punta del iceberg de situaciones cotidianas que infectan la sociedad en cualquiera de sus facetas. No todos los casos se ajustan a los patrones o son evidentes, no todos los casos implican una violencia física o psicológica obvias, no todos los casos son flagrantes. No, no todos, y en esos menos evidentes muchas veces las personas alrededor son tan culpables como quienes general la situación. Por falta de observación unas veces. Por disculpa simpática otras. Por falta de interés real la mayoría.

En muchos casos el acoso del que hablo es una labor lenta, de goteo, casi imperceptible que va aislando a las víctimas del entorno en el que el “victimador”, perdóneseme el palabro pero creo que es descriptivo y favorable, puede sentirse más inseguro, o más desplazado, o menos valorado, o cualquier otra situación que le provoque la necesidad de crear un ambiente que lo aísle del entorno que no puede manejar, o que desea destruir en los casos más extremos.

Un gran inconveniente es llamarle acoso, que es una palabra que evoca violencia, o agresividad, o unos comportamientos predeterminados que no se ajustan a la realidad. Yo le llamaría dominancia. Esa capacidad de imponerse sobre otra persona débil, débil en la relación que no necesariamente en los demás ámbitos de su vida, que hace que en la mayoría de las situaciones ni el dominado ni su entorno sean capaces de darse cuenta de lo que sucede, lleva a esos sentimientos de odio, de rencor, de ira, de intolerancia y de incapacidad de diálogo con las otras personas, con el entorno al que se desea aislar.

Hay leyes contra el acoso. Hay leyes contra la dominancia impuesta de forma evidente o violenta, pero no hay ninguna ley que nos proteja, ni a los dominados ni a los que lo sufren como terceros, contra la dominancia más cotidiana y menos evidente.

Los nacionalismos de cualquier tipo son dominancias evidentes, son conflictos que crean rencor en base a unas razones que de forma perfectamente meditada buscan el enfrentamiento entre dos partes de una sociedad. También lo suelen ser los llamamientos ideológicos que buscan argumentos que permitan dividir a la sociedad entre los “míos” y los demás.

Pero también suelen ser dominancias aquellos conflictos familiares en los que la ruptura se produce más por una labor soterrada por parte de la persona ajena a la familia, entiéndase ajena como no consanguínea, que hace que las diferencias se agranden y se hagan insalvables en vez de hacer esa labor sorda y beneficiosa que consigue que se salven las barreras que las relaciones familiares a veces levantan.

He dado dos ejemplos. Podría dar más. Podría dar nombres, fechas, situaciones. Cualquiera podría mirando su entorno o su propia experiencia, pero no se trata de eso, no. No se trata de eso. Se trata de denunciar, se trata de comprender, se trata de que en muchos de esos casos ayudar es más complicado, pero mucho más humanitario. Se trata de no mirar para otro lado y pensar: ese es su problema, yo en eso no me meto, o cualquiera de esos otros mantras que nos permiten mirar para otro lado, que tantas oportunidades dan al mal y al dolor. Busquemos situaciones de rabia, de odio, de frentismo a nuestro alrededor y busquemos la dominancia que hay, casi indefectiblemente, en su origen. La ambición, la soberbia, la envidia o el miedo que hay al final de la búsqueda.  Si conseguimos, aunque sea de forma casi casual, leve, que esa dominancia se suavice, o desaparezca, habremos ayudado a una persona infeliz, a un dominado, pero, y aunque pueda parecer increíble, posiblemente también habremos ayudado, en los casos de actitud inconsciente, al dominador.

No hay ningún conflicto humano, ninguno, que no pueda resolverse de forma amigable, amistosa. Tal vez cordial sería una exageración. Pero siempre será imposible si existe alguna dominancia, algún dominador que las enrede. Las guerras, las luchas fratricidas, los conflictos laborales, los enfrentamientos sociales o cualquier otro tipo de conflicto que busque preponderancia, poder o razón absoluta solo son dominancias ocultas.

Por un mundo sin dominancias, por un mundo en fraternidad.

Cuando no existían móviles

No hace mucho tiempo de esto, aunque a los más jóvenes, sobre todo los nacidos en este Siglo, les parezca mentira  y menos que pudiéramos sobrevivir sin ellos, sin embargo así ha sido. La telefonía móvil se inició en el año 1976, recién estrenada la democracia en nuestro país, si bien no fue hasta el año 1995 cuando se expandió y popularizó basándose en el estándar europeo de tecnología GSM por Movistar.

En aquel año la telefonía móvil en España contaba ya con 15 millones de líneas con un crecimiento imparable, llegando hasta nuestros días las redes fijas y móviles de banda ancha a superar los 60.000 millones

Antes de aquella fecha de expansión los españoles, como el resto del mundo, nos comunicábamos a través de la telefonía fija desde nuestros hogares o lugares de trabajo, estando sembradas nuestras ciudades de cabinas de teléfono que nos permitían comunicarnos cuando nos encontrábamos fuera del domicilio o del ámbito labora;, incluso en los bares y cafeterías existían líneas de uso público para uso de sus clientes o del público en general.

La popularización de la telefonía móvil, aún siendo bastante más cara en nuestro país en relación a otros de nuestro entorno geográfico, actualmente se ha convertido en un medio imprescindible y útil habiendo pasado de aquellos móviles que parecían zapatos por su tamaño y que sólo servían para hacer y recibir llamadas,  a los modernos Smartphone que nos permiten acceder a internet, así como el uso de la mensajería instantánea, en la que destacan los WhatsApp, donde se pueden añadir imágenes y videos para compartir con nuestros contactos, así como realizar llamadas a través de internet mediante el uso de datos, además de las múltiples utilidades que nos reportan la gran cantidad de aplicaciones, no sólo para nuestro entretenimiento sino también para la gestión de nuestra vida, salud y negocios, entre otras muchas.

Pero, como todos los avances tecnológicos, la telefonía móvil además de las ventajas que nos reportan en cuanto a la comunicación, sin embargo, también existen contras respecto a su uso, además de su carestía a la que se ha hecho mención no sólo en la adquisición de terminales sino también por el coste de las propias comunicaciones, a pesar de que nos vendan las líneas en paquetes de distintos precios dependiendo de la rapidez, el uso de datos o canales de TV digital y entrenamiento.

“… como todos los avances tecnológicos, la telefonía móvil además de las ventajas que nos reportan en cuanto a la comunicación, sin embargo, también existen contras respecto a su uso …”

Aunque en principio fue un medio de uso por los adultos, hoy, sin embargo, cada vez son más lo menores que utilizan el móvil, es raro el hogar en que los hijos no disponen de una línea móvil por contrato o prepago, aunque su uso se recomienda a partir de los 13 años debido al grado de inmadurez de nuestros menores, evitando de esta manera hacer un uso irresponsable. Aunque, esta edad no deja de ser simbólica en el sentido de que deben ser los padres quienes se preocupen que sus hijos hagan un uso adecuado de su móvil hasta que alcancen una madurez suficiente para ello.

Además, lo que empezó siendo útil para los padres como forma de mantenerse en contacto con sus hijos cuando estos estuvieran fuera del hogar familiar, al final, para los padres responsables se ha convertido en una hándicap por el peligro que representa el acceso a la Red de los menores, puesto que, como todos sabemos, existen contenidos de acceso para adultos para los que no existe ningún tipo de limitación, excepto aquellas que los propios padres puedan hacer mediante aplicaciones instaladas en los dispositivos de sus hijos que permiten un control parental  de su uso por éstos.

Resulta evidente que hemos prosperado en tecnología, pero el peligro del uso del móvil, incluso para los mayores está presente, utilizándose aveces como un medio que permitiendo ocultar la identidad personal, no la IP o número que identifica, de manera lógica y jerárquica, a una Interfaz en red de un dispositivo,   como son todos aquellos que se conectan a internet; amparándose en un pretendido anonimato para un uso inadecuado de la libertad de expresión y de comunicación, compartiendo contenidos prohibidos o que rayan la ilegalidad por una falta de Norma Jurídica que regule su uso.

En definitiva, todo se traduce en un uso adecuado y responsable de la tecnología, pero también proporcional, no convirtiéndonos en esclavos de nuestros Smartphones como sin fueran pegatinas de las que no somos capaces de despegarnos, fomentando más relaciones personales y, mucho menos utilizarlos cuando constituyan un peligro para nuestra integridad física y de los demás, como es conduciendo nuestros vehículos o incluso cuando caminamos por la vía pública sin prestar atención al resto de personas, al mobiliario urbano o cuando cruzamos la calzada.

“… todo se traduce en un uso adecuado y responsable de la tecnología, pero también proporcional, no convirtiéndonos en esclavos de nuestros Smartphones como sin fueran pegatinas de las que no somos capaces de despegarnos…”

No estaría mal que, también, de vez en cuando, los desconectásemos sobre todo a las horas de descanso para poder regenerar nuestras energías. Recordemos que cuando no existían móviles subsistíamos sin ningún problema. La inmediatez en la comunicación sin lugar a dudas supone un avance pero también una carga de dependencia muy próxima a la adicción, además de un sometimiento a quienes esperan de nosotros una respuesta en el momento. Acostumbremos a los demás a que nuestros tiempos tienen que se respetados y que nuestro tiempo nos pertenece sólo a nosotros haciendo de él el uso que consideramos adecuados.

Un mundo de fantasía caprichosa

En los últimos días las musas se han acordado de mi después de haber estado de vacaciones, y las fantasías se agolpan en mi cabeza. Pero no quiero hablarles de esas fantasías que me aproximan a mi infancia sino de otro tipo de fantasías, los montajes que todos nos hacemos para justificar determinadas opiniones o conductas y que hace que los adultos mostremos nuestra inmadurez, transformando la realidad en un mundo imaginario que acomodamos a nuestro capricho porque de esta manera somos más felices o nos complicamos menos la vida. Es decir, por complacencia.

De esta manera transformamos la realidad en nuestra realidad, la verdad en una verdad aparente, la razón en una falacia, sintiéndonos satisfechos de pensamientos  que nos empeñamos en transmitir al mundo que nos rodea como verdades absolutas que, además, defendemos de forma encarnecida cuando encontramos a alguien que las cuestione.

El problema viene cuando este comportamiento no es predicable a una sola persona, sino cuando se traslada a un grupo social pretendiendo influir,  creando corrientes de opinión que no se corresponden con la realidad sino en un montaje manipulado, no tanto intencionadamente, que también, sino por no acudir investigar la realidad de los hechos, lo que se traduce en un infantilismo acomodaticio, carente de la suficiente reflexión y estudio como para poderla defender como una tesis plausible. Y, todavía es peor, cuando esta opinión se trata de imponer rechazando a todo aquel que no piense igual que el grupo en cuestión.

Cada día existen menos pensadores y, menos aún, pensadores libres, personas capaces de demostrar con razonamientos una proposición u opinión basada en una reflexión efectuada con el suficiente sosiego y estudio del tema del que hablamos. Nos convertimos en eruditos sin serlo, cogiendo retazos de opinión que no son nuestros convirtiéndolos en propios. En definitiva, estamos en presencia de una sociedad infantil ya que, como los niños, nos montamos un mundo irreal que nos hace ser más felices porque no nos mantiene en nuestra zona de confort, “quasimodo geniti infantes”, como bebes recién nacidos, pero con el agravante que no lo somos.

“Cada día existen menos pensadores y, menos aún, pensadores libres, personas capaces de demostrar con razonamientos una proposición u opinión basada en una reflexión efectuada con el suficiente sosiego y estudio del tema del que hablamos”

Cuando nacemos somos seres puros con un mundo interior virgen que, a medida que vamos creciendo, vamos llenando absorbiéndolo como si fuésemos esponjas con nuestras experiencias y con lo que vamos aprendiendo del mundo exterior, actuando en este estadio de nuestra vida más por imitación de nuestros mayores y nuestro entorno que por convicción propia, contaminándonos a medida que vamos creciendo por influencia ajena en nuestro mundo interior.

He aquí el problema, como seres sociales a veces pesa más la influencia exterior que nuestro mundo interior. Sólo y exclusivamente porque no hemos trabajado este último, es decir, nos abandonamos a la inercia de movimientos sociales y corrientes de opinión, sin plantearnos el porqué de las cosas y, muchos menos de investigar sobre el tema. En pocas palabras, nos convertimos en borregos sociales, sin opinión ni criterio propio, subyaciendo a este comportamiento la comodidad y  una moral acomodaticia.

En definitiva, estamos en presencia de un infantilismo social que cada día contamina más la realidad, la verdad de las cosas, en su sentido genuino. Una sociedad que en vez de ir evolucionando en el pensamiento y en la razón, involuciona, confundiendo la verdad con la fantasía, moviéndose en un mundo de medias verdades, a veces manipuladas con intención de que nos movamos en una determinada dirección sin saber muchas veces hacia donde nos lleva.

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