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Historias escritas por RafaelVillar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Dos hilos de plata

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Viernes, 11 de octubre de 2019

Photo by Ryan Moreno on Unsplash

Eran dos hilos de plata
Color moreno de playa
Los que mis ojos vieron
Cuando salían del agua,
Paseaban por la orilla
Y me robaban la calma.

 

Eran dos hilos de plata
Color moreno de playa
Que nacían de la arena
Hasta llegar a su espalda,
Se perdían en sus nalgas
Y marcaban el camino
Hasta el cielo de su cara.

 

Eran dos hilos de plata
Color moreno de playa
Que marcaban un camino
Que mis manos ansiaban.

 

Eran dos hilos de plata
Color moreno de playa
Los senderos del amor
Que mi corazón buscaba.

 

Eran dos hilos de plata
Color moreno de playa
Señales para un destino
Que mi alma anhelaba.

 

Eran dos hilos de plata
Color moreno de playa
Como los que usan las almas
Para encontrar su morada.

 

Eran dos hilos de plata
Que como sombras jugaban
Hasta encontrar a mis sombras
Y quedar para siempre enredadas.

Muertos sin dueño

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Lunes, 30 de septiembre de 2019

Escucho, y veo, las noticias y no tengo ojos para todo el llanto que mi interior acumula. La contumacia de los políticos, la contumacia de las políticas que de ellos emanan, en el tema de la violencia doméstica, mal llamada violencia de género, llamada por intereses ideológicos violencia machista, es propia de aquellos a los que les importa más imponer su razón que buscar una solución. Tómese contumaz en su primera acepción del diccionario: “Que se mantiene firme en su comportamiento, actitud, ideas o intenciones, a pesar de castigos, advertencias o consejos.”, o en la tercera: “Que se mantiene sin cambios y comporta daños”.

 

En 2004 se promulgó la ley de violencia de género. Una ley obsesionada por una visión punitiva del problema, una ley que 15 años después ha mostrado no solo su absoluta ineficacia, si no su incapacidad para enfocar correctamente un problema que año tras año se muestra más inclemente y preocupante. Aunque este desenfoque de la tragedia no es solo legal, es social, es educativo y por tanto es político.

Entre una izquierda radical que pretende apropiarse de las víctimas, y una derecha radical que pretende negar la existencia característica de la mayor parte de los casos, el ciudadano asiste espantado al diario recital de muertes inmediatas y de lacras futuras que el problema va vertiendo inclemente sobre la conciencia de las personas, mal llamadas, de bien. Esos mismos que pasados los siete días de carnaza informativa no volverán a acordarse de que existen personas en riesgo de muerte física, y de muerte psicológica colateralmente, hasta la próxima desgracia. Concentraciones, manifestaciones, eslóganes y apropiamientos interesados. Dolor temporal de los más cercanos, dolor infinito en los que han perdido a alguien querido y condolencias oficiales. Y se acabó.

¿Y la formación? Si uno observa con atención las documentaciones de los centros educativos observa que casi invariablemente hay un apartado de igualdad de género, unos cursos, charlas, iniciativas sobre igualdad. Desde las guarderías a los institutos. Todos hablan de igualdad, pero parece que lo único que hacen es eso, hablar, charlar, divagar, porque vistos los resultados reales no parecen particularmente instructivos. A lo mejor, a lo peor, es que la formación que adolece de un sesgo ideológico no es eficaz ni cuando tiene razón, porque el machismo crece entre los jóvenes y las jóvenes, entre los jóvenes y las jóvenas en lenguaje estúpido inclusivo, por si alguien no me había entendido, y eso demuestra hasta qué punto la contumacia de los responsables educativos elude la búsqueda de soluciones reales para promover las medidas populistas e ineficaces.

De nada sirve hablar si no se vive. De nada sirve educar si no se práctica la enseñanza. De nada sirve preocuparse puntualmente, momentáneamente, públicamente, si no hay un seguimiento eficaz y unas medidas preventivas que realmente busquen soluciones.

La violencia doméstica es una lacra social. No es moderna, no es patrimonio de un grupo ideológico o de un movimiento activista, la violencia doméstica solo demuestra una falta de empatía social del maltratador, y, en muchos casos, de la víctima y de sus entornos.

¿Sirve de algo una ley que condenaría a un culpable que la mayor parte de las veces se suicida? Creo que no. ¿Sirve de algo una ley de protección que no dispone de los medios imprescindibles para cumplirse? Me temo que no ¿Puede la sociedad garantizar protección a todas las personas en riesgo de convertirse en víctimas? No, con absoluta certeza no.

¿Y cuál es la solución? ¿Qué solución existe cuando, en algunos casos, es la misma víctima la que se pone en riesgo de serlo? ¿Gritar? ¿Señalar culpables? ¿Las pancartas y consignas? Tampoco. No existe una solución mágica y a corto plazo, que es lo único que les interesa a los activistas y a los políticos. No existe una solución mágica e inmediata. No existiría ni aunque hubiera un solo sexo sobre la tierra, porque, aunque se reivindique como de género, o machista, esta violencia nace del sentido de posesión, nace de la convivencia, y la suele ejercer el que se siente más fuerte, generalmente el macho, para asentar su dominio en una manada familiar, porque no sabe otra forma de hacer valer su predominio, su liderazgo, su propiedad.

Claro que así explicado se desmonta todo el entramado de posesión ideológica de las víctimas, y eso no interesa, pero tal vez, con esfuerzo, con tiempo, se podría atajar la sangría, aunque eso privara de armas arrojadizas a los que están más interesados en el clamor popular del momento que en la erradicación de la lacra. Al fin y al cabo a los clamores ciegos siempre se les pueden buscar réditos.

Pero esas soluciones convivenciales, que enseñan el respeto hacia el otro, sea del sexo que sea el otro, que explican que todos somos libres y por tanto no somos propiedad de nadie, que promueven la igualdad y el mutuo reconocimiento, no están entre las prioridades de los poderes que secuencialmente ocupan el poder. Porque un sistema educativo que promueva esos valores exige de un sentido ciudadano que puede llevar al libre pensamiento, y los librepensadores son un mal a erradicar por los políticos y los poderes que los sostienen, porque no son manejables.

Este, por más que escuchando lo parezca, no es un problema ideológico. Las víctimas no son de izquierdas ni de derechas, los muertos no tienen ideología ni deberían de ser propiedad de unos gritones. Los muertos, por el momento y mientras la ciencia no demuestre lo contrario, son lo más definitivo que existe en nuestro mundo, y una vez muertos les importa un ardite todo lo que los vivos enreden a su cuenta, en su nombre, usurpando esa paz que ya nadie puede quitarles.

Lo único que debería de importar es evitar más muertos, más víctimas de traumas colaterales, más propietarios del dolor ajeno, más diletantes inmorales que pretenden arrogarse la representación de aquellos que ya no tienen representación posible. Lo único que importa es desmontar un sistema de valores en el que lo único que nos mueve es la propiedad, la preponderancia, y en el que los medios no importan. Y si no reflexione ¿El acoso es un problema diferente del que hemos tratado, o simplemente es un estadio diferente del mismo problema? ¿El acoso no es una forma de violencia en un ámbito cerrado, como lo es el doméstico, el de pareja, el familiar? ¿Existe la violencia doméstica sin episodios previos de acoso familiar? Para mí no, pero en el ámbito doméstico existe una presencia de género rentable, que en el caso de acoso no siempre es aprovechable. En la violencia doméstica hay uno que mata y en el acoso puede haber alguno que se suicide, pero tanto en uno como en otro funciona la ley de la manada, el líder sin valores que usa cualquier medio para imponer su liderazgo, su insano liderazgo.

Todos somos maltratadores en potencia, en esencia. Todos, eliminada nuestra capa de civilización, tendemos a defender, con cualquier medio a nuestro alcance, nuestra posición en la manada. Todos podemos llegar a situaciones donde perdamos el control. El que esa pérdida de control se produzca antes o nunca, solo dependerá de nuestra capacidad, de nuestras capacidades, para entender nuestros procesos, asumirlos y educarlos. Lo demás para las próximas elecciones, lo demás para los de las pancartas y los gritos, lo demás para políticos y radicales.

El enroque

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Viernes, 27 de septiembre de 2019

Cuando en el lenguaje de la calle alguien habla de enrocarse, se suele referir a encastillarse, a empecinarse en una idea o acto sin aportar pruebas, soluciones o facilitar ningún tipo de salida a una situación.

 

La palabra proviene de una jugada del ajedrez, de tipo defensivo casi siempre, en la que se rodea al rey de piezas con el fin de facilitar su defensa. En esa posición la torre en un flanco, el borde del tablero en otros dos y los peones en el frente cortan el acceso a la pieza maestra por parte de las piezas contrarias.

 

Es habitual, en ajedrez, enrocarse ante el ataque del jugador contrario. Es habitual, en la vida real, enrocarse ante la falta de argumentos o soluciones aceptadas, cuando alguien quiere salirse con la suya por narices, en realidad se suele mencionar otra parte más pendiente del cuerpo masculino. Pero ¿alguien se imagina un escenario, sea ajedrecístico o cotidiano, en el que todas las partes estén enrocadas?

 

Pués por muy improbable que parezca esa es la situación que llevamos viviendo en España desde hace ya unos años. El permanente enroque de todos los partidos políticos que juegan a sus propios intereses con los votos de todos los ciudadanos. Unos para lograr mejores resultados electorales, otros para desbaratar competencia en su espectro político y otros, que ven su ocaso cercano, para intentar el vuelo del ave Fénix. Todos tienen intereses prioritarios que nada tienen que ver con los intereses del país, al que dicen servir, o de los ciudadanos, a los que dicen representar. Eso, sí, puntualmente cobran por su enroque como si estuvieran haciendo el trabajo para el que han sido elegidos, pero sin hacerlo y sin intención de que pueda hacerse.

 

El lamentable espectáculo de enroque multilateral, multidisciplinar, multiestúpido, debería de llamarnos la atención lo suficiente como para hacerles llegar a los enrocados líderes, que concepto tan desaprovechado el de líder, una preocupante, para ellos, preocupación popular por su actitud y su desprecio hacia los votantes. Total, ya saben que, hagan lo que hagan, algunos los votarán porque son los suyos, otros los votarán porque a alguien hay que votar, y otros votaran a los otros, que al fin y a la postre son como de casa.

 

Se enroca Rivera, y lleva a su partido a unas elecciones que pueden castigarlo, que pueden castigar a su partido por no lograr hacer un papel determinante en la resolución de una situación que tenía que haberlo fortalecido, ofrecer una investidura y una cierta estabilidad a cambio de unas reglas perfectamente pactadas y atadas. ¿Qué no se fía de Pedro Sánchez? Ni yo, ni de él tampoco. El problema en su enroque es que ha intentado la solución cuando al otro ya no le convenía. Su enroque no muestra más que la incapacidad de un político más ambicioso que inteligente, más preocupado por lo que él quiere que por lo que el país necesita.

 

Se enroca Pablo Iglesias, desesperadamente dada su deriva hacia la irrelevancia, en obtener un puesto protagonista, suyo o de su formación, en el cartelón de anuncio de la legislatura y va siempre a remolque de la estrategia de fagocitación que ha diseñado el PSOE. Si hubiera estado más atento a la jugada, y menos a los focos, habría visto la oportunidad de jugar un papel de gobierno complementario sin quemarse en el ejecutivo real. Ya es tarde. Tezanos augura una preponderancia suficiente para el PSOE que cree no necesitar a Podemos.

 

Se enroca Casado obsesionado por recuperar los votos de Vox, de Ciudadanos, y del centro. Difícil cóctel. Como atraer a votantes de Vox y del centro con los mismos argumentos y dando un paso considerable hacia la derecha. Afortunadamente su enroque lo defienden los enroques ajenos, más débiles y evidentes. Su enroque es un tanto pasivo, de cazador al acecho.

 

Se enrocan los nacionalistas, en realidad casi todos separatistas, de izquierdas y de derechas, exigiendo en cuotas el desmembramiento del estado, cuando no, en el caso de los catalanes, su disolución inmediata, la conculcación de la separación de poderes y la entrega de las llaves de la República para su sueño bananaero.

 

Se enroca Vox en sus opiniones altisonantes, frentistas, epatantes, aunque a veces coincidan con la realidad, pero es que la esencia de Vox es la de ser un partido enrocado. No le queda otra.

 

Pero sin duda, entre todos los enroques, brilla con luz propia el enroque del presidente del gobierno en funciones, su gobierno mariachi y el partido de su propiedad. Su actitud, sus silencios, que yo creo que son para evitar que se le escape la carcajada, y su absoluta falta de argumentos y de voluntad negociadora, rayan lo chulesco, pero lo rayan por la parte de dentro. Su absoluta inacción en su obligación de promover soluciones, su permanente reparto de culpas ajenas e inocencias propias, su cinismo y su falta de moral democrática lo hacen ser, para mí, uno de los personajes más oscuros de la mal llamada democracia española. Ególatra y narciso parece considerar que sacar algunos votos más que otros lo hace, casi por derecho divino, el candidato único e irremplazable a presidente del futuro gobierno. El dueño del balón, como ya lo denominé en un artículo anterior, no tendrá inconveniente alguno en llevar al país a sucesivas elecciones, y a la ruina si es necesario, hasta que le den la razón y la mayoría absoluta. Se ha creído su libro y los ciudadanos somos los rehenes necesarios para imponer su razón de estado, de estado satisfecho, aclaro.

 

Y ante tanto enroque a mí me gustaría jugar un jaque pastor que acabara con este disparate, pero dada mi impericia ajedrecística, y mi irrelevancia política, gracias a dios, me tendré que conformar yo también y volver, una vez más, otra vez, a enrocarme y votar en blanco. Porque está claro que votar en blanco es votar sin esperanza, sin razón, no confundir con la sinrazón de los políticos, y sin otra espectativa que la de que el sistema se revuelva y expulse a tanto empecinado mediocre, a tanto bufón de la corte y a tanto tonto útil necesario para completar listas que agreden la representatividad de los ciudadanos. Porque votar en blanco es votar con los ojos cerrados, tan apretados que la luz no solo no entre, que no salga. Porque votar en blanco es votar rechinando los dientes y con los nudillos blancos de tanto apretar los puños. Porque votar en blanco es pura desesperanza, desesperación, frustración, rabia.

 

Y así seguiremos, ellos con sus listas y sus enroques, otros votando porque esto es mejor que aquello otro, y algunos absteniéndonos, votando nulo o en blanco para demostrar que si aquello no nos gustaba, esto tampoco. Lo malo es que en una partida en la que todos los jugadores se enrocan siempre acaba en tablas, como en una partida de parchís en la que todas las fichas de todos los colores estén formando barrera. Vaya mierda de partida, con perdón.

 

El Tiempo y la Justicia

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Lunes, 24 de septiembre de 2019

Limitado el escarnio que en origen se pretendía, la justicia, en actitud ramera, se insinúa a cambio de un acuerdo improbable, impensable, imposible.

 

El tiempo en que el lupanar pretendió ser templo resplandeciente de virtudes ausentes, murió en el instante en que empezaron a juntarse entre sus paredes las bajas pasiones de sacerdotes a los que la oración nunca les sobrepasó los labios con los que desgranarla.

El esplendor prometido por el Sumo Sacerdote murió entre las manos de obreros más inclinados a llevarse el oro a su casa que en preservarlo para mayor gloria de unos dioses en cuyas virtudes no creían y de cuya existencia recelaban. Brillantes los arcones ocultos de sus hogares, llenos de rapiña recelosa pero decidida. Brillantes de falsas riquezas las paredes cuyos oropeles no llegarían a durar dos días.

Nunca la justicia fue tan profanada, nunca se invocó su nombre con tanta frecuencia, nunca las fanfarrias, ni los discursos, ni las ofrendas sonaron tan cascados, ni fueron tan falsos.

En el templo de la Justicia nunca estuvo la mal nombrada, antes bien, lo único que lo habitó fueron las queridas de los falsos sacerdotes vestidas con ropajes que burlaban a la diosa a la que imitaban, los sacerdotes mismos y la ignominia de las burlas cometidas.

Por eso, denunciado lo que acontecía ante la Justicia misma, descubiertos los diletantes que una vez desenmascarados seguían pretendiendo ser los adoradores únicos de la escarnecida, proclamada la inocencia de los culpables y la culpabilidad de los inocentes, limitado el escarnio que en origen se pretendía, llegó la hora de la verdadera Justicia, ante la cual, postrados, reclamando una clemencia que ellos no sintieron, invocando una verdad de sus actos imposible de mantener, una inocencia en sus intenciones desmentida por sus propias palabras, los falsos sacerdotes ofrecían, en actitud ramera de su justicia, unos acuerdos de salvaguardia improbables, impensables, imposibles.

El tiempo de la iniquidad parecía pasado, sobrepasado, agotado.

Se planeó el nuevo templo, se adquirieron los materiales, se contrataron los obreros y se nombraron los sacerdotes que honraran a la diosa. Se prepararon los festejos, los actos solemnes, se convocó a los más grandes dioses, héroes y reyes para dar mayor esplendor al evento.

Solo el Tiempo faltó a la cita, pero envió un presente, una banda que habría de colgarse en la entrada del templo, de un material que resplandecería cuando la verdad estuviera de visita y se marchitaba ante la presencia de la mentira. Tenía grabadas unas palabras: “Solo Yo en mi discurrir avalo el esplendor que Presente siempre otorga”

El día del alzheimer 2019

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Sábado,  21 de septiembre de 2019

Dicen que hoy es el día del alzheimer, que es como decir que hoy es el día de las enfermedades degenerativas mentales, que es como decir que hoy es el día de recordar a los muertos en vida, a los enfermos y a los pacientes.

No soy muy partidario de los días de, y no soy muy partidario porque me parecen una forma de decir que los que podrían hacer algo más por solucionar un problema consideran que de momento no requiere sus auténticos esfuerzos. Una forma plástica de aliviar las malas conciencias.

La enfermedad es más eficaz y no entiende de días. La enfermedad trabaja todos los días del año y avanza inclemente sobre la vida de los enfermos y de los cuidadores sin dar tregua ni esperanza.

Todo lo que envuelve a la demencia se convierte en un tiempo dentro del tiempo, en un tempo de lasitud, de abandono, de cansancio mental, de desesperanza, de tristeza, de agotamiento físico, de lateralidad social que va carcomiendo las mentes y los cuerpos. Todo es lentitud: del tiempo al pasar, de la vida al decaer, de la administración al dar soluciones.

Tal vez las dos primeras lentitudes son inevitables a día de hoy, pero la tercera solo demuestra la ineficacia de una maquinaria compuesta por personas que funcionan como engranajes, la falta de alma de un entramado burocrático que en muchas ocasiones aporta las soluciones cuando el enfermo ya no las necesita. Eso que se llama a toro pasado.

Enfrentarse a un caso de demencia, de alzheimer si se quiere, es enfrentarse a una hipoteca vital, moral, económica y social. Y nadie está preparado para eso. Nadie está preparado a renunciar a una parte importante de su vida a cambio de ir despidiéndote de un ser querido poco a poco, temiendo cada día que el anterior haya sido el último en el que te ha reconocido, el último de su consciencia, el último en el que podías reconocer al que cuidas por algo más que por su deteriorados rasgos físicos. Enfrentarse a un caso de demencia convierte al que lo hace en un enfermo más. Enfermo de desesperanza, enfermo de despedida, enfermo de empezar desear la muerte ajena como única salida, enfermo moralmente por desearlo.

Está bien esto del día de… aunque me temo que no sirve, en la práctica, para nada.

Los enfermos de alzheimer no mejoran en el día del alzheimer, los cuidadores no descansan  en el día del alzheimer, las administraciones no resuelven más ayudas ni crean otras nuevas en el día del alzheimer, los investigadores no avanzan más ni tienen más fondos en el día del alzheimer. Eso sí, se habla más del alzheimer en el día del alzheimer, y si las palabras fueran obras tal vez estaríamos en otra situación.

Este moderno concepto de la visibilidad me produce un sentimiento entre la ternura de la buena voluntad y la indignación de la indiferencia que supone. Pero me temo que la verdadera, la única, visibilidad de esta enfermedad se da cuando la enfermedad se manifiesta, en ese momento para el que nadie se ha preparado, para el que todo lo oído no sirve de nada porque los sentimientos no se entrenan. Entonces viene la estupefacción, la negación, en muchos casos, que puede agravar el devenir de los pacientes y de los enfermos, la necesidad de unos apoyos que no llegarán hasta mucho más tarde.

No sé, no está a mi alcance saberlo, si se podrá hacer algo más científicamente. Es difícil poder mejorar el comportamiento heroico de las familias, la mayoría, enfrentadas a un futuro sin esperanza. Es lamentable la burocrática, lenta e insensible respuesta de las distintas administraciones a las que hay que enfrentarse, incluso la respuesta distante de algunos funcionarios sin la empatía imprescindible para tratar con casos de necesaria humanidad.

Bueno, celebremos el día del alzheimer como medio para lograr que al menos un día al año la gente se sienta conmovida por un drama que afecta a miles de enfermos, a millones de pacientes y piense, los que piensen, si se podrá hacer algo más. Me temo que, desgraciadamente, los que podrían resolver algo tienen otras prioridades, incluso el día del alzheimer, y no pueden distraerse de esas superiores obligaciones.

Mientras tanto al resto, a los que lo hemos pasado, a los que hoy empiezan a sufrirlo, a los que a partir de mañana lo padecerán, siempre nos quedará la esperanza de poder celebrar en un futuro cercano el “Día de la Erradicación de las Demencias”

Ah¡, para los que aún no lo saben, el alzheimer solo es una forma de demencia, ni siquiera la más habitual, pero eso no nos lo explican y tiene consecuencias. Porque hay familiares que abominan de la palabra, de la denominación, y se crean una falsa esperanza cuando pueden rechazar el nombre del doctor asociado a la enfermedad de su allegado. Porque hay personas que asocian el nombre, alzheimer, a una suerte de lacra que pueden negar en el caso de que la demencia diagnosticada sea de cualquier otra región cerebral.

Recuerdo a mi madre, ingresada en el hospital, ya con cuidados paliativos, con que furia me llamó a capítulo  porque yo le había a dicho al médico que mi padre padecía alzheimer en un grado muy avanzado. “Te prohíbo que vuelvas a decir que tu padre tiene alzheimer. Tu padre no tiene eso”. Si mamá, era verdad, papá sufría una demencia frontoparietal en grado IV, pero para ti era importante, era determinante, que no se llamara alzheimer, que no tuviera día, ni desesperanza.

Conmemoremos el día del alzheimer, aunque lo suframos todo el año, aunque lo olvidemos el resto del año. Señal de que, afortunadamente, aún podemos.

El vaivén del chucuchucu

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Jueves,  19 de septiembre de 2019

No es el vaivén del chucuchucu, ni se habla de ello solo en la capital, pero se habla mucho y en todas partes y si no es un vaivén poco le falta.

¿Vivimos en una democracia? No, no vivimos en una democracia, vivimos en una suerte de régimen símil democrático que imita algunas de sus formas pero no asimila ni el fondo ni los objetivos. Esto tiene poco debate. Votamos, pero desconocemos el valor de nuestros votos. Votamos pero según donde vivamos somos ciudadanos de diferente clase y con distinta capacidad de ser representados. Votamos pero nadie tiene en cuenta, ni siquiera nosotros, lo que queremos o como tienen que representarnos. O sea que respecto a una democracia lo que nosotros vivimos tiene en común, únicamente, que votamos.

 

 

 

 

¿Cómo se llama lo que vivimos? Formalmente una partidocracia, un sistema en el que ciertos grupos de poder se organizan en instituciones llamadas partidos a las que se asigna una ideología, una posición en un eje de representatividad de coordenadas izquierda-derecha, y que mediante los votos de los ciudadanos, y conforme a unos llamados programas, relación fantasiosa de máximos y mínimos que nunca existe voluntad de cumplir, ejercen el poder durante un periodo pactado. En realidad una suerte de aristocracia, no hereditaria la mayor parte de las veces, de carácter temporal.

¿Por qué una partidocracia no es una democracia? Porque a pesar de que votamos no elegimos a nuestros representantes, sino una relación cerrada de candidatos que están al servicio del cabeza de lista y que cumplirán sus instrucciones y no los compromisos adquiridos con los ciudadanos o sus expectativas a la hora de votar. Porque los partidos son organizaciones rígidas, sin capacidad real de representar a los ciudadanos de una circunscripción o, ni siquiera, de hacerse portavoces de las necesidades de circunscripción alguna si estas necesidades contradicen a las generales del líder.

¿A quién representa la partidocracia? A las ideologías, nunca a los ciudadanos, la mayoría de los cuales no comparten, total o parcialmente, la ideología dominante.  De forma absoluta, si la mayoría es absoluta en la cámara de representantes, o de forma matizada, si tiene que llegar a acuerdos, el elegido presidente de gobierno tiene cuatro años para tomar las iniciativas que considere favorables a sus intereses, en primer lugar, a los de su partido, en segundo, y a los de su ideología, en tercero, sin reparar, en el mejor de los casos, en los que no lo votaron, y digo en el mejor de los casos porque hay muchas ocasiones en las que se legisla contra, o como afrenta a, los que no lo hicieron. No importa que sumados sus votos, los que lo han aupado a esa posición, no vayan más allá de un tercio de la población, su poder es, y así lo siente, absoluto durante cuatro años, y si toma decisiones en contra del bien común, del interés del estado o de las leyes del país, ya se encargará de explicarlo con la dialéctica política, con la dialéctica ocultista, ventajista, manierista y mentirosa con la que los políticos dicen explicar sin explicar nada, sin una sola verdad rotunda y contrastable.

Con la democracia sucede como con las virtudes, la perfección no es alcanzable, pero es una meta en la que no cejar para acercarse día a día a su consecución. Nunca viviremos una democracia plena, no es humana, pero eso no significa que tengamos que conformarnos con sistemas imperfectos que remedan groseramente nuestro objetivo, conque acojamos con resignación un sistema que trabaja contra nuestros deseos y traba nuestras posibilidades y esfuerzos, como es el actual.

¿La partidocracia es mejor que una dictadura? Claro, una herida superficial es mejor que una fractura abierta, pero eso no significa que hacernos heridas a diario tenga que ser nuestro objetivo. El problema es que la solución es tan compleja, hay tantos intereses en que no se produzca y existe una desmovilización tal entre los ciudadanos, por no hablar de las movilizaciones ideológicas que trabajan en contra, que se hace difícil atisbar un camino practicable. No  se puede pasar de un sistema viciado a una vía de progreso de una sola vez. No se puede desmontar el sistema, vía política, concienciar a los ciudadanos de su papel, vía educativa, y montar una alternativa razonable, vía ejecutiva, de una sola vez, y el sistemático fracaso de las revoluciones y de los movimientos populares, lo demuestra.

¿Democracia representativa o democracia asamblearia? Este es un falso debate. Democracia, sin apellidos, es el sistema en el que todos y cada uno de los ciudadanos se siente representado en las decisiones, incluso en las que son contrarias a su criterio. Solo bajo esta premisa podemos hablar de democracia. La democracia representativa es sin duda la forma más ejecutiva de representación de un colectivo, es imposible, es inoperante, la consulta sistemática de las decisiones a tomar, lo que no puede significar en ningún momento que la capacidad ejecutiva de una cámara de representantes, pueda constituirse en una capacidad impositiva o coercitiva respeto a los administrados, suplantando sus expectativas.

Pero si la democracia representativa es imprescindible, no podemos caer en el error de considerar que es la verdadera y única democracia. No, la democracia más directa y perfecta es la democracia asamblearia, la que convoca a los ciudadanos a mostrar su opinión individual sobre los problemas que les afectan directamente, a defender su posición en igualdad de oportunidades respecto al resto de las opiniones. Claro que tampoco esta es perfecta, basta con asistir a una junta de vecinos para ver a los mediocres medrar, a los ávidos recolectar delegaciones de voto y a los poco concienciados a escabullirse de las responsabilidades,  para comprender el mucho camino que quedaría para conseguir que una democracia asamblearia fuese realmente representativa, pero para eso primero hay que lograr una formación, una conciencia ciudadana, que hoy por hoy el sistema niega.

Los logros hay que buscarlos con tacañería, con parsimonia, con visión de futuro. No cayendo en el viejo dicho de que lo mejor es enemigo de lo bueno. No cediendo  a la tentación de que el logro del todo nos haga renunciar a la lucha por las partes. Objetivos inmediatos y concisos.

Por eso, antes que plantearme la idoneidad de los grandes debates, como la esencia de la democracia, o el sistema perfecto en el que desarrollarla, aunque sin olvidarlos, mi lucha es por corregir los más inmediatos obstáculos que convierten a nuestro país en una partidocracia que se retroalimenta con nuestras esperanzas, con su frustración.

Listas únicas, que nos permitan votar a aquellos representantes que hayan hecho méritos para merecer nuestra confianza, o nuestro aprecio, o simplemente nuestro reconocimiento, no por su ideología, por su afinidad con otro, o por su medraje en estructuras que nos son ajenas.

Circunscripción única para cada ámbito convocado, que permita que todos los votos valgan lo mismo, que cada ciudadano tenga la misma capacidad de elección a la hora de votar, que en un mismo territorio no haya partes cuyos votos puedan imponerse, por la única razón de que así lo marca una ley mal construida o una razón matemática, respecto a los demás.

Y mientras estas dos premisas no se cumplan, mientras los ciudadanos tengan que votar bajo premisas ideológicas que no comparten, a personas que ni conocen en el momento de votar ni conocerán cuando cesen en sus funciones, a personas cuya única función será apretar el botón que les digan y asistir a las reuniones que les manden, yo no los podré considerar representantes de nadie. Mientras los ciudadanos de Toledo tengan una diferente capacidad de representación que los de Gerona, por poner un ejemplo, en las decisiones del país, mientras ciertos territorios estén primados en el valor de sus votos respecto a otros, por intereses políticos, por resultados matemáticos o por incentivos poblacionales, cuando lo que se decide nos afecta a todos por igual, yo no podré considerar que el sistema es democrático.

Por eso ciertos debates impostados, fatuos, carentes de pertinencia o de realidad, no me parecen otra cosa que el vaivén del chucuchucu, el que nos van a dar, con el que nos quieren marear.

La culpa es del chachachá

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Lunes, 9 de septiembre de 2019

Dice el dicho que nada es verdad ni es mentira, pero la realidad dice que hay ciertos temas en los que el cristal con que se mira no es de ningún color, es opaco ceguera. Y aunque esta circunstancia se da fundamentalmente en cuestiones puramente políticas tampoco es raro encontrarlo en otros temas que la política salpica.

 

Se ha publicado hace unos días un informe que alerta sobre la terrible incidencia de la obesidad en la infancia española. La obesidad crece en España al mismo ritmo que en EEUU, la obesidad crece en el país de la dieta mediterránea al mismo ritmo que en el país de la dieta basura, y la culpa, decían los medios de comunicación, es al parecer de la electrónica, que es como decir que la culpa es del chachachá.  

Resulta que los españoles engordamos porque nos hemos hecho adictos a jugar con las maquinitas y ya no salimos a jugar con nuestros amiguitos. Ya no jugamos al fútbol, hacemos senderismo o corremos detrás de los automóviles. Ahí queda eso. Lo que viene a decir que la tecnología está más implantada en España y en EEUU que en el resto del mundo. Ni china, ni Japón, ni Alemania, España es el país con mayor implantación tecnológica, al menos en el ocio, del mundo mundial, junto con EEUU. Y yo sin enterarme.

La obesidad no genética, y lo dice alguien que fue obeso y aún tiene riesgo de volver a serlo, es un trastorno de la alimentación que proviene de una educación escasa, cuando no inexistente, sobre las necesidades del  cuerpo y como atenderlas, sobre las opciones para alimentarlo y sobre las formas adecuadas de compatibilizar la necesidad de comer con la tendencia natural de almacenar recursos para los malos tiempos. Pero eso nadie se lo explica a los niños, a esos mismos niños a los que los padres ocupados y mal informados alimentan, sin rubor, con comida fácil proveniente de otras culturas, sin reparar en el daño genético, tal como demuestra la epigenética, que se produce por una ingesta repetida de productos sometidos al ultratratamiento de los alimentos y que proliferan en ese tipo de ingestas.

Si repasamos la legislación actual española veremos que, contra lo que está sucediendo en otros muchos países, está enfocada al mayor beneficio de los grandes productores y los grandes distribuidores, casi todos de capital extranjero, y que penalizan a los pequeños agricultores y comerciantes, a esos que forman el tejido pequeño-empresarial nacional y que trabajan con producto estacional, de proximidad y con una nula carga de transformación por manipulación.

Así que si la obesidad es culpa de la electrónica, la despoblación rural debe de ser culpa de la colonización espacial. Las leyes y los mitos creados para defenderlas nada tienen que ver con los problemas que se acaban detectando.

Los niños, y los adultos, engordan porque no hacen ejercicio, que también, no porque se alimenten con productos ultraprocesados, no porque se alimenten en cadenas de comida rápida y poco edificante, dietéticamente hablando, no porque abandonen por imposibilidad y desconocimiento una dieta que es la envidia del mundo entero. Los niños y adultos engordan porque se pasan la vida sentados, y en ese sedentarismo no consumen ensaladas de productos que, para poder ser transportados desde orígenes remotos, conservados y posteriormente comercializados, se cogen antes de su maduración, por lo que no tienen sabor, o son el resultado de transformaciones genéticas que garanticen dureza, producción y resistencia, -de la calidad y el gusto se olvidaron en el proceso-, y a cambio consumen pizza, palomitas o hamburguesas especialmente tratadas en sal y azúcar para que creen adicción y que acaban provocando, ¡ups¡, obesidad.

No, las leyes que obligan a los pequeños productores ninguneados, cuando no agredidos, por las grandes tramas de distribución, las grandes cadenas de comercialización, y las grandes empresas de transformación,  y los políticos que trabajan a su favor, a abandonar su actividad, a dejar sus tierras en barbecho, o prescindir de su ganado, y marchar a malvivir en la gran ciudad y dar a luz a unas generaciones sin anclaje vital, sin tradición productiva y sin la herencia de unos saberes que van desapareciendo, son las principales causantes del problema.

Así que comemos vegetales inmaduros o genéticamente modificados, lácteos transformados en productos extraños, carnes hormonadas y tratadas con productos que nuestro organismo no tolera, o pescados criados artificialmente que generan extrañas grasas y adolecen de una insipidez insoportable. Y todo ello a beneficio de un mito insostenible, la garantía sanitaria que se promete por ley y se incumple de forma práctica. La garantía, imposible, de la inocuidad de un montón de procedimientos y productos con sigla, tipo explosivo, que metemos a nuestro cuerpo con la promesa de que no nos van a matar fulminantemente, si no que nos van a ir matando poco a poco, sin que podamos relacionarlo directamente, salvo con estudios, como la epigenética, esa gran desconocida, que nos explica cómo nos vamos transformando interiormente con nuestros hábitos.

Cuando desprecio, con todo el desprecio que mi cuerpo puede contener, el argumento de la garantía sanitaria, y me quejo, con todo el dolor y toda la desesperación de las que soy capaz, de la política de acoso y derribo de los pequeños productores, del acoso al que algunos Eliott Ness de pacotilla destinados en lugares donde el productor es tan pequeño que raramente sobrepasa el autoconsumo, y ponen en su erradicación un celo digno de mayores empresas, y pongo sobre la mesa la persecución que los pequeños productores gallegos, esos que tienen dos vacas, treinta litros de vino, un huerto y diez de aguardiente, del que te venden dos, enseguida alguien me saca el episodio de licorcafé de Orense para justificarlo. Un caso de hace 56 años, que produjo 51 muertos y 9 ciegos, ¿cuántos muertos ha producido la obesidad en estos cincuenta y tres años? ¿Cuántos trastornos alimentarios por transformaciones más o menos permitidas? ¿Cuál ha sido el coste sanitario? Difícil de calcular, ya que no son aplicaciones directas, si no daños residuales, colaterales se dice ahora ¿no?, de manipulaciones no siempre transparentes.

A veces, llamenme exagerado, no puedo evitar pensar en las ratas, en la ingeniería química que diseña esos venenos que son eficaces porque solo actúan cuando la capacidad de memoria del animal está sobrepasada, de tal manera que no pueden asociar su muerte con el acto de haber ingerido el producto. Esclarecedor.

En fín, que exagerado, o no, al final, para mí, claro, la culpa de la obesidad en España no es de la tecnología, ni de la falta de ejercicio, que también, ni siquiera del chachachá, la culpa de la obesidad en España va a ser culpa de una política alimentaria más preocupada de favorecer a grandes estructuras que de asegurar la educación de sus administrados, la calidad de los productos finales o la garantía sanitaria bajo la que escuda su demoledora actuación. La culpa va a ser de una legislación que tiende a desmontar una tradición alimentaria acumulada durante siglos y que une a una calidad incuestionable del producto, una capacidad de equilibrar y adaptar la dieta a cualquier necesidad, y una variedad casi infinita de preparaciones, para favorecer la irrupción de productos de ínfima calidad, la miel china, los garbanzos canadienses, … frente a los propios que van desapareciendo por imposibilidad de competir, por aplastamiento.

Garantía sanitaria, ¡ja¡, que se lo digan a los de la carne mechada, a los de la peste aviar o a los de las vacas locas. Eso sí, por ingesta de licorcafé con alcohol metílico no va ha vuelto a morir nadie desde 1963 gracias a esas leyes que nos cuidan, a esas leyes que nos permiten aseverar que si hay obesidad en España la culpa ha sido, es y será, del chachachá, y que les quiten lo bailao a los que se lo llevan, o se lo traen, crudo, o ultraprocesado.

Estimados hijo de puta, nuevamente

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Viernes, 6 de septiembre de 2019

Era noviembre del 2017 cuando escribí, durante mi viaje a Orense, una carta a los autores y responsables del fuego que arrasó gran parte de la provincia y provincias aledañas. Hace apenas dos años que me dirigí a esos “Estimados hijos de puta” que prendieron fuego y destruyeron para sus propios fines una cantidad inmoral de territorio poniendo en peligro vidas.

 

No han pasado dos años y las fotos que llegan de Brasil, de la Amazonia, esas fotos de días color noche, de paisajes entrevistos color fuego, de devastación y de tristeza invitada por el gris ceniza del entorno ya destruido, me han recordado los sentimientos sobrepasados en el tiempo pero no superados en el alma que entonces sentí recorriendo, casi a tientas, mi tierra.

Uno se enternece cuando le tocan la patria chica, mi tierra he dicho, pero la verdad es que la Amazonia, por muy lejana que esté, por mucho que nunca la haya visitado, no es menos tierra mía que la tierra que me vio nacer o la tierra en la que vivo. Su destrucción, como su belleza o sus problemas, no son menos míos que los que siento de forma más inmediata.

Tal vez algunos sientan muy de lejos, tanto que en realidad ni lo sientan, lo que allí está pasando. Tal vez piensen, de forma totalmente errónea, que está pasando allí y que no les afecta, pero que piensen en cuantas bocanadas del aire que respiraron hace unos meses se habían generado en aquellas, antes, infinitas selvas. Todos respiramos aire amazónico, todos respiramos el aire que en nuestra tierra, la global, la que no entiende de fronteras ni ambiciones políticas, renuevan y purifican los árboles de esas masas boscosas que hacen más fáciles nuestras vidas.

También ahora me gustaría a esos estimados, de certificados no de queridos, hijos de puta que han provocado con sus acciones e inacciones la catástrofe que en el otro extremo de mi tierra, de nuestra tierra, se está produciendo. Y cuando hablo de los hijos de puta responsables no me refiero solo a los que se puedan demostrar, a los pringados que lo han puesto en marcha, me refiero a todos los hijos de puta, a los que más mandan y los que más obedecen, a todos los que activa, pasiva, directa o indirectamente hayan tenido alguna responsabilidad en el fuego.

Soy gallego, y casi todos los años veo arder ese trozo de tierra más entrañable para mí, y todos los años me indigno. Pero estar acostumbrado al fuego no lo hace ni menos terrible, ni más llevadero. El fuego vital no desmiente al fuego destructor, simplemente lo cambia de mano y le da nuevos rasgos. El fuego benefactor, protector, no puede olvidar que si pasa de unas manos cotidianas y sanas a las de unos hijos de puta se convierte en un arma contra toda la humanidad.

Tal vez, y ya es hora, deberíamos de considerar a los hijos de puta del fuego como a los criminales de guerra, reos de lesa humanidad, culpables de crímenes contra toda la raza humana, y aplicarles los mismos castigos, aunque mi ira no descarte rescatar de la memoria más tétrica de nuestra especie las hogueras o la parrilla, tipo San Lorenzo.

Solo una cosa me retrae en estos bárbaros castigos, no estoy seguro de poder soportar la pestilencia que la mala bilis de semejantes hijos de puta pudiera desprender al quemarse, e, incluso, no estoy seguro de que no llegaran a disfrutar del fuego de su propio tormento.

 

TEXTO CITADO: https://desdefuerademi.blogspot.com/2017/10/estimados-hijos-de-puta.html

Orgullo sin fecha

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Jueves, 5 de agosto de 2019

Hace poco, un mes más o menos, escribí un artículo en esta misma publicación, en el que cometí la osadía de discrepar de las formas del día del orgullo. Osadía que inmediatamente fue recriminada presuponiendo que cualquier crítica lleva aparejada un alineamiento en contra de las formas alternativas de sexualidad.

 

Aquí se estilaría en estos momentos que vivimos, como una necesidad perentoria de acreditar la buena fe, ponerse a justificar una lista considerable de amigos o actitudes convenientes para no pasar por reaccionario. Me niego. Mis amigos son mis amigos y no me sirven de coartada para mis opiniones. Mis actitudes son las mismas cuando aplaudo y cuando critico y me niego absolutamente a matizar, suavizar o justificar mis palabras por miedo a los demás, como me niego a variar mi lenguaje, el que me sale naturalmente, o a buscar circunloquios vacíos para intentar decir lo que quiero decir sin que parezca que digo lo que otros no quieren que diga. Lo que opino lo opino por mí mismo y con mis palabras, y quien quiera sentirse ofendido en sí mismo o en sus, pretendidas, convicciones es muy libre, pero para él y en su casa.

Es triste ver las colecciones de famosos, de grandes creadores, que a modo de trofeos se cuelgan ciertos movimientos justicieros. Es lamentable como la trayectoria brillante de una persona puede ser censurada por sus errores personales, a veces error y a veces supuesto. Locos, retorcidos y monstruos, los ha habido en el arte, en la ciencia y en la vida cotidiana. Denunciarlos es una actitud consecuente. Lincharlos y castrarlos en la actividad en la que han destacado, en la que han demostrado ser especiales, es una aberración digna de una sociedad pacata, revanchista y con mucha tendencia al linchamiento del que sobresalga. Por no hablar del efecto llamada que esos linchamientos producen y en los que se acaba linchando a quién no ha cometido otro pecado que el de ser antipático para alguien.

Todo es homófobo, o sospechoso de serlo. Toda discrepancia es fascista, o sospechosa de serlo. Toda denuncia sobre inmigración es racista, o sospechosa de serlo. Todo galanteo es acoso, o sospechoso de serlo. Toda opinión libre, está mal vista, incluso sin sospechar nada.

Pero voy a centrarme en el artículo invocado al principio. Alguien me escribió considerándome una especie de tarado sexual, lleno de complejos extraños y absolutamente contrario a los derechos de los homosexuales, transexuales y pansexuales. Verán, yo soy partidario de que cada uno haga lo que le pete, con quién le pete y como le pete, pero igualmente soy poco partidario de ciertas actitudes públicas, aunque yo mismo las haya, en mi juventud, practicado. Tal vez sean los años, o tal vez sea que con los años viene aparejado un reconocimiento al derecho ajeno poco compatible con el desafío permanente e ilimitado, eso que se llama exhibición y provocación.

Paseaba yo el otro día por la Cava Baja de Madrid con Isabel, y nos apeteció, con gran acierto, entrar en la taberna “La Perejila”, que nos era desconocida. La dueña nos contó la historia del nombre y de muchos de los adornos que pueblan sus paredes y rincones. De sus bondades gastronómicas no me voy a ocupar porque no es este el ámbito, pero diré que salí satisfecho.

El caso es que estando allí sentados entró un personaje, más de ochenta, con una evidente capa de maquillaje, botas de ante con tacón grueso hasta más arriba de la rodilla, abrazando unas medias negras tupidas que se perdían bajo una minifalda malva con lentejuelas. Un body parcialmente transparente que mostraba, a los que miraran, unas carnes que tuvieron momentos de mayor firmeza, todo rematado por un turbante decorativo o, tal vez, con todo mi amor lo digo, que servía para enmascarar una alopecia en mayor o menor grado. Entró, se colocó en la barra, y con toda la naturalidad que el personaje permitía se puso a charlar con unos y con otros. Incluso con la dueña, lo que me hace pensar en un habitual del lugar. El caso es que me volví a Isabel y, con toda la ternura que el personaje y la persona me produjeron, sin un atisbo de conmiseración o de petulancia permisiva, le comenté que ese personaje si representaba, para mí, el orgullo.

Por su edad deduzco que la persona lo tuvo que pasar muy mal durante la época franquista, que vivió en su totalidad. A saber cuántas historias guarda en su memoria, cuántos horrores vividos, cuántas traiciones marcan su alma. A saber. Pero allí estaba, sin un ápice de exageración, hasta el punto que su vestimenta resultaba natural a pesar de lo estrafalaria. Su actitud no era provocativa, ni reivindicativa, ni recelosa, ni frentista. Era un ciudadano más, uno al que el personaje se le notaba más que a otros, pero que lo llevaba con más dignidad que la mayoría.

Sí, con él no tendría problema en sentarme y compartir sus sucedidos, en disfrutar de su compañía, en reivindicar con él  sus derechos, en alinearme con él en su normalidad frente a miradas y codazos, porque no hay nada más normal que la normalidad, ni más entrañable que alguien que reivindica su forma de ser sin aspavientos, sin cuentas pendientes, sin que la amargura de lo vivido haga responsable de ello a todo el entorno.

Claro que ningún radical estará de acuerdo conmigo, porque para ellos lo importante no es la educación del ciudadano, si no su adoctrinamiento, porque no buscan la igualdad si no la preponderancia, y para eso hace falta frentismo, descalificación y sembrar el miedo al pensamiento libre y a la discrepancia.

Afortunadamente vivimos en mundos distintos, y cada vez más separados.

Preparando el futuro

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Sábado, 31 de agosto de 2019

 

 

Solemos ser bastante superficiales. Tan superficiales que no hace falta engañarnos, basta con marcarnos el camino. Como las ovejas rebeldes, algunos, balaremos insatisfechos, intentaremos ir por un camino diferente al del resto del rebaño, pero al primer ladrido volveremos al redil sin preguntarnos qué mundo había al final del camino alternativo, por qué el perro obedece al pastor, cual es el objetivo del pastor y si existía alguna alternativa a nuestro comportamiento.

Así que como ovejas caminamos en una sociedad donde el perro son las medidas represivas y el pastor es el gobierno de turno. Pero, como en el caso de las ovejas, tampoco el pastor es nuestro dueño, en muchas ocasiones hay un dueño del rebaño que le marca al pastor los tiempos, los lugares y el destino final del ganado.

 

Pero dejemos los simbolismos de laso y vayamos a la cruda realidad, somos tan superficiales que, sabiendo lo que está mal, nos limitamos a hablar sobre ello sin poner soluciones y, sobre todo, sin analizar las causas últimas de esta insana y decadente sociedad que padecemos.

Nos quejamos de la ineficacia de los políticos, pero rara vez se nos ocurre pensar que esa ineficacia puede estar perfectamente estudiada para unos objetivos determinados.

Nos quejamos de la economía sin pararnos a pensar que esa economía puede servir a unos fines concretos y perfectamente planificados.

Nos quejamos de la educación sin siquiera darnos cuenta de que la educación puede crear una sociedad conveniente a una visión determinada del futuro.

Nos quejamos del empleo y aceptamos, incluso exigimos, el lastre de las mendicidades sociales compensatorias, porque es más cómodo poner la mano que esforzarse por defender unos derechos, unas necesidades, la reivindicación del trabajo.

Y así, paso a paso, tacita a tacita, el dueño del ganado puede que nos esté llevando a que la sociedad sea ese rebaño dócil y ciego que entrará en el futuro perfectamente acomodado para los fines perseguidos, un mayor beneficio y control del dueño del ganado.

Es conveniente, para lograr una visión correcta, empezar por el principio, y en este caso el principio es el futuro intuible, y la tecnología es el hecho diferencial que marca esa posible intuición, esas visiones, hasta el punto de que con tales perspectivas ha nacido un género literario, la ciencia ficción. Un género capaz de presentarnos posibles futuros imaginados por el autor en base a una evolución social y en los que la tecnología tiene un papel fundamental. Curiosamente no son los logros de las nuevas tecnologías los que suelen marcar la diferencia entre unas sociedades posibles y otras, si no el acceso a esas tecnologías y a su uso.

 Si reflexionamos mínimamente, nos daremos cuenta de que la tecnología es ese esclavo ideal que la humanidad lleva buscando desde el principio de los tiempos para saltarse la maldición bíblica que condena a la humanidad a ganarse el pan con el sudor de su frente. Y una vez que tenemos los esclavos idóneos ¿Quién necesita trabajar?

Esa es la pregunta clave, o al menos una de ellas. ¿Quién necesita trabajar? ¿Quién conviene que trabaje, y para quién? O, para ser más exactos, ¿A quién le conviene que el trabajo no desaparezca como medio de acceso a los bienes?

Nos quejamos con amargura de la inaceptable desigualdad económica, paro seguimos votando y dándole nuestro respaldo a las organizaciones responsables de mantener, de agrandar, esa ya casi insalvable brecha entre unos seres humanos y otros. Seguimos comprando ideología como si con las ideologías y sus falsos postulados pudiéramos lograr otra cosa que engañarnos a nosotros mimos y permitir que nos sigan engañando.

Las alternativas posibles son: una sociedad utópica, del ocio y la libertad, en la que el trabajo sea una contribución a la comunidad y el hombre disponga libremente de su tiempo y  de su espacio, o una sociedad distópica, de fractura y esclavitud, en la que tecnología esté en manos del poder económico que racione su acceso y la use para un mayor sometimiento del resto de la sociedad. Evidentemente, hablo de los modelos absolutos.

¿A cuál de las dos visiones apunta la situación actual y las leyes e iniciativas que se van produciendo? Me temo que a la segunda. En realidad no me lo temo, lo veo con una claridad meridiana. Llevamos tres décadas de absoluta involución en el camino de una sociedad mejor, más justa, más libre. Llevamos tres décadas de labor incansable preparando la distopía.

He apuntado al principio de esta reflexión de ciertas carencias en distintos ámbitos, pero también he apuntado, y me reafirmo, en que esas carencias pueden ser intencionadas. ¿Qué pasaría si transformo esas carencias en logros? aunque estos logros no coincidan con los que inicialmente se supondría que serían los deseables. Veamos.

 Nos quejamos de la ineficacia de los políticos, pero si lo que intento es una sociedad enfrentada y sin capacidad de lucha, una sociedad sin nadie que represente sus reivindicaciones y sin caminos para expresarse, una sociedad sometida al miedo de la represión, del terrorismo, de su propia libertad, resulta que los políticos están siendo altamente eficaces. Impecables, diría yo. Estamos dispuestos a renunciar a lo que sea para salvarnos de una inseguridad que en muchos casos es más ficticia que real. Estamos dispuestos a renunciar a la libertad, a la justicia… a lo que nos pidan a cambio de estar confortablemente seguros, inmersos en debates ficticios o ajenos s nuestras carencias. Y los políticos, y sus jefes, lo saben y lo manejan con absoluta eficacia.

Nos quejamos de la economía, pero esa brecha social, esa cada vez más abismal diferencia entre ricos y pobres es fundamental para establecer los niveles de acceso a la tecnología liberadora, es fundamental para dejar una clase intermedia que sirva de acicate a los de una clase más baja, con anhelos y sin accesos, para crear unas expectativas sobre prebendas y derechos que nunca se cumplirán. Y esa clase intermedia será al mismo tiempo el más feroz guardián de los “merecidos” privilegios de la clase alta, con la esperanza de que tal vez los lleguen a compartir, evitando que la clase baja pueda medrar y poner en peligro la inaccesibilidad de la clase dominante. Esa clase media que aspirará a ser clase alta mediante un golpe de suerte: juego, trabajo, negocios o delincuencia, sin apenas ninguna posibilidad real, pero que en su lucha por lograrlo será la primera fuerza de choque, la gran fuerza de choque que usará la élite contra la clase baja, ofreciendo consolidación de privilegios a cambio de injusticia ajena.

Nos quejamos de la educación, y no reparamos en que las políticas educativas están encaminadas a fomentar la mediocridad y la desigualdad intelectual, y por tanto social. Solo las mentes más brillantes, en muchos casos necesarias para el progreso de la clase dominante, tienen opción de salir de ese marasmo de incapacidad educativa que suponen los consecutivos, y demenciales, planes de estudios que se suceden sin orden ni concierto. Hay que premiar la mediocridad, hay que desanimar cualquier intento de excelencia que no sea capaz de salir a flote por sí mismo. Lograremos con ello una sociedad de analfabetos funcionales, de ciudadanos con una preparación aparente, pero irreal, que nunca aspirará a otra cosa que al funcionariado, al sueldo seguro, al sometimiento ideológico y a señalar con frustración cualquier intento que consideren que pone en peligro su plato de sopa. Una sociedad incapaz de pensar por sí misma, incapaz de identificar sus problemas reales y, cuanto menos, de luchar por solucionarlos, incapaz de reclamar el derecho a su participación en su destino, incapaz, llegado el momento, a reclamar el ocio o el trabajo que la tecnología le permita y dispuesta a luchar, educada en la competitividad y no en valores, con ferocidad entre sus miembros por la migajas presentadas como beneficios. Y a día de hoy el planteamiento educativo es altamente eficaz para estos fines.

Nos quejamos de la precariedad laboral, de la carencia de trabajo, del difícil acceso a la estabilidad, pero en realidad no parece que esto sea más que un paso intermedio hasta alcanzar la situación en la que el trabajo sea un privilegio otorgado por las clases dominantes como única vía de acceso a las tecnologías liberadoras. Una sociedad dividida entre los que dan trabajo, los que trabajan y los que viven de la mendicidad social. Cuando las nuevas tecnologías sean capaces de realizar todas las labores no cualificadas, incluso muchas si cualificadas, ¿quién obtendrá el privilegio de trabajar? ¿El privilegio de tener acceso a una medicina, una vivienda, una educación, reservadas solo para los que puedan pagarlas? La clase media productora y de servicios que necesite la clase privilegiada y que ella misma elija, y, por supuesto, la clase dirigente. Proliferarán las mafias que hagan creer a las clases bajas que hay oportunidades de acceder a esos mimos privilegios mediante condiciones de esclavitud personal de cualquier tipo, y los mercados negros de bienestar y de salud en los que los más necesitados e incautos enterrarán sus últimas posibilidades. Nada nuevo, por otro lado.

En realidad, al final, solo hablamos de libertad. Porque al final, y por eso es tan importante, el acceso a la tecnología podría ser el detonante de una igualdad y una libertad reparadoras de tanta injusticia, pero si solo es controlada por ciertas manos, por las manos que actualmente la controlan, solo servirá para acrecentar brechas y marcar un camino a un Matrix de consecuencias indeseables para la mayoría de la humanidad.

La clase dominante es libre, la clase media cree ser libre y la clase baja cree aspirar a la libertad, y, según la ideología que elija, cree que puede lograrla arrebatándosela a los que ya la tienen, o que, simplemente, puede alcanzar la situación de clase dominante por algún medio reconocido por esa clase. Y ambos caminos son falsos. El problema, ese que no somos capaces de identificar, es que en este momento la libertad no es una aspiración, no es un derecho, es una moneda a la que cada vez es más difícil acceder, y la clase dominante está encareciendo la posibilidad de adquirirla a cada día que pasa. El que avisa no es traidor, y el que adopta una ideología ayuda a construir la distopía que nos tienen preparada, a dividir a la humanidad en facciones que se enfrentan porque se lo dicen sin reparar en que solo hay un vencedor, y que, gane quien gane, es siempre el mismo.

Están preparando el futuro, y no nos va a gustar, o, y para eso trabajan ahora, acabaran logrando que ignoremos lo que nos gusta.

La sociedad de los tres monos

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Miércoles, 21 de agosto de 2019

Me preocupa esta sociedad. Me preocupa la incapacidad evidente de enfocar los problemas correctamente. Me preocupa, con preocupación presente y futura, el abismo intelectual, social y educativo con el que las ideologías de diferente índole y cariz la van castigando hasta sumirla en una dicotomía que lastra su solidaridad, envilece su pensamiento y destroza su capacidad de enfrentar correctamente aquellas cuestiones que le hurtan la esperanza de poder ser mejor.

 

 

No hace tanto que, con gran revuelo mediático, el gobierno propuso subir el salario mínimo interprofesional a mil euros al mes. No hace tanto que, con gran revuelo mediático, los poderes económicos se hacían cruces y anunciaban catástrofes inenarrables para la economía de este país. No hace tanto que oyendo a unos y a otros no sabía si se me caería la cara de vergüenza, ajena, o podría contener con algún éxito el descuelgue de mandíbula que el despliegue informativo, perdón, el despliegue opinativo, estaba llegando a producirme.

¿Era posible tal desfachatez por parte del gobierno? ¿Era posible tal falta de ética por parte de los poderes económicos? ¿Era posible tal falta de objetividad y visión de la realidad por parte de una sociedad dispuesta a alinearse ciegamente con quién su querencia ideológica lo demandara?

Sí, era posible. Era, es, y parece ser que será, lamentablemente posible.  Pero vayamos por partes, por protagonistas.

El nombre de salario mínimo interprofesional me parece una burla tal como está enfocado, tal vez salario de incapacidad supervivencial, o salario de incapacidad adquisitiva, o, directamente, tomadura de pelo, que al final es lo que es.

Se supone que el salario mínimo interprofesional, SMI para no tener que escribir tanto, y porque ya todo se nombra por siglas, debe de garantizar una retribución digna a cualquiera que desarrolle un trabajo. Se supone, digo bien, porque me gustaría saber con qué parámetros se calcula, por qué mil y no novecientos ochenta o mil cuatro con treinta y tres. ¿Qué se supone que garantiza ese montante? ¿Cuánto le cuesta al empresario? ¿Se garantiza también a los autónomos? A esto último, que es lo más evidente, la respuesta rotunda es no, ya se encargan el estado y su sistema retributivo de provocar, si la coyuntura lo requiere, que los ingresos de los autónomos puedan ser incluso negativos. Luego, primera tomadura de pelo, o los autónomos no desarrollan labor retribuible y solo se dan de alta por alegrar a la AT, o no son profesionales a pesar de sus profesiones, por lo cual no se pueden dar por aludidos. Es decir, que en el peor de los casos los autónomos tienen que pagar por trabajar, o por la expectativa de llegar a hacerlo.

A la primera pregunta la respuesta también es clara, suponerse se puede suponer lo que se quiera, pero la realidad es que garantizar, lo que se dice garantizar, tal como está la vida, no se garantiza con el SMI otra cosa que una imposibilidad de supervivencia individual. En la mayoría de las ciudades españolas no se puede acceder a una vivienda, pagar los costes de agua, energía y otros, preocuparse de una manutención razonable y hacer frente a otros gastos que la recaudación grava y el mercado alza, con los mil euros de los que hablamos, y si alguien tiene alguna duda, que lo pruebe, se le quitarán las dudas de golpe.

A la segunda también vamos a buscarle las vueltas. Más, al empresario le cuesta un porcentaje más que sale de su beneficio, o sea, el trabajador gana más, el empresario paga más y gana menos y el estado recauda más a la vez que justifica más impuestos para hacer frente a un gasto que no solo no soporta, si no que le beneficia. Y, como es lógico, los empresarios protestan. Sobre todo los pequeños y medianos empresarios, esos que, siendo autónomos por obligación, tienen que buscar la forma de financiar algo que en muchos casos no tienen de donde detraer y que, además, no tienen  acceso a los beneficios fiscales de las grandes empresas. Pero eso no importa, porque al ser empresarios, para una gran parte de la población, son insolidarios, millonarios y explotadores. Así los presenta el imaginario que ciertas ideologías manejan y que difícilmente se corresponde con la realidad, a poco que se tire de libros y resultados.

Así que nos encontramos con una tesitura en la que nada es verdad, ni nada es mentira, ni nada es del color del cristal con que se mira, salvo para los que llevan una retina deformada por alguna ideología, una gran parte de la sociedad, desgraciadamente.

Podríamos entonces convenir en que todos los actores sociales intervinientes en la trifulca tienen razón, casi todos. Los trabajadores porque el SMI es insuficiente para vivir de una forma mínimamente digna. Los empresarios porque el estado se aprovecha de su posición para gravar sus beneficios a cambio de nada. Bueno, de nada no, de propaganda para la ideología del demagogo de turno. Los autónomos porque a ellos nadie les garantiza nada, y los jubilados porque su pensión es inferior a ese baremo de supervivencia que los gobernantes se sacan de una chistera sin fondo, sin forro y sin vergüenza.

Aumentar el SMI es imprescindible. No gravar a los pequeños y medianos empresarios para lucirse es de justicia. Igualar las pensiones mínimas al SMI es de sentido común. Extender el beneficio a los autónomos es, simplemente, aplicar una justicia igualitaria. Y lograrlo, lograrlo es el problema con un sistema poco interesado en las soluciones reales y muy pendiente de las alharacas ideológicas, que es para lo que está montado.

Ni la derecha, preocupada por favorecer a las grandes fortunas y a las grandes empresas, está interesada en que el SMI sea otra cosa que un parámetro vendible, ni la izquierda, preocupada en exprimir al mediano y pequeño contribuyente mientras dice que su objetivo es el grande, está interesada en que el SMI sea otra cosa que un parámetro vendible.

Para que el SMI fuera un parámetro coherente tendría que calcularse de forma que realmente supusiera una estimación fiable del costo real de la vida por individuo, en base a los verdaderos costos de las partidas fundamentales. En ese momento, además, serviría como base referencial de otros muchos indicativos económicos y permitiría la elaboración de una fiscalidad con vocación de justicia distributiva. Podría analizarse el enriquecimiento, definir la acaparación, analizar los beneficios empresariales y referenciar tantos otros parámetros fundamentales para una justicia distributiva en SMIs. O sea, nada que interese a nadie.

Y no interesa a la derecha porque tirará del famoso mito de que con un sistema realmente distributivo se alimenta a los vagos, y a los pícaros que buscaran la forma de cobrar sin trabajar, que haberlos haylos y suelen ser los que más protestan, falacia fácil de desmontar si el interlocutor tiene algún interés más en el tema que el de defender una posición ideológica o repetir imperturbable los mantras aprendidos sin necesidad de demostrarlos ni de demostraselos a sí mismo. Y no interesa a la izquierda, porque siendo una suerte de derecha camuflada, de contra derecha, no necesita pensar en nuevos sistemas, cuanto menos de ponerlos en marcha, o simplemente pensar, si para lo que realmente quiere, que nada tiene que ver con una justicia distributiva, no necesita devanarse los sesos y lo puede obtener empobreciendo a los demás subiendo los impuestos y aumentando el déficit, que ya vendrán otros que lo paguen con el dinero que no es de nadie.

Realmente, como bien decía al principio, me preocupa esta sociedad de monos que no ven, no escuchan, y son incapaces de hablar para pedir: libertad, igualdad y fraternidad reales. Una sociedad capaz de mirar con equidad a sus miembros y proyectarse hacia un futuro de esperanza. Una sociedad basada en valores diferentes al enriquecimiento, el poder, el acaparamiento y la competencia. Ya sabéis, hablando cómodamente, una utopía.

Los viejos selfies

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Miércoles, 14 de agosto de 2019

 

Hola papá:

 

Hace ya meses que hablamos por última vez, hace ya meses que mi falta de tranquilidad, mi imposibilidad de sentir el duelo a la que estoy sometido por las cuestiones mundanas, tú ya sabes de qué te hablo, ha medio cegado esta vía de comunicación de la que nos hemos valido durante tu enfermedad. Esa enfermedad tantas veces negada y en la que tanto hemos sufrido durante tu última etapa.

Supongo que habrás visto al Tío Julio. Fíjate, la de cosas que superó durante su vida y ha sido incapaz de superar tu muerte. Me lo decía Alma, no levantó cabeza desde que se enteró de que habías muerto, pero ya estáis los tres ahí, los tres de mi infancia y casi adolescencia: Mamá, el tío y tú.

No te voy a contar muchas cosas de las que aquí han quedado, son excesivamente penosas y no nos aportan nada a ninguno de nosotros, solo, si te acuerdas, dile a mamá que cuanta razón tenía respecto a ciertas personas, cuanto odio, cuanta rabia, cuanto pensamiento negativo pueden albergar algunos seres humanos. Como ella bien decía es imposible ser feliz cuando solo se tienen pensamientos negativos hacia los demás.

Pero quiero centrarme en lo que quería contarte. A ella le escribiré cuando consigamos desentrañar toda la miseria que aquí nos ha quedado.

Llevaba tiempo intentando escribirte, pero siempre he roto todo lo que escribía. Eran palabras tristes y sin contenido, palabras que no tenían otro mensaje que la queja o el retrato de una situación sin pies ni cabeza, y para eso, ya me basto yo. Además supongo que donde estés habrá un filtro para evitar que las cuitas y miserias de este mundo lleguen a contaminar ese.

Nada, que me enrollo. El motivo principal de esta carta, en realidad la necesidad de poder hablar contigo es realmente el principal, es una foto. Una foto trucada e inesperada. Una foto que al recibirla me turbó de tal manera que tardé un tiempo en recuperarme, una foto tuya que nunca te hicieron a ti.

Ya sabes que en estos tiempos, aunque a ti ya prácticamente no te pillaron, todo el mundo usa los teléfonos móviles para sacar fotografías, incluso se ha puesto de moda hacerse fotos a uno mismo y se llaman “selfies”. Sí, claro que me acuerdo papá, como no, de cuando usabas los carretes de 36 fotos para todo un verano, o para un viaje, porque luego había que llevarlas a revelar y costaban una pasta, y además a veces pagabas por revelar fotos que ni se sabía que habían reflejado, o las veladas, que daban aún más rabia. En estos tiempos que corren la cosa es distinta, treinta y seis fotos se hacen en un pispás, se revisan en el momento y se borran las que no sirven. Y es que los tiempos adelantan “que es una barbaridad”.

Bueno, pues no queda ahí la cosa, ahora resulta que esas fotos se pueden manipular usando programas especiales. Que si las retocas, que si les pones un filtro de color, que si las conviertes en dibujos, que si… que sí, que se puede hacer todo eso y más. Tanto más se puede hacer que uno de esos retoques es la causa de estas letras.

Uno de esos programas que te comento envejece aparentemente a las personas. No te puedo explicar cómo, pero lo hace. En la mayor parte de las ocasiones se limita a añadir alguna ojera, algún descuelgue y alguna arruga para lograr el resultado de una vejez previsible. O eso es lo que yo creía y había visto, hasta que el otro día tu nieto me mandó una foto suya que había pasado por el dichoso programita. Tardé en entender la foto. Tardé en recuperarme de la impresión que me produjo. La foto de Yago envejecido era una foto tuya. Esta vez el programa había tirado de genes.

Siempre hemos sostenido que Yago se parecía más a la familia de Isabel que a nuestra rama. Es más, si lo miras ahora, sin el filtro, difícilmente aprecias en él ningún rasgo tuyo.  Pero parece ser que el programita en cuestión no se sintió aludido por nuestra perspectiva y envejeció a Yago hasta lograr un retrato de su abuelo, un retrato más tuyo que de él.

Te lo envío para que lo veas. Tal como ya he avisado a la gente, yo no pienso pasar ningún retrato mío por el tal filtro, primero porque cuando uno ya tiene arrugas propias a lo peor el programa se las borra, o sea que el envejecimiento de la vejez resulte un rejuvenecimiento, pero segundo, y aún más importante, porque después de la experiencia de Yago no quiero ver mi foto convertida en alguien a quien recuerde. Y es que, en contra de lo que piensan muchos, no siempre todo lo que se puede hacer, apetece.

Un beso papá. Hasta la próxima. Saluda a los que estén contigo.

Hoy, ahora, contigo

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Domingo, 11 de agosto de 2019

La muerte es solo un instante, un umbral, una esperanza. No se puede hacer del miedo el tamiz de todas las vivencias, no se puede ser feliz con la permanente presencia del mañana incierto. Hay que enfrentarse al instante sin secuelas, a la vivencia con la inconsciencia de quien no ha tenido ni tendrá otras vivencias, al momento con la insaciable sed de quien apura hasta el fondo el recipiente de lo cotidiano. Sin tiempo para pensar, sin necesidad de anticipar, sin ánimo de comparar ni recordar aquello que por ya sido, por porvenir incierto, pueda manchar irremediablemente lo único cierto, hoy, ahora, contigo.

La Trampa

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Jueves, 8 de agosto de 2019

Es muy habitual, sobre todo en tiempos de elecciones, oír hablar de un concepto más resbaloso que resbaladizo y que siempre concluye como la famosa frase de Quevedo: “fueronse y no hubo nada”. Hablo de la redistribución de la riqueza.

 

El concepto en sí mismo ya es tramposo. Cada vez que se produce una transacción económica se lleva a cabo una redistribución de la riqueza, pero no es en este sentido en el que oímos a los políticos hablar de este tema, si no en el sentido  de que hay que intentar que la riqueza se distribuya uniformemente entre toda la población, en el sentido de habilitar mecanismos económicos que persigan una igualdad patrimonial que esos mismos mecanismos desmienten.

Hace ya mucho tiempo, tanto que la abuela tortuga no llega a recordarlo…, perdón por esta introducción de cuento para explicar un cuento, que los que detentaban el poder inventaron el concepto básico  de cómo hacerse con parte de la riqueza que generaban aquellos que estaban bajo su dominio, los impuestos, y como justificar la tropelía, haciendo de un despojo una forma de extraña de prestar servicios comunes. Eso sí, cuanto más absoluto era el poder menos beneficio revertía en los contribuyentes. Cuanto más absoluto era el poder  más opaca era la inversión de lo recaudado.

A nada  que se piense con un poco de lógica aplicada, si es el poder siempre el que determina las reglas y cuantías de la contribución que para sus fines necesita de los que producen, y los mecanismos por los que los que contribuyen tienen acceso a controlar en que se usa la parte de su riqueza, que el poder considera, coercitivamente, que le corresponde para llevar a término su pervivencia, son escasos o inexistentes, es inevitable darse cuenta de que el poder utilizará en primer término su fuerza disuasoria para su propio beneficio.

Es decir, una institución no productiva pone en marcha un sistema por el que se obliga a una solidaridad no siempre consentida a aquellos que sí producen a cambio de unos beneficios, teóricos, uno de los cuales, y de los costosos, es el sistema coercitivo que se empleará, entre otras cosas, para obligar al cumplimiento de los no conformes, que pagan de esta manera su propia represión, imponiéndoles unas reglas y cuantías que no siempre, en realidad casi nunca, son justas, y además se les escarnecerá públicamente tachándolos de insolidarios y delincuentes.

Por si misma esta situación desmiente la bondad del concepto. Un sistema que necesita represión no es solidario, y casi con toda seguridad no es justo. Un sistema que utiliza parte de sus recursos, una parte cada vez más importante, en perseguir y sancionar a los disidentes, es un sistema implícitamente perverso. No se puede imponer la solidaridad, se pueden imponer conceptos negativos que la suplantan bautizándolos con nombres de ideales, cuya consecución no es objetivo real, como puedan ser: el bien común, los servicios sociales o la redistribución de la riqueza. Ideales cuyo logro quedan flagrantemente desmentidos tanto en los presupuestos de cualquier estado como en la vida real y cotidiana.

Así que la recaudación de impuestos no es otra cosa que una forma de obligar a los individuos a que prescindan de parte del beneficio obtenido de su trabajo para que otros que no producen ningún beneficio, conocido al menos, decidan que necesidades, pretendidamente comunes aunque no siempre lo sean, tienen que cubrirse con esa merma de la remuneración personal.

¿Está un pacifista satisfecho con su contribución a la defensa? ¿Está un jubilado conforme con sus carencias mientras contempla como ciertos pretendidos representantes de su situación tienen prebendas que él no puede alcanzar? ¿Está un empresario satisfecho mientras ve como las leyes que se aprueban con su contribución lesionan gravemente las posibilidades de pervivencia de su negocio? Por poner los ejemplos más populistas, dejando de lado los más sangrantes y complejos. Lo dudo. Otros me hablarán, para rebatirme, de la sanidad, de las infraestructuras, de la educación… y yo les hablaré de donde están todas las carencias que los estados permiten.

Habrá en este caso quién me hable de izquierdas y derechas, como si esa falacia tuviera algo que ver con la realidad del problema. Los impuestos se inventaron antes que las ideologías, y las ideologías lo único que han hecho ha sido reinterpretar el sistema en su propio interés. La prueba está, como siempre basta una mirada sin improntas ideológicas, para comprobar que nada ha cambiado, aunque nada sea igual. Defiendo la perversidad del sistema, no su falta de inteligencia. Por lo que se cambian impuestos por libertades, que no tienen costo, pero no se garantizan más allá de lo que los individuos, o el grupo de presión al que pertenecen, son capaces de defender por si mismos.

La derecha defiende la mínima intervención directa del poder a cambio de una desigualdad cada vez mayor permitiendo una acaparación sin límites y apenas interesándose por los más desfavorecidos. La izquierda promueve la máxima intervención posible de tal modo que el poder se erige en garante de sí mismo y la redistribución de una pobreza provocada por la falta de libertad individual. Hablo, claramente, de situaciones extremas, pero no por extremas menos ciertas. Como si de una función matemática se tratara diríamos que x = f(n) tendiendo n a infinito, siendo f los impuestos y n el importe. Para n= 0 estaríamos en una extrema derecha ideal, y para n=infinito en un extrema izquierda tan ideal como la extrema derecha ya mencionada.

Creo que hay una referencia histórica que describe la absoluta perversidad del sistema de recaudación de impuestos. Son tiempos de Luis XIV y Francia, en realidad el rey, necesita dineros para dotar las guerras que sostiene, teóricamente para aumentar la gloria de Francia, en realidad la gloria, el poder y la riqueza del rey de Francia y de su élite. La única salida es aumentar los impuestos, y en tal sentido Colbert, el ministro de finanzas, se dirige al cardenal Mazarino explicándole que no encuentra la forma de gravar más a una población castigada ya al límite. Mazarino, lejos de compartir las cuitas de Colbert le da una norma que todos los ministros de hacienda de todos los gobiernos tienen en la cabecera de su mesa como guía y faro: “Hay una enorme cantidad de gente entre los ricos y los pobres. Son todos aquellos que trabajan soñando en llegar algún día a enriquecerse y temiendo llegar a pobres. Esos son los que debemos gravar con impuestos, cada vez más, ¡siempre más¡. A esos cuanto más les quitemos más trabajarán para compensar lo que le quitamos. ¡Son una reserva inagotable¡”

 

 

Releyendo la frase se puede paladear toda la perversión que implica. No solo el cinismo sobre la clase media y la burguesía, también sobre las clases intocables. Los pobres son intocables porque si sobrepasamos el límite de lo que les quitamos perdemos al contribuyente. Los ricos porque su verdadero valor está en que siempre podemos, en caso de necesidad, comprar parte de su riqueza a cambio de prebendas que a la larga los harán más ricos.

Intentando concluir, cuestión ya de por sí cuestionable, la de concluir, y para aquellos bien intencionados:  confiar en que el sistema impositivo basado en una apropiación porcentual de la riqueza individual en función de su producción, o riqueza pasiva, pueda contribuir a una redistribución justa de las riquezas es una falacia que solo el poder puede manejar con desparpajo, y con medios detraídos de otras necesidades reales para poder imbuir en la sociedad esa falsa convicción. Lo que se llama propaganda. El hecho de que se permita que ese sistema, además, sea prerrogativa del poder, es como poner a la zorra a cuidar a las gallinas.

Si alguna vez alguien pretende redistribuir la riqueza, si alguien alguna vez tiene un fin justo, solidario, si alguna vez alguien está más interesado en compartir que en acaparar, si alguien alguna vez es más propenso a servir que a servirse, si en algún remoto e inconcebible futuro el administrador está interesado en los administrados y más preocupado por administrar que por recaudar, seguramente empezará por proponer unos límites de enriquecimiento y empobrecimiento que eliminen de la sociedad el lujo y la miseria, que son los extremos de una injusticia social. Si alguna vez la solidaridad es una necesidad común palpable y aceptada, el recorrido estará claramente garantizado.

Tal vez entonces, y solo entonces, entendamos qué es la redistribución tolerable de la riqueza y hayamos logrado comprender la trampa que el sistema tradicional de impuestos supone para aquellos que no son ni el poder ni su élite asociada. Si alguna vez la sociedad llega a asumir que la igualdad no existe, pero que la equidad es un estado alcanzable, habremos recorrido una parte importante del camino. 

¡Utopía¡, gritarán muchos ante mis palabras. ¡Distopía¡ me permito yo gritar ante sus hechos, sus pertinaces, mendaces e históricos hechos.

La CN(I)C

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Domingo, 4 de agosto de 2019

Hay organismos que simplemente analizando su nombre dan una idea de lo que se puede esperar de ellos. Habitualmente esconden la frustración de su vocación tras acrónimos que no significan nada, ni lo que hacen, si es que lo hacen, ni lo que dejan de hacer, si es que hacen algo, ni lo que deberían de hacer pero no hacen, si es que… me repito.

 

Hay entre todos uno que por su absoluta incapacidad, al menos por su absoluta incapacidad para que nos demos cuenta de que intenta hacer algo, me produce una especial ternura. Furiosa, indignada, rabiosa, pero ternura. Y es que el pobre organismo empieza sus problemas ya por su propio nombre, que es difícil que pudiera ser más inadecuado para las funciones que se supone, que ya es suponer, que debe de desarrollar.

 

Hablo de la CNC. Ya, la mayoría de ustedes ni siquiera sabe de lo que le hablo. Pues es un consuelo, porque una vez que lo identifique la mayoría de ustedes no sabrán para que sirve, y eso es, aún, peor.

 

La CNC es la guinda de un pastel que tiene a partes iguales desfachatez, desahogo, avaricia, de la de saco reforzado para que no se rompa, y abuso. Hablo del pastel político de las grandes corporaciones nacidas de la privatización y liberalización, por el bien de usuario y la libre competencia, de la energía y las comunicaciones, fundamentalmente.

 

Porque se supone que la, ¡ay¡ Don José que me da la risa y no puedo decirlo, privatización de las empresas nacionales de energía, Campsa, y comunicaciones, Telefónica, y la entrada de nuevas empresas de capital extranjero de los mismos sectores, haría que la competencia, y es que ya me duelen los costados de tanto reír, abarataría los precios y mejoraría la calidad de servicios a los usuarios, o sea, perdón que me seque las lágrimas un momento, nosotros.

 

Y es que cada vez que algún político dice que va a hacer algo por nuestro bien, que por cierto nunca nos ha preguntado antes, yo saco la cartera, miro lo que tengo y calculo cuanto menos me va a quedar, eso sí, por mi bien.

Es más, si la RAE me consultara, que ya sé que no lo va a hacer, yo haría una entrada a beneficio ciudadano que diría más o menos: “x. Política. Acción de gobierno encaminada a empeorar la situación de los ciudadanos, de coste desmesurado y beneficio de los representantes políticos elegidos por ellos.” Tal cual, sin más historias.

 

Pero no nos desviemos de nuestro tema principal, de nuestro actor protagonista, del papel de villano útil que le otorgó el guión de esta película, de la CNC.

 

Alguien pensó, si establecemos una libertad, ya empiezo otra vez con la risa nerviosa, de mercado tendré que establecer un organismo, más impuestos, más funcionarios, más burocracia, que vigile que parezca que se hacen la competencia entre ellos, que es la justificación primera del latrocinio cometido. Y crearon la CNC, la Comisión Nacional de la Competencia, cuyo nombre ya daba pistas sobre sus funciones, sí, pero sobre todo sobre su ineficacia, que al fin y al cabo es imprescindible para el enriquecimiento, no solo de los accionistas, que tendría un pasar, si no de los consejeros correspondientes que son, en su mayor parte, políticos en decadencia designados por sus partidos para un retiro feliz y altamente remunerado, y figuras emblemáticas del capitalismo más descarnado que controla estas empresas, encargados, a cambio de generosa remuneración, de llevar a la empresa por donde el poder, el político y el económico, lo necesiten. ¿Y el beneficio del ciudadano?, es evidente, aún podía pagar más de lo que paga. 

 

¿Y la CNC? A lo suyo, como esos empleados que se quejan de toooodo el trabajo que tienen y nunca hacen nada, a emitir comunicados, publicar multas, ineficaces, ridículas en su cuantía y a destiempo, y a quejarse, como no, de que no dan abasto. Ni abasto ni a no basto. Simplemente son de una ineficacia perfectamente útil para quien corresponda.

 

Ya llamándose comisión  cualquier ineficacia le puede ser supuesta. Una comisión al fin y al cabo una comisión no es otra cosa que un conciliábulo de expertos encargados de estudiar una situación y sus posibles salidas durante el tiempo suficiente para que la situación cambie y las soluciones no sirvan para nada. Y lo cumple, a pies juntillas, la CNC cumple su papel como comisión sin la más mínima concesión a la eficacia o a la función ejecutiva.

No voy a decir nada al término Nacional. No me voy a para a explicar que la mayoría de estas empresas nacidas con recursos nacionales está ahora en manos de capital extranjero. No le voy a dedicar ni un minuto.

 

Pero hablemos de competencia. Teóricamente la comisión nació para evitar que las grandes empresas se pusieran de acuerdo y actuaran como un monopolio encubierto. Si, justo, eso que en la actualidad hacen. Porque, ¿quién recuerda una bajada real de la gasolina?, ni siquiera cuando durante meses el petróleo bajaba y bajaba, la gasolina al consumidor reflejó esa bajada de la materia prima. Pero, ¡milagro de milagros!, en cuanto el petróleo empezó a subir el precio de la gasolina subió con ansia. Podríamos hablar de la electricidad, de cómo en un par de años nuestros recibos prácticamente se han duplicado, aunque nos vayan cambiando la forma y tiempo de la facturación para evitar que podamos hacer comparaciones engorrosas para ellos. Vale, vale, hablemos del agua. NO, tampoco el agua. O del cine que durante años reclamó, por el bien del espectador, la bajada del IVA cultural. Bueno, ya bajó. Digo el IVA cultural porque los precios de las entradas han subido.

 

¿Dónde está el CNC? ¿A qué se dedica? ¿Cuándo y en qué trabaja? ¿Hasta cuándo nuestra paciencia nos obligará a pagar porque nos tomen el pelo? Ya, ya, toda la vida. Estamos tan ocupados ideológicamente peleando por esos temas que a los poderosos le interesan que nos olvidamos de reclamar lo que a nosotros realmente nos interesa.

 

Hoy he hablado de la CNC, yo le llamaría CN(I)C, con la i de incompetencia bien marcada, pero mañana podemos hablar de la inutilidad ciudadana de otras entidades. Es más, podríamos hablar del concepto nocivo, para el ciudadano de a pié, de gobierno. Pero, parafraseando a los añorados Tip y Coll, mañana, mañana hablaremos del gobierno.

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