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Historias escritas por RafaelVillar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Sombras y sueños

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

15 de junio de 2019

 

Con pereza las horas van borrando el sendero
y las sombras que acechan van ganado el terreno.
Anhelante de sueño dejo atrás los luceros
que la noche golosa va tiñendo de negro.

Ya las sombras son negras, las vivencias sueños,
los parpados pesan, los ojos me pican, me llama Morfeo
que me invita a su reino.
Fantasía, zalamera, me envuelve en sus velos.

La nada me reclama, me acuna, me acuesta en el lecho,
y yo rendido, sin fuerzas, me abandono y duermo.
Mañana, si existe, si existo, si es que alcanzo a verlo,
empezaré de nuevo, desgranando las horas, de nuevo.

La vida sigue igual

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

11 de junio de 2019

Repasando los artículos escritos en fechas semejantes de años anteriores me he encontrado uno titulado “Por Ambos lados” del año 2015 que comenta los resultados de las elecciones que entonces se llevaron a efecto.

© Ángela Zapatero – plazabierta.com

 

Lo confieso, me ha costado resistirme a incurrir en la práctica del corta y pega y publicar exactamente el mismo artículo cambiando algunos nombres, de personas y de partidos, en la sección de actualidad.

Han pasado cuatro años, cuatro, y como si hubieran pasado cuatro días. Todo sigue igual. Tan sospechosamente igual que hay un montón de variaciones que no afectan al fondo del asunto. Porque,  me digo yo, si lo único que cambia no es lo relevante, ¿no será que alguien se dedica a cambiar lo que no importa para evitar cambiar lo que sí importa?

Decía el artículo:

“Por un lado no ha cambiado nada, todos los partidos se consideran ganadores según el criterio que les conviene, pero por otro lado todo ha cambiado con la irrupción de nuevas fuerzas políticas y la desaparición prácticamente total de algunos partidos.

Por un lado los ciudadanos han fragmentado su voto con la aparente intención de evitar la falta de control sobre el poder de la que hemos adolecido en los últimos tiempos en este país, pero por otro lado la necesidad de los partidos de “pillar cacho” los lleva a buscar desesperadamente alianzas que reproduzcan en mosaico el monolito.”

“Lo que en ningún caso parecen haber votado los ciudadanos es el mercadeo, el intercambio de cromos, el frentismo, la división, la mentira, el escamoteo de sus deseos, el espectáculo del triunfo universal, la persecución, la vuelta a la tortilla, que siempre exige otra vuelta más, y otra, y otra.

Por un lado el fracaso una vez más de una ley electoral que no garantiza más que la creación de perversiones, de nichos, de mafias de poder, por otro el deseo de una ley que permita la elección directa de representantes y expresar las diferentes sensibilidades de cada votante que no tienen que corresponderse con las de ningún partido concreto.

Por un lado, como cada vez, como siempre, la voluntad de los ciudadanos de formar una sociedad libre y plural, harmoniosa en convivencia y comprometida con su futuro, por otro, como cada vez, como siempre, la voluntad de los partidos de conseguir el poder a costa de lo que sea y eliminar toda pluralidad que atente contra su predominio y el inmoral, el infecto, el desmoralizador medraje de sus mediocres cuadros.”

Hasta aquí el corta y pega. Sí, estos párrafos, los entrecomillados, pertenecen a hace cuatro años. Y a hoy mismo. Y, si seguimos el mismo camino, a dentro de unos cuantos años, cuatro y más.

Oigo permanentemente la necesidad de cambiar la constitución, es ya una especie de mantra o latiguillo previo a cualquier debate político, pero, curiosamente, ninguno de los que lo menciona lo hace para solucionar los desaguisados que sí le preocupan al ciudadano de a pié.

Que si República o monarquía, que además es una falacia, porque visto el panorama político tendríamos que elegir entre monarquía republicana, la que tenemos, o república monárquica, la que se montara el partido de turno con su líder reyezuelo como Jefe del Estado. Virgencita, ¡que me quede como estoy!

Que si hay que cambiar el modelo territorial. ¿Otra vez? En palabras llanas, ¿Qué ventaja supondría para el ciudadano de a pié ese cambio? Claro, ninguna, solo cambiarían determinadas reglas de cómo repartir el poder y los impuestos, sin corregir desigualdades, sin corregir los fallos evidentes del actual, sin evitar que los ciudadanos de unos territorios sean privilegiados a cuenta de otros. Pues tampoco veo la necesidad acuciante.

Pero sobre la ley electoral, y el escamoteo permanente que un sistema partidocrático ejerce sobre el control electoral de los ciudadanos, nadie dice nada, y si alguno lo dice es porque cree que es lo que queremos oír. Sobre solucionar que se pague a 351 señores para que aprieten 351 botones que podrían pulsar tranquilamente 8 o 9 y nos ahorrábamos el bochorno de ver a durmientes, jugantes, diletantes y paseantes a los que pagamos por dormir, jugar, disparatar o pasear, sobre eso, nada. Sobre conseguir que todos y cada uno de los votos emitidos tenga el mismo peso electoral que los demás haciendo una circunscripción única, como en las europeas, nada de nada. Sobre poder votar directamente a quién me dé la gana, con nombres y apellidos, con la posibilidad, porque soy un picaflor, de votar al número cuatro de un partido y no a los tres primeros, y al dos de otro, porque me parece inteligente y necesario, en vez de tener que elegir a una ristra de desconocidos, que lo van a seguir siendo, desconocidos y ristra, después de cuatro años, nada de nada.

Sobre instaurar un sistema educativo único, no ideológico, duradero y eficaz, que incida en las humanidades, que forme en un saber histórico común y contrastado (un país no se puede permitir tener varias historias enfrentadas), que se preocupe de los valores sin detrimento de los conocimientos específicos de las distintas áreas, que ayude a conseguir ciudadanos íntegros, librepensadores y altamente cualificados, y no una especie de terapia ocupacional sin ánimo de molestar, formar o educar como existe actualmente, nada de nada de nada.

Sobre cómo conseguir un modelo eficaz, en gestión y en gestión de los tiempos, sobre las personas mayores y dependientes, cómo dotarlo para que algunos no reciban la ayuda después de muertos, para que no tengamos a diario que contemplar, en la calle y en las noticias, personas en desamparo y soledad culpable, culpable por parte de la sociedad y de quién dice administrarla, para que no tengamos que avergonzarnos de casos y cosas que cuando llegan a nuestro conocimiento llevan años de injusticia burocrática, para poder sentirnos orgullosos de que en nuestro entorno no hay nadie que tenga una necesidad, de las reales, no de las inventadas, que también hay, que no haya sido atendida correctamente y, sobre todo, a tiempo, se habla mucho y se hace poco.

Y podría seguir, con la ley, con la seguridad, con el sin vivir que día a día supone el abandono del ciudadano en aras de intereses superiores que en nada le interesan, cuando no le perjudican, con la economía, con el latrocinio de las grandes empresas con derechos sobre sectores básicos y de interés social, con la injusticia social, con el disparate laboral, con…

Y al final la vida sigue igual, que ya lo cantaba el cantor, o un poquito peor, porque lo que no mejora… empeora.

Lágrimas

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

5 de junio de 2019

Hoy no quedan lágrimas, pero sí recuerdos

«¿De dónde sale ese llanto tan profundo que inopinadamente te transforma?, ¿Qué sentimiento te recorre y nos asalta desde tus ojos y nos vela sin reparos el entendimiento, la voluntad, la capacidad de acomodarnos a tu estado?, ¿Qué tremenda congoja te brota del alma y sale a nuestro encuentro por tus ojos, por tu cara transfigurada en máscara de dolor insoportable, por tu cuerpo todo convulso, entregado sin reparos, sin juicios, sin concesiones al sentimiento obsceno del sufrimiento indoloro?
Dudo, cuando te veo llorar de esa forma, de cuál puede ser el origen de tal caudal de sentimiento, de qué edad tiene el que llora, de cuál es el motivo último del llanto.


Nunca estoy preparado para recibir el impacto, siempre me pilla con la guardia baja, y con la guardia baja dudo si correr a guarecerme, si correr a consolarte, si correr sin más a la espera de que escampe. No sé en esos duros momentos –que duro es ver llorar a tu padre como a un niño, como a un viejo, como a un enfermo- si acercarme a ti como lo que soy, tu hijo, como lo que tú me crees, tu hermano, o simplemente como alguien que daría todo lo que tiene por saber qué te pasa y encontrar un remedio que previamente sabe que no existe.


No se papa, nadie en realidad lo sabe, si lloras porque al recordar te emocionas, si lloras porque no consigues recordar o lloras porque comprendes por un momento que alguien te está escamoteando tu vida, tu tiempo, tu memoria. No lo sé, papá, nadie lo sabe, pero lo que si se es que cuando te veo llorar lo haces con mis lágrimas, lo haces con el dolor que siento, lo haces con el tremendo temor que como hombre siento ante tú indefensión que un día podría ser la mía. Y me niego a llorar antes de tiempo.»

Del fascismo y el antifascismo

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

3 de junio de 2019

 

Tal como se ha puesto la situación dialéctica, y parafraseando al poeta, podríamos espetar sin epatar aquella frase que dice:  ”¿Y tú me lo preguntas? Fascista eres tú”

 

Tan barato han puesto ciertos energúmenos que por las redes sociales pululan vertiendo a diestro y siniestro, esto es a izquierdas y a derechas, su veneno pseudo ideológico que ya, hoy por hoy, es fascista, para personajes que se creen de izquierdas sin ser capaces de hilvanar más de dos mejoras sociales que no le hayan soplado al oído sus líderes,  cualquiera que discrepe con sus ideas.

Fascista, si existiera una clasificación ad hoc, sería el adjetivo calificativo más usado para descalificar en cualquier conato de debate. Fascista es el tapón dialéctico más utilizado para atacar a las ideas ajenas sin contraponer las propias, por falta de ellas o por incapacidad para desarrollarlas hasta convencer. Fascista es el argumento definitivo más usado para quién rebasado en su razón pretende quedarse con ella.

Se usa tanto, tanto, tanto y tan mal que un término que, dadas sus consecuencias para la humanidad, debería estar guardado en el armario de los horrores léxicos, para que su sola pronunciación pusiera los pelos de punta, se ha banalizado hasta no significar otra cosa que  un escape intelectual para incapaces de pensar por sí mismos.

Dice el DRAE:

  1. adj. Perteneciente o relativo al fascismo.
  2. adj. Partidario del fascismo. Apl. a pers., u. t. c. s.
  3. adj. Excesivamente autoritario.

Habría que añadir la cuarta acepción: “Persona que tiene un criterio diferente al que califica”. E  incluso una quinta: “Persona de actitud violenta con tendencia a imponer su criterio ideológico por la fuerza”.  Si, ya lo sé, criterio e ideológico apenas son compatibles, pero lo digo por clarificar, dialécticamente.

Habría que ponerse a escribir las “hazañas” del fascismo tradicional, y las del no menos fascista “comunismo” del siglo XX, para que con los pelos de punta pudiéramos, muerto a muerto, con caras, con nombres, con testimonios de sus familias, recuperar una leve sombra del horror de los que lo vivieron. Debiera bastar este ejercicio para que la palabra no se volviera a usar  salvo para situaciones de lesa humanidad y por personas de elevada solvencia intelectual.

Calificaciones que se usan banalmente, ignorando la sangre y el sufrimiento producido por las actitudes intolerantes y totalitarias, o sesgándolas, o apropiándose para el propio interés de un concepto  de tamaña crueldad, deberían de descalificar automáticamente al calificador. Y si es político aún más, aún mayor debería de ser el ostracismo al que debiera ser sometido. Jugar con el horror, con la muerte, con el dolor, con la humillación de una gran cantidad de seres humanos debería de producir, al mismo tiempo, asco y rechazo. En definitiva, que el uso inadecuado de estos adjetivos, cualquiera que comporte crímenes por opinión, debiera de ser perseguido y castigado.

Pero no es así. Seguimos banalizando el peligro, seguimos minimizando el riesgo de que, como en el cuento de Pedro y el lobo, cuando venga el lobo de verdad no tengamos un recurso léxico eficaz para advertir el peligro.

En realidad ya está sucediendo, ya dices que viene el fascismo y no sabes si mirar para el que lo dice, para donde apunta, para ninguno de esos sitios o para todos lados. O, tal vez, lo más habitual, mirar para otro lado en actitud de cansancio y desprecio por el que lo ha dicho.

Desde luego, si yo quisiera una vuelta del fascismo lo primero que haría sería vaciar de contenido la palabra, violentar su significado hasta que no significara nada concreto, vulgarizar el sonido hasta que no produjera ninguna sensación de peligro o de rechazo, banalizar el término hasta que los que pretendieran señalarme no tuvieran dedos con los que hacerlo.

Y en eso, me temo, estamos. Basta con asomarse a una red social y discrepar en vez de pulsar el “me gusta” para ser automáticamente tildado de fascista. Curiosamente, en muchos casos, con actitudes absolutamente fascistas protagonizadas por autodenominados antifascistas.

Lo cual me lleva a una última reflexión, en general, ¿hay algo más pro que un anti? Yo, ahí lo dejo.

El gobierno de Pandora

Rafael López Villar ♦ Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

29 de mayo de 2019

 

Normalmente se le echa la culpa a Pandora, que la pobre ¿Qué culpa tenía? Y lleva con la maldita caja a cuestas desde que los griegos dominaban el mundo conocido. Y no porque haya transcurrido tanto tiempo deja de haber seguidores de la ínclita que dale que dale a la caja acaban destapando los truenos que lleva dentro.

 

Durante años, eran principios de la informatización de las empresas, uno de los grandes objetivos de las empresas, de los empresarios, era implantar un sistema de fichaje que pudiera controlar la presencia de sus empleados. Y mentar esto era mentar la bicha, era el control de los explotadores, sindicatos dixit, para exprimir más a los trabajadores.

Los ánimos se encrespaban y los responsables de informatizar teníamos que dar verdaderas charlas para explicar que no era un sistema para controlar el rendimiento del trabajo, si no su productividad, que estaría primada. Claro que por supuesto no éramos creídos, en ocasiones con razón, otras no, y las protestas y a veces más  seguían su curso hasta que la práctica ponía cada cosa en su lugar.

Y en estas breves palabras ya figuran cuatro de los cinco conceptos por los que Pandora puede haber vuelto a abrir la cajita de marras. Lo que nadie ha explicado, tal vez ni siquiera al gobierno dada su nula experiencia empresarial, es que todo control tiene una doble vertiente que lo hace al mismo tiempo deseable y peligroso.

Hay cinco conceptos en este tema: presencia, absentismo, empleo, rendimiento y productividad. Los cinco se pueden agrupar en dos categorías según el grado de control. Un grupo lo componen presencia y absentismo, el grupo que analiza si el trabajador está o no en su puesto de trabajo y constituyen el control de presencia. Las otras tres (empleo, rendimiento y productividad) analizan la cantidad y efectividad del trabajo realizado y conforman el control de producción.

El control de producción solo es viable si la empresa es capaz de sistematizar el trabajo encargado al trabajador y el tiempo de realización de dicho trabajo, de tal forma que empleo es el número de horas de trabajo asignadas a un trabajador, rendimiento sería el cociente de dividir las horas reales usadas frente a las asignadas, y se expresa como un porcentaje, y la productividad es el cociente resultante de dividir el empleo y el rendimiento y su valor máximo es 1, que es cuando el tiempo asignado y el empleado en la realización del trabajo son iguales.

El control de producción, salvo excepciones, es solo utilizable en fábricas y talleres que tienen tareas perfectamente definidas y baremadas. Puede haber excepciones, pero su análisis tiene complicaciones que no lo hacen interesante. En todo caso si soy empresario y me obligan a tener un control de presencia aprovecharé los datos iniciales para buscar un análisis más profundo de la calidad de mis trabajadores, y seguro que eso ya no gusta tanto.

Pero para buscar la mano de Pandora en la decisión del Gobierno de obligar a todas las empresas a llevar un control de presencia, que ya es obligar por obligar sin tener en cuenta las características peculiares de empresas y trabajadores, no necesito ir al control de producción, con poner un control de presencia riguroso ya puedo encontrarme con datos insospechados.

El primer trueno que puedo haber destapado, sobre todo si hablamos del empleo público es el absentismo, todos esos funcionarios y trabajadores que viven una baja sistemática y que hasta este momento podían negar por la falta de datos o por la dudosa solidaridad de los compañeros fichadores.

Y el absentismo, además, puede ser presencial. Todos conocemos el caso del trabajador que circulan por las dependencias de la empresa con unas carpetas o papeles en la mano y no le queda mesa por visitar. Está, nadie puede dudarlo, pero ¿hace algo?, habitualmente poco. Con lo que yo impondría un control de presencia en el puesto de trabajo, codificando los tiempos de abandono del puesto en necesarios, innecesarios y evitables, es decir aquellos que podrían haberse realizado sin hacer un desplazamiento. Para ello establecería control de paso en todos los accesos de la oficina: baños, dependencias, e incluso en el mismo puesto de trabajo. Y puestos, ya que me han obligado, puedo empezar a conseguir algunos ratios que serían sorprendentes. Tiempos muertos por horas trabajadas. Horas por trámite realizado. Horas por   contrato conseguido. Y así hasta un sinfín de análisis de semi productividad que hasta ahora eran soslayables pero que puestos a controlar apenas suponen un esfuerzo adicional sobre lo exigido. ¿Y si las horas extras se dan por una baja productividad de los trabajadores? ¿Qué medida adoptará el gobierno?

Eso, habrá que preguntarse si el gobierno va a aceptar las medidas empresariales contra esos trabajadores que existen en todas las empresas, maestros del escaqueo y del  disimulo, cuando intenten presentarse como motivos de despido justificado.

A lo peor resulta que el beneficio social, como la esperanza, queda en el fondo de la caja de Pandora de la que han salido a borbotones el absentismo puro, el presencial y los puestos de trabajo que en vez de crearse se muestran prescindibles.

No puedo evitar el pensar que a lo mejor, puestos a gobernar un país los políticos harían un poco mejor en leer alfo más de mitología y algo menos de autores de la lucha de clases. Que harían mejor en conocer de primera mano la realidad de las empresas y fiarse un poco menos de “actores sociales” que solo conocen de empresas que en España son excepcionales, pero que intentan aplicar los mismos baremos y maneras a las grandes corporaciones y al negocio familiar.

Eso sí, molón queda un ratos. ¡Camarero! Barra libre de control de presencia para todos, que el gobierno invita, pero no paga.

¡Ay Pandora, Pandora! Siempre a vueltas con la cajita.

Pedro Sánchez y la mujer del César

Rafael López Villar ♦ Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

25 de mayo de 2019

¡Pues sí que empezamos bien! Como si fuera en una estación de ferrocarril, las elecciones han abierto vías, y las han cerrado. El resultado global obtenido por los partidos, y la complicación de otras inmediatas, han hecho que la composición del parlamento sea explosiva. Pero si la composición es explosiva, los actos a los que asistimos últimamente la hacen altamente inestable, como un cartucho de nitroglicerina sudado y agitado.

No hay nada que agite más los fantasmas de partidos y electores que unas elecciones. Bueno, sí, dos elecciones casi seguidas, como es el caso. Así que nadie ha podido dar descanso a las sombras de sospecha que se han agitado durante la campaña electoral, casi siempre de forma interesada y mayoritariamente de forma torticera.

Por eso, precisamente por eso, en un tiempo post electoral normal, los líderes estarían en este momento en fase de templar ánimos y configurando estrategias de cara a cuatro años de legislatura que quedan por delante. Pero no es así. No es el caso con otras elecciones apenas un mes después de las primeras. Los fantasmas se siguen agitando y ofreciendo susto o muerte a todos aquellos que les hacen hueco en su imaginario, flotando sus sábanas henchidas de miedos y mentiras ante todos aquellos que les dan pábulo y les prestan atención.

Se podría pensar que en tiempos tan revueltos todos aquellos que tienen muertos, y fantasmas, en el armario pondrían especial atención en mantenerlos encerrados, pero resulta que no es así. Haberlos haylos que no solo no los mantienen encerrados, si no que gustan de sacarlos a pasear o, simplemente, se olvidan de que existen y dejan que las puertas de su armario se muevan y los dejen a la vista de todos.

En esto parecen especialistas un par de electos a los que parece no afectarles para nada la opinión pública, o que consideran que sus actos son tan puros, o desinteresados, que nada de lo que hagan les puede ser reprochado.

Y si hay especialistas en la creación de fantasmas ajenos, que los hay, y en todos los partidos, también hay auténticos magos de la creación de fantasmas propios, no sé, no lo tengo claro, si por propia iniciativa, también cabría falta de criterio, o por necesidades de un guión que nadie más entiende.

Últimamente el bocachancla mayor del reino, en tanto en cuanto no se vote la república, es el señor Echenique. Cada vez que lo veo acercarse a un micrófono me pregunto qué nueva boutade va a soltar para mayor escarnio de su pensamiento y beneficio de… , él sabrá de quién. Es difícil encontrar un portavoz más antipático a una sociedad harta de sus ocurrencias, que acaban por pasar por ocurrencias de su partido. Al portavoz, tal vez porta abruptos, de Podemos no le queda títere con cabeza. Empezó por Errejón y ha acabado por Amancio Ortega.

Que se pueda criticar una donación hecha con todos los beneplácitos de la legalidad vigente, argumentando sobre una ideal, diferente e inexistente legalidad es populista, es demagógico y es, sobre todo, vergonzoso. Que para ello se agite, se intente agitar, el tópico del empresario canalla, porque para algunos son sinónimos, para beneficiarse aquellos que están más pendientes de lo que consiguen los demás y ver como arrebatárselo, que de conseguir ellos algo, me parece, sobre todo, vergonzoso.

Estoy totalmente de acuerdo en la inmoralidad del sistema vigente. Estoy absolutamente en contra de la acaparación, del lujo y de un sistema de reparto de riqueza que se inclina de una forma soez e indigna hacia el que más tiene, pero ello no hace que cuestione a aquellos que con su inteligencia  y esfuerzo obtienen más con las reglas de juego que se encuentran. Mi admiración a los que, como el señor Ortega, renuncian a parte de lo obtenido y, claro que con beneficios fiscales, lo ofrecen para intentar paliar necesidades puntuales de la sociedad. Otros con las mismas posibilidades no lo hacen. Otros, incluso, se lucran con las necesidades ajenas, y muchos son políticos.

Pero una cosa es mi desacuerdo con el sistema y otra muy distinta es que no me parezca inmoral que un señor sancionado por contratación irregular de un trabajador, que un señor cuya única aportación conocida a la sociedad es ponerse delante de un micrófono a decir barbaridades de otros, se permita poner en cuestión la ética, sea social, o fiscal, o ambas, de otro que proporciona a este país el 2,6% de su P.I.B. y más de dos mil millones de euros en impuestos. Y puestos de trabajo, y riqueza, y además generosidad. ¿Interesada? Y si fuera así ¿qué?

Pensar que un partido que ampara tales ideas pueda entrar en un gobierno hace flotar y ulular mis más pavorosos fantasmas: el oportunismo, el populismo y la sinrazón.

Por si fuera poco este problema, el señor Sánchez, probablemente  el próximo presidente del gobierno con el apoyo de los del señor Echenique, se permite decir en público, con luz, con taquígrafos, con fotógrafos, con cámaras de televisión, con micrófonos de alta sensibilidad y revoloteo de fantasmas, a un político preso por un intento de golpe de estado un “no te preocupes” como respuesta a un “tenemos que hablar” del primero. Una suerte de versión de la famosa “tranquil, Jordi, tranquil” que ya pasó a la historia entre los fantasmas de otro intento de golpe de estado.

Posiblemente el señor Junqueras no tenga que preocuparse, he aquí el fantasma, o posiblemente sí y la frase de Pedro Sánchez no tenga más carga que la de una frase casual como respuesta a un requerimiento no formal. Posiblemente, pero los fantasmas se han agolpado en la puerta del armario del PSOE y ululan por boca de sus rivales políticos con toda la fuerza de sus ilimitados pulmones.

Tampoco la aceptación de fórmulas complejas hasta el ridículo para el juramento tranquilizan mucho a nadie. Eso de acatar sin acatar, jurar sin intención o prometer por obligación me sugieren la imagen del tramposo que jura, promete o acata escondiendo los dedos cruzados en un bolsillo o a su espalda mientras se ríe de los que lo aceptan. Y el hecho de defenderlo, a sabiendas de que los dedos están cruzados, y aceptando el desprecio hacia todo y hacia todos que ello implica, da vuelos a fantasmas que bien haríamos en ir espantando.

Tal vez todo esto, al fin y a la postre, no sean otra cosa que eso, fantasmas, fantasmas que, agitados, con sus sábanas flotando y sus aullidos, nos impiden ver la realidad y oír la verdad. Pero en esto como en tantas otras cosas, como tantas otras veces, tal vez habría que recordarle a ciertos personajes, elegidos por otros para representarlos, que no son libres de hacer lo que les parezca y que, llegado el momento, han de aplicar aquella máxima tan antigua de que “la mujer del César no solo tiene que ser honrada, tiene que parecerlo”.

Reflexionando que es gerundio

Rafael López Villar ♦Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

25 de mayo de 2019

De repente los ojos como platos. Todo es oscuridad y silencio a mí alrededor, pero una sensación indefinible de angustia me atenaza y ha producido mi desvelo. Definitivamente no es el síndrome de la almohada contable, no hay ninguna procacidad financiera a la vista. No, tampoco me he peleado con nadie y lo que habría tenido que decir y no he dicho perturba mi sueño.

Miro la hora. Las doce y dos minutos. Hora de fantasmas y apariciones.  ¿Hora de fantasmas?, ¡Claro¡, ya se lo que me pasa, el fantasma de la jornada de reflexión que ha venido puntualmente a remover mi conciencia ciudadana por no haber decidido, aún, a quien voy a votar.

“Bueno, ya por la mañana lo decido, tampoco es tan difícil”, me digo retomando postura de oreja en la almohada firmemente decidido a retornar a los brazos de Morfeo. Nada, el sueño no acude, las ovejas circulan incesantemente ante mis ojos pero llevan banderitas de partidos y tienen caras de candidatos. Es más, en vez de “beeee”, dicen: “votameeee”.

Así no hay quien duerma, las doce y cuarto y ni consigo conciliar el sueño ni reflexiono con lucidez. Al fin me levanto, enciendo la luz de mi despacho y me pongo a reflexionar, con firmeza, con dedicación, con esfuerzo. Por no ponerme escatológico no doy el símil evidente del estreñimiento, en este caso intelectual. Que duro es esto de sentirte ciudadano.

Empiezo por organizar el acopio de información para la toma de decisión. Descarto los partidos residuales y cuyos mensajes iniciales me llevan a estados emocionales impropios, de la risa a la indignación, y a los que quedan los coloco por riguroso orden alfabético. Últimas declaraciones de los líderes y candidatos.

Pasada esta primera roda de información ya tengo una primera reflexión madura. No puedo votar a ninguno porque, según me explican claramente los otros, si los voto estaré colaborando a crear una ciudad inhabitable, una comunidad inhumana y aun país insufrible. Del futuro ya ni hablamos.

Esto es imposible. Alguno habrá que sea mejor, digo yo. En la segunda ronda de reflexiones me voy a los mensajes positivos e intento olvidarme de las descalificaciones. Cuando finalizo tengo que hacer una segunda lectura porque no encuentro apenas nada sobre lo que se comprometen a hacer, solo lo que van a deshacer. Triste camino. En todo caso lo poco que puedo deducir de lo poco que me queda es que todos y cada uno están contra la corrupción, van a solucionar el paro y proporcionarme el estado de bienestar que siempre hemos soñado. Los que lo han desmontado me prometen que lo van a volver a montar y los que no han tenido oportunidad de desmontarlo lo mismo. Eso sí, ninguno me explica cuánto cuesta lo que me prometen, de donde va a salir y cuáles son las consecuencias a medio y largo plazo de las decisiones tomadas. Aire. A estas alturas de la reflexión sufro de gases.

Vale, por aquí no voy a ningún lado. Solo palabras, promesas, algunas tan imposibles que rayan en lo soez. Está claro que prometer, descalificar y mentir, son verbos irregulares. Al menos se conjugan irregular y temerariamente, con absoluto desprecio hacia la inteligencia y capacidad de ¿reflexión? de quien los está escuchando. Me viene a la memoria una frase no por procaz menos verídica: “Prometer hasta meter y después de haber metido nada de lo prometido”. Lo dicho, procaz pero veraz. Antigua pero en plena vigencia.

A estas alturas, ya las siete de la mañana, me inclino por una tercera ronda de reflexión. Hechos. Ya el simple enunciado me pone los pelos de punta. En este caso me asalta un símil culinario que me desarbola y deja inerme. La honradez de las personas depende del pan que tengan y la cantidad de salsa que le pongan delante. ¿Cínico? Puede ser, que no digo yo que no, pero realista. Todos aquellos partidos que han dispuesto de pan han mojado con fruición y sin recato. El título del cuento solo varía en el número de ladrones que acompañaban a Alí Babá. ¿Y los que no? Yo he apuntado a la condición humana, no a la política. Pon una buena fuente de salsa y se llenará de barquitos. Que puede que haya alguno a régimen de conciencia, o ahíto ya de comida, o enfermo del estómago económico, claro, puede, pero son los menos, si es que son.

En fin, esto lleva mal camino. Los ojos se me cierran pero solo son breves segundos. El fantasma de la jornada de reflexión me atormenta, me acosa, me impide conciliar un sueño inocente y reparador, el sueño del ciudadano probo y cumplidor con sus obligaciones. Y el caso es que no veo salida. No sé cómo tomar una decisión madura y responsable basada en unos parámetros aceptables, realistas. Espero que no me pase como en las últimas, varias, elecciones. Voto por sorteo o voto en blanco.

En fin las nueve de la mañana y aquí sigo, reflexionando que es gerundio, en busca de un participio.

Guerra en el lejano oriente

Rafael López Villar ♦Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

22 de mayo de 2019

Hay mañanas en las que escuchar las noticias se convierte en un ejercicio complicado de vuelta a la realidad, no porque lo escuchado no sea real, sino porque si los que las escuchan, y vistas sus reacciones, viven en el mismo ámbito geográfico que yo entonces yo vivo en la inopia y necesito volver a la cruda realidad.

Como en un combate de boxeo los golpes de disparates se van sucediendo, van atontando al oyente hasta que llega el definitivo que lo manda a la lona. Esta mañana el demoledor jab que nos deja tirados hasta más allá de la cuenta es la noticia sobre Google y Huawei.

Lo curioso es el degradé con el que se afronta. Se empieza a presentar como un desastre para en un intento vano de suavizar las terribles consecuencias del problema creado por Trump ir quitando hierro con comentarios consecutivos cada vez menos preocupantes. Lo que ya en sí mismo es terriblemente preocupante ya que la primera noticia no es más que un leve resplandor entre nubes al filo de un amanecer sin atmósfera, si alguien pretende decirme que aún quedan muchas horas hasta que el sol asome el miedo puede ser incontenible. El miedo o la absoluta inconsciencia.

No puedo evitar pensar en las similitudes, casi exactitudes, que la guerra comercial contra el resto del mundo emprendida por un presidente mejorable -¡que finisísimo he sido!- como persona y como político tiene con lo acontecido en el siglo XX entre los mismos EEUU y Japón.

¿Se resignará China a ser expulsada limpiamente del pastel tecnológico? Lo dudo. Ni por prestigio internacional, ni por interés económico China se va a quedar de brazos cruzados, no puede, no debe y no quiere.

Hablan algunos, no sé si piensan antes lo que dicen, de un nuevo sistema operativo de Huawei que reemplace al Android en sus terminales, pero lo importante, lo que hace popular un sistema operativo, no es el sistema en sí mismo sino la facilidad de acceder a servicios que se hacen masivos. Sin Google, sin Microsoft, significaría que los teléfonos móviles Huawei no tendrían acceso a las apps que hoy por hoy interconectan al mundo. Sin acceso a Gmail, sin acceso a Whatsapp, los usuarios de ese sistema operativo estarían desconectados de todas las redes sociales habituales.

Es más, y seguramente muchos lo desconocen, el sistema operativo Android nació como, y sigue siéndolo, un programa de código libre, esto es, accesible para cualquiera que quiera implantarlo en su teléfono, lo único que hizo Google fue darle su sello personal, desarrollar utilidades complementarias, tanto directamente como a través de desarrolladores interesados, que hicieran ese conglomerado de facilidades que han llevado a los móviles a la popularidad y tasa de utilización que tiene hoy en día.

Así que Huawei no tiene por qué renunciar al sistema operativo Android, pero si a todo esa galaxia de aplicaciones y facilidades que son su tienda de apps y a los programas desarrollados bajo el paraguas tecnológico de Google.

Recordemos que hace no mucho un gigante como Microsoft, con sus recursos, experiencia e implantación en el mercado, intentó competir con Android sacando terminales con su sistema operativo, Windows móvil, que fue un absoluto fracaso comercial. Hoy en día, en el mercado de los móviles, solo caben dos sistemas operativos, el Android adaptado por Google y el IOS de Apple, y caben porque colaboran y las herramientas populares las comparten, lo que significa que sus usuarios solo tiene que elegir entre dos tecnologías y dos formas de aprovecharlas que de cara al usuario, y sobre todo a su conexión con el resto de los usuarios, no supone ninguna traba o dificultad. Porque al final lo único que quiere el usuario es conectar su móvil y tener garantizada su interconexión con sus mundos, esos formados por sus relaciones con amigos, reales o virtuales, y su capacidad de acceso a una información, desinformación en muchos casos, masiva y compartible. Lo demás no importa, nada.

Ahora falta la respuesta China. No sé cuál será, pero si tengo claro quién va a ser la primera víctima de esta guerra, como todas, evitable. Sí, usted, y yo, todos los usuarios de telefonía móvil que dejamos de tener acceso a una tecnología de buena calidad y más barata. Los usuarios que han comprado de buena fe unos aparatos que más rápidamente de lo habitual, y ya era muy rápidamente, quedarán obsoletos.

Las implicaciones del inicio de esta guerra son tremendas y ni siquiera las empresas norteamericanas estarán libres de morir, o resultar dañadas, en la vorágine de una guerra en la que su inductor no parece haber medido las consecuencias, suponiendo, y ya es mucho suponer, que ese señor que parece empeñado en complicarnos la vida a todos tenga la capacidad suficiente para saber medir algo más que su propio ego y su afán de enriquecimiento.

Por lo de pronto, y en una marcha atrás que solo demuestra la falta de inteligencia política de un desgobierno populista y solo comprometido con sus propios intereses, que tampoco son los de su país, ya se ha acordado una suspensión de tres meses en las medidas contra Huawei por las caídas masivas en bolsa de empresas norteamericanas afectadas por la medida. Por lo de pronto.

Eso sí, en las próximas elecciones americanas será interesante ver la batalla entre los sistemas de propaganda rusos, que ya han demostrado su eficacia en algunas cuestiones de la Unión Europea y en las últimas elecciones americanas en las que jugaron a favor del  señor Trump, y los que los chinos necesitarán poner en juego para defender su posición en una guerra para la que tal vez aún no está totalmente preparados.

Y para los que creen que esto no les afecta, que comprueben que no están usando los prismáticos al revés, porque mirando por el lado equivocado todo se ve más pequeño, como si estuviera más lejos. Allá, en el lejano oriente.

Reflexión educativa

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

Sin duda una de las grandes y poco valoradas, por habituales, tareas del hombre es la educación de sus hijos. Esa ingente tarea en la que se embarca en su juventud y no abandona hasta su muerte.

Curiosamente en los curriculum de las personas figuran sus estudios, sus trabajos, sus títulos y desempeños, pero ninguno recoge esas muestras de habilidades y logros, nunca he visto a nadie referenciar que sea padre, de cuantos hijos, ni los logros de ellos de los que debería de sentirse partícipe. Lo de los fracasos ya ni mentarlo.

 

Ser padre consciente, así, en género genérico, debería de ser uno de los mayores orgullos, uno de los logros más gratificadores de los que una persona debiera de presumir, moderadamente, porque también hay que reconocer que la suerte y el entorno tienen su influencia. Seguramente esta carencia parte del hecho de que hasta hace poco, relativamente poco, tener hijos era una circunstancia inherente a la vida misma. Educarse, casarse, procrear y transmitir la educación recibida no era planteable, la sociedad lo demandaba de esa forma sutil y absoluta con la que la sociedad nos empuja a sus propios objetivos.

Pero hoy en día en esta sociedad en plena evolución el paradigma ha cambiado y, cada vez más, tener hijos es una elección íntima, y la forma de educarlos una declaración de convicciones personales, a veces obsesiones personales, que habla mucho de los que lo hacen.  A favor, en unos casos, o en contra en otros, porque intentar educar en unos valores concretos, sean religiosos o ideológicos, es de alguna manera una forma de castrar la libertad del futuro. Tan malo es, y evidentemente es un punto de vista, fomentar una creencia como intentar impedirla por todos los medios. Tan negativo y castrante es permitir los juegos y juguetes sexistas como intentar prohibirlos radicalmente y crear una obsesión que sustituya a un planteamiento racional. Y existen varias posturas de este tipo: la bélica, la sexista, la religiosa, la ideológica, la electrónica.  No deberíamos de olvidar la frase de Plutarco que define maravillosamente la base de una educación eficaz: “la mente no es un vaso por llenar, sino un fuego por encender”

Prohibir, imponer, exigir, erradicar, son verbos absolutos que nada tienen en común con educar. Yo diría incluso que son justo el reverso del concepto. Claro que siempre hay que tener en cuenta que para ejercer de padre no hay un manual conocido, y, aunque internet se comba por el peso de tutoriales sobre el tema, aún nadie ha descubierto la fórmula universal, el sistema que valga para todas las peculiaridades. Pero mencionaba, así, como de pasada, en un párrafo anterior el concepto de padre consciente. Es decir, aquél que lo es más allá de una consecuencia fisiológica, de un arrebato pasional o de una circunstancia que no sabe o no quiere evitar sin un compromiso real con la situación. El padre consciente es aquel que lo es voluntariamente, que busca una educación y formación adecuadas para su hijo, que tiene un plan e intenta llevarlo adelante a pesar de las circunstancias.

Claro que así, puesto por escrito, teorizando, todo parece fácil. Las letras, las palabras, todo lo resisten, luego la vida es otra cosa.

A veces lo más sencillo suele ser lo más práctico, y la experiencia, esa que no se tiene cuando hace falta, sin ser la panacea universal, es la única que podría apuntar a un camino que ni tiene trazado ni nunca va por donde uno espera. Y aunque efectivamente los padres no disponen de esa experiencia nos quedan los abuelos, que habrían de servir como algo más que de meros suplentes de necesidades puntuales o torpes molestias de pasados insondables.

A estas alturas, ya abuelo, me preocuparía mucho de educar a un hijo que ya no voy a tener en unos valores básicos: pensar libremente, respetar siempre a los demás, aprender a pedir perdón, aprender a defender las convicciones con rigor y a usar la lógica más sencilla y descarnada en cualquier circunstancia de la vida.

Lo de las ciencias, las justicias, las ideologías, las religiones y otras cuestiones menores seguro que se van resolviendo por sí mismas.

Una historia de naufragios

Rafael López Villar. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

Me contó, alguien, no recuerdo  quién, una historia sobre un tripulante del Titanic que me impactó sobre manera. A veces estas viejas historias de catástrofes y seres humanos encierran enseñanzas que no llegan a moralejas, porque no siempre el comportamiento del ser humano resulta ejemplar, aunque si sea ilustrativo.

Parece ser, según me contaron, que en plena confusión después del choque, cuando ya se vio que el catastrófico desenlace era inevitable, hubo un tripulante que destacó por su labor repartiendo salvavidas generosamente entre pasajeros y otros tripulantes. Para todos tenía, además del salvavidas correspondiente, una palabra de ánimo, y a todos repetía: “No se preocupe, en un rato nos veremos después de que nos hayan rescatado”.

En los últimos momentos antes de zozobrar, y sin más salvavidas que repartir, este hombre se tiró al agua con el ánimo de conseguir llegar hasta algún resto que le permitiera mantenerse a flote a la espera del rescate, que no dudaba que se produciría en cualquier momento.

Lo que inicialmente era una confianza ciega y una generosidad sin límites se fue trocando, con el paso del tiempo y el avance del frío que le entumecía los huesos, primero en una sensación de desesperanza y finalmente en una desesperación ciega por vivir. El instinto de supervivencia hizo que, viendo en peligro su vida, intentara por todos los medios hacerse con alguno de los salvavidas que antes repartiera generosamente , ocupados,  y que flotaban a su alrededor, ocupados, sin reparar en la condición de quién lo ocupaba o en qué desamparo dejaba a aquel al que pretendía desalojar.

Tan encomiable había sido su actuación anterior, como profundamente egoísta y rastrera era la final en la que estaba dispuesto a sacrificar a quién fuera con tal de procurarse la salvación.

Parece ser que finalmente no pudo hacerse con ninguno de los salvavidas que tan frenéticamente pretendía y  nadie recuerda cual fue su final, posiblemente ahogarse como tanta otra gente que no pudo resistir el frío, la soledad  y el tiempo hasta que el rescate llegó.

Esta historia demuestra cómo algunos seres humanos solo son generosos en tanto en cuanto no se creen en peligro, incluso, yo diría que hasta posiblemente aquel tripulante aspirara a una recompensa a su actitud una vez pasado el peligro, pero no supo medir ni las circunstancias ni sus propias fuerzas y trocó de héroe en villano en menos que se hunde un barco.

Y a todo esto no sé a qué ha venido contaros esta historia más falsa que la falsa moneda aquella y que me acabo de inventar. Yo me había sentado para escribir un artículo sobre los resultados electorales de Podemos y su oferta de gobierno al PSOE.

Nunca llegaré a entender esta cabeza mía.

Legalidad y Justicia

Rafael López Villar. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

Comentaba, en una de esas charlas en las que la inteligencia de tu interlocutor –y en este caso amigo- obliga a la tuya a tirar de recursos y enriquecerse, sobre la situación general del país o País S.A. –que diría el Forges-. Esta banal y desesperanzada conversación, que hoy por hoy predomina incluso sobre los debates del fútbol o la poesía –por dios, la ironía, ¿donde queda la ironía?-, nos llevó en un recorrido típico de la economía a los parados, de los parados a la política, de la política al gobierno, del gobierno a los tribunales y sin pausa a la justicia. Y llegados a este punto yo me planté: hablemos de legalidad pero de justicia hay poco que decir, espeté a mi interlocutor.

 Y ahí, en ese amargo, en ese oscuro punto de dolor moral y/o ético atrincheré mis más sentidas y emotivas posiciones. Ante la acometida de mi interlocutor reclamando la identidad de ambos términos yo me negué a que equiparación sea lo mismo que identidad. Negué que pueda haber un ministro –ni un ministerio- de justicia, si de legalidad, rebatí aún con más énfasis que los jueces actuales impartan justicia, si la aplicación de la legalidad vigente, y denuncié con rigor y pasión que el uso de las palabras puede trastocar el verdadero significado, la esencia íntima de los conceptos a los que pretenden referirse.


Sea, dijo mi interlocutor, dame algunos ejemplos.


– Que un individuo esté viviendo en la calle por no poder pagar una vivienda en tanto hay viviendas vacías con las que ciertos colectivos se lucran es legal, pero no es justo.
– Que algunas personas pasen necesidad cuando otras, individuales o colectivas, destruyen bienes para evitar fluctuaciones de precios que les perjudiquen es legal, pero no es justo.
– Que algunos nazcan con la vida resuelta y gocen oportunidades no merecidas más que por cuna en tanto otros por su simple nacimiento tienen todas las papeletas para acabar en la miseria y la estulticia es legal, pero no es justo
– Que alguien pueda ganar en un día lo que un continente entero sumido en la hambruna necesita para comer ese mismo día es legal, pero no es justo.
– Que haya personas que amasan fortunas por encima de la posibilidad de disponer, no despilfarrar, no malversar, disponer, de ellas es legal, pero no es justo.
– Que haya un ministro que grava económicamente el acceso de los más desfavorecidos a la legalidad con artimañas verbales y técnicas es legal, ya sí, pero no es justo.
– Que se condene a alguien a la muerte es, en algunos lugares, legal, pero no es justo.
– Que se prive a alguien de libertad a causa de sus opiniones es, en algunos lugares –en la mayoría-, legal, pero no es justo.
– Que los asesinos recalcitrantes, los ladrones contumaces, los violadores irredentos puedan pasearse en libertad entre el resto de los ciudadanos es legal, pero no es justo.
– Que lo que hoy es legal mañana pueda ser ilegal y viceversa es legalidad, pero no es justicia.

En mi opinión, y es la mía, la legalidad es un entorno técnico en algunos casos coloreado políticamente con claros visos de la preponderancia de unos colectivos que detentan la razón del momento –el poder- sobre otros que no siempre son peores, pero la justicia es un concepto únicamente ético o moral que debe de satisfacer la razón de un individuo, individual o colectivo insisto, sobre otro independientemente del poder que detente en ese momento o del tiempo histórico en el que se plantee el conflicto.


No me dio la razón, olvidemos imposibilidades, pero tampoco argumentó en contra de mis ejemplos. Parafraseando a Quevedo, cambiose de tema y no hubo nada, ni siquiera justicia.

Vencedores, vencidos y olvidados

Rafael López Villar. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

Cumplida la fase de recuento de unas elecciones llega el momento de analizar los resultados. Esos datos que convenientemente manejados demuestran que nadie ha perdido y que incluso los que han obtenido menor respaldo han ganado porque las circunstancias los abocaban a una situación peor. Solo varían las palabras, los que las dicen y el argumento, que no siempre resulta coherente.

 

 

Las elecciones de ayer no son en esto diferentes a todas las demás. Fuera de los autoanálisis, que nunca contemplan una autocrítica, todo ha sucedido según lo previsto y la larga lista de vencedores, casi todos, ha desfilado por las pantallas de televisión compartiendo y repartiendo entusiasmo y motivos.

Dentro de lo entrañable y habitual de los comportamientos no todos los vencedores salen a proclamar su victoria ni todos los perdedores figuran en las listas. Primero porque las listas hablan de siglas impersonales y segundo porque hay muchos que juegan en la retaguardia de los partidos.

Aún con todas estas consideraciones vamos a intentar una lista desapasionada de vencedores y vencidos.

Vencedores:

  1. Indudablemente el mayor vencedor de la noche ha sido el PSOE. Por votos, por escaños y por estrategia ha sido sin duda el que mayor rédito ha sacado, aunque lo de la estrategia haya sido tan simple como agitar un fantasma y hacerlo crecer para movilizar los miedos que nunca existieron. La cercanía de los resultados de las elecciones andaluzas jugaron a su favor. Los resultado de las andaluzas, los fantasmas y el partir desde la posición de gobierno eran demasiada ventaja incluso para Pedro Sánchez
  2. Pedro Sánchez como líder que ha conseguido pasar de ser defenestrado por su partido a ganador de las elecciones sin más mérito conocido que haber “escrito” un libro de auto alabanza y promover unas medidas sociales que por más deseables que sean ahora hay que dotar económicamente. Su deriva hacia una izquierda más dura ha conseguido captar a muchos de sus votantes que habían emigrado hacia Podemos.
  3. Ciudadanos y su líder, Albert Rivera, que ha conseguido incrementar considerablemente su representación y obtener un resultado que lo equipara con el PP, con la diferencia de que Ciudadanos va hacia arriba y el PP se despeña a los peores datos de su historia
  4. Núñez Feijoo que refugiado en su Galicia ha dejado pasar un turno a la vista de los previsibles resultados, demostrando ser un buen estratega que puede presentarse ahora ante las bases de su partido y los electores como el hombre que consiguió que en su territorio Vox no consiguiera ni un solo escaño.
  5. Soraya Saenz de Santamaría, simplemente porque ha perdido quién la apartó de su camino hacia la presidencia del partido.
  6. R.C. que aumenta mucho su representación y se presenta como interlocutor principal para buscar una solución al problema territorial catalán. Tal vez el tono desafiante e independentista de su intervención haya sido un poco excesivo, pero en todo caso eso son declaraciones en caliente que el tiempo y las necesidades matizan.
  7. Bildu, nos pese a quién nos pese, que duplica su representación en el parlamento y que demuestra hasta qué punto las políticas territoriales españolas se mueven en una tibieza que hace crecer los problemas.
  8. Vox, que consigue irrumpir con un número considerable de diputados en el Parlamento.

Muchos más, algunos pequeños partidos, algunos líderes refrendados, pueden considerarse victoriosos ante sus partidarios a la vista de los resultado obtenidos.

Peros si la lista de vencedores es siempre interesante no hay duda que la de vencidos tiene un morbo peculiar:

  1. El PP, que ha perdido votos a diestra y siniestra sin que las buenas palabras, la nueva imagen o su deriva hacia la derecha para tapar la herida que le ha provocado la aparición de VOX le hayan servido para paliar una derrota histórica y un desplome hasta cotas olvidadas desde tiempo de AP y Don Manuel.
  2. Pablo Casado que apostó por volver a los tiempos duros y desembarazarse de personas que parecían valiosa e incluso, electoralmente, mucho más fuertes que él.
  3. Mariano Rajoy Brey, que con su negativa a dimitir y convocar elecciones en su momento es corresponsable de la situación creada, de la cesión del gobierno al PSOE y del cataclismo sufrido por su partido.
  4. José María Aznar, como principal valedor de Pablo Casado y casi único apoyo. El fracaso de su pupilo es su propio fracaso. En su caso es hasta cruel lo de que “nuca segundas partes fueron buenas”
  5. Podemos, que poco a poco, o no tan poco a poco, va perdiendo aquel impulso inicial en el que se veían gobernando, primero, cogobernando después y echando una manita, la misma que le servirá para pedir unas migajas, para que gobierne el PSOE después de estas elecciones. Su posición real será, antes o después, la que en su momento ocupaba IU cuyo espacio ha heredado y cuyo techo compartirá.
  6. Pablo Iglesias, porque ni siquiera la llegada de él a la arena electoral consiguió romper la tendencia a la baja. Su cesarismo y su costumbre de rodearse de personas más interesadas en la boutade y el autobombo que en la razón o el estado, es una factura que paga “su” partido, cada vez menos poblado por las mejores mentes de sus principios.
  7. Puigdemont y sus marionetas que han visto como los sobrepasaba ERC y se quedaban como una fuerza marginal del independentismo catalán. A nada que se descuide tendrá que renunciar a su palacio y trasladarse a Casa Flora o a la cárcel que ha intentado evitar.
  8. Vox, que a pesar de su irrupción ha quedado por debajo de la mitad de sus expectativas seguramente más fundadas en el ruido que la izquierda ha hecho para asustar con su presencia que en datos reales. Confundir la necesidad ajena con la virtud propia suele tener malas consecuencias y en el caso de Vox, como antes en el de de Podemos, su representación irá disminuyendo porque su forma antipática, casi chulesca y matonista, de presentar sus propuestas no sirve para mantener el nivel de indignación necesario para que los voten, antes al contrario acaba produciendo hastío por la virulencia del mensaje.

 

Y hasta aquí podemos hablar de vencedores y vencidos, pero hay también, al menos, un olvidado, alguien que no parece que vaya a encontrar consuelo en los vencedores ni ayuda en los vencidos, el estado español.

Los tiempos por venir, a nivel mundial, pintan bastos y es hora de ahorrar y guarecerse, de afianzar y gestionar, y el problema de las posibles alianzas que apuntan para gobernar apuntan a subidas de impuestos y falta de gestión de los recursos para llevar adelante políticas sociales que no por necesarias, por justas, pueden ser acometidas en circunstancias desfavorables.

Los fantasmas de una nueva crisis son menos etéreos que los de una extrema derecha que nunca fue otra cosa que una derecha radical inflada convenientemente por aquellos que la necesitaban. Las urnas acaban contando la realidad de un pequeño fantasma que nunca llegó a materializarse del todo. La economía ni avisa ni se vota, azota y se lleva el bienestar presente, e incluso futro, en cuanto quién tiene que hacer gestión solo entiende de recaudación.

Maldita reflexión

Rafael López Villar. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

Lo bueno de la jornada de reflexión es que invita a reflexionar, lo peor es que posiblemente algunos lo hagamos. Desde luego si yo fuera político la prohibiría en defensa propia.

 

Entre los gritos desaforados de los mítines, los insultos sin recato en los debates y el afán, siempre generoso, en explicar lo que hacen mal los otros, lo que les impide tener tiempo para explicar en profundidad lo que ellos pretenden hacer bien, los ciudadanos llegan a la ínclita jornada más bien aturdidos y en un estado de choque que los puede llevar a votar sin tener muy claro a quién y mucho menos por qué.

Y entonces nos hacen reflexionar, cosa a la que nos deberían de invitar desde el principio o no invitarnos nunca, y toda esa cabeza gorda que nos han puesto a lo largo de varios meses, corre el riesgo de recuperar parte del riego sanguíneo y del rigor del razonamiento. A mí, en concreto, es lo que me pasa y me lleva en ese momento culmen del día de la votación a no conseguir encajar ninguna papeleta en el sobre dispuesto ad hoc.

Ya, ya sé que el tamaño es uniforme y adecuado, perfectamente estudiado para que las papeletas encajen con facilidad en el sobre, pero nadie parece haber contado con el temblor nervioso que puede acometer al votante tras una jornada de reflexión pensando en lo que puede hacer una lista de personas, la mayor parte desconocidas absolutamente, en contra de lo que el votante piensa, o en cuantas han dicho que harán algo para luego hacer lo contrario, o en lo que no han dicho que harán y que es justo lo que si harán, o… y ya entre temblores incontrolables acabas teniendo un último momento de lucidez y descartas introducir ninguna papeleta y cierras el sobre vacío y vas hasta la urna porque ya que estás allí algo hay que votar, aunque sea votar nada.

¿Y yo que votaría? Pues seguramente votaría por las políticas sociales de Podemos desarrolladas con el rigor económico del Partido Popular. Votaría la política territorial de Ciudadanos y no votaría la política fiscal de ninguno. Votaría una política educativa que dejase de lado los complejos estúpidos de nuestra historia, que fomentase los méritos y que fuera de igual calidad para todos los estudiantes. Votaría una estructura de estado en el que se garantizara la igualdad absoluta entre todos los ciudadanos, sin privilegios de renta, de inversión o fiscales de ningún tipo según el lugar de residencia.

Votaría por quién me propusiera una solución a la diferencia entre ricos y pobres, que permitiera la riqueza, la general no la mía mal pensados, incentivando la iniciativa privada y encontrara una solución razonable a las empresas que gestionan los servicios de primera necesidad, para que garantizaran un funcionamiento social adecuado, evitando el enriquecimiento a costa de la necesidad.

Votaría a aquellos que pudieran fomentar el beneficio en función de los logros sin permitir el acaparamiento, a los que supieran permitir la abundancia sin permitir el lujo, a los que fueran capaces de enfrentarse y desenmascarar a los que viven de la ilusión de poseer lo ajeno sin haber hecho más mérito para alcanzarlo que criticar y vivir del esfuerzo ajeno, a los que promovieran la equidad con afán de acercarse a la igualdad, a los que defendieran los derechos individuales y el respeto a los demás como normas fundamentales de vida y de convivencia, a los que me ofrecieran erradicar los miedos colectivos como medio de asustar a la sociedad para que haga dejación cobarde de sus logros. En fin, votaría a aquellos que fueran, veraces, transparentes, servidores de la sociedad e imperfectos, aunque solo fuera por saber que son personas como yo.

Ya, ya lo sé, esto que yo votaría no lo contempla ninguna ideología, ningún sistema global y rígido de interpretación de la sociedad, pero es que yo no quiero una sociedad rígida, cobarde, cortada a machetazos ideológicos para promover el enfrentamiento que impida la obtención, ni siquiera le identificación, de objetivos. Yo no quiero una sociedad que persigue al individuo capaz de establecer un sistema personal de valores en aras a una uniformidad de pensamiento. Yo no quiero una sociedad adocenada, caduca, decadente, llena de individuos políticamente correctos, ideológicamente impecables.

Por eso mi sobre entrará en la urna vacío, por eso y porque ninguno de los llamados candidatos, ninguno de los partidos, en realidad organizaciones de poder, a los que representan, me merece la más mínima confianza. Por eso y porque yo quiero vivir en una democracia donde pueda elegir libremente a mis representantes, donde me garanticen que mi voto vale lo mismo que el de cualquier otro ciudadano de este país, y sin embargo vico en una suerte de aristocracia de las ideologías que funciona como una partidocracia, como una mendaz democracia.

Porque yo quiero una democracia, también imperfecta, en la que las listas sean abiertas y la circunscripción única. Imperfecta, seguramente, pero democracia.

Bueno, pues nada, que me den otra jornada de estas por si consideran que no he reflexionado suficiente, seguro que se me ocurren aún más cosas que aportar al ideario democrático de este país.

Maldita reflexión.

Sobre la eutanasia

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

Supongo que legislar es complicado, incluso ingrato. Supongo, porque nunca me he visto en la tesitura de hacerlo, que buscar la justicia para los demás  es una tarea que debe de exigir una capacidad casi infinita de perspicacia, perspectiva y buena fe que parece inalcanzable. Tal vez por eso mismo intentar que la legalidad, el resultado del acto de legislar, se acerque a un concepto tan ideal como el de Justicia ya no es solo complicado, ingrato, es, finalmente, improbable.

Pero tal vez lo más preocupante, lo que hace que nuestro punto de partida apunte, desde antes de empezar, en una dirección equivocada, a un camino torcido, es comprobar en manos de quién dejamos la tarea.

Legislar debe exigir una tremenda pulcritud en la neutralidad, unas claras miras de lograr mejoras en la convivencia que sobrepasen la circunstancialidad del día de su promulgación y busquen un futuro lo más largo posible, una vocación indiscutible de facilitar la convivencia en armonía evitando las situaciones de preponderancia, de abuso y de perjuicio, administrando los derechos de cada uno sin permitir que nadie pueda olvidar las obligaciones para con los demás.

Esto lo entendieron muy bien los legisladores de la antigua Roma, tan bien, que a día de hoy el derecho romano sigue siendo la base fundamental de diferentes sistemas legislativos, incluido el español. Pero desde entonces, desde hace más de dos mil años, ese cuerpo legislativo se ha ido modificando para adaptarlo a nuevos tiempos, nuevos conceptos, nuevos derechos, nuevas obligaciones. Y el problema siempre ha estado en la mirada del legislador.

Porque los cuerpos legislativos no han sido neutrales nunca. Durante cientos de años se ha legislado sobre los interesas de los legisladores que estaban representados por la iglesia y la nobleza. Unos legislaban sobre la moral, confundiendo sus convicciones con normas de obligado cumplimiento, y los otros legislaban sobre el beneficio y la riqueza reservándose la parte del león y el control de acceso a esa riqueza, o simplemente al bienestar. Detentar el poder y el control eran los objetivos.

Esta situación pareció cambiar con la Ilustración, el nuevo concepto de ciudadano y la aceptación de los derechos individuales universales. El reconocimiento del individuo como referente de esos derechos y capaz de gestionar su propio entorno ético abre unas expectativas que desgraciadamente se frustran al poco tiempo, al poco tiempo histórico.

La irrupción de las ideologías como sistemas de convicciones que se alimentan de la preponderancia del colectivo sobre el individuo, del enfrentamiento sobre el acuerdo, de la imposición por ley sobre la formación evolutiva, hacen que la tarea de legislar recaiga en unas manos que buscan conseguir por la vía de la inmediatez legislativa la obligatoriedad social de compartir las ideas del gobernante y sus más allegados, convirtiendo, de paso, la discrepancia en una ilegalidad.

Pero si con todo lo apuntado la ley parece quedar en mal lugar, en peor lugar queda cuando se constata que las leyes de los distintos periodos se solapan porque nadie las deroga, dando lugar a esperpentos, o situaciones de absoluto agravio.

La legislación sobre la moral que en tiempos pretéritos impulsó el `predominio terrenal de la iglesia, se convierte hoy en una legislación que afecta a las convicciones éticas de los individuos, penalizando, a veces con rigurosidad, convicciones que comparten amplios segmentos de los legislados.

No se puede, no se debe, legislar la moral. No se puede legislar, no se debe, sobre conceptos y derechos que atañen al propio individuo y no implican en su aplicación a otros, a terceros.

Tal vez el último ejemplo, el caso del suicidio de Mª del Carmen Carrasco, haya destapado un problema que solo permanecía tapado para la administración, la acción de control del cuerpo legislativo sobre la vida del individuo. Resulta que el suicidio, la libre disposición de la vida propia, es un delito. Y resulta, como consecuencia, que cualquiera que colabore es también un delincuente con el agravante de que mientras el sujeto principal del delito resulta ya inalcanzable para la justicia, el sujeto colaborador se convierte en reo y perjudicado.

En el fondo subyace el concepto de eutanasia. En realidad el poso moral de nuestra educación nos lleva a un debate estéril entre eutanasia y cuidados paliativos, estéril porque son diferentes y complementarios. Existe una cobardía moral heredada que nos penaliza e impide dar una solución ética al problema. ¿Cuál es la frontera entre los cuidados paliativos y la eutanasia? , yo creo que simplemente la que separa la acción de la inacción.

Los que en algún momento hemos tenido que tomar decisiones sobre vidas ajenas, pero muy próximas, sabemos de la rémora moral que nuestra decisión supone, aún a pesar de tener la convicción ética de haber hecho lo correcto. Tomar la decisión de dejar morir a alguien que ya no tiene ante sí más que un futuro, en la mayoría de los casos corto, de intenso sufrimiento, de tortura médica, es complicado, y siempre queda la duda, el mordisco interior de dudar si se ha hecho lo correcto. Esa incertidumbre moral es, supongo, estoy convencido, mucho mayor cuando en vez de consentir pasas a ejecutar, cuando con el consentimiento del sujeto tú dispones activamente de la vida ajena. Yo, ahora, desde mi perspectiva, no me siento capaz ni ética ni anímicamente de una decisión de ese tipo, pero tampoco, bajo ningún concepto, me siento moralmente capaz de condenar a aquellos que dadas la circunstancias adecuadas si lo hagan. Y en eso si debe de intervenir la legislación, en definir las circunstancias adecuadas descargando a la ley de todo peso moral.

Agravar el sufrimiento moral que seguramente sufre Ángel convirtiéndolo en un delincuente, gravándolo económicamente para mantener su defensa, y obligándolo a la exhibición pública de su zozobra, es de una bajeza ética difícil de consentir. Que además eso se realice mediante un tribunal especial, especialmente concebido y diseñado, para delitos en los que la alarma social es la única justificación para perpetrar una desigualdad con la excusa de corregir otra, es de una vileza legal difícil de asumir.

El peso de la ley, que parece ser muy pesado, no debe de recaer sobre individuos que no han hecho otra cosa que actuar éticamente. No es ese su fin. Tampoco debe de permitir escenarios equívocos en los que puedan darse situaciones de asesinato encubierto. Pero precisamente por eso, se debe de acometer de una vez por todas le definición de los escenarios en los que la eutanasia ha de ser aplicable, aquellos en los que el sujeto pasivo aún puede expresar su libre consentimiento y su firme voluntad debido al deterioro de su calidad de vida. Si se ha legislado sobre el aborto, que para mí no es más que una forma de eutanasia por derechos interpuestos, no entiendo los escrúpulos éticos para afrontar el resto de supuestos, los relacionados con enfermedades degenerativas en fases terminales y de sufrimiento. Acabaríamos, legalmente, con situaciones que terminan siendo injustas para con el que sufre en primer término y con el sufrimiento de los que asisten impotentes a su dolor por extensión.

El desierto vergel

Inopinadamente un viaje por ciertos espacios parece convertirse en un viaje por ciertos tiempos, y es que el desplazamiento por algunas carreteras locales de nuestra geografía rural, a velocidades convencionales, produce efectos que parecen pertenecer a la ciencia ficción y el tiempo se trastoca en nuestro avance. El tiempo y la desmemoria.

He hecho un precioso viaje a las entrañas del Alto Ebro, una región de una belleza particular, llena de aguas en pozos, de aguas en cascadas, de aguas en ríos, encañonadas, salvajes, que se retuercen por la geografía hasta que su búsqueda las hace coincidir y sumarse. Una región en la que el Ebro se transforma de fuente en arroyo, de arroyo en río y de río en ese caudal magnífico que se va asomando a la geografía peninsular hasta su desembocadura. s de Escalada e invita al visitante a recorrer sus calles antes o después de visitar sus parajes. Geografía física y geografía política, como se llamaban en mis tiempos de estudiante a las ramas de la geografía que estudiaban los aspectos naturales y los humanos.  Una llena de venas de agua y sombras de montañas y la otra llena de colores y fronteras que delimitaban las comarcas, las provincias, los usos y costumbres, los recursos naturales que identificaban y daban vida a los hombres que las habitaban.

La belleza de los parajes es conmovedora. La geografía física con sus relieves, sus cursos y sus líneas geodésicas se mantiene, si no imperturbable por el tiempo si al menos, constante en su belleza. Ese prodigio estético, que es la cascada de Orbaneja del Castillo, o ese profundo azul del pozo del mismo color en Covanera, o la belleza del cañón que encauza al Ebro en toda la región y que puedes contemplar en toda su grandiosidad en los miradores junto a Pesquera de Ebro, contrasta con un feroz decaimiento de la geografía política.

Un vergel casi desierto. Una ristra de pueblos enfilados por el Ebro en los que apenas quedan ojos para solazarse en el paisaje, para refrescarse en las aguas, para contemplar el vuelo de las rapaces que pueblan las paredes del magnífico cañón. Una comarca, El Valle del Sedano, en la que entre todos sus pueblos apenas suman el número de vecinos que consideraríamos mínimo para uno solo de ellos. Una comarca que sobrevive con el retorno de los propios en las épocas estivales, de vacaciones y algunos fines de semana, y con el turismo que sus bellezas naturales y culturales deparan a los que se asoman a ellas.

Todo está montado para ese tiempo, para ese escaso, efímero tiempo en el que la población recupera la geografía política. Pero el resto del tiempo, la mayor parte de los días del año, el lugar languidece como si la población, su escasez, fuera la sangre fría de un animal que hiberna a la espera de que vuelva el calor de sus habitantes.

Recorrimos varios pueblos, casi todos, y en todos ellos encontramos el mismo mensaje. No hay gente, no hay niños, no hay vida más allá de algunas paredes que acogen a los cuatro, a los ocho o a los veinte habitantes que aún se aferran a sus pueblos. Pasamos por Sedano, vimos sus iglesias, románico espectacular e incluso único como las columnas de la iglesia de Moradillo de Sedano, como la riqueza que las paredes de la de Gredilla de Sedano atesoran.  Pero no encontramos un bar en el que comer, ni allí ni hasta treinta kilómetros más adelante.

Nos lo decía Blanca, que tiene una panadería, la panadería, en Sedano: “Hace meses que cerró el único bar que daba comidas, y no parece que vayan a abrirlo de nuevo. Primero se llevaron a los niños a Escalada, luego cerraron el bar, este pueblo se va muriendo. A pesar de que aún nos queda el banco ya no quedan apenas habitantes. No más de veinte a diario.” No es la única que nos cuenta esas cuitas, también lo hace la esposa de José Ignacio Ruiz, carnicería Nacho, mientras nos despacha unas morcillas recién cocidas, aún calientes, exquisitas. El pueblo, los pueblos, languidecen y ya solo esperan el retorno temporal de los que viven en Burgos, en Santander, en Aguilar de Campoo o en Villarcayo. O el de los que viven aún más lejos y que por una temporada al año retornan a los paisajes de sus ancestros, o, incluso, a los suyos propios hasta que la necesidad, o la necedad, de un mundo mal construido los llevó a otras tierras. O, como último recurso, a los que se asoman ávidos de las bellezas físicas y políticas que guardan.

Nos lo corrobora José Santos Ruiz, Concejal de Cultura del valle de Sedano, habitante casi único y último agricultor en san Martín de Elines, a donde hemos ido para ver la Colegiata, mientras cargamos un saco de sus patatas. No queda nadie, no quedan agricultores, ni ganaderos, ni ninguna fuente de riqueza que pueda fijar a la población o atraer a nuevos habitantes.

Mientras recorremos estos parajes vemos en la televisión a los agricultores valencianos quejarse del precio al que les pagan las naranjas, de la importación masiva de naranjas de la China, de la “China, na, China, na te voy a regalar” que cantaba mi abuela en mis tiempos infantiles, en esos tiempos en los que la expresión “naranjas de la China” era sinónimo, ya, de camelo. Vamos, como lo del cuento chino y la miel pero en cítrico. Al parecer sale más barato, para los distribuidores, transportar de tan lejos un producto de menor calidad que cogerlo a la vuelta de la esquina. Les permite enriquecerse más para ser más exactos. Y mientras tanto los políticos legislan a favor de los distribuidores, a favor de las grandes superficies y penalizan fiscalmente, en realidad asfixian, a cualquier pequeño productor que intente hacer primar la cercanía y la calidad sobre el beneficio puro y duro de las grandes explotaciones o de la distribución, el verdadero tiburón de la cadena alimenticia, que ha quedado en manos de empresas que siendo extranjeras no sienten ni padecen los problema locales de este país que se despuebla a ojos vistas. Los productos de la tierra, antes sinónimo de calidad, de frescura y sustento de tantas familias, van siendo sustituidos por productos extranjeros, no siempre mínimamente aceptables y de una calidad muy inferior, y no siempre concordantes con lo que dicen ser o de donde dicen provenir en sus etiquetas.

Los pueblos, la España rural del mapa político, languidecen mientras vienen a Madrid a explicarnos que se mueren de soledad e indiferencia. En tanto miles, millones, de personas arrastran su vida por los suburbios de ciudades que apenas reparan en ellos para compartir sus restos, sus excedentes a veces en forma de residuo o basura.

Hacen falta leyes que corrijan este despropósito, hace falta recuperar el amor por la tierra, el gusto por lo cercano, el orgullo de lo propio. Hacen falta leyes, infraestructuras, tejido económico y social que permita repoblar los lugares que se pierden y que hacen que perdamos sus bondades y sus bellezas al mismo tiempo, en tanto la gente malvive y se hacina en otros lugares.

Como decía Blanca, la panadera de Sedano, “cuando en un pueblo cierra el bar ya es que no queda nada”. En esta país cuando en un pueblo cierra el último bar es que ya no queda nada de nada, ni siquiera consciencia política de que hay temas más importantes que ganar unas elecciones o presidir un gobierno, como conseguir un país próspero y preservar lo mejor de su geografía política, de esa geografía política de la que parecen no querer saber nada los políticos actuales.

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