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Historias escritas por RafaelVillar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Sobre la eutanasia

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

Supongo que legislar es complicado, incluso ingrato. Supongo, porque nunca me he visto en la tesitura de hacerlo, que buscar la justicia para los demás  es una tarea que debe de exigir una capacidad casi infinita de perspicacia, perspectiva y buena fe que parece inalcanzable. Tal vez por eso mismo intentar que la legalidad, el resultado del acto de legislar, se acerque a un concepto tan ideal como el de Justicia ya no es solo complicado, ingrato, es, finalmente, improbable.

Pero tal vez lo más preocupante, lo que hace que nuestro punto de partida apunte, desde antes de empezar, en una dirección equivocada, a un camino torcido, es comprobar en manos de quién dejamos la tarea.

Legislar debe exigir una tremenda pulcritud en la neutralidad, unas claras miras de lograr mejoras en la convivencia que sobrepasen la circunstancialidad del día de su promulgación y busquen un futuro lo más largo posible, una vocación indiscutible de facilitar la convivencia en armonía evitando las situaciones de preponderancia, de abuso y de perjuicio, administrando los derechos de cada uno sin permitir que nadie pueda olvidar las obligaciones para con los demás.

Esto lo entendieron muy bien los legisladores de la antigua Roma, tan bien, que a día de hoy el derecho romano sigue siendo la base fundamental de diferentes sistemas legislativos, incluido el español. Pero desde entonces, desde hace más de dos mil años, ese cuerpo legislativo se ha ido modificando para adaptarlo a nuevos tiempos, nuevos conceptos, nuevos derechos, nuevas obligaciones. Y el problema siempre ha estado en la mirada del legislador.

Porque los cuerpos legislativos no han sido neutrales nunca. Durante cientos de años se ha legislado sobre los interesas de los legisladores que estaban representados por la iglesia y la nobleza. Unos legislaban sobre la moral, confundiendo sus convicciones con normas de obligado cumplimiento, y los otros legislaban sobre el beneficio y la riqueza reservándose la parte del león y el control de acceso a esa riqueza, o simplemente al bienestar. Detentar el poder y el control eran los objetivos.

Esta situación pareció cambiar con la Ilustración, el nuevo concepto de ciudadano y la aceptación de los derechos individuales universales. El reconocimiento del individuo como referente de esos derechos y capaz de gestionar su propio entorno ético abre unas expectativas que desgraciadamente se frustran al poco tiempo, al poco tiempo histórico.

La irrupción de las ideologías como sistemas de convicciones que se alimentan de la preponderancia del colectivo sobre el individuo, del enfrentamiento sobre el acuerdo, de la imposición por ley sobre la formación evolutiva, hacen que la tarea de legislar recaiga en unas manos que buscan conseguir por la vía de la inmediatez legislativa la obligatoriedad social de compartir las ideas del gobernante y sus más allegados, convirtiendo, de paso, la discrepancia en una ilegalidad.

Pero si con todo lo apuntado la ley parece quedar en mal lugar, en peor lugar queda cuando se constata que las leyes de los distintos periodos se solapan porque nadie las deroga, dando lugar a esperpentos, o situaciones de absoluto agravio.

La legislación sobre la moral que en tiempos pretéritos impulsó el `predominio terrenal de la iglesia, se convierte hoy en una legislación que afecta a las convicciones éticas de los individuos, penalizando, a veces con rigurosidad, convicciones que comparten amplios segmentos de los legislados.

No se puede, no se debe, legislar la moral. No se puede legislar, no se debe, sobre conceptos y derechos que atañen al propio individuo y no implican en su aplicación a otros, a terceros.

Tal vez el último ejemplo, el caso del suicidio de Mª del Carmen Carrasco, haya destapado un problema que solo permanecía tapado para la administración, la acción de control del cuerpo legislativo sobre la vida del individuo. Resulta que el suicidio, la libre disposición de la vida propia, es un delito. Y resulta, como consecuencia, que cualquiera que colabore es también un delincuente con el agravante de que mientras el sujeto principal del delito resulta ya inalcanzable para la justicia, el sujeto colaborador se convierte en reo y perjudicado.

En el fondo subyace el concepto de eutanasia. En realidad el poso moral de nuestra educación nos lleva a un debate estéril entre eutanasia y cuidados paliativos, estéril porque son diferentes y complementarios. Existe una cobardía moral heredada que nos penaliza e impide dar una solución ética al problema. ¿Cuál es la frontera entre los cuidados paliativos y la eutanasia? , yo creo que simplemente la que separa la acción de la inacción.

Los que en algún momento hemos tenido que tomar decisiones sobre vidas ajenas, pero muy próximas, sabemos de la rémora moral que nuestra decisión supone, aún a pesar de tener la convicción ética de haber hecho lo correcto. Tomar la decisión de dejar morir a alguien que ya no tiene ante sí más que un futuro, en la mayoría de los casos corto, de intenso sufrimiento, de tortura médica, es complicado, y siempre queda la duda, el mordisco interior de dudar si se ha hecho lo correcto. Esa incertidumbre moral es, supongo, estoy convencido, mucho mayor cuando en vez de consentir pasas a ejecutar, cuando con el consentimiento del sujeto tú dispones activamente de la vida ajena. Yo, ahora, desde mi perspectiva, no me siento capaz ni ética ni anímicamente de una decisión de ese tipo, pero tampoco, bajo ningún concepto, me siento moralmente capaz de condenar a aquellos que dadas la circunstancias adecuadas si lo hagan. Y en eso si debe de intervenir la legislación, en definir las circunstancias adecuadas descargando a la ley de todo peso moral.

Agravar el sufrimiento moral que seguramente sufre Ángel convirtiéndolo en un delincuente, gravándolo económicamente para mantener su defensa, y obligándolo a la exhibición pública de su zozobra, es de una bajeza ética difícil de consentir. Que además eso se realice mediante un tribunal especial, especialmente concebido y diseñado, para delitos en los que la alarma social es la única justificación para perpetrar una desigualdad con la excusa de corregir otra, es de una vileza legal difícil de asumir.

El peso de la ley, que parece ser muy pesado, no debe de recaer sobre individuos que no han hecho otra cosa que actuar éticamente. No es ese su fin. Tampoco debe de permitir escenarios equívocos en los que puedan darse situaciones de asesinato encubierto. Pero precisamente por eso, se debe de acometer de una vez por todas le definición de los escenarios en los que la eutanasia ha de ser aplicable, aquellos en los que el sujeto pasivo aún puede expresar su libre consentimiento y su firme voluntad debido al deterioro de su calidad de vida. Si se ha legislado sobre el aborto, que para mí no es más que una forma de eutanasia por derechos interpuestos, no entiendo los escrúpulos éticos para afrontar el resto de supuestos, los relacionados con enfermedades degenerativas en fases terminales y de sufrimiento. Acabaríamos, legalmente, con situaciones que terminan siendo injustas para con el que sufre en primer término y con el sufrimiento de los que asisten impotentes a su dolor por extensión.

El desierto vergel

Inopinadamente un viaje por ciertos espacios parece convertirse en un viaje por ciertos tiempos, y es que el desplazamiento por algunas carreteras locales de nuestra geografía rural, a velocidades convencionales, produce efectos que parecen pertenecer a la ciencia ficción y el tiempo se trastoca en nuestro avance. El tiempo y la desmemoria.

He hecho un precioso viaje a las entrañas del Alto Ebro, una región de una belleza particular, llena de aguas en pozos, de aguas en cascadas, de aguas en ríos, encañonadas, salvajes, que se retuercen por la geografía hasta que su búsqueda las hace coincidir y sumarse. Una región en la que el Ebro se transforma de fuente en arroyo, de arroyo en río y de río en ese caudal magnífico que se va asomando a la geografía peninsular hasta su desembocadura. s de Escalada e invita al visitante a recorrer sus calles antes o después de visitar sus parajes. Geografía física y geografía política, como se llamaban en mis tiempos de estudiante a las ramas de la geografía que estudiaban los aspectos naturales y los humanos.  Una llena de venas de agua y sombras de montañas y la otra llena de colores y fronteras que delimitaban las comarcas, las provincias, los usos y costumbres, los recursos naturales que identificaban y daban vida a los hombres que las habitaban.

La belleza de los parajes es conmovedora. La geografía física con sus relieves, sus cursos y sus líneas geodésicas se mantiene, si no imperturbable por el tiempo si al menos, constante en su belleza. Ese prodigio estético, que es la cascada de Orbaneja del Castillo, o ese profundo azul del pozo del mismo color en Covanera, o la belleza del cañón que encauza al Ebro en toda la región y que puedes contemplar en toda su grandiosidad en los miradores junto a Pesquera de Ebro, contrasta con un feroz decaimiento de la geografía política.

Un vergel casi desierto. Una ristra de pueblos enfilados por el Ebro en los que apenas quedan ojos para solazarse en el paisaje, para refrescarse en las aguas, para contemplar el vuelo de las rapaces que pueblan las paredes del magnífico cañón. Una comarca, El Valle del Sedano, en la que entre todos sus pueblos apenas suman el número de vecinos que consideraríamos mínimo para uno solo de ellos. Una comarca que sobrevive con el retorno de los propios en las épocas estivales, de vacaciones y algunos fines de semana, y con el turismo que sus bellezas naturales y culturales deparan a los que se asoman a ellas.

Todo está montado para ese tiempo, para ese escaso, efímero tiempo en el que la población recupera la geografía política. Pero el resto del tiempo, la mayor parte de los días del año, el lugar languidece como si la población, su escasez, fuera la sangre fría de un animal que hiberna a la espera de que vuelva el calor de sus habitantes.

Recorrimos varios pueblos, casi todos, y en todos ellos encontramos el mismo mensaje. No hay gente, no hay niños, no hay vida más allá de algunas paredes que acogen a los cuatro, a los ocho o a los veinte habitantes que aún se aferran a sus pueblos. Pasamos por Sedano, vimos sus iglesias, románico espectacular e incluso único como las columnas de la iglesia de Moradillo de Sedano, como la riqueza que las paredes de la de Gredilla de Sedano atesoran.  Pero no encontramos un bar en el que comer, ni allí ni hasta treinta kilómetros más adelante.

Nos lo decía Blanca, que tiene una panadería, la panadería, en Sedano: “Hace meses que cerró el único bar que daba comidas, y no parece que vayan a abrirlo de nuevo. Primero se llevaron a los niños a Escalada, luego cerraron el bar, este pueblo se va muriendo. A pesar de que aún nos queda el banco ya no quedan apenas habitantes. No más de veinte a diario.” No es la única que nos cuenta esas cuitas, también lo hace la esposa de José Ignacio Ruiz, carnicería Nacho, mientras nos despacha unas morcillas recién cocidas, aún calientes, exquisitas. El pueblo, los pueblos, languidecen y ya solo esperan el retorno temporal de los que viven en Burgos, en Santander, en Aguilar de Campoo o en Villarcayo. O el de los que viven aún más lejos y que por una temporada al año retornan a los paisajes de sus ancestros, o, incluso, a los suyos propios hasta que la necesidad, o la necedad, de un mundo mal construido los llevó a otras tierras. O, como último recurso, a los que se asoman ávidos de las bellezas físicas y políticas que guardan.

Nos lo corrobora José Santos Ruiz, Concejal de Cultura del valle de Sedano, habitante casi único y último agricultor en san Martín de Elines, a donde hemos ido para ver la Colegiata, mientras cargamos un saco de sus patatas. No queda nadie, no quedan agricultores, ni ganaderos, ni ninguna fuente de riqueza que pueda fijar a la población o atraer a nuevos habitantes.

Mientras recorremos estos parajes vemos en la televisión a los agricultores valencianos quejarse del precio al que les pagan las naranjas, de la importación masiva de naranjas de la China, de la “China, na, China, na te voy a regalar” que cantaba mi abuela en mis tiempos infantiles, en esos tiempos en los que la expresión “naranjas de la China” era sinónimo, ya, de camelo. Vamos, como lo del cuento chino y la miel pero en cítrico. Al parecer sale más barato, para los distribuidores, transportar de tan lejos un producto de menor calidad que cogerlo a la vuelta de la esquina. Les permite enriquecerse más para ser más exactos. Y mientras tanto los políticos legislan a favor de los distribuidores, a favor de las grandes superficies y penalizan fiscalmente, en realidad asfixian, a cualquier pequeño productor que intente hacer primar la cercanía y la calidad sobre el beneficio puro y duro de las grandes explotaciones o de la distribución, el verdadero tiburón de la cadena alimenticia, que ha quedado en manos de empresas que siendo extranjeras no sienten ni padecen los problema locales de este país que se despuebla a ojos vistas. Los productos de la tierra, antes sinónimo de calidad, de frescura y sustento de tantas familias, van siendo sustituidos por productos extranjeros, no siempre mínimamente aceptables y de una calidad muy inferior, y no siempre concordantes con lo que dicen ser o de donde dicen provenir en sus etiquetas.

Los pueblos, la España rural del mapa político, languidecen mientras vienen a Madrid a explicarnos que se mueren de soledad e indiferencia. En tanto miles, millones, de personas arrastran su vida por los suburbios de ciudades que apenas reparan en ellos para compartir sus restos, sus excedentes a veces en forma de residuo o basura.

Hacen falta leyes que corrijan este despropósito, hace falta recuperar el amor por la tierra, el gusto por lo cercano, el orgullo de lo propio. Hacen falta leyes, infraestructuras, tejido económico y social que permita repoblar los lugares que se pierden y que hacen que perdamos sus bondades y sus bellezas al mismo tiempo, en tanto la gente malvive y se hacina en otros lugares.

Como decía Blanca, la panadera de Sedano, “cuando en un pueblo cierra el bar ya es que no queda nada”. En esta país cuando en un pueblo cierra el último bar es que ya no queda nada de nada, ni siquiera consciencia política de que hay temas más importantes que ganar unas elecciones o presidir un gobierno, como conseguir un país próspero y preservar lo mejor de su geografía política, de esa geografía política de la que parecen no querer saber nada los políticos actuales.

San Jorge versus Santiago

Repaso con parsimonia, con calma preocupada, las publicaciones, las redes sociales, hablo con amigos, con conocidos, escucho por la calle y todo lo que percibo va en la misma línea. Todo parece apuntar en la misma dirección.

¿Todo?, ¿Todos?, no, hay un colectivo, un colectivo de colectivos para ser más exactos, inasequible a la razón, a las razones que pintan un panorama preocupante. La clase política ha decidido, ante las señales percibidas en el exterior, hacer su propio análisis, montar su propia historia que, estudiada someramente, no se sostiene. 

Los resultados electorales holandeses deberían de ser un aldabonazo lo suficientemente potente como para despertar la razón más dormida. Los resultados electorales de Andalucía y las posteriores encuestas sobre las elecciones generales y autonómicas ya eran un aviso a navegantes lo suficientemente evidente como para que la preocupación hiciera recapacitar a los políticos y hacer que revisaran sus mensajes. Pero para que esto sucediera tendría que haber un interés que fuera más allá del inmediato de ganar unas elecciones.

Los partidos políticos, en un deriva absolutamente negativa, han pasado de ser unas maquinarias ideológicas, lo cual ya era suficientemente preocupante, a no tener más ideología, ni fin, que enfrentar o rebatir lo que haga o diga el partido de ideología contraria, y, finalmente, a ser unas organizaciones sin otro fin ni principio que la consecución del poder .

¿Y la representación de los ciudadanos? ¿Y las necesidades del país? Todo eso son cuestiones menores en las que reparar solo para servir al fin principal o, en todo caso, a tener en cuenta una vez alcanzado el poder y como forma de perpetuarse en él. Creo que se llama populismo.

Yo sí veo con preocupación, con mucha preocupación, cómo una derecha radical se hace con el control de una cámara de representación en Holanda. Cómo en Francia, o en Italia, o en varios otros países, esa misma tendencia ideológica bordea la mayoría de los votos. Y con esa desazón creciente vuelvo mi mirada a mi país y lo único que contemplo es a una serie de líderes de pacotilla viendo como servirse de esa situación para sus propios, miserables y autistas fines.

La ineficacia, la estulticia, la interesada indignación, la permanente dejadez conveniente de los estamentos políticos con el continuado desafío catalán alimenta de votantes las expectativas de Vox. Las acusaciones de una izquierda obsesionada con masacrar a la derecha y desmembrarla hacen que las cifras de intención de voto de Vox crezcan sin medida. La soberbia de exhibir una superioridad moral que solo es aceptable desde la misma escala moral, y ni siquiera, o desde una perspectiva de educación moral de una sociedad que no desea ser educada moralmente, no al menos por los políticos, acaba de hacer una campaña eficaz para los intereses de Vox.

Casi se podría decir, y es un casi poco convencido, que Vox no existiría sin el conflicto catalán. En realidad sí se puede afirmar con rotundidad que Vox no alcanzaría las cifras actuales de expectativa de voto sin el conflicto catalán y el posicionamiento respecto a él de los partidos políticos.

El choteo, permítaseme el uso de esta expresión tan coloquial, con los símbolos independentistas y la Junta Electoral no hace más que poner en evidencia un vodevil sin ninguna gracia que exaspera y radicaliza a los ciudadanos  de a pie que contemplan indignados como unos cargos pagados con sus impuestos se dedican a poner en solfa al estado y toda su maquinaria. ¿Exagerado? No, que va, he dicho a poner en solfa y no a poner en ridículo que es lo que realmente pienso.

¿Y el gobierno que piensa? Lo que la campaña electoral en ciernes permita sin poner en cuestión la posible alianza que después de las elecciones puede necesitar. ¿Y la oposición? ¿Qué opina la oposición? Pues radicaliza su mensaje en un intento desesperado por evitar una sangría de votos por su costado más radicalmente conservador, en el caso de la derecha, haciendo sangrar su costado más moderado. Y en el caso de la izquierda más radical, se pone de perfil porque su permanente enfrentamiento con el concepto de estado, de país, constitucional, le impide ahora mismo maniobrar con la soltura y coherencia necesarias en el tema.

¿Y los catalanes? ¿Qué opinan los catalanes? Pues ahora mismo hay dos posibilidades de opinión en Cataluña y las dos tienen aproximadamente la misma fuerza. Una mitad no importa lo que piensa porque las instituciones han decidido que no existen, y que en caso de que existieran peor para ellos, y la otra mitad solo piensa en un enfrentamiento permanente y sin futuro con el resto del país, no importa el coste, no importa la razón, no importa la ley, solo importa un fantasma agitado interesadamente por una cúpula política en busca de sus propios fines y que va quemando naves, que debieran de ser de las dos mitades, en su empecinamiento.

¿Y a quién favorece la postura? Pues a la extrema derecha, a la derecha más radical y dañina de la que Vox es en España solamente un tímido representante. A la extrema derecha internacional y añorante que ve como una izquierda sin norte y cada vez más hundida en su ideología y en una posición de aislamiento respecto a las cuitas populares le hace su campaña para lograr una ruptura  de una Europa unida e incómoda para todas las fuerzas retro conservadoras que van floreciendo por el resto del mundo. Que ve como una derecha sin ideas y llena de complejos radicaliza sus posturas acercando cada vez más a sus votantes al caladero del que pretende huir.

Tal vez alguien me llame exagerado, pero baste con comprobar de donde parten los pocos apoyos internacionales que el proceso catalán ha logrado sumar a su causa. Sí, efectivamente, de los partidos de derecha radical que van floreciendo en la UE, de los senadores y  políticos más conservadores de EEUU, de la siempre maniobrante y sibilina diplomacia rusa, directamente o por interpuestos.

Aunque yo creo que hay otro culpable que queda claramente señalado por los acontecimientos, hablo de San Jorge. No puede ser casualidad que los dos focos más graves del retroceso amalgamador que supuso la imperfecta UE le sean afectos. Si, si, Saint George patrón del Brexit, San Jordi patrón del Procés, así que tan poco es tanto disparate decir aquello de “Santiago y cierra España”, a ver si en las alturas pueden resolver lo que a pie de calle no parece que se pueda, no parece que se quiera, resolver, y lo hacemos antes de que lo diga Vox y nos deje sin representante  al que acogernos en esos mundos de dios, porque lo que diga Vox lo carga el diablo y ya no es utilizable. Véase, como ejemplo, la bandera. Santiago, y que cierre la cordura sin ideología, o sea España.

En la orilla

He invocado al mar en primera persona utilizando los lenguajes ancestrales, y observando con el alma el oleaje he querido escuchar con los ojos su respuesta. Las olas escribían en mi mente palabras con acento de sal y espuma, sonido de crestas y vientos, silabas de vida. Debieron de pasar varias eternidades antes de romper el contacto, milenios entre frase y frase, siglos de silencios. 

 Cuando volví en mí nada había cambiado, y una última ola se agitó en despedida, trepando por las rocas, por la orilla, por el aire que la acoge y la limita, y dejando a mis pies, nunca rendida, con simbolismo de madre y de acogida, la arena continente, la vegetación hundida y la vida que lo habita. Y yo mismo, renacido, expulsado una vez más del claustro primigenio, del que he nacido tantas veces, en tantas formas, en tantas vidas.

Viviendo en la distopía

Rafael López Villar. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs

¿Todo es económico? ¿Todos es social? Desde luego lo que sí está claro es que no todo es político, al menos desde la perspectiva de la identidad política/ideología en la que vivimos. Porque la política se ha convertido en un extraño ejercicio en el que una serie de personas imbuidas de una supuesta ideología le dicen a los ciudadanos administrados lo que tienen que pensar, cuando, con que palabras y con qué fines.

Pero la política no es eso, la política, al menos originariamente, sería la voluntad de solucionar los problemas de los administrados. Sí, es verdad, en el momento de enfocar esas soluciones cada uno lo hará según sus convicciones, y eso llevará a que los votantes elijan a uno u otro. Pero no es eso lo que estamos viviendo, cada vez menos. No importa lo que opinen los administrados, ni sobre que temas, solo importa esa opinión que se les permite emitir una vez cada cuatro años. A partir de ahí barra libre para el vencedor, que, como bien sabemos, son todos.

La primera consecuencia de esta situación es una sociedad triste, una sociedad desesperanzada que va cauterizando sus desilusiones y sumiéndose en una fatal indiferencia porque sabe que nada de lo que suceda le afecta salvo que sea para mal, y cada vez es más consciente de que no sabe cómo recuperar lo que nunca estuvo en su mano, el control de los administradores.

Pero estamos mucho mejor que hace cien años. Indudablemente, disponemos de unos recursos, de un confort, de unas prebendas que ya hubieran querido los reyes de la edad media. Entonces ¿de qué nos quejamos? Pues no sé los lectores de este artículo, yo, personalmente, me quejo de lo que no tengo. Me quejo de lo que me quitan por lo que me dan, me quejo de un mundo en el que el individuo está cada vez más oculto tras la colectividad. Porque, reflexionemos un poco, ¿la mejora de la colectividad supone una mejora global de los individuos? Y lo que nos falta ¿es inalcanzable?

Es espectacular contemplar los adelantos globales, la salud universal, la erradicación del analfabetismo funcional, la libertad proporcionada por la tecnología, la divulgación del conocimiento, sobre todo del no práctico. ¿Y a nivel individual? A nivel individual las campanas de júbilo se quedan afónicas día a día. En una sociedad donde la legalidad y la formación son las mayores carencias, unas carencias que se hacen palmarias según se acercan más a los estratos más bajos, más necesitados, con una más dificultosa accesibilidad. Unas carencias que no solo retratan una sociedad manipulada si no una preparación para la manipulación futura. ¿Existe algo más manipulable que un individuo sin formación? Sí, es difícil pero existe, un individuo que no espera nada más que transcurrir por un periodo vital sin carencias ni sobresaltos.

¿Qué percepción de la sociedad pueden tener los ancianos que tras una vida de trabajo se ven abandonados, enfermos y sin recursos para solucionarlo? Que se ven solos en un mundo lleno de gente. Que se sienten transparentes ante unos funcionarios sociales en muchos casos, demasiados, más pendientes de las normas que de los problemas que se les presentan. Unos ancianos que se sienten agredidos por su propia endeblez, por su propia edad, por su propia debilidad que el colectivo ve como un inconveniente molesto, en vez de tratarlos con la dulzura, con la paciencia, con la consideración que su edad merecería.

¿Qué percepción de la sociedad pueden tener los niños, y los no tan niños, no seamos demagogos,  que son metidos en una patera y transportados a otras tierras,o en un campamento de refugiados, o en una fila errante interminable, mientras ven morir a los que están a su alrededor, porque los dueños de su país, que casi nunca son de su país, se quedan con toda la riqueza que ellos necesitarían para vivir razonablemente en esa tierra? La excusa es lo de menos: Pobreza, etnia o religión son dedos de la misma mano sin conciencia que mueve los hilos del mundo.

¿Qué percepción de la sociedad puede tener una persona a la que, viendo invadida su casa, la legalidad la trata como si todos los derechos fueran del invasor y la sume en una indefensión de facto? Ya, ya, que es que vivimos en una sociedad garantista, garantista desgraciadamente con el infractor lo que hace que el agredido sea además de víctima, sospechoso. La inviolabilidad del hogar es uno de los derechos fundamentales del hombre, individualmente, pero la sociedad actual no la garantiza, y el individuo lo ve, lo sufre y no entiende, pero la sociedad, los administradores, tiene otras preocupaciones que el ciudadano de a pié ignora. Ignorante¡¡

¿Qué percepción de la sociedad pueden tener los que desde la indigencia, desde la carencia parcial o absoluta de necesidades básicas contemplan cómo unos pocos se enriquecen más allá de cualquier límite razonable? ¿Cómo se practican la acaparación y la usura sin que se pongan límites a la desigualdad en el reparto de la riqueza? ¿Cómo estas prácticas condenan de facto a sus hijos a ser cada vez más pobres mientras otros nacen con la vida resuelta más allá de méritos o capacidades?

¿Qué percepción de la sociedad pueden tener las víctimas de violencia de cualquier tipo, género, edad, carácter, raza, tendencia sexual o religión, cuando ven como una burocracia indiferente a las necesidades del individuo se enreda, se enroca, se pierde en caminos que habitualmente desembocan en la muerte? No puedo concebir el infierno de estos dos últimos niños muertos en Valencia a pesar de las claras señales de alarma que su situación emitía.

¿Qué percepción de la sociedad puede tener el que recurre a la legalidad con la intención de restaurar sus derechos o solucionar situaciones de evidente injusticia y topa con un funcionario que no cumple con su función o unos recovecos ininteligibles, pero legales, o interpretados torticeramente, que lo sumen en el pasmo y en la indefensión?

¿Qué percepción de la sociedad pueden tener esos individuos que día a día, no importa donde, no importa por qué, se ven enfrentados a la dejación, a la incompetencia, al abandono, a la indiferencia de maquinarias burocráticas que inicialmente deberían de servir para evitarlo?

Sí, es verdad, globalmente vivimos en una sociedad con un nivel de confort, de libertad insospechados hasta hace poco. Pero el confort funciona como una mordaza y la libertad tiene todo el aspecto de ser vigilada. Al final, el lenguaje podría darnos las claves.

Si a los administradores se les llama gobernantes, si a los ciudadanos se les llama contribuyentes, si al acto de administrar se le llama poder, si la sociedad no reconoce a sus individuos, si la única percepción de lo que no funciona está directamente ligada a la implicación personal, entonces, más allá de las percepciones, solo somos reos de nuestra propia molicie y decadencia. Somos como muñecos de un futbolín que nos movemos, con los demás de la barra, cuando el jugador nos mueve.

Tenemos la costumbre, seguramente el cine tiene mucho que ver con ello, de asociar las distopías a la falta de luz. Craso error, también existen las distopías luminosas, por ejemplo: “Un Mundo Féliz”, o la que estamos viviendo día a día.

Del amarillo al amarillo

Hay veces que la historia, las historias que conforman la historia, ponen y quitan razones, proporcionan escenas incuestionables e incluso hacen pequeños guiños al humor, a la comedia de enredo, que de una manera inesperada retratan las situaciones con un ángulo inopinado.

De todo esto hubo ayer en Madrid, en la capital del reino según algunos, en la capital del fascismo hispano según otros, en la capital de todos los españoles según el ordenamiento jurídico vigente. De todo esto hubo entre lo que sucedió, lo que no sucedió y lo que, tal vez, algunos esperaban que sucediera.

Empecemos por lo que no sucedió

NO sucedió, que los demócratas auténticos que venían a inmolarse ante el ataque de las hordas fascistas dominantes en la ciudad de Madrid apoyadas por una policía represiva y violenta, según deduzco del discurso mantenido por los independentistas catalanes en los últimos meses, hayan sido molestados por las tales hordas babeantes e intolerantes.

NO sucedió, que las fuerzas políticas que se rasgaron las vestiduras cuando un grupo de personas de Ciudadanos, encabezada por la diputada catalana Inés Arrimadas, se manifestaron en Amer, considerándolo como una provocación, hicieran declaraciones en el mismo sentido en esta ocasión. Es más, me gustaría escuchar el razonamiento de alguno de ellos.

NO sucedió, que a nadie se le ocurriera iniciar una guerra de banderas, y no hubo más banderas españolas que las habitualmente colgadas en algunos balcones.

NO sucedió, que ninguno de los manifestantes que después de disuelta la manifestación se esparcieron por todo Madrid, algunos con su simbología bien visible y otros discretamente, fueran increpados o molestados de ninguna forma, ni que se sintieran coartados en su libertad. Me gustaría pensar que lo contrario también hubiera sucedido, lo de unos teóricos manifestantes madrileños por Barcelona, pero las últimas experiencias me lo desmienten.

No sucedió, que, salvo los manifestantes presentes y los virtuales, nadie con dos dedos de frente y unas intenciones limpias y coherentes, pueda mantener a día de hoy el discurso del pobre demócrata sojuzgado por el intolerante fascista.

SUCEDIÓ, con la misma normalidad habitual, con los mismos inconvenientes habituales para los residentes en la capital, con el mismo ambiente festivo que la cabalgata de carnaval o la del día del orgullo gay, que varias decenas de miles de catalanes venidos ex profeso para el evento se manifestaron por una de las arterias principales de Madrid, limítrofe con el Barrio de Salamanca por más señas, protegidos por la policía represora y ante la mirada un tanto indiferente de los habitantes de la capital sin que se conozcan incidentes reseñables.

SUCEDIÓ, que una vez acabada la manifestación los integrantes de la misma que lo consideraron oportuno se dispersaron por los barrios adyacentes de la capital y disfrutaron del ambiente de un sábado primaveral y de la visita a lugares emblemáticos de la cultura, incluida la gastronómica, de la capital.

SUCEDIÓ, que la normalidad entre demócratas de respetar y ser respetados se cumplió con absoluta normalidad, y no como una consigna, si no como una actitud cívica, que a las alturas que estamos ya me parece encomiable.

SUCEDIÓ, que por esas casualidades, que a veces acontecen y que seguramente nadie había previsto, ayer se celebró en el WiZinK Center de Madrid, lo que es el Palacio de Deportes de toda la vida, un concierto de Twenty One Pilots, grupo musical británico, al que asistieron varios miles de personas, la mayoría jóvenes (tal vez también jóvenas).

SUCEDIÓ, ¡oh casualidad de las casualidades¡, que casi todos los asistentes al concierto, y como símbolo distintivo, se equiparon con bandas adhesivas , lazos y cintas para el pelo, sudaderas y todo tipo de adornos de color amarillo, sin que a ciencia cierta se pueda suponer que esos adornos tenían nada que ver con el independentismo de la manifestación anteriormente celebrada.

SUCEDIÓ, que, a la salida del concierto y en plena vorágine amarilla, un probo ciudadano acompañado de su familia en un coche de alta gama, sintió hervir la sangre por la evidente provocación y bajando la ventanilla gritó un sonoro “..vaEssspañ…”, con esa cadencia tan característica de ciertas posiciones ideológicas y al que solo le faltó el coño preceptivo final, sin otro resultado que una cierta hilaridad entre los que entendimos el equívoco y sin que casi nadie alrededor entendiera a que venía aquello ni el pobre señor recibiera los abucheos o descalificaciones que esperaba al emitir su grito entre infieles.

SUCEDIÓ, que el independentismo catalán perdió ayer dos batallas: la de la normalidad democrática de acoger las ideas ajenas contrarias a las nuestras y la del simbolismo del color amarillo a manos de un grupo musical.

Los que sí hemos vivido bajo un régimen fascista, los que sí hemos sido reprimidos violentamente por intentar expresar nuestras ideas o, simplemente, por coincidir en el mismo lugar y a la misma hora con los que pretendían expresarlas, los que sí hemos tenido torturados o muertos en las represiones totalitarias, sean del signo que sean, y sabemos de propia mano lo que es el fascismo y como actúa, no debemos ni siquiera sentirnos ofendidos por los que han hecho de un sufrimiento humano intolerable un insulto cotidiano sin contenido.

Fascistas son, o tienen bastante riesgo de serlo, los que se lo llaman a otros para ocultar su propia incapacidad para aceptar las ideas ajenas. Fascistas son, o tiene bastante riesgo de serlo,  aquellos que intentan mediante el insulto silenciar el diálogo. Fascistas son, o tienen bastante riesgo de serlo, los que amparados en una verdad única e incuestionable se niegan a escuchar las verdades ajenas. Fascistas son, o tiene bastante riesgo de serlo, los que levantan fronteras, banderas, barreras o se creen diferentes en todo, o en parte, a los que los rodean. Fascistas son, o tienen bastante riesgo de serlo, los que reconocen los derechos propios y las obligaciones ajenas.

Esos sí son los fascistas, se adornen como se adornen, incluso con lazos amarillos, incluso con banderas nacionales, y lo que seguramente necesitan son unos cuantos hechos culturales que les arrebaten esos símbolos en los que ocultan su sinrazón y su ceguera.

Julio López Cid, in memoriam

 

Rafael López Villar.  Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española .

 

La muerte le llega incluso a aquellos que han aprendido a torearla durante la práctica totalidad de su existencia. Julio López Cid ha muerto a los 93 años rodeado de su familia, su esposa Alma, su hija Claudia, su yerno y sus nietas. Pero no estaban solos porque a lo largo de su vida Julio cosechó una interminable lista de sobrinos, por sangre unos y muchos otros por amistad, y todos estábamos conectados a él por sus llamadas, por su permanente interés por las cosas de la familia, de los amigos y de su ciudad natal, a la que nunca renunció.

Fotografía: De izquierda a derecha y por parejas: Ana y Javier López Iglesias  (primo del autor del artículo y escritor con varios libros publicados): Marisa, hermana del autor, y el autor. Lucila y Antonio Valente, hijos de José Ángel Valente, premio Principe de Asturias de Las Letras y dos veces Nacional de Poesía. Detrás, el tío Julio y Jesús, hermano de Javier y Ana. 

Siempre te preguntaba por aquellos a los que habías visto últimamente, como le iba a todos, como iban los diferentes problemas de los que estaba informado puntualmente, los trabajos los hijos, las enfermedades y, Orensano tenía que ser, de las muertes, de las que era informador tempranero.

Pero Julio López Cid, para mí y para tantos otros el tío Julio, no fue solo el tío Julio. Para mí fue mi segundo padre, literalmente, una figura asociada a la familia durante mi infancia y los atisbos de la adolescencia. Esa persona que comía, cenaba y convivía con nosotros hasta que la llegada de la noche lo llevaba a aquella habitación en la calle Almagro que pertenecía al domicilio de la señora Mayer, una alemana ya entrada en años de la que se contaban mil y una anécdotas por su poco dominio del idioma. “Julia tafón”, parece ser que interpelaba a mi tío Julio cuando lo llamaban por teléfono y que quedó como frase ritual en su entorno.

El tío Julio padeció de tuberculosis desde su juventud, enfermedad que se agravó y lo llevó a estar durante meses internado en Los Milagros, donde yo recuerdo haberlo visitado siendo aún un niño. Esa enfermedad fue la causa determinante de la convivencia con mis padres, no importan tanto las circunstancias como el hecho en sí, que lo acogieron desde antes, aún, de que tuviéramos que emigrar a Madrid.

Los años 59 y 60 fueron determinantes en el devenir de su vida. Su enfermedad avanzaba inexorablemente postrándolo y dibujando un futuro nada incierto respecto a su desenlace. Estando internado le comunican dos noticias de gran alcance: La primera la concesión del Premio Sésamo por “El Pobre Celso” y la segunda, la perspectiva de que el equipo del Doctor Villaverde, el yerno de Franco, le operara en una intervención a corazón abierto pionera en esa época, y que consistía en la extirpación de toda la masa pulmonar dañada.

Siempre la familia, siempre los amigos. En la posibilidad de esa operación inalcanzable se movilizan la totalidad de sus amigos, tantos y tan buenos. Los Barreiros que, con su accesibilidad a la figura del Marqués de Villaverde, consiguen su colaboración, los miembros de su pandilla que asumen el coste, el elevado coste, de los cuidados. Alberto “Cus” Almeida,  Oscar Almeida, Paco Aranda, Marcial Feijoo, Valeriano Barreiros, José Ángel Valente y tantos otros, llegan a donar sueldos enteros para hacer frente a los gastos.  Y su familia, que contribuye en lo que puede. Mis padres, recién llegados a Madrid, lastrados económicamente por las circunstancias de su emigración, aportan el alojamiento y los cuidados permanentes durante la preparación, el posoperatorio y posteriormente durante su recuperación, y el resto de la familia en todo lo que puede.

La intervención es un éxito absoluto y el tío Julio se recupera y fija su residencia en Madrid. Colabora con el ABC como crítico de música clásica y trabaja como funcionario en la Dirección General de Tráfico. Durante este tiempo en Madrid hace su vida en nuestra casa, llega a la hora de la comida y pasa la tarde en casa o sale, según los días, para volver a cenar antes de retirarse a su dormitorio exento. Es habitual que reciba en casa a sus amigos, que en muchos casos lo son también de mis padres. Virgilio Fernández, Jaime Quesada, José Luís de Dios, Acisclo Manzano, Eduardo Valenzuela, Antón Risco son tal vez los más habituales, aunque no los únicos.

Transcurridos unos años decide emigrar a Ginebra. En esa decisión pesan tres hechos sobre todos los demás, y por este orden: Que está su íntimo amigo José Ángel Valente, su desafección al régimen franquista y una considerable mejora laboral como traductor de la ONU.

Allí pasó los cincuenta últimos años de su vida. Allí se casa y forma una familia. La última vez que viene a España, y a Orense, es en 2006 para la presentación del libro de Eduardo Valenzuela “ay, Orense, Orense” publicado como “Ai, Ourense, Ourense”, suceso este, el de la traducción a la fuerza del título del libro, sobre el que publicó un artículo en La Región poco después. Coincide en ese evento con la parte viva de Los Silenciosos, de los que era miembro, y a su vuelta a Ginebra considera que sus ya muchos años, 81, le aconsejan no viajar.

Ha muerto el tío Julio, Julio López Cid, el penúltimo de Los Silenciosos, el hermano casi gemelo de mi padre, mi segundo padre. Si alguien tiene interés en conocer la vida del Orense de aquellos años tendrá que leer sus cuentos, tendrá que disfrutar de su prosa rica, intimista, un tanto impregnada del fatalismo de sus vivencias y de la humedad que el Miño le presta a la ciudad. Puente Sobreira, El Umbral, El Río, El Pobre Celso, deben de ser lecturas de todos los orensanos que estén interesados en su ciudad, y en una literatura rica, dulce y con capacidad para transmitir las historias.

Hoy sí, con su propios versos:

Chora, chuvia, chora,

Po los cristales,       

Po los teus,

Po los meus males.

Brúa, vento, brúa

Peta n’as portas

D’as esperanzas túas

D’as miñas mortas. 

Fuxe, fuxe aixiña

Mal pensamento

A chuvia solo e chuvia

E o vento e vento

Llora, lluvia, llora,

En los critales,

Por los tuyos,

Por mis males.

Muge, viento, muge,(*)

Llama a las puertas

De las esperanzas tuyas

De las mías muertas

Huye, huye presto

Mal pensamiento,

la lluvia solo es lluvia

Y el viento es viento

(*) Respetando la primera versión que era “Muxe, vento, muxe” y que al traducir la segunda versión no aporta nada a la estrofa. De hecho el cambio, afortunado y asumido por el autor, de muxe por brúa parece debido a Ramón Cid.

 

En abril votos mil

Rafael López Villar.  Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española .

En abril votos mil, pero hasta el cuarenta de mayo no te olvides de ir a votar. Así podría resumirse, prafraseando el refranero, el futuro electoral en España. Pero como no suele ser oro todo lo que reluce yo no me guardaría el carnet de ir a votar hasta que se acabe el año, no vaya a ser que volvamos a las andadas.

Y este arranque de realismo pesimista no es gratuito. Si se miran las encuestas y se palpa el sentir de la calle la imposible conciliación de los datos es evidente.  Es más, si escucha el rumor popular, que cuando el río suena agua lleva, y a continuación se leen las encuestas más rigurosas hay una discrepancia que apunta a una gran cantidad de indecisos, o de voto oculto, o de ambas cosas.

Remarcaba lo de encuestas serias porque en esta categoría no se puede incluir la del forofo Tezanos, que ha convertido un organismo oficial, esto es de todos, en una dependencia de campaña del PSOE. Sus previsiones, sus increíbles previsiones, aún más increíbles desde las elecciones andaluzas, son para abochornar a cualquiera que pudiera tener relación con ellas. A lo peor al final nos da en la boca a todos, pero mientras tanto su CIS se ha convertido en una oficina electoral con desmedidos trazos de forofismo.

Los objetivos son claros en todos los casos, los populismos evidentes y el hartazgo de los votantes palmario. Cada vez más la sensación de desencanto en la calle es la más acusada. Cada vez los ciudadanos sienten más que se le está hurtando la posibilidad de vivir en una democracia real. Cada vez más los ciudadanos tienen la sensación de que salvo pinceladas todo seguirá igual salga quién salga. Si uno es corrupto, el otro quiere sacarte las mantecas vía impuestos. Si uno es quiere un liberalismo que sume a la sociedad en una desigualdad cada vez más insoportable, si legisla a favor de las grandes corporaciones y fortunas,  el otro quiere legislarte hasta la moral, intervenirte hasta tus pensamientos, controlarte hasta la asfixia, y no le importan los medios ni las consecuencias.

Yo diría que lo único que va a movilizar en este caso a los votantes es el problema territorial catalán. Que sin el desafío que suponen las actitudes nacionalistas y el hartazgo de la calle hacia sus posiciones el recuento de votos en estas elecciones duraría diez minutos, salvo que se quisieran votar una a una las abstenciones.

Los dos partidos hasta ahora mayoritarios viven de sus forofos, de ese suelo indestructible de votantes de pensamiento único a costa de lo que sea, incluso de validar la postura más erróneamente grosera, o más groseramente errónea, que tanto monta.

Los extremos populistas son gaseosas que se agitan y parece que van a hacer reventar la botella, pero una vez abierta pierden la fuerza a ojos vista. Su único valor es la capacidad de sumarse al descontento general e intentar representar su voz, pero esa representación es tan efímera como su capacidad de hacer algo que consolide su mensaje, que lo haga real. ¿Y si consiguieran hacerlo real? Pues como bien explicaba Don Mendo sobre el juego de las siete y media, “si te pasas es peor”, si lo consiguieran aún sería peor, porque los medios de los que se valdrían para conseguirlo no serían compartidos por la mayoría de los ciudadanos, incluidos en gran parte sus votantes.

Queda por saber cuáles pueden ser las capacidades de captación de ese nuevo intento de centro que en España es el rincón de los palos. Tras UCD, el nunca nato Partido Reformista y el CDS, Ciudadanos pretende ocupar ese espacio, que es, como toda línea divisoria, de difícil equilibrio sin caer hacia un lado o hacia el otro. Los ejercicios de funambulismo político nunca han tenido demasiado éxito, o al menos no demasiado largo.

Aquí ya nos hemos acostumbrado al poco democrático ejercicio de que el que pierde se tira a la calle a hacer lo más incómodo posible el gobierno del que haya ganado. Porque lo importante para todos ellos no es resolver los problemas del país, ni los problemas de los ciudadanos, no, lo más importante es ganar y ejercer de la forma menos democrática posible el poder.

Alguien, leyendo esto, me va a llamar pesimista. Pues sí, en este caso lo soy. En abril aguas mil, o votos mil, pero posiblemente siga lloviendo el resto del año.

Dime con quién andas

Rafael López Villar.  Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española .

A veces, viendo las noticias, recuerdo el refrán aquel que decía: “dime con quién andas y te diré quién eres”. Yo no sé, ni me importa, ni me apetece, saber con quienes andan, aunque es fácil deducirlo, muchos de los personajes extraños que aparecen vociferantes y desgañitados explicando lo malísimos que son los otros. Siempre, debe de ser así al parecer, hay otros que son los malos. En realidad, y según mi punto de vista, los peores porque a mí me parecen todos malos. Malos, mentirosos, ambiciosos y absolutamente desvergonzados, porque si tuvieran un mínimo de vergüenza, de esa que se llama torera, no dirían muchas de las cosas que dicen, y que todos sabemos que son mentira, ellos también, pero si podríamos decir, parafraseando, dime a quién escuchas y te diré quien eres.

Para mí existen tres categorías:

  1. Los que vergüenza ajena. Por sus expresiones, por sus maneras, por su absoluta falta de rigor léxico e intelectual.
  2. Los que por su tono y su lenguaje tiene más interés en soliviantar que en convencer.
  3. Los que sin reparar en su tono ni en sus palabras sabes que lo que dicen está siempre bajo sospecha. Bajo sospecha más que nada por eso de la presunción de inocencia.

Así que dado que hablan con la extraña convicción de que pueden convencer a alguien, conversos aparte, y que yo dudo que eso realmente pueda suceder, hablan en realidad para los que ya están convencidos, y esos convencidos, esos conversos, esos forofos de la palabra ajena, se pueden definir por la categoría de aquel al que escuchan y cuyas ideas integran como propias.

Los máximos exponentes de  la categoría uno podrían ser, por orden de vergüenza, Nicolás Maduro, Donald Trump, Gabriel Rufián o Carmen Calvo. Hay más, pero estos se me destacan.

Me resulta imposible imaginarme el tipo de capacidad intelectual, de capacidad de análisis, de los que enfervorizados aplauden, aclaman, las palabras muchas veces incoherentes, otras simplemente ridículas, y vacías de estas personas, evito el término personajes a propósito.

No importa, llegado el momento de escucharlos, si pueden tener algo de razón en lo que dicen, ni siquiera importa la, habitualmente, carencia de construcción racional de sus mensajes. El pensar, por un solo instante, que sus palabras pudieran parecerme convincentes me produce tal vergüenza que cada vez que se ponen a hablar me resulta inevitable levantarme y dejarlos con la palabra en la boca. En la boca o en cualquier otra parte de su anatomía con la que puedan articular.

De la categoría dos pondría como ejemplos a Jeremy Corbyn, a Boris Johnson, a Bolsonaro, a Gabriel Rufián, a Pablo Iglesias, a Quim Torra, a Carles Puigdemont o a Santiago Abascal. Todos ellos populistas, vocingleros, frentistas. En sus palabras siempre parece vislumbrarse una falla moral que hace inaceptable el trasfondo de su mensaje. Sus mensajes tienen siempre un regusto a persecución, a miseria, a infelicidad individual y colectiva, a necesidad de señalar para no ser señalados, que me induce a sospechar hasta de mí mismo. No importa si alguna vez su extenso catálogo de enemigos perseguibles, a los que se adivina en muchos casos exterminables, puede coincidir con alguna parte del mío. No importa si sus razones, que se adivinan en algunos casos irracionales, pueden parecer, en algún momento, semejantes a alguna mía. No importa `porque lo que nunca podrá coincidir es su manera de abordar las soluciones, la manera de crear afrentas y dolor en la sociedad, de fomentar mediante las palabras y los hechos el enfrentamiento y el odio.

La tercera no por menos evidente es menos peligrosa. Como representantes ideales casi cualquier político de actualidad. Theresa May, Juan Guaidó, Pablo Casado, Pedro Sánchez, por poner unos pocos. Solo pertenecen a la categoría cuando se ponen ante una cámara o un micrófono, cuando empiezan a decir sus verdades, que al contrario de las del barquero, se adivinan parciales  y efímeras, válidas solo para incondicionales y aplicables en circunstancias que no permiten otra salida.

Pongamos un ejemplo, un desgraciado ejemplo, de actualidad: Venezuela. Claramente escuchar a Maduro produce un rechazo intelectual absoluto. Sus palabras desprenden toda la demagogia y la insania ética del que solo habla para escucharse, para ser aplaudido a la fuerza, para poner sobre la mesa enemigos ficticios, odios ancestrales y defender una aristocracia ideológica que lo sostiene por propio interés. Sin embargo el mensaje de Guaidó es un mensaje de esperanza, un llamamiento a valores indiscutibles  y un ofrecimiento de una salida a un sufrimiento popular inaceptable. La elección es clara, el posicionamiento indudable. Pero, siempre hay un pero, yo no puedo evitar pensar que una vez resuelta una crisis de lesa humanidad, Guaidó guarda en el fondo de su armario la vuelta a Venezuela de una oligarquía incapaz de repartir la riqueza, de defender los valores que dice defender y que representa los intereses de las grandes multinacionales que acaparan y empobrecen sin hacer ese empobrecimiento evidente, pero si fatal. Al final el único perdedor real, gane quien gane, será el pueblo venezolano que  a pesar de tener un país rico en recursos nunca podrá disponer de ellos para su propio beneficio y lograr una situación social de bien distribuida riqueza y política de independencia y eficacia.

¿Y España?, pues en España entramos en ese periodo que al principio comentaba: dime a quien escuchas y te diré quién eres. Dime a quién votas y te explicaré como prefieres que te engañen. Por rematar con el refranero, entre marionetas anda el juego, y a mí el hecho de que se vean los hilos me sume en la apatía, en la indiferencia, en la incapacidad de votar a ningún muñeco por muy bien manejado que esté, y por mucho que le aplaudan.

Contando ovejas

Convocar a la gente a movilizarse es fácil, que la gente se movilice no tanto. La calle es tradicionalmente de la izquierda que sabe movilizar con mayor resultado, pero confundir la capacidad de movilización con un respaldo popular son ganas de hacer un brindis al sol.

La concentración del domingo en Madrid me pareció escasa. Escasa incluso comprando la cifra de los convocantes que seguramente era mucho más cercana a la realidad que la de las instituciones. Seguramente el número de personas que esperaban movilizar los partidos convocantes era mucho mayor del conseguido, pero de ahí a considerar, como ya ha hecho el Sr. Sánchez, que los ciudadanos respaldan sus ansias de poder pagadas con cesiones y declaraciones contrarias al sentir popular va un trecho que puede costar unas elecciones.

En esa tibieza de la respuesta popular pueden influir muchas variables, pero la principal es que los partidos pueden movilizar con cierta eficacia  las bases pero les cuesta mucho más motivar, rara vez lo consiguen, a una mayoría de electores que estando hartos de lo que tienen están casi igual de hartos de lo que se les ofrece.

El lenguaje, esa herramienta que los políticos utilizan con alegría, desprecio por las reglas e inconsciencia, puede ser una de las causas principales del desafecto general entre la clase política, toda, y el ciudadano medio, ese que hace ganar o perder las elecciones.

Nadie medianamente templado puede asistir a los exabruptos del señor Casado y luego salir a la calle a apoyarlo. El lenguaje, y más el castellano o español, tiene una riqueza infinita para llamarle a cualquiera lo que a uno le apetezca sin que de su boca salga ni una sola calificación. Nuestro idioma tiene tal abundancia de conceptos, sinónimos y antónimos, que se puede calificar a alguien sin cualificarlo ni descalificarlo directamente. Pero una de las grandes carencias de nuestros líderes es confundir la grandilocuencia y el volumen de emisión con la oratoria. Aquella oratoria en la que era necesario ser versado, y aprendido, para dirigirse con un mínimo de aceptación al público. Aquella oratoria que era fundamental en los estudios de las artes liberales y que emanaba del trívium: dialéctica, gramática y retórica.

Pero tampoco son del agrado general las declaraciones descalificando  los asistentes a la manifestación, calificándolos de rancios, que los habría, de fachas, que los había, o de intolerantes, que algunos lo serían. Descalificar a los demás tiene el peligro de aumentar su número por pura simpatía.

Cierto tipo de izquierda casposa y poco imaginativa tiene la costumbre de despreciar los símbolos nacionales en la misma medida en que cierta derecha, casposa y poco imaginativa, tiene la costumbre de considerar los símbolos como una propiedad y el certificado de una identidad inequívoca. Se puede amar un país, una región, un pueblo, sin necesidades exhibicionistas, pero es difícil amar un país, una región, un pueblo sin respetar sus símbolos ni a los que lo habitan.

“Cierto tipo de izquierda casposa y poco imaginativa tiene la costumbre de despreciar los símbolos nacionales en la misma medida en que cierta derecha, casposa y poco imaginativa, tiene la costumbre de considerar los símbolos como una propiedad y el certificado de una identidad inequívoca.”

Muchos, cada vez más, estamos hartos de ser de ser descalificados como ciudadanos, calificados como fascistas y puesta en cuestión nuestra cualificación democrática por personas que parecen haberse erigido en impartidores de verdades sin otra credencial que el desprecio y el rencor.

Desprecio por todo lo que suponga una identidad y rencor por todo lo que pueda estar asociado a esa identidad. Y para justificarlo les basta con asociarlo todo, me temo que hasta la prehistoria, a un periodo concreto y nefasto de nuestra historia que no podremos resolver mientras su rencor no decaiga o el fervor por él de algunos pocos sea alimentado sistemáticamente por el odio de los primeros.

El permanente y pertinaz sistema de enfrentar a la sociedad, de partirla y descalificar a la parte con la que no se identifican no hace otra cosa que descalificar a esos pretendidos líderes que se afanan, y ufanan, descalificando a millones de ciudadanos que no piensan como ellos.

Yo no podría calificar de casposos o fascistas a la globalidad delos manifestantes del domingo, pero ni mucho menos podría calificar de traidores o de felones a personajes, o personas, que solo me parecen incapaces, soberbios y ambiciosos. Y no podría porque tanto lo uno como lo otro intenta descalificar con adjetivos genéricos, injustos y difíciles de demostrar, algunos de ellos solo utilizables en un proceso judicial.

Guardemos las palabras para aquello que fueron concebidas, para comunicarnos, para acercarnos a la verdad, a la memoria, a la belleza, a la razón, y guardemos en un lugar de acceso restringido a las que sirven para descalificar.

No, el domingo la manifestación no puede considerarse como un éxito. No, no todos los que compartían la necesidad de que el Sr. Sánchez convoque elecciones estaban en Colón. No, no todos los que no fueron consideran al señor Sánchez y sus métodos válidos para sacar adelante este país en sus circunstancias actuales. No, no todos los que fueron consideran que el Sr. Sánchez sea un traidor, o un felón. No, todos los que fueron, ni todos los que consideran que es imprescindible convocar elecciones, piensan que el líder necesario estaba en esa manifestación. No, no todos los españoles se sienten representados en alguno de los bandos, bandas según su forma de actuar, que unas elecciones pueden poner en juego. No, no todos los que reivindican la historia, la bandera, el himno o las tradiciones son fachas. No, no todos los que hacen desprecio de esas cosas son progresistas.

“No, no todos los españoles se sienten representados en alguno de los bandos, bandas según su forma de actuar, que unas elecciones pueden poner en juego. No, no todos los que reivindican la historia, la bandera, el himno o las tradiciones son fachas. No, no todos los que hacen desprecio de esas cosas son progresistas.”

No, no somos una tortilla a la que dividir en porciones para luego comérsela, entre otras cosas porque para hacer una tortilla hay que unir huevo y patata, y en este país ni los huevos respetan a las patatas, ni las patatas toleran a los huevos. Aquello de que los huevos ni olerlos.

Yo el domingo me lo pasé contando ovejas, unas de manifestación, otras de mitin y otras muchas balando barbaridades en los medios de comunicación y las redes sociales, según el rebaño al que creen pertenecer. Un rebaño en busca de un pastor que la tradición y nuestra idiosincrasia nos niegan.

El raquitismo político

El raquitismo es una enfermedad infantil caracterizada por una endeblez extrema y una falta de desarrollo del individuo. Existe una segunda acepción en el RAE: “Desarrollo escaso o deficiente de cualquier organismo animal o vegetal”. Y si vamos al día a día se considera raquítico como sinónimo de debilidad acentuada e, incluso, grotesca.

Es inevitable, teniendo en cuenta las dos últimas acepciones, pensar que tenemos un gobierno raquítico. Un gobierno cuya extrema debilidad y ansias de mantenerse en el poder al coste que sea, nos está llevando a una radicalización de la sociedad de la que hasta sus mismas bases están siendo víctimas.

Nadie cree en sus razones sobreactuadas. Nadie cree en la extrema laboriosidad de su contrastada inoperancia. Nadie cree, por no hablar de hilaridad, en los sondeos que el CIS publica y que están llevando al descrédito de una institución del estado usada de forma partidista.

¿Puede un gobierno mantenerse con este clima popular?  A la vista está que puede. ¿Debe? La mayoría de los españoles, incluidos algunos de sus más destacados militantes, consideran que no, pero por si hay dudas el Presidente del Gobierno en un acto con ribetes de absoluta soberbia publica su libro “Manual de Resistencia” que más parece una declaración de intenciones que un tratado de ética política.

Cabe hacerse una última pregunta, ¿cuál es el programa posible del gobierno? Tal vez alguien no haya reparado en, o le haya sorprendido, la palabra posible, pero es que dado el raquitismo parlamentario del partido que ejerce como gobierno, en solitario, no sabemos cuáles serían sus verdaderas intenciones, porque solo puede hacer lo que sus socios le permiten, y ahí sí que tenemos un problema.

Tenemos un problema grave, muy grave.

El principal socio del gobierno es un partido que bordea la defensa de la constitución, muchas veces por la parte de fuera, que engloba a anticapitalistas y anti sistema en general, es decir radical, que además está en caída libre en intención de voto y en descomposición interna pública y publicada.

Pero si este socio es problemático resulta que el resto de socios del gobierno son independentistas confesos o filo independentistas, lo que sume cualquier iniciativa que les favorezca en una cesión a unas posiciones con las que la mayoría del país está en desacuerdo. Y esas cesiones son continuas porque es la única moneda que tiene el gobierno para perpetuarse en el sillón presidencial, al que parece tan afecto Pedro Sánchez.

El principal socio del gobierno es un partido que bordea la defensa de la constitución, muchas veces por la parte de fuera, que engloba a anticapitalistas y anti sistema en general, es decir radical, que además está en caída libre en intención de voto y en descomposición interna pública y publicada.

Pero si este socio es problemático resulta que el resto de socios del gobierno son independentistas confesos o filo independentistas, lo que sume cualquier iniciativa que les favorezca en una cesión a unas posiciones con las que la mayoría del país está en desacuerdo. Y esas cesiones son continuas porque es la única moneda que tiene el gobierno para perpetuarse en el sillón presidencial, al que parece tan afecto Pedro Sánchez.

 

 

 

 

“El principal socio del gobierno es un partido que bordea la defensa de la constitución, muchas veces por la parte de fuera, que engloba a anticapitalistas y anti sistema en general, es decir radical,”

Así que en principio solo podemos presumir que el gobierno gobierna por interpuesto, sin capacidad real de maniobra y confiando de cara a la gente en crear la suficiente confusión con sus juegos verbales como para evitar un deterioro que parece irreversible. Si a estas piruetas idiomáticas le sumamos la incapacidad de comunicación coherente de la vice presidenta la comunicación gobierno-ciudadanos es una vía muerta, muerta y con claros síntomas de fetidez.

Si las declaraciones de que las opiniones de Pedro Sánchez no tienen que ser coincidentes, ni siquiera coherentes, con las del Presidente del Gobierno, a pesar de ser el mismo, sumieron en el estupor a la población en general, los resultados de la elecciones andaluzas y la actitud de considerarlos ajenos a la responsabilidad de los errores cometidos en Madrid raya en el cinismo más absoluto.

Tal vez, es más que probable, que parte de la renuencia  a convocar elecciones, que parece la salida evidente y única, venga de esos resultados andaluces y de la incapacidad de asumir responsabilidades por parte del gobierno de la nación. De asumir responsabilidades y, ahora sabemos, la decisión del Presidente de escribir un nuevo capítulo de su libro, lo haya escrito quién lo haya escrito, aunque sea costa de dejar tras él un erial político, un erial en su partido y un erial en su país.

Su última cesión, el relator, mediador, notario, escribiente, asistente, o lo que quiera que sea o como se le quiera llamar, ha logrado incendiar incluso el interior de un partido que nunca le ha sido especialmente afecto, salvo los forofos del “no es no” que son sus votantes de primarias y que no representan en absoluto la línea política que España quiere y necesita. Y parece que esta vez ni los subterfugios idiomáticos de llamarle lo que no es y negar lo que es van a conseguir calmar un clamor que cada vez va siendo más popular y menos formal.

Hay que reconocer que no toda la culpa es de Pedro Sánchez, y lo voy a reconocer. Una gran culpa es de este sistema electoral absolutamente perverso y desprestigiado que permite obtener mayoría de escaños con minoría de votos según los territorios electorales en los que te presentes. Esta perversión ¿democrática? Que impide que todos los votos valgan los mismo y que prima a los independentistas de territorios menores al presentarse en territorio global.

Seguramente si sumáramos a día de hoy, en una elecciones actuales, todos los votos de los partidos afectos al gobierno, incluido el gobierno, y los de los que están en contra, sin convertirlos en escaños, los primeros serían bastante menos de la mitad de los emitidos. Y ellos lo saben.

En todo caso si hay dos grandes beneficiados en la situación actual, los independentistas, naturalmente, que están colando su mensaje de que ellos defienden la razón y la pureza democrática, y Vox, que observa como sus posibles votantes crecen a cada día y a cada disparate del gobierno de la Nación.

Y ¿hay alguna solución?. Una parcial, elecciones inmediatas, y otra definitiva y por ello improbable: listas abiertas y circunscripción única ya.

¿Y mañana? Mañana volveremos a hablar del raquítico y encastillado gobierno.

Sin novedad en el frente

Lo malo de una guerra, una vez declarada e iniciada, es que alguien va a perder. Lo malo de una guerra es que alguno de los contendientes no ha medido correctamente sus fuerzas y va a salir derrotado. Lo malo de una guerra, de casi cualquier guerra es que transcurrido un cierto tiempo ya se tiene claro quién no la va a ganar, incluso que el que no la va a perder quisiera que no hubiese sucedido. Lo malo de una guerra es que entre la derrota y el reconocimiento de la misma transcurre un tiempo en el que los daños son prescindibles pero inevitables, porque a nadie le gusta perder, porque a nadie le gusta perder absolutamente y todos los derrotados buscan eso que maniqueamente se llama una salida digna. No siempre la hay, no siempre se concede.

También es verdad que esa dignidad de la salida depende mucho de la inquina, de la prepotencia, de la soberbia desplegada durante las batallas. No pierde igual aquel que lo único que ha generado es odio que el que ha pretendido luchar dignamente por aquello de lo que estaba lealmente convencido, aunque todas las batallas, por el sufrimiento que causan, son reas de dolor que pide dolor. En la generosidad del vencedor, en su comprensión hacia el perdedor y sus motivos, radicará la dignidad de la salida pactada. Un final con honor o una derrota total.

En España estamos viviendo una guerra, en realidad varias todas interconectadas, que teniendo ya un perdedor no tiene claro ni su final ni los términos en los que este verá la luz.

Una guerra provocada por un conflicto mal legislado, mal administrado, mal planteado y, de momento peor resuelto. Es curioso que los legisladores siempre esperan a que se genere el problema en términos inaceptables para empezar a buscar las soluciones, aunque uno pueda pensar que su trabajo debería ser buscar las soluciones para evitar los problemas. Seguramente su devenir político y partidista no les deje el tiempo imprescindible para pensar en sus funciones y sus obligaciones.

El caso es que, sea como sea, nuestras calles se han llenado de taxistas, teóricamente patronos, indignados por la situación de competencia, en muchos casos provocada por su propia incompetencia, desleal, por una legislación incorrectamente planteada e incorrectamente aplicada, que argumentan como obreros contra obreros a los que les llaman patronos. Ya el planteamiento en sí es perverso, pero más lo es el desarrollo cuando cierto ministro en franca dejación de sus funciones, también se puede hablar de extrema cobardía política, traslada la resolución del problema a las administraciones de menor rango, posibilitando acuerdos locales que ni resuelven el problema de forma homogénea, ni siquiera semejante, o lo que es lo mismo, creando agravios comparativos entre colectivos de distintos lugares con diferentes logros en sus demandas en un único territorio nacional. Un sindiós que diría un amigo mío.

“El caso es que, sea como sea, nuestras calles se han llenado de taxistas, teóricamente patronos, indignados por la situación de competencia, en muchos casos provocada por su propia incompetencia, desleal, por una legislación incorrectamente planteada e incorrectamente aplicada, que argumentan como obreros contra obreros a los que les llaman patronos”

Y ahí estamos. Los taxistas de Madrid no saben cómo acabar una movilización en la que se han enfrentado a sus propios clientes, con unas pretensiones iniciales dictadas por unos logros ajenos a los ciudadanos, otorgados por las ¿autoridades? catalanas, y que han expulsado a la competencia de las calles de Barcelona, imposibles de logar en Madrid, con unos mensajes y hechos de cariz radical, cuando no violento, difíciles de asumir por la opinión pública y viendo como su pretendida fuerza se va diluyendo en el tiempo y la sinrazón.

No menos importantes que las batallas, en las guerras, son los personajes que surgen a su fragor. En Madrid se ha hecho famoso “Peseto Loco”, parece ser que un taxista de ideas radicales y tirón mesiánico que parece arrastrar a los más extremistas entre los movilizados, que tampoco son todos aunque si la mayoría. No conozco a la persona, desconozco bastante al personaje, pero si tengo claro que cuando lo nombro la memoria se me mueve entre Tiroloco McGraw, aquel dibujo animado de Hanna y Barbera que era un caballo vaquero con cargo de sheriff y habilidades para conducir diligencias, y Caballo Loco, famoso jefe piel roja que empezó una guerra que nunca podía haber ganado. Ni la humorística vida del dibujo animado, ni la heroica del jefe Sioux, parecen ejemplos válidos en la lucha de los taxistas, pero de ambas se pueden sacar paralelismos, y ninguno es positivo.

Lo malo de esta historia es que acabe como acabe, sea con una salida digna o con una rendición sin condiciones, el conflicto entre dos formas de ver y enfocar dos negocios que se hacen competencia no será otra cosa que un aplazamiento más de la solución definitiva que el problema demanda. Claro que eso pasará por un ministro capaz y unas asociaciones dispuestas más negociar que a movilizar y secuestrar ciudades y ciudadanos.

Sin necesidad de ser oráculo el momento dice que sin haber acabado el enfrentamiento actual ya podemos vislumbrar las tensiones futuras. Y si no al tiempo.

Guatebuena o guatemejor

Asombra cada vez más esa capacidad desarrollada por algunas personas para leer lo que ellos quieren leer sin pararse ni un ápice en leer lo que realmente dice un texto. Y además se permiten discutir con el autor en base a lo que dicen haber leído sin dar ninguna credibilidad a lo que evidentemente dice el texto en cuestión.

Es obligación de todo el que escribe hacerlo con las palabras correctas, con la precisión de un ingeniero y la claridad de una ventana sin cristal, para cerciorarse de que lo que dice se corresponde con lo que quiere decir. Pero aun así habrá quien lea algo diferente a lo escrito. Y no hablamos de las lecturas entre líneas que algunos escritores cultivan, cultivamos, con esmero, no, si no de la interpretación absolutamente errónea del texto principal.

Es verdad que casi siempre estas posturas se corresponden con querencias ideológicas, casi siempre, que llevan a interpretar todo con el simplismo de lo bueno y lo malo.

Sin comerlo ni beberlo, sin ni siquiera pretenderlo, un escritor puede pasar de fascista irredento a rojo de mierda en el tiempo en que ciertos lectores tarden en leer el título de artículos que defienden lo mismo con distinta argumentación. Basta con que la postura no sea totalmente coincidente con los patrones de pensamiento aceptados en ese momento por el movimiento ideológico, o partido, al que el lector esté adscrito.

Me ha pasado recientemente con un artículo sobre la situación venezolana, en el que pretendía comentar la falta de información veraz con la que nos movemos y el cuidado que hay que poner en dar por bueno algo que, desde la distancia, puede parecer coincidente con nuestra forma de pensar pero sin dominar el entorno en el que se produce, ni las circunstancias.

Soy un convencido que el personajillo que dice gobernar Venezuela en nombre de los intereses que sea, y que él y los de los intereses sabrán, es un cáncer totalitario de los que hacen todo el daño que pueden antes de ser extirpados, no tienen cura, y que por tanto mi postura es absolutamente reprobatoria.

Pero también recuerdo que antes de Chavez Venezuela no era un paraíso para el pueblo en general, aunque si para una oligarquía feroz y acaparadora. ¿Puedo desde aquí presuponer que el señor Guaidó, que en principio tiene mayores simpatías para mí que Maduro, no va a representar a otros intereses, de otro signo o nacionalidad, que no sean también perjudiciales para los pobladores de aquel país? Pues no, no lo puedo presuponer. Ni la historia ni lo poco que sé del nuevo presidente venezolano me invitan al optimismo de pensar en un país libre de las garras extranjeras y donde la sociedad sea igualitaria y se beneficie de sus riquezas. No puedo, imposible. ¿Quiere esto decir que prefiero que siga Maduro? Ni de broma. Sus bufonadas permanentes me llevan de la vergüenza ajena a la incredulidad, del bochorno a la conmiseración por los gobernados, y a la indignación. Solo un muñeco articulado puede ser tan nefasto y gobernar.

Cuando uno está en lo peor, y posiblemente Venezuela lo está o lo roza, cualquier otra cosa es mejor, pero a veces lo mejor es enemigo de lo bueno, y eso si me preocupa.

Como me preocupan, y mucho, los apoyos recibidos por el señor Guaidó. Pienso que si yo recibiera el apoyo a mis ideas de Trump o de Bolsonaro, abriría con carácter de urgencia una honda reflexión sobre mis ideas, con la esperanza de que ellos estuvieran equivocados al apoyarme.

En fin, que cada uno lee lo que quiere o lo que su mente le permite. Espero que esta vez mi reflexión se entienda un poco mejor que la anterior.  Al menos por parte de los que a la hora de leer, de charlar o de debatir, usan la plantilla ideológica para poder posicionarse, y de paso posicionar a los demás que es lo que más les divierte y satisface.

Venezolanos, mucha suerte, la vais a necesitar suceda lo que suceda, y, sobre todo, no cejéis en la lucha por conseguir un país libre, igualitario y justo.

La extrema decepción

Hemos construido un mundo, o nos han construido un mundo, que solo puede entenderse desde la posición ideológica. Un mundo de enfrentamientos por nada, de confrontaciones nimias, de declaraciones altisonantes y nulas realidades. Un mundo que solo puedes comprar como militante, término que califica a los forofos de una ideología, y que ignora de forma sistemática y contumaz a la mayoría de ciudadanos que ni comulgan con muchos de sus postulados, ni participan de las periódicas demostraciones de autosatisfacción partidaria, ni compran las repetidas mentiras usadas para intentar marcar una diferencia con la ideología colega y contraria.

Y ahora, cuando el ciudadano harto ya de estar harto ya se cansó y, como todos los que se cabrean para adentro y durante mucho tiempo, explota otorgando su voto, su grito, su cabreo, a partidos populistas y extremos, ya sé que esto es redundante pero conviene redundarlo, estos personajes instalados en su pretendida, y ampliamente vendida, superioridad ética vienen a decirnos lo equivocados que estamos y en que peligros incurrimos al votarlos.

Es cierto, los partidos extremos son peligrosos, su falta de rigor en el análisis, su absoluta falta de criterio en la adopción de medidas y su marcado carácter  marxista, de los Hermanos Marx no del otro, en cuanto a su desfachatez para adaptar sus criterios a lo que haga falta, los hace no solo extremos en sus ideologías y sus acciones, sino extremadamente peligrosos en su implantación social y su deriva inevitablemente totalitaria.

Tuvimos hace unos pocos años una explosión de izquierda radical que va remitiendo y ahora asistimos a una explosión de derecha radical que también espero que remita. Lo curioso es que la izquierda radical fue acogida con cierta simpatía y la derecha radical es acogida con grandes aspavientos. Cuando lo radical aún no es extremo, cuando la base es más populista que ideológica, ni la simpatía ni los aspavientos son de recibo. Son como la fiebre, un síntoma que debe de hacer que nos examinemos con rigor para localizar la dolencia y actuar en consecuencia. Y siempre tener en cuenta que, a pesar de miradas interesadas o deformadas históricamente, la extrema derecha en el mundo no tiene más muertos que la extrema izquierda ni sus métodos, totalitarismo y terror, son diferentes.

“Tuvimos hace unos pocos años una explosión de izquierda radical que va remitiendo y ahora asistimos a una explosión de derecha radical que también espero que remita. Lo curioso es que la izquierda radical fue acogida con cierta simpatía y la derecha radical es acogida con grandes aspavientos.”

Como siempre la teoría deja sensación de poca concreción, así que intentemos hacer una proyección de la teoría sobre un problema concreto. Podríamos elegir: violencia de género, globalización, delincuencia callejera, ocupación mafiosa, educación, inmigración…

Creo que la inmigración nos puede dar una visión exacta del problema, de las posturas adoptadas y de una solución razonable, aceptable.

Dice la izquierda radical que hay que garantizar la libre circulación, la eliminación de fronteras. Y a mí me parece una posición loable, ideal intelectualmente hablando, pero irrealizable a corto plazo, imposible sin un trabajo previo y largo que permita la práctica real de ese ideal.

Dice la derecha radical que hay que cerrar las fronteras y expulsar a los inmigrantes porque la economía no soporta la avalancha continua de personas sin objetivo ni capacidad de integración en un sistema ya dañado. Y tiene una antipática, en el sentido literal de la palabra, razón. Un sistema incapaz de generar  ocupación y sin reglas para una integración eficaz solo puede crear bolsas de miseria, de marginación y guetos que al fin y a la postre acaban derivando en delincuencia.

“Dice la derecha radical que hay que cerrar las fronteras y expulsar a los inmigrantes porque la economía no soporta la avalancha continua de personas sin objetivo ni capacidad de integración en un sistema ya dañado.”

Pero la razón de la derecha es torticera y oculta realidades sociales incuestionables, realidades de necesidad, de conveniencia, de humanidad, así como la razón de la izquierda es puramente estética y se desentiende de los problemas sociales generados a posteriori. Se desentiende y demoniza a aquellos que quieran ponerlos a la vista de todos.

La sociedad española actual necesita imperativamente la inmigración. Basta con pasar nuestra mirada por el día a día de nuestros ancianos o por nuestra variable demográfica. La casi totalidad de los cuidadores domésticos, municipales o residenciales, son inmigrantes, personas que han hecho de su necesidad paliativo de la nuestra y de la de nuestros mayores, que aportan su dedicación, y en muchos casos su cariño, a tareas que no son especialmente amables, ni están especialmente bien remuneradas, y que lo hacen a pesar de que las leyes y cierta parte de la sociedad les  ponen trabas y los señalan. Y quién habla de nuestros ancianos habla de la construcción, de la hostelería, de todos los empleos de baja cualificación que quedarían desiertos si no fuera por ellos.  Y cada vez más los niños nacidos son de progenitores inmigrantes.

Y es en este punto de necesidad donde primero se confrontan las peregrinas ideas ideológicas. Donde la realidad, el día a día, desmonta las peregrinas ideas de la izquierda y de la derecha que llevan a la sociedad a rebelarse contra posturas que ignoran los problemas del ciudadano de a pié.

Porque si bien es cierto que necesitamos la inmigración, que nuestra baja tasa de natalidad y nuestra decadencia laboral en la que todos aspiramos a lo máximo sin reparar en lo imprescindible y creamos leyes y condiciones que traban o imposibilitan la necesidad, también es cierto que un país no puede acoger indiscriminadamente a todo el que llame a su puerta, ni mucho menos al que la fuerce.

Hay casos de lesa humanidad en los que acoger al que lo pide es una obligación moral, casos en los que la huida de la guerra, del genocidio, de la barbarie violenta hacen irrenunciable la acogida, pero ni todos son estos, ni estos son todos.

Porque la inmigración ilegal e indiscriminada, parte de ella,  tiene consecuencias perversas para la economía, para la cultura y para la convivencia.

España tiene cuatro vías abiertas a la inmigración, pero sangra especialmente por una y se queja fundamentalmente de tres: la sudamericana, la africana, la china y la europea, siendo esta última de tres clases, la de los jubilados con países con mejor renta que la nuestra, menos sol y menos calidad de vida, la de la delincuencia internacional  y en este mismo grupo están también profesionales de Europa del este altamente cualificados en sus países y que en el nuestro desempeñan labores muy por debajo de su valía.

Curiosamente esta última que representa en su mayor parte una afrenta a nuestra cultura, hay jubilados ingleses y alemanes que después de años no saben decir buenos días en nuestro idioma y que se niegan a convivir con los españoles, y un foco de delincuencia de alto nivel mucho más peligrosa aunque menos molesta que la de los raterillos de poca monta o los extorsionadores de semáforos, que pertenecen al mismo grupo, es la que menos rechazo provoca en la población media, porque ni se le suponen ayudas oficiales, ni hacen ruido cuando entran.

Los chinos, esa multitud que no se sabe ni cuándo viene, ni en que cupos, ni cuándo se va, ni si se va, se han apoderado del antiguo comercio de barrio, de la típica tienda de ultramarinos, de la droguería, de la tienda de electricidad y de todo el comercio minorista, y ya no tan minorista, e incluso empieza a ser habitual verlos al frente de pequeños negocios de hostelería. La queja habitual es que tienen condiciones especiales en los impuestos, la explicación habitual es que el gobierno chino se hace cargo de los impuestos durante un tiempo. Mi principal preocupación con este colectivo es que estoy viendo que cualquier día pido unos callos y me ponen rollitos de primavera. También es cierto que últimamente se aprecia una cierta integración en la sociedad y empiezas a observar chinos de segunda generación perfectamente inmersos en la sociedad española. Hasta sus mafias son internas y no afectan a los ciudadanos que no sean de su etnia.

La sudamericana es tal vez la inmigración más aceptada. Abandonan a la familia y se vienen con lo puesto para empezar a trabajar al día siguiente. Ocupan los espacios más humildes de la bolsa de trabajo disponible y su acervo cultural y lingüístico les permite integrarse desde el primer momento con el resto de la población española. No suelen requerir ayudas de ninguna clase y su labor es apreciada, seguramente por tener el mismo idioma, en las tareas de hogar y cuidado de personas mayores. Preocupan sobre todo las estructuras mafiosas, casi siempre juveniles, que a veces intentan imponer su ley en los barrios que van colonizando. Pero salvo este problema, que es de carácter policial más que social, y su tendencia a crear guetos por nacionalidades, no existen conflictos graves abiertos entre nativos e inmigrantes de este grupo.

Y ahora llegamos a la inmigración por la que sangra el problema: la africana. La inmigración musulmana del norte de África y la subsahariana. A las que podemos añadir la de países árabes en conflicto bélico o religioso. Son realmente la primera plana de la inmigración. Las pateras, los barcos repletos, el trabajo de las mafias que les facilitan los lamentables medios para que alcancen Europa o mueran en el intento. El problema de esta inmigración, que es la que todos utilizan para sus falacias políticas, es que se hace visible desde el primer momento violentando las fronteras para lograr el acceso a una sociedad en la que posteriormente rara vez se integran, ni laboral ni socialmente. Es verdad que en algunos casos porque recalan en países que no les ofrecen ninguna salida, pero en otros casos por su mismo rechazo, ético y religioso, hacia la sociedad que los acoge. Esta inmigración, además, sí es sospechosa de ayudas oficiales, nunca clara y fehacientemente desmentidas, lo que unido a sus demandas de cambio en la sociedad de acogida, utilizadas torticeramente por algunas tendencias políticas para sus propios fines, los hacen padecer un rechazo casi visceral.

 

 

 

“Y ahora llegamos a la inmigración por la que sangra el problema: la africana. La inmigración musulmana del norte de África y la subsahariana. A las que podemos añadir la de países árabes en conflicto bélico o religioso.”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Esta inmigración, además, sí es sospechosa de ayudas oficiales, nunca clara y fehacientemente desmentidas, lo que unido a sus demandas de cambio en la sociedad de acogida, utilizadas torticeramente por algunas tendencias políticas para sus propios fines, los hacen padecer un rechazo casi visceral.”

 

Cuando se habla políticamente de la inmigración, sea a favor o en contra, suele ser casi exclusivamente de este grupo en el que se integran los colectivos que mayor rechazo social producen: los manteros, los musulmanes radicales, los terroristas venidos de zonas en conflicto…

Es a este grupo al que la izquierda radical dedica sus afanes solidarios. Al que la izquierda radical utiliza para llevar adelante sus afanes contra el catolicismo, ya sea como base de fiestas y tradiciones o como religión predominante, aunque cada vez menos, en la cultura e historia del país. Y ni esa cultura ni esa historia, ni esas tradiciones, van a ser rechazadas por la inmensa mayoría del pueblo español, no hoy al menos, por mucho que se ataquen o denigren. Y son esas actitudes, esa ceguera interesada ante los hechos, esa forma de fomentar lo ajeno frente a lo propio, lo que agita los fantasmas xenófobos que llevamos dentro

Es a este grupo al que la derecha radical habla de expulsar, de acabar con el top manta, de acabar con el peligro de atentados en nuestras calles, de acabar con la intromisión en costumbres hondamente arraigadas en la sociedad española de origen, ya solo de origen, religioso como las Navidades o la Semana Santa. Es a este grupo al que señala la derecha radical cuando habla de peligros, de falta de integración y de conflictividad. Es a este grupo al que la derecha radical utiliza para agitar nuestros interiores fantasmas xenófobos.

La inmigración, toda, sin excepciones, es un problema, pero es un problema no porque vengan, que están en su derecho, no porque no se integren, que están en su derecho, no porque opinen y se manifiesten sobre nuestras costumbres, que están en su derecho, no. La inmigración es un problema porque tanto la derecha radical como la izquierda radical la utilizan para sus propósitos no declarados. Unos se exceden en su permisividad, los otros en su intolerancia, y ni los unos ni los otros se preocupan lo más mínimo por resolver el problema.

Tal como ya había dicho, esta posibilidad de análisis existe para cada uno de los problemas que integran los ideológicos idearios de los partidos radicales. Fantasmas que se mueven al albur de las necesidades de desacreditar al otro bando, que toman cuerpo de heridas sociales abiertas y que se alimentan con bulos nunca desmentidos, con hechos aislados presentados como norma y viejos rencores que la historia no ha cerrado.

Ni la derecha radical representa a una mayoría de la población española ni tampoco lo hace la izquierda radical. Lo único que representan, ambas, son la extrema, la radical, decepción de un pueblo que se siente cada vez menos interesado por un sistema político plagado de errores de representación en los que se persevera por interés de los partidos que administran la partidocracia.

Ante la extrema decepción, listas abiertas y circunscripción única ya.

Una sociedad mediocre

Nos hemos convertido en una sociedad mediocre. Acobardada, servil y mediocre. Y no me estoy refiriendo a la sociedad española exclusivamente aunque sea la que tengo más presente, me estoy refiriendo a la sociedad occidental en general que está culminando un camino de varios siglos en los que, salvo hechos puntuales, se ha ido refugiando en un adocenamiento inducido por la cesión del individuo hacia las instituciones.

El individuo, armado de sus números  (de cuenta, de identificación, de acceso a la sanidad, de matrícula laboral, de teléfono,…) se va diluyendo en medio de unas estructuras de poder inicialmente diseñadas para resolver los problemas comunes y que con el tiempo se han ido convirtiendo en voraces organismos fuera del control ciudadano en el mejor de los casos cuando no en causa directa de los mayores problemas del mismo.

Es inconcebible que convivamos con normas y leyes dictadas en nuestro favor (póngase el tono ironía activo) que todos sabemos puramente recaudatorias y coercitivas y no seamos capaces de obligar a sus promotores a retirarlas avergonzados de forma fulminante. No, no solo no las retiran y nos piden perdón, si no que con la cabeza alta y la soberbia de quién se considera por encima de sus administrados nos enumeran una lista infinita de pretendidas ventajas para nosotros.

Las leyes, las normas, ya no son un instrumento de defensa de la razón y la convivencia, ahora, aquí, para casi todos, las leyes y las normas son un instrumento administrativo para despojar al ciudadano indefenso ante la aplastante maquinaria de unos organismos administrativos centrados en la explotación inmisericorde del bolsillo privado. Más allá de la justicia o la razón, más allá de la equidad o idoneidad de la aplicación de las normas, la administración persigue al ciudadano hasta límites intolerables, moralmente reprobables, bordeando la ley hasta su aplicación fraudulenta e interesada.

“Las leyes, las normas, ya no son un instrumento de defensa de la razón y la convivencia, ahora, aquí, para casi todos, las leyes y las normas son un instrumento administrativo para despojar al ciudadano indefenso ante la aplastante maquinaria de unos organismos administrativos centrados en la explotación inmisericorde del bolsillo privado”

Así que el ciudadano asiste entre el pasmo y su incapacidad de una reacción acorde a su indignación a su continuo despojo, a su permanente indefensión, al pisoteo sistemático de sus derechos individuales desde las diferentes administraciones -¿Por qué tener un expoliador si podemos tener varios y que se escuden unos en otros?- o desde grandes corporaciones protegidas por las leyes que les permiten actuar de forma lesiva e injusta sin otro derecho que el de la coacción de suspender un servicio básico ante cualquier posibilidad de resarcirse o rebelarse que el ciudadano de a pié pueda tomar.

Es intolerable la situación, el descaro, pero se toleran. Son intolerables las formas, los fondos y las explicaciones, pero se toleran y se mira hacia otro lado. Son intolerables los personajes que medran al amparo de estas normas, de estas leyes, y que añaden a la vejación de su aplicación la insultante, muchas veces, actitud personal de inquisidor, la altiva confrontación de quien se cree con una superioridad e impunidad que insulta, que veja, que condena a quien le paga aún antes, sin ni siquiera haberlo escuchado.

Es un fraude de ley la presunción de veracidad que permite gravar y/o condenar a un ciudadano sin otra prueba que la denuncia de otro ciudadano al que se le concede tal privilegio por motivos de mayor facilidad condenatoria. Es un fraude de ley que reconocida la presunción de inocencia en la constitución el ciudadano tenga que demostrarla ante cualquier conflicto con la administración o funcionario o personal asimilado y no estos su culpabilidad. Baste su palabra

Es fraude de ley, pero su aplicación es permanente, que las leyes y normas se utilicen con un fin diferente de aquel para el que fueron aprobadas.

Es fraude de ley utilizar los plazos y recursos de la administración para dejar indefenso, sin capacidad de reacción al ciudadano, pero tanto la administración central, como las administraciones autonómicas, como los ayuntamientos lo hacen sistemáticamente sin que nadie parezca dispuesto a intervenir o capaz de ponerles coto.

Es fraude ciudadano que alguien pueda ser condenado por lo mismo que otro sea absuelto, baste cambiar de juez, de ayuntamiento o de comunidad autónoma.

Es fraude de ley que una ley no tenga otro objetivo que despojar a un ciudadano de una parte o la totalidad de los bienes sin pararse en su justa aplicación moral ni en las consecuencias  económicas o laborales para el condenado.

Es fraude ley, ciudadano, ético y de cualquier clase que el sistema, mediante la educación, avale esa mediocridad y la fomente vistiéndola como una mejora, haciendo del fracaso un éxito y de la falta de mérito un mérito homologable. Ofende a la inteligencia, ofende a los que se esfuerzan por lograr metas y ofende a los que educan, pero sobre todo hipotecan y empobrecen el futuro de esas generaciones y del país que lo permite.

Pero a todo esto asistimos y nos callamos. Todo esto lo sufrimos y los seguimos votando con unos criterios que solo pueden entender los forofos, los partidarios, los que están dispuestos a pasar por lo que sea para que no ganen los otros, tan descarados, tan sinvergüenzas, tan dañinos como estos o más, pero con una etiqueta diferente. Y es tal el hartazgo, la desinformación, que cuando queremos salirnos del follón creado solo vemos la opción de los mesías de la palabra hueca, del populismo sin soluciones, del mesianismo del ciudadano uniforme y plano tan contrario a la libertad y a las libertades.


Pero a todo esto asistimos y nos callamos. Todo esto lo sufrimos y los seguimos votando con unos criterios que solo pueden entender los forofos, los partidarios, los que están dispuestos a pasar por lo que sea para que no ganen los otros, tan descarados, tan sinvergüenzas, tan dañinos como estos o más, pero con una etiqueta diferente. Y es tal el hartazgo, la desinformación, que cuando queremos salirnos del follón creado solo vemos la opción de los mesías de la palabra hueca, del populismo sin soluciones, del mesianismo del ciudadano uniforme y plano tan contrario a la libertad y a las libertades.

“Pero a todo esto asistimos y nos callamos. Todo esto lo sufrimos y los seguimos votando con unos criterios que solo pueden entender los forofos, los partidarios, los que están dispuestos a pasar por lo que sea para que no ganen los otros, tan descarados, tan sinvergüenzas, tan dañinos como estos o más, pero con una etiqueta diferente.”

Y es que en apenas dos siglos el habitante de los países occidentales en general ha sufrido una imparable mutación de ciudadano en contribuyente y  de contribuyente en paganini. Tan imparable e indeseada mutación amenaza con no dejar las cosas así y convertir al paganini actual en un aborregado esclavo de un gran hermano, insospechado por su origen para Orwell en unos casos y exacto en otros, que ya claramente asoma las orejas.

Balad, balad hermanos, con las papeletas en las manos.

Elegid, elegid con esmero quién os quitará el dinero.

Bailad, bailad los triunfos de los que os van a despojar.

Y después de cuatro años, volveremos, volveremos a empezar. (Si nos dejan).

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