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Historias escritas por RafaelVillar
Nacido en 1953 en Orense. Vive en Madrid desde los cuatro años. Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española sobre la que tiene varios blogs.

Los viejos selfies

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Miércoles, 14 de agosto de 2019

 

Hola papá:

 

Hace ya meses que hablamos por última vez, hace ya meses que mi falta de tranquilidad, mi imposibilidad de sentir el duelo a la que estoy sometido por las cuestiones mundanas, tú ya sabes de qué te hablo, ha medio cegado esta vía de comunicación de la que nos hemos valido durante tu enfermedad. Esa enfermedad tantas veces negada y en la que tanto hemos sufrido durante tu última etapa.

Supongo que habrás visto al Tío Julio. Fíjate, la de cosas que superó durante su vida y ha sido incapaz de superar tu muerte. Me lo decía Alma, no levantó cabeza desde que se enteró de que habías muerto, pero ya estáis los tres ahí, los tres de mi infancia y casi adolescencia: Mamá, el tío y tú.

No te voy a contar muchas cosas de las que aquí han quedado, son excesivamente penosas y no nos aportan nada a ninguno de nosotros, solo, si te acuerdas, dile a mamá que cuanta razón tenía respecto a ciertas personas, cuanto odio, cuanta rabia, cuanto pensamiento negativo pueden albergar algunos seres humanos. Como ella bien decía es imposible ser feliz cuando solo se tienen pensamientos negativos hacia los demás.

Pero quiero centrarme en lo que quería contarte. A ella le escribiré cuando consigamos desentrañar toda la miseria que aquí nos ha quedado.

Llevaba tiempo intentando escribirte, pero siempre he roto todo lo que escribía. Eran palabras tristes y sin contenido, palabras que no tenían otro mensaje que la queja o el retrato de una situación sin pies ni cabeza, y para eso, ya me basto yo. Además supongo que donde estés habrá un filtro para evitar que las cuitas y miserias de este mundo lleguen a contaminar ese.

Nada, que me enrollo. El motivo principal de esta carta, en realidad la necesidad de poder hablar contigo es realmente el principal, es una foto. Una foto trucada e inesperada. Una foto que al recibirla me turbó de tal manera que tardé un tiempo en recuperarme, una foto tuya que nunca te hicieron a ti.

Ya sabes que en estos tiempos, aunque a ti ya prácticamente no te pillaron, todo el mundo usa los teléfonos móviles para sacar fotografías, incluso se ha puesto de moda hacerse fotos a uno mismo y se llaman “selfies”. Sí, claro que me acuerdo papá, como no, de cuando usabas los carretes de 36 fotos para todo un verano, o para un viaje, porque luego había que llevarlas a revelar y costaban una pasta, y además a veces pagabas por revelar fotos que ni se sabía que habían reflejado, o las veladas, que daban aún más rabia. En estos tiempos que corren la cosa es distinta, treinta y seis fotos se hacen en un pispás, se revisan en el momento y se borran las que no sirven. Y es que los tiempos adelantan “que es una barbaridad”.

Bueno, pues no queda ahí la cosa, ahora resulta que esas fotos se pueden manipular usando programas especiales. Que si las retocas, que si les pones un filtro de color, que si las conviertes en dibujos, que si… que sí, que se puede hacer todo eso y más. Tanto más se puede hacer que uno de esos retoques es la causa de estas letras.

Uno de esos programas que te comento envejece aparentemente a las personas. No te puedo explicar cómo, pero lo hace. En la mayor parte de las ocasiones se limita a añadir alguna ojera, algún descuelgue y alguna arruga para lograr el resultado de una vejez previsible. O eso es lo que yo creía y había visto, hasta que el otro día tu nieto me mandó una foto suya que había pasado por el dichoso programita. Tardé en entender la foto. Tardé en recuperarme de la impresión que me produjo. La foto de Yago envejecido era una foto tuya. Esta vez el programa había tirado de genes.

Siempre hemos sostenido que Yago se parecía más a la familia de Isabel que a nuestra rama. Es más, si lo miras ahora, sin el filtro, difícilmente aprecias en él ningún rasgo tuyo.  Pero parece ser que el programita en cuestión no se sintió aludido por nuestra perspectiva y envejeció a Yago hasta lograr un retrato de su abuelo, un retrato más tuyo que de él.

Te lo envío para que lo veas. Tal como ya he avisado a la gente, yo no pienso pasar ningún retrato mío por el tal filtro, primero porque cuando uno ya tiene arrugas propias a lo peor el programa se las borra, o sea que el envejecimiento de la vejez resulte un rejuvenecimiento, pero segundo, y aún más importante, porque después de la experiencia de Yago no quiero ver mi foto convertida en alguien a quien recuerde. Y es que, en contra de lo que piensan muchos, no siempre todo lo que se puede hacer, apetece.

Un beso papá. Hasta la próxima. Saluda a los que estén contigo.

Hoy, ahora, contigo

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Domingo, 11 de agosto de 2019

La muerte es solo un instante, un umbral, una esperanza. No se puede hacer del miedo el tamiz de todas las vivencias, no se puede ser feliz con la permanente presencia del mañana incierto. Hay que enfrentarse al instante sin secuelas, a la vivencia con la inconsciencia de quien no ha tenido ni tendrá otras vivencias, al momento con la insaciable sed de quien apura hasta el fondo el recipiente de lo cotidiano. Sin tiempo para pensar, sin necesidad de anticipar, sin ánimo de comparar ni recordar aquello que por ya sido, por porvenir incierto, pueda manchar irremediablemente lo único cierto, hoy, ahora, contigo.

La Trampa

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Jueves, 8 de agosto de 2019

Es muy habitual, sobre todo en tiempos de elecciones, oír hablar de un concepto más resbaloso que resbaladizo y que siempre concluye como la famosa frase de Quevedo: “fueronse y no hubo nada”. Hablo de la redistribución de la riqueza.

 

El concepto en sí mismo ya es tramposo. Cada vez que se produce una transacción económica se lleva a cabo una redistribución de la riqueza, pero no es en este sentido en el que oímos a los políticos hablar de este tema, si no en el sentido  de que hay que intentar que la riqueza se distribuya uniformemente entre toda la población, en el sentido de habilitar mecanismos económicos que persigan una igualdad patrimonial que esos mismos mecanismos desmienten.

Hace ya mucho tiempo, tanto que la abuela tortuga no llega a recordarlo…, perdón por esta introducción de cuento para explicar un cuento, que los que detentaban el poder inventaron el concepto básico  de cómo hacerse con parte de la riqueza que generaban aquellos que estaban bajo su dominio, los impuestos, y como justificar la tropelía, haciendo de un despojo una forma de extraña de prestar servicios comunes. Eso sí, cuanto más absoluto era el poder menos beneficio revertía en los contribuyentes. Cuanto más absoluto era el poder  más opaca era la inversión de lo recaudado.

A nada  que se piense con un poco de lógica aplicada, si es el poder siempre el que determina las reglas y cuantías de la contribución que para sus fines necesita de los que producen, y los mecanismos por los que los que contribuyen tienen acceso a controlar en que se usa la parte de su riqueza, que el poder considera, coercitivamente, que le corresponde para llevar a término su pervivencia, son escasos o inexistentes, es inevitable darse cuenta de que el poder utilizará en primer término su fuerza disuasoria para su propio beneficio.

Es decir, una institución no productiva pone en marcha un sistema por el que se obliga a una solidaridad no siempre consentida a aquellos que sí producen a cambio de unos beneficios, teóricos, uno de los cuales, y de los costosos, es el sistema coercitivo que se empleará, entre otras cosas, para obligar al cumplimiento de los no conformes, que pagan de esta manera su propia represión, imponiéndoles unas reglas y cuantías que no siempre, en realidad casi nunca, son justas, y además se les escarnecerá públicamente tachándolos de insolidarios y delincuentes.

Por si misma esta situación desmiente la bondad del concepto. Un sistema que necesita represión no es solidario, y casi con toda seguridad no es justo. Un sistema que utiliza parte de sus recursos, una parte cada vez más importante, en perseguir y sancionar a los disidentes, es un sistema implícitamente perverso. No se puede imponer la solidaridad, se pueden imponer conceptos negativos que la suplantan bautizándolos con nombres de ideales, cuya consecución no es objetivo real, como puedan ser: el bien común, los servicios sociales o la redistribución de la riqueza. Ideales cuyo logro quedan flagrantemente desmentidos tanto en los presupuestos de cualquier estado como en la vida real y cotidiana.

Así que la recaudación de impuestos no es otra cosa que una forma de obligar a los individuos a que prescindan de parte del beneficio obtenido de su trabajo para que otros que no producen ningún beneficio, conocido al menos, decidan que necesidades, pretendidamente comunes aunque no siempre lo sean, tienen que cubrirse con esa merma de la remuneración personal.

¿Está un pacifista satisfecho con su contribución a la defensa? ¿Está un jubilado conforme con sus carencias mientras contempla como ciertos pretendidos representantes de su situación tienen prebendas que él no puede alcanzar? ¿Está un empresario satisfecho mientras ve como las leyes que se aprueban con su contribución lesionan gravemente las posibilidades de pervivencia de su negocio? Por poner los ejemplos más populistas, dejando de lado los más sangrantes y complejos. Lo dudo. Otros me hablarán, para rebatirme, de la sanidad, de las infraestructuras, de la educación… y yo les hablaré de donde están todas las carencias que los estados permiten.

Habrá en este caso quién me hable de izquierdas y derechas, como si esa falacia tuviera algo que ver con la realidad del problema. Los impuestos se inventaron antes que las ideologías, y las ideologías lo único que han hecho ha sido reinterpretar el sistema en su propio interés. La prueba está, como siempre basta una mirada sin improntas ideológicas, para comprobar que nada ha cambiado, aunque nada sea igual. Defiendo la perversidad del sistema, no su falta de inteligencia. Por lo que se cambian impuestos por libertades, que no tienen costo, pero no se garantizan más allá de lo que los individuos, o el grupo de presión al que pertenecen, son capaces de defender por si mismos.

La derecha defiende la mínima intervención directa del poder a cambio de una desigualdad cada vez mayor permitiendo una acaparación sin límites y apenas interesándose por los más desfavorecidos. La izquierda promueve la máxima intervención posible de tal modo que el poder se erige en garante de sí mismo y la redistribución de una pobreza provocada por la falta de libertad individual. Hablo, claramente, de situaciones extremas, pero no por extremas menos ciertas. Como si de una función matemática se tratara diríamos que x = f(n) tendiendo n a infinito, siendo f los impuestos y n el importe. Para n= 0 estaríamos en una extrema derecha ideal, y para n=infinito en un extrema izquierda tan ideal como la extrema derecha ya mencionada.

Creo que hay una referencia histórica que describe la absoluta perversidad del sistema de recaudación de impuestos. Son tiempos de Luis XIV y Francia, en realidad el rey, necesita dineros para dotar las guerras que sostiene, teóricamente para aumentar la gloria de Francia, en realidad la gloria, el poder y la riqueza del rey de Francia y de su élite. La única salida es aumentar los impuestos, y en tal sentido Colbert, el ministro de finanzas, se dirige al cardenal Mazarino explicándole que no encuentra la forma de gravar más a una población castigada ya al límite. Mazarino, lejos de compartir las cuitas de Colbert le da una norma que todos los ministros de hacienda de todos los gobiernos tienen en la cabecera de su mesa como guía y faro: “Hay una enorme cantidad de gente entre los ricos y los pobres. Son todos aquellos que trabajan soñando en llegar algún día a enriquecerse y temiendo llegar a pobres. Esos son los que debemos gravar con impuestos, cada vez más, ¡siempre más¡. A esos cuanto más les quitemos más trabajarán para compensar lo que le quitamos. ¡Son una reserva inagotable¡”

 

 

Releyendo la frase se puede paladear toda la perversión que implica. No solo el cinismo sobre la clase media y la burguesía, también sobre las clases intocables. Los pobres son intocables porque si sobrepasamos el límite de lo que les quitamos perdemos al contribuyente. Los ricos porque su verdadero valor está en que siempre podemos, en caso de necesidad, comprar parte de su riqueza a cambio de prebendas que a la larga los harán más ricos.

Intentando concluir, cuestión ya de por sí cuestionable, la de concluir, y para aquellos bien intencionados:  confiar en que el sistema impositivo basado en una apropiación porcentual de la riqueza individual en función de su producción, o riqueza pasiva, pueda contribuir a una redistribución justa de las riquezas es una falacia que solo el poder puede manejar con desparpajo, y con medios detraídos de otras necesidades reales para poder imbuir en la sociedad esa falsa convicción. Lo que se llama propaganda. El hecho de que se permita que ese sistema, además, sea prerrogativa del poder, es como poner a la zorra a cuidar a las gallinas.

Si alguna vez alguien pretende redistribuir la riqueza, si alguien alguna vez tiene un fin justo, solidario, si alguna vez alguien está más interesado en compartir que en acaparar, si alguien alguna vez es más propenso a servir que a servirse, si en algún remoto e inconcebible futuro el administrador está interesado en los administrados y más preocupado por administrar que por recaudar, seguramente empezará por proponer unos límites de enriquecimiento y empobrecimiento que eliminen de la sociedad el lujo y la miseria, que son los extremos de una injusticia social. Si alguna vez la solidaridad es una necesidad común palpable y aceptada, el recorrido estará claramente garantizado.

Tal vez entonces, y solo entonces, entendamos qué es la redistribución tolerable de la riqueza y hayamos logrado comprender la trampa que el sistema tradicional de impuestos supone para aquellos que no son ni el poder ni su élite asociada. Si alguna vez la sociedad llega a asumir que la igualdad no existe, pero que la equidad es un estado alcanzable, habremos recorrido una parte importante del camino. 

¡Utopía¡, gritarán muchos ante mis palabras. ¡Distopía¡ me permito yo gritar ante sus hechos, sus pertinaces, mendaces e históricos hechos.

La CN(I)C

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Domingo, 4 de agosto de 2019

Hay organismos que simplemente analizando su nombre dan una idea de lo que se puede esperar de ellos. Habitualmente esconden la frustración de su vocación tras acrónimos que no significan nada, ni lo que hacen, si es que lo hacen, ni lo que dejan de hacer, si es que hacen algo, ni lo que deberían de hacer pero no hacen, si es que… me repito.

 

Hay entre todos uno que por su absoluta incapacidad, al menos por su absoluta incapacidad para que nos demos cuenta de que intenta hacer algo, me produce una especial ternura. Furiosa, indignada, rabiosa, pero ternura. Y es que el pobre organismo empieza sus problemas ya por su propio nombre, que es difícil que pudiera ser más inadecuado para las funciones que se supone, que ya es suponer, que debe de desarrollar.

 

Hablo de la CNC. Ya, la mayoría de ustedes ni siquiera sabe de lo que le hablo. Pues es un consuelo, porque una vez que lo identifique la mayoría de ustedes no sabrán para que sirve, y eso es, aún, peor.

 

La CNC es la guinda de un pastel que tiene a partes iguales desfachatez, desahogo, avaricia, de la de saco reforzado para que no se rompa, y abuso. Hablo del pastel político de las grandes corporaciones nacidas de la privatización y liberalización, por el bien de usuario y la libre competencia, de la energía y las comunicaciones, fundamentalmente.

 

Porque se supone que la, ¡ay¡ Don José que me da la risa y no puedo decirlo, privatización de las empresas nacionales de energía, Campsa, y comunicaciones, Telefónica, y la entrada de nuevas empresas de capital extranjero de los mismos sectores, haría que la competencia, y es que ya me duelen los costados de tanto reír, abarataría los precios y mejoraría la calidad de servicios a los usuarios, o sea, perdón que me seque las lágrimas un momento, nosotros.

 

Y es que cada vez que algún político dice que va a hacer algo por nuestro bien, que por cierto nunca nos ha preguntado antes, yo saco la cartera, miro lo que tengo y calculo cuanto menos me va a quedar, eso sí, por mi bien.

Es más, si la RAE me consultara, que ya sé que no lo va a hacer, yo haría una entrada a beneficio ciudadano que diría más o menos: “x. Política. Acción de gobierno encaminada a empeorar la situación de los ciudadanos, de coste desmesurado y beneficio de los representantes políticos elegidos por ellos.” Tal cual, sin más historias.

 

Pero no nos desviemos de nuestro tema principal, de nuestro actor protagonista, del papel de villano útil que le otorgó el guión de esta película, de la CNC.

 

Alguien pensó, si establecemos una libertad, ya empiezo otra vez con la risa nerviosa, de mercado tendré que establecer un organismo, más impuestos, más funcionarios, más burocracia, que vigile que parezca que se hacen la competencia entre ellos, que es la justificación primera del latrocinio cometido. Y crearon la CNC, la Comisión Nacional de la Competencia, cuyo nombre ya daba pistas sobre sus funciones, sí, pero sobre todo sobre su ineficacia, que al fin y al cabo es imprescindible para el enriquecimiento, no solo de los accionistas, que tendría un pasar, si no de los consejeros correspondientes que son, en su mayor parte, políticos en decadencia designados por sus partidos para un retiro feliz y altamente remunerado, y figuras emblemáticas del capitalismo más descarnado que controla estas empresas, encargados, a cambio de generosa remuneración, de llevar a la empresa por donde el poder, el político y el económico, lo necesiten. ¿Y el beneficio del ciudadano?, es evidente, aún podía pagar más de lo que paga. 

 

¿Y la CNC? A lo suyo, como esos empleados que se quejan de toooodo el trabajo que tienen y nunca hacen nada, a emitir comunicados, publicar multas, ineficaces, ridículas en su cuantía y a destiempo, y a quejarse, como no, de que no dan abasto. Ni abasto ni a no basto. Simplemente son de una ineficacia perfectamente útil para quien corresponda.

 

Ya llamándose comisión  cualquier ineficacia le puede ser supuesta. Una comisión al fin y al cabo una comisión no es otra cosa que un conciliábulo de expertos encargados de estudiar una situación y sus posibles salidas durante el tiempo suficiente para que la situación cambie y las soluciones no sirvan para nada. Y lo cumple, a pies juntillas, la CNC cumple su papel como comisión sin la más mínima concesión a la eficacia o a la función ejecutiva.

No voy a decir nada al término Nacional. No me voy a para a explicar que la mayoría de estas empresas nacidas con recursos nacionales está ahora en manos de capital extranjero. No le voy a dedicar ni un minuto.

 

Pero hablemos de competencia. Teóricamente la comisión nació para evitar que las grandes empresas se pusieran de acuerdo y actuaran como un monopolio encubierto. Si, justo, eso que en la actualidad hacen. Porque, ¿quién recuerda una bajada real de la gasolina?, ni siquiera cuando durante meses el petróleo bajaba y bajaba, la gasolina al consumidor reflejó esa bajada de la materia prima. Pero, ¡milagro de milagros!, en cuanto el petróleo empezó a subir el precio de la gasolina subió con ansia. Podríamos hablar de la electricidad, de cómo en un par de años nuestros recibos prácticamente se han duplicado, aunque nos vayan cambiando la forma y tiempo de la facturación para evitar que podamos hacer comparaciones engorrosas para ellos. Vale, vale, hablemos del agua. NO, tampoco el agua. O del cine que durante años reclamó, por el bien del espectador, la bajada del IVA cultural. Bueno, ya bajó. Digo el IVA cultural porque los precios de las entradas han subido.

 

¿Dónde está el CNC? ¿A qué se dedica? ¿Cuándo y en qué trabaja? ¿Hasta cuándo nuestra paciencia nos obligará a pagar porque nos tomen el pelo? Ya, ya, toda la vida. Estamos tan ocupados ideológicamente peleando por esos temas que a los poderosos le interesan que nos olvidamos de reclamar lo que a nosotros realmente nos interesa.

 

Hoy he hablado de la CNC, yo le llamaría CN(I)C, con la i de incompetencia bien marcada, pero mañana podemos hablar de la inutilidad ciudadana de otras entidades. Es más, podríamos hablar del concepto nocivo, para el ciudadano de a pié, de gobierno. Pero, parafraseando a los añorados Tip y Coll, mañana, mañana hablaremos del gobierno.

Hacer o no hacer

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Jueves, 1 de agosto de 2019

 

 

Solemos hablar de las redes sociales únicamente para denigrarlas, la mayor parte de las veces con toda la razón, pero la verdad es que también depende de con quién puedas mantener relación en ellas. Si te relacionas con seres semi racionales, fanáticos, dogmáticos y peripatéticos, lo más probable es que tu grado de frustración se corresponda con la absoluta falta de alimento intelectual que puedes sacar de ellos. Pero no todas las personas que pululan en la red tienen ese cariz intransigente y refractario al pensamiento libre, no todo en la red son consignas y panfletos, si seleccionas un poco hay amigos que te aportan una nueva vía de pensamiento cada vez que los lees.

 

 


Y entre estos amigos, en este caso además de amiga virtual tengo la suerte de conocerla personalmente, está Mar Campillo. Y la menciono, tendría muchas más razones para hacerlo, porque esta mañana ha publicado una frase de Pierre Rey, “uno es lo que no hace”, con la que inicialmente se está en desacuerdo, pero que según va paladeándose intelectualmente se va notando una proximidad inicialmente insospechada, de las que obligan a pensar.
Solemos estar convencidos de que nuestros actos hablan por nosotros, de que somos aquello que hacemos porque hacemos solo aquello que elegimos. Incontestable verdad. Craso error.


Evidentemente nuestros actos pasados determinan nuestro presente y por tanto condicionan nuestro futuro, y esto es cierto, de ahí lo de incuestionable verdad, pero no es menos cierto que no siempre elegimos lo que hacemos, unas veces por ignorancia, otras por conveniencia, y no menos por pura obcecación, y en estos casos lo que hacemos y lo que somos no son la misma cosa, de ahí lo de craso error.


Cada vez que tomamos una decisión, a cada instante que pasa porque no solo son decisiones las conscientes e importantes o reflexionadas, descartamos toda una suerte de posibilidades que darían lugar a una vida diferente. Yo no seré el mismo después de escribir estas palabras que si no las hubiera escrito, mi mente ha cambiado, mi percepción de mí mismo y de lo que me rodea ha cambiado, aunque sea sutilmente, y, me gusta pensar, y la cosmología lo apoya, que todas esas posibilidades habrán de ser vividas por otras realidades de mi yo.


Recuerdo como Alexander Vilenkin, cosmólogo, explicaba a Eduardo Punset, con Andreu Buenafuente como taxista y testigo, que los universos son infinitos, en número y extensión, pero que lo que está dentro de ellos es finito, luego el contenido se repite con todas sus posibilidades, infinitamente. Y ponía como ejemplo, magnífico ejemplo, de lo que hablaban que seguramente en otro universo el taxista, Buenafuente, podría ser un famoso presentador de televisión.


Hace ya tiempo yo mismo exploré esta misma posibilidad configurando la vida como una serie de estancias en las que hay un número indeterminado de puertas, entre las que tienes que elegir una para seguir adelante. ¿Y las demás? ¿Tenemos que olvidarnos de ellas? No. Estoy convencido de que no, de que hay tantos yos como puestas en cada estancia y que todas son abiertas, en distinto universo, en distinto plano.


Pero no solo en distintos planos seguimos viviendo lo que no hicimos, la memoria, ese recurso maravilloso de la consciencia, nos permite recordar y recrear tantas cosas que en su momento decidimos no hacer que esa rememoración acaba siendo una parte activa de nuestro propio ser. Eso que habitualmente llamamos la experiencia no es otra cosa que el análisis de los aciertos y errores cometidos como parte de nuestra forma de adentrarnos en el futuro presente.


Lo primero que me llamó la atención en la frase original es que hay muchas cosas que no se hacen, más que las que se hacen, que ni siquiera están a nuestro alcance, que ni siquiera llegamos a saber que se podrían, o que no se podrían, haber hecho, luego no podemos ser lo que no se hace. No podemos ser solo lo que no se hace.


Así que, y sin que esto sea definitivo, ya que otros yos le darán mayores, o menores, o diferentes interpretaciones, mi yo existente hasta este momento ha llegado a la conclusión de que, sin dejar de ser lo que hacemos, somos en gran parte lo que hemos dejado de hacer, ya que eso pertenece a nuestro yo exterior, yo al fin y al cabo, y a la memoria y experiencia de mi yo actual. Pero ni aun así estaríamos enteros, ni aun así llegaríamos a cumplir todas las finitas expectativas que el infinito requiere de nosotros, así que dando un giro más, y reafirmándome a mí mismo, creo firmemente que somos lo que hacemos, lo que hemos dejado de hacer, lo que nunca elegimos no hacer y lo que nunca tuvimos la posibilidad de hacer.


Al final, sea de forma religiosa o científica, toda idea desarrollada nos acerca a una unicidad, a una identidad única de todo. Y cuando hablo de todo me pasa como con los hechos, hablo de lo que existe, de lo que no existe, de lo que nunca existió, de lo que nunca existirá e, incluso, de lo que jamás imaginaríamos que podría existir, o no existir.


Me queda solo darle las gracias a Mar. A Mar y a todos esos amigos de las redes sociales que me obligan a pensar más allá de lo que el día a día me exige, porque cada vez que me fuerzan a hacerlo hacen que proliferen mis puertas y me multiplique en una suerte de explosión polínica del pensamiento. Y darle las gracias, también, a todos mis desconocidos yos lectores, y a los que nunca me han leído, y… “Hasta el infinito y más allá”

El dueño del balón

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Viernes, 26 de julio de 2019

Hablaba apenas hace dos días sobre el diálogo de sordos que estaba desarrollando en el Congreso de los Diputados. Y si hace apenas dos días el diálogo estaba entre sordos y besugos, ayer más parecía entre infantes enfurruñados. Como en el patio del colegio, o cuando jugábamos en la calle, había un dueño del balón que explicaba que o se jugaba con sus reglas o se marchaba, con el balón por supuesto, para su casa.

 

El dueño del balón,  figura de la infancia de muchos de aquellos que ya tenemos una cierta edad, que provocaba las risas, las puyas y las chanzas apenas se daba la vuelta. La propiedad del balón, que era la única manera en la que alguien que era poco popular, en general antipático y caprichoso, y que encima no sabía jugar al fútbol, podía reivindicar como derecho lo que no era más que una imposición de niño caprichoso y consentido. Porque, que fuera antipático era llevadero, que no supiera jugar al fútbol tolerable, no había ningún Pelé en el grupo, pero esa manía de cambiar las reglas y erigirse en árbitro porque el balón era suyo, eso era insoportable.

 

“Ha sido gol”, reivindicaba el dueño del balón sobre un tiro que se había ido a las nubes, vamos que el portero ni con escalera. “Me ha hecho falta”, reivindicaba porque le habían quitado el balón, su balón, con absoluta limpieza. Y a continuación la salida política, perdón, la salida de tono: “Pues como el balón es mío me marcho”, y cogía el dichoso balón y se marchaba, el muy idiota.

 

Esto solía suceder después de navidades, que si sus Majestades de Oriente hubieran sabido para que se iba a usar el balón no se lo hubieran regalado, o sí, que a veces por muy Reyes Magos que sean no se enteran de nada, o de algún cumpleaños, porque con el discurrir del tiempo acababa apareciendo otro balón, o jugábamos a las chapas, que bastaba con ir al kiosco más cercano y coger todas las que hiciera falta, y el interfecto caprichoso se quedaba con su balón viendo como jugábamos los demás. Y es que una cosa es ser niños y otra ser tontos.

 

Pues eso, que la añoranza siempre acecha y acaba uno hablando de barcos, que ayer en el Congreso de los Diputados el dueño del balón, después de echarle en cara a todos que no aceptaran sus reglas, cogió su preciada propiedad y se fue para casa, que en este caso es la residencia del Presidente del Gobierno de todos los españoles.

 

Como sería el despropósito para que el Sr. Rufián, siempre tan atento a hacer honor a su nombre, lograra parecer el bueno de la película. Como sería para que pudiera interpretar con éxito el papel de moderado introductor de la razón en un manicomio. Que sí, que claro, que se le veían fácilmente los recibos que pretendía pasar al cobro por su trabajo y el bolígrafo de tinta indeleble con el que firmarlos, pero consiguió que mucha gente mirara para otro lado, para su lado, que se olvidara de lo que habría que pagar por su mediación.

 

En fin, que a día de hoy volvemos a estar donde últimamente solemos, en la nada precursora de que alguien traiga otro balón, unas nuevas elecciones, o que los demás jugadores agachen la cerviz y juguemos con el balón y con las reglas que nos impongan, todos a abstenerse o a votar sí.

 

Y digo yo, si el problema es el dueño del balón, ¿No debería de cambiarse el dueño del balón? Si, ya lo sé, este dueño del balón es un experto en resistir y acabar saliéndose con la suya, pero ¿puede un país estar sometido a la tensión que supone esta situación sin que nadie se plantee que un líder, un pretendido líder, que tiene el rechazo frontal y personal de aquellos con los que tendría que llegar a un acuerdo para que se pueda jugar, y no solo con uno, si no con casi todos los demás, lo que tiene que hacer es ir se para casa? , pero para la suya, no para la de todos los españoles, y llevarse su balón. Seguro que encontramos otro balón con el que podamos jugar todos y con las reglas que a todos nos convengan, y no sería la primera vez que un auténtico líder se aparta para permitir que la situación se destranque, incluso en España.

Tres más dos igual a cuatro

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Miércoles, 24 de julio de 2019

Estaba tranquilamente oyendo la radio y se vino a la cabeza aquel viejo chiste del tonto y el sordo.

  • “¿Tres más dos?”, pregunta el sordo al tonto
  • “Cuatro”, contesta el tonto sin dudar
  • “Por el culo te la hinco”, remata el sordo muerto de risa presuponiendo la respuesta del tonto.
Congreso de los Diputados. XIII Legislatura. Sesión plenaria de Investidura. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

 

¿Qué que estaba escuchando? Aquí, por seguir el guión del chiste, yo diría que un programa de humor a lo que mi interlocutor me reprocharía que estuviera escuchando el debate de la investidura. Y acertaría.

 

El concepto del diálogo de sordos es  de honda raigambre en el panorama político español, de honda raigambre y de obligado cumplimiento en cualquier debate parlamentario que se precie, pero, sinceramente, creo que ayer sobrepasaron el concepto tradicional para acercarse a una entrañable sección del Tiovivo, el “Diálogo para besugos”, sección que consistía en una conversación entre dos figurados personajes en las que cada uno hablaba de lo que le daba la gana sin tener para nada en cuenta lo que el otro pudiera decir.

 

Había morbo, cierto morbo, en ver la situación del retransmitido pacto entre el PSOE y Podemos, como lo había en saber las posturas decididas de separatistas, independentistas y soberanistas de todo pelaje, izquierdas, derechas, extremas y moderadas. Había curiosidad  por oír argumentos, posiciones y exabruptos. Y ninguna expectativa acabó defraudada.

El discurso del candidato, plúmbeo, falto de interés, lleno de  menciones a temas menores, incluso a temas que no son de su competencia, y absolutamente carente de ninguna mención a los temas que a los ciudadanos le interesan: los impuestos, el tema territorial y la política económica. ¿Sabía el Sr. Sánchez que en España hay un tema abierto, sangrante, que afecta desde hace unos años a la estabilidad política y económica de España? Oído el discurso se diría que no.

 

De lo único que no careció el discurso de Pedro Sánchez fue de una barra libre de reproches para todos y por todo, fundamentalmente porque no lo quieren lo suficiente para retirarse a su paso con una venia y dejarle vía libre, si se descuidan por aclamación, a la presidencia de su gobierno. Reprochó al PP, previsible, reprochó a Ciudadanos, inevitable, pero también reprochó a Podemos su falta de generosidad  por no entregarle sus votos a cambio de un plato de lentejas, posiblemente sin chorizo, ni oreja, y hasta puede que sin lentejas.

 

¿Estará el señor Sánchez haciendo pruebas de campo para escribir un nuevo capítulo de su “Manual de Resistencia”? Parece.

 

Y una vez que Pedro Sánchez acabó su soporífera diatriba, empezaron los otros, y las respuestas, ¿seguro que eran respuestas?,  a sus intervenciones, que vista la actitud del candidato, haciéndose el distraído, mirando para otro lado, con cara de aburrida y ausente resignación, tampoco es raro que fueran siempre más de lo mismo. Reproches, reproches y más reproches.

Claro que vistas las intervenciones de los diferentes opositores, tampoco daba para mucho más

 

El discurso de Pablo casado es ideológicamente monocorde, es un discurso viejuno, previsible, lleno de lugares comunes y defendido con poca, o nula, brillantez oratoria. Se echa de menos la capacidad como parlamentario de su predecesor, capaz de improvisar y ser brillante en los debates cara a cara.

Rivera, en lo suyo, en la pasión, en el acoso ciego, en el enfrentamiento, se diría que personal, con el candidato al que le niega el pan y la sal, y el aire y la inteligencia y la posibilidad de tenerla y… acaba negándole tantas cosas que acaba por negarse a sí mismo. Creo que Ciudadanos está tirando por la borda una oportunidad de oro de erigirse en el partido solución que gobierne el país por interpuesto con unos pactos y un control del gobierno que sus votos le permitirían.

 

Pablo Iglesias brillante, contundente, indignado, ofendido, y, supongo que, sabedor de que la última oportunidad de resistir su imparable caída entrando en el gobierno se está esfumando, furioso por no conseguir ese flotador que ha creído tener tan cerca. Se ve que no ha debido de leer el famoso manual de Pedro Sánchez y le ha sorprendido que no le cedan ni la más mínima oportunidad de perpetuar su partido. Es lógico, en un gobierno de coalición pierde el PSOE, en una rendición sin condiciones pierde Podemos. En cualquier otro escenario, como nuevas elecciones, pierden los dos, pero más Podemos.

 

Santiago Abascal, previsible. Sacó toda la artillería programática y la exhibió con contundencia y con la certeza de que entre tantas cuestiones planteadas casi todos le comprábamos alguna. No tenía nada que perder, ni que ganar, ni que negociar, así que al menos se permitió el lujo de decir sus verdades del barquero. Ahí quedan, para convencidos, forofos y despistados. El problema de Vox no son sus reivindicaciones, como pasa con podemos, son los métodos con los que las llevaría a cabo.

 

Con el señor Rufián me pasa como con el cilantro en la comida, me satura y ya no puedo escucharlo más. Me recuerda a los ejercicios de vocalización que teníamos que hacer para que los primeros sintetizadores de voz reconocieran nuestras palabras. Re mar can do  ca da  si la ba  de  ca da  pa la bra, y repitiéndose en una danza patética de la anti oratoria.

 

Aitor Esteban tiene el mismo desparpajo y contundencia verbal que todos sus antecesores como portavoces del PNV. Siempre son mensajes ponderados, dialogantes, constructivos. Siempre ofrecen su colaboración y siempre dejan claro que esa colaboración tiene precio, aunque nunca dejan claro cuál es ese precio, ni si sería asumible por la mayoría de los ciudadanos españoles.

Mi atención se quebró tras las primeras palabras de la señora Borrás, la portavoz de Puigdemont en el congreso, que fueron un catálogo del imaginario independentista catalán, sin la más mínima concesión al ritmo, al tono o a la veracidad del contenido. Ya no pude más y mi atención se decantó por algo más importante, no recuerdo qué, aunque tengo claro que cualquier otra cosa era sin duda más interesante.

 

Pues, por resumir, el debate de la fallida investidura podría describirse como tres más dos igual a cuatro y que cada uno le ponga la rima que mejor le convenga.

Cuando el nombre no nombra

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Miércoles, 24 de julio de 2019

Mantener una posición equilibrada, que no equidistante ni farisea, ante ciertos problemas, es como andar por el alambre, si está pintado en el suelo uno se desenvuelve con cierta facilidad, pero si está a treinta metros de altura el simple hecho de poner el pie encima ya te desequilibra, y no podemos olvidar que además, a treinta metros de altura, puede haber algún tipo de viento, que en esas circunstancias, y por muy leve que sea, contribuye a hacer más complicado cada paso que se da.

 

 

En estas fechas que nos ocupan hay un ejercicio similar en Madrid, porque, tirando de simbolismo,  el tema LGTBI es el alambre sobre el que queremos pasar, y aunque no queramos está tan presente en todas partes que es inevitable. La altura sería el día festivo que se ha denominado, creo que con muy poca fortuna, “Día del Orgullo Gay”. Y finalmente el desafío, andar sobre ese alambre a esa altura durante un cierto recorrido y sin que te tumbe ninguno de los posibles y cambiantes vientos laterales, es escribir sobre este tema sin caerte hacia alguno de los lados.

 

Partamos, plataforma en el extremo del cable dios mediante, en nuestro recorrido de una primera aseveración: no entiendo el nombre, no entiendo porque se llama día del orgullo gay a una fiesta que no dura un día, no presupone, al menos en principio una superioridad moral o física, y no es solamente gay, si no LGTBI. Empezamos mal si empezamos por llamar a las cosas como no son.

 

Yo le llamaría Semana de la Visibilidad LGTBI, y creo que el nombre además de ser más exacto sería igual de reivindicativo, o más. Y además eso desmontaría, aunque a algunos tal desmontaje le chafara planes y risas, muchos argumentos de personas que hablan de oídas sobre la tal festividad.

Lo de llamarle semana en vez de día no pasa de ser una reivindicación un tanto tiquismiquis, lo que dura la fiesta no aporta nada al hecho reivindicativo. Llámese semana o día no variará ni su contenido ni su continente, con lo que es puramente ornamental, aunque pueda describir que es algo más que la celebración principal.

 

Pero en el segundo término, en lo del orgullo, creo que alguien ha metido más el subconsciente frentista que la intención reivindicativa. Dice el DRAE, máxima autoridad en estos temas, que la palabra orgullo tiene dos acepciones, y si una no se ajusta, la otra es preferible pensar que tampoco.

“Exceso de estimación hacia uno mismo y hacia los propios méritos por los cuales la persona se cree superior a los demás.” No dudo, que entre todo el batiburrillo de personas, personajes y proyectos que los actos mueven, haya un porcentaje, y no precisamente despreciable, de partidarios de la confrontación y la soberbia, que es un sinónimo aceptable de esta acepción del orgullo. Pero es que radicales y personas que buscan tapar sus inseguridades personales aprovechando el ruido y una cierta impunidad en el número, las hay en todas las manifestaciones humanas que sobrepasan el número de tres. Seguramente esos mismos que viéndose amparados por los que les rodean y jaleados en sus actitudes de confrontación se crecen y bordean lo despreciable, serían absolutamente incapaces de mantener ni siquiera una actitud moderada en solitario. Insisto, eso se da en todos los ámbitos y podría sacar ejemplos como los campos de fútbol, los grupos  que promueven linchamientos o, en más pequeño, esas manadas de violadores que últimamente parecen haberse puesto de moda.

 

“Sentimiento de satisfacción hacia algo propio o cercano a uno que se considera meritorio.” Yo creo que esta definición tampoco se ajusta a lo que se supone que intenta esta fiesta. Porque partimos de que la sexualidad no se elige, al menos no se busca voluntariamente, sino qué, ante unos sentimientos y una percepción, se vive. Uno no se educa, se prepara o se esfuerza en una opción determinada de cómo vivir su sexualidad, si no que la vida, los deseos y sentimientos, lo van poniendo ante opciones que toma o rechaza, luego ninguna opción es meritoria, como ninguna opción debe de constituir un demérito.

 

En todo caso, en ambos casos, la palabra orgullo es inapropiada ya que en ningún caso existe mérito alguno en practicar el sexo en ninguna de su posibles formas, y el único mérito es vivir esa sexualidad con plenitud y sin interferencias, ni propias, ni ajenas. Y donde no hay mérito no puede haber orgullo. Salirse de lo normal, de norma o mayoría, por muy natural, de naturaleza, que sea la opción tomada nunca será un motivo de orgullo, aunque pueda ser un motivo de íntima satisfacción.

 

Y por último gay. Para empezar la G de gay es solo una parte del colectivo, pero es que, además, es difícil elegir peor un término, primero porque se toma del inglés algo que es de origen provenzal u occitano: gai, alegre, pícaro y que sin embargo en Inglaterra hacía referencia a la prostitución masculina. Y segundo porque es un término que se aplica únicamente a la homosexualidad masculina. Y no entiendo en un colectivo tan identificado con las cuestiones de género que se deje fuera a las lesbianas y a los transexuales. Gay, y ya no solo en Inglaterra, si le preguntas a cualquier peatón no concienciado por su equivalente en castellano no se lo va a pensar dos veces, marica. Y lo de ”Día del orgullo marica”  que al fin y al cabo es lo mismo pero en español de toda la vida, ya no resulta ni tan reivindicativo, ni siquiera invita a festividades.

 

En estos casos, lo mejor, al menos lo más inmediato y ajustado, es preguntarles a las personas que tienes alrededor y que pertenecen al colectivo LGTBI, y resulta que la mayoría de ellas, no me gusta decir todas, viven hoy en día con una visibilidad discreta, como la de los heterosexuales, una integración social completa, como la de los heterosexuales, y un cierto rechazo a los excesos de puesta en escena de algunos participantes en la fiesta, como el de los heterosexuales.

 

Es verdad que lo que han pasado no es un camino de rosas. Es verdad que no todo está conseguido. Pero no es menos cierto que el exceso de visualización, el desbarre reivindicativo de una minoría, convierten una fiesta que intenta una visibilización de un colectivo y sus problemas, en una exhibición frentista que bordea, a veces por dentro, el mal gusto y una suerte de exclusión perversa de los que no compartan sus ideas. Insisto, es una minoría, pero precisamente por eso suele ser la más ruidosa y visible.

 

Y entonces empiezan los insultos, los de unos y los de otros, las sinrazones, los exabruptos y las falacias que pueblan las redes, y una fiesta, que como tal debería de ser universal, como tal y por interés de los organizadores, para reivindicar una normalidad en la convivencia, se convierte en todo lo contrario, se convierte en una exhibición de la diferencia y en una reivindicación de la intolerancia, propia y ajena, aunque sea por parte de una minoría, aunque sea con la posterior condena, a veces ni siquiera, de los organizadores.

 

Ciertas personas, habitualmente de izquierdas, más con ánimo de sentirse ellos buenos que de defender  realmente lo que significa la fiesta, se lanzan con beligerancia hacia cualquiera que quiera denunciar lo que de negativo tienen ciertas actitudes. Yo, como no me importa ser bueno o malo, como no necesito justificarme ante mí ni ante los demás, me permito hacer una llamada de atención sobre una celebración que cada año que pasa es menos lo que dice ser y más lo que nunca quiere reconocer que está siendo. Empezando por el nombre que no nombra lo que pretende reivindicar.

El día que alunizamos

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

 

Vienes, 19 de julio de 2019

Estamos celebrando el cincuenta aniversario de nuestra llegada a La Luna. Así, en plural mayestático, porque los seres humanos somos muy de reivindicar personalmente los grandes logros y de borrarnos de los grandes, o pequeños, fracasos. Así que usamos el plural de marras para sentirnos representados en cualquier acontecimiento que suponga algún hito social, deportivo, político o de cualquier otra clase. De tal forma que igual que hemos ganado la liga sin jugar ni un minuto, descubrimos américa, sin conocer el mar en muchos casos, o sistematizamos la penicilina sin pisar un laboratorio, hace cincuenta años pisamos por primera vez La Luna sin habernos levantado nunca del suelo más que los “ta y tantos” centímetros que logramos saltar encogiendo mucho las piernas.

 

Es verdad que antes, literariamente hablando, ya habían llegado algunos viajeros: el Sr. Barbicane, de la mano de Verne, o Tintín, en su cohete arlequinado, o Cyrano de Bergerac, o el romántico espacionauta de Melies, o Bedford y Cavor, que reivindicaron en 1901, gracias a la cavorita y a H.G. Wells, el honor de ser los primeros hombres en La Luna. Muchos, muchos más que los mencionados, fueron, a lo largo de la historia del hombre, aupados literariamente hasta La Luna e incluso más allá. Pero no es hasta estos días del año 1969 que una hazaña científica y tecnológica permite a dos seres humanos, acompañados de un tercero que no llega a descender hasta la superficie de nuestro satélite, pisar físicamente La Luna y a toda la humanidad acompañarlos solidaria y mayestáticamente.

 


Tintín y la Luna – Álbum doble – 

Así que sí, en un aparatejo extraño, de aspecto casi informe, lleno de tentáculos patas y protuberancias, como una centolla, y en el que apenas cabían dos personas, llegamos a la Luna varios millones de personas. Es más, pásmese usted Don José, por mor de la televisión lo vimos como si nosotros mismos hubiéramos bajado la dichosa escalerilla y desde una ventanilla exenta fuéramos testigos presenciales y privilegiados del famoso corto, pero tan largo, paso.

“Houston”, debería de decir la historia, “aquí estamos todos, en la Luna”. Que todos tampoco, porque entre los que se quedaron a la luna de Valencia, que parece ser que es otra luna diferente, y los que no se creían nada de lo que veían, y siguen sin creérselo, pues faltaba más gente de la que en principio pudiera parecer.

Porque, parece ser que, para cierto tipo de gente, es más fácil engañar que conseguir. Es más fácil pensar que, como en cierto capítulo de mi añorada serie “Misión Imposible” en el que le hacían creer a un diplomático ruso, siempre mucho más torpe que los occidentales, donde va a parar, que iba en un tren en marcha hacia occidente y ya podía revelar sus secretos y tal, que todo lo que se ve es una película, tipo Guerra de las Galaxias o Star Trek, y nada tiene que ver con la realidad. Y luego los toques complementarios, la bandera, la sombra, el reflejo… un verdadero sin vivir, que ya hay que ser torpes con el presupuesto que tenían cometer todos esos fallos.

Es verdad que tampoco hubiera sido raro, dado lo que se jugaba EEUU en el embate, y que no se podían permitir un fracaso, que la llegada a La Luna que vimos no fuera exactamente la que vieron los astronautas y los técnicos de la NASA, pero tampoco me atrevería a aseverar lo contrario.

Al fin y al cabo yo sí creo que hace cincuenta años, y en un alarde técnico que ha supuesto con el tiempo una mejora espectacular de nuestra tecnología cotidiana, los hombres pisamos por primera vez, al menos en este ciclo histórico, La Luna, nuestro satélite. Que hace cincuenta años alunizamos  en esa roca muerta y de frío brillo que lleva toda nuestra vida, como individuos y como especie, colgando sobre nuestras noches, empujando nuestras mareas y regulando ciclos vitales que aún no dominamos del todo.

Si, hace cincuenta años alunizamos. Y si en mi caso me aplico al plural mayestático, no es solo por mi solidaridad con la especie, sino porque yo, aquel día, una horas antes, también había llevado a cabo mi alunizaje particular.

Serían las once de la mañana, o algo menos, cuando en el Km. 12 de la carretera de Bayona a La Guardia, circulaban en un Seiscientos dos personas, un adulto y un niño, que a causa de una fuga en los conductos de la calefacción perdieron la consciencia al respirar los gases del escape. Como consecuencia de ello chocaron con un mojón y el menor, o sea yo, salió despedido por el parabrisas, llevándose por delante la luna correspondiente y aterrizando de malas maneras cuatro cinco metros más adelante. Como resultado varias brechas, algunas abrasiones, doce puntos y quince días de hospital en Vigo. Yo alunicé primero, el mismo día, unas horas antes y en medio de una carretera, pero primero.

Claro que, en una habitación del Hospital Almirante Vierna de Vigo, a la hora en que la televisión asomaba a la humanidad a los primeros movimientos humanos en La Luna, un niño con la cabeza vendada y un brazo escayolado, que había alunizado en una carretera local unas horas antes, no pudo ver la increíble hazaña. Lo que me lleva a pensar que a veces, cosas de la técnica, era más peligroso recorrer 25 kilómetros en un Seiscientos que 384.00 en un cohete en medio del vacío. Feliz aniversario, a los astronautas, a toda la especie humana, y a los que nacimos, algunos por segunda vez, en aquellas fechas.

La mala noche

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

6 de julio de 2019

Cuando la luz que se venía empezó a teñir de plata el hilo que perfila en continuo el horizonte, hacía ya tiempo que el sueño me había abandonado. Una de esas noches teñidas de falso día, llenas de sueños que solo eran escenas imaginadas, llenas de pesadillas imposibles de diferenciar de instantes cotidianos. Sueños que te hacen desear con desesperación un amanecer capaz de separar la verdad de las verdades, la posibilidad real de las imposibilidades ensoñadas.

Prometeo’, del monumental ‘Tríptico de Prometeo

Cuando la luz que se venía empezó a teñir de plata el hilo que perfila en continuo el horizonte, hacía ya tiempo que el sueño me había abandonado. Una de esas noches teñidas de falso día, llenas de sueños que solo eran escenas imaginadas, llenas de pesadillas imposibles de diferenciar de instantes cotidianos. Sueños que te hacen desear con desesperación un amanecer capaz de separar la verdad de las verdades, la posibilidad real de las imposibilidades ensoñadas.

Devanando el infinito bucle, el recurrente revivir, de un instante en el que todo se dibuja con una falsa nitidez, con una firmeza sin vuelta atrás. La noche tocaba a su fin. Las sombras densas, ominosas, absorbentes, arrastraban, pegados a sus recovecos, los fantasmas de los ensueños desabridos. Ya no habría palabras calladas, gestos improbables, determinaciones sin retorno, en una constante revisión de lo no sucedido.

Incluso la sensación de calor insano, acumulado bajo la ropa de la cama, extrañamente adherido a la piel como una segunda envoltura de miasma insalubre, más imaginado que real, hace desapacible un dormir que en ningún momento consiguió ser sueño.

La pegajosa sensación de sudor frío, semiseco, semihúmedo, que marca la temperatura de la superficie en la que el cuerpo no consigue acomodarse, se encarama al sueño para completar un clima impertinente, desagradable, espeso, pantanoso.

Bruma en la mente, desazonado el cuerpo y un entorno febril, que impide que nada pueda ser despejado. Las horas son interminables, la aguja del minutero retiembla de impotencia cada vez que intenta avanzar un paso, sin darse cuenta de que aún no ha pasado, sin lograr apreciar que el presente, siempre efímero, se ha convertido en eterno, y el futuro, perplejo, se ha parado. Como en un discurrir obsesivo, en una suerte de apnea vital, se ha inmovilizado el espacio, se ha detenido el tiempo, y la normalidad busca desesperadamente una posibilidad para restituir el movimiento.

Cuando la luz, en la lejanía, empezó a colorear en rosas, en dorados, el borde imperfecto de una nube huérfana, hacía ya tiempo que, abandonado el sueño, pude considerar que podía empezar a enfrentar, con perspectiva, las obsesiones.

Posiblemente la luz, por más brillante que parezca, no contenga las respuestas, pero parece que no haya respuestas sin luz que las revele, sin claridad mental que las perciba, sin día para vivirlas ordenada, consecutiva, temporalmente.

La Vida Eterna

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

3 de julio de 2019

Concebir el futuro es una actividad importante. Desde la magia, desde la ciencia o las artes, fundamentalmente la literatura, asomarse a lo que vendrá ha sido, es y será, un ejercicio con gran predicamento social.

 

En muchas ocasiones hay personas que desconsideran esa búsqueda como una concesión a la fantasía, como una pérdida de tiempo o como un ejercicio inútil ya que no llegaran a vivir lo imaginado. Cada uno tiene sus valores, sus inquietudes y sus percepciones, y son difíciles de discutir.

A mí me interesa el futuro, tanto el que me tocará vivir, de mañana en adelante, como el que seguramente no llegaré a conocer, ese que con tanta facilidad llamamos lejano olvidándonos de que ya en su momento le habíamos llamado así al presente que vivimos.

Intentar imaginar el futuro es un ejercicio de responsabilidad. Imaginar el futuro proyectando hacia adelante las tendencias y corrientes que vivimos actualmente y la evolución que hemos vivido es una forma de ser más consciente de los errores cometidos y de las consecuencias que las decisiones actuales pueden tener en nuestros descendientes.

Tal vez el ejemplo más claro, más palpable, sean las consecuencias climáticas, me niego a caer en el tópico del cambio, que las decisiones para un consumo desaforado han provocado, y como esas consecuencias condicionan el futuro. Lo terrible sería ignorar lo que sucede y no extrapolar la actualidad para saber qué mundo vamos a legar a los que vengan detrás.

Quitando de nuestro argumentario las mancias y las ciencias, a veces tan cercanas que limitan, si hacemos un repaso por la literatura nos encontramos una cantidad ilimitada de obras, de mayor o menor calidad, que intentan contarnos ese futuro, obras que pertenecen a esa rama de la ciencia ficción que se llama anticipación. Y si bien muchas se recrean en la fantasía, o en los viajes espaciales, o en los avances técnicos, o en los seres que podamos encontrar, otras, y muy serias, intentan hacer un retrato de la sociedad futura, de su entorno, de sus valores, de sus logros y de sus fracasos.

Novelas como “Farenheit 451”, “Un Mundo Feliz”, “1984” o “Sueñan los Androides con Hormigas Eléctricas”, por nombrar solo las más conocidas, son un claro ejemplo de estas últimas, y todas ellas son distopías. Todas ellas recrean un mundo en el que el poder se retroalimenta, la riqueza se acumula en unos pocos, o desaparece, y la sociedad es incapaz de encontrar los cauces para corregir esos errores. Todo queda confiado a las manos de algún rebelde ocasional con más posibilidades de testimoniar un fracaso que de alcanzar a lograr alguna solución.

Sí, es verdad que la distopía es más fácil de contar y tiene más lectores que la utopía, no lo olvidemos, pero también es verdad que los síntomas que se perciben alrededor no dan para imaginar grandes alegrías.

La pérdida sistemática de derechos individuales en favor de derechos colectivos, casi siempre miedos y casi siempre, posiblemente, inducidos o alimentados, la pérdida de valores éticos, cuando no su decadente confusión, y la implacable y cada vez más acentuada brecha entre ricos y pobres en nombre de un ultra liberalismo suicida, como respuesta a unas políticas socialistas que han ido de fracaso en fracaso, hacen concebir un futuro con pocas esperanzas.

Y es esa brecha entre ricos y pobres, esas estadísticas que nos dicen que un reducido porcentaje de la humanidad, donde digo reducido dígase exclusivo, acumula más bienes que la inmensa mayoría, que en gran parte vive en la miseria, es la que hace que la posibilidad de que la humanidad viva momentos de injusticia y opresión sea la más plausible. Pero no una injusticia cualquiera, que de esa ya tenemos mucha, no una opresión cualquiera, que esa ya la sufrimos, en muchas ocasiones sin ni siquiera ser conscientes, si no de las más profundas e intolerables, las que afectan a la vida.

La biotecnología en particular y la medicina en general, avanzan a un ritmo que ha llevado a algunos visionarios, por ejemplo José Luís Cordeiro, a asegurar que a mediados de este siglo el hombre podrá matar a la muerte, o sea, logrará ser inmortal. Que la medicina y la tecnología juntas podrán solventar cualquier dolencia, carencia o accidente que el hombre pueda sufrir. No sé si la fecha es válida, ni sé si ese planteamiento tan absoluto es cierto, pero lo que sí sé es que si ese planteamiento fuera cierto solo lo sería para aquellos que pudieran pagarlo. Que las mafias podrían vender vida, que el dinero podría comprar vida, y que habría una inmensidad de la raza humana que moriría contemplado la perpetuación de unas castas poderosas que les negarían el acceso a la posibilidad de vivir más tiempo. Que la muerte pasaría de ser la gran igualadora a la más despiadada clasista.

No quiero imaginarme ese mundo. No quiero imaginarme un mundo en el que la vida, la duración de la vida, sea un valor de referencia. Un mundo en el que vivir más o menos dependa del estatus social, del poder logrado, de la cercanía conseguida a las fuentes de riqueza. No quiero imaginar la absoluta abyección en la que se llegaría a caer por logar un tiempo más. No quiero imaginar la desesperación de ver morir a un hijo, a una pareja, a unos padres, en la impotencia más absoluta, mientras otros acumulan vida más allá de lo racional. No quiero ni imaginarme un mundo en el que la vida prolongada sea un lujo solo al alcance de unos pocos. No quiero mirar al sistema sanitario de la mayoría de los países de este mundo y proyectarlo sobre un futuro en el que la medicina otorgue una vida de mayor duración, de mayor calidad.

No, a veces es mejor no imaginar, a veces es mejor cerrar los ojos y morir a tiempo.

La hipocondría inducida

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

26 de junio de 2019

Hablaba el otro día con mi amigo Antonio, Antonio Zarazaga, médico, gestor y renacentista, sobre las cuestiones que la vida nos va deparando, y de tema en tema llegamos al, para él habitual, de la medicina, tema en el que él habla y yo escucho para aprender, que es una costumbre placentera cuando el ponente sabe tanto.

Y hablábamos de esa nueva moda social, de esa obsesión moderna que es intentar resolver la muerte en vida, tratar a la muerte como una ocurrencia o una enfermedad y no como una consecuencia inevitable. Dicho en otras palabras, vivir para no morir en vez de morir después de vivido.

Uno recorre las modernas fuentes del conocimiento, más bien del desconocimiento, asomándose a toda suerte de opiniones, recomendaciones, diagnósticos e informaciones que la falta de preparación básica nos impide matizar, cribar y escoger con criterio. Así que en un alarde de inconsciencia absoluta, en una demostración de estupidez sin parangón, prestamos oídos a algún gurú que pretende tener acceso a conocimientos que, aparentemente, nos van a dejar la vida resuelta de enfermedades, que va a aportar a nuestra salud soluciones que una conspiración universal contra ella perpetran enemigos desconocidos, que nos va a revelar secretos ancestrales que los modernos poderes nos escamotean al tiempo que los modernos poderes ponen a nuestro alcance, al alcance de nuestra estulticia. El enfermo imaginario, ese al que Moliere ya le dedicó una obra, demanda soluciones imposibles. Nunca ha habido persona más engañable, más risible y más digna de conmiseración que el hipocondríaco. Ni persona más despreciable y peligrosa que aquella que armada de una supina estupidez, de una inteligencia lamentablemente enfocada, de una osadía sin parangón, se cree en poder de verdades curativas fantásticas y pone en peligro la salud y la vida de todos aquellos que tienen la desgracia de escucharlos. Y cuidado, hay gurús con bata y título.

Tal vez por eso, o porque todo lo nuevo vende, o por tantos motivos que uno solo no lo explica, hemos pasado de unos enfermos imaginarios a una imaginería de la enfermedad, a la creación de una sociedad hipocondríaca, más preocupada de prevenir una posible enfermedad que de vivir la salud presente, más obsesionada por ritos y magias que por una actitud de saludable disfrute de la vida, más empeñada en vivir un futuro saludable que en vivir un presente con salud.

“Primun non nocere”, primero no dañar. Esta máxima, que además es el título de un blog con opiniones sobre medicina que recomiendo, puede resumir el terrible dilema del hombre moderno que se debate entre una medicina que, a fuer de ser preventiva, se convierte en obsesiva y la obsesiva presión de los “chamanes” del desconocimiento ancestral, de su ignorancia presente, que difunden, sin una base de criterio mínimo, prácticas y técnicas que a la postre pueden resultar letales.

La medicina preventiva ha sobrepasado los límites con los que fue ideada. La moderna medicina anticipatoria significa un paso más en la escalada hacia una sociedad hipocondríaca, a una sociedad obsesionada por erradicar la enfermedad o, al menos, por tratar las enfermedades incluso antes de que asome el síntoma, incluso antes, si fuera posible, de que la dolencia esté descrita.

El problema viene cuando le preguntas a un médico, de los que han hecho la carrera, no de los que diagnostican a golpe de libro de medicinas alternativas o de entrada en internet, y te encuentras que por cada médico que mantiene una opinión, sobre el tema que sea, hay otro que mantiene la contraria. No te queda, entonces, más remedio que recurrir al historial de esos médicos y ver sus logros y publicaciones en el terreno de la investigación: médica, biológica… Con un poco de suerte encontrarás diferencias entre médicos, generalmente con un marcado toque humanista y una larga trayectoria de preocupación por el paciente y por su ciencia, y “doctores” que no han aportado a la medicina más que recetas y opiniones basadas en la experiencia de otros. Como me dijo mi amigo Antonio, en cierta ocasión, hay un momento en el que tienes que preguntarte: “¿Tú eres médico porque sabes, o dices que sabes, porque eres médico?”

Ya en los años 70 Ivan Ilich escribe un libro que se llama “Medical Némesis” y en las que describe tres formas en las que el colectivo médico causa un daño clínico. Esta interacción nefasta, que recibe el nombre de iatrogenia, puede ser directa, por una mala praxis, o social, en la que establece las bases del daño producido por la medicina preventiva y la frontera de esta con la medicina anticipativa, que son las otras dos formas de iatrogenia. Medicina preventiva sería aquella en la que el sujeto a tratar solicita ayuda médica para prevenir una enfermedad y medicina anticipatoria aquella en la que es el médico el que convence al paciente de que necesita su ayuda para prevenir enfermedades. Esta diferenciación la establece Gilbert Welch, profesor del Instituto de Política de Salud y Práctica Clínica de Dartmouth, en un libro en el que trata sobre el sobrediagnóstico.

Otro posible enfoque es a través de estudios médicos, informes estadísticos sobre enfermedades, medicamentos, tendencias y evoluciones. No lo recomiendo. Y no lo recomiendo primero porque la estadística es una ciencia -¿es una ciencia?- que siempre dice lo que quiere oír el que la maneja y segundo porque a determinados niveles hace falta una preparación muy alta en el objeto de estudio para entender los resultados.

Si cogemos un informe médico nos dirá que las estatinas, por poner un ejemplo, han reducido el número de fallecimientos por causas cardiovasculares entre los pacientes que son tratados con ellas, pero si lees otro informe, te dirá que esto es así desde que se bajaron los límites de colesterolemia y empezó a tratarse con ellas a pacientes sin enfermedades cardiovasculares diagnosticadas, es decir, desde que la medicina anticipativa empezó a considerar enfermos anticipativos a aquellos pacientes asintomáticos, sin enfermedad diagnosticada y que por una decisión medico administrativa pasaron a ser sujetos de medicación de la noche a la mañana. No es imposible, pero morirse de una enfermedad que no se tiene es algo más complicado de lo habitual. De hecho el número de muertes por accidente cardiovascular son prácticamente las mismas antes y después de variar el límite establecido por el colesterol, y antes o después del aumento de pacientes tratados con estatinas. Lo que sí ha variado, y de forma exponencial, son los beneficios de los laboratorios que las fabrican.

Y las estatinas no son inocentes. Su administración no es inocente. Las consecuencias de su administración convierten a muchos de sus consumidores en pacientes de dolencias debidas a sus efectos secundarios, contraviniendo la máxima de la que hablábamos, “primum non nocere”, lo primero es no hacer daño. Lo primero es no provocar una dolencia en un sujeto que hasta ese momento no tenía, ni esa ni la que se pretendía anticipar. Lo primero es no crear enfermos a base de anticipar enfermedades.

Si hacemos un breve recorrido por el internet de nuestras entretelas, observaremos una gran cantidad de consejos, prácticas y observancias que debemos de tener en cuenta para llegar a lograr una vida saludable. Y si decidimos, en un alarde de “suigestión”, palabro inventado a base de supina ignorancia y estupidez sin parangón, poner en práctica unas cuantas de estas ocurrencias, lograremos morirnos absolutamente sanos. Sanos y sin haber vivido por falta de tiempo salvo para preservar una salud que acabaremos no teniendo.

 

 

 

Para escribir esta opinión se han tenido en cuenta diferentes entradas del Blog “Primum non nocere”, del Dr. Rafael Bravo, concretamente: “Estatinas y Mayores. Pués por ahora, va a ser que no”, “Hipertensión Arterial”, “La Culpa Fue Del Smartwatch” y “Muchas Enfermedades Se Presentan Por Un Número Arbitrario”.

Encrucijada

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

20 de junio de 2019

Literalmente me encuentro, entre años bien dispares que no se someten a acuerdo. Mi cuerpo con más de sesenta, mi cabeza aun naciendo y el tiempo que me queda sin medida ni contento. Mi cabeza dice adelante, mi cuerpo ve con cuidado, mi futuro, que se encoge, ni dice, ni marca, ni espera, ni coarta ningún esfuerzo. Es un momento extraño en el que nada se impone, nada marca el paso, nada quiere esconderse, progresar o quedarse quieto. Visto de mi propia afuera me observo muy atento, me analizo y acabo perplejo. ¿No hay nada homogéneo? ¿nada que marque el ritmo de vivencias y proyectos? ¿nada que pueda explicarme cual es el ritmo correcto? En tanto en cuanto el cuerpo me aguante y la cabeza tenga gobierno todo aquello que yo haga será hacer lo que quiero.

El gobierno cooperativa

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

18 de junio de 2019

En muchas ocasiones me he quejado del retorcimiento indigno con el que los políticos actuales retuercen el lenguaje, con el único fin de que las palabras acaben no significando absolutamente nada y, por tanto, sirvan para no comprometerse tampoco a nada. Es una táctica felona, facilona y que debería de ponernos alerta. Yo jamás podré votar a alguien que atenta contra la riqueza idiomática saboteando esa riqueza, el vehículo fundamental para el entendimiento, y poniendo en cuestión mi propia inteligencia.

Acabamos de asistir al nacimiento de un nuevo concepto para llamar como no era a lo que es, pero que no se quiere que los demás entendamos que es, o, al menos, que no podamos decir que es lo que realmente es aunque sea evidente que es y ellos sepan que lo es. ¿Se me entiende o explicito? Pues eso, que aunque quisiera no podría ser más claro porque ni se me entiende a mí ni se les acaba de entender a ellos, aunque sepamos claramente lo que dicen, lo que quieren decir y que es lo que no quieren que se diga que han dicho.

Auténticos trileros del lenguaje, felones de medio pelo instalados en estructuras con cada día menor prestigio y con mayor poder, ventajistas de lo público, que desprestigian todo lo que tocan, en este caso todo lo que dicen.

Ha nacido el gobierno de cooperación. Existían los gobiernos monocolores, los gobiernos en coalición, los gobiernos Frankestein, -¡si el monstruo levantara la cabeza!-, e incluso los gobiernos de concentración nacional para situaciones especiales, pero ninguna de estas acepciones servían para explicar lo que no interesa explicar, para definir lo que se pretende indefinido, nebuloso, inconcreto, para disimular lo que realmente es, para decir si, pero no, donde dije digo digo diego, o simplemente para explicar lo que finalmente acaba pareciendo sospechoso, o taimado. Como lo de llamar relatores a lo que son interlocutores, como llamar victoria una pérdida de votantes, como… un no parar.

¿Qué es un gobierno de cooperación? Pues, basándome en los hechos y el lenguaje, es un gobierno de coalición en el que el más fuerte no quiere reconocer su debilidad y el más débil lo es tanto que tiene que tragar con lo que sea para sacar algo a lo que sabe que en buena ley no le corresponde. Un despropósito de debilidades para intentar simular una fortaleza que a la postre acabará resultando frágil y quebradiza para desgracia de los administrados.

Tal vez, para acabar de matizar, el término esté mal elegido, o, simplemente, esté incompleto. Tal vez debería de haberse llamado gobierno con cooperantes, o gobierno de cooperación necesaria, y así sabríamos, con mayor precisión, de que cabezas, escasas, dependemos.

Si le hubieran llamado con cooperantes tendríamos una visión más tipo ONG, un gobierno en el que ciertos militantes de otros partidos se prestan a ser ministros de forma desinteresada, sin ninguna contraprestación, afán de beneficio o protagonismo, simplemente por ayudar a un necesitado en unas circunstancias de carencia. Como diría la canción, que inmediatamente entonaría el PSOE, vencedor indiscutible de las elecciones, según su portavoz, y única opción a gobernar: ”NO, no, no, eso no, no, no, eso no, no, no, no es así”. El PSOE no necesita a nadie para formar gobierno, en realidad ni el PSOE ni ningún otro partido, aunque sí para la investidura.

Así que entonces, posiblemente, si los hechos no lo desmienten, estemos ante un gobierno de cooperación necesaria. Un gobierno que no se puede llamar oficialmente así porque lo de necesaria determinaría una debilidad del pretendido componente fuerte, que se niega a asumirla ante los ciudadanos, pero que es evidente para todo el mundo, incluso para ellos. Claro que, tal como veníamos apuntando, en política una cosa es lo que es y otra lo que se dice que es.

Sabiendo las tendencias ideológico literarias de los integrantes de la cooperación, estoy seguro de que en las negociaciones que se mantuvieron, con la permisiva displicencia del PSOE y la generosidad servil de Podemos, se llegó a utilizar el término que más se acomodaba, el de cooperativa de gobierno. De cooperativa pasó a cooperativo y de ahí a de cooperación. Y, claro, como gobierno cooperativa, o cooperativa de gobierno, todo tiene mucho más sentido. Al fin y al cabo la cooperativa es algo que la izquierda de salón ha leído que existe como esfuerzo común de los trabajadores para poner en valor su trabajo. Claro que en la cooperativa, y esto parece escapársele al PSOE, todos los obreros son iguales, e incluso, a veces, el obrero simple, el productivo, acaba siendo más importante que el camarada director.

Hay que ver, lo que da de sí el lenguaje cuando se usa correctamente.

Sombras y sueños

Empresario, escritor vocacional y estudioso de la gastronomía tradicional española

15 de junio de 2019

 

Con pereza las horas van borrando el sendero
y las sombras que acechan van ganado el terreno.
Anhelante de sueño dejo atrás los luceros
que la noche golosa va tiñendo de negro.

Ya las sombras son negras, las vivencias sueños,
los parpados pesan, los ojos me pican, me llama Morfeo
que me invita a su reino.
Fantasía, zalamera, me envuelve en sus velos.

La nada me reclama, me acuna, me acuesta en el lecho,
y yo rendido, sin fuerzas, me abandono y duermo.
Mañana, si existe, si existo, si es que alcanzo a verlo,
empezaré de nuevo, desgranando las horas, de nuevo.

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