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Historias escritas por MIGIUEL ESCUDERO
Profesor titular de Matemática Aplicada en la UPC y escritor

Sostiene Julián Companys

Sostiene Julián Companys

El historiador leridano Julián Companys, ya fallecido, escribió en 1998 un librito del que bien se puede decir que es imprescindible para orientarse en la realidad del periodismo histórico: ‘La prensa amarilla norteamericana en 1898’. El magnate William Hearst se hizo con el New York Journal y lo comparó con el World, del húngaro Joseph Pulitzer para superar su línea sensacionalista y agresiva. Hearst fichó al dibujante del World de la tira cómica ‘The yellow kid’ (El chico de amarillo). Pulitzer no se resignó y contrató a otro dibujante que hiciera una tira igual. De ahí procede el nombre de prensa amarilla.

El profesor Companys recogió testimonios gráficos que evidencian los trucos de las falsedades que se propagaron sobre la realidad cubana. Sólo la credulidad y la falta de sentido crítico abren el paso a la mentira. Companys sostiene que Hearst quería la guerra a toda costa y que le pidió a uno de sus dibujantes: “Usted facilite las ilustraciones que yo le proporcionaré la guerra”. Dibujos monstruosos para confundir la realidad. El lema: ¡Acordaros del Maine y al infierno con España! ME

¿Quién teme al ángel rojo?

MIGIUEL ESCUDERO
Profesor titular de Matemática Aplicada en la UPC y escritor

¿Por qué hay tantas personas valiosas de las que no se habla y se oculta incluso su existencia? ¿Teme alguien que su buen ejemplo cunda? Hablemos hoy de Melchor Rodríguez, nacido en Sevilla en 1893, fue novillero pero trabajó como mecánico de coches, también como calderero y ebanista. Militante de CNT-FAI, García Oliver –ministro de Justicia con Largo Caballero- le nombró Delegado General de Prisiones de Madrid, fue en diciembre de 1936. Se distinguió por su energía en impedir linchamientos en las cárceles y las ‘sacas’ de presos a manos de comités de milicianos. Melchor entendía que se pudiera morir por unas ideas, pero nunca que se matara por ellas. Tenía entonces 43 años de edad y, a causa de su militancia libertaria, había pasado ya treinta veces por la cárcel.

En momentos de máxima tensión se encaró con quienes iban, incontenibles, a cometer una carnicería humana en la prisión de Alcalá de Henares: “¿Tú quieres matar fascistas, no es verdad? ¿No queréis todos matar fascistas? ¡Pues entonces id al frente, que está muy cerca! ¡Yo voy con vosotros! ¿Ah, eso no os agrada? ¡Pues aquí no entráis mientras me quede un soplo de vida!”. Ante la objeción de si sabía lo que harían ‘ellos’ si fuera al revés, Melchor replicaba: “¿Qué sociedad vamos a construir después de la victoria si somos igual de asesinos que ellos?” y argumentaba que “la revolución no es matar hombres indefensos”, “no tenemos ningún derecho a matarles”, “la justicia es lo que nos diferencia de esos salvajes fascistas. Sin ella, estamos perdidos”. “¿Es que acaso estos presos son responsables de los bombardeos?”.

Entre los miles de personas que Melchor salvó del asesinato estuvieron Ricardo Zamora, el doctor Gómez Ulla, Muñoz Grandes, Martín Artajo, Fernández Cuesta, los hermanos Luca de Tena. Nuestro anarcosindicalista fue bautizado por los franquistas que le salvaron la vida como el ángel rojo. Lo cual no impidió que volviera a la cárcel durante el franquismo. De todo esto se puede aprender mucho más en el excelente documental ‘Melchor Rodríguez, el ángel rojo’ de Alfonso Domingo, documentalista y escritor que se caracteriza por su rigor, su buen hacer y su humanismo quijotesco. ME

Mercedes contra la ‘casa del marido’

 

MIGUEL ESCUDERO
Profesor titular de Matemática Aplicada en la UPC y escritor

La editorial sevillana ‘Renacimiento’ tiene en su Biblioteca de la memoria unas Memorias de Mercedes Formica, que van de 1931 a 1947. Pocos la conocen y, dada su adscripción al falangismo, los más tontos del lugar la tienen por una facha más. De este modo, por el miedo puritano a contagiarse o por el afán de ‘castigarla’, se ahorran el trabajo de atender a una mujer interesante y valiosa. Una mujer ocultada que merece ser conocida. Murió en 2002. Su desengaño del franquismo llegó, según dijo: “cuando comprendí que Franco no salvaba a José Antonio porque no quería”. Era abogada y en 1953 publicó un artículo que produjo enorme revuelo: ‘El domicilio conyugal’. Aquel escrito influyó en una leve pero significativa mejora de la ley. Se sustituyó el concepto de ‘casa del marido’ por ‘hogar conyugal’, con lo cual la mujer podía llegar a quedarse con la casa en caso de separación. Desapareció el humillante concepto de ‘depósito de la mujer’: si había separación matrimonial la mujer quedaba depositada en casa de sus padres o en un convento. Terminó el poder absoluto del esposo para enajenar los bienes matrimoniales. Las viudas que volvieran a casarse mantendrían la patria potestad de sus hijos del primer matrimonio. La igualdad legal de los cónyuges debió aguardar, no obstante, hasta 1981.

Mercedes Formica detestaba ‘lo injusto y corrompido’ y la educación que fomentaba el orgullo de casta y el poder del dinero, o que en lugar de plantear la justicia social se dieran vagas referencias a ‘los pobres’. Cuenta que Amelia Azarola, médico y mujer de Julio Ruiz de Alda, le explicó que durante la guerra, su padre obtuvo de un personaje de la República la libertad de su marido. Cuando fue a la Modelo con la buena nueva, el célebre piloto del hidroavión Plus Ultra (1926) rechazó su sola libertad porque: ‘No puedo traicionar a mis camaradas’. Días después sería asesinado, en una saca de presos, en la cárcel en que también se hallaba Fernando Primo de Rivera. ‘Desánimo infinito’ tuvo Mercedes al conocer la muerte de José Antonio, entonces opinó que la Falange debía disolverse: “Sus miembros ayudarían a ganar la guerra, pero nadie debía aprovechar unas ideas, en trance de formación, para desvirtuarlas, sabiendo que los que detentaban el poder no creían en ellas”. En marzo de 1982, señaló que olvidar aquellos años terribles de guerra y discordia no era sinónimo de traición. ¿Estamos de acuerdo?

La noria de Luis Romero

MIGIUEL ESCUDERO
Profesor titular de Matemática Aplicada en la UPC y escritor

En 1952, el escritor barcelonés Luis Romero obtuvo el premio Nadal con ‘La noria’, donde discurren las veinticuatro horas de un día cualquiera, vivido por unos personajes que habitaban en la Ciudad Condal. “En la ciudad se ha abierto un paréntesis y otra vez las gentes se preparan para lanzarse a la vida”. Al finalizar esta novela, que se acaba de reeditar, el autor destapa su esencia: “Las gentes tejerán otra vez sus vidas, sus trabajos, sus deseos, sus amores, sus odios, sus problemas (…) esta historia se repite con escasas variantes desde hace siglos”. Nada nuevo bajo el sol, pero dejando el trazo personal de un artista que sabe captar la realidad personal de mil y un conciudadanos.

Veinte años después, aún vivía Franco, volvió a referirse a la novela que le permitió regresar de la Argentina y convertirse en un escritor profesional: “En aquellos años –los cuarenta- se hicieron muchas fortunas, casi siempre a costa de las privaciones de los demás. Nunca traté de enriquecerme y no resultaba difícil conseguirlo; ocasiones se presentaban en que la fortuna podía ganarse en un golpe de audacia. Suelo decir y hasta creer, que no traté de enriquecerme por impedimentos morales –fue aquella una época injusta y cruel- y algo de verdad habrá en la afirmación, pero quizá, pienso ahora, interviniera en mi actitud otro factor: había sacrificado lo mejor de mi juventud a Marte, no estaba dispuesto a sacrificar a Mercurio, dios que me parecía de menor entidad. Mi afición a la pintura con vinculaciones de amistad personal en muchos casos a lo que entonces era la vanguardia, se acrecienta en aquellos años”. Aclaremos que Marte era el dios de la guerra, y Mercurio lo era del comercio.

Luis Romero tenía 20 años cuando estalló la Guerra Civil, y fue voluntario a la División Azul. José Corredor-Matheos, poeta y crítico de arte, ha dicho de él que era “persona amable, en la que siempre encontrabas apoyo y consejo” y que “no se apreciaba en absoluto adscripción al régimen franquista”. Yo tuve la suerte de contar con su amistad y con la de Gloria, su esposa, una persona magnífica, generosa y culta. No puedo dejar de recomendar su extraordinario relato ‘Tres días de julio’, donde presenta a los dos bandos beligerantes del 36 en un plano de igualdad: “se vieron la cara, se encontraron y aceptaron que había personas enfrente, que los enemigos no eran diabólicos”.

Sostiene Zorrilla

Enfrentado con su padre, severísimo y de ideas absolutistas, el vallisoletano José Zorrilla frecuentó desde muy joven los ambientes bohemios de Madrid. Aún no había cumplido 20 años de edad, cuando su intervención en el funeral de Larra, recitando un poema, despertó la admiración y el reconocimiento de Espronceda.

Se le abrieron las puertas de diarios y teatros. Con 27 años de edad escribió su célebre obra en verso Don Juan Tenorio, hasta hace poco representada anualmente en incontables escenarios, durante el mes de noviembre.

Escribió unas desordenadas memorias con el título Recuerdos del tiempo, “una madeja de quebradizos y rotos hilos”. Cuenta en ellas que unos años antes de morir y arruinado, se instaló en Barcelona, acogido por buenos amigos. Era muy popular y querido en Cataluña.

Zorrilla sostiene que dando premios a los Xiquets de Valls, escuchó este diálogo –Qui és aquest tant petit amb tanta perilla que tothom lo saluda? –És en Surrilla. –Quin Surrilla? Lo ministre? –Ca…no! Aquest és l’home tan savi que ha fet don Juan Tenorio. 

Espronceda, Igualdad y Fraternidad

Miguel Escudero  ||

Nació unos cuarenta días antes del 2 de mayo de 1808. Su padre era un militar de alta graduación que combatió en la Guerra de la Independencia. Con sólo 19 años de edad, José de Espronceda era ya un emigrado político, un revolucionario liberal. Estuvo en Portugal, Inglaterra y Francia, sufrió frecuentes arrestos, tuvo una atormentada pasión amorosa y era conocido como ‘Buscarruidos’. Murió con sólo 34 años, a causa de una afección a la garganta. Su estilo, como buen romántico, es desgarrado y declamatorio. Pero puede ser también jovial, como la ‘Canción del Pirata’. Los viejos de ahora recordamos la niñez: “Con diez cañones por banda, viento en popa a toda vela…” o “Que es mi barco mi tesoro, que es mi Dios la libertad, mi ley la fuerza y el viento, mi única patria la mar”.

Quisiera referiros su artículo de 1836 ‘Libertad, Igualdad, Fraternidad’: En vano, comienza Espronceda, hombres nulos o pérfidos han tratado de ridiculizar estas palabras: “En vano han preguntado con mofa si podía ser igual un héroe a un cobarde, un necio a un sabio. La igualdad significa que cada hombre tiene una misión que llenar según su organización intelectual y moral, y que no debe encontrar trabas que le detengan en su marcha, ni privilegio que delante de él pongan hombres que nada valieran sin ellos; significa, en fin, que todo sea igual para todos y que la facilidad o dificultad de su merecer esté en razón de la igualdad o desigualdad de las capacidades”.

La vida sin esperanza, pierde ciertamente todo sentido. Alguna esperanza tenía, sin embargo, en rectificar la indiferencia ante el dolor ajeno. Sucede que nunca se sabe qué es lo que exactamente se logra con las palabras y con el ejemplo. ¿No os parece? Bueno, veo caras incrédulas. Ya me diréis dentro de unos años. 

Espronceda asociaba la igualdad con “la emancipación de las clases productoras, hasta ahora miserables siervos de una aristocracia tan inútil como ilegítima. Ella es sola la fianza de la Libertad, así como la fraternidad es el símbolo de su fuerza”. Por esto: “sea su primer grito el de fraternidad para que el triunfo de la Libertad sea cierto”.

Y concluía inflamado: “¡Pueblos! Todos sois hermanos; sólo los opresores son extranjeros”. Encontremos todo lo imperecedero que guardan estas palabras. Pero, parole, parole… 

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