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Historias escritas por carlosmuñozplazabierta
. Madrid, 4 de agosto de 1968. Madrileño de 4ª generación. Compagina su labor literaria, con la escultura y la pintura. Deportista y amante de la naturaleza, aprovecha cualquier excusa para huir de su Madrid  e ir a cualquier sitio “con un poco de verde”.

A point of view

Agazapada en la puerta de entrada de la «New Poupée», una de las muchachas chinas que puedes trajinarte por cuarenta euros en el interior del garito, fuma compulsivamente. Algún cliente le ha dejado una gabardina para protegerse del relente de la calle. Debajo de la ropa prestada, apenas se le distingue un minúsculo corpiño. Al pasar a su lado he visto cómo sus manos temblaban, cómo al acercarse el pitillo a los labios y aspirar el humo denso del tabaco, sus ojos negros regresaban, escaleras abajo, rumbo a un futuro demasiado imperfecto. Debo de hacer, decir algo, no conmiserarme sin más de su desgraciada vida y después, pasados veinte minutos, olvidar su existencia con la espuma blanca de unas cervezas compartidas con unos amigos. De modo, que he sacado cuarenta euros de la billetera y se los he pasado por sus botones de azabache. Al menos, esta noche, será una buena persona la que disfrute de sus encantos orientales.

Opio

Una terrible depresión exógena está golpeando mi mente hasta convertirla en un amasijo de ideas desordenadas. Lo mismo suelto un enérgico discurso en plena calle, plagado de gruñidos e insultos contra las putas palomas, buscando al culpable que designó a esa rata con alas como el símbolo de la paz, con el único propósito de lincharle; como lloro desconsoladamente, sentado en un banco Parque del Oeste, ante la herrumbre política que ha producido a España una septicemia imposible de revertir. Todo esto no debería de estar sucediendo si tuviera los cinco sentidos con que me dotó la naturaleza; pero como el fisco se quedo con un veinte por ciento de los mismos -en concreto con el olfato- , ahora me es imposible distinguir entre el dulce perfume de la infancia y el olor a mierda de un sindicalista liberado con un Rólex en la muñeca. Sinceramente, no creo que salga de esta.


Un jardín de rosas

Era en el número siete de Easton Line, justo al lado de aquella pequeña plaza en donde veinte años después me declaré a Mary, mi primera y única novia, el lugar en el que las rosas de la señora Pearson crecían como las más hermosas flores del mundo.

Era un jardín pequeño pero muy bien cuidado; siempre con el césped recién cortado, oliendo a primavera. 

Pasaba por allí todas las mañanas ya que justo al lado de la valla de madera rojo cereza que distinguía el jardín de la señora Pearson del resto del mundo, estaba la parada del autobús del colegio; el “Roberts South Institute”…..Una institución privada para niños con discapacidad mental.

Sabéis, aunque todo el mundo me dice que soy retrasado, yo no lo creo y la señora Pearson y mi madre tampoco…

“Vamos Thomas que llegas tarde!!” me dice siempre mi madre, sacándome el tazón de leche lleno de “Flakies”, aquellos insufribles cereales con sabor a Toffe, hasta la puerta, mientras que Luhther nuestro perro y he de decir que mi primer amigo, me muerde una y otra vez las perneras de los vaqueros, eso sí con el mayor de los amores…

Mi madre siempre me acompaña a la parada del autobús, comprueba que llevo la cartera a la espalda, el almuerzo y que me he lavado la cara y los dientes. Después y aún con la bata amarilla puesta, cubre mi cara de besos y vuelve a casa y desde la ventana de la cocina, me dice adiós con su mano de seda cuando comprueba que el autobús amarillo limón que me llevará a la escuela dobla la esquina. Yo también la respondo con la mano….Adiós!….

Pero no sé, tal vez aquel día sonara el teléfono en casa o el desayuno de Sally, mi hermana pequeña se estuviera quemando, el caso es que mi madre no salió a la ventana a despedirse de mí con su mano….

Miré mi reloj….Las nueve y dos minutos el autobús debería de haber llegado ya….que raro, hoy el mundo va mucho más lento de lo que debiera, hasta veo volar a los pájaros en cámara lenta…..

En ese momento, la puerta del número siete de Easton Line se abrió y de ella salió la señora Pearson, la mujer de las rosas más bonitas….

Descendió los tres peldaños que la separaban del caminito de pizarra y se dirigió a mí, con su andar despacito de tortuga, su pelo blanco y su sonrisa de ángel….Yo me quedé mirándola….Ja! ella también anda a cámara lenta, como todo esta mañana….

A izquierda y a derecha las decenas de rosas de todos los colores del arco iris que pintan su pequeño jardín vuelven sus flores para mirarnos…..

-Hola Thomas, qué haces aquí todavía muchacho –su pelo del plata brilla con los primeros rayos del sol- es que no ha llegado todavía el autobús?…

-Hola señora Pearson….mi madre dice que no hable con nadie hasta que no llegue a la escuela, me dice que puede ser peligroso, que pueden engañarme….

La señora Pearson acaricia mi mejilla.

-Pero yo no soy una desconocida Thomas, me conoces desde que eras muy pequeño, verdad?….

-Si, si señora Pearson……usted es nuestra vecina….

Son las nueve y cuarto el al autobús sigue sin llegar…..

-Te gustan mis rosas Thomas?…

Mucho señora Pearson, me gustan mucho…..tiene un olor que me recuerda a mi madre….

-Si quieres te las presento……anda ven entra en el jardín….

-Pero, yo….el autobús…..

-No te preocupes querido, en cuanto veamos que gira la esquina nos acercaremos a la parada….

-Vale…..

No sé cuanto tiempo estuve en aquel lugar maravilloso, un minuto, una hora, un año, toda mi  vida…..

La señora Pearson me presentó una por una a todas las bellas rosas de su jardín…: A la pequeñas y amarillas de “Pitiminí”, a las rosas y aterciopeladas “Grand Bouquet”, a las blancas y esponjosas “Sophie”….

-Hola Thomas, es un placer conocerte! –y me saludaban inclinando su tallo levemente hacia abajo-

-Lo mismo digo, lo mismo digo…..

-Sabes Thomas?….Es Robert, mi difunto esposo el que cada amanecer, antes de que Joseph el lechero deje las primeras botellas en casa del señor Smith, el hombre más madrugador de la manzana, riega las rosas y las cuenta una bonita historia con final feliz, para que así, estén brillantes y lozanas hasta el día siguiente…..esto es un secreto, no se lo cuentes a nadie, vale?

-Sí, sí señora Pearson a nadie, palabra……

El autobús finalmente dobla la esquina, como todo hoy, a cámara lenta…..

La señora Pearson me coge de la mano y me acerca a la parada, levantando la mano para que el conductor vea que alguien le espera…..

-Anda Thomas dame un beso. Puedes venir aquí siempre que quieras…..

-Gracias…..-la devolví el beso-

Monté en el autobús y vi como aquella anciana se iba conviertiendo en un puntito a medida que nos alejábamos….

Pasé el día en el colegio pensando en las Rosas, en aquel maravilloso olor, en el pelo blanco y bonito de la señora Pearson y el perfume estupendo de su jardín, que tanto me recordaba a mi madre…..

Miro el reloj, son las seis….Se acabaron las clases hasta mañana….bajo las escaleras hasta el patio. Mamá me estará esperando abajo dentro del coche…..Así es mírala, que guapa está…..tengo que contarle lo de la señora Pearson…..

Entro en el coche….Mamá esta triste, se nota que ha llorado…..

-Que pasa mamí?…..

-Nada, Thomas nada…..

-Venga mamá qué pasa?

-Esta bien hijo te lo contaré….Esta mañana al amanecer, el señor Joseph el lechero cuando iba a dejar las botellas de leche en la casa de la señora Pearson se encontró que la puerta de su casa esta abierta, la llamó una, varias veces…Pero nadie respondió….Asustado entró en su habitación y….allí estaba, tumbadita en la cama….hijo la señora Pearson, nuestra vecina ha muerto, murió mientras dormía, placidamente…era ya muy mayor y claro, estas cosas pasan…..estás bien Thomas?

Me quedé callado pensando en lo lento que el tiempo había pasado aquel día…..

-Que pena, con el jardín tan hermoso que tenía, quien lo cuidará ahora, sus rosas….-dijo mi madre con pesar-……

No la respondí, pues sabedor del secreto que la señora Pearson me hizo prometer que nunca contaría, las rosas estarían bien para siempre, al igual que ella….

Mi madre arrancó el coche que a cámara lenta como todo aquel día dobló la esquina perezoso…

Casualidad

Muchas veces he orinado en el alcoque de un árbol. La deferencia entre los perros y yo, era el levantamiento de una de las patas traseras; mi técnica es otra: poner las piernas en tijera semiabierta, bajar la cremallera del pantalón, buscar con rapidez la zona de descarga, y sentir como la vejiga se descarga lentamente. Una noche de verano, coincidí en la micción con un pastor alemán que también venía con prisas. Los dos llegamos al mismo tiempo a la base de una gran acacia espinosa. Nos miramos con esa masculina complicidad, e inmediatamente comenzamos con lo que habíamos venido a hacer; piernas en tijera, pata derecha sobre la acacia, vaciar vejiga, vaciar vejiga. El Pastor terminó antes que yo, pero aguardo a que yo también finalizara la maniobra. Todo concluido. Después, cada uno por su lado. Ahora, cada vez que nos cruzamos, una especie de extraño compañerismo brota de nosotros; dos animales y una leguminosa que comparten el extraño secreto de la urea.

Apocalipsis

“Arremolinados en torno al cuerpo sin vida de un ejemplo, los días aún por llegar, miran sorprendidos. Ignoran la razón de los gusanos, se asquean del olor a carne putrefacta que despide el objeto de su no nacida curiosidad. Ninguno de ellos quiere ser el primero en dar el salto hacia una realidad viscosa y deformada. La rebelión del espacio-tiempo ha comenzado.”

Humo

Sentado en mi pequeña silla de madera de pino, escribo sin pensar estas letras. 

Sólo y con una suave música de fondo y esa luz, la luz de los primeros días soleados del otoño que tanto me gustan, descubro con sorpresa como de un calidoscopio únicamente de piezas blancas y negras que en mi mente se abre, el hermoso rostro poligonado de la mujer más hermosa que he visto en mi vida.

Al principio lo veo lejano, como si paseara por un museo y con cara de niño curioso mirara las caras angulosas y solapadas, los cuerpos de triángulo y los rosados cuadrados  desnudos de las “Señoritas de Avignon”.

Pero poco a poco y quizás empujado tímidamente por la templada brisa de hembra que entra por la ventana del patio, el rostro cobra vida, se acerca por la parte de atrás de mis ojos y como un cine abierto de verano proyecto con deseo esa imagen llena de perfume sobre la pared de color crema de mi casa.

Y de pronto me encuentro allí, con ella, cogiéndola por el hombro y compartiendo una bolsa de pipas, la bolsa de pipas más maravillosa del mundo.

Sillas de hierro pintadas de color verde manzana.

Hoy hay muy poca gente, claro, es martes;  pero las estrellas…hay tantas que la verdadera película se está proyectando allí, sobre el punteado negro del universo.

Y sobre nuestros cuerpos, una fina capa de agua se crea y bajo ella nos sentimos peces y con los labios abiertos juntamos la amalgama de sentimientos que se han creado entre nosotros.

Se han unido dos océanos, dos manos, cuatro ojos, un solo vivir.

-¡Mira! -le digo a esa mujer inexistente y a la vez tan real que me mira y traspasa de verde botella mi cuerpo- Es una estrella fugaz, corre, rápido, piensa un deseo!!!

Ella cierra su mirada de ángel durante un instante y después con el cabello lleno de los anillos de Saturno me ha respondido, sin apenas mover los labios:

-Yo soy tu deseo, el último deseo que has pedido. Este momento de lienzo blanco es nuestra mejor obra, tu mejor obra. Recuérdala pues aunque me veas yo, ya me he ido. Me fui esta mañana tras un requiebro y después, me perdí entre la gente buscando un ramo de flores regaladas y una tarjeta con tu nombre.

Sigo escribiendo mecánicamente. Levanto las manos del teclado pero aún así  la pantalla del ordenador se llena de letras que yo no escribo; palabras olvidadas, hermosas poesías que se llenaban de corazones abiertos y de mil y una maravillas.

Tengo ganas de llorar. Será el Otoño, no lo sé. Sí que lo sé, no es el otoño. Tengo ganas de dar un beso y de volver y comer pipas con ella.

He mirado el reloj que llevo pintado en la muñeca. Siempre marca la misma hora, el momento de aquel día en que, levantándome de la silla de pino dejé de escribir palabras para marcar con los pasos de goma de mis zapatos, un S.O.S. desesperado.

Mientras bajo los cinco pisos que me separan de la calle, pienso, mientras escucho aún el loco replicar de teclas que escriben solas que, tal vez, esto sea un sueño.

Mis labios se sellan con lacre dorado y del bolsillo de mi camisa marrón unos versos de mago se destapan de alas blancas.

Volaba de hojas blancas,

caracolas,

cribando de turquesas,

los momentos,

se hacían de amatista,

Rojos labios,

viviendo en los rincones,

pensamientos.

Las hojas del Ailanto,

Se mecían,

al viento descarado,

de un deseo,

y líneas torneadas,

por palomas,

de letras consumían

el silencio…

Una historia


“Habiendo alcanzado un notable máximo dentro de un volumen relativamente bajo de expectativas, Nicanor de Boñar, natural de Cendejas de la Torre, alcanzó su primer orgasmo mojando el anzuelo, a las 01:38 horas del día doce de enero de los corrientes ¿La afortunada? Margarita, una prostituta guapa y limpia, que los cuarenta no los cumplía. Nacida de parto natural en Gárgoles de arriba, se abría de piernas pensado, ojos al techo, en un puesto de fija en el Lidl; de cajera, de reponedora, de lo que fuera.

Nicanor mientras, a pesar de haber expulsado su primera hombría, seguía dando que hablar a los resabiados muelles del somier. Tampoco pensaba en la mujer que tenía debajo; se movía por defecto, como el péndulo mareado de un reloj al que se le acaba la cuerda. Después, se dejó caer lentamente sobre el cuerpo alquilado de Margarita, venciendo la cabeza entre sus pechos.


_ ¿Tú crees que me cogerían en el Lidl?


Nicanor no respondió. Se limitó a pellizcar suavemente en pezón derecho Margarita que, al momento, reaccionó duplicando su tamaño, elevándose rosa hasta un mundo contenido en un bote de mermelada de naranja vacío.
Y es que una habitación sin ventanas, no había lugar para el silencio.”



Ser

 

 

…En las heladas llanuras de Mongolia un hombre, un buen mongol, ha de tener tres cosas para que la vida, para que el resto de las vidas que aún le quedan, sean tan plenas como el helado amanecer de los inviernos planos y blancos que se pintan .

 

Ya las dijo el gran Kublai Khan hace muchas estaciones, delante del enorme ejército triunfante  a las puertas de la vencida ciudad de Xi-Xiao.

 

 Miles de hombres esperaban sus palabras con anhelo. Y él ofreció a los suyos el deseo de seguir viviendo como siempre lo habían hecho….

 

Respiró tranquilo y aún con la impenetrable armadura de escamas del pez Koriao, llenas de sangre enemiga, desenvainó su espada y hablo, poco, como costumbre es entre los mongoles, almas habituadas a la soledad:

 

-Hermanos, hay tres cosas que un mongol ha de tener para ser persona, para distinguirse de la lechuza o del zorro, para que el gran oso le respete y  el lobo le llame amigo: Una familia tan grande como pueda, un caballo con el que cabalgar más allá de lo que se vé … y un águila con la que elevar al cielo los ojos…son estas tres cosas las que nos distinguen del resto del mundo…..

 

…Está nevando afuera, mucho….hace dos días que mi familia y yo,  Khindal-San, el pequeño “ojos de grillo”, como me llama mi abuela, montamos la tienda que nos cobija. Es primavera pero al mundo se le ha olvidado que hay flores que esperan bajo la tierra. El frío no recuerda que debe regresar a su casa del Norte, siguiendo el vuelo del búho blanco…

 

Todos estamos dentro, mirando al fuego… soñando, cada uno con sus cosas, padre, con grandes manadas de caballos, fuertes y sanos; madre, la mujer que nunca dejó de ser niña, con las muñecas que nunca tuvo y con un mundo algo más cálido, Thilsur, mi hermano mayor, con la hermosa, Khone, su prometida desde hace ya más de cinco años…aquí uno se casa cuando  se vuelve a encontrar, si es que eso sucede alguna vez…Aquí todo es tan grande….

 

…Mi abuela, ella, yo creo que no piensa en nada, tan solo siente… A su edad, que ya pasa las noventa estaciones, el mundo se metido en su carne y su carne es tierra y su mirada es igual que el brillo del hielo….

 

…Y yo, yo sueño cada día, cada instante con un águila de alas fuertes y poderosas que haga que mi vista se eleve más allá del suelo y poder sentir su fuerza y montado en mi caballo ir a cazar con ella al zorro plateado y llenar mi montura con sus colas de fuego….y ser por fin el hombre que esta tierra escondida pide….

 

Olvidé decir que el nombre de mi abuela es Aughan-shan y que tengo el inmenso honor de cuidarla, desde aquel día en que siendo niño recogí porque así lo creía, una de sus piedras de adivinar del suelo….

 

-Tu serás mi apoyo –dijo ella, la que nunca habla-

 

Tras eso, el silencio se hizo de nuevo y su boca se cerró como las enormes puertas del antiguo Caravanserai de Uteilam…

 

Desde entonces, yo soy el que la viste, el que la da calor en las noches largas abrazado a ella, el que mastica su comida, supliendo sus dientes con los míos….

 

Me he quedado dormido abrazado a ella, como casi todas las noches…sus ojos nunca se cierran, pero en el fondo sé que nunca ha despertado…que aún duerme….

 

No sé cuanto tiempo ha pasado. La luz del día atraviesa la gruesa piel de la tienda, llenando su interior de un sinfín de mundos….Ahora es mi abuela la que me abraza…estoy en su regazo mientras ella, hace tirabuzones con mi pelo. Me habla por segunda vez en toda su vida…

 

-Yo veo en tu mirada el águila que deseas, observo como vuela y como con alas majestuosas, sobrevuela por encima de esta tienda, de las lejanas montañas del Ur-Jun, en sus ojos negros veo ciudades nunca vistas, hombres de color negro, selvas impenetrables, un mundo de agua lleno de criaturas que ansían conocerte….

 

-Qué dices abuela? –yo no daba crédito a lo que escuchaba-

 

-… Khindal-San, yo soy tu águila y velaré por ti siempre como tú lo has hecho conmigo….

 

-Abuela…

 

….Afuera se escucha el viento del lobo mezclado con las voces de mi padre y mi hermano que intentar reagrupar a los caballos…madre mientras, prepara unas tortas de harina, imaginando en su mente de niña, canciones que dibuja con su canto sordo….

 

He vuelto a mirar a mi abuela….Ya no está aquí. Su cuerpo se ha tornado frío y de sus manos de raíz una nueva vida ha comenzado…Mis lágrimas llenan de cristales el suelo de la tienda…

 

En silencio, la hemos enterrado…nadie ha dicho nada…pero el cielo se ha llenado de nubes y un zorro de plata se hace con su cola, pintor de la escena…En el opaco fulgor de su de su mirada descubro el recuerdo de mi abuelo Ghinbé que me llama….

 

Aquella misma tarde, el águila más hermosa se posó en mi brazo sin yo pedírselo y con ella y ella con mi abrazo, recorrimos todos lugares en los que el sol ha posado sus rayos alguna vez….

Volver

 

“Volver, con la frente marchita, con las nieves del tiempo plateando mi sien….”

No podía quitarme ese hermoso tango de la cabeza, también ya llenita de canas.

Sentado en el asiento número 15 del tren regional regresaba a mi pueblo, Almazán, después de treinta años de marchar de sus calles y de mi Duero amigo, con una maleta marrón, una camisa blanca y veinticinco años de juventud y esperanza.

El tren corre rápido hacía su destino, como un niño que viéndose perdido, escucha a lo lejos la dulce y cálida voz de su madre.

A través de la ventanilla, colores de trigo se difuminan y el olor de la tierra comienza a regar mis venas.

El ruido de las ruedas sobre las traviesas no deja de pronunciar su nombre, Carmen, Carmen, Carmen.

Nos abrazamos y como en la canción de Penélope, yo le dije “volveré” y ella, con sus maravillosos ojos de luna me respondió sin hablar “pase lo que pase siempre te tendré conmigo, aquí, aquí dentro, señalando con la mirada de un pájaro a su corazón”.

El tiempo pasa, y mis manos han sacado de un bolsillo imaginado, la última carta que recibí de ella, hace ya tanto tiempo. Releo las últimas palabras una y otra vez, mientras el gusano de hierro que me lleva a casa reduce su velocidad, entrando sigilosamente en Almazán:

“Siempre estaré contigo”

Después, sólo supe de ella que se había casado y que había marchado a Soria para hacer allí una vida nueva, sin mí, conmigo.

El tren se ha detenido al fin y un torrente de nervios y alegría me hace crecer como un árbol. Es mediodía, un hermoso mediodía de junio. Hace mucho calor y la estación aparece pintadita de verde, como de un hermoso cuadro.

Uno, dos, desciendo los peldaños del vagón. Un mozo me da la maleta:

– Tenga señor, que hermoso día hace, ¡Verdad?

– Sí que lo hace, sí, ten muchacho, veinte duros para unas cañas.

– ¡Caray, muchas gracias!

El regional se despide de mí con un pitido y continúa su camino hacia Soria y yo, yo, me quedo solo.

La luz del día es blanca y luminosa. Miro alrededor. Todo ha cambiado. El trecho que separaba la estación del centro del pueblo, antes un senderito poblado de álamos y almeces, es ahora una pequeña urbanización de casitas bajas, todas rojas que me recuerdan a las amapolas que ponía siempre en tu pelo.

No sé donde ir primero.

A lo lejos un grupo de muchachos se me han quedado mirando. Uno de ellos con un correr alegre se me acerca.

-¿Quiere que le ayude con la maleta señor? Me llamo Jorge.

-Gracias, Jorge. Yo soy Carlos.

El chaval coge la maleta con fuerza.

-¡Como pesa!

-Es que llevo treinta años de recuerdos dentro de ella.

-¿Dónde quiere que vayamos?

-No lo sé, me gustaría ver el Duero una vez más.

Sobre el puente de hierro, con los brazos apoyados en la barandilla contemplo de nuevo el fluir de las verdes aguas del río que me daba la vida.

Jorge coge dos piedras.

-Tenga Carlos, a la de tres.

Los dos lanzamos con todas nuestras fuerzas las piedrecillas al río.

Tengo que ir de nuevo a su casa, debo de saber si está aquí.

-Jorge, sabes donde está la calle del Suspiro.

-Claro, le llevaré.

-No, no hace falta, sólo te lo preguntaba por si todo esto era un sueño, ya voy yo solo entonces. Has sido muy amable Jorge, ten.

-No, no señor no me de nada. Con que todos los días venga al puente conmigo y tiremos unas piedras, tengo ya bastante. Gracias a usted, Carlos.

Sale corriendo y desaparece en el doblar de la Avenida.

He llegado lentamente a la calle del suspiro, recreándome en cada esquina, en el reloj de la iglesia vieja y en la tienda de bombones de doña Hilaria.

El número cinco, segundo B.

Subo los peldaños de madera que me reciben con un crujido de alegría al reconocerme.

Ya en el descansillo me he situado frente a su puerta. Huele a sopa.

Llamo al timbre y tras un silencio eterno, unos pasos, seguidos de un “Ya voy” se acercan. La puerta se abre.

Es ella, con sus ojos de luna y con un delantal blanco. El largo pasillo de su casa se ilumina con una luz celestial.

-¿Sí, qué desea?

No me ha reconocido. No sé qué decirle, nada se me ocurre. Sólo quiero mirarla.

Y como de una fuente brotan de mis labios las letras de nuestra canción:

“Hacen falta dos,

para hacer del uno un diez,

nubes del algodón,

se dibujan, al revés,

y en mi corazón,

sólo sale de mi voz,

te quiero….”

Ella abre sus ojos como aquella primera vez que nos besamos.

-¿Carlos, Carlos?

El tiempo se ha parado. Ella acerca sus manos a las mías. Nos tocamos y mil estrellas brotan de nuestros labios.

Y con sus ojos de luna, sin hablar, me dice “pase lo que pase siempre te tendré conmigo, aquí, aquí dentro, señalando con la mirada de un pájaro a su corazón”.

-Carlos…

-Carmen…

-Pasa.

Y la música de aquel hermoso tango deja de sonar en mi cabeza.

Roberto

 

Comencé aquella misma tarde a trabajar de mozo de reparto en la tienda de ultramarinos del señor Clemencio.

Eran tiempos en los que el trabajo escaseaba, y al amanecer, la Plaza de la Independencia se llenaba de hombres y mujeres dispuestos a hacer cualquier tipo de faena por penosa que fuera, para ganarse unas cuantas monedas y echarse algo de comer a la boca

…Las furgonetas llegaban puntualmente, a las seis y media…

-A ver, hoy necesito a diez hombres fuertes!!!. Hay que descargar diez camiones que acaban de llegar del Sur cargados de rollos de cable de acero….Se paga la hora a siete pesetas con comida incluida, habiendo “tajo” por lo menos hasta las doce de la noche…..venga que no tengo todo el día, quien se ofrece…..

Un montón de hombres se acercaban presurosos hasta el capataz, arremolinándose en torno a él…

-Yo, yo, Jefe!!!, mire, mire que brazos tengo…

…Y el pobre desgraciado hacia los mil y un gestos para demostrar su fuerza…..

-Ya, ya….ya veo…..Bueno….vosotros tres, tú, esos dos…..y el grupito ese de cuatro de mi derecha….venga que no tengo todo el día…..a la furgoneta…..!!!

El vehículo se alejaba por la larga Avenida y los demás se quedaban allí, mirando con ojos de alambre y tristeza, sabiendo que hasta el día siguiente no tendrían otra oportunidad….sólo deambular.

Poco a poco la plaza se quedaba desierta, sin alma….

Por eso, cuando aquella misma tarde, yo, un mozalbete de 17 años, con más hambre y huesos que el perro de un ciego, tuve la suerte de ver como don Clemencio, pegaba en ese mismo instante en el escaparate un cartel….”SE NECESITA MOZO DE REPARTO”, vi que el cielo se me abría…..

….Corrí como si me fuera la vida en ello, entré en el ultramarinos y, de cuajo arranqué el cartel que no hacía ni un minuto estaba puesto…..

-Pero qué haces muchacho!!!! –dijo don Clemencio algo asustado-

Yo le mostré el cartel.

-Señor, yo soy el chico que anda buscando, cójame y no se arrepentirá. Seré el mejor mozo que haya tenido nunca, se lo aseguro, además usted me conoce desde que era crío y conoció también a mis padres, buena gente, nunca compraban nada de “fiado”…..se lo suplico Jefe, contráteme……

-Uhmmmm, -y me miró de arriba abajo-, está bien……ya no me acuerdo como te llamas?….

-Roberto, señor, me llamo Roberto……-y le miré con ojos de carnero degollado-

-Está bien Roberto….aquí la paga no es buena y el trabajo mucho, tendrás que limpiar todos los días las alacenas, meter los pedidos en la trastienda, fregar y barrer los suelos cada día y llevar los encargos a las casas de los clientes sabiéndote comportar, porque has de saber que tengo gente muy distinguida entre mi clientela……Que me dices?….Saldrás a cuatro pesetas al día más un bocadillo al día…..

-Que qué le digo??, que es usted un Angel, don Clemencio, que cuándo empiezo….!!!.

-Esa es la actitud que necesito, bien chaval, me gustas –dijo Clemencio frotándose la manos-..Pues hala!, ponte esta bata azul que vas a hacer tu primer trabajo en mi establecimiento….Entra en la trastienda, carga en el carro todas las cosas que verás apartadas a la izquierda y llévalas al número nueve de la calle del Rosal, cuarta planta, letra B.. pregunta por doña Sara…Ten mucho cuidado que son un montón de cosas y todas muy caras, que hay hasta un jamón serrano y sobre todo sé muy educado que es una de mis mejores casas y no quiero perderla…a lo mejor hasta te dan propina, quien sabe…..

Loco de alegría, cargué todo el pedido en el carrito y salí de la tienda camino a la calle del Rosal que no estaba muy lejos de allí, a escasos veinte minutos…..

Llegué algo sudoroso al portal ya que verdaderamente el carro iba lleno de cosas y pesaba bastante…..

Até el transporte a un árbol con una cadena y comencé a subir el pedido por una estrecha y oscura escalera de madera. Los escalones crujían con cada paso que daba y una extraña sensación de desasosiego llenó mi cuerpo….

Los más curioso de aquella casa es que en el primero, segundo y tercer piso, no había puerta ni vivienda alguna, únicamente, un rellano entre tramo y tramo de escalera y pintada en la pared, un pequeño signo en color rojo y las palabras “continúe hasta el 4ª”…..

Finalmente conseguí llevar todas las viandas a la cuarta planta, colocándolas junto a la puerta…..

-Pufff!!!, que sofoco!!!

Me limpié el sudor con la manga de la bata, me coloqué un poco el pelo, respiré hondo y llamé al timbre…..

En unos segundos se escucharon unos pasos lentos y sonoros, como los de unos tacones de mujer y la puerta se abrió…..lentamente…..

Ante mis ojos una señora de unos sesenta años elegantemente vestida, con un traje blanco y brillante, que a mis ignorantes ojos pareciérame seda, una larguísima melena rubia que le llegaba hasta la cintura, los ojos más verdes que había visto nunca y una sonrisa más angelical que la de las vírgenes que aparecen en los cuadros de la iglesia…..

….Sí??? –dijo ella con una voz que no se correspondía con su edad-

Me quedé sin habla……

Ella me miró y viendo todo el pedido en el suelo comprendió…

-Ah! Es el pedido que le he hecho a don Clemencio!!!, pasa hombre pasa…no te quedes ahí parado muchacho….No, no hace falta que metas ahora las cosas, que se queden ahí, total las latas de espárragos y el lomo adobado no andan no?……

Por fin dije algo….aunque breve….

-No señora, no andan….

-Pues venga pasa, pasa…..quieres merendar?……

-Eeeehhhh…..

-Si hombre sí, ya le diré yo a tu Jefe que te entretuve un rato colocando las cosas en los armarios….

Entré en la casa. Era enorme, con los techos altísimos….la entrada era un largo y ancho pasillo
pintado de un blanco reluciente, en el que no había ni puertas ni ventanas ni nada y al final, un brillante punto de luz…..

Ella iba delante, con un andar rápido y garboso y yo tras ella a unos pocos pasos…..

-Me has dicho que te llamabas Roberto, verdad???

-No, no señora no le había dicho mi nombre, pero sí, me llamo Roberto, es que me conoce???

-Pues claro que te conozco muchacho, desde siempre, desde antes de que nacieras incluso…..

Yo me quedé pasmado ante tales afirmaciones, empezando a pensar que aquella señora no era más que una estrafalaria y chiflada loca, loca de atar……

Llegamos al final del pasillo. Aquella luz brillante no era sino un pequeño saloncito con una mesa redonda y pequeña en el centro preparada con dos tazas de chocolate y unas pastas con un aroma delicioso y al frente, un amplio ventanal que daba al exterior…

-Siéntate Roberto, anda…..Tendrás hambre….hoy todavía no has comido…..y cuéntame algo….Cómo llevas la muerte de tus padres?, te debes de sentir muy solo….pobre niño –y con su mano me acarició el pelo-.

Yo, que estaba a punto de meterme una pasta entre pecho y espalda me quedé con la boca abierta….

-Te decía que lo sé todo de ti….dijo ella con esa sonrisa tan hermosa…..

Me puse de pie algo asustado y me acerqué a la ventana.

-Quién es usted señora????

Ella también se levantó y se acercó a mí….

-Yo soy lo que tú quieres que sea…..Me llamo Sara, pero muy bien podría tener otro nombre Elena o Marta, pues estoy en tus sueños, dentro de ti y siempre lo he estado, cuidándote, queriéndote…..anda Roberto, mira por la ventana….

….Descorrí los blancos visillos de encaje del ventanal y abrí los cristales….Ante mí no se mostraba la estrecha y angosta calle del Rosal, sino una gran pradera, verde de hierba y roja de amapolas. Una perfumada brisa me acarició con cariño la cara……

-Lo ves, cariño…..las cosas no son tal y como se ven……sino como uno quiere que sean…..Merendamos entonces?….

….Me senté de nuevo en la silla y el sosiego inundó mi espíritu…..

Mientras, una enorme bandada de flamencos pasó sobre nosotros y el cielo se abrió tanto de azules que los ojos de Sara parecían una charca de esmeraldas entre un mar de aguamarinas.

…En la Plaza de la Independencia comenzó a llover y las negras furgonetas Citroen llegaron puntualmente como cada amanecer, ante la mirada llorosa de cientos de ojos que no anhelaban sino eso, soñar despiertos..

Solenoide

I

En todos los centros, siempre hay un hombre que habla de las cosas más importantes y, vive Dios, que el amigo del hambre, Remigio Verde, era uno de ellos. Arremolidados como gorriones en torno al pan jubilado del parque, escuchábamos en estado de semi inconsciencia, las palabras de aquél, para nosotros, sabio entre los sabios: “En verdad os digo, hijos del vómito y la sangre seca, que el único motivo que me mueve, es el odio a mí mismo; una necesidad básica que encuentra alivio en vuestra mirada, y que, en definitiva, no hace sino escupir amor sobre cada uno de vosotros...”

Tumbado boca abajo sobre la cama de mi dormitorio y con la cabeza a los pies del lecho, comprendo el irremediable mensaje del iluminado.

II

De primero, hoy lentejas. Al Sur de la mesa, mi madre, la Ojos de Sapo, aguarda a que hunda la cuchara dentro del plato e inicie la ingesta de las putas pastillas leguminosas.

Al Sur de la mesa, una foca monje ladra mi nombre.

En el plato hay trescientas dos lentejas y ni un solo trozo de carne ¿Merece la pena vivir así?

III

He tirado el último pedazo de mi madre en el cubo de basura comunitario y sobre ella, todas las lentejas que sobraron; ahora el plato ha mejorado, sin duda. Empiezan a llegar las primeras moscas. Bendito verano.

VI

Ayer supe del venerable Remigio Verde. Al parecer, se había ahorcado con la cadena del retrete. Antes había cagado abundantemente, produciendo con su peso y asfixia, que la cisterna eyaculara los catorce litros de agua que eran suyos, eliminando, en una inigualable metáfora, todo el mal del mundo. Su odio nos había salvado.

Los más curioso es que, aquel día, Remigio Verde, había dejado un plato de lentejas sin carne sobre la mesa del cuarto de estar.

V

Una mosca se ha posado en mi hombro.

 

 

 

Un cuento para los santos

 

Tal vez, si hubiera podido elegir, no hubiera sacado aquella automática con el número de serie borrado con ácido.

Y tal vez si aquel día no me hubiera pasado de rosca con el“Crack” no hubiera apretado el gatillo una y otra vez, una y otra vez contra la cabeza de la que el gordo y seboso dependiente del “Crazy Duck”, una de esas tiendas que permanecen abiertas las veinticuatro horas del día.

Malditas puertas de entrada al infierno llenas de alcohol, mierda y chucherías. Y es que ese tipo de establecimiento no deberían de haber existido nunca.

Hacen que la gente vague como fantasmas por las calles oscuras, si acaso iluminadas pobremente con esa luz blanca de hospital que me recuerda a mi padre muerto. Ojos abiertos, la boca desencajada por los golpes, el terror en su alma.

A pesar de que fue enterrado apenas veinticuatro horas después de su muerte, quedó tan rígido que los de la funeraria tuvieron que romperle las piernas para conseguir que entrara en el ataúd blanco, muy de moda entre los negros, ¡Ja!, que contrasentido, ¿No es cierto?

Era policía. Entró después de terminar su jornada a tomarse un café y un Donut al mismo establecimiento maldito en el que hoy he hecho justicia. Y salió convertido en un amasijo de carne apaleada con dos espejos negros en los que se reflejaba la imagen de un gordo dependiente, joven, con la cara llena de granos y un ridículo gorrito blanco sobre su pelo grasiento.

Tuve que ira la Morgue a reconocerle. Mamá había muerto hacía dos años más o menos, cuando después de volver de los oficios de la “Iglesia Apocalíptica de los seis días”, abrió la ventana y sin más, abriendo sus brazos saltó al vació.

Treinta y cinco metros, un sexto piso.. .calculo que tuvo unos tres o cuatro segundos más o menos para ponerse a bien con el Todopoderoso.

¡¡¡JODER!!!!…

El forense hecho mano a mi hombro.

-Tranquilo chaval, tú sólo asiente o niega con la cabeza, ¿vale? Asentí…

Entonces él descubrióla sábana verde que cubría a un eterno durmiente. Era mi padre, aún con el uniforme del que tan orgulloso estaba.

-¿Es él?

Volví a asentir.

Fue entonces cuando como de una revelación los abiertos ojos de mi padre comenzaron a proyectar como en cine, una película en blanco y negro.

Él entrando en la tienda, cogiendo un Donut cubierto de caramelo, poniéndose un café. Después una figura grande y difuminada detrás de él con un bate de béisbol; golpeando, golpeando, golpeando.

“Agente Hope, muerto en el atraco en un establecimiento sito en la confluencia de la sexta con la sesenta y seis”.

Apenas hubo investigación. La cosa se zanjó con un entierro pagado por el Ayuntamiento, y un carné de descuento para mí en el economato del cuerpo de la Policía Metropolitana.

Después de eso, la película de que vi en los ojos de mi padre podía verse perfectamente en los míos propios y en los de todas las personas que me cruzaba por la calle.

Golpes, golpes y más golpes.

Pegaba mis ojos al espejo intentando ver cada detalle de la escena; terror  en el rostro; aquella figura grande y blanca como un muñeco de nieve; el café desparramado por el suelo formando la figura de un pájaro muerto y, en la esquina izquierda, muy pegado al la crimal, el reflejo en el escaparate de alguien que desde la acera contempla la escena aterrado.

Era Joe, el mendigo, siempre con sus mitones rojos y un carrito de supermercado lleno de recuerdos destrozados.

Una lástima que encontrara su cuerpo destrozado debajo del puente de la autopista de circunvalación.

…Ojos abiertos, la boca desencajada por los golpes, el terror en su alma…

Me acerqué a su mirada velada y la película de nuevo comenzó, esta vez con un protagonista diferente.

Joe sentado junto a su carro. Después aquella masa informe tras de él; algo más: mi propia sombra contemplando la escena.

Yo soy el siguiente.

Son las cuatro de la cuatro de la mañana.

Es la peor hora de la noche. El momento en que los demonios empiezan a  asomar sus cuernos por las grietas de los edificios abandonados y manos deformes hacen saltar las tapas humeantes de las alcantarillas como monedas lanzadas al aire, jugando con la fortuna de los mortales.


 

 

 

 

 

Mi abuelo

 

Cuando era niño, todos los Domingos del mes de Abril, mi abuelo, aquel hombre grande, de nariz aguileña, que se me fue una tarde de septiembre de hace ya ocho años, a lo grande, como siempre había vivido, me llevaba a su pequeño santuario.

“¡Si yo lo único que quiero es morirme en el otro milenio! ¡No me jodas que no lo voy a conseguir, Carlos!” –me decía mientras me apretaba la mano con todas sus fuerzas, me miraba con la valentía del que sabe lo que le aguarda y me sonreía con la tranquilidad del que ama y es amado-.

Mi madre me dejaba en su casa, pronto, sobre las nueve y media.”Así por lo menos Papá no estará solo los Domingos –le decía mi madre a sus hermanos-, que un niño hace mucha compañía.

“Hola Papá, aquí te dejo el niño, llévalé al parque y que no se me manche mucho, eh!”.

“Sí, sí hija, tranquila, tú vete, que luego sobre las ocho ya os acerco yo al nieto ¡Adiooosss!”

Se había quedado viudo hacía apenas dos años.

Mi abuela…, aún la recuerdo con su cara guapa, como de muñequita de porcelana, sus mofletes de angelote de Murillo y sus ojazos negros, como dos hermosos azabaches.

Siempre había estado enferma y, un día de invierno, voló junto con las hojas secas que el viento arrastró aquel cuatro de febrero. Elevó sus alas de Ángel y subió tan alto que ahora apenas llego a ver su rostro entre las burbujas de la gaseosa.

-Bueno Carlitos –el abuelo miró su reloj- yo creo que tu madre ya se ha metido en el Metro, qué, ¿Nos vamos?

-Sí abuelo, vámonos –le respondía yo entusiasmado- que mamá ya irá por lo menos por “Pirámides”.

-¡Pues hala! Espera que eche un “pis” y me peine un poco, que un hombre siempre tiene que salir a la calle bien meado y sobre todo, sobre todo hijo, muy bien peinado, que aunque no lo parezca es muy importante –decía él mientras se levantaba de un sillón rojo chillón que tenía en el cuarto de estar, desde que yo recuerdo-.

-Venga Carlitos, a la calle, ¡Que Madrid nos espera!

Y era entonces, cuando tras cerrar la puerta y descender andando los siete pisos del número veintitrés de la calle de Mercedes Arteaga, saludar a algunos vecinos “hombre Gregorio, buenos días, pero que bien te veo, estás cada día más joven ¿Y este niño, tan rico! Este es el de Mari Carmen, ¿A que sí?, anda chaval dame dos besos que yo conocía a tu madre desde que era como tú.”-, comprar el “YA”, enfilar la calle del Radio y girar a la derecha, mi abuelo y yo encontrábamos el Santuario de que hablaba.

El “Bar La Perla”. No había sitio como ese en el mundo entero.

Al abrir la puerta, un delicioso olor a chocolate y a churros recién hechos lo inundaba todo.

-Hombre Goyito, ¡A los buenos días!, bueno, Goyito  y compañía. Hola Carlitos, ¿No le das un beso a tu tia Patro?

-¡Pues claro que sí, Patro! –le respondía más contento que unas castañuelas-

Y me metía detrás de la barra, le agarraba por la cintura y ella me llenaba de besos y carantoñas.

La Patro era, la dueña de “La Perla”, una mujer de unos cincuenta y bastantes años, alta, morena, “Y con una delantera, mejor de la del Real Madrid, eh Carlitos” –me comentaba mi abuelo al oído algunas veces, cuando ella no miraba-.

También era viuda, desde hacía por lo menos veinte años. Lo único que tenía era aquel bar, los recuerdos de su Mariano y el tremendo cariño que todo el barrio tenía por ella. No tenía hijos y, para ella, el ver entrar a un niño por la puerta de su local era una total bendición.

-Bueno caballeros, que les pongo, hoy invita la casa, que me siento yo espléndida.

-Hombre, Patro ¡Muchas Gracias!, -respondía mi abuelo- como se ve que me quieres bien, ¡Ay, si tuviera quince años menos te iba a cortejar yo como te mereces!

-Anda quita Zalamero, que no eres más que un liante –decía ella algo avergonzada-. Bueno tú, Goyito un café y dos porras y aquí para Carlitos ¡Te apetece un buen chocolate caliente con media docenita de churros?

-Vale Patro, estupendo.

-¡Pues que marchen! además hoy, mira, me voy a hacer también yo uno y así os hago compañía.

Y los tres durante más de una hora, hasta más o menos las once de la mañana, dejábamos pasar el tiempo entre historias de la Guerra, recuerdos del Pueblo de Patro, alguna lagrimita lanzada al viento y cinco o seis chistes verdes que mi abuelo siempre contaba.

-Pero hombre, Goyito, no cuentes esas cosas delante de tu nieto que apenas tiene nueve años. -decía Patro mientras me tapaba las orejas con aquellas manos tan suaves-.

-¿Y qué más da? –respondía mi abuelo- los hombres, desde bien pequeños tienen ya que saber como es por dentro una mujer, sino que? Mira ahora que cada vez hay más “mariquitas” y eso es que en su casa nadie les ha contado nada de nada.

-¡Ay, que hombre éste! –comentaba Patro entre un suspiro-.

Y yo me los quedaba mirando a los dos sin que se dieran cuenta. Se querían. Ojalá, la Patro fuera mi nueva abuela.

-Bueno Patro, nos tenemos que ir –mi abuelo miraba el reloj- que si a éste no le da el sol en el parque, después mi hija me hecha la bronca. Luego por la tarde cuando deje a éste en casa de sus padres me acercaré a ver si sigues tan guapa.

-Bueno, bueno, pero portaros bien y tú Carlitos, dame un buen beso y cuida de tu abuelo que es un “golferas”.

-¡Sí Patro!

Y los dos salíamos por la puerta camino del Parque.

No estaba muy lejos, como a diez minutos. Mi abuelo se sentaba a leer la prensa y yo a jugar en el columpio, con algún “Madelmán” que me había traído o sencillamente me sentaba al lado de mi abuelo a que me leyera alguna noticia de interés.

-¡Anda, mira ésta!  –el abuelo se recolocaba las gafas- “F.H.I, de 45 años fue detenido la pasada noche en los alrededores de la venta del Batán, al intentar emborrachar con coñac a unos de los toros que iban a ser lidiados al día siguiente en la plaza de Carabanchel y……..” ¡Pero que mundo Carlitos, que mundo!

El resto del día pasaba plácidamente. Regresábamos a su casa y comíamos en la mesa de la cocina.

-A ver que ha traído hoy tu madre… ¡Hombre, croquetas, que buenas! y después, ensaladilla Rusa, estupendo. Hala, vamos a poner la mesa y a manducar que son las dos y ya hace hambre…

Comíamos, hablábamos, reíamos juntos. Mi abuelo era un tío grande.

Luego un rato de siesta “La siesta es sagrada, pero igual de sagrada que la reliquia de un santo, no lo olvides”, hasta las seis.

…Bueno Carlitos, tengo que llevarte a casa, haz un pis y péinate, ¿vale?

Cogíamos el metro y…

Hoy, aquí sentado, muchos años después, aquellos días han venido a mi memoria como un viento fresco con olor a hierba.

Y el recuerdo de mi abuelo, de aquel hombre fuerte, lleno de vida y alegría estará conmigo para siempre.

Noticias inesperadas

 

Sentado en un viejo butacón desvencijado, con la pierna derecha sobre la izquierda y hojeando un periódico, Tomás deja que el tiempo resbale lentamente por su espalda.

 

Es mediodía. Afuera, en la calle, el monótono ruido del tráfico le trae entre asfalto y ruedas, el fugaz recuerdo de la última vez que vio en mar….

 

Como una flecha, un rayo de sol se cuela por uno de los agujeros de la persiana medio bajada, clavándose en un calendario que de mes en mes duerme, iluminando el número “DOCE, MIERCOLES”…Levanta la cabeza y se queda mirando fijamente al frente, con los ojos perdidos hacia dentro, intentado averiguar en su mente porqué, no puede pasar de la página treinta y dos del diario que tiene entre sus manos..

 

Lo intenta una y otra vez, pero no puede, el viento helado del terror entra en su cuerpo impidiéndole dar la vuelta a la hoja y continuar con la noticia que estaba leyendo…Su reloj digital de pulsera, con dos Bip-bip, le avisa de que el tiempo ha descendido ya hasta sus piernas, que aún permanecen cruzadas..son las tres y media.

 

Observa el calendario y el día que el sol pinta de luz….curiosamente es hoy….Doce, miércoles…..Los minutos empiezan a gotear en el suelo, haciendo bajo sus pies un pequeño charco de agujas de reloj……Las tres y media, sólo faltan unos minutos.

 

Aquella Mañana se levantó pronto a pesar de que era su primer día de vacaciones. Había salido a la calle y tras comprar el pan y “El Diario de Castilla”, su periódico favorito en el quiosco de la esquina, regresó a casa canturreando, se preparó un café con leche, sentándose luego en el sillón, dispuesto a leer las noticias frescas de la mañana.

 

Al ver la portada, Tomás se sorprendió bastante cuando descubrió  la fecha del diario “Jueves, trece de agosto de 2009.”…..”Vaya!, que cosa más curiosa!!!. Menuda bronca que le van a echar al de maquetación cuando vean que han puesto la fecha de mañana….!!!”, pensó para sí, mientras iba directamente a la penúltima página, donde está la programación de televisión….

 

Sorprendentemente también en aquella sección la fecha estaba cambiada y los programas que se anunciaban eran efectivamente los de jueves…..

 

“Pues…esto sí que es curioso” –volvió a pensar casi en voz alta-…..

 

…Los minutos pasan lentos e inmóvil espera que la habitación se llene de tiempo perdido y que la fatídica hora que se le mantiene atado en el presente pase de una vez por todas….

 

Ha sonado el teléfono, pero Tomás no tiene valor para levantarse….

 

Como casi todas las personas de este país, Tomás abrió el Periódico por las páginas centrales yendo directamente a la sección de sucesos….

 

Fue allí en la página treinta y uno en donde el miedo y el estupor empezaron a echar raíces, atándole completamente…..

 

Bajo el titular: “El asesino de la soga vuelve a matar” Tomás comenzó a leer al principio indiferente lo que allí se decía….:

 

“Una vez más el asesino de la soga vuelve a actuar en España. En esta ocasión ha sido nuestra propia localidad la elegida para sumar una víctima más a la ya larga y macabra lista de asesinatos de este despiadado monstruo. Fue ayer, entre las tres y media y las cuatro de  la tarde de ayer, cuando T.M.F, de cuarenta y un años de edad, que se encontraba en su casa, en el número siete de la Avenida de Pablo Núñez, fue atacado salvajemente, siendo estrangulado hasta la muerte….”

 

Tomás dejó de leer pasmado….Y un sudor gélido comenzó a brotarle del cuerpo como una fuente….Aquello tenía que ser una broma de mal gusto, de muy mal gusto…..T.M.F…Tomás Martínez Fernández….el número siete de la calle de Pablo Núñez……ERA EL MISMO!!!….aquello no podía estar sucediendo….

 

Abrió y cerró los ojos varias veces, intentando que las letras de aquella noticia hablarán de cualquier otra cosa, pero no, se referían a él……

 

Tomás aún así continuó leyendo….

 

“….Se desconoce aún como el asesino entró en la casa, pues la víctima vivía en un sexto piso y la puerta de la casa estaba cerrada con llave…..”

 

-Soy yo, soy yo!!! –gritó desesperado- yo vivo en el sexto piso!!!!…….

 

Son las cuatro menos dos minutos…..y una esperanza brota de los ojos de Tomás….

 

-Sólo quedan dos minutos, dos para las cuatro y todo habrá acabado, seguiré vivo y todo habrá sido algo extraño, nada mas que eso…..

 

El artículo se cerraba, tras decir que el cadáver del hombre había sido descubierto por la portera de la finca que viendo que T.M.F. no había sacado la basura al descansillo, había llamado a la puerta y no obteniendo respuesta alguna y asustada llamó a su marido que poseedor de una llave maestra de los todos los pisos, abrió el apartamento encontrándose con la brutal escena del crimen, con las siguientes palabras:

 

“…Curiosamente la víctima se encontraba leyendo en el momento de su asesinato, la pagina número 32 de la edición de ayer este diario, dedicada como nuestros lectores saben a sucesos. Coincidencia del destino, sin duda”……

 

…Miró su reloj digital una vez más….

 

-Un minuto para las cuatro….en un minuto estaré salvado….estoy en la página treinta y uno y no en la treinta y dos….nada de lo que pone aquí sucederá, nada……

 

El monótono ruido del mar de coches continúa….

 

Tomás está a punto de respirar tranquilo….sólo unos segundos….

 

De nuevo suena el teléfono…una, dos veces….

 

-Debe de ser mi madre…

 

Se levanta lentamente del butacón, sin darse cuenta de que inconscientemente ha soltado el periódico.

 

Este cae al suelo, como una hoja en otoño, lentamente, yendo a posarse en el  mar de agujas de reloj y abriéndose exactamente por la página número treinta y dos….

 

El pánico le atenaza….su sangre se ha congelado….y el teléfono sigue sonando….

 

Tras él, alguien tensa una soga blanca y muy gruesa….Sólo quedan unos segundos para las cuatro…unos segundos….

 

Se da la vuelta encontrándose de frente con la histriónica sonrisa de la muerte que mirándole con ojos desquiciados le llama….ven, ven Tomás…..

 

Quiere gritar, pero ya no puede….Una serpiente se ha enganchado a su cuello.

 

Mientras, su reloj digital anuncia con dos bip-bip,  que son las cuatro de la tarde….

 

El teléfono, cansado ha dejado de sonar….y tras los interminables hilos, el rencor de un descansillo sin basura, ríe a carcajadas.

Tierra de nadie

 

Era bastante emocionante ver, como los gorriones del parque, se peleaban por unas miguitas de pan duro.

Siempre me sentaba en el mismo banco, uno bastante viejo, con la madera ya de color gris debido al paso del tiempo y a la falta de una buena mano de barniz que nunca llegó.

Pasaba allí las horas muertas; invierno, verano…era lo mismo. El banco y yo formábamos el Club de los Inmóviles; todo giraba y se retorcía a nuestro alrededor; la vida y su muerte, los perros pequeños, niños chicos con la boca llena de tierra, madres ejerciendo de sargento… y esos gorriones pendencieros, gladiadores de pan duro.

En realidad formábamos un buen equipo: él anclaba la no vida al suelo, evitando que mi cerebro de ansiolíticos saltara por los aires; y yo, sentándome sobre sus dos metros de pino muerto, creaba un universo que sólo los dos podíamos percibir, gorriones incluídos, por supuesto.

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