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Historias escritas por carlosmuñozplazabierta
. Madrid, 4 de agosto de 1968. Madrileño de 4ª generación. Compagina su labor literaria, con la escultura y la pintura. Deportista y amante de la naturaleza, aprovecha cualquier excusa para huir de su Madrid  e ir a cualquier sitio “con un poco de verde”.

Incompetentes por la gracia de Dios


Carlos Muñoz. Escritor y Redactor Letras Magazine PLAZABIERTA.COM

“Las fotocopias son el patrimonio más preciado de las normas imperativas; declaraciones cojas que todos los inútiles con ingresos superiores a una revancha están dispuestos a leer sin problemas, a hacer de ellas Ley y mutismo. Y mientras los niños mueren en largas hileras ordenadas alfabéticamente, ellos advierten del peligro que conlleva el hecho trascendente de la totalidad; incompetentes por la Gracia de Dios, creadores de abismos y sujetos pasivos atados de pies y manos. Los teóricos han homologado la derrota; es el momento de incorporar una bala a nuestras cabezas.”

El verdugo

Carlos Muñoz. Escritor y Redactor Letras Magazine Plazabierta.com

“Son dos hileras largas, que dan la vuelta al fino cuello de una farola, las razones que obligan al condenado a no ver la cara de sus asesinos. Sentiría placer el verdugo si el miedo a la vida no le obligará a tapar su cabeza con la oportunidad negra de los cuervos; la vergüenza y el oprobio queda para la soga, para el filo del hacha compulsado. He aquí el ilegal patrimonio del que se incautó el sucio cilindro de un tubo de escape; un muro que cierra los párpados ante las heridas que no sangran.”

Introspección

Carlos Muñoz. Escritor y Redactor Letras Magazine Plazabierta.com

Es bastante usual ver a primeros de agosto al señor Benítez leer su libro de 832  páginas todas ellas completamente en blanco. Con verdadero afán, mueve los labios y sigue con el dedo las invisibles líneas de texto de cada página. Después de un buen rato de lectura, coloca un marcapáginas de la librería «El Aleph» en el punto en el que abandona el texto, cierra el volumen de tapas rojas, lo guarda en un pequeño bolso tipo bandolera verde, se quita las gafas de pasta negra, retrasa su reloj de pulsera una hora y poniéndose de pie, enfila con paso corto el camino de tierra que lleva hasta el puente de hierro. En su mitad, Benítez se detiene, saca de nuevo el ejemplar y retoma afanoso, sobre la lengua larga del Duero, la todavía inconclusa historia. Ese día, yo había comprado dos quilos de  ciruelas para el estreñimiento de mi abuela y me disponía a cruzar el puente de hierro, cuando vi al señor Benítez. Allí estaba, como tantas veces, con su amigo de tapas rojas. Aquella vez no pasé a su lado sin decir nada, sino que al llegar a su altura, me quedé  junto a él, mirando también al río que conocía nuestros nombres. Él giró su cabeza y me miró:

– ¿Qué haces, Pablo?

– Nada, señor Benítez, hacerles compañía a usted y al río. ¿Es bonito el libro que lee?

–  Va por días. Hoy, por ejemplo, parece que el capítulo promete. Míralo tú mismo. 

Y lo acercó a mis ojos. En aquel momento, las páginas por las que el libro estaba abierto se llenaron de letras: 

«- ¿Qué haces, Pablo?

– Nada, señor Benítez, hacerles compañía a usted y al río. ¿Es bonito el libro que lee?

–  Va por días. Hoy, por ejemplo, parece que el capítulo promete. Míralo tú mismo. 

Y lo acercó a mis ojos.

En aquel momento, las páginas por las que la invisible obra estaba abierta se llenaron de letras.»

Benítez cerró el libro.

-¿A que no está mal, Pablo?

Yo estaba asombrado. No sabía qué responderle.

Benítez volvió de nuevo a abrir el tomo:

«Es bastante usual ver a primeros de agosto al señor Benítez leer su libro de 832  páginas todas ellas completamente en blanco.»

 – ¿Es usted Dios, señor Benítez?

«El hombre no respondió. En realidad, Pablo tampoco esperaba una respuesta a tan gran pregunta.»

La tarde se diluyó en un verano que giraba en torno a dos figuras sobre un puente de hierro.

«Ese día, yo había comprado dos quilos  ciruelas para el estreñimiento de mi abuela y me disponía a cruzar el puente de hierro.»

El testamento

Carlos Muñoz. Escritor y Redactor Letras Magazine Plazabierta.com

“Los testamentos se abren de piernas con una pasmosa facilidad, sólo motivada por el movimiento uniformemente desquiciado de una manada de hambrientos herederos; naturaleza muerta con olor a cobre que, por lo general, sobrevuela cláusulas y párrafos buscando entre ellos la excusa perfecta para incrementar con una falsa piedad, el peculio propio de las traiciones.”

Lluvia y pincelada

Carlos Muñoz. Escritor y Redactor Letras Magazine Plazabierta.com

Pintando de gris asfalto las verdes praderas del Glenmore, una estrecha carretera nos lleva de la mano, como si fuéramos niños pequeños un día de excursión, hasta el pequeño, pequeñísimo pueblito de Cormick, el lugar donde todas las sendas se difuminan y al fin el mar de hierba llena el aire de recuerdos y fragancias de tiempos que aún no han llegado.

Son apenas veinte casas todas muy juntas, con sus tejados de pizarra y sus paredes de piedra, llenas siempre musgo. Y en el centro, la pequeña iglesia de Saint Michael, con su torre y su campana, siempre altiva y vigilante del horizonte.

Una fina capa de lluvia los envuelve todo en Cormick desde que el mundo es mundo, tanto, que sus habitantes morirían de pena si no sintieran cada día el olor a humedad al meterse en la cama y no pudieran encontrar nunca un trébol de cuatro hojas fresco y adornado de pequeñas y redondas gotas de agua.

El habitante más joven de Cormick es Tomy, Tomy O’Hara y siempre se le puede ver montado en su patinete de uno lado para otro, con su impermeable rojo y sus botas de aguas amarillas. Vive la primera casa, nada más doblar a la izquierda, al lado del viejo roble. Su madre, Claudia es viuda desde hace más de cuatro años, desde que George, su marido, muriera en la guerra.

Su cuerpo nunca se encontró y el único recuerdo que de él tiene son sus besos, una foto del día de la boda y a Tomy.

Unas cuantas casas más allá, creo que es la cuarta, encontramos el corazón de este lugar mágico.

Con su letrero movido por el viento desde hace más de doscientos años, “The DrunKLamb”, reparte pintas de cerveza a todo aquel que tenga cuarenta peniques para pagarla.

Es allí donde las buenas gentes de Cormick se reúnen para charlar, tomar decisiones, llorar a los muertos, casarse y un sinfín de cosas más.

Hoy hay poca gente allí y, Sullivan, el dueño, apoya los codos en la barra y charla perezosamente con el Párroco, el padre Morendon, el hombre más anciano del lugar, alto y con las arrugas que la cara del Boxer del señor Tucker.

En una de las mesas, Laurie, el sobrino de la señora Smith, recién llegado al pueblo para cuidar de las ovejas de su tía, se toma una pinta de Guiness mientras, indiferente mira llover por la ventana….

La puerta del Pub se abre y entra, con su gabán verde y su gorra marrón, calado de agua hasta los huesos, como a él le gusta, Charles Rowling, el “loco” oficial de Cormick.

Y les cuenta a todos la historia de todas las tardes. Y es que Chales habla con Dios todos las mañanas de 8 a 12. Habla de un sinfín de temas: de Política, de deportes, de mujeres, pero eso sí, nunca de religión.

Todos le escuchan con cariño, pues es su historia la que hace que los días puedan ser contados en el pueblo.

Cuando se le pregunta a charles por el aspecto de Dios, él les dice que dios es un niño, pelirrojo, con la cara llena de pecas y los ojos azules, como dos cuentas de cristal. Que se presenta todas las mañanas montado en un patinete algo oxidado, con un impermeable rojo y unas botas de aguas amarillas y, a cambio de unas galletas o un trozo de chocolate, Dios le cuenta todas las cosas que él quiera.

El padre Morendon sonríe y siempre, después de escuchar la historia de Charles, bendice a todos los que se encuentran en el Pub y pide una ronda de cerveza.

Afuera sigue lloviendo.

Sobre la simetría

Carlos Muñoz. Escritor y Redactor Letras Plazabierta.com

“Ignoro por completo la razón que nos mueve, que nos empuja a consumir simetría constantemente. Mi madre, por ejemplo, miente para ser simétrica –piensa que de esa manera, la muerte llegará más tarde y con una banda sonora bonita-.

Ella es un clásico que intento imitar para, por lo menos, conseguir un plus a la hora de embalsamar las estalagmíticas ideas que tengo sobre el aire de las ciudades y los retretes que no son blancos –que no son si no una proyección de una sexualidad claramente asimétrica-.

Sin embargo, no puedo admitir bajo ningún concepto que yo, individuo creado por la unión de un par, pueda ser una imagen sin semejanza que no encaje con el puzzle de cuarenta y seis oportunidades que ofrece el sindicato de los genes…”

La creación de ideas,

Carlos Muñoz. Escritor y Redactor Letras Plazabierta.com

no depende del individuo único en el que se gestan, pues de hecho, se originan aleatoriamente dentro de la tremenda similitud que existe entre nuestros cerebros.
Cualquiera puede ser el elegido; una extraña maternidad que proclama la victoria de las mayorías y el total abandono de un racismo maníaco.


Sólo la muerte sesga este proceso; convirtiendo el olvido de una parte de la humanidad, en la más terrible pérdida de oportunidades que existe.

El acompañante

Carlos Muñoz. Escritor y Redactor Letras Magazine Plazabierta.com

…Fue Alberto el primer amigo que tuve. Le descubrí una mañana de verano en el reflejo de la ventana del comedor, mientras jugaba con unos soldaditos de plástico y yo era el general en jefe todos todos los ejércitos.

Era un señor ya mayor, con bastantes arrugas en su rostro, con unas gafas algo grandes y ojos muy grandes y muy negros….no dejaba de mirarme y nada decía. Vestía un traje gris de espiguilla que le estaba algo corto de mangas y no llevaba corbata. Siempre movía sus manos largas y huesudas nerviosamente de un lado para otro, como si estuvieran movidas por el viento…..

-Quién eres? le pregunté con mi vocecita de niño de seis años…

El movió su cabeza sorprendido como si para él yo también fuera un reflejo en el cristal de una ventana….

-Me llamo Alberto, me he perdido y estoy solo….-respondió él sacando un pañuelo blanco del bolsillo de la chaqueta con una “A” bordada y secándose con él lágrimas de agua de mar que habían brotado de sus ojos….

-No llores, -respondí-. Mi nombre es Luis….quieres echar una partida conmigo a los soldados?.

No respondió, pero se quedó allí, viéndome jugar toda la tarde, sin hablar, haciéndome una silenciosa compañía….

Desde aquel día, Alberto, “el hombre pintado” como le bauticé, me acompaña al parque los días buenos y templados del estío; le había cogido a mi abuela un espejito de aquellos redondos que regalaban con los jabones de “La Toja” y atándolo con un cordel a la ramita de un árbol, él podía ver a través de la mágica ventana, como jugaba con los demas niños o cazaba saltamontes, o buscaba piedras redondas y blancas….

-Vendrás a mi comunión Alberto? –le preguntaba el día de antes lleno de nervios mientras mi madre me arreglaba a última hora el bajo de los pantalones-. 

-Con quién hablas hijo? –preguntó mi madre sorprendida-

-Con nadie mamá, con nadie….-y le guiñaba el ojo a Alberto que aparecía reflejado en los grises baldosines del cuarto de baño..-

El, siempre callado, sólo movía sus manos. 

Los años pasaron muy rápidamente y los pantalones cortos se fueron tornando largos y mis pecas y sonrosadas mejillas se fueron moldeando en la cara de un joven que con las manos en los bolsillos quería ya volar muy alto…

Una fria mañana de invierno, al doblar la esquina de mi calle y mirar al gran escaparate de la frutería, entre manzanas, peras y calabacines, vi por última vez a Alberto, con su traje gris de espiguilla y sus enormes ojos negros.  Se acercó al cristal y con su respiración pintó de vaho un circulito, alzó su mano derecha y con el dedo escribió “Hasta pronto”….después se dió media vuelta  y desapareció en una calle llena de árboles que también se reflejaba….

Pasó el tiempo y entre risas, libros, guateques con limonada y el descubrimiento de la flor más maravillosa del mundo, mi juventud se fue derramando…..

Me casé con ella una tarde de invierno, de cielos azules y escarcha en los árboles….y poco tiempo después el milagro de la vida nos sonrió…..

Aquellos meses fueron los más maravillosos de mi vida; paseos de la mano, la casa llena de ropa pequeñita, como de un muñeco, una cuna de madera en nuestra casa, visitas al médico, rosas todas la mañanas…..

Llegó el día en que nuestro hijo estaba dispuesto para salir al mundo y mi mujer y yo, partimos a toda velocidad en un taxi camino del Hospital. 

El médico y las enfermeras nos atendieron con celeridad, pues el nacimiento era inminente.

-Quiere usted asistir al parto? –me preguntó el doctor-

-Eh, claro, claro –respondí nervioso-

Llevaron a mi esposa a la sala de partos y yo. mientras y en una pequeña habitación contigüa, me puse una bata verde y un gorro del mismo color…

Entre en el paritorio. 

Mi mujer ya estaba tumbada en la camilla con las piernas abiertas y colocadas sobre una especia de trípode, y el medico y la comadrona comenzaban a asistirla…

-Acerquesé señor, que su hijo ya sale!!!!……

En aquel momento, en una cristalera de la sala vi de nuevo a Alberto, con su mismo rostro, su mismo traje y esta vez sonriendo…..Su visión duró sólo unos instantes, después dejé de verle…..y un escalofrio recorrió mi cuerpo.

-Ya sale, ya sale!!!…..

..Lleno de sangre y vida y oliendo a alegría salío mi hijo de las entrañas de su madre. 

-Es precioso!!!.

La comadrona cortó el cordón umbilical,  le puso una pinza y se acercó a mí con el niño en brazos….

-Tenga, cójalo, ande no tenga miedo, que no se va a romper…..

Le cogí con delicadeza y me puse a llorar de felicidad como un niño.

En ese momento mi pequeño abrió los ojos, de un color azul profundo, y en ellos pude ver el reflejo de Alberto que con su gastado traje de espiguilla y con el torpe y rápido movimiento de sus manos abría la boca y me decía con una pausada y profunda voz:

“Ya nunca estaré soló”

Antiedades

Carlos Muñoz. Escritor y Redactor Letras Plazabierta.com

Es la dependencia, la base de todo el excremento que se acumula en este presente de rotos premolares. Brueghel el viejo, estaría de mí orgulloso, al ver que transmito fielmente su mensaje: viejos del mundo, uníos, pues vuestra ilusión, no escatima en tiempo, ni en frívolas palabras; convierte la existencia en viento y el viento, en ese hilo musical que tanto gusta al fracaso.

© Ángela Zapatero


Tumbado bajo un metro de tierra no homologada, descubro mi enfermiza dependencia por todo aquello que repta y se oculta; larvas, raíces, crisálidas e imagos: pequeños vagabundos de días adormecidos en un sillón de media tarde.


Brillan los ojos en el suelo encerado. Eso es bueno.

Un destello

Carlos Muñoz. Escritor y Redactor Letras Plazabierta.com    ||

Cualquier proceso, ya sea natural o artificial, tiende irremediablemente al fracaso. Tras un tiempo de óptimo funcionamiento, el proceso puede ser víctima de dos acontecimientos opuestos que le abocan a su detención; bien se acelera hasta llegar un punto en el que todos sus componentes saltan por los aires; bien va enlenteciéndose poco a poco, hasta que se detiene por puro desgaste de sus elementos conformadores. El cáncer por un lado y la vejez por otro, son dos ejemplos reales de este problema existencial.

Pues bien, si trasladamos lo dicho anteriormente a la política española, vemos como el esquema se repite; partidos de nueva creación que en pocos años crecen desmesuradamente y que se hinchan como globos para después explotar como supernovas y partidos de lejanos orígenes, que avanzando como tortugas, crean a su lado un agujero negro que todo lo traga, incluidos a ellos mismos. Aquí ya que cada lector coloque a cada formación en la casilla correspondiente.

Y no podría dejar de escribir estas líneas sin describir a un determinado grupo de corpúsculos, muy semejantes a las tan odiadas garrapatas y transmisores del peor de los males que puede sufrir una nación: el localismo.

Estos grupos, al no generar ningún proceso, pues carecen de los elementos necesarios para ello, parasitan en organismos mucho más desarrollados, llevando a estos últimos, pasado un tiempo, a un estado letárgico en el que son fácilmente controlables por sus huéspedes, produciéndose situaciones tan lamentables como el abandono de intereses nacionales en pos de una sociedad basada en un “Neoneardenthalismo” sumamente peligroso.

Busquemos consuelo en la frase que son Miguel de Cervantes, puso en boca de su personaje don Quijote: “Aún entre los demonios hay unos peores que otros, y entre muchos malos hombres suele haber alguno bueno.” Es lo único que nos queda.

En las alturas

Carlos Muñoz.- Escritor y Redactor Letras Plazabierta.com    ||

Con paso firme y bien decidida a acometer la mayor empresa de su vida, Sara, espera con paciencia a que el ascensor número doce del edificio Cosmos, baje rápidamente, abra sus puertas y la suba a catorce metros por segundo hasta la planta noventa, el lugar en donde Jorge la aguarda impaciente: Apartamento 90.010, dos golpes de nudillo. El sabrá que es ella y abrirá la puerta; al fin solos al fin juntos y todo el tiempo por delante.

Se conocieron la semana pasada al cruzarse en uno de los interminables y circulares pasillos del Cosmos:

El se fijó en la cara redonda y brillante de Sara y Sara en el rostro alargado y melancólico de Jorge.

-Crees en las casualidades? 

Fueron la primeras palabras que Sara escuchó de los labios de él.

-No, -respondió ella-, pero soy fiel creyente del destino. Eres tú mi destino?

-Es posible, quien sabe.

El ascensor llega y recibe en su seno a Sara, que entra como un regalo sorpresa en una bonita caja con lazo incluido.

-Planta, por favor? –dice una voz metálica procedente de ninguna parte y de todas a un tiempo.

-Noventa –responde Sara mientras nerviosa busca en su bolso una muestra de perfume “Blue Shell”, el favorito de Jorge y se mira en el espejo que viste la pared del ascensor que la subirá al cielo-.

Se cierra el mundo antiguo con el lento cerrar de párpados del elevador y uno nuevo comienza.

Sara y Jorge se quedaron mirando, no mucho, un segundo de catorce metros.

-Tú lo sabes, no me mientas…Lo eres? 

-Sí Sara, lo soy. Lo que tú siempre has buscado yo lo tengo…¿Cuándo?.

-El jueves que viene, apartamento 90.010. Estarás allí?.

-No lo dudes –y sonrió mostrando una amplia y franca sonrisa-..

…En quince segundos el ascensor llegó a la planta noventa.

Sara salió tímidamente de su caja y con pasos cortos recorrió los doscientos metros de curva que la separaban del apartamento en donde Jorge la esperaba.

Al llegar se puso de frente a la puerta, respiró hondo y golpeó dos veces con los nudillos.

Unos pasos se escucharon dentro y dos segundos después la puerta se abría mostrando a Jorge con su cara alargada.

-Hola Sara..ven entra…

La puerta se cerró sola tras ellos…luego se abrazaron, besaron, hicieron el amor durante toda la tarde hasta que el sol se desinfló como una pelota pinchada, cayendo detrás de las montañas.

Tumbados sobre una cama blanca, desnudos, Sara y Jorge contemplan la ciudad desde los más alto.

Alguien llama a la puerta con fuerza quiere entrar a toda costa.

-Abra la puerta por favor, Sara, por favor abra la puerta!!!.

Jorge se incorpora y abriendo un cajón de la mesilla saca un revolver negro, lo mismo que un gran escarabajo.

-Ha llegado el momento Sara…Lo hago yo por ti?.

-Agentes derriben la puerta, por Dios!!!

-Sí Jorge, por favor…

Jorge amartilla el arma, coloca el cañón sobre la sien derecha de Sara y aprieta el gatillo. Un sonido seco y sordo.

La puerta del apartamento salta por los aires empujada por un ariete de la policia.

Dos agentes de paisano y tres de uniforme entran armas en mano al apartamento.

-Hemos llegado tarde inspector. Mírela, con ella ya van cuatro esta semana…

Sobre la cama Sara yace desnuda, con la cabeza destrozada por un disparo. Sostiene en su mano derecha un revolver de gran calibre. Está sola, no hay nadie más.

El inspector se acerca a ella y la cierra los ojos que permanecían abiertos con la mano. Después, desesperado pega una patada a una silla.

-Otro Suicidio Andrés. Cómo vamos a parar esto?? Esa endemoniada droga, está matando sin piedad, joder, qué vamos a hacer…!!!

Andrés enciende un pitillo.

-Hay mucha soledad, Jefe, y el “Dimetrocol”, ayuda a la gente a sentirse menos sola….La droga debía de estar muy cortada y Sara tuvo un mal viaje, el peor de todos…ES EL DESTINO JEFE, EL DESTINO.

* DIMETROCOL: Droga sintética creada por los laboratorios Reprolex que facilita a los moribundos una muerte dulce, mediante la creación en su cerebro de ser un virtual que hace que la persona no se sienta sola en el tránsito. El Dimetrocol, fue introducido de manera ilegal en la calle hace unos dos años y vendido como el “colocón definitivo”. Ha matado ya a más de 2000 personas, la mayoría hombres y mujeres menores de treinta años.

Catalaunicos

Carlos Muñoz.- Escritor y Redactor Letras Plazabierta.com    ||

Cuánto tiempo falta para que amanezca, Lucio?

Cuánto tiempo falta para que amanezca, Lucio?

-No lo sé Aurelio, poco supongo.

Lucio mira hacia arriba. Aún es de noche y entre el negro de sol escondido, las nubes arropan a una luna que parece una rodaja de melón, o de sandía, o lo mismo la sonrisa sincera de alguien enamorado que ve llegar a la otra parte de él en la lejanía.

Una fina lluvia cubre de húmeda seda el aire y convierte a los dos soldados en peces. 

Millones de gotas decoran sus cascos y atrapado en cada una de ellas, los recuerdos hermosos de los días bonitos y sin espadas en la cintura.

Hace bastante frío y cada palabra entre los dos amigos se escribe en el aire, congelándose y cayendo al suelo para romperse como una copa de vidrio fino..

Están sentados en el suelo, mirándose el uno al otro. 

Juntan los escudos, formando un pequeño tejado que cubren con sus capas rojas. 

Un hogar improvisado se ha creado en la inmensa llanura de palma de mano que los acoge. Y ha nacido un paraíso de soledad entre ellos.

Encienden una pequeña hoguera saltando luciérnagas de chispa espada contra espada y dejándolas jugar con un pequeño trozo de lana seca que Lucio lleva en una pequeña bolsa de piel de cabra sin curtir.

-El calor es bueno, eh Aurelio  -le dice Lucio frotando sus manos y acercándolas a las pequeñas llamas recién nacidas-. 

-Si muy bueno, en casa siempre hace calor, bueno ahora no lo sé…tú crees que allí será también de noche?.

Lucio no le responde, en realidad no lo sabe.  

Y un hilo irrompible de silencio se anuda en su garganta, apenas puede hablar. 

Lleva comiendo tierra desde hace tres días y el tragar se le hace insoportable, vivir se le hace insoportable. La muerte es deseada como el cuerpo desnudo y palpitante de una virgen.

La planicie de los campos Catalaúnicos  yace ahora en silencio. 

Tres jornadas de combates han dejado sembrada la meseta de miles de cadáveres desmembrados que poco a poco se descomponen, dejando libres de materia a los espíritus que los habitaron, que ahora vagan libres al fin.

Hay  tanta paz donde hace tan poco tiempo reinaba el caos que nada de lo que sucede parece real. 

Una luz fosforescente recubre los cuerpos de Lucio y Aurelio y los hace brillar.

-Qué es lo que nos está sucediendo, qué nos pasa?

Los dos soldados intentan levantarse en vano pero no pueden. El tiempo ha secado sus piernas jóvenes.

Y la primera luz del alba ilumina con la timidez de un cervatillo el escenario trágico que se acumula en la tierra,

Tres legiones de buitres sustituyen a las victoriosos ejércitos de Aecio y comienzan a volar formando círculos perfectos que se proyectan en la superficie de la llanura, abriendo abismos, cilindros infinitos que se hunden en las entrañas de tierra, tragando con voraz apetito los gritos agónicos, los choques de metal con metal, los caballos reventados por el esfuerzo, con el cuerpo aún cubierto de espuma.

-Tengo miedo Lucio, mucho miedo.

El joven soldado sabe que el tiempo para él, se ha parado.

-Ven, acércate a mí  y cógeme fuerte. No me sueltes.

Lucio y Arelio se abrazan con un invisible lazo azul y se quedan así hasta que son tragados finalmente por un remolino de lágrimas de madre.

Al fin Atila y el pueblo Huno ha sido derrotado. Los estandartes han sido quemados y las cabezas de los generales decoran, clavadas en lanzas el amanecer, del vigésimoquinto día victorioso. 

Los vivos ya se han ido, dejando atrás el pasado que será escrito con letras de oro, olvidando los nombres de los que ahora blanquean sus huesos entre los trigales, secándose como muñecos al sol que ahora marca con sus rayos el mediodía.

He leído lentamente los versos del poeta Leusiros, acompasados por el suave caer del agua en una fuente de  granadas y el corazón se me ha desgarrado, al igual que el de aquellos que he visto morir.

En el camino, guiado por el rastro imborrable de la desolación, encuentro al sueño y con él, una brizna de alivio escondida entre los pliegues de la almohada…

Vivir dentro

Carlos Muñoz.- Escritor y Redactor Letras Plazabierta.com    ||

Si quisiera,
el rojo fotolito de tu sangre
cruzaría,
inventariando glóbulos
y espacios,
queriéndote sin más
de hematocrito,


y en la agonía,
llenando un capilar
con mis palabras,
buscaría de amor
todas mis rimas,
arterias,
venas,
plasma,
corazón de ventrículo
que brilla,
aurícula de mar
que siempre abraza.

Y perdido de ganglios
en tu cuello,
burlando de juguete
leucocitos,
llevar me dejo añil
por los susurros,
que emergen de callado,
de infinito,
de sístole privada
que ha marcado,
el fin de los principios
concedidos.

Devoto y sol
de núcleo,
reverenciado amor
de mitocondria,
ribosoma traidor
que ha oscurecido,
la historia del placer,
con la derrota.

A point of view

Agazapada en la puerta de entrada de la «New Poupée», una de las muchachas chinas que puedes trajinarte por cuarenta euros en el interior del garito, fuma compulsivamente. Algún cliente le ha dejado una gabardina para protegerse del relente de la calle. Debajo de la ropa prestada, apenas se le distingue un minúsculo corpiño. Al pasar a su lado he visto cómo sus manos temblaban, cómo al acercarse el pitillo a los labios y aspirar el humo denso del tabaco, sus ojos negros regresaban, escaleras abajo, rumbo a un futuro demasiado imperfecto. Debo de hacer, decir algo, no conmiserarme sin más de su desgraciada vida y después, pasados veinte minutos, olvidar su existencia con la espuma blanca de unas cervezas compartidas con unos amigos. De modo, que he sacado cuarenta euros de la billetera y se los he pasado por sus botones de azabache. Al menos, esta noche, será una buena persona la que disfrute de sus encantos orientales.

Opio

Una terrible depresión exógena está golpeando mi mente hasta convertirla en un amasijo de ideas desordenadas. Lo mismo suelto un enérgico discurso en plena calle, plagado de gruñidos e insultos contra las putas palomas, buscando al culpable que designó a esa rata con alas como el símbolo de la paz, con el único propósito de lincharle; como lloro desconsoladamente, sentado en un banco Parque del Oeste, ante la herrumbre política que ha producido a España una septicemia imposible de revertir. Todo esto no debería de estar sucediendo si tuviera los cinco sentidos con que me dotó la naturaleza; pero como el fisco se quedo con un veinte por ciento de los mismos -en concreto con el olfato- , ahora me es imposible distinguir entre el dulce perfume de la infancia y el olor a mierda de un sindicalista liberado con un Rólex en la muñeca. Sinceramente, no creo que salga de esta.


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