Elogio del librero

librería en ruinas

Biblioteca escolar abandonada en Pripyat. Fotógrafo: Michael Kötter

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Biblioteca escolar abandonada en Pripyat. Fotógrafo: Michael Kötter

A los pocos días de comenzar el año, los ciudadanos de Salamanca conocieron una triste noticia: la librería Cervantes echaba el cierre. No solo perdíamos con su cierre uno de esos establecimientos emblemáticos que pueden encontrarse aún en nuestras ciudades (cómo el Café Gijón de Madrid, o el Bar la Bicha de León), sino que también perdíamos a un librero.

No voy a decir que vender libros es todo un arte ni alguna metáfora por el estilo. Pero si es cierto que su venta es distinta a la de otros muchos productos. No sólo es importante el “fondo” de la librería, sino también la formación de los libreros y de las personas que atienden el local. Al igual que con otras profesiones, el oficio del librero requiere conocer bien el producto que nos está ofreciendo. Debe de ayudarnos en la búsqueda de ese libro, de esa editorial, de esa extraña edición de la que casi no quedan existencias.

Sin embargo dicho oficio parece que está cayendo en decadencia, desplazado o bien por el “autoservicio” (por ejemplo, a través del portal de ventas de Amazon) o bien por el modelo “supermercado” de librerías-franquicia. Pero mis críticas no van a ir contra el primero, sino contra los segundos. De hecho, una visita a una de estas librería-supermercado es la que ha propiciado que decidiera escribir el presente texto.

Para evitarnos problemas, vamos a llamar a ésta librería, que pertenece a una cadena de librerías del Grupo Planeta, la “Choza” del Libro. He de reconocer que hace algunos años acudía a la misma al menos una vez por semana, pero tras la última visita dudo mucho que vuelva a acercarme por allí en mucho tiempo.

Hablemos de cuatro secciones, aquellas que más o menos más conozco: filosofía, política, sociología y economía. Una vez ya en la segunda planta, decido acercarme hasta el fondo para echar un vistazo a una de las secciones que más me interesan, la filosofía. Pero antes de acercarme a la estantería rebosante de libros, echo una ojeada a una suerte de mesa-armario rediseñada en expositor, en la cual hay al menos unos veinte libros de filosofía resaltados como “novedades” Si bien es cierto que me encontré una excelente colección de libros clásicos de filosofía reeditados (entre los cuales se contaban autores como Durkheim, Erasmo de Rotterdam o Nietzsche), no es menos cierto que en la otra parte de la mesa podías leer títulos como “Autoguía del yogui”, “El gran libro de las psicofonías” e incluso un libro de ¡Iker Jiménez! Ingenuamente pensé que igual en la estantería, esa que va desde el suelo hasta el techo con muchos libros apilados, encontraría algo mejor. Nada más lejos de la realidad. Casi en el mismo “lineal” de Bertrand Russel, voy y encuentro a Osho, que para que nos entendamos es a la pseudofilosofía lo que Paulo Coelho a la pseudoliteratura. Aunque realmente ambos autores son equivalentes así que, ¿para que ponerlos en categorías separadas?

“Para evitarnos problemas, vamos a llamar a ésta librería, que pertenece a una cadena de librerías del Grupo Planeta, la “Choza” del Libro”

 

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“Por eso no es un oficio cualquiera. Y desde luego, los libros no se pueden vender de cualquier forma.”

 

 



Sigamos ahora con política: en el expositor, un libro de Jaime Peñafiel sobre Isabel Presley. En la estantería, la colección casi completa de libros de Mario Conde. No haré más comentarios.

Sigamos con el despropósito y trasladémonos al mundo de la Sociología, a cuyos estantes siempre acudo tan emocionado como un crio en un circo. Ojeo el expositor. Un libro sobre conspiraciones: mal empezamos. Pero no perdamos la esperanza. Los productos más selectos no suelen ser los que están más a la vista. Y en efecto: en la estantería pude contar unos cuantos clásicos de la sociología, desde “Economía y sociedad” de Max Weber hasta “La distinción” de Pierre Bourdieu. Incluso encontré un modernísimo libro de Hans Joas sobre teoría social, recién salido casi de la imprenta. Sin embargo, junto a estas obras es fácil encontrarse o bien a obras de sociólogos “pop” (por ejemplo, Zygmunt Bauman) y una ingente cantidad de obras de corte periodístico -cómo “Divas rebeldes”, de Cristina Morató, o “Diario de un skin” de Antonio Salas- que difícilmente pueden encajar en lo que estrictamente es la Sociología. Parece que nuestros libreros de la “Choza” han confundido a “la ciencia que estudia la sociedad” con “cualquier cosa que diga cualquiera sobre la sociedad”

Y cerramos con economía, esa gran disciplina de la que se dice que son expertos en certificar lo que ya ha pasado. De las 4 estanterías repletas de libros bajo el epígrafe de “Economía”, sólo una cuenta con libros que puedan calificarse cómo de economía. ¿El resto? Libros sobre marketing, sobre liderazgo y dirección en la empresa, de publicidad, y, como no podría ser de otra forma, libros de “autoayuda financiera”, o lo que es lo mismo: libros de gurús que en la mayor parte de los casos no tienen ni idea de lo que hablan y que más o menos te vienen a decir que si eres pobre, estás sin trabajo y tienes cáncer terminal es por tu culpa. ¡Y ni se te ocurra quejarte! Eso es una actitud muy negativa. Y hay que ser positivos. Aunque llueva ácido.

Pero hablemos mejor de esos estantes con libros de economía propiamente dichos… más o menos. Al menos en cada estante me encuentro con un pequeño cartelito con el nombre de uno de los autores. Cuál es mi sorpresa cuando veo que en uno de esos pocos carteles viene el nombre de Daniel Lacalle, indicando que justo encima del mismo puedes encontrar cinco de sus libros. Exactamente el mismo número de libros que tiene John Kenneth Galbraith en toda la estantería. No es por hacer de menos a Lacalle, pero resulta sorprendente que éste autor cuente con un cartelito propio dentro de la estantería cuando ni David S. Landes ni Schumpeter tienen uno.

Decidí ya por evitar mayor bochorno no pasar por la sección de historia. Lamentablemente, las escaleras quedan justo enfrente de la sección de “Salud”. Membrete muy irónico: casi me caigo por las escaleras del susto que me di al ver lo que allí había. Sólo comentaré que había una estantería entera en cuyo membrete se podía leer “Terapias alternativas”

No quiero parecer el típico pesado que acaba un artículo con una lección moral. Aunque desde el inicio del artículo bien la he dejado caer. Esto es un elogio a los libreros porque son en sus locales, en sus centros -emblemáticos o nuevos, en barrios o en grandes avenidas- en los que la mayor parte de las personas hemos entrado en contacto con esos productos tan maravillosos que son los libros  -al menos, fuera del sistema educativo-. Ya sea para conocer nuevas áreas de conocimiento, para divertirnos con comedias, para leer teatro, poesía, narrativa de nuestra lengua o de otros países, etc.

Por eso no es un oficio cualquiera. Y desde luego, los libros no se pueden vender de cualquier forma.

Germán Hevia Martínez Escrito por el Oct 15 2016. Archivado bajo Actualidad, Cultura. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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